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El guión de Torsvan Maruth (1)

Fuente: “El Caso Duchamp” de Víctor Morelli.

Documento: El guión de Torsvan Maruth. (Marcelo Campos, revista Nuevo Siglo, Madrid, febrero 1984)

With Hidden Noise

Torsvan Maruth desapareció de París –si es que desapareció realmente- a mediados de marzo de 1979. El cuerpo de Pierre Menard encontrado en aquella maleta en el Sena hizo que toda la organización L.H.O.O.Q. saltara por los aires. Quizá todo lo que sigue son sólo elucubraciones, ociosas hipótesis que únicamente interesarán a los diseminados lectores interesados por el caso de Pierre Menard. Todo lo que sé sobre su vida es fruto de lo que he oído o me han contado, o de lo que logrado entresacar de entre su peculiar archivo encontrado en Dallas. Jamás le conocí. Pero puedo yo también hacer cábalas sobre su vida enigmática puesto que también Torsvan -¿durante cuánto tiempo?- navegó al igual que Jean van Hoonerth por un siniestro bucle.

Torsvan Maruth había aprendido a mentir. No había ninguna causa que lo justificase, sino su firme decisión de desaparecer, de no ser nadie. Durante muchos años se había inventado identidades, pasados; había construido varias historias sobre su vida, todas ellas falsas, que contaba impunemente cuando era preguntado por ello. Incluso su nombre, Torsvan Maruth, no era sino un refrito sacado de los múltiples heterónimos de B. Traven, el cual, naturalmente, siempre le había fascinado hasta el punto de seguirlo y escudriñarlo hasta que su propio juicio empezó a peligrar. Al comienzo fantaseó con la idea de inventarse vidas interesantes, pasados ilusorios que  fueran como el argumento de alguno de sus  escritos, pero pronto aprendió que la mejor manera de perseguir el anonimato absoluto era hacerse pasar por alguien sin importancia, un sujeto más en una jungla indistinguible de normalidad.

Es difícil dar una razón que justificase el obsesivo anonimato perseguido por Torsvan, no era nadie en especial o con un pasado del que se tuviera que avergonzar, al contrario, su vida no pasaría de ser una de tantas historias de la Europa del sesenta y ocho: quizá fuera alemán, o austriaco, o suizo, aunque sólo fuera por justificar su marcado acento centroeuropeo cuando hablaba, algunos aseguran que era francés, o incluso norteamericano, todos sus papeles están escritos en ese idioma, sin embargo nadie se atreve a dar una respuesta. Los que le conocieron cuentan historias diferentes de él, ligeramente cambiadas unas de otras, aunque ninguna de ellas lograba rascar más allá de lo superficial. No era nadie, y hasta que no se supo del destino de Pierre Menard, fue simplemente un nombre, quizá nunca dejó de serlo.

Había nacido en Berlín, o en Hamburgo, su familia era originaria de Escandinavia o de Holanda; después de lo ocurrido en París se había refugiado en México o en Los Angeles. Su padre había combatido en el frente del Este pero había muerto, o había sido capturado por los soviéticos, o había iniciado una nueva vida en la Alemania Oriental… Historias mínimas acerca de Torsvan, ligeramente variadas, que nada decían de su vida, porque él siempre se cuidó de ser demasiado explícito en relación a sí mismo.

Es totalmente cierto sin embargo que pasó algunos años en la Universidad Libre de  Berlín a finales de los sesenta, allí fue donde conoció a Jan Van Hoonerth, pero ninguno de sus conocidos era capaz de ponerse de acuerdo respecto a qué estudiaba o qué hacía. También se cuenta de él que durante aquellos años  formaba parte, de forma inexplicable, de la dirección de un minúsculo y poco importante grupúsculo de guerrilla urbana, posiblemente fuera una historia apócrifa porque de Maruth no se le conoce ningún tipo de opinión política, ni buena ni mala. En cualquier caso la historia de su hipotético pasado revolucionario –un curioso ingrediente colorista que el propio Jean van Hoonerth se ocupó de extender-, asegura que fue expulsado de manera expeditiva de aquel conciliábulo de revolucionarios barbudos ante la absoluta falta de referencias fiables sobre su persona.

Corren muchos rumores acerca del Torsvan Maruth de aquella época, hoy mucha gente –igual que yo- dice saber algo, o asegura haberlo visto en algún lugar del Berlín de aquellos años, algunos incluso aventuran, con afán de protagonismo, que solía frecuentar lugares inverosímiles y dispares, como el Salon Kitty, o deambular como si tal cosa por el interior de la estación en la Friedrichtrasse, esperando a tomar algún tren hacia el Este. Sin embargo en aquella época casi nadie sabía quién era, y aquellos pocos que lo conocían –un limitado grupo de estudiantes de la Universidad Libre- apenas sabían nada de él. Alguien, quizá fuera también Jean, comenzó a llamar en tono jocoso a Torsvan con el apelativo de das Phantom.

Sea como fuere a Torsvan le gustó aquello, ser nadie y al mismo tiempo tener la oportunidad de reinventarse cada día, ser capaz de poder deshacerse de un pasado inexistente para recrear otro. Mostraba a los demás imágenes planas y anodinas de una vida cualquiera, no importaba cual, pero que nada tenía que ver con la que decidió sepultar en el olvido. Al principio jugó con ello, era divertido, le costó desprenderse de su identidad, olvidar conscientemente todo aquello que había constituido su memoria, construirse una nueva y modificarla imperceptiblemente cada día, mostrar una cara de un poliedro intentado que cada vez fuera algo distinta, o crear intencionadamente un vacío en torno suyo velando un pasado que pretendía irrecuperable . No tenía ningún sentido, pero supongo que hubo un momento en que fue incapaz de dejar de hacerlo, dejó de ser quien había sido, desligado completamente del tiempo;  empezó a ser Torsvan Maruth, una sombra, nadie.

Tras su virtual paso por la Universidad Libre comenzó a trabajar en cualquier cosa: traductor, camarero, bibliotecario, contable… por las noches se dedicaba a escribir, sin ninguna otra pretensión, quizá haciendo de la escritura un laboratorio donde poner a prueba su existencia ficticia. Por entonces vivía de manera intermitente con Corina Bauer, una funcionaria del Ayuntamiento de Berlín, ambos compartían horas, días o fines de semana, pero nunca llegaron a hacer una vida de pareja propiamente dicha. Tiempo después, cuando el nombre de Torsvan Maruth se hizo brevemente conocido tras el caso de Pierre Menard, la propia Corina Bauer declararía que jamás supo quién era realmente Torsvan, había vivido con él unos pocos años pero poco podía decir, era un tipo de costumbres fijas: iba por las mañanas al trabajo –varios en el curso de algo más de dos años, y siempre relativamente mediocres-, regresaba por las tardes y dedicaba el tiempo a leer algo o a escribir “sus cosas”, como las llamaba Corina Bauer. Era alguien tranquilo, casi aburrido –contaba Corina-, nunca había sido demasiado explícito respecto a su pasado, y si alguna vez se encontraban con alguien, Torsvan se lo presentaba de de manera sumaria, diciéndole que era un antiguo amigo, sin más. Corina siempre supo que Torsvan tenía una vida paralela a su relación de la que ella no formaba parte, como tampoco formaban parte de su extraña vida en común aquellos personajes que se encontraban por las calles de Berlín. Corina Bauer afirmó incluso que llegó plantearse formalizar su relación, casarse con Torsvan, pero sin duda fue esa desconcertante compartimentación de su vida lo que hizo imposible seguir adelante. Lo dejaron a finales de  1973, poco antes de que Torsvan Maruth se marchara a París, probablemente de la mano de Jean van Hoonerth.

“With Hidden Noise”, un título sin ninguna duda inspirado por el ready-made de Duchamp “A Bruit Secret”, era un guión para una película que Torsvan debió de escribir en algún momento antes de marchar a París. Apareció junto a sus papeles en el almacén de Dallas. La imaginación de Torsvan había incluso asignado cara a los imposibles protagonistas: Richard Burton, Oskar Werner y Romy Schneider. El argumento es verdaderamente desconcertante:

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Nota: Un mecanoescrito titulado “With Hidden Noise”, y firmado por Torsvan Maruth, fue encontrado entre las pertenencias de Víctor Morelli en su apartamento de la Calle Ruzafa de Valencia

La Jornada del Muerto

Fragmento de mecanoescrito “Kurt F. Mackintosh”, firmado por Torsvan Maruth, y encontrado entre las pertenencias de Víctor Morelli en su apartamento de la Calle Ruzafa de Valencia.

Cuando Tim dejó de trabajar en los casinos de Las Vegas decidió volver a Nuevo Mexico, al lugar donde había estado destinado su padre durante la Guerra.

Los antiguos conquistadores españoles lo llamaron La Jornada del Muerto, noventa millas de arena y lava, un auténtico secarral. Quienes lo han visto se preguntan qué se les pudo haber perdido allí. Está a unas cien millas al norte  de Alamogordo por la US 54, muy cerca de Coane en el condado de Socorro. Tim y su mujer Luisa han visitado el lugar un par de veces, hay un monolito más o menos cerca del lugar donde se detonó la bomba, en el hipocentro, Tim dice que todavía se pueden medir allí niveles de radiación superiores  a lo normal, aunque nada peligrosos. En una de aquellas ocasiones Judy y yo les acompañamos, hacía un calor infernal, Tim nos estuvo contando cosas que recordaba de su padre, o que él mismo fue recopilando durante su vida en sus fichas escritas a mano. Su padre era uno de los oficiales de la USAAF, encargados del dispositivo de seguridad de la prueba Trinity, Tim y su madre vivían en Santa Fe, lejos del lugar, y no supo qué hacía su padre hasta algunos años después.

Kenneth Bainbrige, el responsable científico de la prueba, pasó varios meses recorriendo los Estados Unidos para al final volver a Nuevo Mexico y encontrar allí el lugar apropiado: el secarral de La Jornada del Muerto, no había nada millas a la redonda y estaba cerca del laboratorio de Los Alamos. El nombre, Trinity, lo eligió el propio Oppenheimer, dicen que fue un homenaje a John Done, es el título de uno de sus poemas. Tim es muy escéptico en relación a todo esto, cree que cuando ocurre un suceso de tal magnitud tendemos a contarlo de manera literaria.

-Los protagonistas siempre acaban inventando algo  –decía Tim-, están en un lugar privilegiado y de repente se dan cuenta de que todo ha pasado igual de rápido que si no hubieran estado. Así que dicen que pensaron en tal o cual frase, o un verso de algún libro que ni si quiera han leído, cuando lo único que hicieron fue quedarse de una pieza viendo con la boca abierta lo que estaba ocurriendo.

-Cuando se me vino el mundo encima recordé los versos del Fausto de Marlowe (motel Belvedere, Arizona, Junio 1991): “El necio que ríe en la Tierra ha de llorar en el Infierno” –bromeé.

-Y una mierda. Tú hiciste lo mismo que todos esos jodidos yuppies de Wall Street que la pifiaron en el crash, llorar y patalear como críos.

Aquel día, el 16 de julio de 1945, el padre de Tim estaba en un búnker junto a Oppenheimer, a más de diez millas del lugar de la prueba. Le dieron unas gafas opacas para cubrirse de la luz y crema de protección solar. El ambiente estaba tenso, desde las dos de la madrugada todo el mundo se encontraba en sus puestos, la prueba se había programado para las cuatro de la madrugada del día dieciséis, pero se tuvo que posponer más de una hora por las condiciones meteorológicas, hacía mucho viento. Habían montado una torre de acero de unos veinte metros de altura y allí habían colocado el artilugio, ni siquiera tenía nombre: un complejo dispositivo de implosión que lograría comprimir una esfera hueca de plutonio en una masa de alta densidad hipercrítica, había también un iniciador neutrónico de berilio en el centro, pero con comprimir el plutonio era suficiente.

-Desde los altavoces se oía música de baile para amenizar la espera –Tim siempre contaba aquello como si hubiera estado allí-, eran las cuatro de  la mañana y ahí estaban todos, esperando la primera  detonación nuclear de la historia mientras sonaban las Andrew Sisters cantando “Rum and Coca-Cola”. Todo el mundo estaba nervioso. Mi padre me contó que Oppenheimer daba vueltas como si estuviera enjaulado en aquel bunker, estaba obsesionado con que un fallo eléctrico diera al traste con todo. Parecía Gary Cooper en “Solo Ante el Peligro”. Estaba ahí, mirando por la ventana del búnker, expectante, yendo de un lado a otro. Uno de los científicos que andaba por ahí le estaba contando a otro cómo hacía su madre las tartas de manzana, había un tipo con acento extranjero que estaba preocupado por la remota posibilidad de que la implosión del plutonio no fuera homogénea, otros estaban aburridos, o contado chistes verdes. Algunos salían fuera y se sentaban en el suelo, era de madrugada y en el desierto hacía frío. Todo el mundo esperaba a que Jack Hubbard, el jefe de los meteorólogos, diera el visto bueno. El general Groves no se podía contener, andaba nervioso, impaciente, tenían que informar al Presidente, y éste se encontraba en Postdam, negociando a cara de perro con los rusos.

-Gary Cooper era más guapo que Oppenheimer –decía Judy.

-Sobre las cinco estaba todo listo. Hubo una cuenta atrás de veinte minutos. A las cinco y veintinueve minutos del 16 de Julio de 1945, hora de la costa oeste, se dio la orden de detonar la bomba, simplemente se accionó un interruptor. Entonces el cielo estalló.

-¡BUUUM!

-Steve Carrasco, tenía una frutería en Alamogordo, estaba descargando el género cuando sintió que amanecía por el lugar equivocado, hacia el norte el cielo se iluminó con un color rojizo que luego adquirió unas tonalidades extrañas, durante los días previos los bombarderos de la Fuerzas Aéreas habían estado haciendo pruebas de tiro al norte, pensó que algo gordo había estallado. En el bunker bubo todo tipo de reacciones: Oppenheimer  no recitó ningún verso del Bhagavad Gita, simplemente dijo relajado: “Funciona”, el director de la prueba, Kenneth Bainbrige, dijo: “Somos unos hijos de puta… eso es lo que somos”, la mayoría de los científicos presentes no dijeron nada, o se dieron la mano en silencio, un tipo de Princeton salió al exterior y con las gafas puestas se puso a bailar una danza india, otros lloraron, o se sentaban fuera, en suelo, mirando extasiados el hongo que iba creciendo de manera paulatina. Mi padre me dijo que aquello fue lo más maravilloso que ha presenciado en toda su vida, que jamás podrá olvidar aquel mediodía que surgió de improviso, esa bola de fuego que crecía y se elevaba como un globo, el calor que sintió en la cara, y las cambiantes luces que se iban sucediendo, púrpura, violeta, azul, verde, rojizo… Mi padre no dijo nada, ni siquiera se movió. Tampoco pensó en ninguna frase adecuada para el momento. Simplemente se quedó ahí, mirando sin saber qué hacer, con las gafas protectoras puestas y apestando a crema solar.

Al terminar la guerra al padre de Tim lo destinaron a California, a la Base de Vanderberg y Tim se fue a Santa Barbara. Tim es amigo mío, voy con frecuencia a su casa y tomamos unas cervezas en el porche. El me cuenta cosas de su padre, del Proyecto Manhattan, de la bomba, y vemos antiguas películas en su vídeo, le gustan las películas antiguas de ciencia-ficción. En los años cincuenta estaban de moda las invasiones de alienígenas y las mutaciones de insectos debido a las radiaciones producidas por las pruebas nucleares, Tim opina que todo ello era producto del miedo, miedo a la incertidumbre y a lo que desencadenó aquella explosión en la Jornada del Muerto.

El 23 de septiembre de 1949, al llegar del instituto, en Santa Barbara, Tim encontró a su padre en casa, no solía regresar  tan pronto de la Base, Tim preguntó: “¿Qué pasa?”, su madre no dijo nada, pero su padre le miró serio y le contesto: “El Presidente Truman ha anunciado que los rusos tienen la bomba”. En realidad hacía casi un mes que la tenían, habían detonado a JOE 1 en el desierto de Kazastán el 29 de agosto.

-Es lo que suele pasar cuando se infravalora la importancia de lo inesperado –decía Tim-. Nadie esperaba que la Unión Soviética pudiera obtener la bomba antes de quince o veinte años, muchos incluso aseguraban que eran incapaces de hacer una sartén en condiciones, y probablemente estuvieran en lo cierto, pero fabricaron su bomba. Estábamos cegados y maravillados por los fuegos artificiales de la Jornada del Muerto, era el amanecer de un futuro atómico, acompañado por música de swing y televisión. Les bastó apenas cuatro años, en realidad pudieron haberla tenido en menos tiempo, fue un regalo… Y así nos metimos en la espiral del miedo, más de cuarenta años esperando la hecatombe, un apocalipsis ultravioleta venido del cielo que cada día parecía más cercano.

»Aprendimos a vivir con miedo, en las escuelas enseñaban qué hacer en caso de un bombardeo soviético, todo era absurdo, la tecnología de misiles todavía no estaba desarrollada, pero todo el mundo sabía cómo íbamos a ser aniquilados, había todo tipo de teorías: decían que la bomba podía ser ocultada en un submarino, o podía ser enviada en un camión, o un avión comercial… Luego vino la paranoia, el caso Fuchs, había espías rusos por todas partes, la superbomba de hidrógeno y la sospecha de que los soviéticos la tuvieran ya, la Guerra de Corea, la posibilidad de un ataque preventivo contra la URSS, McArthy… Estábamos presos, encerrados en una red que se comenzó a tejer a pocas millas de aquí, mientras mi padre escuchaba música de baile en  un bunker, untado con protector solar.

No sé por qué he querido hablar de Tim, es mi amigo y le aprecio, pero en cierta medida esa red de la que habla Tim es la misma en la que quedó preso Kurt F. Mackintosh. Si tengo que hablar de él, debo de hablar del miedo, de redes de paranoia tejidas de manera paciente y de las que uno se empeña en no salir; en cierta medida también de locura.

Los psiquiatras del FBI que examinaron a Mackintosh tras su detención aseguraron que no estaba loco, al menos en lo que al término clínico se refiere. Presentaba un caso típico de trastorno esquizoide de la personalidad, supo en todo momento qué estaba haciendo y el alcance de sus acciones, que planificaba con sumo cuidado; Mackintosh se impuso un tarea que él creyó irrenunciable sin importarle lo que pensara el resto de la gente, sin importarle tampoco el sufrimiento de aquellos a los él condenó en su tribunal privado y sin derecho a recurso. Hoy cumple una condena a perpetuidad en una prisión federal, según tengo entendido ha vuelto a dedicarse a la filosofía, escribe un libro sobre Wittgenstein, creo.

Visto con la distancia que da el tiempo, creo que Mackintosh actuó con una imprudencia deliberada en aquellos cuatro atentados en tan poco tiempo en Pennsylvania y New Jersey que acabaron con la vida de Alfred Elkins, a la postre fueron los que pusieron a la policía tras los pasos de Mackintosh. El fiscal quiso acusarle de hechos similares producidos en el pasado pero no pudo demostrarlo en el juicio, sin embargo, ese paquete y las tres cartas enviadas, fueron los primeros cargos contra él en la larga serie de atentados de los que fue encontrado culpable y que dieron con él en prisión acusado de terrorismo y asesinato. Recuerdo aquel juicio como si lo hubiera vivido ayer, fui uno de los testigos de la acusación, Mackintosh no se molestó en abrir la boca  en todo el proceso, ni siquiera permitió a su abogado de oficio que realizara un alegato exculpatorio. Cuando el jurado pronunció el veredicto Mackintosh apenas movió un músculo.

Personalmente no guardo ningún rencor a Mackintosh, deseé que le condenaran por lo que hizo, y es justo que pase el resto de su vida en prisión, pero en lo que a mí me toca no hubo ningún tipo de animadversión, me eligió a mí como pudo haber elegido a otra persona. Puede que él también acabara reconociendo a los tipos como yo, o como Gerald, que nos pasábamos la vida en los moteles, fui una presa fácil. Me crucé en su camino y él no desaprovechó la ocasión, eso fue todo.

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El Informe Morelli (7)

Finales de junio de 2005

Me lo encontré una tarde en la explanada del campus, recuerdo la sensación de desazón cuando le vi, y la clara percepción de que empezaba a rodar ya pendiente abajo sin que nada pudiera detenerme. No sé cuánto tiempo estuvo esperándome, aunque él me aseguró que sólo había llegado hacía unos minutos.

-No te quise molestar. Me dijeron que no tardarías en salir, y decidí esperarte.

-Podías haber entrado… estaba solo en mi despacho –contesté.

-Es igual… Estoy de vacaciones.

Hacía un año que no había visto a Alfredo Sanz, y casi no le reconocí. Estaba mucho más delgado que aquella vez que nos entrevistamos en Madrid, seguía calvo, pero un alud de tiempo parecía haberse abatido sobre él. Le vi –diría que impaciente- paseando por la explanada de un campus desierto de finales de junio, cerca del edificio de la facultad de matemáticas. Esos días en los que las instalaciones de la universidad parecen haber muerto, excepto las bibliotecas, llenas de estudiantes al borde del ataque de nervios defendiendo su pequeño cubil, unos apuntes y unos libros.

Yo no tenía nada que hacer, ultimar la previsible condena de aprobados y suspensos, perfilar un artículo que nunca debí haberme comprometido a terminar antes del verano (incompleto, intrascendente, banal) y preparar una levantisca reunión de departamento en la que no tenía el más mínimo interés. Decidí quedarme en mi despacho de la facultad y comer un acartonado sándwich liofilizado que compré en la cafetería. Excusas para no volver a casa, Eva y yo pasábamos por la ineludible fase de desencuentros pactados y silencios educados, vidas paralelas e inercias que demoraban un final previsible.

Por eso me inquietó la contestación de Alfredo Sanz, ¿quién le había dicho que no tardaría en salir? Le encontré algo demacrado, con evidentes ojeras; llevaba una camisa blanca que se había manchado de café, unos pantalones que habían vivido mejores tiempos y unas deportivas. Un aire informal, como de vacaciones, sí, aunque también delataba cierto abandono.

Se acercó en cuanto me vio salir por la puerta forzando una sonrisa, cómo si nos hubiéramos despedido unos días antes. Me tuteó, pero no recordaba que nos hubiéramos tuteado en nuestra entrevista en Madrid. Me sentí algo incómodo.

-¿Acabando el curso? –preguntó Alfredo

-Sí… acabando ya. ¿Qué haces en Valencia?

-Ya te lo he dicho, estoy de vacaciones… ¿Sabes la última de Perelman?

-No… Ha dejado de contestar a los correos electrónicos, nadie sabe nada de él –respondí sin interés.

-Vive con su madre, y se dedica a recoger setas a las afueras de San Petersburgo.

-Fantástico –ironicé-. Alfredo… ¿por qué has venido a verme?

-¿Te acuerdas de Víctor Morelli? He recordado algo… y pensé que te gustaría saberlo. ¿Todavía te interesa Morelli?

Estábamos los dos parados en la explanada del campus, no había nadie, él no parecía saber qué hacer y yo no me decidía a acompañarle a mi coche. Alfredo Sanz me miraba con una falsa expresión burlona, sopesando el efecto que causaban sus palabras. Quería decirme algo, esperaba a que yo le ayudase y no paraba de mirar a su alrededor. Se hubiera sentido mejor en una plaza pública, o en una café con gente, le inquietaba la soledad del campus.

-Morelli, claro que me acuerdo… ¿has sabido algo? –pregunté.

-Sí, bueno… me dijiste que uno de los libros de Hippomenes Sequens era una pequeña historia de Infinito. Recuerdo que Morelli tenía previsto escribir algo así, una historia pequeña y anotada, le fascinaba. Pero decía que debería ser un trabajo para un proscrito, entonces leía mucho a Dostoievsky, ya sabes, “Apuntes del Subsuelo”.

-¿Me estás diciendo que Morelli pensaba desaparecer?

-No… es decir, quizá tenía esa idea en mente. Quizá su desaparición no fue tan inesperada.

-Alfredo… ¿te ocurre algo?

Alfredo Sanz no dejaba de mirar a su espalda, se fijaba en el parking, en las pocas sombras que se dejaban ver, empezaba a ponerse nervioso, y yo a inquietarme. Estaba distinto, cambiado, la actitud de Alfredo nada tenía que ver con aquel Alfredo que había conocido hacía solo un año, seguro de lo que decía, algo socarrón, y dejando entrever que probablemente sabía más de Morelli de lo que decía. Cuentas pendientes no saldadas y que aquella tarde no tuvo la más mínima intención de contarme.

Sin embargo el Alfredo Sanz que me encontré esa tarde de junio en el campus era un hombre indeciso, dubitativo, incluso asustado. Intentaba organizar un discurso inconexo que giraba en torno a Morelli, aunque era evidente que quería hablar de otra cosa.

-¿A mí? No, nada. Ya te lo he dicho… estoy de vacaciones. Dime, ¿te sigue interesando Morelli?

-Sí… claro.

-¿Podemos hablar en alguna otra parte? –me preguntó

-¿Qué sucede Alfredo?

-¿Qué dice Morelli de mi en sus libros? –preguntó a bocajarro Alfredo

-¿De ti?… Nada. Al menos nada destacable.

-Sé que los tienes. Sé que has podido hacerte con los libros de Morelli

-¿Quién te lo ha dicho? –pregunté asombrado.

-Resnais.

-¿Resnais?… Creo que tenemos que hablar.

Acompañé a Alfredo Sanz a la cafetería del campus, apenas había gente. Saludé con la cabeza a un alumno de doctorado que pasaba la tarde fumando y tomando café tras café, mientras emborronaba una pequeña libreta: llegaría lejos. Casi no había nadie más, un pequeño grupo de estudiantes apurando unas últimas horas, mesas vacías, la máquina de sándwiches exhausta, todo el mundo huía de la universidad. Nos sentamos en una mesa al fondo, Alfredo me pidió ocupar la silla que ofrecía visión de conjunto, dominaba la entrada y toda la explanada.

-¿Quién es Resnais? –pregunté sin rodeos.

-Lo sabes perfectamente… Tú te llevaste los libros de Morelli, los compraste, en la librería de Resnais no saben quién fue, pero la descripción que me dieron coincide con la tuya.

-¿Quién te lo ha dicho? Yo no conozco a Resnais, ni siquiera sé qué aspecto tiene.

-No importa. Él si sabe que alguien los compró, y que le quiso ver, estaba muy interesado en esos libros… eras tú. Un dependiente de la librería me lo dijo. Pero no temas no les he dicho nada.

-¡¿Qué?! Alfredo… ¿desde cuándo estás en Valencia?

-Ya te lo he dicho, estoy de vacaciones.

El estudiante de doctorado me estaba mirando, había construido una doble muralla entorno a la mesa a base de vasitos de café, tenía un cenicero Cinzano repleto de colillas y seguía fumando, de tanto en tanto escribía alguna anotación en su cuaderno, su tesis versaba sobre teoría de nudos y era un maldito genio. Parecía divertirle la cara de pasmo que tenía yo.

-Es mejor que no vuelvas por ahí –continuó Alfredo-, no te iba a ocurrir nada, pero nadie puede fiarse de Resnais.

-¿Quién es Resnais? –pregunté de nuevo- ¿Y quién eres tú, Alfredo?

-Resnais es un cerdo… ¿te vale? Un hijo de puta capaz de cualquier cosa para salvar el culo… incluyendo hacerme la vida imposible… Ahora por ejemplo, anda diciendo que un desconocido está en posesión de los libros de Morelli, y que en esos libros se cuentan cosas, cosas sobre mí.

-Alfredo… no sé de qué hablas. Es cierto que yo compré los libros de Morelli, los compré en su librería, pero fue pura casualidad. Había una dependienta…

-Demasiadas casualidades. Supiste perfectamente el sitio al que había que acudir.

-¿De qué estás hablando Alfredo?

-¿Qué dicen los libros de Morelli sobre mi?

-¡Nada! –exclamé-. Hay… un pasaje sobre ti, aquella última conversación el 20 de noviembre de 1975… nada más. Algo totalmente intrascendente. Aparece en su primera novela, “El Caso Duchamp”, nada más. Es cierto, no miento.

-Resnais no dice eso –aseguró Alfredo-. Dice que Morelli destapa todo el asunto de Jorge Rivero.

-¿Qué asunto? De Rivero no dice una sola palabra… créeme.

-Entonces no entiendo por qué Resnais…

Alfredo Sanz se sobresaltó, miró por la ventana y echó un rápido vistazo a la cafetería. Luego se frotó los ojos, pareció invadirle un cansancio infinito…

-A veces soy un poco idiota –dijo Alfredo apoyándose en el respaldo de la silla-. Qué más da.

-¿Vas a decirme qué ocurre? –dije al cabo de un momento.

-¿De verdad lo quieres saber?… Supongo que te debo una explicación, ahora que Resnais sabe quién eres.

Alfredo Sanz esbozó una sonrisa forzada, y solo entonces pareció darse cuenta de su camisa manchada, de su aspecto –ahora sí- descuidado.

-¿Recuerdas que te dije que Víctor Morelli me mintió? –continuó Alberto- Pues bien… yo también lo hice.

-Volviste a verle, ¿no es cierto? –insinué

-Sí. Dos veces. La primera en Agosto de 1976 en Portbou, y luego en septiembre de 1980 en Cadaqués, cuando decidió volver a España.

-¿Qué pasó con Jorge Rivero?

-Rivero… una comedia bufa, una puñetera historia de la Transición. ¿Sabes a qué se dedica ahora Ana Noguera? Es directora de una Fundación. Le va bien, creo.

»Ana estaba decidida a librase de su marido, como fuera. Supongo que estaría enamorada de Víctor, o lo que fuera, en algún momento le tuvo que decir algo, no sé. Víctor era un chaval, se asustó, supongo, se hizo un lío… y decidió quitarse de en medio. Inventó toda esa comedia de irse a París y estudiar con Grolek… nos engañó a todos, yo mismo me lo creí, pero sobre todo la engaño a ella. Fue lo mejor que pudo hacer.

»El problema es que Ana no estaba dispuesta a pararse, ya había tomado la decisión. Fue entonces cuando nos llamó a nosotros.

-¿Nosotros?

-Sí. Nosotros éramos el Frente Revolucionario Amanecer Rojo, el FRAR. No, no hagas memoria, nuestra la gloriosa vanguardia del proletariado mundial tuvo un existencia efímera, casi

testimonial. No sé cómo pudo saber de nosotros, supongo que Víctor le debió hablar de mí… el caso es que en agosto de 1974 recibí una llamada suya

-¿De Ana?

-Sí, la misma. La verdad es fue directa al grano, quería que nos encargáramos de su marido, así de claro. Nos prometía cobertura. Él era un explotador fascista y, bueno, nosotros éramos una panda de imbéciles con ganas de marcha…

»Llevé la propuesta al Comité Central… éramos cinco, casi la totalidad del grupo. En una tormentosa sesión de crítica y autocrítica de seis horas, citando a Mao hasta para cuando íbamos a mear, se decidió que lo mejor para la lucha no era una ejecución sino un secuestro. Era más propagandístico, además, necesitábamos dinero. La última palabra la tuvo el enviado de los franceses, nuestra organización madre, un tipo llamado Jacques. A Ana Noguera no le importó, quería librarse de Rivero fuera como fuera.

»Ella le llamaría desde Valencia con un motivo suficientemente importante un domingo por la noche, lo demás era cosa nuestra. Un desastre. Al principio todo pareció salir bien, el Mercedes de Rivero paró cuando un coche averiado en mitad del embalse de Contreras le pidió ayuda, le encañonaron, le amordazaron y lo facturaron en una furgoneta hacía Torrejón, donde teníamos un chalet, allí esperábamos Jacques, Resnais y yo. Pero a nadie se nos ocurrió cachearle. En un momento de descuido Rivero sacó un pequeño revólver que escondía en el pantalón.

-Lo matasteis.

-¿Sabes? Podría decirte que sí, que fue en defensa propia… eso es lo que dirían ahora todos. Pero voy a contarte lo que ocurrió. Nos quedamos todos de piedra, Rivero pudo haber disparado al aire y se hubiera marchado tan tranquilo… uno de nosotros incluso levantó los brazos y se puso a pedir perdón, y yo me meé en los pantalones… Lo que ocurrió no podré olvidarlo jamás. Rivero se llevó el revólver a la boca y se disparó, allí mismo. Se desplomó como un fardo chorreando sangre.

»Jacques decidió que no podíamos reivindicar la muerte. Rivero se había disparado con su revólver y la policía lo sabría, por otra parte una reivindicación sin cadáver era una broma. Decidimos deshacernos del muerto. Está enterrado en una fosa, cubierto con cal viva, en un paraje de la provincia de Cuenca. Año y medio más tarde el FRAR se disolvía, y de Jacques no volvimos a saber nada… Resnais acabó en Valencia regentado la librería familiar, y los demás intentan olvidar todo aquello. Por supuesto Ana Noguera quedó satisfecha.

-¿Y Víctor Morelli? ¿Sabía algo de todo eso?

-No. Se marchó a París sin saber nada, no sé lo que le diría Ana, pero no le reveló que fuimos nosotros. Tampoco sospechaba nada un año más tarde cuando le llamé por lo de la muerte de Franco… Pero se enteró. No sé cómo, quizá ese Jacques. En cualquier caso yo mismo se lo conté todo.

-La entrevista en el setenta y seis.

-Sí. Supongo que le debía una explicación, como estoy haciendo ahora. Años más tarde nos volvimos a ver… en Cadaqués. Él estaba dispuesto a volver a España, también había tenido sus problemas en París y al parecer con una muerte de por medio, buscaba un sitio discreto, por alguna razón Cadaqués lo era. No le volví a ver más. En el ochenta, me preguntó por Ana, yo le dije que no sabía nada de ella desde la muerte de Rivero, no era cierto, no le dije nada de la llamada de ella pidiéndome sus señas en París. No sé si hice bien…

Los dos nos quedamos en silencio durante unos minutos, casi sin mirarnos, y observando cómo se iba vaciando la cafetería.

-Debo irme –dijo Alfredo.

-Espera…

-No. Me voy, los chivatos de Resnais ya nos deben haber visto demasiado, ya les hemos dado demasiado gusto.

-Una pregunta Alfredo, ¿por qué llevaba Rivero un revólver?

-¿Por qué me lo preguntas? Conoces la respuesta tan bien como yo. Sólo había una cosa que podía haber forzado a Rivero a marcharse a Valencia un domingo por la noche… una confesión de infidelidad… Me marcho.

-Puedo acercarte a Valencia en mi coche.

-No. Tomaré el tranvía, además… tampoco estoy de vacaciones.

-Necesito volver a verte –dije-. Quiero saber qué paso con Morelli.

-Para qué… No creo que te sirva de ayuda, además, tú mismo acabarás sabiéndolo… Una cosa, mantente alejado de Resnais.

Alfredo salió de la cafetería sin despedirse, había desaparecido ya toda la impaciencia que parecía invadirle cuando me lo encontré, le seguí con la mirada mientras atravesaba el campus y se perdía en busca de la parada del tranvía. Ya no quedaba nadie, excepto el estudiante de doctorado que continuaba con su dieta de café y cigarrillos. Me miraba con el interés de un entomólogo, con curiosidad pero con cierta asepsia. Algo pareció pasársele por la cabeza, lo anotó en el cuaderno y perdió totalmente su interés por mí, la teoría de nudos acaparó de nuevo su atención.

Como pronosticó Alfredo Sanz, pronto iba a tener más noticias de Morelli.

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El Informe Morelli (6)

Tengo enfrente la fotografía que me hice en 2002 en un aula del Instituto Steklov de Matemáticas junto a una pizarra recién emborronada por Grigori Perelman, todos sabíamos que Grisha estaba metido en algo grande.

Hace algunos meses me propusieron un encargo. Alguien había fotografiado a Grigori Perelman en el metro de San Petersburgo, su aspecto era el de un mendigo. Estaba de pie, junto a la puerta del vagón, agarrándose a la barra con la mirada perdida; vestía desaliñadamente (pero eso era normal en el), se le veía descuidado, con su peculiar aspecto de ogro, hubiera podido pasar por un homeless cualquiera, puede que incluso lo fuera. Desde que rechazó la Mellada Fields en 2006 y se retiró de las matemáticas (y hasta de la vida) no se le conocía ocupación ni ingreso alguno, había rechazado puestos y cátedras en las universidades más prestigiosas y no quería saber nada de la comunidad académica.

Un editor me enseñó la fotografía. Efectivamente era Grisha, no había lugar a dudas.

-¿Por qué no escribes un libro sobre él? –me dijo- Tú le has conocido, eres matemático y conoces su especialidad.

-¿Escribir sobre Perelman? No creo que a Grisha le gustase –contesté-. Mira, hay una mitología entorno a Perelman, ya sabes, el genio, la locura, el comportamiento antisocial… todo eso, pero sólo es una mitología.

Di esa excusa como pude dar cualquier otra. La autentica razón que me hizo rechazar el encargo fue Víctor Morelli.

Una desaparición, una huida, y varias identidades que como muñecas rusas ocultan un hueco pequeño e insignificante. Nada.

Frecuentemente me he preguntado si Víctor Morelli respondía a esa metáfora. Desde luego mi búsqueda personal ha obedecido a esa perversa dinámica. Una muñeca que oculta otra, y ésta otra más pequeña, y luego otra… cuando crees que esa minúscula pieza de madera es el absurdo tesoro que ocultaba esa oronda matrioska te das cuenta de que también puede abrirse, al cabo no queda nada.

Todos aquellos que recuerdan a Víctor Morelli aseguran que les sorprendió la manera en que Morelli desapareció de sus vidas. La imagen de Morelli se dibuja distinta, una imagen fragmentaria, recortada e incompleta, como un collage elaborado con el transcurso de los años, y retocado por la percepción de quienes le conocieron. Todos me aseguraron que Morelli nada tenía de espectro, o de fantasma, sí quizá de persona que le gusta transitar por el margen. Paul Ferrer, de quien tendré ocasión de hablar, y que le conoció en Cadaqués en 1980, tendría ocasión de enseñarme esa fotografía tomada por pura casualidad por Lucile, su mujer, y que asegura pertenecer a Víctor Morelli. En la imagen, tomada en el paisaje lunar del Cabo de Creus, aparecía de soslayo un hombre enfundado en una trenca azul, era el mes de noviembre. Se encontraba cerca de un saliente rocoso con forma de pepino, mirando al frente, al pedazo de mar donde se encuentra el Islote de S’Arenella y el palacete de la torre cilíndrica. Había poca luz, y no se lograba ver su cara, las solapas de la trenca subidas, las manos en los bolsillos… Morelli estaba en un margen de la imagen, casi queriendo escapar. Saliéndose del encuadre para ser, como siempre, un espectador. Un desparecido.

Resulta sospechosa la insistencia de Víctor Morelli en la desaparición, en la huida súbita e inesperada. Desapareció de Madrid, y de la vida de Ana Noguera, aquel otoño de 1974; se escabulló de París tras el extraño asunto de la muerte de Pierre Menard; de la vida de Paul Ferrer escaparía un invierno de 1986, para volver a encontrarle en el mismo lugar, Cadaqués, a finales de los noventa; y definitivamente se marcharía del lado de Clarisa, hace tan solo un año. Huida definitiva, y que me llevaría a viajar a Estados Unidos para seguir su sombra.

Parece una fijación. Casi un trastorno.

Cabría la posibilidad de postular la existencia de una sintomatología, de proponer un cuadro clínico que acotara una dolencia, y proporcionar identidad a un comportamiento inexplicable. Una patología extraña que afectara un escaso porcentaje de la población, una debida catalogación y clasificación más allá de la metáfora:

Un síndrome.

Alguien se da cuenta de que algo le sucede, no logra averiguar qué es exactamente pero nota que algo no anda bien en su vida. Es un conjunto diverso de factores, no muy bien definidos en ocasiones, le resulta difícil explicarlo, o le faltan las palabras. Sus conocidos le restan importancia quizá, o le dicen que acuda al médico, o al psiquiatra. Pero allí tampoco saben qué le ocurre. O sí, tal vez sí le dicen algo, pero no es eso. No, no es eso.

Estrés, ansiedad, algo psicosomático, le dicen… le recetan algún tranquilizante, o vitaminas, le dicen que se tome unas vacaciones, o que haga algo de deporte; o le dicen que es un problema pasajero, la edad quizá. Nadie encuentra nada, ninguna dolencia grave, ninguna psicopatía. No hay por qué preocuparse, o sí.

Sí, claro que sí porque todo ha cambiado en su vida.

Pero le dicen que no le ocurre nada, y sin embargo él se encuentra distinto, no se reconoce. Con la dificultad añadida de tener que explicar lo que le sucede, o convencerse de que es real lo que le pasa.

Un día ve algo en la televisión, un especialista habla de una dolencia nueva, un síndrome. Es un conjunto de factores diversos que caracterizan una patología, algo indiferenciado, algo vago y difuso, pero al mismo tiempo identificable, tiene incluso un nombre: Síndrome de Richardson, o de Henkel, o de Casini, o de Löw, o de Teseo… cualquier cosa. Un pequeño porcentaje de la población lo padece, un porcentaje muy pequeño. Mientras ve el programa al instante se identifica con ello, se siente reconocido, comprendido, incluso integrado: “yo padezco eso, esa es mi enfermedad”.

Inmediatamente todo cambia.

Puede que sea algo extraño, de hecho lo es en la mayoría de los casos, algo muy extraño y desconcertante. Algo que insidiosamente se filtraba en nuestras vidas y que no habíamos sabido reconocer, hasta ese momento. Puede que incluso no tenga cura, o que sea una condena, una extraña patología de origen desconocido sin remedio aparente.

Introducir un concepto es introducir nuevas reglas, nuevos comportamientos. Es como ver la realidad desde otro ángulo hasta entonces desconocido, o mejor dicho, jugar con una nueva realidad. Aparecen nuevas perspectivas y maneras de actuar, nuevas formas de vida.

Y lo que antes era un desasosiego vago e informe, algo de lo que era difícil hablar porque parecía ser anterior, o posterior, al lenguaje, y que por eso mismo causaba angustia y temor; se convierte en una enfermedad, una dolencia. El incomprendido pasa a ser un enfermo. Y siente alivio… a pesar de todo.

Sigamos jugando. En el caso de Morelli nos encontramos ante un trastorno psicológico, un cuadro de conducta. No importa cuál sea el origen, un poco de todo, herencia, factores ambientales, alteraciones bioquímicas… El sujeto comienza a tomar conciencia de un sentimiento ambivalente respecto de su entorno, incluyendo su propia identidad. Se siente integrado, identificado, se reconoce como uno más, e incluso puede llegar a decir que su vida es feliz. Pero junto a ello, o en el interior de ello, aparece un sentimiento contrario, se percibe a sí mismo como algo ajeno, o al revés, es su  entorno lo que le resulta ajeno. Es como una presencia que va cobrando forma, alimentándose de su inicial sentimiento. Al principio logra compensarlo, se construye espacios privados, huye de vacaciones, cambia de ciudad, se divorcia… pero todo eso no es más que un maquillaje, el germen sigue anidando.

Un día llega a una situación límite. Aparentemente no parece haber cambios, pero su vida se ha convertido en un automatismo falso que nada significa.  Su identidad ha sido fagocitada por ese germen, que ya no es un germen sino una urgencia, una necesidad. Basta cualquier acontecimiento banal para que todo estalle. Es sólo cuestión de tiempo. Y sucede.

Ese día desaparece. Se vaporiza.

Resta ponerle un nombre. Etiquetar el síndrome. Síndrome de Morelli.

Yo, al igual que Morelli, estuve a punto de padecer ese síndrome, de ello sólo me salvó una conducta imprudente –la mía-, la intervención de alguien cuya identidad, aún hoy, ignoro por completo y la fe con la me agarro a un simulacro que sé falso, mi propia vida.

Es difícil precisar cuándo se incubó en mi el veneno, seguramente antes de toparme con Morelli, circunstancias de mi vida que minaron poco a poco esa coraza que todos creemos poseer y que nos amarra a esa realidad que fingimos propia; circunstancias que, sin saber mediante qué alquímica combinación, hicieron de mí una parodia, alguien que me miraba en el espejo y no era capaz de reconocer.

Incubé ese virus durante años, ignorándolo, fingiendo su presencia, representando una comedia idiota. Pero fue ese veneno lo que me hizo reparar en Morelli, quizá una excusa para que despertara en mí el síndrome.

Trascribo un párrafo de “El Caso Duchamp”:

«El benjamín de champagne estaba empezando a hacerme efecto, quité el volumen del televisor y decidí ojear un ladrillo que había comprado semanas antes en los Quais, “From Frege to Gödel. A Source Book in Mathematical Logic”. Al otro lado de la pared Constance y Valerie ofrecían su habitual e intermitente repertorio de peleas, discusiones y reproches estimulados por el pastis de alta graduación que consumían, no me molestaban, acompañaban en cierta medida esos días de aislamiento, olvido forzoso, llamadas no atendidas e imágenes escupidas por un televisor.

»Hojeando esa historia de la Lógica, había descubierto una dedicatoria que no vi cuando compré el libro, alguien había escrito en español justo después de la portada una frase cuya firma resultaba ilegible: “Profetizar el futuro es una tarea vana, jugar con él puede ser peligroso”. Jugar con el futuro… ¿era posible? Algo confundido por los efectos del alcohol pensé en la posibilidad de jugar con el futuro. Me pregunté quién habría escrito eso, a quién iba dirigido. Por alguna razón siempre he desconfiado de  ese estúpido  señuelo que es el Tiempo.

»Quizá por eso he fantaseado muchas veces con la posibilidad de un despliegue simultaneo de las posibilidades. Durante aquellos primeros meses en París creí vivir un presente ficticio, una alternativa sin ningún fundamento ni causa, una posibilidad igual de ilusoria y de real que otra, igualmente probable que me habría retenido en Madrid. Seguramente estaría celebrando algo con Alfredo, esperando a ocupar mi previsible lugar en la comedia de las vanidades de la universidad, esperanzado –o quizá ya frustrado, como Alfredo- con los grandes cambios políticos que se avecinaban, y enredado –tal vez fatalmente- en la lacerante madeja sentimental que me había traído a París fingiendo ser quien no era. Al principio creí que había dejado completamente atrás esa imagen ilusoria que reconstruía durante mis primeros meses en París, entre el frío de mi cubículo, los gritos de Constance y Valerie y el rumor de un televisor que me obligaba a ver para practicar mi olvidado francés. Pronto comprendí que no era así. Aquella noche, por ejemplo, sabía que ese otro Morelli estaría haciendo todo eso en Madrid, que ambos seguirían cursos paralelos, y que mientras no se interfiriesen nuestra existencia podía ser simultanea. Pero todavía no lo sabía todo, no sabía que uno puede darse de bruces con so propio yo repetido. El tiempo… el tiempo era el mal.»

Aquella noche, que Morelli relata de forma autobiográfica, era el 20 de noviembre de 1975. Alfredo Sanz y Morelli habían tenido una última conversación telefónica ese día. Esa misma noche la vida de Morelli, al menos del Morelli que aparece en “El Caso Duchamp”, iba a cambiar por completo.

Confieso que sentí cierto desasosiego al leer esas frases, la misma circunstancia concurría de forma idéntica, la misma frase, y el mismo fortuito hallazgo. ¿Era probable que Morelli hubiera firmado alguno de sus inexistentes libros, y que yo mismo lo hubiese encontrado tal y cómo el relataba veinte años antes?

Pronto iba saber que el tiempo acabaría siendo una metáfora, que los cursos paralelos acaban siempre por cruzarse, a menudo de forma imprevista, y que jugar con el futuro, puede ser  -siempre lo ha sido- peligroso.

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El Informe Morelli (5)

El 25 de mayo de 2005, marca la fecha de inflexión en mi inexplicable búsqueda de Víctor Morelli. Pudo no haber ocurrido nada, pudo haber llovido y yo no habría salido siquiera de casa, o en la Librería Resnais, una librería de viejo en la Calle de la Nave en Valencia a la que solía acudir, me pudo atender otra persona en lugar de la chica que me conocía, y cuyo nombre apenas recordaba.

A menudo me he preguntado si todos los acontecimientos casuales que me llevaron a buscar a Víctor Morelli no han sido sino trampas en las que me he dejado enredar, una urdimbre tejida al milímetro y preparada para que yo me perdiera.

Aquel fortuito hallazgo en los Quais, o la dedicatoria impunemente escrita en el ejemplar que compré y que adquirí sin convencimiento, la falaz editorial Hippomenes Sequens y su conexión alquímica con la real Atalanta Fugiens, las pistas dejadas por R. Mutt en sus inverosímiles relatos, las insinuaciones de Alfredo Sanz, y por fin aquel día de mayo de 2005, acontecimientos todos igualmente accidentales… o deliberados.

Luego vendría todo lo demás. La confesión de Alfredo Sanz, el encuentro con Clarisa, mi viaje a Estados Unidos, y por supuesto, L.H.O.O.Q.

¿Azar o necesidad? Dos mecánicas igualmente inverosímiles y falaces en las nos empeñamos en creer, a menudo de forma alternativa según nuestros deseos. Tiempo en suma. Esa gran farsa que parece animar la realidad y que –ahora lo sé-, no es más que un simulacro, un espectáculo cuyo envés esconde la misma nada. El Tiempo, como apunta el propio Morelli en su libro “La Conspiración”, no es más que una ilusión psicológica, una persistente y necia alucinación esquizoide.

Y sin embargo aquella tarde de mayo todo pudo cambiar. Al menos eso me gustaría creer.

Acabé en la Calle de la Nave tras un errático paseo sin objeto ni destino. ¿Las causas? Un día complicado, un problema enredado que me tenía encallado, y que me hería, exponiendo con sombría evidencia mi propia mediocridad como matemático, y un matrimonio –el mío- que se iba a pique sin que yo intentase remediarlo. Todo ello aconsejaba un largo paseo sin otro objeto que el de demorar la vuelta a casa.

Sin saber cómo me encontré en ese estrecho callejón en el que se arraciman, con concentración gremial, las librerías de viejo. Víctor Morelli hacía meses que había desaparecido de mis preocupaciones, sepultado entre escombros de cotidianeidad, aunque su presencia continuaba en cierto modo latente. Nada había averiguado desde mi último contacto con Alfredo Sanz. Había vuelto a visionar algunas viejas películas que Morelli citaba en “Utopías” (“Alphaville” o “La Fuga de Logan”), intentado encontrar sin éxito “La Urdimbre Celeste”, el segundo libro de relatos de R. Mutt, y vuelto a releer una escueta biografía sobre Alain Grolek, nada más. Con el tiempo Víctor Morelli fue desplazándose poco a poco, y ocupando un lugar pintoresco entre los recuerdos que guardaba en la biblioteca.

Aquel día, sin embargo, decidí entrar en la Librería Resnais. Había poca gente, saludé a la dependienta, a la que recordaba haberla importunado durante mi búsqueda de los libros de Morelli y Mutt, y me paré frente a una estantería de libros viejos sin saber qué leía.

-Perdone –me dijo-. Usted buscaba libros de un tal Víctor Morelli, ¿no?

Me quedé mirándola atónito, era una chica de poco más de veinte años, probablemente sería su primer empleo, estaba atareada junto a dos pilas de libros y el teclado del ordenador.

-Pues sí, ¿se acuerda? –respondí.

-Sí, claro –dijo sin dejar de teclear-. Me parece que ha tenido suerte. ¿Tiene prisa?

-No.

-Acabo esto en cinco minutos.

La chica terminó de introducir en la base de datos lo que fuera que estuviera metiendo, seguramente las referencias de las dos pilas de libros que tenía alrededor, se levantó y me dijo:

-No se lo va a creer. Hace dos días nos llegó un lote de libros usados, y entre ellos había varios de Víctor Morelli.

-¿Víctor Morelli o R. Mutt?

-Víctor Morelli y R. Mutt. Ayer terminé de referenciarlos. ¿Todavía le interesan? –preguntó.

-¡Claro que me interesan!… ¿Cómo han llegado aquí?

-Bueno… el lunes se presentó una señora con tres o cuatro cajas repletas de libros. Nos dijo que pertenecían a su hermano que había fallecido hacía poco. Como no sabía qué hacer con ellos nos preguntó si podía venderlos. No eran gran cosa, una biblioteca personal normal y corriente. El señor Resnais les echó un vistazo por encima y fijó el precio. Ella no discutió, cogió el dinero y se largó. Normalmente en casos así el vendedor regatea bastante, todo el mundo cree tener alguna joya, pero la señora parecía tener prisa por desprenderse de todos esos libros.

-¿Y había alguno de Morelli?

-Había varios –dijo-. De Víctor Morelli y de ese Mutt… Todos en un estado aceptable.

-¿Los podría ver? –pregunté ansioso.

-Claro. Algunos libros del lote están ya expuestos en la sección de libros de ocasión, sobre todo los de arte y ajedrez. Pero las novelas y los de Morelli todavía están en los cajones.

Fui con ella tras un mostrador, en el suelo había varias cajas de fruta con libros. La chica, Núria, entonces lo recordé, fue rebuscando entre las cajas e iba dejando en la mesa varios libros cuyos títulos reconocí al instante con creciente estupor: “Utopías”, “El Caso Duchamp”“Cantor’s Hell”, “La Séptima Trompeta”, “La Conspiración”, “Crónicas del Destierro” y “La Urdimbre Celeste”, los dos últimos de R. Mutt.

Faltaba uno: “Psychomid: A Chronicle”. Se lo hice saber a Núria.

-Pues… creo que también estaba. Un momento…

Núria siguió buscando entre las cajas sin encontrar nada más.  Al cabo de un momento se dirigió al ordenador y tecleó el título.

-¡Vaya! Se lo han llevado hoy mismo –dijo-. Este lote lo clasifiqué yo, así que lo más seguro es que lo haya vendido el señor Resnais… Lo siento.

-Me los llevo todos –dije antes de que el señor Resnais, o alguien más, diera la voz de alarma.

Las obras completas, a excepción de un título, de Víctor Morelli y R. Mutt me costaron poco menos de treinta euros. Mientras pagaba y daba las gracias a la diligente empleada hice una última pregunta:

-Una cosa, ¿quién era la mujer que trajo los libros?

-No lo sé –dijo Núria-. Habló directamente con el señor Resnais. Yo estaba ocupada, pero si está interesado puede preguntarle a él mañana. Esta tarde no está… Sí que sé que era una señora de unos cincuenta años más o menos. Vino con un chico que le ayudaba con los cajones.

Los libros de Víctor Morelli:

Todos los volúmenes publicados por Hippomenes Sequens guardaban el mismo y simple formato: libros pequeños encuadernados en rústica, con tapas blancas y el mismo diseño de portada, dibujos geométricos imitando composiciones de Mondrian o Kandinsky y el título con tipografía de máquina de escribir. Habían elegido una curiosa clasificación, Mondrian para los ensayos (“Utopías” y “Cantor’s Hell”) y Kandinsky para las novelas (“El Caso Duchamp”, “La Séptima Trompeta” y “La Conspiración”).

En cuanto a los libros de Mutt, eran ediciones de Atalanta Fugiens, idénticas al ejemplar que ya poseía de “Crónicas del Destierro”.

Estaba claro que Víctor Morelli no era dado a publicar contundentes volúmenes repletos de páginas, los ensayos eran cortos, poco más de cien, y con las novelas se había estabilizado con el formato de las doscientas. Un tipo sistemático.

Lo primero que hice fue consultar los ISBN’s. Mis dos ejemplares de “Utopías” tenían el mismo, y fraudulento, número, los restantes libros de Hippomenes Sequens, como supuse, tenían igualmente números falsos. Víctor Morelli la había tomado con la misma editorial de reconocido prestigio, todos los ISBN’s correspondían a antologías de poetas ingleses, una marca de fábrica: Donne, Milton, Pope, Shelley y Blake.

Me pasé toda una semana enfrascado en la lectura de los libros de Morelli, casi desatendiendo mis obligaciones en la universidad, olvidando las soluciones singulares del Flujo de Ricci, y dando por perdido definitivamente mi matrimonio. Opté por una lectura sistemática y cronológica: “El Caso Duchamp”, “Cantor’s Hell”, “La Conspiración” y “La Séptima Trompeta”. Doy a continuación una breve sinopsis de todos ellos:

El Caso Duchamp (1985)

En un primer momento “El Caso Duchamp” fue el volumen que más me sorprendió. Se trataba de un relato autobiográfico, escrito en primera persona y protagonizado por el propio Víctor Morelli. En sus poco menos de doscientas páginas Morelli hacía una crónica novelada de su periodo parisino, 1974-1979. Lo leí con avidez sin saber siquiera si lo que estaba contando era cierto.

Morelli hace uso de la narración múltiple, construyendo una trama usando retales y fragmentos, y consiguiendo que el propio Morelli, que aparece como narrador en sus dos primeros capítulos, consiga diluirse a medida que se suceden las páginas. Documentos, anotaciones de otros personajes, cartas, artículos periodísticos… van sustituyendo paulatinamente al narrador Morelli hasta su enigmática desaparición al final del libro.

El argumento es curioso: una organización secreta y bufonesca, autodenominada L.H.O.O.Q., llamada así en honor al célebre ready-made de Marcel Duchamp del mismo nombre de 1919 (una reproducción de la Gioconda a la que Duchamp le había añadido un bigote y perilla, y el enigmático acrónimo L.H.O.O.Q.), se dedica al robo y la falsificación de obras artísticas y rarezas bibliográficas. La organización está dirigida por un tal Jean van Hoonerth, un holandés de carácter mefistofélico y luciferino, Morelli es invitado a formar parte del grupo por mediación de Sigfrido Robledo, un español exiliado en París experto falsificador, y junto a una extravagante colección de timadores, personajes inclasificables y extraños iluminados, L.H.O.O.Q prospera y hace dinero. Sin embargo todo se tuerce a partir de 1977, sus miembros se toman con demasiada seriedad el carácter secreto de L.H.O.O.Q., y lo que empezó siendo una peculiar broma empieza a adquirir tintes macabros y siniestros. Conjuras, peligrosas afinidades, un extraño misterio relacionado con el propio Marcel Duchamp y acontecimientos inexplicables que hacen preguntarse por la consistencia de la misma realidad. Todo salta por los aires cuando uno de sus miembros, Pierre Menard, aparece asesinado.

Pero tendré ocasión de hablar largo y tendido del Caso Duchamp en este informe. Baste decir que ya se trate de realidad o ficción, los acontecimientos descritos en sus páginas, algunos de los cuales es posible rastrearlos en las páginas de sucesos, dibujan una inquietante imagen de Víctor Morelli.

Cantor’s Hell (1987)

El Infierno de Cantor. El título hace inequívoca referencia a la famosa frase del matemático David Hilbert pronunciada en relación a la Teoría de Conjuntos enunciada por Georg Cantor a finales del siglo XIX. Según Hilbert, la teoría de Cantor debía ser “el paraíso del que nadie podrá expulsarnos jamás”. Y sin embargo la Teoría de Conjuntos es un paraíso repleto de monstruos.

El Infinito, ese resbaladizo y difuso concepto que ha atravesado la filosofía y la ciencia desde Anaximandro. Es complicado escribir una historia del Infinito, aunque sea breve, poco más de cien páginas, sin embargo Víctor Morelli lo intenta. Morelli hace un curioso y somero repaso a las concepciones del infinito a lo largo de la historia hasta llegar a la definitiva formalización del concepto que realiza Cantor en la Teoría de Conjuntos. Pero es aquí donde se opera un giro inesperado, como si el paraíso formal deviniera en infierno, Morelli se detiene en las paradojas y las “monstruosidades” que aparecen al confrontar el infinito con arquetipos de escala humana. Una huida hacia la locura, como la del propio Georg Cantor, preso de obsesiones pertinaces e infiernos personales.

La Conspiración (1989)

Un día de Octubre de 1946 Ludwig Wittgenstein aparece salvajemente asesinado en sus habitaciones del Trinity College en Cambridge. Alguien le ha roto el cráneo con un atizador de hierro. Los hechos ocurren la noche inmediatamente posterior al célebre incidente entre Wittgenstein y Popper en la Sociedad de Ciencia Moral de Cambridge, donde un Wittgenstein visiblemente alterado por las afirmaciones de Popper enfatizaba su postura de manera amenazante atizador en mano. La acción trascurre en una Inglaterra irreconocible y fantástica, devastada e infectada por la neurosis apocalíptica de una guerra inminente. Un pasado posible de los muchos que pudieron ser y que quedaron arrinconados por el camino que definitivamente acabó tomando el tiempo. Cambridge abandonado y poblado por espectros, un estado al borde de la locura totalitaria, y un crimen, el de Ludwig, que queda aparentemente resuelto.

Veinte años después, uno de los protagonistas de los hechos, Charles Montag, vive exiliado en Bensalem, la metrópoli más importante de La Zona, un lugar indeterminado e imaginario, arquetipo de fantasías futuristas y propuestas utópicas. Felicidad soñada gracias a los psicofármacos y diversión estandarizada de la mano de la omnipresente televisión. En ese lugar, donde Montag creía haber marchado para enterrar su memoria, se verá forzado a revivir los acontecimientos que provocaron la muerte de Wittgenstein, y responder a una inquietante pregunta: ¿Qué es La Zona?

La Séptima Trompeta (1993)

Un Apocalipsis cercano y posible. Todavía atenazado por la política de bloques en descomposición, el mundo sufre una conmoción que ni siquiera las dos grandes potencias son capaces de ocultar. Un enorme asteroide, el Heracles, del grupo de los Apolos, se acerca inexorablemente a la Tierra en una inequívoca trayectoria de colisión. Pero el inevitable y destructor encuentro no se producirá de inmediato, sino dentro de un plazo inquietante, veinticinco años. Tiempo suficiente como para que Víctor Morelli especule con las consecuencias que podría traer un acontecimiento semejante. Habrá gente que morirá antes del encuentro, a otros les sorprenderá en un crepúsculo del que quizá no esperen nada, y a los que no sean conscientes les tocará vivir la hecatombe en la madurez de sus vidas. Sentimientos y pareceres encontrados. “La Séptima Trompeta” es un ejercicio de simulación social. Es una novela coral donde varios relatos independientes se engarzan mediante el tema del asteroide, cubriendo un plazo de sólo dos años, y dejando totalmente en suspenso la resolución. Los protagonistas cubren todo el espectro social, desde grandes mandatarios hasta la gente corriente. En los años en los que transcurren los relatos, principios de los noventa, no hay remedio posible para el desastre, tan solo vagas y fantásticas promesas. Un Apocalipsis a plazo fijo, y sus consecuencias.

Y esos son los libros de Víctor Morelli.

Falta “Psychomid: A Chronicle”, cuyo argumento, o incluso existencia, a día de hoy, me es del todo desconocido.

Víctor Morelli no es Stendhal, ni Kafka, tampoco Orwell ni Huxley, ni siquiera Chandler o Simenon. Su literatura no subirá a los altares, pero seguro que no arderá en los infiernos. Morelli hace guiños a autores consagrados y películas famosas, elabora tramas imaginativas y desconcertantes, combina elementos conocidos de la literatura de género; y usa todo ello como si fueran las piezas de un juego, una combinación donde la novedad reside en una imprevista ordenación de los elementos que el lector debe esforzarse por descubrir. Morelli es tan buen escritor como matemático, siempre le faltará esa chispa de talento que consigue que todo prenda en llamas.

En cuanto a “La Urdimbre Celeste”, libro publicado por R. Mutt, sigue las mismas pautas que “Crónicas del Destierro”, fiel a la ciencia-ficción pulp. Un futuro cercano en esta ocasión, viajes interplanetarios, explotaciones mineras en la Luna y estaciones espaciales soviéticas, todo ello sazonado con abundantes dosis de humor negro, acontecimientos fantásticos, y, cómo no, sexo.

Tras la lectura de los libros de Morelli mi intención fue averiguar quién había sido el propietario de los mismos, y en la medida de lo posible, cómo se había hecho con ellos. Mi única pista era la mujer que vendió los libros en la librería Resnais. Me presenté allí una semana después con la intención de hablar con el señor Resnais y pedirle información al respecto. No encontré a Núria por ninguna parte, tampoco al señor Resnais. Uno de los empleados a quién pregunté me dijo que no se encontraba allí, pero que podía dejarle un recado.

-La otra vez me atendió una chica –dije-. Creo que se llamaba Núria, ella me dijo que podía hablar con el señor Resnais.

-Núria no está –me dijo el dependiente en un tono seco.

-¿Tampoco viene hoy?

-No. No viene.

-¿Y no sabe cuando vendrá?

-Pues no creo que venga. Ya no trabaja aquí. Se ha ido.

-¿Se ha ido? Hace sólo una semana trabajaba aquí.

El dependiente se sentía incómodo, intentaba cortar la conversación y desviar el tema, con evidente torpeza.

-¿Se ha ido o la han despedido? –insistí

-Mire señor, si desea algo le puedo ayudar… pero no le voy a contestar a eso… Si quiere hablar con el señor Resnais me lo puede decir a mí.

-¿Y cuándo estará el señor Resnais?

-No lo sé. Suele venir todos los días, pero no tiene un horario fijo

-Entiendo.

Me marché. Como era evidente a Núria la habían despedido, y yo tenía la sospecha de que había sido por mi causa.

Con el tiempo me he preguntado si en aquel instante había traspasado ya alguna línea imaginaria, si me había colocado al otro lado de un horizonte de sucesos que haría imposible el retorno. ¿Pude olvidarlo todo? Olvidar a Víctor Morelli, arrinconarlo en algún lugar de mi biblioteca del que pronto me olvidaría, continuar con mi vida, mis estériles clases en la universidad, o seguir con la agonía de un matrimonio cuyo destino no era otro que una burda comedia, silenciosos reproches y miradas ausentes…

He acabado por convencerme de que cuando adquirí esos libros, cuando salí de la Librería Resnais, ya me encontraba al otro lado, una línea invisible me separaba irremisiblemente de mi vida anterior. Quizá pensar de esa forma me haya ayudado a no volverme loco. Lo que nunca he logrado responder es cuándo sucedió aquello. El momento exacto en el que pude echarme atrás.
EL INFORME MORELLI (1-5)

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El Informe Morelli (4)

La antigua carretera N-III es hoy una cicatriz seca y vieja, y su fatigado trazado hace tiempo que ha sido sustituido por la moderna autovía A3, sólo quedan algunos tramos transformados en olvidadas carreteras locales, y segmentos fantasmas que no conducen a ninguna parte. Cuando regresé de Madrid aquel día no pude evitar apartarme de la autovía y dirigirme al Embalse de Contreras, en el tramo construido sobre la presa fue encontrado el coche de Rivero. Hoy está desierto.

Pueblos que sobrevivían gracias al tráfico entre Madrid y Valencia, bares, clubes de alterne, y hostales. Lugares de paso, de tránsito, que escondían burbujas de tiempo perdidas en un viaje apresurado, o en la repetida travesía del transportista. Hoy han quedado arrinconados, devueltos a su bucólico estado, localidades con encanto donde pasar un fin de semana y que suspiran por el inflado turista urbano.

Un coche de lujo abandonado en la cuneta llamaba mucho la atención. Alfredo Sanz parecía sugerir una emboscada: una llamada, Rivero que se marcha a Valencia, y alguien que le sigue como un depredador. ¿Un atraco? Quizá. Como aseguraba Alfredo, hacía demasiado tiempo de todo aquello.

¿Y Víctor Morelli?

Cuando le entrevisté Alfredo Sanz se apresuró a cortar de raíz una insinuación que yo ni siquiera había hecho. Era extraño, durante mi conversación intentó disimular un evidente resentimiento contra Morelli. Los celos del amigo abandonado por una mujer espectacular, o la desazón de saberse engañado. En cualquier caso  su “vago y brumoso” recuerdo de Víctor Morelli parecía fresco, daba detalles con demasiada precisión, aunque los intentara difuminar con olvidos más o menos fingidos. Tal y como me contó, Sanz había militado en pequeños partidos de izquierda durante la Transición, pero como pude comprobar, su recorrido había sido problemático, no había habido vuelta al redil sino una huida hacia la radicalidad que pudo provocar su expulsión de la universidad debido a una sanción. Luego el silencio, y una cátedra al final de su carrea, por los servicios prestados.

Una semana después recibí un e-mail de Alfredo Sanz.

Las observaciones de Alfredo Sanz, lejos de aclarar la situación, no hicieron más que enmarañarlo todo todavía más. En su e-mail contaba que había leído con atención –y creciente interés- el libro de Víctor Morelli, “Utopías”. Alfredo creía reconocer a su antiguo amigo en las líneas impresas en ese volumen de fraudulenta editorial, sin embargo tenía la vaga sensación de que quien escribió ese libro no acababa de encajar de manera perfecta en la imagen que él mismo tenía de Víctor Morelli. Alfredo Sanz lo atribuía al paso del tiempo, y a la necesidad de llenar los vacíos de la memoria con la propia imaginación.

Añadía que creía recordar alguna conversación con Morelli en la que éste había fantaseado con la idea de la desaparición, con la fascinación que le producía un anonimato total. No ser nadie ¿Era sincero Alfredo Sanz? En aquel momento creí que no.

Alfredo Sanz volvía a insistir en el incidente de Jorge Rivero, y relacionar la absurda partida de Morelli con su aparente ruptura con Ana Noguera. Por lo demás el e-mail de Alfredo Sanz no aportaba nada más, incluso dejada entrever un interés mal disimulado por el libro.

Autopistas, carreteras, huídas sin retorno. Y desapariciones.

Supongamos que nos colocamos al otro lado del anonimato. Olvidémonos de las motivaciones que nos han llevado allí, qué fue lo que nos indujo a traspasar la línea, la frontera de no retorno. Y ver la vida, el mundo que dejamos para no volver, dese ese otro lado.

Resulta tentador quizá pensar en esa idea. Ver la vida a la que uno ha pertenecido, tan sólo un momento antes, como un espectador, como voyeur tan vez. Saberse extraído de esa red causal de la éramos partícipes, huir de todo aquello que hemos puesto en marcha con nuestra desaparición inexplicable.

La pregunta no es tanto por qué alguna gente decide desaparecer sin causa que lo justifique, sino tal vez, qué es lo que hace que algunos logren ver esa frontera que nadie es capaz de adivinar.

Me vienen a la cabeza historias que se cuentan en estos casos:

Un día un alguien percibe, con la fuerza de una revelación, que todo aquello de lo que forma parte, su vida, no es más que algo ajeno, falso quizá. No se detiene siquiera a recomponer algo irreparable, allí mismo, sentado en la barra de un bar tomando el almuerzo, o en el taxi, o en el lavabo de su lugar de trabajo, él (o ella) decide poner fin a todo. Es en ese momento cuando se vislumbra esa frontera, el agujero que se cerrará de forma irremisible nada más lo cruce. Pero tiene que hacerlo ya, antes de que ese segundo de lucidez se borre para siempre, se desdibuje en una ocurrencia absurda que no le volverá a importunar. Y lo hace. Porque todo aquello que deja atrás ha dejado de formar parte de su vida, de manera súbita.

Él (o ella) desaparece de forma inexplicable.

Años después alguien logra dar con su rastro, en otra ciudad, en otro país tal vez. Diez, veinte, treinta años, o sólo cinco. Vive una nueva vida, otro trabajo, otra familia quizá, otro nombre y una nueva identidad. Él (o ella) trata de hacerte ver, a ti que le has encontrado, que no tuvo otra elección, que aquel día lo vio todo tan claro que le pareció imposible hacer otra cosa. ¿Por qué?, le preguntas, y él (o ella) contesta que lamenta el dolor causado, la falta de noticias, que todavía siente, como una herida que le quema el alma, el recuerdo de la gente a la que quiso, marido, mujer, hijos, padres… Pero no tuve elección, te dice, vi que aquello en lo que andaba metido no era mi vida, mi trabajo, mi familia, yo mismo…  Que todo aquello por lo que había luchado, que mi vida de la que me sentía satisfecho, ni siquiera me pertenecía, verlo todo como si fuera una inmensa broma de la que tú, hasta ese momento, no habías sido consciente. Saberse un juguete del azar, que nada motivó las decisiones más importantes de tu vida, salvo una conjunción absurda de circunstancias que podían haber sido otras, algo totalmente contingente. Entonces te sobreviene esa especie de pánico, te dice él (o ella) mientras te cuenta su historia sentado en la mesa de un café, o en el banco de un parque, sientes ese pánico incontrolable mientras te aferras con la mirada a la taza de café que estás tomando durante el almuerzo, o ves cómo esas imágenes que vuelan a otro lado de la ventanilla del taxi pierden la consistencia que las dotaba de sentido. Sientes  miedo, quisieras gritar, correr, y no puedes.

Y es entonces cuando ves esa puerta, le dices. Sí, te contesta él (o ella) sin mirarte a los ojos. Lo ves, lo percibes como una salvación, un milagro, y te das cuenta de que esa oportunidad no se va a volver a presentar jamás, ahí está. No lo piensas. Cuando lo has hecho, te das cuenta de lo fácil que ha sido todo. Y ves cómo se cierra esa puerta, estás sentado en el mismo sitio, en la barra de un bar, o meando en los lavabos del trabajo, pero ya estás al otro lado, todo huye a la velocidad de la luz, inalcanzable. Y te dices que tan solo bastaría volver al trabajo, o llamar a tu mujer, o a tu marido, y preguntarle cómo está, cualquier cosa, pero no lo puedes hacer, sientes cómo todo ha volado por los aires.

Entonces te encuentras sentado en el asiento de un tren, o un autobús, o quizá un avión, has comprado el pasaje con el poco dinero que llevabas encima. No piensas, actúas como un autómata. Ese pánico de hace un rato se ha convertido en un tobogán, en una espiral irresistible a la que te aferras. Y sientes que, por primera vez en tu vida, el tiempo te pertenece… No sé si me comprende…

Tú le dices que le has buscado porque otros te lo han pedido, que no te gusta hurgar en la vida de nadie pero que hay que arreglar ciertos asuntos, flecos que siempre quedan. Lo sé, contesta él (o ella), al final el pasado siempre te alcanza, no importa lo que uno corra, dice, o dice alguna otra frase parecida, sacada de alguna novela o película que ha visto. Te preguntas hasta qué punto todo lo que ha hecho no lo ha visto antes en el cine, o en la televisión. Te vas dándole un número de teléfono, una dirección. Intestas decirle algo, pero te callas.

Te callas, porque piensas que lo que le ibas a decir a él (o a ella) también lo sabe, y que no te lo ha confesado por vergüenza. Te vas de allí evitando que él (o ella) lo cuente, no sabiendo si has actuado bien, si quizás deberías haber dejado que terminara de hablar del todo, o dándole a entender que tú también lo sabes y que tratas de evitarle el mal trago de tenerlo que confesar, mostrándole así tu conmiseración.

Y le dejas a él (o a ella) sentado en la mesa de un café, en una ciudad extraña, te giras y todavía le ves mirando por la ventana, o removiendo con la cucharilla un café ya frío que no se tomará. Y no, no has querido decirle que después de todo, de su huida, de aquella ventana de oportunidad que vislumbró aquel día, hace años, ha vuelto al mismo sitio. Que tanto tiempo dando tumbos, huyendo por esa espiral, no ha servido para nada, que ahora se encuentra en el mismo lugar que aquel día, en otra ciudad quizá, con otros rostros, en otras circunstancias, pero en el mismo lugar. Ya no habrá más agujeros por donde escapar, nunca los hubo, o si los hubo no fueron sino bucles que tras una ilusión de movimiento le dejan a uno en el mismo sitio.

¿Era ese el caso de Morelli? Entonces todavía lo creía algo más prosaico.

¿Qué ocurrió en París entre 1974 y 1979? ¿A qué se dedicó Víctor Morelli?

Trabajaría, sin duda, probablemente en algún trabajo anodino, vegetaría en París o se dedicaría a aluna cosa más lucrativa. Abandonar las matemáticas puede ser la cosa más fácil o más difícil del mundo, sólo hay que tener un motivo lo suficientemente poderoso para ello, sobre todo si se navega en esa difusa franja que separa la mediocridad de la brillantez.

¿La escritura? Puede ser un sustitutivo, quizá. En aquellos meses todavía veía a Víctor Morelli como un joven desilusionado, un desencantado que decide exiliarse para dejar a su espalda un pasado que no podrá olvidar. Ana Noguera, Alain Grolek y sus frustradas aspiraciones como investigador, su previsible futuro como profesor universitario en España… demasiados lastres para alguien como Morelli. Es muy posible que su actitud inicial fuera esa… luego, vendría todo lo demás.

Segunda mitad de los setenta en París, noticias entresacadas de las páginas de sucesos:

El 16 de septiembre de 1975 muere Alain Grolek por ingestión de barbitúricos.

El 13 de diciembre de 1975 aparece asesinado en el metro de París Stefan Horowitz, uno de los alumnos predilectos de Grolek. Había desaparecido una semana antes. Caso sin resolver.

El 26 de diciembre de 1976, aniversario del nacimiento de Mao, Action Révolutionnaire 10éme Assemblée (AR-10), comete su primera “acción”. Jacques Noret, de cuarenta y dos años, profesor de filosofía en la Sorbona, es encontrado atado a una farola, completamente desnudo, rapado y amordazado, su cuerpo estaba cubierto de excrementos y presentaba evidentes signos de haber sido torturado, pero estaba vivo. Junto a él se encontró un documento reivindicativo justificando el “escarmiento” por revisionista.

El 23 de enero de 1977 se subasta en una galería parisina, #42 de Jackson Pollock. Una semana más tarde su nuevo propietario, una compañía aseguradora de Suiza, denuncia a la policía que la obra es una falsificación, pero inexplicablemente dos días después rectifica y pide disculpas públicamente por la acusación. #42 fue vendida de nuevo tres años más tarde a un coleccionista privado por un precio similar al de la compra.

5 de abril de 1977. Comienzan los “Seis Días de Abril”, o la “Ofensiva de Action Révolutionnaire”. Entre el martes cinco de abril y el domingo diez, AR-10 se haría mundialmente famosa por el asesinato de un miembro del PSF, el intento de asesinato de un dirigente de la UDF y el secuestro del hijo de uno de los directivos más importantes de la petrolera ELF, que fue liberado previo pago de un rescate un mes más tarde.

15 de noviembre de 1978. Se dan a conocer en París unos diarios desconocidos, y bastante comprometedores, de Ludwig Wittgenstein, “Diarios secretos de Cambridge”. Todo un pelotazo. Los albaceas del legado de Wittgenstein acusan a Pierre Menard, el propietario de los manuscritos, de fraude. Sin embargo no se logra demostrar nada.

12 de enero de 1979. Salta el escándalo Menard. Pierre Menard, anticuario, bibliómano y descubridor de pequeños tesoros bibliográficos es acusado de falsificación, le llueven las denuncias por todas partes y es puesto en busca y captura. Desaparece.

14 de febrero de 1979. Isabelle Bordier, esposa del Laurent Degrenville adjunto en cuestiones económicas del Ayuntamiento de París, es detenida junto coon su padre, Pascal Bordier,  y acusada de fraude y evasión de divisas. El escándalo obliga a dimitir a Degrenville y varios miembros del gobierno municipal próximos al alcalde. Sin embargo contra Degrenville no se recae ninguna acusación.

18 de marzo de 1979. Pierre Menard, o lo que queda de él, es encontrado muerto en el Sena. Una enorme maleta aparece varada en los márgenes del río, entre el Pont de Sully y el Pont d’Austerlitz. En su interior aparece el cuerpo primorosamente seccionado de Pierre Menard con una herida de bala en la sien. Caso sin resolver.

23 de abril de 1979. Los servicios antiterroristas desarticulan Action Révolutionnaire 10éme Assemblée (AR-10). Detienen en París a los ocho miembros de la cúpula dirigente.

Noticias aparentemente inconexas, sin embargo la sombra de Víctor Morelli iba a planear, de alguna u otra forma, sobre todas ellas. Pero entonces yo todavía no sabía nada, seguía siendo todavía un juego.
EL INFORME MORELLI (1-5)

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El Informe Morelli (3)

La noticia era la siguiente:

El domingo 24 de noviembre de 1974 Jorge Rivero, socio principal del prestigioso bufete de abogados de Madrid Rivero y Asociados, y esposo de Ana Noguera, abogada del mismo despacho, desapareció de forma trágica en la Carretera Nacional III a la altura del Embalse de Contreras.

El caso tuvo relativa resonancia en las páginas de sucesos durante algunos días. Un coche, un Mercedes SE de lujo, fue encontrado la noche del día 24 de Noviembre por una patrulla de la Guardia Civil en el tramo de la N-III situado junto al Embalse de Contreras en dirección a Valencia. Tenía la puerta del conductor abierta y la ventanilla derecha bajada; faltaba la documentación, el radio-casete y la batería estaba descargada. El coche pertenecía a Jorge Rivero, nada más se supo de él desde aquel día.

Jorge Rivero tenía una cita en Valencia al día siguiente y decidió ir en coche esa misma noche desde Madrid, según declararon en el bufete. Se barajó desde el principio la hipótesis de una agresión, o un robo, tal vez un suicidio. La Guardia Civil estuvo peinando la zona durante semanas, incluso unos buzos trataron de encontrar el cuerpo en el pantano, pero se tuvo que abandonar la búsqueda varias semanas después ante la falta de resultados. No había signos de lucha en el coche, ni testigos y las investigaciones tampoco condujeron a ninguna detención. Tras los primeros meses la desaparición de Jorge Rivero dejó de ser una prioridad para la comandancia provincial de la Guardia Civil, y con el tiempo el caso pasó a engrosar la lista de desapariciones sin resolver.

Según afirmaba mi informante Ana Noguera y Víctor Morelli habían sido amantes al menos desde 1973.

Así pues una relación peligrosa, una lamentable –quizá oportuna- desaparición, y Víctor Morelli que decide quitarse de en medio marchándose a París para estudiar con Grolek.

En un primer momento pensé que Morelli se había dedicado a escribir y que, por alguna extraña razón, habría autoeditado parte sus obras, dándoles incluso la pátina de publicaciones reales: una editorial imaginaria, ISBN’s ficticios… y uno de los ejemplares que termina, fruto del azar, en un puesto callejero de París. Misterio resuelto. O casi.

Consulté por curiosidad en la base de datos las publicaciones científicas de Morelli durante los años setenta y ochenta, no encontré ni una sola. Algo inaudito para alguien que hubiera estudiado con Alain Grolek, aunque solo fuera durante unos meses. El propio Grolek moría en septiembre de 1975 sin que nadie pudiera dar razón de las causas de su suicidio, vivía solo, apenas tenía parientes y muy pocos amigos. El 16 de septiembre de 1975 Grolek decidió tragarse un frasco de barbitúricos (seconal) en la habitación 212 del Hotel Mercure de París.

Demasiadas desapariciones relacionadas con un solo hombre, me dije, Víctor Morelli parecía no traer demasiada buena suerte.

Decidí dejar el tema ahí. Todo eso ocurría en el mes de abril de 2004, en junio tenía previsto asistir en la Complutense a un ciclo de conferencias sobre la demostración de Grigori Perelman de la Conjetura de Poincaré y postergué para entonces una visita a Alfredo Sanz, contacto que mi informante me aseguró que había conocido a Morelli y las circunstancias de la desaparición de Rivero. Ambos habían estudiado por las mismas fechas allí y habían sido amigos. Alfredo Sanz había acabado como catedrático en la Complutense.

¿Por qué esa insistencia personal en Morelli? Es difícil contestar a esa pregunta, al menos de forma que justificara mi interés en aquellos primeros meses. Podría decir que fue la enigmática dedicatoria de “Utopías”; o esa desconcertante ausencia del Morelli escritor de cualquier registro, aunque yo poseyera uno de sus libros. Sin duda podría esgrimir para justificarme las circunstancias de su –casi- huida, sin embrago sé que todo ello vino a posteriori. En un principio no tenía la más mínima intención de visitar a Alfredo Sanz, el motivo no era la falta de interés, sino la incapacidad para explicarle mi inusitado interés acerca de alguien que parecía haberse convertido en una sombra.

Morelli se convirtió en una fijación absurda en aquellos primeros meses, un juego inocente –así lo creía-, una diversión enigmática que calmaba el tedio… Entonces todo eran simulacros, ficciones.

Cito unas palabras del propio Morelli escritas en “La Conspiración”:

“¿Cuál es el valor de lo ilusorio? ¿Qué importancia damos a las ficciones que nosotros mismos construimos, o creemos construir? El hecho de que Cambridge tuviera cierto aire a casa encantada no se debe tanto a la presencia de esos ‘fantasmas’ de la conciencia o del pasado, como a la importancia que se da a lo ilusorio, al efecto que nuestras propias construcciones causan inadvertidamente. Experimentar aquello que nos pertenece y nos es propio como algo ajeno, sentirlo como lo otro. Ser participes de la falacia de la enajenación.”

A veces he pretendido encontrarme a mí mismo en la ilusoria figura de Morelli, quizá sea eso. Sin embargo tras ese nombre siempre hubo la certidumbre de algo fatal; recuerdos que acechan como espectros.

Alfredo Sanz era catedrático de Geometría en la Complutense en 2004, también fue amigo de Víctor Morelli. Tras mucho pensármelo, decidí citarme con él y preguntarle por Morelli. Un sábado de Junio de 2004, tomando un café y una tónica en una terraza de la Calle Bravo Murillo, y tras fusilarme a preguntas acerca de ese ruso loco de Perelman y de cómo había logrado extirpar las singularidades que producía el Flujo de Ricci, le hablé de Víctor Morelli.

Alfredo Sanz era una persona gruesa, algo maltratado por el paso del tiempo, sufría grandes arrugas que surcaban su frente y lucía una impoluta calva, pero seguía conservando una mirada inquisitiva y curiosa de ojos negros. Por supuesto que se acordaba de él, aunque de forma algo vaga –me dijo-, y no sin cierto resquemor. Habían sido colegas, y hasta cierto punto, amigos.

-Víctor, claro. Durante un tiempo fuimos amigos, buenos amigos, hasta todo el lío que tuvo con la mujer de hijo de puta de Jorge Rivero. Era buen matemático aunque no tanto como él creía. Y un mentiroso–me dijo.

-¿Mentía? –afirmé

-A veces.

Le conté la historia de “Utopías”, libro que había traído conmigo, le hablé de Atalanta Fugiens e Hippomenes Sequens, y de los libros que Morelli había publicado ahí. Acabé haciéndole partícipe de mi investigación y de mi sospecha de que Morelli hubiera podido publicar historias fantásticas bajo el seudónimo de R. Mutt. Alfredo tomó el libro y lo hojeó atentamente, estuvo varios minutos leyendo al azar páginas del mismo, y se detuvo igual de intrigado ante la dedicatoria firmada por el propio Morelli.

-Me suena –dijo Alfredo.

-¿El libro?

-No. La frase –contestó-. No lo recuerdo… pero ahora que la leo… no lo sé. Igual la he leído en alguna parte. Es curioso, ¿no?

-¿Y la firma?

-La firma es de Víctor.

-¿Sabía si Víctor Morelli escribía? –pregunté.

-No tenía ni la más remota idea de que Víctor se dedicara a escribir, aunque sólo fuera como afición –dijo Alfredo-. A mí no me contó nada, cuando le conocí sólo le interesaban las matemáticas, los espacios fibrados y la topología algebraica. Si se dedicó a escribir fue con posterioridad a su marcha a París.

-¿Qué pasó en  París? –pregunté intrigado.

-No lo sé.

-¿No estudió con Alain Grolek?

Alfredo Sanz sonrió, pareció esperar a le hiciera esa pregunta. Se acabó su tónica, y dijo sonriendo:

-Pues no.

-¿Qué quiere decir?

-Quiero decir que no se qué narices acabó haciendo en París. Estudiar en el Instituto Henri Poincaré con Alain Grolek no, desde luego. Aunque fingió hacerlo durante un año más o menos.

Podría decir que aquello que me contaba Alfredo Sanz me sorprendió, pero no, no fue así. En el fondo espera algo parecido. Algo debió de truncar la prometedora, y probablemente, anodina carrera académica de Víctor Morelli. ¿Su relación con la mujer de Rivero, quizá? ¿O había algo más? Alfredo Sanz prosiguió, parecía divertirle contarme aquello:

-De todo ello hace treinta años… demasiado tiempo. Recuerdo que la última vez que hablé con Víctor fue el 20 de noviembre de 1975.

-Vaya.

-Sí. Le llamé yo mismo y fue para decirle que Franco había muerto. Por entonces todos creíamos que seguía en el Instituto Poincaré… pero ni siquiera había ingresado.

»Empezó la tesis aquí, en la Complutense, era algo relacionado con Grolek, no me acuerdo… los Teoremas de Compactificación, creo, entonces estaban muy de moda. Se la dirigía el catedrático Tadeo Echegaray, un gran profesor… Pero después de un año quiso ir a París y que fuera el mismo Grolek quien le supervisara. Eso era picar muy alto, demasiado, había que ser bueno, realmente bueno para estudiar con Grolek, y no es que Morelli fuera mediocre pero le faltaba, no sé, ese instinto asesino que tiene la gente brillante. Supongo que me entiende.

-Si

-De todas formas inició los trámites para conseguir una beca en la Sorbona –continuó Sanz-. Y en 1974 anunció a todo el mundo que se la habían concedido. Se marchó en noviembre.

-Pero no se la concedieron –afirme.

-Víctor tenía un buen expediente, podía haber ido a estudiar a la Sorbona… pero no con Grolek. Alain Grolek sólo dirigía a los mejores.

»Nunca entendí por qué lo hizo. Si quería irse podía haberlo hecho, y Víctor no era presuntuoso, si Grolek no le aceptó pudo irse a cualquier otro sitio sin necesidad de fingir, ¿para qué fingir?

-Quizá fuera Ana Noguera.

-Ah, la señora de Rivero…  ¿Tanto le interesa Víctor?

-Pues… confieso que a medida que voy sabiendo cosas de su vida mi interés va en aumento…

-Bueno… ese es un tema delicado –me explicó Alfredo Sanz-. Recuerdo a Víctor como una persona fría, a veces podía resultar un poco distante, pero nunca fue alguien de trato difícil. Era el tipo de persona que nunca comienza una conversación… Pero Ana Noguera lo cambió todo. Le cambió. Lo cierto es que era una mujer capaz de hacer perder la cabeza a cualquiera.

Alfredo me contó que Ana Noguera había estudiado derecho en Estados Unidos, de buena familia, tenían excelentes contactos con la nueva clase que iba a dirigir el país en los próximos años. Se había casado con Jorge Rivero en octubre de 1968, el socio mayoritario de un prestigioso bufete de abogados de aquella época que había estado ligado a varios ministros de Franco.

-La historia… ya sabe, propia de aquellos años –contaba Alfredo Sanz-. Jorge Rivero vería en el matrimonio un trampolín para sus aspiraciones en los años próximos, y ella, bueno supongo que le querría. No lo sé, ya nadie se acuerda de Rivero. El caso es que cuando Víctor conoció a Ana el matrimonio era un desastre. El propio Víctor me lo contó… cuando ya se había enredado con Ana hasta las trancas.

-¿Cómo conoció a Ana Noguera?

-No tengo la menor idea –contestó Alfredo Sanz-. No era el tipo de ambientes en los que se moviera Víctor, aunque Víctor… no sé, podía ser imprevisible en según qué aspectos de su vida. Cuando me enteré ya era una relación peligrosa…

-¿Peligrosa?

-Si bueno, era Jorge Rivero, tenía mucha influencia… y la capacidad de hacerle la vida imposible a cualquiera, al menos a cualquiera como Víctor.

»Ana y Víctor se conocieron más o menos en el setenta y dos –continuó Alfredo-. Ana era diez años mayor, y bueno, era espectacular, la recuerdo como Ava Gadner, o algo así. Les vi en una ocasión un verano, en Valencia, donde Ana tenía una casa… en El Saler, creo recordar. A veces iban allí cuando no podían verse en Madrid. Yo era casi el único en la Facultad con el que hablaba de temas personales.

»Aquello no podía terminar bien, un conocido abogado franquista toreado por un tal Morelli, matemático. Para mí que aquel viaje de Rivero a Valencia no fue para entrevistarse con ningún cliente, como se puede figurar.

-¿Qué cree que paso?

-¿Con Rivero?… Le mataron, y probablemente arrojaron el cadáver al pantano… Y no intente hacer cábalas con Víctor. Rivero tenía demasiados enemigos, su bufete estaba metido en tramas de todo tipo, sobre todo negras. Después del 23 de febrero de 1981 se liquidó la sociedad, previo envío de maletines a Zurich, claro.

-¿Cómo sabe tanto sobre Rivero? –pregunté.

-Uno ha tenido cierto pasado político –ironizó-. Primero fui trotskista, luego maoísta y al final lo mandé todo a cagar, ahora sólo cuento batallitas de la Transición.

-¿Y a Morelli? ¿También le interesaba la política?

-¿A Víctor? –Alfredo Sanz sonrió-. Una vez le regalé una edición en ciclostil del Libro Rojo de Mao y me dijo que no había logrado leer más que unas pocas páginas, que le aburría ese chino inflado que no decía más que flatulencias. Casi le parto la cara. No le gustaba el Régimen, aunque creo que lo odiaba más por Rivero que por otra cosa, por lo demás las cuestiones políticas le traían completamente al fresco.

-¿Cree que se marchó a causa de Ana Noguera?

-Supongo que sí. En cualquier caso izo bien en largarse. Llegó un momento, en el setenta y cuatro, que Víctor dejó de contarme nada. La relación con Ana siempre fue tempestuosa, había días que ella no podía estar sin él y temporadas en que no quería verle, y en las que parecía haber solucionado sus problemas con Rivero. Hubo una vez que Víctor apareció por mi casa completamente borracho y diciéndome que no iba a volver a verla más, yo entonces vivía cerca de Atocha. A los pocos días ya estaban liados de nuevo.

»La relación duró dos años, supongo que fue de mal en peor. Después del verano del setenta y cuatro Ana Noguera dejó de existir, o al menos eso me hizo creer. Víctor se fue a Valencia en julio y yo me temí lo peor, pero vino cambiado. Volvía a ser el de antes, solo hablaba de Alain Grolek de su tesis y de irse a París. Cuando se enteró de la noticia de la desaparición de Rivero él estaba en Madrid aunque no le había visto desde hace días, estaba muy atareado con los preparativos del viaje. No dijo nada, se limitó a encogerse de hombros y decir que por fin la había diñado ese cabrón, opinión con la que estuve completamente de acuerdo. Nada más. A los pocos días se marchaba a París.

-¿Cómo era Víctor Morelli? –pregunté-. ¿Conserva alguna fotografía suya?

-¡Fotos! Ni siquiera se hizo la orla al terminar la licenciatura, no quiso. Supongo que alguna debe de haber, pero Víctor era alérgico a las fotografías, una autentica fobia… ¿Cómo era? Un tipo corriente, moreno, delgado, tenía los rasgos algo afilados, observador, durante los primeros años de universidad recuerdo que corría carreras de fondo, luego lo dejó.

-¿Qué le dijo en aquella última conversación en París?

-Ya casi no me acuerdo… Tenía su número de teléfono, le llamé y le dije que Franco había muerto, que había que celebrarlo, cosas así… Le pregunté por Alain Grolek, y me dijo que había sido un monstruo inalcanzable o algo así, que su muerte había sido todo un misterio. Ah, y que no pensaba volver a España, de momento.

»Poco después se supo todo. Ni Víctor estaba en la Sorbona ni mucho menos en el Instituto Poincaré. Era absurdo. Al final esas cosas se saben, y él había hecho creer durante todo un año a todos que estaba allí. Le volví a llamar poco después, pero me contestó una señora en francés diciéndome que allí no vivía ningún Víctor Morelli.

-¿No volvió a saber nada de él?

-Bueno, no –contestó-. Me envió una postal por navidad. Me dijo que lo de Grolek había sido una excusa, una estupidez, que había dejado las matemáticas y que ahora trabajaba en París… En realidad no me contó nada. Proponía volver a vernos en el verano, me dijo que ya me llamaría… Pero desde entonces no he vuelto a saber nada más de él… Ana Noguera consiguió dar con mi número, no sé cómo. Me llamó por esas fechas, la navidad del setenta y cinco, me pidió que le diera las señas de Víctor en París, pero qué le iba a decir… además, aunque las hubiera sabido no se las hubiese dado… Bueno, quizá mienta –dijo Alfredo al cabo de un momento-, sí se las hubiera dado, qué me importaba ya Víctor, o ella.

-¿No tenía familia? –pregunté.

-No tengo ni idea. Víctor había nacido en Madrid, pero su familia era de fuera, creo que de Valencia o Alicante. Él vivía con unos tíos en Madrid a los que no vi jamás… ¿Qué coño hacía en París, escribir? –me preguntó Alfredo Sanz

-No lo sé, supongo. Con el seudónimo de R. Mutt escribía historias demenciales… curiosas. Luego a partir de la mitad de los ochenta aparecería Víctor Morelli, o alguien con su nombre, aunque lo dudo. Son la misma persona… ¿Le suena el nombre de Sigfrid o Sigfrido Robledo?

-No lo he oído en mi vida, quién es, ¿un amigo de Víctor?

Me encogí de hombros.

-¿Y Roy van der Weyden? –insistí.

-Un pintor flamenco, creo. ¿También amigo de Víctor?… Sigo pensando en esa frase, la dedicatoria… Y de los libros de Hippomenes Sequens, ¿no hay ningún rastro?

-No que yo sepa –contesté-. Aunque aquí mismo hay una prueba –dije señalando “Utopías”.

-¿Qué le ha parecido? –me preguntó.

-Interesante… Cuadra con el Víctor Morelli que me ha descrito.

-Sé que no puedo pedírselo… pero me gustaría leer “Utopías” En el Departamento hay una fotocopiadora, podríamos ir y fotocopiarlo, quizá yo logre encontrar algo. En cuanto a “Crónicas del Destierro” podría encontrarlo en alguna librería de viejo. Prometo escribirle con lo que encuentre.

Accedí. No tenía otra opción.

-¿Sabe? He oído que Grigori Perelman va a abandonar las matemáticas –dije-. Lo último que sé es que después de demostrar la Conjetura de Poincaré la Topología le importa una mierda, y los cargos académicos todavía menos.

-Y qué hará, ¿escribir?

-No. Desaparecerá.

Regresé a Valencia casi como partí. O quizá peor, sin saber quién era Víctor Morelli, un mar de preguntas, y un antiguo amigo que, treinta años después, tenía la memoria demasiado fresca, a pesar de que parecía haberse olvidado de Morelli. No había resuelto nada, sólo tenía una promesa de Alfredo y la vaga certeza de que un desengaño amoroso había abocado a Víctor Morelli a una identidad desconocida.
EL INFORME MORELLI (1-5)

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