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Posts Tagged ‘Solaristica’

Arecibo

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Arecibo es una ciudad situada al norte de la isla de Puerto Rico, en las colinas que la rodean se encuentra situado el NAIC (National Center of Astronomy and Ionosphere) administrado por la universidad de Conrnell, el radiotelescopio de Arecibo, una enorme antena esférica de 305 m. de diámetro. Es la antena más potente en activo capaz de captar radioondas provenientes del espacio profundo con una sensibilidad todavía no superada. Arecibo siempre ha sido un observatorio ligado a los distintos programas SETI, encaminados a captar posibles señales de radio provenientes de una hipotética civilización extraterrestre, en realidad quien realiza la tarea es un dispositivo acoplado en el receptor de la antena llamado SERENDIP que aprovecha el trabajo rutinario del radiotelescopio para rastrear señales.

Tras varias décadas de funcionamiento de los distintos programas SETI, y millones de datos recogidos, únicamente se han registrado dos señales anómalas, o sin causas conocidas: en 1977, la señal “Wow!”, recogida por el radiotelescopio Big Ear, una potente señal (de ahí su nombre) que se destacó sobre el fondo de microondas; y la señal catalogada como SHGb02+14a en 2003, detectada por Arecibo y que tuvo su origen en un punto del firmamento donde no hay ninguna estrella a menos de 1000 años-luz, al igual que Wow! no se ha vuelto a detectar cuando se ha apuntado el radiotelescopio al mismo punto. En resumen, un prolongado, frustrante y desconcertante (¿o no?) silencio.

Pero en Arecibo también se envió en 1974 una potente señal conteniendo un mensaje codificado y dirigido hacia el cúmulo estelar M13 situado a unos 25.000 años-luz y rico en estrellas similares al Sol. 1.679 bits que se retransmitieron en pulsos de 2.380 MHz y que dispuestos en una matriz de 23×73 (23×73=1679), forman un mensaje numérico (en binario) y gráfico: se “explica” por recursión el código binario, se dan los números atómicos del hidrógeno, carbono, nitrógeno, oxigeno y fósforo (componentes básicos de la vida), se esquematiza la estructura de una molécula de DNA, la posición relativa de la Tierra… Pero tan solo es ruido.

Dejando de lado la remota posibilidad de que sea descifrado (incluso los mismos científicos tuvieron serias dificultades para hacerlo) o detectado, de que pueda incluso ser catalogarlo como de origen inteligente (según la Teoría de la Información la entropía de la señal es la que cabría encontrar en cualquier mensaje codificado), podemos preguntarnos realmente quién es el verdadero destinatario del mensaje. La respuesta es muy simple, y de hecho es la que daría Snawt: nosotros mismos.

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Con el mensaje de Arecibo, así como proyectos como el SETI, no intentamos más que buscar esos espejos que ansiamos al lanzarnos a la aventura del “Contacto”, nos buscamos a nosotros, nuestra “inteligencia extraterrestre” no es más que una versión idealizada del hombre, aquello que anhelamos y no encontramos, buscamos un reflejo, una representación. No pretendemos comunicarnos sino lanzar un grito en una isla desierta para oírnos.

Sin embargo hay científicos que consideran factible la posibilidad de algún tipo de contacto, de que existe algún fondo común en cualquier comportamiento inteligente y que puede ser explotado para mandar o recibir algún tipo de mensaje. Quizá sea la matemática, o algún tipo de matemática elemental, lo cual nos lleva a una vieja y manida pregunta (también polémica), ¿qué son las matemáticas, y cuál es su estatus ontológico? Pero la cuestión es mucho más profunda, ¿qué es la inteligencia?

Hay una posición optimista, algún tipo de vida inteligente es una consecuencia más o menos necesaria de la selección natural, la presión evolutiva acaba destilando seres vivos inteligentes capaces de entender algo sobre la física del cosmos y de poseer algún tipo de matemáticas, es sólo cuestión de tiempo. Sin embargo creo que es una posición demasiado determinista, peca de cierto mecanicismo evolutivo y ven en la selección natural un mecanismo preciso y determinista (aunque ciego).

Creo que olvidan el azar, la contingencia y lo desconocido, y sobre todo, aquello que desconocemos que desconocemos. No es una posición metafísica, es más bien todo lo contrario, la evolución es un proceso de un solo uso, son tantos los factores contingentes que influyen en ella que una vez puesta en marcha no es posible saber dónde va a parar, o dicho de otra forma, puesta en marcha por segunda vez en las mismas condiciones llevaría a otro lugar totalmente distinto. La vida apareció en la Tierra hace unos 3.800 millones de años, hasta hace sólo 670 millones de años no hubo ningún tipo de organismo pluricelular, ha habido varias explosiones de vida y sólo unas pocas ramificaciones han seguido su caótica marcha, por otra parte el género Homo tan solo es un suspiro. En todo ello es más fácil ver una serie de saltos, donde acontecimientos inesperados son capaces de causar verdaderos cataclismos evolutivos, que un cambio gradual en el que los organismos inteligentes acaban apareciendo de alguna u otra manera.

Tendemos a ver la inteligencia desde fuera, generalizándola como un universal, pero sólo conocemos un ejemplar, y es un producto de una evolución extraordinariamente compleja y caótica. Quizá sea algo atípico, una excepción, un monstruo estadístico, una anomalía. En cualquier caso, ¿cuál sería el efecto del mensaje de Arecibo en Solaris? Siempre hay algo peor que el silencio: la incomprensión, la ignorancia, el autismo.

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Contactos

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¿En qué medida Solaris es algo “inteligente”?

Pensemos en la “Paradoja de Fermi”, aunque en términos lógicos habría que llamarlo el “Argumento de Fermi”. Le preguntaron a Enrico Fermi que opinaba sobre la existencia de civilizaciones extraterrestres, y él respondió que lo consideraba altamente improbable, ya que de ser algo frecuente en la galaxia ya habríamos tenido algún tipo de prueba de la existencia de las mismas.

Yo, al igual que Fermi, soy un escéptico.

No creo que el trillado asunto de la existencia de inteligencia extraterrestre sea una cuestión de probabilidad, sino de semántica, una fantasmagoría retórica que no lleva a ningún sitio. Consideremos el caso más pedestre de la “vida”; puedo decir que yo soy un ser vivo, o que lo es una bacteria, un virus es algo vivo, y parece que ahí encontramos la difusa frontera que marca la vida de lo que no es. Aquello que llamamos vida no es más que un subproducto emergente de la variada química basada en el carbono, y dicho sea de paso, con un elevado grado de contingencia. Hace años se creía que su posibilidad era muy escasa, se tenían que dar unas condiciones muy precisas para que surgiese, esta opinión se ha modificado, la vida se abre camino aún en condiciones bastante adversas. Personalmente no creo que la aparición de organismos vivos (es decir, de complejos moleculares capacees de establecer diversos equilibrios y basados en la duplicación y transcripción de moléculas de RNA o DNA) sea algo irrepetible, puede que incluso existan en alguna otra parte del sistema solar, e incluso creo posible crearlos de manera artificial.

Pero definir el concepto de “vida” está viciado de origen, es una falacia lógica. No estamos definiendo nada, es decir, no enunciamos una propiedad puesto que sólo conocemos un ejemplar, es un concepto aplicable a un único fenómeno: la “vida” es la “vida” que conocemos en la Tierra, no es por tanto un concepto definible y aplicable a todo el cosmos salvo en la medida que sea la misma “vida” que conocemos. ¿Existe otro tipo de vida que no esté basada en el carbono, o el DNA, y con otro tipo de connotaciones? Es una pregunta sin sentido.

Con el tema de la “inteligencia” sucede otro tanto. ¿Cuándo decimos que algo es “inteligente”? ¿Qué es una “civilización”? Evidentemente podemos definirlo pero ocurre algo parecido, estamos definiendo fenómenos únicos, definimos algo “desde dentro” cuando lo que queremos para establecer comparaciones es una definición “desde fuera”. La “inteligencia” que conocemos es la inteligencia de la especie humana, un destilado evolutivo terrestre fruto de un montón de circunstancias contingentes. El problema no es si es probable que existan civilizaciones inteligentes, sino si es posible siquiera identificar algo como tal. No es tanto que exista una inteligencia que no seamos capaces de comprender, como que exista algo tan distinto que no seamos capaces de llamarlo “inteligente”.

El problema lo ejemplifica Solaris. No sabemos qué es Solaris, es un objeto físico, un plasma, un coloide, pero su “comportamiento” nos resulta paradójico. ¿Es inteligente? La corriente mayoritaria en la solarística se inclinaba por una respuesta afirmativa, aunque con la apostilla de que se trataba de algún tipo de inteligencia incomprensible, o algo peor, una inteligencia “autista”, el contacto fue imposible. Pero era una investigación condenada al fracaso, por eso la solarística degeneró, sin embargo el problema es determinar cuánto de Solaris queda fuera, podemos describir determinados procesos que ocurren en el océano de Solaris, pero preguntarse por su posible “comportamiento inteligente” es algo que queda fuera, no es asimilable, no tiene sentido.

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El Otro

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¿Quién es El Otro, ese objeto del deseo?

Lo que distingue a Kelvin y a ese simulacro de Harey, que él mismo ha creado mediando el océano de Solaris, no es la distinta composición físico-química de ambos, ni la imposibilidad de la existencia de Harey fuera del influjo de Solaris, ni la incorruptibilidad de esa supercopia de materia extravagante que causa su inmortalidad; sino el drama que supone para esa Harey revivida no poder encontrar ese otro ilusorio que busca con desesperación.

Kelvin ve siempre a Harey como algo ajeno, sin embargo es una proyección de su propia memoria. Al comienzo con rechazo, con miedo, porque ella es un fantasma que aparece de improviso para recordarle un pasado del que se ha empeñado en huir, yéndose a millones de kilómetros de distancia, escondiéndose en un pozo del que no tiene la más mínima intención de salir, enterrándose en vida en el pudridero abandonado de Solaris. Como Lutero, que arrojó el tintero ante la aparición del diablo, Kelvin la factura en una cápsula en órbita alrededor de Solaris. Sin embargo “ellos” siempre vuelven.

Harey es un fantasma sí, pero también es otra cosa, y esa otra cosa es la posibilidad que encuentra Kelvin de redimirse, de negar el pasado y el tiempo, aunque sea en el reducido espacio de una estación orbital muerta y olvidada, en realidad no es algo muy distinto a la propia muerte. En cualquier caso Kelvin comienza siendo presa de la ilusión de Solaris: ver aquello que no es sino parte de uno mismo como lo otro.

Al contrario que Kelvin, Harey no logra verse ni si quiera a sí misma como algo distinto del propio Kelvin. Mirándose al espejo ella le pregunta: “En cuanto cierro los ojos me olvido de mi rostro. ¿Tú te conoces?”, él responde: “como cada persona”, y Kelvin no miente. Harey no tiene memoria, no sabe quién es y siente que toda su existencia no es más que parte de la vida de Kelvin, es capaz de darse cuenta de que ella misma apenas es un recuerdo materializado, parte de un pasado olvidado que no le pertenece, su única posibilidad es huir de él, a pesar de que le ama, sabe que no es sino una proyección, algo fallido quizá. ¿Y no sería esa certidumbre, reproducida ahora en forma de simulacro, lo que hizo que la verdadera Harey decidiera tomar aquel camino cegado? Preguntas sin respuesta, o no.

A pesar de todo Kelvin logra zafarse gracias a ese amor fou de la ilusión de Solaris. Porque reconociendo ese amor por Harey, por ese simulacro, haciendo de ese fantasma el objeto amado, no hace sino incorporarlo a su propia persona. En el fondo no amamos sino a nosotros mismos, a esa proyección que de nosotros vemos en la persona amada. De esta forma reconoce así que ese otro que Kelvin ve en Harey no es más que él mismo. El amor siempre resulta un desapego narcisista.

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Quienes sí caen en la falacia de Solaris son Snawt y sobre todo Sartorius, el héroe trágico de la ciencia. Sartorius no ve en los “visitantes” sino cosas ajenas, materializaciones con las que no cabe ningún tipo de vínculo emocional porque no son personas, son simplemente objetos, negándoles por tanto cualquier relación consigo mismo, algo que no le atañe, salvo como desafío intelectual, un objeto de estudio como pudiera serlo un cuásar. Y sin embargo, sus “visitantes” son parte de sí, son el propio Sartorius. Pero nada se aclara y todo permanece velado por el misterio porque tras todo está ese océano de Solaris que nadie consigue descifrar.

Tras lo ilusorio siempre se encuentra el sentido de lo trágico, del misterio. O dicho de otra forma, el vacío. Tras la máscara nunca hay nadie.

Paralelismos que aparecen de manera inadvertida: Kelvin en “Solaris”, y Scottie Ferguson en “Vértigo”.

Scottie ama, o cree amar a Madelein, es decir a una muerta, a algo que no existe. Judy aparece también como una posibilidad de redención: él no pudo evitar su fingida muerte en el campanario. Sabe que Judy no es Madelein, pero la re-crea, hace de ella un simulacro de Madelein, que no ha sido sino otro simulacro.

Casi la tiene, casi es ella. En esa escena en el pequeño apartamento de Judy, cuando se ha ultimado la transformación, Scottie está a punto de romper a llorar, Madelein aparece de nuevo a través de una luz fantasmal. Sin embargo todo es una ficción, Scottie no posee a Judy, que ya no existe, ni a Madelein, que no existió jamás, y la luz fantasmal que parece traer a Madelein de la muerte, no es sino el reflejo filtrado de un cartel de neón.

Lo que todos intuimos cuando contemplamos esa escena, es que el propio Scottie lo sabe, y a pesar de todo llega hasta el final; decide apurar la copa del engaño hasta las heces porque en el fondo es la única manera de poseer a Madelein, algo que él mismo ha creado desde el mismo instante en que la vio en aquel restaurante.

El Otro siempre es un simulacro, por eso nos anclamos a él. El Otro siempre soy Yo.

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Excepciones

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¿Es posible un conocimiento construido a partir de excepciones? O formulado de otra manera, ¿es consistente una realidad en la que todas sus manifestaciones sean excepciones? Pero excepciones de qué regla. Esa es la cuestión puesto que la catalogación de algo como excepción depende del sujeto que conoce y que aplica una regla o un modelo, así que realmente, qué queremos decir cuando afirmamos que algo sólo consta de excepciones. ¿Estaremos retorciendo el lenguaje sin decir nada? Creo que no, aunque sea una manera peculiar de decir las cosas.

Otra cuestión epistemológica, ¿se puede hablar de realidad cuando es imposible hacer teorías o modelos de ella? Kant lo llamaba lo noumenico, algo que no era un fenómeno y que quedaba fuera de la intuición sensible, y por tanto de cualquier sistema de categorías, su presencia y realidad era en cambio algo incontrovertible, Kant y sus inevitables fugas metafísicas que era incapaz de taponar. Pero no hace falta irse tan lejos, el problema es otro, el océano de Solaris es un objeto físico, compuesto mor materia ordinaria, exactamente un coloide, algo fenómenico, sin embargo todo en él son excepciones, Solaris en una sucesión de acontecimientos irrepetibles, y por tanto cualquier intento de embridarlo en un modelo está destinado al fracaso, ¿podemos hablar de conocimiento en este caso?

Me gusta pensar en Solaris como si fuera un acontecimiento estocástico, una sucesión de fenómenos completamente aleatorios, pero de una aleatoriedad esencial, monstruosa, no identificable con azares “controlables” de tipo gaussiano. Solaris es pura potencialidad, pero si todo en él es posible, ¿dónde está la sorpresa? Es como un sistema lógico incoherente, todo se puede derivar de él. Snawt dice, refiriéndose a Solaris, que ante él la estupidez y la genialidad son igualmente eficaces (o ineficaces), para él, el reto perdido que supone Solaris hace que nos replanteemos el sentido de lo “cósmico” perdido tras siglos de civilización, esa enajenación que supone ver el cosmos como algo ajeno al hombre, un objeto de estudio.

Los antiguos griegos todavía conservaban ese sentido cósmico, su nervio puede sentirse en todos los presocráticos desde los atomistas a los pitagóricos, está presente en Parménides y en Heráclito. La Ciencia saca los pies del tiesto cuando empieza a preguntarse con insistencia por el ¿por qué? y desde luego cuando pregunta ¿para qué? Encerrados en nuestra cáscara de nuez evolutiva, inermes amalgamas basadas en la química del carbono (una posibilidad no necesaria), nuestra eternidad no es más que la que cifra la replicación de la molécula de DNA, y sin embargo nos embarcamos en la conquista del cosmos; pero no es contemplar algo nuevo lo que anhelamos, sino descubrir espejos que nos reflejen, ensanchar el espacio de lo humano, aun acosta de negar lo que desconocemos.

Dar cuenta del “cómo”, o incluso si eso no es posible del “qué”, eso es lo que pide Solaris, y posiblemente el límite del conocimiento no se reduzca sino a una sucesión de descripciones, es lo único que podemos hacer si no pretendemos negar la realidad. Una ciencia de la excepcionalidad, de la anomalía, de lo patológico; una ciencia sin modelos ni teorías, una ciencia del cómo, o del qué, quizá una galería de monstruos, única posibilidad de la solarística. Cuanto más se afina un modelo, menos ancho se convierte el campo de visión; y al contrario, cuando más amplios pretendemos ser, menos se debe confiar en los modelos.

Me pregunto si la solarística llegó a convertirse en algún tipo de patafísica o algo similar, el estudio de las soluciones imaginarias y las leyes que regulan las excepciones. Dr. Faustroll, solarista.

Snawt: “perdimos el sentidos de lo cósmico, Sísifo nunca se preguntó el ‘por qué’”

(Solariana, Sebastian Morelli. Atalanta Fugiens Ed.)

Y Morelli, ¿quién era? ¿Fue alguien como Kelvin, o quizá como Snawt? Yo me inclino a pensar que no es más que un espectro, un visitante más, pero, espectro de quién, a quién visita.


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Espectros

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Respecto de los “visitantes” de Solaris, el problema es determinar qué tipo de entidad tienen. No importa cuál exótica sea su composición, sino si realmente poseen una existencia autónoma dentro de los límites de la Estación de Solaris.

¿Pueden pensar, sentir, tomar decisiones? ¿O bien su existencia es vicaria de los moradores? O incluso, teniendo una existencia vicaria, ¿pueden llegar a ser entes autónomos, con conciencia propia? La respuesta que da la ciencia (Sartorius) es concluyente: mediante algún proceso desconocido, el océano de Solaris sondea la psique y la memoria de quienes habitan la Estación, proyectando algunos de esos contenidos físicamente y de manera antropomorfa. Recuerdos, miedos, fantasmas… aparecen materializados, pero no son más que proyecciones, cosas, y no pueden considerarse como “personas”, establecer vínculos emocionales con ellos sería algo parecido a hacerlo con un zapato. Pero esa es precisamente la cuestión, y no resulta tan fácil.

El “visitante” de Kelvin resulta ser su difunta mujer, que  se suicidó hace tiempo en un arrebato que el propio Kelvin pudo haber evitado (o quizá no quiso); los de Gibarian hicieron que éste se enloqueciera, y se matara, poco antes de llegar Kelvin a la base; a Snawt le atormentan, evadiéndose a menudo con el alcohol; Sartorius, en cambio, los oculta de manera vergonzante. “Ellos”, aparecen de forma súbita, casi sin memoria, no pueden morir, y a medida que transcurre el tiempo empiezan a adquirir conciencia de quiénes son; toman decisiones, sienten de alguna forma y son capaces de entender la situación que les ha llevado hasta ahí, pero, ¿es todo ello un proceso parasitario? ¿Son ellos los que toman sus decisiones o no son más que deseos inconscientes de quienes son causa de su existencia? ¿Es su vida “real” o no es más que un simulacro?

Llegado un momento Kelvin decide quedarse con ese simulacro, negando incluso la evidencia de los datos. Encuentra en esa existencia “ficticia” de Hary (su mujer) la posibilidad de una redención, la suya, aunque sea en el acotado espacio de la Estación; no obstante ella acaba tomando sus (¿suyas?) propias decisiones.

Es el viejo problema de la conciencia, de la máquina pensante, de la inteligencia artificial y el test de Turing, del libre albedrío, y en un sentido más profundo, la cuestión difícil de responder de hasta qué punto nuestra propia existencia es, de algún modo, vicaria de algo, prestada, en qué medida nuestros recuerdos y deseos son propios o meras re-creaciones de cosas que sabemos ajenas. En definitiva: ¿hasta qué punto nuestra propia memoria nos pertenece?

Hay una cuestión irresuelta en cuanto a los “visitantes”: si ellos poseen una existencia autónoma, si son capaces de sentir, pensar, y tener sus propios recuerdos, y logran aprenden a soñar… ¿acabarán por tener sus propios “visitantes”? Y éstos, ¿cómo serán? ¿Simulacros de simulacros? ¿No seremos nosotros sus “simulacros”?

La imagen de la imagen de una cosa, puede ser la propia cosa.

(Solariana, Sebastian Morelli. Atalanta Fugiens Ed.)

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Berton

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El Informe Berton marcó el curso de la solarística, hizo de ella un círculo vicioso, algo cegado e incomprensible, una ciencia muerta que fue paulatinamente abandonada. Como suele suceder en estos casos, los especialistas hicieron con el testimonio de Berton lo único que podían hacer: negarlo. Si la solarística pretendía seguir siendo una ciencia, en ella no cabía de ninguna manera el informe del capitán Berton.

La historia es leída por Kelvin en la estación de Solaris, en un libro que ningún científico se atrevería a leer. Snawt le recomienda esa lectura tras recibir Kelvin la primera “visita”, en él se narra la declaración del capitán Berton en misión exploratoria al océano de Solaris. Tarkovski hace de la declaración de Berton el centro de toda esa primera parte que todavía transcurre en la Tierra.

Berton, viejo amigo del padre de Kelvin, quiere mostrar a ambos la grabación de su declaración antes de que Kelvin parta para Solaris. Un Berton más joven narra ante una comisión de expertos los inexplicables sucesos de los que fue testigo mientras volaba sobre el océano de Solaris. A Berton le resulta difícil volver a visionar las imágenes de aquella comparecencia que significó el fin de su carrera, casi nadie le creyó; pero quiere convencer a Kelvin de la necesidad de mantener la Estación de Solaris en activo, y no desmantelarla tras años de investigaciones infructuosas.

Lo que Berton vio en su vuelo, sin embargo, no fue algo inexplicable. .

La ciencia intenta resolver problemas, elabora teorías de la realidad, pero los hechos pueden contradecir las teorías: nos encontramos entonces con las anomalías, las excepciones. Cuando una teoría es asediada por múltiples excepciones pide a gritos ser sustituida, o mejorada. Las teorías evolucionan, o cambian de manera radical, proporcionando nuevos esquemas conceptuales que den cabida a las excepciones, o que las eliminen al no considerarlas como tales. Las nuevas teorías se ponen a prueba, se “usan” y aparecen nuevas excepciones. Así funciona la ciencia, el dominio de lo inexplicable es asediado continuamente sin que pueda agotarse jamás.

En matemáticas sucede algo parecido, constantemente se resuelven problemas que requieren técnicas y teorías diferentes, las cuales plantean nuevos problemas, y así sucesivamente.

Pero, ¿qué hacer con aquello que no puede encontrar lugar, con algo que no puede ser catalogado siquiera como excepción? ¿Qué hacer con algo en sí mismo intratable? Simplemente guardar silencio, o negarlo. En la ciencia y las matemáticas hay áreas que se van abandonando paulatinamente, no porque no planteen problemas, sino porque no se encuentran expectativas de resolución ni posibilidad de avance, dejan de interesar.

Sin embargo, hablar de límites en la ciencia siempre resulta paradójico. Poner límites al conocimiento es negarlo, al menos metodológicamente. Como reconoce el único comisionado que da algún tipo de verosimilitud a la declaración de Berton, admitir que existen límites es contradictorio (si sabemos dónde está el límite por qué pararnos ahí), y además paraliza la empresa científica. A pesar de todo el Informe Berton fue visto, de forma implícita, como un límite por los científicos.

Berton vio cosas que no sólo eran inexplicables, sino que eran intratables, así que su testimonio fue ridiculizado y tachado de alucinatorio. Berton, dijeron, fue víctima de extrañas afectaciones en la zona cortical del cerebro producidas por la atmósfera de Solaris, tuvo alucinaciones que explican todo aquello que vio; explicación científica, y tranquilizadora. En aquella época los especialistas en solarística todavía creían que Solaris era un objeto de estudio, y no al contrario. Siempre resulta desazonador saberse el estudiado.

(Extracto de “Solariana”, Sebastian Morelli)

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