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Posts Tagged ‘Torsvan Maruth’

El día que decidí no salir de casa

septiembre 2, 2011 2 comentarios

-A veces creo que me inventé todo lo que ocurrió aquel día. Lo recuerdo como algo real, algo más real que mi propia vida. ¿Sabes qué es eso? ¿Puede haber algo más real que la vida de uno?

-No lo sé –contesté apurando el vaso.

-Pues si tú no lo sabes Carlos… Ya sabes que me lío con las palabras, no consigo encontrarlas. Un discurso estructurado, eso es lo que me hace falta, ¿no crees?

-¿Es eso lo que te dicen?

-Nadie me dice nada desde hace tiempo

-¿Y Claudia?

-Claudia… ¿qué te parece?

-Bueno –acerté a decir azorado- , es especial, ¿no?

-Oh vamos Carlos…  estás colado por ella, qué me vas a  decir ahora. Algo complicada… pero sí, especial.

-¿Qué te dice? –pregunté intentado retomar la conversación

-Claudia…  A veces no sé ni cómo mirarla, puede ser un ángel, o una pesadilla. Sí, claro que Claudia me dice cosas… pero prefiero no oírlas.

La ventana de la pequeña sala de estar permanecía abierta. El patio interior, feo, oscuro, luces olvidadas y encendidas, y ropa acartonada que moría colgada en  los tendederos. Segis Mir seguía sentado en el sillón de sky, como al principio, apoyándose en  las rodillas con los codos, mirando al suelo, y haciendo sonar los cubitos de hielo de su vaso. Aún no había probado nada. Yo permanecía estirado en  el sofá, sintiendo el sudor de la camisa, la superficie pegajosa del sky… Hacía calor, no se movía un pelo de aire y una calma densa parecía envolver toda la habitación, hubiéramos estado mejor junto al balcón que daba a la Calle Bonaire, pero quizás allí Segis no me hubiese dicho nada.

-El día se me rompió en pedazos –continuó Segis al cabo de un momento-, no sé, es difícil de explicar lo que ocurrió.

-¿Recuerdas qué día fue?

-El 23 de noviembre de 2001. Sé que llevaba  una semana  inquieto, más de lo habitual, y lo habitual en mi era mucha inquietud…  Me medicaba según creía, tranquilizantes que me pasaban y que tomaba cuando no podía más…  Pero esa semana me encontraba al borde del derrumbe, a punto de estallar… Estaba nervioso, las cosas no me iban bien, salía más de la cuenta, iba tirando aún de mis ahorros, lograba estirar el dinero que hice en Noruega, no tenía demasiados gastos. Pero es idiota ahora decir qué fue… ¿Cuándo comienzan las cosas? Aquí, en este punto –dijo Segis señalando al suelo-, aquí fue donde comenzaron a torcerse las cosas, y por qué no allá, un poco más arriba, o en ese otro punto. Igual ya estaba incubando eso en Noruega, o en los mercantes, o en Valencia, antes de largarme, o cuando mi padre me dio la primera hostia, yo qué sé… Nos tranquiliza decir eso… pero lo cierto es que un día te encuentras con la puerta  cegada, y entonces no te preguntas por qué, o cuándo… entonces te mueres de miedo.

-¿Qué pasó?

-Me cuesta recordarlo como algo que me ocurrió, ya te lo he dicho… Estás tumbado en  tu cama, con las luces encendidas, dejando sonar el despertador hasta que las putas pilas se agoten porque no  te atreves a pararlo. No recuerdo qué iba a hacer, seguramente nada, tampoco recuerdo cuánto tiempo estuve así, horas, minutos, yo qué sé. Pero sí sé que me hundí en el pánico. ¿Te ha ocurrido eso alguna vez? No, claro que no.

-Paralizado –susurré sin poder mirar a Segis

-Me desperté como cualquier otro día, sonó el despertador, encendí la luz… Pero allí me quedé, tumbado en la cama con las salidas cegadas, con la conciencia de que todo había saltado en  pedazos… Al final logré estampar el despertador contra la pared por pura desesperación. Allí mismo, sin ni siquiera levantarme, mirando al techo, decidí que no iba a salir de casa, que no iba a salir de aquel agujero en años.

-Y lo hiciste.

-Claro que lo hice. No salí, no contesté al teléfono, y solo cuando creí morir de hambre consentí en  llamar a un amigo para que me trajera algo de comer… Una semana después. Todos creyeron que me había vuelto a largar a Noruega.

Noruega, aquella Arcadia soñada por Segis en la que se quedó dos años hasta que casi se muere de frío. Llegó a vivir con una ingeniero forestal cuyo nombre nunca me dijo, plantaba abetos y se estampó contra uno de ellos en un coche oruga. Fue entonces cuando le despidieron, cuando decidió volver  a España. Tenía treinta y ocho años, había dado la vuelta al mundo varias veces en un mercante y visto matar a un hombre en un muelle de Salvador de Bahía. Era inútil preguntarle a Segis por su vida, nunca contaba nada. Los retazos que sé de su azarosa vida se los logré pescar así, en noches como aquella, dejando que hablase sin hacerle preguntas, dejando que sus secretos salieran de aquel fondo de donde los ocultaba sin que lograran romperse. Ni siquiera supe si me necesitaba a mí, o a Claudia, o le hubiera valido alguno de sus bufones, aquel Val que no volvió a aparecer desde la noche que conocí a Segis y Claudia.

Con veintitrés años logró enrolarse en un mercante en Bilbao. Viajes por el Mediterráneo sin apenas ver la luz. Vida dura, pocos amigos, un ajedrez magnético y un cuaderno de dibujo, de aquellos años nunca logré ver nada de lo dibujado. Luego vinieron los mercantes trasatlánticos. Rutas entre Europa y América, hizo algo de dinero, trabajó como mecánico y siguió teniendo pocos amigos. Sídney, un año en Australia, Bergen… y su Arcadia blanca. Cómo logró llegar a Sídney desde Europa o América, es un misterio, ni lo sé ni me importa, ni siquiera sé si es cierto, aunque Segis chapurreaba el inglés con relativa soltura. Llegó a Valencia con algo de dinero, no mucho, un equipaje lleno de decepciones y recuerdos, un ajedrez  magnético y sus cuadernos de dibujo. Nada más. Se instaló en un pequeño apartamento de la Calle Turia, antes de  que Elvira lo rescatase e hiciera de él un “artista plástico”.

-Y lo intenté Carlos –siguió contándome Segis sin mirarme a los ojos-, me dije que lo que me estaba  pasando era una estupidez, que yo no estaba loco, que ese pánico que tenía no podía ser algo real. Salí a la puerta de la calle…  Creí morir… la gente, los ruidos, tú no lo podrías entender. No es miedo, Carlos, ni pánico… era pura desesperación, te quedas clavado en el mismo sitio sin posibilidad de moverte, no logras respirar… deseas morir antes que seguir allí. Tuvo que venir alguien, me llevó al portal, no sé cómo.

-¿Qué hacías?

-¿Qué hacía?… Nada, dejaba pasar el tiempo allí dentro, dejaba que me atravesara, y sabes… llega a ser fácil, cuesta los primeros días, pero luego te acostumbras: veía la televisión, me hacía pajas, bebía, jugaba solitarios, me dopaba con tranquilizantes, dibujaba algo, no cogí un puto libro en todo aquel tiempo…

-¿Y tus amigos?

-¿Qué amigos?… Qué amigos, a Claudia aún no la conocía, Lucía sólo me aguantó una semana… y los demás huyeron, no le reprocho nada a nadie. La compra semanal me la hacía el vecino, un jubilado viudo que pareció ver graciosa mi situación. Al principio le extrañó, pero luego lo tomó como una rutina curiosa, me preguntaba lo que quería y yo le daba una lista… le di incluso la tarjeta de crédito para que me sacara dinero.  Nunca me preguntó nada. Fue él quien llamó a urgencias, hacía dos semanas que no sabía nada de mí, no oía ruidos y creyó que me ocurría algo…. No lo encuentras gracioso, llevaba meses sin salir de aquel agujero y creyó que me ocurría algo cuando no oyó nada. Lo que tenía era una gripe que había derivado en bronquitis… ni una puta aspirina.

-¿Cuánto tiempo había pasado?

-Cuatro, cinco meses, no me acuerdo… hasta abril más o menos. Una bronconeumonía y un cuadro agudo de agorafobia con esquizofrenia residual, al final llegaba a ver sombras, creí oír voces, encendía todas las luces de la casa, movía muebles, cambiaba cosas de sitio, y no entraba en todas las habitaciones por miedo… hubiera acabado encerrado en el váter, comiendo, meando, y durmiendo en la bañera. Estuve tres meses en la planta psiquiátrica de La Fe.

Segis calló… se sirvió otra copa. No me dijo nada. Siguió absorto en el enlosado del piso, losetas blancas, rojas y azules que se descascarillaban por todos los lados. Continuó hablando sin mirarme, dejando que todo aquello saliera a borbotones, iba a ser la última vez que lo iba a oír.

-Me dijeron que me buscara un pasatiempo… fue entonces cuando se fijaron en mis cuadernos de dibujo…. Espera.

Segis abrió uno de los armarios, rebuscó un momento y sacó una resma de hojas sujetas con una cinta. Me la tendió

-Toma Carlos… Esto no lo ha visto nadie… quiero que lo veas, no ahora… más tarde, y quiero que me digas que es… yo no tengo ni puta idea, pero me lo saqué de encima como un vómito… Fue lo que dibujé durante aquel tiempo en el hospital.

(…)

Frag. “The Brown Book?”

Para Sig. B.
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El Síndrome Flitcraft

El Síndrome Flitcratf

Sacado de “The Brown Book?”

Supongamos que nos colocamos al otro lado del anonimato. Olvidémonos de las motivaciones que nos han llevado allí, qué fue lo que nos indujo a traspasar la línea, la frontera de no retorno. Y ver la vida, el mundo que dejamos para no volver, desde ese otro lado.

Resulta tentador quizá pensar en esa idea. Ver la vida a la que uno ha pertenecido, tan sólo un momento antes, como un espectador, como voyeur tal vez. Saberse extraído de esa red causal de la que éramos partícipes, huir de todo aquello que hemos puesto en marcha con nuestra desaparición inexplicable.

La pregunta no es tanto por qué alguna gente decide desaparecer sin causa que lo justifique, sino tal vez, qué es lo que hace que algunos logren ver esa frontera que nadie es capaz de adivinar.

Me vienen a la cabeza historias que se cuentan en estos casos:

Un día un alguien percibe, con la fuerza de una revelación, que todo aquello de lo que forma parte, su vida, no es más que algo ajeno, falso quizá. No se detiene siquiera a recomponer algo irreparable, allí mismo, sentado en la barra de un bar tomando el almuerzo, o en el taxi, o en el lavabo de su lugar de trabajo, él (o ella) decide poner fin a todo. Es en ese momento cuando se vislumbra esa frontera, el agujero que se cerrará de forma irremisible nada más lo cruce. Pero tiene que hacerlo ya, antes de que ese segundo de lucidez se borre para siempre, se desdibuje en una ocurrencia absurda que no le volverá a importunar. Y lo hace. Porque todo aquello que deja atrás ha dejado de formar parte de su vida, de manera súbita.

Él (o ella) desaparece de forma inexplicable.

Años después alguien logra dar con su rastro, en otra ciudad, en otro país tal vez. Diez, veinte, treinta años, o sólo cinco. Vive una nueva vida, otro trabajo, otra familia quizá, otro nombre y una nueva identidad. Él (o ella) trata de hacerte ver, a ti que lo has encontrado, que no tuvo otra elección, que aquel día lo vio todo tan claro que le pareció imposible hacer otra cosa. ¿Por qué?, le preguntas, y él (o ella) contesta que lamenta el dolor causado, la falta de noticias, que todavía siente, como una herida que le quema el alma, el recuerdo de la gente a la que quiso, marido, mujer, hijos, padres… Pero no tuve elección, te dice, vi que aquello en lo que andaba metido no era mi vida, mi trabajo, mi familia, yo mismo…  Que todo aquello por lo que había luchado, que mi vida de la que me sentía satisfecho, ni siquiera me pertenecía, verlo todo como si fuera una inmensa broma de la que tú, hasta ese momento, no habías sido consciente. Saberse un juguete del azar, que nada motivó las decisiones más importantes de tu vida, salvo una conjunción absurda de circunstancias que podían haber sido otras, algo totalmente contingente. Entonces te sobreviene esa especie de pánico, te dice él (o ella) mientras te cuenta su historia sentado en la mesa de un café, o en el banco de un parque, sientes ese pánico incontrolable mientras te aferras con la mirada a la taza de café que estás tomando durante el almuerzo, o ves cómo esas imágenes que vuelan a otro lado de la ventanilla del taxi pierden la consistencia que las dotaba de sentido. Sientes  miedo, quisieras gritar, correr, y no puedes.

Y es entonces cuando ves esa puerta, le dices. Sí, te contesta él (o ella) sin mirarte a los ojos. Lo ves, lo percibes como una salvación, un milagro, y te das cuenta de que esa oportunidad no se va a volver a presentar jamás, ahí está. No lo piensas. Cuando lo has hecho, te das cuenta de lo fácil que ha sido todo. Y ves cómo se cierra esa puerta, estás sentado en el mismo sitio, en la barra de un bar, o meando en los lavabos del trabajo, pero ya estás al otro lado, todo huye a la velocidad de la luz, inalcanzable. Y te dices que tan solo bastaría volver al trabajo, o llamar a tu mujer, o a tu marido, y preguntarle cómo está, cualquier cosa, pero no lo puedes hacer, sientes cómo todo ha volado por los aires.

Entonces te encuentras sentado en el asiento de un tren, o un autobús, o quizá un avión, has comprado el pasaje con el poco dinero que llevabas encima. No piensas, actúas como un autómata. Ese pánico de hace un rato se ha convertido en un tobogán, en una espiral irresistible a la que te aferras. Y sientes que, por primera vez en tu vida, el tiempo te pertenece… No sé si me comprende…

Tú le dices que le has buscado porque otros te lo han pedido, que no te gusta hurgar en la vida de nadie pero que hay que arreglar ciertos asuntos, flecos que siempre quedan. Lo sé, contesta él (o ella), al final el pasado siempre te alcanza, no importa lo que uno corra, dice, o pronuncia alguna otra frase parecida, sacada de alguna novela o película que ha visto. Te preguntas hasta qué punto todo lo que ha hecho no lo ha visto antes en el cine, o en la televisión. Te vas dándole un número de teléfono, una dirección. Intentas decirle algo, pero te callas.

Te callas, porque piensas que lo que le ibas a decir a él (o a ella) también lo sabe, y que no te lo ha confesado por vergüenza. Te vas de allí evitando que él (o ella) lo cuente, no sabiendo si has actuado bien, si quizás deberías haber dejado que terminara de hablar del todo, o dándole a entender que tú también lo sabes y que así tratas de evitarle el mal trago de tenerlo que confesar, mostrándole así tu conmiseración.

Y lo dejas a él (o a ella) sentado en la mesa de un café, en una ciudad extraña, te giras y todavía lo ves mirando por la ventana, o removiendo con la cucharilla un café ya frío que no se tomará. Y no, no has querido decirle que después de todo, de su huida, de aquella ventana de oportunidad que vislumbró aquel día, hace años, ha vuelto al mismo sitio. Que tanto tiempo dando tumbos, huyendo por esa espiral, no ha servido para nada, que ahora se encuentra en el mismo lugar que aquel día, en otra ciudad quizá, con otros rostros, en otras circunstancias, pero en el mismo lugar. Ya no habrá más agujeros por donde escapar, nunca los hubo, o si los hubo no fueron sino bucles que tras una ilusión de movimiento te dejan en el mismo sitio.
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El espíritu del geómetra

Martina estaba nerviosa, no asistió demasiada gente y los periodistas no acudieron como otras veces. Algunos, amigos y tributarios de Martina, fueron más por ella que por él. A pesar de todo Segis Mir departía con unos y con otros, intentaba explicar –como siempre hacía él, gesticulando, elevando la voz y hablando como una ametralladora- la intencionalidad de alguno de sus cuadros, parecía encontrarse en su salsa. A Martina no le gustaba el giro que estaba tomando la obra de Segis, estaba forzando las cosas, demasiado, yendo quizá muy lejos, se preocupaba como galerista suya, pero también como amiga. A Segis, claro está, no le importaba un pimiento si sus cuadros se vendían o no, si por él fuera los hubiera regalado todos, pero Martina tenía razón. No, aquello no era una “nueva etapa, arriesgada y experimental,  en su incesante búsqueda creativa”, como seguramente valoraría algún crítico próximo a Martina y que le debiera algún favor, aquello era otra cosa, era un abismo. O una mierda, como los demás críticos catalogarían sin compasión desde sus tribunas opinativas, como venían haciéndolo ya algún tiempo atrás.

Lo que cualquiera podía ver en aquella exposición en la galería de Martina, no era sino un síntoma más en una degeneración que se venía operando en la mente de Segis Mir desde tiempo atrás, probablemente desde ese estúpido accidente en la piscina de la casa de Félix. Segis, al contrario, no encontraba nada extraño en la evolución de su pintura, no se molestaba si alguno de nosotros intentaba explicarle que algo andaba mal, que aquello que pintaba no es que resultara rompedor, es que era totalmente ininteligible; él, explicaba por su parte que encontraba perfectamente natural esa evolución, que le era imposible pintar de otra forma, pintaba aquello que veía y sentía, y que si sus cuadros eran entendidos o no, no era algo que le preocupase demasiado. Pero Segis no estaba bien, sus dificultades y esa sensación de andar como perdido eran evidentes para todo aquel que tratara con él, fue Eva, su mujer, la que nos puso a todos sobre aviso hace ya algún tiempo, y la que intentó que alguno de nosotros le convenciera para renunciar a su negativa de acudir a un médico, por supuesto, sin éxito.

 

Mi primer encontronazo con Segis a punto estuvo de terminar en una pelea que casi llega a las manos, le conocí en casa de Félix. Segismundo Mir. Todavía no era un pintor famoso pero ya se estaba abriendo un pequeño hueco en el complicado mundo del mercado del arte, era el exponente más conocido del grupo de artistas que se arremolinaron entorno al movimiento del “Nuevo Realismo”, sus miembros pretendían dar una respuesta al exceso de abstracción que se había apoderado del mundo del arte, no era una vuelta a antiguas formas, sino un intento de encontrar aquello que se escondía tras la realidad, representándola y confrontándola con el espectador merced a un juego simbólico. Probablemente estuviera algo bebido, jamás me lo quiso reconocer, pero aquella noche me increpó de malos modos sin venir a cuento y me acusó de ser un ínclito representante de las “hordas de la abstracción” que asolan la cultura. Yo, que todavía no sabía tratar con artistas, me ofendí, y no supe cómo torear la situación, por aquel entonces sólo llevaba dos meses saliendo con Marta, una crítica de arte, y la airada reacción de Segis se produjo cuando se enteró de que yo era matemático y especialista en topología.

En cualquier caso Segis y yo nos hicimos amigos, o mejor dicho, por alguna extraña razón él se hizo inseparable de mí. Segis había tenido una vida azarosa: había viajado por medio mundo como tripulante de barcos mercantes hasta que decidió establecerse en Noruega trabajando como repoblador de bosques, tras un temprano divorcio decidió regresar con lo puesto y dedicarse a pintar. La pintura siempre había sido un pasatiempo nunca tomado realmente en serio, pero a su vuelta, quizá la necesidad, hizo que probara fortuna con la pintura, y acertó, Segis era realmente bueno, de no ser por ese divorcio puede que todavía estuviera en Noruega plantando abetos. Segis nunca se tomó su condición de “artista” realmente en serio, había irrumpido en el mundo del arte por sorpresa, ajeno a academias, modas y camarillas, sus cuadros se vendían, sus cuadros eran buenos y gustaban, y eso también molestó a mucha gente que no se lo perdonaría jamás, y mucho menos cuando sobrevino su “caída”. Se había decidido por una suerte de pintura figurativa tremendamente personal que fue catalogada por los críticos, perplejos ante su éxito, como “Nuevo Realismo”, pero él decía que todo eso eran estupideces: “es lo único que sé pintar, tío, me sale bien y punto”, me dijo en alguna ocasión.

Pero en realidad Segis bromeaba demasiado consigo mismo, era un buscador, o un perseguidor, tanto da, durante toda su vida trató de alcanzar algo apenas entrevisto, y con la pintura encontró el camino preciso. Ganó dinero, pero su relación con el mercado del arte fue todo lo tormentosa que cabía esperar de él, “si por mí fuera regalaría mis cuadros, o los vendería por la voluntad, es de risa, la gente está dispuesta a soltar cantidades absurdas de dinero por una firma mía, pero Martina no me deja, y con Martina no puedo discutir, siempre me grita”. Martina era su agente, marchante, protectora y amiga, fue ella quién le presentó a Eva, su mujer. A veces Segis se salía con la suya, recuerdo en alguna ocasión haberle visto llegar a las fiestas que solía dar Félix cargado con un montón de telas que regalaba a todo el mundo ante la desesperación de Martina. Con nosotros era diferente, sólo nos regalaba lo que consideraba mejor, yo mismo tengo dos cuadros suyos que no vendería por nada.

Segis pretendía no tomarse en serio, decía que los cuadros le salían como churros y que no entendía cómo había podido ganarse la vida con ellos, pero había algo más, algo que Segis evitaba nombrar, era eso que perseguía, a veces de forma obsesiva y que intentaba atraparlo con la pintura; eso, que alguna vez pretendió contármelo por teléfono, de madrugada, borracho y sin conseguirlo, pero que todos podían intuir en su obra, aunque para él, todo ello no era sino un pobre intento, una torpe y mediocre manera de atrapar algo que quizá estaba fuera de su alcance, por eso evitaba hablar de ello. Y por eso a nadie le sorprendió demasiado su radical cambio de estilo tras esos primeros años de éxito. Aunque puede que entonces todo estuviera perdido.

 

Ocurrió en casa de Félix, un fin de semana de verano en su casa de la playa. Había poca gente: Segis, Eva, Martina y su amigo, y yo, que había acudido en un estado de abatimiento idiota tras mi reciente separación de Marta. Segis no había bebido casi nada, pero se le había metido en la cabeza que era capaz de realizar no sé qué absurda pirueta en el trampolín. Azuzado por Félix lo intentó, con tan mala suerte que acabó pegándose en la cabeza con el borde del trampolín. Cayó inconsciente al agua, Eva y yo nos tiramos a la piscina y logramos sacarle antes de que se ahogara pero la herida en el lado derecho de la cabeza era profunda, nos asustamos y lo llevamos al hospital. Le hicieron pruebas y lo mantuvieron en observación, aparentemente no había habido ninguna lesión cerebral, aunque la pérdida de consciencia había sido prolongada y no se podía descartar nada. Los médicos recomendaron reposo y un seguimiento hospitalario pero Segis no quiso saber nada, no iba a quedarse en un hospital si se encontraba bien. Poco a poco las cosas empezaron a cambiar.

 

Segis se recluyó en su estudio, apenas salía y le veíamos poco, Eva nos decía que andaba como perdido, que a veces se quedaba ensimismado mirando objetos banales: saleros, mesas cucharas, durante minutos enteros sin decir nada, como si los viera por primera vez incapaz de comprender su función. Su obra comenzó a ralentizarse, ya no pintaba cuadros como churros sino que el proceso de creación se había hecho mucho más lento, y lo más importante, el estilo de Segis cambió por completo: abandonó la pintura figurativa y empezó a utilizar la abstracción. Al principio se limitó a “deconstruir” la realidad, a descomponerla en formas geométricas débilmente entrelazadas sin perder todavía el sentido de unidad, pero poco a poco se adentró sin remisión en una abstracción geométrica cada vez más radical. Su primera exposición tras el accidente fue todo un acontecimiento, muchos de sus antiguos admiradores le abandonaron, otros le siguieron en esa nueva aventura creativa, y aquellos que se la tenían jurada desde su irrupción exitosa aprovecharon la oportunidad para castigarle sin piedad en sus críticas.

Lo más extraño de todo es que Segis, no parecía haber advertido ningún cambio en su estilo, “sigo pintando lo mismo que antes, no entiendo todo este revuelo”. No cambió su carácter, seguía siendo el mismo Segis de siempre, eso era cierto, pero su forma de trabajar había cambiado, trabajaba lentamente, le costaba mucho acabar un cuadro, siempre faltaba algo, y resultaba ser algún detalle geométrico que cualquiera hubiera catalogado de banal. Pero su camino por la abstracción y la pura geometría se hacía cada vez más radical y absoluto, “pinto lo que veo, como siempre, no sé de qué os extrañáis”, repetía. Eva estaba preocupada, habían empezado a presentarse las dificultades: “a veces Segis se queda parado, en mitad de la casa, no se mueve hasta que aparezco yo, y a menudo ni siquiera me reconoce hasta que lo toco o le hablo. Me dice que le lleve a alguna parte de la casa, pero siente como pánico, tengo que estar hablándole durante todo el recorrido para que se tranquilice y reconozca lo que está viendo”, nos contaba Eva, “le pregunto qué es lo que ve, y me dice que formas geométricas perfectamente definidas y nítidas. No ve una mesa, sino planos y volúmenes y no la reconoce hasta que alguien se la nombra y la oye, ‘¡ah!, sí, la mesa’, dice”.

 

Segis se negaba a ir al médico, pero un día consulté con un conocido que me puso en contacto con un neurólogo y le conté el caso. Me explicó que era difícil hacer una valoración sin explorar al apaciente, pero pudiera ser que Segis hubiera tenido alguna lesión en el hemisferio derecho del cerebro a raíz de ese golpe, un coágulo quizá, o algún ictus en esa zona. Me dijo que probablemente tuviera el centro de la visión intacto, pero que su mente fuera incapaz de integrar todo aquello que ve en objetos de la vida cotidiana con una función que él hubiera aprendido con el uso. En pocas palabras: la mente de Segis era capaz de analizar un objeto geométricamente pero no comprendía lo que era. Y lo peor, era un proceso que iría degenerando con el tiempo, probablemente ese coágulo acabaría causándole la muerte.

 

Segis seguía pintando, si se puede llamar pintar a una carrera enloquecida a lomos del diablo desconocido que lo poseía. Efectivamente pintaba lo que veía, seguía siendo el de siempre, alguien que pintaba la realidad, pero una realidad desestructurada, atomizada en sus componentes geométricos, por eso esa obsesión por el detalle, por dotar a cada cuadro de ese innecesario matiz geométrico y banal que sólo él veía. En algún momento cruzó el punto de no retorno.

 

Me pregunto si así logrará alcanzar eso que siempre se empeñó en atrapar y que nunca logró darle forma. Ni yo mismo lo sé. Me temo que no le quede demasiado tiempo.

 
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El Expediente Salyut (3)

(Fragmento del mecanoescrito, ‘The Salyut Expedient. A Project for a Movie’. Encontrado en el apartamento de Víctor Morelli en el Calle Ruzafa de Valencia. Está firmado por Torsvan Maruth y es imposible datarlo)

La redacción de los servicios informativos de la cadena televisiva Onda 4 TV es un lugar informal, dinámico, e inequívocamente catalogado por los colores corporativos: rojo y verde.

Los amplios ventanales dejan entrar la luz a borbotones. Y la vista, desde la vigésimo tercera  planta del edificio Nueva Europa, en el número 1 de la Avenida del mismo nombre, es el simulacro de una proyección en 3D, un regalo para los afortunados ocupantes de esa burbuja de cristal climex que flota en el vacío. Después de varios días de lluvia un intenso azul sólido se ha apoderado de improviso de todo el espacio. Todo parece estar preparado para una revelación, para la súbita aparición de un arcángel armado con una espada flamígera anunciando un apocalipsis de furia y venganza.

Al norte de Valencia se extiende el perfecto orden planificado de la Ampliación Reticular. La monotonía geométrica de ese distrito parece atenuada por los colores cambiantes de los edificios, por su forma aparentemente diversa que oscila dentro de márgenes catalogados, por los caprichosos caminos peatonales que hacen del paseo normalizado un deambular demorado… Pero debajo de esa variación marginal se dibuja una uniformidad de hormigón y acero; el cubo, el paralelepípedo y el ángulo recto. Como buques euclidianos, las imponentes unidades habitacionales parecen adentrarse en formación hacia el mar, una flota de figuras de Lego construidas por un niño monstruoso.

Hacia el oeste, separada por una estructura elipsoidal de acero sobre la que zumba silencioso el monorraíl, se puede distinguir la incongruente variedad de la parte vieja de la ciudad. Parece ser un añadido grotesco a la Ampliación Reticular, un elemento de tiempo congelado que surge de manera abrupta, como un cambio de fase, o dos magmas de distinta densidad. Hace ya tiempo que el centro administrativo de la ciudad se mudó a la Ampliación, pero la zona vieja sigue siendo un fárrago incesante de actividad, con Chinatown creciendo imparable desde su origen en el barrio de Ruzafa.

La zona sur de la ciudad queda oculta al casi panóptico puesto de mando de la redacción, es allí donde se ha trasladado el urbanismo visionario en los últimos años. Nuevas formas, leguajes indescifrables de materiales nuevos, plástico, titanio, vidrio, una jungla de nuevos proyectos en pugna por el nicho arquitectónico.

En la redacción de los informativos de Onda 4 TV no hay paredes, tan solo una membrana transparente de cristal separa el único rango visible para el visitante: el despacho del director. Todo lo demás es una colmena de mesas agrupadas en racimos. Redactores, guionistas, husmeadores e informáticos, que miran monitores, escriben, hablan por teléfono, gritan, discuten, ríen y comen la misma comida china. Varias pantallas HD escupen imágenes en cualquier idioma, las hay por doquier y nadie parece hacerles caso, aunque de improviso cualquiera puede quedar preso de alguna de ellas.

Sin embargo, en medio de ese desorden, es posible distinguir una estratificación invisible, algo que el recién llegado no es capaz de apreciar, pero que cualquiera que trabaje allí conoce perfectamente. Un escalamiento en el rango que viene dictado por la posición de la mesa, cuanto más próxima se encuentra a la urna del director y más cercana a la pared de cristal sobre el mar, más alta es la posición. Por lo demás, todo el mundo viste de la misma manera estudiadamente casual, habla igual, dice los mismos tacos, y casi se mueve de idéntica forma, una mímesis coreográfica perfecta.

A las once de la mañana la actividad es incesante.

La mesa de Lucía Rolan se encuentra en una posición privilegiada, a pocos metros de la puerta del director y pegada al cristal polarizado de climex. Es una guionista especializada, una creadora de realidad espectacular.

Su mesa… bueno, su mesa, cómo explicarlo, Lucía tiene controlado aproximadamente algo menos de la mitad de todo el contenido en superficie, y ya es mucho; no la ha ordenado desde que ocupó ese puesto, hace más de dos años.

En ese caos primigenio, germen de la creación, se amontonan papeles; diversos vasos de plástico con restos vitrificados de café; un despertador; dos teléfonos; un teclado ergonómico machacado con las letras apenas visibles; un monitor empapelado a post-its (números de teléfono, avisos y anotaciones indescifrables); un localizador GPS; una astrosa edición de las Investigaciones Filosóficas de Ludwig Wittgenstein; un cuaderno Moleskine comprado hace un año y utilizado en sus dos primeras páginas; un auténtico Cubo de Rubik sin resolver robado en Budapest; un reloj de arena (que nunca logró medir cinco minutos de forma regular, y que a pesar del delicado arreglo de Lucía ha ido diseminando su contenido de arena blanca por la mesa en un avance imparable); lápices y bolígrafos que han ido dejando su rastro indeleble; un teléfono móvil de última generación; varios auriculares con nudos marineros; un calendario de Lufthansa detenido en el mes de agosto; un pisapapeles con la forma de R2D2; una enrome llave de la que siempre ha desconocido su origen; un viejo cenicero triangular y dorado marca Cinzano que utiliza como pastillero (ibuprofeno, paracetamol, anticonceptivos); el estuche vacío de una Nikon; varias cajetillas de Smint de sabores diversos; algunas botellas de agua vacías; numerosos CD’s uniformemente diseminados (algunos con un el título escrito con indeleble, la mayoría de contenido desconocido); una extraña columna retorcida de vidrio que contiene una planta acuática milagrosamente viva; un candado con combinación, una vieja grapadora de fauces monstruosas, una Polariod de museo, varias fotografías, y todo un ecosistema con vida propia formado por una miríada de clips de distintos tamaños, elásticos para el pelo, monedas, gomas de borrar, grapas, bolitas de papel…

La categoría, “papeles”, por su parte, es un complejo sistema geológico que ha ido formado estratos laminares y dando lugar a extrañas formaciones que el tiempo ha vuelto caprichosas. Los estratos son fácilmente reconocibles gracias a su paulatino ajamiento con la profundidad: informes, artículos, guiones, folletos explicativos, prospectos –Lucía es una fanática de los prospectos-, fichas, periódicos, revistas, recortes, hojas arrancadas de libros, hojas fotocopiadas y un montón de anotaciones con croquis, diagramas, borradores, dibujos y listas de la compra.

El contenido de los cajones es, sin embargo, un autentico enigma. Hace ya tiempo que nadie le dice nada acerca del estado de su mesa.

Lucía Rolan ronda los treinta cinco años, tiene el pelo castaño surcado por unas finas mechas de indefinible color claro, la nariz incisiva (algunos aseguran que es definitivamente grande) y una impertinente mirada con tendencia a perderse en el vacío. Siempre viste de la misma forma, pantalones vaqueros (a menudo descuajeringados), camisetas, camisas, calzado deportivo y cazadoras con la que sube a su scooter, único vehículo que posee.

Hoy ha logrado colarse, quizá por última vez, en unos vaqueros raídos, y lleva una ajustada camiseta negra con la frase impresa en el pecho:

Let’s save Curier Font

Escrita en caracteres Curier.

Lucía es una de las mejores guionistas de la cadena Onda 4 TV. Pero hace sólo un par de años no se imaginaba que trabajaría en algo así.

Imaginémonos una biografía:

Había estudiado filosofía en Madrid, y realizado una profunda e ignorada tesis sobre “El uso de reglas y su relación con los lenguajes privados en Wittgenstein”. Logró vegetar durante unos años como profesora auxiliar en la facultad, y publicar un único libro en el que aparecía su fotografía en la solapa, apenas quinientos ejemplares, o al menos eso le dijeron: “Bajo el influjo de Bartleby. Los años perdidos de Wittgenstein 1919-1929” (Ed. Hippomenes Sequens).

Al final se cansó de todo ello, odiaba las camarillas, las luchas intestinas en  la universidad, los medros asesinos y los estudiantes anémicos. Decidió largarse. Trabajar en algo distinto y vivir en algún lugar junto al mar. El director de la pequeña editorial donde publicó el libro le dijo que si no se veía con ganas de escribir novelas policiacas probara suerte con la televisión, necesitaban gente creativa, especialistas en nuevos lenguajes, animadores de realidades alternativas y espectaculares, gurús de la dinámica hipertextual, la televisión era el nuevo laboratorio de ideas para las masas, sobre todo desde que las grandes corporaciones televisivas se hicieran con el control de contenidos en la NET.

La editorial Hippomenes Sequens pertenecía a ZOO-MEDIA, el mismo consorcio audiovisual que era dueño de la cadena de televisión más rompedora del momento Onda 4 TV. Sólo bastaría hacer unas llamadas para que le hicieran una entrevista.

¿Y por qué no?, se dijo, Onda 4 TV tenía la sede en Valencia, donde se habían trasladado la mayoría de las cadenas televisivas desde los sesenta. Le hicieron una prueba, y al cabo de unos meses era una de las más disputadas guionistas de la cadena. Roberto Echániz, el responsable de los servicios informativos, se la llevó a la exclusiva planta vigésimo tercera, con una mesa junto a la ventana.

En medio de esa incesante actividad Lucia Rolan se encuentra ojeando una curiosa revista editada en ruso, se la han traído esa mañana los de documentación. Lo cierto es que no sabe una palabra de ruso, pero siempre le han fascinado esos párrafos en cirílico que apenas logra descifrar. Es una antigua publicación de la Academia Soviética de Ciencias del año 1978. En uno de sus artículos, el autor, un tal Alexei Komarov, o al menos eso cree leer, hace un repaso de la gloriosa permanencia soviética en el cosmos, es esa mezcla de voluntad ingenua y propaganda lo que revelan las imágenes que acompañaban a un texto indescifrable: postales, sellos conmemorativos y fotografías. Alguien de documentación ha rodeado con un círculo rojo una de las fotografías, en ella aparecen dos cosmonautas sentados en unas sillas forradas de piel, al fondo puede adivinarse una cápsula renegrida y la nieve acumulada en el suelo, hay gente rodeándoles, algunos con una bata blanca, otros con uniformes militares, a ambos cosmonautas les han ofrecido ramos de flores que difícilmente logran sostener con sus trajes presurizados sokol, un militar de gorra de plato y medallas en el pecho saluda efusivamente a uno de ellos, las caras no se distinguen bien entre la multitud, pero todo el mundo parece contento; acaban de regresar del espacio. El de documentación le ha adjuntado en un post-it un texto escrito a bolígrafo junto a la fotografía:

“Son Viktor Gedenko y Yuri Gibarian, tras su regreso de la Salyut-5 en febrero de 1977 a bordo de la Soyuz-24. Fue la última tripulación. La misión fue un éxito, pero nunca se dieron demasiados detalles sobre lo que realizaron ambos cosmonautas en sus dieciocho días en órbita. Lo curioso del asunto es que esta fotografía es la única que se puede encontrar con posterioridad a su regreso a la Tierra. Hemos buscado en archivos, en la NET y en cualquier otra fuente, pero no existe nada más. Es de suponer que siguen con vida (???). Los informáticos están trabajando en una ampliación para el informativo”

-Fantástico –murmura Lucía-. Un par de fantasmas soviéticos.

Roberto Echániz, el director de los servicios informativos de Onda 4 TV, es el único en la redacción que llevaba corbata, desde hace seis meses también le ha dado por ponerse unos tirantes de moaré con estampados multicolores y, como es lógico, su ocurrencia es el pitorreo generalizado en los brainstorms de las diez de la mañana entre el director, los jefes de área y los principales guionistas, pero a Echániz le da completamente igual lo que puedan pensar de él, le gustaban sus tirantes de moaré, asegura que le dan empaque y personalidad. Nadie sabe a qué se refiere concretamente con eso del empaque, la figura de Echániz ha descendido paulatinamente por todos los estadios de la degeneración antropométrica hasta quedar estancada en la redondez del hombre maduro, pero todo el mundo reconoce que Echániz tiene la suficiente personalidad como para colocarse semejantes tirantes de moaré sin importarle lo que digan de él.  Ha demostrado tener un fino olfato, ha logrado que su informativo sea uno de los espacios más vistos de la parrilla televisiva, es el líder en su franja horaria y su programa ha sido el primero que ha conseguido romper la distinción entre información y espectáculo nocturno. Todo el mundo le considera una especie de gurú de los medios audiovisuales, un profeta. Sin embargo esa misma mañana también tiene un pequeño problema, un contratiempo que puede lograr que toda la planificación del día se venga abajo.

Uno de los teléfonos de Lucía Rolan suena de forma espasmódica:

-¿Sí?

-Lucía, ¿puedes venir un momento a mi despacho? –pregunta Echániz mirándola desde el otro lado de la pecera

-Ya voy…

La revista de la Academia de Ciencias Soviética queda integrada en una de las formaciones geológicas de papel más reciente.

En la pecera, junto a Roberto Echániz, se encuentra Rosa Pruñosa, la directora de proyectos de la cadena. Echániz está sentado encima de su mesa, y Rosa, una mujer de unos cuarenta años extremadamente delgada, aunque con grandes pechos de plástico, y con un agresivo corte de pelo, lee un documento a través de sus gafas de diseño.

-¿Qué tal Rosa? –pregunta Lucía

-Agobiada –refunfuña

-Ha surgido un problema Lucía –dice Echániz tocándose su tirantes-. Acabo de hablar con Lydia Argüelles, bueno en  realidad he hablado con su representante. No quiere seguir con la noticia de la Salyut.

Lydia Argüelles es la presentadora estrella. El contrato millonario de Onda 4 TV en el último año. Junto con Enric Casal conducen el informativo-espectáculo de la noche.

-¿Qué ocurre? –pregunta Lucía

-No lo sé. No le gusta. Además… anoche tuvo que estar ensayando durante veinte minutos para poder distinguir entre una Salyut y una Soyuz… y le cuesta pronunciar los nombres rusos.

-¿Tiene derecho a exigir eso? –insiste Lucía

-Me temo que sí –contesta Rosa sin apartar la vista de los papeles-. Su contrato estipula que Lydia tiene cierto control sobre el contenido de las noticias que presenta. Derechos sobre la imagen.

-Esto es absurdo

-Quizá a ti te lo parezca, pero Lydia está hasta las narices de los putos rusos…. Quiere algo de “hondo calado humano”. Me ha dicho que no le gustan los zombis ni los fantasmas.

-¡Oh vamos Echániz! –clama Lucía- Lydia estuvo con el tema de las apariciones de la Virgen en los túneles del metro hasta hace una semana.

-La Virgen y un par de adolescentes en éxtasis no es lo mismo que una estación espacial rusa reaparecida.

-¿Y qué significa “hondo calado humano” para Lydia? –pregunta Lucía.

-No tengo ni puta idea –contesta Echániz

La puerta de la urna se abre sin ningún protocolo ni permiso, Fran Colomer, husmeador del informativo, irrumpe con un papel en la mano, algo cohibido por la presencia de Rosa Pruñosa duda en entrar.

-Adelante Fran… O me cocinas algo para Lydia, Lucía, o se acabó la Salyut. ¿Qué tienes Fran?

-No mucho –dice cohibido Fran-. La policía está últimamente muy recelosa con nosotros, sólo traigo un par de cosas. La fiscalía ha abierto diligencias contra Falun Gong por posible fraude fiscal, algunos ex adeptos han afirmado que es una tapadera de organizaciones delictivas. En España hay de más de ocho millones de afiliados a Falun Gong

-No, no me gusta, no creo que interese, ¿qué opinas Lucía? –pregunta Echániz.

-Si Lydia se hace un lío con los nombres en ruso, no te quiero ni contar lo que puede ocurrir con los nombres en chino.

-Otra cosa Fran

-Ha habido un aumento en los casos de desapariciones en los últimos meses. En Valencia  han aumentado particularmente las denuncias desde el mes de enero.

-Podemos recuperar algo parecido a “¿Dónde están?”, un microespacio dentro del informativo para encontrar a personas desaparecidas –propone Lucía.

-No sé… es algo viejo, aunque es el tipo de cosas que puede interesar a Lydia. ¿Qué más?

-Al parecer hay un loco metiendo miedo en la Ampliación Reticular –continua Fran Colomer

-¿Violento? –preguntó Echániz

-Ha mandado alguna carta bomba de poca potencia, sólo ha habido dos heridos leves, pero no parece seguir ninguna pauta… Más bien parece un gamberro.

-Si tuviera algún móvil sería ideal, pero aún parece pronto. ¿Algo más Fran?

-No, eso es todo.

-¿Y bien Lucía?

-Me puedo poner con lo de los desaparecidos… Pero me gustaban los fantasmas rusos.

-Pues dime qué le cuento a Lydia

-¿Y  si nos traemos a Boris Krylenko?

-¿Al ruso?

-Sí… puede dar juego. Puede que esté como un cencerro, o puede que tenga algo que contar… ya sabes, “hondo calado humano”.

-No va a ser fácil –interrumpe Rosa-, está en La Haya, su abogado lo tiene secuestrado y protegido por una asociación evangelista.

-¿Evangelista?

-Sí… no me preguntes por qué. Supongo que será cuestión de dinero.

-Bien… –acaba diciendo Echániz-, si no hay ruso, no hay Salyut. Intentaré convencer a Lydia, pero no prometo nada. Mientras, Lucía, ves haciendo algo con las desapariciones misteriosas.

 

Boris Nikolaievich Krylenko. Nuestro siguiente personaje, el oso ruso, un loco dostoievskiano.

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El Expediente Salyut (2)

(Frgamento del mecanoescrito, ‘The Salyut Expedient. A Project for a Movie’. Encontrado en el apartamento de Víctor Morelli en el Calle Ruzafa de Valencia. La resma de hojas está firmada por Torsvan Maruth y es imposible datarlo)

La Noticia.

Cantón de Valencia. República Unitaria y Federativa Española (RUFE). Noviembre 2010.

Vivir aquí acaba embotando un poco el espíritu, no hay duda, uno termina sintiéndose como un extra en una película de Fellini, un mirón que se asoma al desmesurado banquete de Trimalción. Veo la vida pasar, intento contar cosas, y dejo que todo ese flujo descabellado me atraviese. Valencia no es la capital de esta República imposible, tampoco su ciudad más poblada, aunque el número de habitantes ha crecido vertiginosamente en las últimas décadas; sin embargo Valencia, capital del Cantón del mismo nombre, se ha convertido en una Babilonia desproporcionada y caótica a orillas del Mediterráneo.

Una ciudad peculiar, dicen algunos encerrando ironías; la ciudad más “dinámica” de la República, proclaman otros sin saber muy bien qué quieren decir; un nido de comisionistas, mafiosos y prevaricadores, aseguran los más recelosos. Lo cierto es que Valencia vive, desde finales de los años setenta, cierto esplendor de oropel. Casi dos millones de habitantes y la comunidad china más importante de toda la Europa Occidental, que por alguna astuta razón ha decidido establecerse en ese lugar de complejo entramado legal desde la gran diáspora de los años cincuenta.

Espejo de la modernidad y escenario de la más floreciente economía sumergida de todo el viejo continente, flujos incesantes de dinero sin nombre recorren los nuevos barrios de esta ciudad futurista de reminiscencias retro despojada de límites, una extraña geometría humana que encuentra aquí el lugar idóneo para la expansión fractal, a salvo de regulaciones, o controles burocráticos. Valencia se ha convertido en la tierra de promisión para los arquitectos visionarios. En el lugar ideal donde los mafiosos imaginativos saben encontrar ese estrecho margen que hay entre la ilegalidad y los negocios respetables. Es el sumidero al que acuden los financieros sin escrúpulos, expertos en la trasmutación alquímica que convierte el dinero inexistente en blanqueados patrimonios. El gran laboratorio social donde las cadenas de televisión, y las grandes corporaciones audiovisuales, diseñan un incierto futuro de realidad virtual. Un temido magma en permanente estado de ebullición, una intrincada red urbana donde florecen sectas, profetas, iluminados, sociedades secretas, matemáticos terroristas, científicos megalómanos, piratas, poemas cibernéticos, sueños de poliestireno, deseos psicoquímicos…

Una ciudad símbolo de los nuevos tiempos por venir –eso dicen-,  hecha a la imagen y semejanza de uno de sus hijos más famosos, Mario Prats González, el primer Presidente de la RUFE, la incongruente República Unitaria y Federativa Española, el gobierno sigue estando en Madrid, allí se sirve el banal guiso de la política, signifique esto lo que signifique. Pero es en esta metrópoli descabellada donde todo se sanciona en un críptico grafiti callejero… pesado, medido, y dividido.

Valencia, única ciudad con Estatus Especial de Comercio (EEC).

Una autentica polis utópica. Un despropósito.

La película bien puede comenzar aquí.

Tras la escena introductoria de los dos cosmonautas rusos enloqueciendo en esa improbable Salyut-5, el espectador da un salto en el tiempo para colocarse treinta años más tarde. Valencia 2010:

La luz fantasmal de un televisor-mural resbala por la habitación, una habitación cualquiera, un lugar amplio dominado por un tótem plano, un modelo HD Stratofortess, por ejemplo. Cualquiera puede quedar preso del torrente imparable de imágenes. Una presentadora vestida de azul, Lydia Argüelles, habla de forma resuelta sobre misiones tripuladas en el espacio, se oye una inquietante música de fondo mientras explica lo que ocurre allá arriba, es la hora del informativo. Algo sucede con esa estación espacial:

-Lo interesante del caso es que todavía no sabemos si nos encontramos ante una broma, o un autentico misterio. El responsable de todo este revuelo es este hombre que ahora se niega a hacer ninguna declaración

En la pantalla surge un hombre grueso, algo bajo y con barba de oso, de una edad indefinida entre los cincuenta y sesenta, asediado por los periodistas y protegido por su abogado.

Boris Krylenko, ingeniero de la Agencia Espacial Rusa y controlador de varias misiones de la estación espacial MIR declaró hace unos días a la cadena CNN que los tripulantes del la estación espacial ruso-americana MIR-UNITY pudieron contemplar con toda claridad como la antigua estación soviética Salyut-5 pasaba a sólo unos cientos de metros de distancia. El suceso ocurrió hace siete meses, en abril del año pasado, y provocó gran alarma  tanto en Houston como en Moscú, llegándose a activar todos los protocolos de emergencia ante una posible colisión.

Se suceden las imágenes en un montaje perfecto de la nueva estación MIR-UNITY, viejas estaciones espaciales soviéticas y algunos cosmonautas de los setenta. La atractiva presentadora continúa hablando con toda naturalidad:

Lo sorprendente del caso es que si esto fuera cierto nos encontraríamos frente a un enigma, ya que la estación espacial Salyut-5, de diecinueve toneladas, fue destruida mediante una reentrada controlada en la atmósfera en agosto de 1977 después de que la última tripulación la abandonara a bordo de la Soyuz-24 en febrero del mismo año. Un fantasma soviético surgido de improviso.

Una reconstrucción por computadora de la Salyut-5 orbita grácilmente cerca de la cabeza de la presentadora, que camina resuelta por el escenario de realidad virtual clavando sus tacones en el suelo.

Por supuesto los responsables de la NASA y de la Agencia Espacial Rusa se han adelantado a aclarar que las afirmaciones de Boris Krylenko son una broma de mal gusto y un auténtico disparate. Los tripulantes de la MIR-UNITY, aseguran, no han visto nada semejante, y  ni mucho menos se activó ningún plan de emergencia. Anatoli Zubarov, jefe de prensa de la Agencia Espacial Rusa, ha afirmado incluso que Krylenko fue despedido hace dos meses a causa de su adicción a las drogas. ¿Y qué ha respondido Boris Krylenko?

La imagen del oso ruso rodeado de periodistas vuelve a invadir la pantalla, grita, gesticula, su abogado, un tipo de pelo pajizo y aspecto de barracuda, intenta impedir que Krylenko haga ninguna declaración, y a empujones lo dos logran llegar a una puerta, un edificio rústico, una casa de campo quizá.

Nada. Frente a la nube de periodistas gritó que todo era completamente cierto y que temía por su vida. Su abogado ha afirmado que su cliente no iba a realizar ningún tipo de declaración en lo sucesivo…

Y Krylenko grita en ruso intentando zafase de los periodistas y de su abogado, que le sujeta por los hombros…

En algún momento debió perderse ese vínculo místico que ligaba al hecho con la noticia, quizá cuando la televisión pasó a ser el espectáculo que mantiene en vilo a millones de personas. Los mismos psicólogos sociales no logran ponerse de acuerdo, ¿finales de los sesenta, primeros setenta?  Los informativos, por ejemplo. Son rápidos, fulgurantes, explosivos, excitantes. Auténticos pedazos de realidad. Se acabó el tono sobrio y ceremonial que distinguía a los informativos de hace tiempo, el impacto óptico prima ahora sobre todo lo demás. El informativo de la cadena Onda 4 TV, perteneciente al grupo ZOO-MEDIA, es el epítome de todo ello:

Un escenario espacioso, tonos cálidos y brillantes, diseño vanguardista y música de fondo. Los presentadores, autenticas estrellas mediáticas, ya no están sentados tras una anodina mesa, muestran el estado del mundo de pie, sin papeles y moviéndose ágilmente al son de las noticias, las imágenes, las simulaciones por computadora, los enviados especiales, las conexiones en directo y las intervenciones online del público se suceden en una coreografía perfecta. Telepredicadores ofreciendo productos de deseo: noticias prefabricadas de envoltorio lujoso. Nadie sabría responder si realmente son periodistas, una pregunta absurda, a nadie le interesa realmente saber qué son, sino cómo como. Y son verdaderos ídolos de masas, iconos de la imagen y la modernidad, ahí radica el éxito de un buen informativo. La idea se le debió de ocurrir a algún gurú de los medios audiovisuales hace algunos años, ¿por qué no hacer con los informativos lo mismo que se estaba haciendo con la información meteorológica? De hecho siempre había sido lo más seguido de los informativos. Muchos pusieron el grito en el cielo, pero el éxito fue total.

¿Cómo una notica tan absurda ha podido filtrarse en un programa prime time, y ser narrada por la mismísima Lydia Argüelles? Es una pregunta compleja, cualquier sociólogo que haya leído al Deleuze sería capaz de llegar hasta los mismos mimbres de la realidad, pero eso es algo que no nos importa, esto es tan sólo una película de ciencia ficción, una película de ciencia ficción metafísica, con cierto aroma a thriller psicológico, con mensaje político y con un absurdo final dadaísta. Pero no nos adelantemos. Hemos visto a la gran estrella del momento, a la subyugante Lydia, hablar de fantasmas soviéticos perdidos en el espacio como si fuera algo determinante en la vida de sus espectadores. Y esa noticia ha sido fabricada y envuelta en papel de regalo, veamos donde:
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El Expediente Salyut (1)

noviembre 14, 2010 5 comentarios

(Fragmento del mecanoescrito, ‘The Salyut Expedient. A Project for a Movie’, de Torsvan Maruth, encontrado en el apartamento del Barrio de Ruzafa de Valencia de Víctor Morelli. No está fechado)

Una ficción. Un enigma. Un suceso que escapa a la comprensión.

Los hechos:

El 22 de junio de 1976 se puso en órbita desde el cosmódromo de Turyatam-Baikonur la estación orbital Salyut-5. Un artefacto formado por dos cilindros encajados, un puerto de atraque en la popa y dos grandes paneles solares. Tenía una longitud total de 14,55 m y capacidad para dos tripulantes. Diseño tosco, espartano y limitado por la poca delicadeza tecnológica de la Unión Soviética. En definitiva, un cacharro, aunque perfectamente funcional y adaptado al uso, como los viejos aviones de Aeroflot.

La Salyut-5 era una estación militar, el precio que el programa espacial soviético debía de pagar para obtener las imprescindibles prebendas y la financiación del poder político. Algo distinta de las Salyut civiles, era el destilado precario y rácano que la tecnología, los medios y la propaganda lograron producir del ambicioso proyecto de Vladimir Chelomey de construir una estación militar en órbita. Las Salyut resultaron ser un refrito del la idea de Chelomey y el malogrado programa lunar de  Korolev: cilindros encajados y puertos de atraque para las Soyuz con prestaciones enfocadas a la observación, el espionaje fotográfico y la permanencia de largos periodos en órbita. Una modesta chalupa cósmica, pero habitable.

La primera tripulación, formada por el comandante Boris Volkov y el ingeniero de vuelo Vitali Zamyatin, cumplió todos los requisitos y rituales que mandaba la tradición de los vuelos espaciales de los cosmonautas: estamparon su firma en la puerta de la habitación donde pasaron la última noche, vieron con desinterés la película de Vladimir Motyl El Sol Blanco del Desierto, brindaron con champagne y pepinillos en salmuera, y de camino a la rampa de lanzamiento el autobús paró en el mismo lugar donde lo hizo Gagarin para orinar sobre la rueda del mismo. Por alguna razón el comandante Volkov no quiso bajar del autobús, fue una decisión consciente e inexplicable, alguien le dijo que debía hacerlo… que traía mala suerte no cumplir el ritual, pero éste no quiso dar ninguna explicación.

Todo transcurrió según lo previsto y la tripulación accedió a la estación el 7 de julio de 1976 a bordo de la Soyuz 21, hubo algún retraso con el acoplamiento pero fue un éxito. Tenían mucho trabajo por delante, un montón de experimentos por realizar y demasiadas observaciones por hacer en territorio americano con las nuevas cámaras instaladas. Un programa exigente, y sin posibilidad de cambiarlo. Se había calculado una estancia de unos sesenta y seis días.

Pero como si la negativa de Volkov de bajar del autobús significase un mal presagio, los problemas comenzaron a surgir al poco de comenzar la misión: mareos, imposibilidad de conciliar el sueño, dolores de cabeza frecuentes, pequeños fallos en los sistemas de observación y de climatización de la estación, hacía un excesivo calor, y era difícil regular con precisión el sistema de orientación de la estación… aunque aquello sólo fue el principio. Era la rutina diaria de los cosmonautas soviéticos acostumbrados a bregar diariamente con una tecnología prêt-à-porter. Sin embargo los problemas que harían de aquella misión un infierno iban a tener otro origen muy distinto. A finales de julio la relación entre los dos tripulantes se había deteriorado considerablemente, había fuertes tensiones entre Volkov y Zamyatin, discusiones que iban más allá de lo permisible, diferencias de criterio que terminaban en la descalificación personal… por otro lado entre éstos y el Control de la Misión en Moscú también comenzaron a haber tensiones fuera de lugar, algo inaudito, y peligroso. Los responsables en tierra lo achacaron al ritmo de trabajo que exigía turnos de dieciséis horas, y sobre todo al carácter difícil y rígido del veterano comandante Volkov. Relajaron el programa de observaciones, intentaron que la comunicación entre el Control y la tripulación fuera algo menos rígida… pero conforme pasaban los días se iba haciendo evidente que lo que ocurría a bordo de la Salyut no era normal.

Aún hoy es difícil saber qué fue lo que realmente sucedió, sólo existen hipótesis, la fragmentaria información de documentos mutilados y las reconstrucciones que son posibles hacer a partir de ellos. Un puzle apenas recompuesto que bien pudo encajar de otra forma. Una comunicación del comandante Volkov fue el inicio de la pesadilla:

Fecha: 07291976. Hora: 0924.23 – 0925.09 UT. Frecuencia: 143.625 MHz

VOLKOV: Aquí el comandante Volkov… hay un olor extraño.

ZARYA (CONTROL EN TIERRA): (Ruido)…  Comandante Volkov, ¿qué ha dicho?

VOLKOV: El aire huele raro, creo que la atmósfera de la Salyut está contaminada…

ZARYA: ¿Puede repetir eso?… (palabras ininteligibles)… ¿A qué huele?

VOLKOV: No sé… como a cartones mojados, un poco a agrio. No es normal.

Boris Volkov comenzó a presentar un comportamiento irascible que pronto devino en violento. Alternaba incoherentes filípicas de ortodoxia marxista con explosiones de ira propias de un borracho. El programa de trabajo comenzó a verse seriamente comprometido. Pero lo que acabó por alarmar a los responsables de la misión fue la desconcertante reacción del ingeniero de vuelo Vitali Zamyatin. Éste, blanco predilecto de las iras de Volkov, intentó defenderse de las acometidas de su superior los primeros días, pedía constantemente al Control de Misión que rectificaran a Volkov y se enzarzaba en largas discusiones de procedimiento. Sin embargo el miércoles 4 de agosto se desmoronó de improviso. Simplemente se hundió en un extraño estado depresivo del que le fue imposible salir. A partir de ese momento la misión dejó de ser un escaparate propagandístico que intentaba ocultar su carácter militar para convertirse en un problema serio, y fue sepultada bajo el más absoluto secreto por la Seguridad del Estado.

Zamyatin asumió con culpabilidad los insultos desmedidos de Volkov, no opuso ningún tipo resistencia y ante las preguntas del Control de Misión exoneró de cualquier tipo de responsabilidad a Volkov. Culpó de la comprometida situación en la que se encontraba la misión a lo que él denominó “un desamparo cósmico”. El trabajo en la estación orbital se paralizó por completo.

Por su parte Boris Volkov comenzó a evidenciar claros síntomas paranoides acompañados de manía persecutoria, estaba totalmente convencido de que Zamyatin era un espía norteamericano que había saboteado la misión, y sospechaba igualmente que la Salyut había dejado de ser controlada desde la Unión Soviética y de que el Control de Misión había sido sustituido por otro en los Estados Unidos. Había perdido totalmente el sentido de la realidad. El día 18 de agosto Volkov aseguró que no volvería a contactar con el Control y que sabía que la Tercera Guerra Mundial había comenzado.

Pero los miedos y temores Vitali Zamyatin amenazaron con causar un verdadero desastre. Ese “desamparo cósmico” provocó a Zamyatin una claustrofobia incontenible, ya no le importaban las amenazas de Volkov, ni su propia seguridad personal,  sino la imposibilidad de permanecer encerrado en la estación. Se sentía constreñido, empequeñecido hasta la insignificancia por un sentimiento de infinitud que según él le rodeaba, se sentía paralizado por la sensación de encontrarse en un abismo y de quedar completamente aplastado por él. El 20 de agosto Vitali Zamyatin  intentó abrir la escotilla que había en el módulo de mando de la Soyuz, los sistemas de seguridad funcionaron y  lograron bloquearla pero Volkov lo interpretó como un indicio incontrovertible de sabotaje por parte de Zamyatin, que ahora se convertía en enemigo cierto. La situación se hizo totalmente insostenible.

Fecha: 08191976. Hora: 0612.54 – 0634.20 UT. Frecuencia: 143.625 MHz

ZARYA: ¿Zamyatin? ¿Me escucha?… ¿Es usted consciente de lo que está ocurriendo?… Vitali…

ZAMYATIN: Sí… Estoy tranquilo, ahora… todo es oscuro, estoy solo.

ZARYA: Zamyatin… tiene que recuperar el control de la situación. Puede terminar con todo esto y volver…

ZAMYATIN: Ustedes… Ustedes no están  aquí. La escotilla es pequeña, casi diminuta, pero es como si todo se ensanchase… es un sumidero que… que no puedo dejar de de mirar a pesar de… de la repugnancia que me provoca. Volkov está nervioso, está confuso… y sin embargo ya nada importa… es un abismo del que nadie puede salir… un pozo… Yo… (ininteligible).

ZARYA: ¿Zamyatin? ¿Vitali?… (ruido de fondo)… Zamyatin escuche, nosotros podemos conseguir que regrese, sólo tiene que hacer caso de lo que le digamos y olvidar… ¿Zamyatin? ¿Me oye?

ZAMYATIN: Sí… les escucho… pero tengo miedo… (ruido de fondo)… No puedo vivir de esta manera, no puedo vivir de esta manera… Estoy atravesado por el vacío, por un… estado de… ¿cómo explicarlo? Identificarse con todo esto, ¿saben?, lograr entender todo esto que me rodea es como… es como morir. Ni siquiera puedo pensar ya… es un sentimiento de desamparo, de… de soledad absoluta, y ustedes no son capaces de entenderlo… (inaudible)… Por favor, por favor, por favor… Me siento… siento desaparecer, las paredes están sucias… y se doblan, y fuera… fuera hay un terror obsceno, algo… que… No puedo…

ZARYA: Zamyatin, no puede dejar de  luchar… nos está escuchando, y es tan fácil lograr que toda esta pesadilla termine… No está solo, ¿recuerda a su mujer? ¿A Katya?

ZAMYATIN: Katya… no recuerdo, no sé quién es… no logro recordar nada de lo que… fijar en mi cabeza algo que no sea esta… oscuridad. Hay… hay un rumor, no sé, algo, que impide…

VOLKOV: ¡Escuchen! ¡Todo esto es una maniobra de guerra psicológica! Soy coronel de las Fuerzas Aéreas de la Unión Soviética y esto será considerado como un acto de guerra.

ZARYA: (de fondo se oye una voz, ‘ignórele, sigua hablando con Zamyatin’) Tiene que recordar a Katya, su mujer, ella está aquí, tiene que recordar…

ZAMYATIN: Ustedes no entienden… Es una oscuridad intolerable, es como… (ruido de fondo)… Solo, estoy completamente solo, solo, solo, solo, completamente solo…. Y no puedo siquiera… ahora es no, ahora es no…

ZARYA: (puede oírse un resoplido) Es inútil…

Para entonces los responsables de la misión estaban convencidos de que algún tipo de contaminante había producido la locura de los dos tripulantes, pero no lograban identificar qué podía ser. Desde aquella comunicación de Volkov alertando sobre el extraño olor, sus alucinaciones olfativas se habían hecho más insistentes, no soportaba ese olor a cartones que le envolvía como si fueran miasmas y aseguraba que estaba siendo envenenado, y que querían así librase de él y apoderarse de la estación. Se especuló con una posible fuga ácido nítrico de los tanques, o con una avería en el sistema de renovación de la atmósfera que provocara la acumulación de formaldehido o algo similar, pero todo parecía normal. Se decidió evacuar la estación de manera inmediata.

Para ello aprovecharon el propio delirio de Volkov. Era la única manera de hacerle entrar en la Soyuz junto a Zamyatin y obligarles a regresar a la Tierra. Amenazaron al comandante Volkov con envenenarle, le aseguraron que los americanos, efectivamente, habían tomado el control de la estación y que retenían a su familia como rehén, si accedía a regresar sería tratado como prisionero de guerra, en caso contrario moriría envenenado y su familia sería ejecutada. En un principio se negó, amenazó con destruir la estación, pero una comunicación con su mujer, convenientemente aleccionada, logró convencerle.

Fecha: 08231976. Hora: 0704.16 – 0710.09 UT. Frecuencia: 143.625 MHz

ZARYA: Coronel Volkov, todo ha terminado. Soy el general Milus, del alto mando norteamericano, ¿me entiende?

VOLKOV: Sí… Habla usted  ruso.

ZARYA: ¿Le sorprende?… Escuche, debe deponer su actitud… es lo mejor para todos, para su país también.

VOLKOV: ¡General Milus! Como oficial del Ejército Rojo mi deber es no rendir la nave… destruirla si es preciso… (ruido de fondo)… y no estoy dispuesto a rendirme, es mi obligación defender hasta mi último aliento la patria socialista…

ZARYA: Sí, entiendo… lo sabemos… Su actitud es encomiable. Pero ahora todo ha terminado… la guerra terminó, y su patria le necesita.

VOLKOV: ¡No insista general! No voy a rendir la nave….

ZARYA: Coronel Volkov… su familia le necesita.

VOLKOV: (ruido de fondo)…. Lo siento… (inaudible)…. (ruido de fondo)

ANNA: ¿Boris?… ¿Boria?

VOLKOV: ¿Ania? ¿Eres tú?

ANNA: Sí Boria… Escucha…todos estamos bien, Shasa y Petia… yo también. Tienes que volver, yo… yo sé que es tu deber no regresar… y estoy orgullosa, pero Shasa y Petia… (ruido de fondo)… Petia es tan pequeño, no entiende nada…Todo ha terminado y yo no sé cómo va a  crecer…aquí, te necesita…

VOLKOV: Ania…

Por su parte Zamyatin también se negaba a abandonar la Salyut, su estado era lamentable. Pasaba las horas en su camastro flotante, acurrucado y sin querer comer o beber, con la certeza de que las paredes de la Salyut se habían convertido en un destino sellado, convencido de su propia desintegración, aplastado por una inmensidad cósmica que era incapaz de asimilar. Temblaba, deliraba, oía sonidos incomprensibles, comenzó a tener alucinaciones que “le abocaban hacia abismos intolerables”. A Volkov no le fue difícil sedar a Zamyatin y trasladarle a la cabina de la Soyuz.

El 24 de agosto Boris Volkov y Vitali Zamyatin aterrizaban en Kazajstán a bordo de la Soyuz 21, en una operación automática controlada desde tierra.

Hubo una comunicación oficial loando el éxito rotundo de la misión. Algunas fotografías retocadas, una entrevista falsa con ambos tripulantes en Noticias de Cosmonáutica, poco más. Inmediatamente Volkov y Zamyatin quedaron sepultados, ahora sí, bajo el desmedido peso de la opacidad burocrática.

En noviembre de 1979 Boris Volkov moría de un infarto agudo de miocardio en un hospital de Kazán, a orillas del Volga, él y su mujer subsistían con una pequeña pensión y nunca logró recuperarse de las secuelas físicas que le provocó la misión, entre otras cosas una arritmia ventricular que se le diagnosticó a los pocos días. Los meses posteriores al regreso fueron un tormento para Volkov: comisiones de investigación, análisis psiquiátricos, entrevistas, comités disciplinarios, visitas informativas a la Lubianka… todo ello en el más absoluto secreto y aislamiento informativo. En agosto de 1977, coincidiendo con el fin de la Salyut-5, Volkov fue jubilado por motivos de salud, le fue asignado un pequeño piso en Kazán, ciudad alejada de cualquier curiosidad exterior, y sometido a control administrativo. Ni él ni su familia podían salir de Kazán ni hacer ningún tipo declaración, ni sobre su anterior trabajo ni mucho menos sobre lo ocurrido en aquella misión. Oficialmente no había ocurrido nada, y de facto, él y su familia, habían pasado a engrosar la categoría de personas anónimas sin pasado. Volkov recuperó su estado normal de conciencia poco tiempo después de regresar, aunque de su estancia en  la Salyut apenas tenía un brumoso recuerdo plagado de momentos fragmentarios y temores vagos, nunca pudo hacer un relato, siquiera incompleto, de la misión y las escenas que recordaba, o creía recordar, se mezclaban con las reconstrucciones inverosímiles que su memoria intentaba rehacer, falsedades que él mismo insistía en que no ocurrieron jamás. Sólo estuvo seguro de una sola cosa, argumento obsesivo que repitió a todo aquel que quiso escucharle, fuera médico o miembro de la Seguridad del Estado: algo había contaminado la atmósfera de la estación espacial, y había causado las alucinaciones que, poco a poco, iban disolviéndose en un olvido necesario.

El caso de Vitali Zamyatin fue algo más extraño. Fue sometido a un examen psiquiátrico en un hospital militar cercano a Moscú, y posteriormente facturado de incógnito  al Instituto Serbsky, una psikushka modelo de la más moderna, y expeditiva, “psiquiatría” soviética. Allí estuvo confinado, o ingresado, durante más de seis años. Salió de la prolongada terapia convertido en un hombre nuevo, vaciado de todo su pasado y modelado según los cánones de la ortodoxia. En 1985 reaparece en Leningrado (si es que reaparece él o su misma sombra), se había divorciado de su mujer y trabajaba en la revista Noticias de Cosmonáutica, donde publicaba, con el pseudónimo de Gusev, artículos fantásticos sobre fututos utópicos de conquistas espaciales y poderío soviético en el Sistema Solar. En enero de 1992 Noticias de Cosmonáutica cerraba definitivamente arrastrada por el vendaval que desintegró la URSS. Los artículos de Gusev se habían ido espaciado con el tiempo, a comienzos de la década de los noventa apenas publicaba cuatro o cinco al año, poco más, pero como si la proximidad del abismo socialista hubiera acentuado su capacidad de huida, sus últimos artículos se habían alejado peligrosamente de cualquier realidad reconocible, Gusev, o Zamyatin, parecía habitar algún lugar irreal sumergido en la memoria o en el delirio. En su último artículo (Noticias de Cosmonáutica, noviembre 1991) Gusev describe, con quimérica precisión, los futuros koljoses que se instalarían en los enormes invernaderos que se construirían en Marte cuanto la Unión Soviética colonizara el planeta. La URSS era ya un cadáver que ni siquiera merecía la pena enterrar, y el propio Zamyatin también. Nada más se supo de Zamyatin, o de su heterónimo Gusev, con posterioridad a 1992. El vendaval que trajo la nueva Rusia se lo llevó por medio.

¿Qué había sucedido en la Salyut-5? Ninguno de los responsables del programa espacial se explicaba nada. El hecho de que la estación estuviera bajo jurisdicción militar alentó las sospechas. Boris Volkov era coronel de la Fuerza Aérea, y recibió un entrenamiento específico para la misión por parte del KGB. Durante buena parte de la misión las actividades de los dos cosmonautas estuvieron controladas por personal específico del KGB, realizaron pruebas y observaciones cuyo contenido era secreto, y en el momento en el que comenzaron a surgir problemas serios a bordo de la Salyut el control de la situación lo monopolizó en exclusiva la Seguridad del Estado.

El 14 de octubre de 1976 se tenía lista la segunda tripulación que debía averiguar qué había sucedido, y si tal y como se sospechaba, algún tipo de sustancia había contaminado la atmósfera de la estación. Vyacheslav Bulgakov y Valeri Yfremov componían la tripulación, sin embargo un fallo en la maniobra de acoplamiento obligó a abortar la misión. La Soyuz 23 regresó a la Tierra sin ni siquiera haber podido acceder a la Salyut.

Todo se dejó para una última y definitiva misión, la Soyuz 24. En principio iba a estar compuesta por el comandante Viktor Gedenko y el ingeniero de vuelo Anatoli Petrakov, pero los responsables de la misión se vieron obligados a sustituir a Petrakov por enfermedad días antes por Yuri Gibarian saltándose varios puestos en el escalafón, fueron órdenes de arriba, la dirección política y el KGB lo exigía, y Gibarian tenía unas inmejorables aptitudes, había sido entrenado específicamente para la misión, era el hombre del KGB en la Salyut.

El 7 de febrero de 1977 despegó desde el cosmódromo de Turyatam-Baikonur la Soyuz 24. Esta vez sí, ambos cosmonautas bajaron del autobús en el mismo sitio donde meó Gagarin, incluso Gibarian tuvo ganas de orinar en una de las ruedas del autobús, algo bastante complicado con los trajes presurizados sokol.

Su primera tarea tras acoplarse a la Salyut fue comprobar si la atmósfera estaba contaminada.

Fecha: 02101977. Hora: 0832.41 – 0914.54 UT. Frecuencia: 143.625 MHz

ZARYA: (ininteligible)

GIBARIAN: Estoy listo

GEDENKO: Ya está

CONTROL: ¿Qué marca el espectrómetro?

GIBARIAN: Todo normal

ZARYA: ¿Qué marca el espectrómetro ingeniero de vuelo Gibarian?

GIBARIAN: Oxígeno, nitrógeno y dióxido de carbono en proporciones normales… y trazas de… amoniaco, metilamina, dietilamina, formaldehido… nada más

ZARYA: ¿Cuál es la concentración de formaldehido?

GIBARIAN: Insignificante… no hay acumulación tóxica.

(Ruido de fondo)

GEDENKO: Los sistemas de purificación atmosférica están en perfecto estado, han seguido funcionando sin problemas. Era la última muestra… (ininteligible)

(Ruido de fondo)

GEDENKO: Hay algo de condensación en el módulo presurizado, junto a la escotilla… todo parece normal, algo sucio, pero normal.

GIBARIAN: Nadie ha limpiado esto en mucho tiempo…

(Ruido de fondo)

ZARYA: Comandante Gedenko pueden quitarse las máscaras

(Ruido de fondo)

GIBARIAN: Me pica un poco la cara

GEDENKO: El ambiente es normal

ZARYA: ¿A qué huele?

GIBARIAN: A agrio…

ZARYA: ¿No huele a cartones mojados?

GEDENKO: No, nada extraño… algo estanco, pero normal.

ZARYA: Vamos a renovar la atmósfera de la Salyut por completo Viktor. El plan sigue según lo previsto.

GEDENKO: Entendido.


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El Camino de Vuelta

septiembre 10, 2010 1 comentario

San Francisco (California), febrero de 1968.

Cassady ha muerto, te dicen, lo encontraron en México, tieso fiambre, tirado cerca las vías del tren.

Más allá del límite.

“N.C., héroe secreto de nuestros poemas”, así que vuelves a leer a Ginsberg y a Kerouac, On the Road, como recordando algo que quizás reconoces como un mito fundacional y falaz. Neal Cassady siempre estuvo en  el camino, en simbiosis perfecta con la máquina, con el volante, todo uno, conduciendo un Ford desvencijado por alguna carretera del Medio Oeste, o cruzando la vieja conexión celestial en un autobús escolar pintado como un vómito polícromo, narrando las incidencias del tráfico a una banda de alucinados pasados de Ácido, hablando como el Hombre Bala, aferrado al volante, manipulando el cambio, cantando, frenético, lanzado, huido…

Y es en ese momento cuando pareces despertar de un sueño, aunque nunca lo viste bajo esa perspectiva, un sueño. No, no fue un sueño, te dices, tampoco una pesadilla, fue algo así como una fantasía, una ensoñación quizá, algo más real que la propia realidad, una ventana de posibilidad abierta. Repasas tu vida en los últimos años.

Cassady estaba tirado ahí en las vías, te cuentan, regresaba de una boda. ¿Una boda, qué boda?, preguntas. No lo sé tío, es México. A Neal Cassady lo encontraron camino de Celaya a más de dos mil metros de altitud, dicen que se unió a una boda en un lugar llamado San Miguel de Allende, allí bebió pulque y tequila, una boda mexicana en toda regla. Luego decidió marcharse a Celaya a por su equipaje, a pie, no tenía dinero y siguió las vías, se puso a andar en mitad de la noche. Y allí cayó. Lo encontraron a la mañana siguiente… México, ¿qué hacía en México? La policía lo buscaba por… ¡Infracciones de tráfico!

Más allá del límite.

Y entonces todo el mundo parece haber conocido  a Neal Cassady, o te dice haberlo visto alguna vez en algún sitio, y quizá sea cierto porque Cassady parecía estar en todas partes. Poseía cierto don de la ubicuidad. Era Dean Moriarty, hipster alocado de lecturas adolescentes, carretera, jazz y marihuana, América de plástico y moteles, paraísos de una nueva generación de jóvenes hambrientos de sexo y drogas, películas sórdidas y heroicas que por primera vez protagonizaban, largas huidas a través de un asfalto renegrido en busca de la Eternidad… Y era Cassady, el bromista impenitente, al volante de Furthur, en movimiento, colgado de Ácido o speed, locuaz, siempre con el torso desnudo, como un poderoso Hermes guiando almas a través del asfalto, del abismo, sorteando los baches y las curvas que sólo él sabía tomar como las toma un loco. Cassady era la dinamo de Ken Kesey, el motor rugiente de ese destartalado autobús. Kesey, que leía a Nietzsche, le llamaba superhombre, el hombre más allá del límite.

Y sin saber cómo te viste inmerso en aquella… película. Una suspensión del tiempo, algo realmente extraño, porque el pasado parecía haber sido abolido, y el futuro había quedado atrapado, imbuido en un presente imposible. Sin embrago ahora todo parce haber adquirido cierta consistencia… ha quedado decantado de nuevo por el tiempo, ya sabes, pasado, presente y futuro, y todo es recordar algo ya vivido, impregnado por la venenosa persistencia del tiempo. Y ahora recuerdas –sí ya sólo recuerdas- aquellas liturgias, ceremonias paganas que de improviso surgían en algún almacén del Embarcadero, o en locales fantasma que había que localizar por la noche, La Prueba del Ácido, música de Grateful Dead y una realidad que estallaba amenazante y profunda a un tiempo… y te decían que Cassady andaba por allí…

Tal vez te mudaste a Haight-Ashbury cuando dejaste la universidad, Berkeley y todas aquellas proclamas de compromiso político, cuando olvidaste todo aquello que te trajo a California, cuando dejaste de ser quien eras, o al menos así lo creíste. La vida era fácil, y cualquier chiflado podía hacer la Revolución, escribir un panfleto descabellado, participar en happenigs que duraban días enteros… Be-in, ¿recuerdas?, ¿qué era aquello? Nadie lo sabía, pero funcionaba, sí era cierto: viste a Timothy Leary hablar como un jodido profeta, “Turn on, tune in, drop out”, creyendo aquello que decía, te colocaste con marihuana o Ácido en el Golden Gate Park mientras Grateful Dead o los Jefferson Airplane tocaban gratis, todos sincronizados, en la misma onda… La rebelión quedó en eso, una vuelta a la niñez. Y viste –parecen haber pasado ya mil años- a una chiquilla de Texas, pecosa y fea, en Monterey, que cantaba con un grupo que sonaba a lata, la viste aferrada a un micrófono, pegando patadas al suelo… y desgarrándose viva en aquel escenario como nadie lo había hecho jamás, se llama Janis, te dijeron. Fue el inicio del aquel carnaval que estalló en verano… Tribus de hippies melenudos, yippies rijosos y desaforados, beatnicks pasados de rosca, paceniks chiflados, místicos iluminados, agitadores políticos perdidos, gurús esotéricos dispuestos a abrir la mente a cualquiera, estetas del DESCUBRIMIENTO, budas enloquecidos, resueltos partidarios del nudismo urbano, fumadores compulsivos de marihuana (como un puro, tío, tan grande como un puro), parejas de jóvenes follando en cualquier parte, predicadores alzados sobre cajas de fruta alertando del peligro demoníaco del LSD, polis pasmados intentando saber qué ocurría, indios peyoteros, chamanes ofreciendo hongos mágicos, Ángeles del Infierno reconvertidos a la nueva religión, tipos repartiendo comida, comunas, cánticos, abalorios, éxtasis, pétalos de flores, chinches… Jóvenes de todo el país acudieron en tropel, abandonando trabajos, estudios, “papá, mamá, estoy muy bien, he dejado la universidad y me he unido a una comuna, soy muy feliz”. Un abigarrado Averno barroco decorado con espray, con mandalas fluorescentes, un Jardín del Edén pintado por un Bosco pasado de Ácido. Una avalancha incontrolable en la que te viste inmerso, un presente eterno ajeno al Tiempo.

A Neal Cassady le había dado por hacer malabarismos con un martillo, lo lanzaba y realizaba extraños bucles en un lapso de tiempo que parecía estirarse, pero siempre regresaba a su mano, tensando músculos, con la inevitable precisión que exigía la intención de Cassady, como si no pudiera ocurrir otra cosa. Neal, el Hombre Bala que era capaz de hablar sin descanso a más de 45 revoluciones por minuto, tenía una capacidad innata para el silencio, podías hacer un viaje con él en coche desde San Francisco a Texas sin abrir siquiera la boca, y sentías como aquel silencio se convertía en algo valioso, un regalo que él te ofrecía, un campo de fuerza. Cuando Ken Kesey cumplió su condena y se marchó a Oregón el grupo se disgregó. Cassady iba y venía, recorría todo el Medio Oeste como un fantasma, siempre en movimiento. De manera que almacenó un montón de multas impagadas.

Más allá del límite.

-Vuelvo a casa –le dijo a su mujer

Pero no volvió. Decidió ir a México, a San Miguel de Allende, allí conocía a un amigo. Cassady tenía amigos en todas partes. Nadie sabe cómo fue capaz de pasar la frontera, pero lo consiguió, era Cassady. Su equipaje se extravió, acabó en Celaya. ¿Qué pasó? –preguntas-, no lo sé –te contestan-, se peleó con su amigo, o simplemente decidió largarse, así que se le ocurrió llegar hasta Celaya siguiendo las vías del tren. ¡Imagínatelo tío! Siguiendo la vía férrea en la noche estrellada de México, completamente solo. Allí, cerca de la estación, había una boda, ya sabes, mariachis, tequila, chicas guapas que bailan y te incitan ante las miradas torvas y asesinas de sus novios. Se unió a la boda, o le invitaron, qué más da, bebió, fumó, se despidió de todos y siguió el camino. Se desplomó… cayó junto a las vías. ¿Estaba pasado? –preguntas-, quién sabe, fue su último viaje, seguía una ruta de hierro y tablas, a más de dos mil metros de altitud en una noche estrellada. Quizá llegó al final del camino… o descubrió que no había nada más allá, ya sabes, como esos mapas de carretera en los que la línea de colores serpentea, va cambiando de nombre, despojándose de sus vestimentas de gran vía, convirtiéndose en un código, un número, cada vez más delgada, más insignificante, hasta que en algún punto termina, y te preguntas qué habrá allí, un corte, un abismo, la negrura del cosmos, finis terrae, el final de todo.

-O simplemente el camino de vuelta

-Quizá… y por eso decidió no volver. Cassady no estaba hecho para retornos, sino para huidas. Un perseguidor que acecha sin descanso.

Y mientras te cuentan la muerte de Cassady intuyes que algo ha sucedido, aunque no le conocieras, o no te importe demasiado su historia, o siguas inmerso en medio de esa gran ola, de esa marea que amenaza con barrerlo todo. Y lo sientes porque tu vida comienza a ensuciarse, a impregnarse de esa sustancia viscosa y oleaginosa que se desliza como el aceite. Un asco. Todo comienza a mancharse de… Tiempo.

Intuyes que de alguna forma has llegado al final del camino… has llegado al límite. Y es la hora de tomar una decisión. Puedes dar media vuelta… aunque el camino de retorno será todavía largo.

O puedes ir más allá de límite. Como Cassady.

(Fragmento, La Caja Verde, de Torsvan Maruth)
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