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Sexo Artificial (y3)

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Me pregunto qué sucederá cuando los humanoides de la próxima generación sean totalmente intercambiables.

Será en un futuro cercano, los modelos equipados con Artificial Life III son ya tremendamente parecidos, aprenden rápido y saben ser discretos, disimulan bien su carácter artificial. No ocurrirá nada, me temo, estamos demasiado acostumbrados a su presencia, les apreciamos y realizan multitud de tareas imprescindibles. Aunque me imagino que los neoluditas intensificarán su campaña, pero sólo son un puñado de locos antitecnológicos, inadaptados que todavía añoran el trabajo manual y la comida no sintética (algunos de ellos dicen alimentarse exclusivamente de algo llamado tofu, y vegetales). La mayoría de la gente, sin embrago, se lo pensaría mucho antes de subir en un speeder pilotado por un humano (podría ocurrir cualquier cosa), en cambio si el piloto es humanoide se puede estar seguro de que no ocurrirá ningún percance. Pero todavía sigue habiendo cierta resistencia, sobre todo a medida que los humanoides se hacen más parecidos conductualmente

Recuerdo que hace tiempo se planteó la posibilidad de exigir algún tipo de señalización externa en los humanoides para poder identificarlos, pero era una propuesta extremista y paranoica, no era necesario ya que eran fácilmente identificables, y aún lo son, en cierta forma. En el bando contrario están los integracionistas, algunos de ellos incluso proponen la eliminación del sistema algorítmico de control, según ellos se evitarían los problemas de malfuncionamiento que se acaban produciendo con el tiempo, debido a la “colisión” de éste con los sistemas neuronales artificiales. También abogan por la existencia de humanoides “libres”, signifique lo que signifique “libre” cuando uno habla de una máquina. Pero es una propuesta ilegal, para que un humanoide trabaje en un entorno humano sin supervisión es necesario que  incorpore el sistema de control, de esta forma se evita cualquier posible daño por acción u omisión a los humanos, incluso cuando sobreviene el malfuncionamiento y aparecen esas extrañas psicopatologías robóticas.

Se habla a veces de la existencia de humanoides ilegales, pero creo que todo ello es pura fantasía, es totalmente impredecible cómo puede reaccionar un humanoide sin el sistema algorítmico de control en un medio social complejo, especialmente los que vienen equipados con Artificial Life III. Lo que sí que existen son los humanoides paradójicos, comúnmente conocidos como “dummies”, de hecho hay todo un mercado paralelo de locos por los dummies. Hace años, cuando un humanoide no superaba la fase de inicialización se le destruía, pero como el sistema algorítmico de control seguía operando perfectamente, y no ofrecían ningún tipo de peligro, algunos excéntricos comenzaron a comprarlos, al principio a precios ridículos; hoy, sin embargo,  un dummie “curioso” puede costar bastante dinero en el mercado de subastas. Conozco a un amigo que tiene uno de ellos, era un humanoide destinado a control de tráfico aéreo, no consiguió pasar el proceso y tuvo un nacimiento “complicado”, un overflow sináptico que el sistema de control fue incapaz de integrar durante las primeras horas; el resultado: crisis paranoides con delirios de grandeza y logorrea incontenible, Tim era capaz de hablar sin sentido durante horas, y a velocidad de vértigo, también se creía el Rey del Mambo, eso era divertido. Alguien en General Robotics pensó que inicializarlo en un lugar sobresaturado de estímulos era buena idea.

Cuando los humanoides sean totalmente intercambiables, ¿qué sentido tendrá todo esto? Hablamos de paranoias y psicopatologías como si de dolencias humanas se tratara, ¿es todo una analogía o realmente los humanoides padecen algo similar? ¿Quién tendrá razón entonces, los neoluditas o los integracionistas?

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Buena parte de la gente no se hace estas preguntas, convive con los artificiales y ya está, yo mismo tampoco me complicaba demasiado la vida hasta hace poco, pasaba con Mick buena parte del día sabiendo que era un humanoide, me divertía incluso contándole chistes verdes que él era incapaz de entender por más que lo intentaba. Pero desde que estoy con Jane, he empezado a preguntarme cosas. Entendámonos, no padezco ningún tipo de fijación, sé que Jane es una máquina, un artificial, y se le nota. Pero en los momentos de pasión y desenfreno, que debo decir que cada vez son más frecuentes e imaginativos, Jane parece otra cosa, naturalmente esa es su función. Esos retrógrados de los psicoanalíticos dirían que soy un fetichista, que sufro de algún tipo de represión sexual canalizada a través de un objeto, pero es un grupo intransigente, creen en cosas fantásticas como el superyó y el ello, organizan vigilias el día del nacimiento de Freud y educan a sus hijos según el dogma edípico. Afortunadamente el Conductismo y la neuroquímica, acabó con ellos hace ya mucho tiempo. Pero desde que convivo con Jeane me preguntó qué es lo que realmente siente ella cuando lo hacemos, todo parece tan real, y si parece real ¿no será efectivamente real?

Luego, es cierto, todo cambia, Jane vuelve a ser un humanoide con Artificial Life I, mantiene el tipo pero pronto comienza a sentirse algo perdida y a no entender cosas, no hace nada, claro, se queda mirando y sonríe, u observa con interés fingido los videobanners, entonces la apago y la dejo en estado durmiente, o le doy alguna tarea para que se entretenga, como comprobar la primalidad de algún entero largo, o calcular ceros de la función zeta de Riemann. Todo sería algo distinto si fuera un Artificial Life II como Mick, pero son demasiado caros. He hablado con Silvia del tema, ella tiene las ideas mucho más claras:

-No sé, Silvia, a veces me parece todo tan real.

-Sobre todo cuando folláis, ¿no?

-Sí claro, es en esas situaciones cuando me pasa, es genial, luego todo el encanto desaparece.

-A mí también me pasaba al principio con Armand. Es lo bueno que tienen los Natural Sex, son tan geniales en la cama que luego defraudan un poco. Las primeras semanas yo lo dejaba encendido a todas horas, estaba tan colgada de él que no me importaba como se comportaba, ya sabes, esa mezcla de ingenuidad idiota y estupefacción, pero resultó aburrido. Lo mejor es apagarlos después de un buen revolcón, y dedicarse a otra cosa.

-Genial.

-Ahora que me acuerdo, tenemos que quedar, hay que arreglar lo del papeleo, ya sabes, el matrimonio.

-Ah sí, genial. ¿Te parece bien el próximo otoño?

-Genial.

-Genial.

Seguí el consejo de Silvia, aunque mis encuentros amorosos con Jane se hicieron cada vez más frecuentes, la desconectaba un momento antes de que se esfumara el modo SEX y volviera a ser un humanoide. A pesar de todo no logro olvidarme de ella, ¡ojalá tuviera el dinero suficiente para comprarme un Natural Sex con Atrtificial Life II o III!, aunque creo que estos últimos no existen, o quizá sí.

Un día hablé de todo ello con Mick, pero no saqué nada en claro, al principio creyó que se trataba de un chiste verde, fingía reírse y no entendía de qué le estaba hablando. Cuando me comprendió me dijo que él tenía un módulo de comportamiento sexual limitado, podía sentir una leve atracción, algo etéreo e indefinido, pero nada más, lo justo para no resultar demasiado raro, pero de sexo, nada de nada, ni si quiera con humanoides, prefería los cuásares. Ese era Mick.

Sex Machine garantiza un mínimo de cinco años sin malfuncionamientos, pero ese momento llegará. No sé, quizá me la quede, por los buenos momentos, aunque me temo que las psicopatías también afecten al modo SEX, puede que sea incluso divertido, o puede que conozca a la auténtica Jane, una tía loca y divertida, y gracias el sistema algorítmico de control nada peligrosa, puede dar mucho juego, sus baterías de estroncio durarán años. No está prohibido, pero está mal visto, me da igual. Aunque… he oído que Sex Machine puede ofrecer un plan renove aprovechando el lanzamiento de sus nuevos modelos Natural Sex 3.0.

Eso sería… genial.

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Sexo Artificial (2)

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En pocos días recibí mi unidad. Número de serie 84579JKJI0809OL0908, sexo femenino, modo base hetero.

Como todo humanoide, por simple que fuera, venía preinicializado, evitando así a su propietario la engorrosa y sorprendente tarea de traer a la vida a un humanoide. Generalmente no sucedía nada, el sistema algorítmico de control se encargaba de inmediato de tomar las riendas de la situación y guiar poco a poco al complejo sistema neuronal de nanochips en la tarea de situar a su conciencia ficticia en el aquí y el ahora, y compatibilizar todo con la memoria personal que llevara de serie. El proceso duraba unas horas (o incluso días en las unidades más sofisticadas), tiempo durante el cual el humanoide sufría un estado de aturdimiento, o catatonia; de forma súbita adquiría conciencia y todo encajaba, comportándose como si hubiera vivido en el mundo real toda la vida.

Pero a veces ocurrían cosas, la red neuronal comenzaba a trabajar demasiado pronto, o el sistema algorítmico de control no conseguía coordinar de manera eficaz la ingente cantidad de funciones, o simplemente una saturación inicial de estímulos producía situaciones de overflow; en esos casos el nacimiento de un humanoide podía ser bastante traumático, se sucedían episodios de pánico, o incluso comportamientos paranoides, nada peligroso en todo caso, pero daba lugar a lo que se conocía como “humanoides paradójicos”, unos ejemplares bastante divertidos pero generalmente inútiles en sus cometidos. Para evitar todo ello los humanoides venían inicializados de fábrica, en estado durmiente, el propietario sólo tenía que introducir unos datos personales y dar un interruptor, generalmente instalado detrás de la oreja, tras unos segundos se comportaba como si se acabara de despertar.

Como me aconsejó Silvia, bauticé a mi humanoide, le llamé Jane. Realmente no estaba nada mal…, bueno, lo cierto es que estaba estupenda, era un modelo de serie con la mínima personalización -mi economía no me permitía un modelo completamente personalizado-, y tenía un evidente parecido con la actriz Angelika Zolie, la estrella del momento que merced a un jugosísimo contrato había cedido su imagen a Sex Machine, era uno de sus modelos más exitosos. Morena, pelo largo, sonrisa misteriosa y enigmática, y cuerpo apabullante.

Los humanoides Natural Sex 2.0 estaban equipados con Artificial Life I, un procedimiento estándar de comportamiento en medios humanos, era el más simple de todos, pero les permitía estar continuamente en funcionamiento e interaccionar con humanos no sólo en actividades sexuales, con lo cual, si el dueño lo deseaba, podía llevárselo a todas partes o convivir todo el día con él. Artificial Life I era en más básico de los procedimientos de compatibilidad humana, los humanoides que desempeñaban trabajos empleaban el sofisticado Artificial Life II, y los nuevos prototipos que intentaban remedar el comportamiento humano, casi a la perfección, utilizaban Artificial Life III. Los especialistas en robótica esperaban que los nuevos humanoides de la próxima generación fueran totalmente intercambiables, es decir, la compatibilidad entre humanos y humanoides sería del cien por cien, siendo imposible diferenciar unos de otros, para que ello fuera posible se especulaba con un nuevo –y todavía en fase de investigación- Artificial Life IV, o simplemente, LIFE.

Con Artificial Life I era patente, para aquel que tratara con ellos, que se trataba de humanoides, aunque tremendamente parecidos a los humanos. Su carácter artificial quedaba en evidencia en algunas situaciones concretas, pero si no se era demasiado exigente en lo tocante a las relaciones humanas, durante una gran parte del tiempo eran indistinguibles. Donde los Natural Sex 2.0 resultaban intercambiables sin fisuras de ningún tipo era en el comportamiento sexual, eran humanoides especializados y en ese tipo de actividad eran imbatibles, con una ventaja añadida, podían satisfacer cualquier demanda sexual de sus propietarios, a cualquier hora del día, y con total entrega. Sex Machine había anunciado la construcción de prototipos equipados con Artificial Life II, pero su elevado precio sólo estaba al alcance de una exclusiva cartera de clientes, e incluso se especulaba que circulaban algunas unidades con Artificial Life III.

Siempre se consideró un bulo, pero era un lugar común la creencia de que el atractivo, y joven, esposo de la Ministra de Exteriores era un Artficial Life III, aunque las voces más maliciosas consideraban que era imposible, a lo sumo sería un Artificial Life I, y la propia Ministra sería un humanoide con Artificial Life II (su sentido del humor era pésimo).

Cuando el propietario lo deseaba, es decir cuando le apetecía un revolcón, ponía el humanoide en modo SEX, en ese momento todo cambiaba, la anodina vida de humanoide se transformaba en una fogosa y volcánica personalidad ávida de sexo, y arrebatada por el físico y el carácter de su propietario, por vulgares que éstos fuera. Los encuentros sexuales se podían preprogramar, obligando a que incluyeran determinadas actividades, pero lo mejor era dejarse llevar, y pasar unas horas de sexo salvaje, o simplemente divertido, o anodinamente satisfactorio, con una atractiva mujer muy parecida a Angelika Zolie, o un espectacular y encantador hombre con un curioso parecido a Mad Hitt, ex pareja de Angelika y beneficiario de otro jugoso contrato con Sex Machine.

Los Natural Sex 2.0 disponían también de un modo QUICKSEX ,especialmente diseñado para revolcones instantáneos y sin preliminares de ningún tipo, un “aquí te pillo, aquí te mato”, que a todo el mundo le ha apetecido practicar alguna vez y tal vez nunca haya tenido con quien.

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Recibí a Jane un jueves, y decidí utilizarla ese mismo viernes por la noche. Lo necesitaba, en serio, tenía razón Silvia, mi último encuentro sexual lo tuve hace dos meses, fue un encuentro virtual con una chica australiana utilizando el programa de realidad virtual en red, SexMeeting. Fue frustrante la verdad, no conseguía dar con la interface adecuada, o quizá mi atractivo no daba para más, pero lo cierto es que fue lo único que logré tras intentarlo en repetidas ocasiones. Al principio hubo un overflow en las líneas laser de transmisión de datos -no sé qué pasó, algo en Singapur, o cerca- para cuando la cosa se solucionó ya estábamos un poco fríos, además, todo fue a peor, tuvimos un sniffer que pirateó todo nuestro encuentro, ahora probablemente lo esté disfrutando algún obseso del sexo virtual amateur, aunque no fue nada del otro mundo, más bien fue algo mediocre, y corto.

Ese viernes el trabajo en el observatorio se me hizo llevadero, y eso que me pasé el día calculando periodos de púlsares lejanos, una tarea tediosa que realicé canturreando y pensando en Jane ante la sorpresa de mis compañeros, incluido Mick, que no daban crédito a mi actitud. Jane me esperaba en casa mirando absorta por la ventana, una cena rápida y energética, una ducha -apenas podía contenerme ya-, y con la habitación dispuesta puse a Jane en modo SEX. Pero algo sucedió, demasiada fogosidad quizá, aunque lo que lo estropeó todo fue… esa voz, sí, fue esa horrible voz lo que hizo que me retrajera. Me sentí estafado y con un palmo de narices, decidí llamar a Silvia.

-¿Estás ocupada?

-No, estoy genial, qué pasa.

-Verás… Acabo de hacerlo con Jane y… no funciona, creo que es la voz, es… horrible. No lo entiendo, le ha cambiado cuando la puse en modo SEX.

-¿Has configurado el ecualizador del modo SEX?

-Pues no, ¿había que hacerlo?

-La primera vez sí, el humanoide utiliza otro módulo de comportamiento, y la voz resulta algo afectada. Lo pone en las instrucciones.

-¿Instrucciones? No las leí, tenía demasiada prisa. A ver…

-¿Qué aspecto tiene el ecualizador?

-¡Uff! Como si fuera el de Barry White.

-¿Quién?

-Nadie, no lo conoces, ya sabes que me gusta la música antigua… Ya está…

-¿Qué tal ahora?

-Genial. Vale, nos vemos.

-Genial.

(…)

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Sexo Artificial (1)

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Cuando se desarrollaron los primeros prototipos los neoluditas pusieron el grito en el cielo, pero nadie les hizo caso, eran una panda de pirados que montaban manifestaciones por casi cualquier cosa. Salieron en las noticias y su imagen de histéricos radicales quedaba muy bien en los videobanners que entretenían a la gente de camino al trabajo en los speeders o en la calle. En aquella ocasión lograron quemar un humanoide –un modelo antiguo- antes de que viniera la policía, iban vestidos con prendas textiles, y algunos de ellos portaban una imagen de Unabomber, un curioso personaje del siglo XX cuya historia sería larga de contar. Pero con el tiempo algunos empezaron a mostrar algún tipo de reparo y ver con cierta aprensión su uso generalizado: “trabajar en una explotación minera en la luna es una cosa, pero sustituir a los humanos como pareja sexual es otra cosa distinta”. El doctor Fritz de la ultraconservadora, Asociación Psicoanalítica definió su uso como una parafilia, pero eran palabras que ya no se empleaban, y mucho menos en la actual psiquiatría clínica, el psicoanálisis había sido considerado desde hacía tiempo como una disciplina oscurantista y retrógrada, sin embargo, el reducido grupo de freudianos y lacanianos que todavía pululaban nunca desaprovechaban la oportunidad de dejarse oír, apoyados, cómo no, por Familias por el Psicoanálisis, un grupúsculo que tenía algunos de sus miembros en puestos clave de la Administración.

Para Sex Machine Corp, la comercialización de sus primeros humanoides masculinos y femeninos, en versiones homo y hetero, fue un autentico pelotazo empresarial, sus acciones alcanzaron máximos históricos en el NASDAQ, logrando poco después del anuncio de la salida al mercado de las nuevas versiones Natural Sex 2.0, una capitalización inusitada para una empresa de robótica de consumo.

La Realidad Virtual era un entretenimiento banal, a pesar de los últimos adelantos en software y supercomputación, la introducción de los nuevos sistemas Virtual Real Time habían sido un último y desesperado intento por recuperar cuota de mercado en el competitivo mundo de la compañía artificial: el futuro era cibernético. A pesar de todo, las empresas de Realidad Virtual no habían logrado romper la barrera que suponía una simulación de la vida cotidiana, como mucho proporcionaban algo ligeramente distinto a la experiencia con cualquier psicofármaco, y para colmo de males, el descubrimiento de los alcaloides derivados del SDLH, supuso un duro golpe para aquellas empresas de Realidad Virtual dedicadas al ocio, eso sí, seguían dominando en el campo de la investigación científica, sobre todo desde que realizar experimentos reales resultó demasiado caro.

Existían hacía ya tiempo mascotas artificiales: perros, gatos, delfines y papagayos, especialmente estos últimos, cuya simulación robótica resultó un rotundo éxito, siendo imposible distinguir un papagayo autentico de uno robotizado, lo cual indujo a algunos gobiernos a repoblar selvas y bosques con infinidad de papagayos artificiales. Artificial Insects Corp., robotizó multitud de especies de insectos, con la intención de sustituir a los insectos reales por insectos robotizados y reprogramables, pero Control de Plagas puso el grito en el cielo cuando en número de cucarachas urbanas aumentó de forma considerable, siendo totalmente indistinguibles las reales de las artificiales, con el consiguiente fastidio del contribuyente municipal.

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No obstante, la simulación robótica de personas humanas todavía dejaba algo que desear, a pesar de los considerables avances en software y sobre todo en hardware, con el uso generalizado de nanochips moleculares y la arquitectura masiva de redes neuronales. A pesar de los nuevos diseños y el empleo de tecnología orgánica, que simulaba a la perfección el aspecto e incluso el tacto de los humanos, era terriblemente fácil distinguir un auténtico de un artificial: carecían de sentido del humor, o si lo tenían resultaba espantosamente absurdo, además, con el tiempo incurrían en un “malfuncionamiento” que derivaba en comportamientos extraños que simulaban psicopatías extrañas, o más espectacularmente, el humanoide terminaba padeciendo una especie de Síndrome de Tourette, realizando tics involuntarios o emitiendo sonidos extraños sin venir a cuento. Los especialistas señalaban que podía ser debido a la interacción entre sus sistemas de redes neuronales autoprogramables, y el sistema algorítmico de control, que perceptivamente debían portar para evitar que su relación con los humanos fuera peligrosa pasase lo que pasase.

A pesar de las dificultades, su introducción en la vida cotidiana era generalizada, llegando a desempeñar multitud de trabajos, mi compañero Mick, por ejemplo, que se pasa horas analizando placas fotográficas de cuásares, es uno de ellos. Los neoluditas, encontrado el punto débil de los humanoides, empezaron a realizar sabotajes contando malos chistes a diestro y siniestro, y quemando públicamente a quienes no conseguían reírse, ni que decir tiene que se llevaron por delante a algunos humanos que tampoco encontraban gracioso el sentido del humor de los neoluditas ajeno a las modas del momento, ya que también se negaban a ver los videobanners.

Hugh Meffner, un ingeniero cibernético de California, abandonó su puesto de trabajo como diseñador en General Robotics y decidió hace unos años montar su propia empresa de robótica: Sex Machine. “Estaba ya cansado de diseñar humanoides para conducir aviones y speeders, y decidí hacer realidad mi propio sueño”, declaró en alguna ocasión, “es todavía difícil construir humanoides perfectos, la Estupidez Artificial es una ciencia todavía en sus comienzos, pero por qué no construir humanoides que simulen a la perfección aspectos concretos de la actividad humana, por ejemplo el sexo”.

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En pocos años Sex Machine facturaba decenas de millones de eurodólares, y hoy es una de las empresas punteras en el NASDAQ. Eran humanoides de aspecto cuidadísimo, con un amplio catálogo, aunque era posible personalizarlos, y diseñados para hacer realidad cualquier deseo, gracias a su software polivalente. Su simulación no sólo era perfecta durante la actividad sexual, fuera ésta la que fuera, sino que su programación permitía también simular un comportamiento precoital y postcoital de varias horas, capaz de pasar cualquier test de Turing por puntilloso que fuera, y si no se era demasiado exigente con las relaciones personales, podían acompañar a su dueño o dueña durante todo el día, aunque en ese caso se empezaban a notar las carencias propias de todo humanoide. La empresa garantizaba una ausencia de “malfuncionamientos” al menos durante cinco años (lo cual era importante, a nadie le gusta sufrir tics absurdos de su humanoide nuevo en pleno frenesí amoroso), y un servicio de asistencia técnica inmejorable, “a prueba del más exquisito conaisseur “.

Tengo un trabajo tedioso y aburrido, devastador diría yo: catalogo cuásares y púlsares que engordan una infinita base de datos, poco tiempo libre y un sueldo magro, lo cual me deja poco tiempo para las relaciones personales. Así que animado por Silvia, mi antigua compañera de universidad y futura esposa, aunque no la veo desde hace ocho años a pesar de vivir en la misma metrópoli (es más cómodo hablarse por videoconferencia), decidí gastarme los 998.95 €$ que cuesta cada unidad Natural Sex 2.0, y probarlo:

-Me voy a comprar una humanoide Natural Sex, Silvia.

-Genial, ya verás cómo te encanta. Yo estoy encantada con Armand.

-¿Quién es Armand, tu humanoide? ¿No me digas que le has puesto nombre?

-Sí, es más cómodo así.

-Genial.

-Genial.

(…)

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John Malkovich y la Teoría de Conjuntos

-Malkovich, Malkovich

-¿Malkovich, Malkovich, Malkovich?

– Malkovich

-¿Makovich?

-¡¡Malkovich!!

Being John Malkovich. Spike Jonze 2000.


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La cosa funciona de manera razonablemente lógica hasta la mitad de la película, nada extraño ocurre, a no ser que consideremos extraño que en el piso 7 ½ de un edificio de oficinas de Nueva York se encuentre, detrás de un pesado archivo, un túnel que no es sino un portal al interior de la mente de John Malkovich, y que permite permanecer, o formar parte de ella, durante un tiempo de aproximadamente quince minutos.

Personalmente no considero que sea nada extraordinario, he imaginado cosas mucho más inverosímiles, con la ayuda o sin ella de sustancias psicotrópicas. Pero el asunto empieza a complicarse cuando el propio John Malkovich se introduce en el portal que le conduce al interior de sí mismo.

Craig Schwartz, es un titiritero que se ve obligado a trabajar como archivero, está casado con Lotte, que regenta una tienda de animales. Su matrimonio hace aguas, tras diez años juntos han conseguido llegar a ese estado de tedio compartido que cercena cualquier ilusión. Pero la suerte parece sonreír a Craig, ya que encuentra ese pasaje a la mente de John Malkovich, evidentemente lo prueba, y no queda defraudado tras la experiencia que, sin saber mediante qué atajo topológico, termina en la cuneta de una autopista.

Naturalmente no se guarda el secreto, se lo cuenta a Lotte y a su compañera de trabajo, una avispada Maxine que pronto verá las posibilidades comerciales del hallazgo. Se produce un inevitable lío amoroso, Craig encuentra que solo siendo Malkovich puede reconquistar a Lotte, sin embargo Maxine y Lotte descubren, utilizando a Malkovich como intermediario, una atracción mutua que les llevará a olvidarse posteriormente del propio Malkovich.

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Por otro lado el negocio JM Inc., situado en la planta 7 ½ del edificio donde trabaja Craig, y que tiene un curioso horario nocturno, funciona estupendamente; cualquiera puede ser John Malkovich durante quince minutos pagando un módico precio. Como es comprensible el propio John Malkovich acaba descubriéndolo todo, oye voces en su interior, su voluntad parece estar gobernada por alguien… y obliga a Craig y a Maxine a abrir la puerta para que él mismo pueda pasar. Cuando Malkovich se introduce en el pasadizo, Craig pregunta:

-¿Qué ocurre cuando un hombre cruza su propia puerta?

Pues veamos qué ocurre:

La situación puede ser analizada utilizado un poco de lógica y Teoría de Conjuntos. Cuando Craig (C), o Lotte (L), o Maxine (M) cruzan la puerta y se introducen en el interior de Malkovich (JM), pasan a ser un elemento constitutivo de Malkovich puesto que no dejan de ser quienes son, y durante quince minutos su universo se circunscribe a John Malkovich, así pues la situación es la siguiente:

C € JM, o L € JM, o también M € JM

O bien para cualquier cliente X de JM Inc. que haya pagado su entrada:

X € JM

Pero qué sucede cuando es el propio Malkovich quien realiza la operación. Entonces ocurre lo siguiente:

JM € JM

Estamos ante una de las situaciones comprometidas que puede dar la Teoría de Conjuntos, ¿puede un conjunto pertenecerse a sí mismo? El conjunto de todos los peces no es un pez, tampoco el conjunto de todas las personas que no han logrado ver en su vida Sonrisas y Lágrimas (al cual pertenezco), es una persona que no ha logrado ver en su vida Sonrisas y Lágrimas. Pero, ¿puede algún elemento perteneciente a John Malkovich ser el propio John Malkovich? Podemos pensar en el siguiente conjunto:

W = {1, 2, W}

Evidentemente aquí sí sería trivialmente cierto que: W € W; pero existe la sospecha de que estamos haciendo algo incorrecto, una trampa.

Bertrand Russell aprovechó esta situación en 1901 para idear una paradoja que acababa de forma dramática (dramática para Frege, que tuvo que introducir una corrección que invalidaba su obra definitiva cuando ya estaba en la imprenta) con la feliz época del “todo vale” en la Teoría de Conjuntos. Russell imaginó el conjunto de todos los conjuntos que no se pertenecen a sí mismos, llamémosle H. Preguntémonos si H pertenece, o es un elemento de H, es decir, si H no se pertenece a sí mismo, lo que nos lleva inevitablemente a la siguiente contradicción:

H € H ↔ ¬H € H; (H se pertenece a sí mismo, si y solo si H no se pertenece a sí mismo)

Esta situación, aparentemente letal para la Teoría de Conjuntos, puede ser resuelta con la introducción de una axiomática adecuada que impida que un conjunto pueda ser elemento de sí mismo. Russell ideó la engorrosa Teoría de los Tipos, pero algo más tarde se introdujeron axiomatizaciones de la Teoría de Conjuntos más manejables como la Zermelo-Fraenkel (que impide de manera axiomática que esto pueda pasar), o la de Bernays-Gödel (que distingue entre clases y conjuntos), y que logran eliminar estas paradojas haciendo imposible que existan “conjuntos” como el ideado por Russell y también loops del tipo:

A € B € C € A

Jugar con el lenguaje puede ser peligroso, y hay juegos, como el suponer la existencia de conjuntos elementos de sí mismo, que dan lugar a callejones sin salida.

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Pero volvamos al atribulado John Malkovich.

Malkovich se introduce en el túnel y penetra en sí mismo, es decir, esa persona que transita por la puerta se introduce dentro de la persona que transita por la puerta, y que se introduce en el interior de la persona que transita por la puerta, y que a su vez se introduce en el interior… Un descenso paradójico al infinito. Esa bomba lógica, que hace saltar por los aires cualquier atisbo de coherencia, es representada por la infernal visión de un mundo poblado exclusivamente por Malkovichs donde todo es Malkovich, incluso las palabras.

Tras esa demencial pertenencia a sí mismo, Malkovich exclama en la cuneta de la autopista: “He visto el lado oscuro”

El Malkovich hacia el que se dirige el Malkovich que cruza la puerta no es otro Malkovich, sino él mismo; el precio a pagar por una imposibilidad es la coherencia. El lado oscuro es ese pozo paradójico donde todo tiene cabida, una cosa y su contraria, despensa de lo absurdo, infierno de incoherencia que haría palidecer al mismísimo El Bosco. Ese pozo puede ser obviado mediante arreglos como la axiomatización de Zermelo-Fraenkel de la Teoría de Conjuntos, pero una pregunta me asalta. Se considera que esa axiomatización está basada en el “sentido común”, pero realmente, ¿qué es el sentido común? La misma Teoría de Conjuntos convenientemente axiomatizada da lugar a resultados bastante extraños (paradoja de Banach-Tarski). ¿No estaremos simplemente construyendo artificios? Decorados de cartón-piedra que velen una realidad paradójica y absurda… ¿No estaremos negando algo porque somos capaces de evitarlo de forma artificial? ¿Cuál es el suelo que sostiene a la lógica?

Transitar por bucles autorreferentes nunca ha conducido a nada bueno… o quizá sea al contrario.

Alphaville (2)

diciembre 22, 2008 1 comentario

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“El tiempo es la sustancia de la que yo estoy hecho. El tiempo es un río que me arrastra; pero yo soy el río. Es un tigre, que me desgarra; pero yo soy el tigre.”

Alpha 60. Alphaville, Jean-Luc Godard (1965)

Esa voz metálica y artificial de Alpha 60 puntea toda la historia como si fuera una narración en off. Es desagradable, forzada, pero de forma curiosa e inquietante terminamos por atender, y pensar en aquello que dice, como los aplicados alumnos que toman notas en las clases a las que asiste Natasha Von Braun. Acaso no sea más que un montón de palabras sin sentido, una composición estadística que parece sonar como erudita y que obedece a la precisa y aleatoria combinación de un algoritmo. Alpha 60 no tiene cara, ni aspecto mínimamente humano, en las secuencias en las que aparece no es más que un ventilador, o una gigantesca unidad central de control con sus cintas magnéticas y sus impresoras escupiendo papel continuo. Pero parece pensar… parece. Tal vez no sea más que un simulacro.

Lemmy Caution no pierde un solo segundo en esa cháchara pseudointelectual, a él lo único que le interesa de Alphaville es Natasha. Sin embargo, tras todo ese monólogo pretendidamente erudito, parece esconderse algo más que un mero artificio, quizá esa sensación la cause el contraste con aquellos a los que Alpha 60 dice velar. En el mundo de cosas de Allphaville, esa ciudad poblada por átomos, cifras y datos; sopa estadística que solo Alpaha 60 es capaz de calcular, el computador simula, o quizá sea, la única conciencia reconocible, el único yo, un solo sujeto que suple las vacías cabezas de los satisfechos habitantes de Alphaville.

Como después se preguntará Kubrick, ¿dónde termina la maquinaria de relojero y comienza la autonomía, el libre albedrío, y por tanto la conciencia? Temas candentes en aquellos años de computación oracular e incipiente. Las gigantescas computadoras eran metáforas de la propia dualidad.

En un momento Caution se ve obligado a responder ante Alpha 60, un interrogatorio en el que el computador intentará averiguar si Caution es quien dice ser: Ivan Johnson, reportero de Figaro-Pravda. Tras las primeras preguntas de tipo policial Alpha 60 comienza a interesarse por el sujeto que tiene frente a él, es distinto, diferente, tal vez se asemeja a él mismo. Escudándose en que es necesario realizar algunas preguntas de tipo test, le pregunta… le pregunta con curiosidad, y lo podemos intuir a pesar del tono insufriblemente artificial de su voz:

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-¿Cuál es el privilegio de la muerte?

-No morir más –contesta Caution

-¿Conoce qué es lo que ilumina la noche?

-La poesía

-¿Cuál es su religión?

-Creo en las inspiraciones de la consciencia

-¿Hay alguna diferencia entre los principios misteriosos del conocimiento y “eso” del amor?

-En mi opinión en el amor no hay misterios

-Está mintiendo –responde Alpha 60

-Tengo razones para mentir pero, ¿puede diferenciar las mentiras de las verdades?

-Está usted ocultando ciertas cosas, pero por el momento no puedo adivinar cuales.

Las pausas de Alpha 60 tras cada respuesta revelan interés, la posibilidad incluso de que ambos compartan alguna cosa: la conciencia de la propia limitación, la insuficiencia de la lógica, o la evidencia de la existencia de algo esencialmente inasible. Alpha 60 no ordenará por el momento la muerte de Caution, la opción más lógica, necesita más respuestas y le invitará incluso a visitar el propio corazón de Alphaville, es decir, él mismo.

Pero lo que Caution ve es el sueño de un monstruo solipista, la falsa imagen de objetividad que cree controlar y calcular Alpha 60; ve la pesadilla de un sujeto que sueña. Ni siquiera es el sueño de Von Braun que ya no significa nada en el entramado que dirige el computador, el científico buscado no es sino una pieza más. Von Braun le habla de una nueva raza de hombres, una estirpe que ya no siente, ni sueña, ni se poseen; nodos en una red lógica que creen vivir una vida racional y feliz, cosas en definitiva. Caution tiene orden de neutralizar o traer consigo a Von Braun, dispararle con el revólver ya no es nada.

Natasha, en cambio, todavía recuerda… recuerda haber nacido en un lugar llamado “Nueva” York, recuerda cosas que le sucedieron en su infancia, gente que le hizo reír o llorar. Se afana por dar forma en el inútil diccionario a todo eso que le invade ahora, todo lo que había perdido. Pero las palabras que busca no aparecen. Y al final Natasha recuerda qué significa el amor, aunque sea con palabras ajenas y pensamientos prestados:

… Todo por casualidad, todos las palabras sin pensamientos, sentimientos a la deriva…

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Alpha 60 ha decidido que Caution es una amenaza, no puede ser integrado así que su eliminación es una consecuencia lógica. Es detenido en una escena hilarante, los agentes de policía obligan a Natasha a contar un chiste, Caution se desternilla de risa, momento en el cual aprovechan para detenerle. El momento poético vivido minutos antes es roto de manera abrupta y desconcertante. Es llevado por última vez ante Alpha 60, solo resta la formalidad de una última entrevista, y Caution tiene el arma adecuada:

-Yo también tengo un enigma –le reta Caution

-¿Cuál es su secreto Mr. Caution? –pregunta el computador

-Algo que nunca cambia, noche o día. El pasado representa su futuro. Avanza en línea recta, hasta acabar comenzando en un bucle.

Como los tópicos del género se deben respetar Caution escapa a tiro limpio. Pero ha emponzoñado a Alpha 60 con un acertijo que acabará con él, puesto que resolverlo significa negar todo aquello que ha afirmado. Y es que Alpha 60 todavía cree que el mundo que él conoce y calcula, y se esfuerza por entender de manera lógica, es algo objetivo, distinto, algo que organiza de manera racional y eficiente. Pero tan solo es un sueño, y ni siquiera es el sueño de alguien: él es el sueño.

“un tigre que me desgarra; pero yo soy el tigre”

El tiempo, esa falacia en la que nos empeñamos en creer, no es más que la ilusión de algo, la falsa imagen de una sucesión que no existe fuera de nosotros. Ser sujeto consiste en darse cuenta de que la realidad es nuestra realidad, no el sueño de alguien que sueña, sino el sueño mismo, y el sujeto no es más que parte de ese sueño. El tiempo, como encadenamiento causal de los hechos, deja paso a la irreductibilidad de cada instante, de cada percepción, todos iguales, todos equivalentes: la eternidad. La resolución del enigma de Caution. Alpha 60 acaba encontrándolo, sabiendo que es su final, porque no le hace distinto de Caution o de cualquier ser que sienta y que termina sabiendo una verdad terrible: Saberse simulacro de uno mismo.

Alphaville perece, sus habitantes no son nada sin el computador, se arrastran por las paredes como juguetes estropeados. Y como en toda película de detectives el protagonista acaba llevándose a la chica en su coche, sabiendo que atrás dejan muchas cosas, viviendo el único instante que quizá les pertenece, el presente.

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Alphaville (1)

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“A menudo la realidad es demasiado compleja para la comunicación oral. Sin embargo, la leyenda la envuelve en una forma que permite cubrirla con palabras”

Alpha 60. Alphaville, Jean-Luc Godard (1965)

La posibilidad de recorrer el espacio intergaláctico en un Ford Galaxy y llegar, ya de noche, a Alphaville.

Encontrar una sociedad distópica en el extrarradio de posmoderna arquitectura del París de los sesenta, construir una sátira futurista recurriendo a los tópicos más reconocibles del género negro, abundar en la eterna dialéctica entre la fría razón y la emoción…

Como bien dice la desagradable y metálica voz artificial del la computadora que gobierna la cuidad, la leyenda proporciona palabras allí donde el discurso objetivo no es posible, o simplemente está ya manido y gastado. “Alphaville” es una leyenda, una metáfora.

Imaginemos a un detective clásico afectado por todos los clichés posibles: tipo duro, de pocas palabras y atracción inexplicable, violento pero a la vez capaz de una ternura inesperada, justiciero pero fiel a un código moral noble… Subido en su Ford no se dirige a Poisonville para aclarar algún un caso, como haría un personaje sacado de una novela de Hammett, sino a un lugar situado en el espacio exterior llamado Alphaville.

Alphaville es una ciudad que en principio no parece distinguirse del París moderno de los años sesenta, todo el mundo habla en francés, y si no fuera por el singular comportamiento de sus habitantes creeríamos encontrarnos en una cuidad normal. Pero todo resulta distinto, extraño. Lemmy Caution, el detective (Eddy Constantine), es recibido en el hotel por una “seductricce” de nivel 3, cuyo trabajo es proporcionar placer a los clientes, eso sí, con la misma mirada lánguida y ausente que parece afectar a todos sus habitantes; en las habitaciones hay extrañas “biblias” consistentes en diccionarios de los que faltan palabras relacionadas con las emociones y la consciencia. La misión del agente Caution consiste en encontrar y neutralizar a un siniestro científico, el profesor Von Braun, y en averiguar qué ha sucedido con todos los predecesores suyos, que han muerto o desaparecido.

Alphaville resulta ser la Arcadia soñada por Von Braun, paradigma del científico megalómano, una tecnocracia hipertrofiada controlada por un implacable computador, Alpha 60, al que ha sido encomendada la organización de la sociedad. Planificación científicamente programada y en el que todo es esclavo de la probabilidad y el cálculo, porque qué otra cosa podría ser el bien sino la razón aplicada. Alpha 60 es el mítico demonio laplaciano, el calculador infalible, y al mismo tiempo es el símbolo de una sociedad totalmente objetivizada, cosificada, mero cálculo estadístico de trayectorias. El sueño de Von Braun hecho realidad consiste en haber amputado toda subjetividad de la sociedad, todo aquello que remita al sujeto, al libre albedrío… o a las emociones; solo el gran computador Alpha 60 es el gran solipista de Alphaville, el que observa, razona, y calcula. Pero precisamente en ello reside su debilidad. Simulacros.

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Quienes no se adaptan a tan racional forma de vivir, que encuentra la felicidad en un frasco de tranquilizantes, son inducidos al suicidio, o liquidados en espectáculos públicos que resultan tan delirantes como brutales: en una piscina los disidentes son ametrallados en el trampolín, y su cadáver es recogido por gráciles nadadoras que hacen piruetas ante el aplauso general. Se nos cuenta que alemanes, norteamericanos, y suecos son los más proclives a aceptar los nuevos modos de vida; y que de los ejecutados la proporción es de cincuenta hombres por cada mujer.

Atrapados en esa red de de precisión lógica, que no puede significar sino el bien supremo, los habitantes de Alphaville tienen comportamientos extraños, neuróticos: dicen no cuando en realidad quieren afirmar algo, no logran expresar sus sentimientos, no tienen palabras para ello y ni siquiera son capaces de saber cuáles son. El contacto se reduce a una relación socialmente estandarizada sin roces, ni altercados; fluida, pero terriblemente fría; placentera, pero exenta de pasión. No hay lágrimas, ni emociones… sólo una perfecta coordinación social. Todo el mundo se despide con la misma anodina y absurda frase: “estoy muy bien, muchas gracias”

Las autoridades han dispuesto que Natasha Von Braun (Anna Kanina), hija de científico desaparecido, sea la guía (y espía) de Caution durante su estancia en la ciudad, sospechan de él, temen que sea un agente secreto.

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Esa esfinge, esa “preciosa esfinge”, cautivará a Caution, y ella verá en el rudo detective la posibilidad de una reminiscencia, el recuerdo de algo que tal vez conoció, sus propias emociones.

En una ocasión Caution le confiesa que está enamorado de ella

-¿Amor? ¿Qué es eso? –pregunta Natasha

-Esto –dice Caution acariciándola

-No… Yo sé que es esto, es la sensualidad

-No. La sensualidad es una consecuencia, no puede existir sin el amor

-Entonces… ¿qué es el amor?

(…)

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La Jetée

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“Nada diferencia los recuerdos de los momentos habituales. Solo más tarde se dan a conocer cuando muestran sus cicatrices”

Chris Marker. La Jetée 1962.

Pero creer que el tiempo da lugar a cicatrices acaso sea una ilusión, salvo que creamos que el tiempo sea un remedo de nuestro deseo.

A menudo me he preguntado qué diferencia existe entre el recuerdo de un hecho vivido y una ensoñación; entre la memoria y el deseo. Siempre he creído que el tiempo acaba fijando como cicatrices, como dice el narrador de La Jetée, aquello que ocurrió y que forma parte de nuestra memoria; sin embargo me he sorprendido al descubrir lo paciente que puede ser la propia memoria al tejer falsos recuerdos, me asombra la minuciosa tarea que despliega nuestra voluntad cuando se empeña en hilar, a partir quizá de las fibras de lo ya vivido, recuerdos ficticios que no responden sino a las demandas de nuestro deseo; y que no dudamos en hacer pasar por que ha sido.

El protagonista, H., superviviente de un Apocalipsis Nuclear que ha convertido a los vencedores en los señores de un “imperio de ratas” en los subsuelos, es elegido como cobaya en una serie de experimentos que pretenden aprovechar la única vía de supervivencia posible para la humanidad: el Tiempo.

Su mérito: la fuerza con la que se aferra a un recuerdo de su niñez, ocurrido pocos años antes de la gran catástrofe. La imagen de la cara de una mujer, una mañana de domingo en el embarcadero del aeropuerto de Orly, luego… los gritos, la confusión; supo ese día que había visto por primera vez a un hombre morir. Pero H. se pregunta si la imagen de esa mujer es un recuerdo real o el deseo de un recuerdo que él mismo ha tejido momentos antes de la tragedia.

H. es la cobaya perfecta, viajar en el tiempo es como nacer de nuevo en un mundo extraño, sólo aquellos que se aferran a un tiempo distinto del presente son capaces de aguantarlo, como H.

Sin sofisterías tecnológicas ni aparatos extraños, sino aprovechando los resquicios topológicos de la mente, H. es obligado primero a viajar al pasado, en busca de ese recuerdo que atesora como lo más valioso. Y lo encuentra. Ella no tiene nombre, él tampoco; pero ambos viven un presente ficticio por las calles de un París que ya no existe, recuperando aquello gracias a lo cual logró sobrevivir.

Pero es solo una prueba. Sus experimentadores deciden enviarle al futuro, en busca de un remedio que evite el fin de la humanidad. Un cierre causal paradójico, pero coherente. H. cumple su misión, pero para sus captores H. ya no tiene ningún valor, espera entonces la muerte.

Sin embargo H. tiene una última oportunidad de volver al pasado, de revivir de nuevo ese recuerdo en el embarcadero de Orly, aquel domingo por la mañana.

Y allí está ella, tal y como la recordaba. Hay un niño mirando la escena; es el propio H. Pero alguien le detiene antes de que se encuentre con la mujer, H. cae muerto, le han seguido desde ese futuro subterráneo y destruido. La coherencia del Tiempo ha de ser salvada, y el pasado cegado. El hombre que vio morir H. de pequeño aquel domingo, es él mismo.

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El recuerdo y el deseo del recuerdo pueden ser indistinguibles. Solo el tiempo es capaz de diferenciarlos. La memoria y la identidad parecen animadas por esa afilada flecha del tiempo. Sin embargo el Tiempo que recorre La Jetée, es un Tiempo circular, en bucle; por tanto un falso tiempo, un tiempo inexistente donde pasado y futuro pierden cualquier tipo de significación. Y es entonces cuando nos preguntamos por la veracidad de los recuerdos del protagonista, por la verdadera identidad de alguien que no existe, que no ha existido jamás.

Comenzar de nuevo un “bucle”. No importa el punto elegido, siempre se acaba llegando al lugar inicial.

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