Archivo

Posts Tagged ‘Enigma Wittgenstein’

Años perdidos: Una embajada al ‘Palais’

El edificio se encuentra el en elegante barrio de Allegassse, un lujoso palacete por el que ha pasado la totalidad de la vida cultural vienesa. La mayoría de los vieneses lo conocen como el “Palais Wittgenstein”; pero Ludwig simplemente se refiere a ella como “La Casa”, es la casa familiar de los Wittgenstein.

Viena bulle de efervescencia cultural: conciertos, tertulias de café, teatro… como una pompa de jabón todo tendrá una existencia efímera, sin embargo en aquellos años nadie parece darse cuenta de nada, el pasado ha quedado enterrado entre escombros, y el futuro es el escenario gratis en el que desplegar nuevas ideas con las que se juega sin temor alguno. Se crea una nueva literatura, una nueva música, una nueva arquitectura, una nueva filosofía; todo resulta nuevo, rompedor, radical, incluso lo monstruoso aparece como atrayente. Los vieneses acuden allí donde se cuece algo: en el Café Museum suele dejarse caer Adolf Loos defendiendo su arquitectura funcionalista, o Schönberg puede que esté en el Herrenhof; Roth escribe sus artículos y novelas en el Wirzl, y si la conversación es interesante no le importa que le molesten. Pero siempre se puede jugar a las cartas, o buscar algún otro lugar más interesante, o algún otro café más sórdido, allí se esconden con los refugiados políticos y sus ganas incontenibles de polemizar, revolucionarios, exaltados e iluminados. ¿Filosofía?, sin duda al  Café Central, ¿matemáticas?, el Akezienhof, o también el Reichsrat, allí se suelen reunir después de las clases en la Universidad, discuten sobre el programa de Hilbert y sus veintitrés problemas, por allí siempre suele aparecer un tal Kurt Gödel, es un estudiante y nadie le conoce, salvo los parroquianos, pero forma parte del Círculo de Viena que dirige Schlick.

Sin embargo los Wittgenstein jamás tuvieron que ir a ninguna parte para empaparse de todo ello; quien era alguien en aquella Viena acababa pasando por el Palais en la Allegasse, era una tradición que se había mantenido intacta desde hacía mucho tiempo. Desde Brahms hasta Schönberg pasando por Mahler, Klimt había pintado un retrato de Gretel, Freud también la psicoanalizó en una de sus visitas, Loos le dijo allí a Ludwig en una ocasión: “¡usted es yo!”… así que para qué tenía que ir Ludwig a las frías reuniones del Círculo si podían ir a verle al Palais, además, ellos se empeñan en no entender lo que él ha querido hacer con el Tractatus, en realidad no lo ha entendido nadie, ni si quiera Bertrand, y eso que discutió con él proposición tras proposición hasta el agotamiento.

Hoy se han citado, Ludwig ha accedido a una entrevista con los representantes del Círculo, por fin, la embajada de siempre: Schlick y Waismann; y no tiene ganas de hablar con ellos, otra vez.

Schlick y Waismann caminan despacio por la Allegasse, quieren llegar a la hora fijada, ni antes ni mucho menos tarde. Schlick va vestido como de costumbre: traje gris y corbata, lleva gafas y el pelo rubio peinado como todos, hacia atrás. Pero se da cuenta de que Waismann ha cambiado bastante en los últimos meses, ha dejado de llevar corbata y va algo desaliñado, quizá no sea la forma más adecuada de visitar el Palais Wittgenstein, pero es así como viste Ludwig, aunque evidentemente no es lo mismo. Tienen previsto aclarar de una vez la proposición final del Tractatus, ha causado intensos debates en el Círculo, Rudolf Carnap cree que no sólo no rechaza, sino que Wittgenstein parece reivindicar con ella lo místico, y ¿qué es eso místico? Pero con todo lo que ello supone eso no es lo grave, Rudolf además encuentra evidentemente contradictorio el contenido del Tractatus, todo el libro es un monumento a la contradicción, es uno de los pocos que no ha quedado hechizado por el nuevo profeta. Muchos intentan verlo de otra manera, eso no puede ser, Ludwig aclarará lo que realmente ha querido decir: si de lo místico no se puede hablar quizá es que no existe, pero esa frase no aparece en ninguna proposición del libro, y es la que Schlick quisiera ver. “Lo inexpresable, ciertamente, existe. Se muestra, es lo místico (6.522), Wittgenstein no ha querido decir que existe realmente, sino que existe como inexpresable, no como existen las cosas… o algo así, eso piensa Schlick, y necesita que Wittgenstein se lo aclare.

Wittgenstein les recibe en una de sus habitaciones privadas: serio, crispado, como siempre. Está leyendo algo. Se saludan fríamente, Schlick y Waismann a penas dicen nada… y tienen tanto que preguntar.

WITTGENSTEIN: ¿Saben? (dice al cabo de un buen rato) Mendelssohn es como si fuera una altiplanicie, pero no una cumbre. Su música… planicie en las alturas, algo así. Hay… cierto embarazo en la perfección que a veces… su música… Por ello es como una altiplanicie. Se me ha ocurrido hoy… una altiplanicie

WAISMANN: (Cohibido) Sí, claro. Altiplanicie.

SCHLICK: (Temiendo resultar inoportuno) Herr Wittgenstein… tenemos tanto de que discutir… En el Circulo hay encendidos debates. Su obra sigue suscitando un interés inusitado… Hay un punto, complicado…

WITTGENSTEIN: (Alterado)  ¡Carnap! Siempre Carnap ¿no? Es incapaz de oler nada. Lo quiere todo masticado, todo aclarado, todo explícito, todo detallado, todo, todo, todo… ¡Pero hay cosas que no se pueden explicar, ni si quiera decir! ¡Hay cosas…! Si ustedes no pueden verlo yo no puedo explicárselo, y explicárselo es como…. como volver a hacer de nuevo filosofía barata. Es una gran tentación hacer explícito todo eso… ¡Y no se puede!

WAISMANN: No, no se puede. Hay cosas que no se pueden decir, claro…

WITTGENSTEIN: El límite… cuando uno se da de bruces con el límite… ¡escuchen, el límite!, puede seguir hablando…Seguir hablando durante horas, pero no avanza nada. Es como querer… salirse, ¡eso es! salirse de uno mismo. Pero es lo factico… los hechos, están ahí y nosotros también…. Y el lenguaje, el lenguaje también… encerrados… pero está ahí. Y se muestra, ¡se muestra! El lenguaje está acotado por aquello que se muestra en él mismo. Si no son capaces de entender eso… y es tan… ¡tan evidente! No serán capaces de entender el Tractatus.

SCHLICK: Ya herr Wittgenstein, pero lo místico… en realidad su existencia es como algo ficticio ¿no? En realidad sólo los hechos existen, y el significado de una proposición es el método de verificación de la misma, fuera de eso no hay nada, si no podemos hablar de algo, no podemos verificarlo por lo tanto no tiene sentido, y tampoco existe…

WAISMANN: (Azorado) Ese punto es importante, hay gente en el Círculo que no acaba de entenderlo… quizá…

WITTGENSTEIN: (Estalla) ¡¡No, no, no!! Lo bueno, lo bueno está más allá del espacio fáctico… ¡existe y se muestra! La metafísica es filosofía barata… ¡y la miopía también! Son incapaces, escuchen, ¡incapaces! de entenderlo. No tiene ningún sentido seguir hablando si no pueden entenderlo…  No me importa ser entendido o no, me trae sin cuidado pero para mí la claridad es importante, y la claridad también está en esto…en no… no liarse con palabras inútiles, no hacer jueguecitos que no conducen a ninguna parte. Incluso diciendo a alguien que no puede entender algo no se agrega nada… no tiene sentido. Hay… como una totalidad… sí como un todo, entonces… cada una de las frases que escribo remite a ello… por tanto… por tanto… son lo mismo, valen igual ¡Dejen de hablarme de coherencia! ¡No tiene nada que ver! ¡El todo! Es como… querer llegar a algún lugar y… como querer llegar algún lugar y estar ya de hecho allí ¡Olviden todo eso! Todo ese discurso coherente…  Estaba leyendo a Lessing cuando han venido, escribió algo acerca de la Biblia… escuchen

SCHLICK: La Biblia…

WITTGENSTEIN: Sí, escuche: “…la expresión y el estilo… siempre lleno de tautologías, pero tales que hacen emplear la agudeza mental, ya que parecen decir algo distinto y sin embargo dicen lo mismo, o parecen decir lo mismo y en el fondo significan otra cosa” ¡Lo ven! Es eso lo que quiero que entiendan…

Wittgenstein estuvo hablando un tiempo, ni Schlick, ni mucho menos Waismann le interrumpieron. Hablando como siempre a trompicones, dándose palmadas en la frente cuando no encontraba las palabras adecuadas, o cuando no conseguía que el pensamiento fluyera, Waismann había empezado a actuar de esa manera en las últimas semanas. Al final estuvo un largo rato recitando versos de Tagore traducidos al alemán, de cara a la pared, sin dejar que le vieran el rostro mientras lo hacía.

Schlick y Waismann se fueron algo confusos, no sabían que pensar, y sobre todo no sabían que iban a decir en la próxima reunión del Círculo. Se  fueron a casa en silencio, como si hubieran visto a un profeta, sin decir nada. Waismann volvería a enfrascarse en las páginas del Tractatus que casi ya se sabía de memoria, y Schlick se pasaría el día entero sin hablar a su esposa, como si estuviera en trance. Ella empezaba a acostumbrarse a ello. “Días Wittgenstein”, los llamaba, aprovechaba para ir de compras.



Anuncios
Categorías:Uncategorized Etiquetas:

Años perdidos: La reunión espiritista

Un día de marzo de 1928.

Es de noche, una vieja casa en algún lugar de la Innere Stadt, la ciudad vieja que soportó con paciencia el asedio del gran Solimán El Magnífico. El callejón es estrecho, retorcido, sucio, en esa zona de la ciudad suelen abundar ese tipo de callejas. No tiene salida, un muro lo ciega, a penas penetra la luz.

Tres hombres buscan una puerta, parecen vacilar, dos de ellos discuten: uno de ellos parece nervioso, gesticula, el otro le responde paciente, tiene un aire algo distinguido. El tercero se mantiene a cierta distancia, no dice nada, parece esperar a ver que deciden. Se paran ante una puerta, tocan el pesado picaporte que resuena con estrépito en la noche vienesa. Esperan. Nadie les abre. El hombre gesticulante parece decidido a marcharse, hace incluso ademán de ello, pero en ese momento la pesada puerta se abre, una mortecina luz amarillenta ilumina el callejón, y un hombre calvo enfundado en una levita les invita a pasar, parece no decir nada, con su mano señala una escalera.

Los peldaños de la vieja escalera crujen lastimeramente mientras suben los cuatro hombres: el calvo de la levita, que lleva un candil; el distinguido personaje de traje negro; el hombre gesticulante; y tras todos ellos un tipo con un pesado abrigo, gafas redondas de carey y pelo peinado hacia atrás, de todos ellos es el más joven, apenas veinte años. Por fin llega el extraño grupo a una puerta en el segundo piso, nadie ha dicho nada durante todo el trayecto. El hombre de la levita les abre, y con la misma gravedad que en la entrada les invita a pasar. Ni una palabra.

Dentro de la habitación hay dos personas sentadas ante una mesa redonda cubierta con un tapete negro: un hombre gordo y barbudo pulcramente vestido, y una pálida mujer de mediana edad, extremadamente delgada y de lacio pelo negro recogido en un extraño e hipnótico moño. El hombre gesticulante, ante tal escena, está a punto de marcharse, su  distinguido acompañante le detiene amablemente, y le dice algo al oído. El de la levita deja el candil en una repisa y hace las presentaciones: madame Eudora y el profesor Markus Frank, anuncia señalando a los personajes sentados a la mesa; los señores Hans Hahn, Rudolf Carnap, y Kurt Gödel, de la Universidad de Viena. Nadie habla, al cabo de unos segundos el hombre gesticulante rompe el silencio dirigiéndose cortante al profesor Markus Frank:

CARNAP: ¿Profesor de qué?

HAHN: Vamos Rudolf, tómatelo con calma, somos científicos, y estamos aquí como observadores. Recuérdalo, no hay que tener prejuicios sino métodos de verificación.

PORF. MARKUS: Profesor en parapsicología y metempsicosis. Encantado de conocerles señores

CARNAP: (con un gran gesto de desaprobación) ¡No me lo puedo creer!

HAHN: (Algo azorado) Bien… sí, habrá que disculpar a Rudolf, está algo nervioso… Casi estamos todos, falta todavía una persona pero debe estar al llegar, así que si quieren pueden empezar los preparativos.

CARNAP: ¿Va a venir alguien más Hans? ¿No será alguien de la Universidad?

HAHN: Falta Moritz Schlick, me dijo que vendría por su cuenta, quizá traiga a alguien más con él.

CARNAP: (sorprendido) ¿Moritz también? ¿No me irás a decir que está interesado en el espiritismo?

HAHN: Le interesa como científico, quiere estudiar el fenómeno, nada más. Como nosotros.

CARNAP: Tonterías. Moritz quiere comprobar si es cierto lo que anda diciéndose por ahí, que Hahn y Carnap se dedican a hablar con espíritus.

HAHN: Vamos Rudolf cálmate. Te recuerdo que la idea de este tipo de reunión partió de ti.

CARNAP: Sí pero yo pensaba en algo más… es decir… algo como una prueba de laboratorio. No esto, con un parapsicólogo y una médium. ¡Una médium! Hans

GÖDEL: (como si nada de lo que oye fuera con él) Hace frío en esta habitación.

PROF. MARKUS: Madame Eudora ha oficiado como médium en las más prestigiosas sesiones espiritistas de toda Europa, al lado de políticos y nobles de la más alta condición, incluidas Casas Reales. Ha sido muy difícil convencer a madame Eudora para venir a esta reunión. Les ruego que tengan más respeto y deferencia con la médium más famosa de todo el continente.

GÖDEL: Un placer madame. ¿No tiene usted frío? Yo si me lo permiten me quedaré con el abrigo puesto.

CARNAP: Vamos, acabemos con esto cuanto antes. ¿Ahora qué hay que hacer, sentarse a la mesa, juntar las manos e invocar a los espíritus que pueblan el limbo?  Podríamos aprovechar para charlar con Frege… Hans, ¿de verdad crees necesario toda esta escenografía?

HAHN: Hay que estudiar el fenómeno allí donde se produce. Y si es en una reunión espiritista… pues habrá que acudir allí.

PROF. MARKUS: Bastará con que nos sentemos todos formando un círculo y nos concentremos con toda la intensidad que sea posible en una dimensión superior. Madame Eudora hará el resto, si hay algún espíritu cerca, en la cuarta dimensión, madame Eudora hará de nexo de unión dimensional entre él y nosotros.

CARNAP: (sarcástico) Increíble

HAHN: Hay que esperar a Moritz, debe de estar a punto de llegar.

GÖDEL: ES difícil distinguir los fenómenos genuinos del fraude. Por eso será de gran ayuda que alguien tan experimentado cono madame Eudora nos acompañe esta noche.

Se oyen golpes en la puerta. Alguien llama, el hombre calvo de la levita sale de la penumbra sin decir palabra, y con el candil en la mano se dirige abajo para abrir. Un silencio incómodo se deja sentir en la sala. Al final es Hans Hahn quien habla.

HAHN: Debe de ser Moritz

CARNAP: ¡Fantástico! Mañana voy a ser el hazmerreír de todo el Círculo. Yo Carnap, el azote de los místicos y metafísicos, sorprendido en una reunión espiritista como quien acude a un burdel.

PROF. MARKUS: (indignado) Por favor señores, moderen su lenguaje, madame Eudora es una señora, y sus facultades psíquicas son extremadamente sensibles…

CARNAP: ¿Es un parapsicólogo o su representante?

HAHN: ¡Por favor Rudolf!

CARNAP: (señalando a la puerta) ¿Y quién es ese tipo, el de la levita negra?

HAHN: Es Otto… ya sabes… Otto

CARNAP: ¿Qué Otto? No le conozco

HAHN: Oh vamos Rudolf…

El rechinar quejumbroso de la vieja escalera vuelve a sonar, los pasos se acercan hacia la puerta. Se abre, y tres hombres aparecen en el umbral. Uno de ellos es el inevitable psicopompo calvo de la levita, que vuelve a dejar el candil en la repisa. Junto a él aparece un hombre de gafas y pelo rubio, parece cohibido, saluda a Carnap y Hahn con la cabeza, actúa con excesiva deferencia y respeto con el tercer personaje, que aguarda todavía en el dintel de la puerta sin decidirse a entrar. Al cabo de unos segundos de tensión, éste, como surgido de las sombras, franquea la entrada, la luz del candil le ilumina de soslayo, todo resulta como una aparición. Es algo bajo, y viste con estudiado desaliño, va con las manos en los bolsillos de la chaqueta, no lleva corbata y tiene el encrespado cabello algo revuelto; a pesar de su aspecto no puede disimular su porte patricio, y no es extraño, su familia es una de las más acaudaladas de toda Austria.

CARNAP: ¡¡Ludwig!!… Espera, no es lo que parece.

WITTGENSTEIN: Rudolf… admito que no me  sorprende nada, aunque cuando Moritz me lo contó creí que era una broma.

Categorías:Uncategorized Etiquetas:

Años perdidos: Haus Wittgenstein

“Yo siempre he creído en la incertidumbre. Para estar realmente convencido de algo, uno necesita sentir un profundo disgusto por casi todo lo demás. Así en determinados proyectos resulta decisivo explorar nuestras fobias para reforzar nuestras convicciones…”

Rem Koolhas. Arquitecto.

En principio Gretl Wittgenstein encargó a Paul Engelmann en 1926 el diseño de su nueva casa en la Kundmanngasse, en Viena. Engelmann había sido alumno y seguidor de Adolf Loos, era amigo de Ludwig, y por supuesto había leído el Tractatus. Engelmann le habló entusiasmado del proyecto a Ludwig y de la posibilidad de colaborar, aceptó. Su retiro como profesor rural había acabado ya con su paciencia; en aquel momento estaba trabajando como jardinero tras verse obligado a dejar su puesto de profesor rural. Una denuncia por malos tratos, un enojoso asunto ventilado de forma disimulada, y un cansancio psicológico que le colocó al borde del abatimiento.

El proyecto lo firmó Engelmann, sólo él tenía la titulación para hacerlo, pero la casa siempre se ha considerando, de alguna manera, obra de Wittgenstein, que se ocupó de diseñar hasta los más mínimos detalles. La casa de la Kundmanngasse fue una especie de Tractatus edificado, un testamento casi póstumo de un Wittgenstein que en 1928, fecha de la finalización de la casa, estaba a punto de desaparecer. Tras su reingreso en Cambridge, en 1929, se dedicaría a revisar su trabajo rechazando lo hecho hasta ese momento y olvidándose de la Lógica, pero algo permaneció, claro.

Engelmann abandonó pronto el proyecto de construcción de la casa de Gretl, Wittgenstein había acaparado de forma obsesiva los detalles del mismo, y no quiso enemistarse con su amigo. Gretl y Engelmann pensaron que podía ser una especie de antídoto con el cual recuperar a Ludwig del abatimiento en que se sumió tras la publicación del Tractatus. No fueron sus peleas por verlo publicado lo que le llevó a abandonarlo todo, sino esa sensación de trabajo finalizado, de no tener ya nada más que hacer en la vida. Engelmann jamás le reprochó que se adueñara del proyecto, sabía que necesitaba de esa construcción, de ese segundo intento de proyectar una nueva “prisión”. Los cálculos y detalles más técnicos fueron encargados a Jacques Groag, otro discípulo de Loos, y Wittgenstein sumergió de lleno en el diseño. Proyectó habitaciones, diseñó ventanas, puertas, sistemas de calefacción… todo; su obsesión por el detalle resultaba exasperante para los constructores.

Se suele decir que la casa de Grtel en la Kundmannggasse, sigue los preceptos funcionalistas de Adolf Loos, en parte es cierto: es una casa austera y sobria, pero a la vez confortable y cómoda; hay simplicidad en el diseño, limpieza de líneas, ausencia de ornamentación, claridad. Pero no es del todo cierto, en la casa hay abundancia de elementos accesorios cuya única función es puramente estética. Me he cansado de mirar fotografías, hay simetrías intencionadamente buscadas, elementos que proporcionan placer visual; hay una austera monumentalidad típicamente clásica. La intención de Wittgenstein no fue tanto construir una “máquina para vivir”, una casa, sino expresarse a sí mismo, proporcionar nuevos límites a su mundo.

Fue lo mejor que realizó desde la publicación del “Tractatus”, olvidada su conflictiva etapa como maestro de escuela en un pueblecito rural austriaco. “El trabajo filosófico –como muchas veces sucede en arquitectura- consiste, fundamentalmente, en trabajar sobre uno mismo. En la propia comprensión. En la manera de ver las cosas”. (L. Wittgenstein. Aforismos). Quizá también en lo que uno exige de las cosas.

Es posible ver el trabajo de Wittgenstein como una obra arquitectónica. Es cierto que posee cierta cualidad espacial, mucho más presente en el primer Wittgenstein que en el segundo. Hay sobre todo en el Tractatus cierta modelización del espacio, una preponderancia de la forma, y sobre todo de la función. Es una arquitectura despojada de toda ornamentación: significado y función, continente y no contenido.

La construcción de la casa de Gretl fue un autentico suplicio para quienes la realizaron, Ludwig era obsesivo con los detalles, muchos de sus diseños tuvieron que ser fabricados “ad hoc” con una precisión del milímetro, y se tuvo que reedificar habitaciones ya construidas porque sus medidas no coincidían con las especificaciones por cantidades insignificantes. Pero todo tenía que resultar un armónico perfecto, únicamente audible por un oído absoluto. Wittgenstein casi siempre se refería a la casa de Margarethe en términos musicales, un ejemplo de buen gusto y agudeza auditiva.

Hay una proposición en el Tractatus que marca la diferencia:

“5.6: Los límites de mi lenguaje, son los límites de mi mundo”.

Wittgenstein encontró el límite, el ingenuo optimismo acabó. El lenguaje formalizado y lógico puede reflejar el mundo hasta sus más mínimos detalles, pero no es el mundo, ni mucho menos proporciona las respuestas. Podremos construir una casa que sea como el mundo, pero sólo será eso, una casa, y toda esa perplejidad que ocasiona la existencia del mundo, y que da lugar a esa cháchara sin sentido que es la filosofía, seguirá estando presente porque el sentido de ello se muestra en el lenguaje. Ese “yo” que pregunta, y se sorprende, y necesita saber cuál es el sentido de todo esto, queda fuera del mundo y de esa prisión en la que no puede entrar: el lenguaje. Como mucho se pueden modificar los límites, no traspasarlos. Wittgenstein pretendió haber solucionado todos los problemas de la filosofía, no por haber encontrado las respuestas, sino por haber llegado a la terrible conclusión de que a pesar de que nos sabemos encerrados, no podemos si quiera hacer preguntas. Nunca he podido leer esa parte del Tractatus sin un sentimiento de pesadumbre.

Otra cita. “Corrección” de Thomas Bernhard. Tras el suicidio de su amigo Roithamer, el narrador de la novela llega a la casa del taxidermista Höller, en cuya buhardilla Roithamer se suicida después de construir en el centro del bosque de Kobernauss, un gran Cono, un edificio, destinado a ser residencia y felicidad suprema de su hermana. En la buhardilla se encuentran las notas de Roithamer que dan cuerpo a la novela. Un proceso obsesivo de creación y constante corrección al alcance de una obra nunca del todo terminada.

En la novela de Bernhard son evidentes los paralelismos con Wittgenstein, pero puedo también establecer simetrías entre Corrección y el caso de ese fantasmal Víctor Morelli: la buhardilla, las notas encontradas, la obsesión, la arquitectura… La cita es la siguiente:

“El Cono es la consecuencia lógica de la (de mi) naturaleza (…) No dejaré que nadie se me acerque al Cono”

T. Bernhard. Corrección.

Categorías:Uncategorized Etiquetas:

Años perdidos: El silencio

Años perdidos: el silencio

Podría ser incluso el título de un libro por escribir, o quizá ya escrito: “Bajo el influjo de Bartleby: Los años perdidos de Wittgenstein, 1919-1929”

Pero haría falta saber si la tesis proclamada por el título es cierta. No está claro que Wittgenstein fuera un Bartleby, y está por ver si esos años de silencio fueron perdidos.

Me atengo a la definición que de “Bartleby” hace Vila-Matas en su “Bartleby y compañía”. El oscuro oficinista que describiera Herman Melville en el relato “Bartleby el escribiente” pasa siempre desapercibido, apenas se hace notar, no reclama nada, vive incluso en la oficina, pero cuando alguien le pide alguna cosa siempre responde: “preferiría no hacerlo”. Su negativa es callada, pero definitiva, Bartleby acaba dimitiendo de toda acción, de toda posibilidad de interferir en la vida, hasta casi convertirse en un mueble, por voluntad propia.

Vila-Matas eleva esta postura a categoría que recorre la literatura, y que deja un buen número de “Bartlebys” cuya curiosa persistencia hacen pensar en la existencia de un síndrome. Autores que deciden dejar de escribir, deciden callar de forma inexplicable, optar por el silencio, o por el contrario autores “improductivos” que renuncian a mostrar lo que hacen ante la magnitud y la dificultad de una tarea que les supera. Algunos desaparecen, como Salinger, o quedan presos dentro de infiernos a medida, como Hölderlin o Walser, y  otros se dejan ver sin darle mayor importancia, y ante la pregunta del público por su silencio simplemente dicen: “preferiría no hacerlo”.

Todos podemos hacer una lista de “Bartlebys”, nos atraen, no podemos negarlo. Confieso que mi preferido nada tiene que ver con la literatura, ni con la filosofía, ni siquiera con las matemáticas. Es Marcel Duchamp. Dejó de “producir” en el punto más álgido de su popularidad, al terminar el Gran Vidrio. Emplear más de ocho años en su ejecución fue ya una manera de convertirse en un Bartleby. En 1923 decidió callar y dedicarse al ajedrez. Cuando era preguntado por su negativa a seguir pintando decía que se le habían acabado las ideas, que no quería repetirse. En 1946 acometió de nuevo un proyecto, con sesenta años, pero no lo hizo público, estuvo los últimos veinte años de su vida enfrascado en una obra secreta que solo vería la luz tras su muerte, “Étant donnés”.

Pero volvamos a Wittgenstein.

En 1919, después de ser liberado, Wittgenstein es una persona distinta. Si ha habido alguna vez un primer Wittgenstein y un segundo Wittgenstein la línea de cesura debería trazarse en este punto. La Europa que le toca vivir en nada se parece a la que dejó cuando se alistó al comenzar la guerra. Todo un mundo, el suyo, se ha venido abajo, y él decide renunciar a su anterior vida, a la que por posición social se veía destinado. Renuncia a su patrimonio y a las rentas familiares. Ludwig Wittgenstein ya no es un “Wittgenstein”, la guerra le ha cambiado. Él acaba de escribir lo que considera la verdad definitiva y consecuentemente decide llevar una nueva vida. Ya en el prólogo del Tractatus afirma:

“Por otra parte la verdad de los pensamientos aquí comunicados me parece intocable y definitiva. Soy, pues, de la opinión de que los problemas han sido, en lo esencial, finalmente resueltos.”

Y sentencia de forma lapidaria en la última proposición:

“7. De lo que no se puede hablar, mejor es callarse”

De manera que por qué seguir, para qué empecinarse en seguir hablando.

En un primer momento Wittgenstein decide callar, pero no renuncia a ser escuchado. Le atormentan las dificultades que tiene para poder publicar el Tractatus. Nadie se atreve a publicar “eso”: demasiado matemático para ser un texto filosófico, demasiado literario para ser un texto de lógica, demasiado corto, demasiado lapidario, ¿y si quitara la numeración lógica?, ¿y si explicara cada una de las proposiciones? Pero el Tractatus debe publicarse así, es un texto definitivo, intocable.

Frege no entiende nada en absoluto, no logra pasar de las tres primeras proposiciones. Pero Wittgenstein consigue entrevistarse con Russell en La Haya, su primer encuentro tras siete años. Del 10 al 12 de diciembre de 1919 Russell y Wittgenstein discuten cada una de las proposiciones del Tractatus en sesiones agotadoras. Russell queda impresionado con la parte lógica del libro, se aviene a admitir la lógica expuesta en el Tractatus pero no logra entender todo lo demás… y todo lo demás era lo más importante. Sabe que un abismo doctrinal se ha abierto entre ellos. A pesar de todo se presta a escribir un prólogo que facilitará la publicación.

Wittgenstein está exultante, convencido de que ha podido explicarle a Russell todo aquello que no entendía, y ve próxima la publicación del libro. Pero cuando lee por primera vez la introducción escrita por Russell, se siente traicionado. Russell no ha entendido nada, ni ha querido entenderlo.

A pesar de todo se ve en la obligación de traducir al alemán, y adjuntar al texto del Tractatus, la introducción de Russell, algo imprescindible si quiere verlo publicado. Toda la amargura que sintió al leerlo queda condesada en esta mordaz frase que escribió a Russell al poco tiempo:

“Todo el refinamiento de tu estilo inglés obviamente se ha perdido en la traducción, y lo que queda es superficialidad y malentendido”

Cuando ya parecía inminente la publicación del Tractatus vuelve a ser rechazado. Wittgenstein empieza a adquirir conciencia de que su libro jamás verá la luz. Pero para entonces ya tiene claro su futuro. Ha decidido estudiar magisterio y dar clases en la Austria rural.

Siempre me he resistido a ver en la decisión de Wittgenstein de callar y abandonarlo todo una tendencia de tipo “Bartleby”, es decir, una decisión voluntaria de callar y abstenerse, de renuncia. Wittgenstein no era alguien que se hubiera encogido de hombros y simplemente hubiera dicho: “preferiría no hacerlo”.

De alguna manera Wittgenstein fue forzado a callarse. Forzado no por la imposibilidad de ver publicado en un primer momento su libro, o por la incomprensión de quienes deberían haberlo entendido y no lo hicieron. Tampoco se vio forzado a callar por coherencia teórica con las tesis expuestas en el Tractatus. Como argumentaba con posterioridad Frank Ramsey, uno de los primeros que captaron la importancia del Tractatus, Wittgenstein podía callar sobre aquello sobre lo que no se podía decir nada, pero tenía una irrefrenable tendencia a “silbarlo”.

Lo que forzó a callar a Wittgenstein, y a abandonar, fue la guerra. Más concretamente, el desmoronamiento del mundo que había sido el suyo hasta entonces. De alguna forma, aquella Europa, y aquella Austria de 1919, no era la suya, y ya nunca lo sería.

Hubo siempre una tendencia Bartleby en Wittgenstein, seguramente de no haber participado en la contienda Wittgenstein hubiera sido un Bartleby modelo, jamás hubiera publicado nada. De hecho, Wittgenstein terminó siendo un Bartleby.

El autentico Bartleby que eclosionó en Wittgenstein no fue el que se largó a dar clases a un pueblo perdido en las montañas, y que dejó el Tractatus como un testamento grabado en piedra, sino aquel Wittgenstein que regresó a Cambridge en 1930, que abjuró de lo que había hecho, y que fue incapaz de publicar nada hasta después de su muerte.

Un compendio de ideas fragmentarias, esbozos e intuiciones cuya dificultad  para exponerlas de forma clara le atormentaba. El libro, sus “Investigaciones”, siempre estuvo en fase de elaboración, una tarea siempre inconclusa, llena de meandros y desvíos que amenazaban con diluir toda una vida en una tarea imposible.

Categorías:Uncategorized Etiquetas:

Wittgenstein at War (y 3)

wwi

 Wittgenstein en Guerra, la “transmutación” del Tractatus.

Bertrand Russell recibe una última carta de Wittgenstein fechada el 22 de octubre de 1915, la siguiente noticia que vuelve a tener de él será en febrero de 1919 desde un campo de prisioneros en Como. En su última carta Wittgenstein insistía en su proyecto de escribir por fin el esperado libro de lógica con el que pretendía haber resuelto los problemas derivados de la Teoría de los Tipos. El manuscrito que le envió desde el campo de prisioneros, y que llevaba por título: “Logisch-philosophische Abhandlung”, fue para Russell un autentico desconcierto.

De marzo a abril de 1916, los días que duró la marcha al frente, Wittgenstein hace continuas referencias en su diario a Dios e insiste obsesivamente en la necesidad de no fallar en esta prueba:

“¡¡Es duro llevar una vida honesta!! Pero es bueno llevar una vida honesta. Sin embargo, que no se haga mi voluntad sino la Tuya”

Escribe el 29 de marzo.

“He pensado en Dios. Hágase tu voluntad. Dios esté conmigo”

Escribe el 29 de Abril.

Wittgenstein pide que se le asigne el destino más peligroso, el puesto de observación. Tras una noche de guardia expuesto al fuego enemigo escribe:

“He sentido miedo, eso se debe a que veo la vida desde una perspectiva falsa”.

¿Encontramos ecos de la ética contenida en el Tractatus en esta frase? Yo creo que sí, el miedo, la incertidumbre, o la insatisfacción incluso no se derivan de condiciones objetivas externas, sino de la manera falsa de “vivir”, es decir, de una malinterpretación de la propia vida.

Vuelve a estar solo, igual que en el Golpana, pero ahora sí, enfrentándose a la muerte, que espera al otro lado de la trinchera. Desprecia a sus compañeros, y ellos a él, al menos así es como Wittgenstein lo interpreta, y cree ver en su decisión de alistarse como voluntario la razón de ese desprecio. Por otro lado hay que decir que las condiciones en el frente no eran de una violencia extrema, estamos en plena guerra de posiciones, y el ímpetu inicial del ejército ruso se agota. En cualquier caso esa vivencia cotidiana de la muerte, que Wittgenstein experimenta en los tiroteos y en los bombardeos, es suficiente para catalizar pensamientos que se habían estado forjando durante toda la guerra.

En junio se produce una gran ofensiva del ejército ruso, la unidad en la que está encuadrado Wittgenstein sufre innumerables bajas. El día 11 de junio aparecen en su diario las siguientes frases de forma lapidaria y sin explicación:

“Sé que el mundo existe.

Que estoy emplazado en él al igual que mi ojo en el campo visual.

Que su sentido no reside en él sino fuera de él.

Que la vida es el mundo.

Que mi voluntad penetra el mundo.

Al sentido de la vida, por ejemplo el sentido del mundo, lo podemos llamar Dios.”

A partir de este momento el tono lapidario empieza a imponerse, es como si Wittgenstein hubiera empezado a utilizar su lógica de manera inadvertida en una investigación que ya ha traspasado los límites de la misma.

“He pensado mucho sobre cada tema posible. Pero curiosamente no puedo establecer la relación con mi manera matemática de pensar”

Escribe el 7 de julio.

“MI trabajo se ha ensanchado más allá de los fundamentos de la lógica, hacia la esencia del mundo”

Escribe el 2 de agosto.

En este punto la lógica ya no es un mero pretexto, o un modo de presentar los pensamientos entorno al mundo y a su sentido, sino aquello que los fundamenta. La extensión natural de su lógica le conduce hasta aquí de manera casi inevitable:

“La ética no trata del mundo. La ética debe ser una condición del mundo, al igual que la lógica”

Wittgenstein no dice “como la lógica” sino “al igual que la lógica”.

“Hay, desde luego, cosas que no pueden expresarse en palabras. Se manifiestan. Son lo místico”

Son frases que aparecerán de manera literal en el Tractatus. Esa extensión inevitable de la lógica descansa por completo en la distinción entre decir y mostrar, idea alrededor de la cual construye no solo su lógica sino su ética, que para Wittgenstein comienzan a ser una misma cosa. En lógica las proposiciones muestran su sentido, el sentido de la vida puede ser mostrado, no explicado, “La solución al problema del sentido de la vida ha de verse en la desaparición del problema”. Es la idea de que el sentido se ostenta, de que las proposiciones éticas son ociosa y carentes de sentido, y que el lenguaje marca los límites entre aquello de lo que se puede hablar y lo inefable. Si el lenguaje puede ser visto como una totalidad limitada y cerrada, así el mundo también debe de ser visto como una totalidad limitada: “Yo soy el límite de mi mundo”, “Su sentido reside fuera de él”. Lógica y ética tienen el mismo fundamento, puesto que son inseparables.

En su correspondencia con Frege durante el verano de 1916 Wittgenstein no le comunica nada del nuevo rumbo que está tomando su lógica, todavía inseguro ante los pasos que está dando. El 24 de julio disparan a Wittgenstein, se ve cara a cara con la muerte, y ese mismo día anota en su diario:

“A cada disparo todo mi ser se estremecía. Deseaba tanto seguir viviendo”

Y el día siguiente continúa:

“¡Estaba asustado! Temía a la muerte. Ahora tengo tal deseo de vivir… Y es difícil abandonar la vida cuando uno la disfruta. Eso es precisamente en lo que consiste el ‘pecado’, una vida irracional, una falsa visión de la vida”

wittgenstein2

Wittgenstein siempre dijo que necesitaba unos fórceps para sacar sus pensamientos a la luz. Necesitaba las conversaciones que pronto se convertían en monólogos, esas clases que daría en Cambridge y que terminaban siendo un tormento insufrible para él mismo: no usaba notas, se esforzaba hasta el agotamiento por clarificar y desentrañar sus ideas, a menudo se detenía en alguna de sus explicaciones, algo no acababa de ver claro, volvía al principio y pensaba con furia sin importarle la audiencia, había largos silencios, y preguntas vehementes a los presentes. Todo ello eran los instrumentos con los que intentaba extirpar sus pensamientos.

Durante su primer periodo en Cambridge, entre 1911 y 1912, su “comadrona” fue Bertrand Russell; las sesiones agotadoras en las habitaciones de Russell, en las que a veces paseaba como un animal enjaulado sin decir palabra, su tono siempre enfático y desesperado… Al comienzo fue Russell quien influyó en Wittgenstein, pero luego fue Wittgenstein quien acabó utilizando a Russell para sacar sus propios pensamientos adelante. Fueron los fórceps de la parte lógica del Tractatus.

Paul Engelmann fue la persona de la que se sirvió para arrancarse la parte ética.

El valor de Wittgenstein en el frente es reconocido por sus superiores, y a finales de agosto de 1916 es recomendado para hacer un curso de oficial en Olmütz. Una carta de Adolf Loos le comunicaba que seguía vivo y que allí, en Olmütz, se encontraba un alumno suyo, un joven arquitecto llamado Engelmann que había sido licenciado por tuberculosis. Durante los meses que pasó allí encontró en Engelmann al interlocutor adecuado. Ambos parecían compartir una misma visión, la idea de que existe una verdad inexpresable que sin embargo logra mostrarse, hacerse patente sin necesidad de ser expresada. Fue sin duda el periodo más feliz de la guerra, Engelmann y Wittgenstein compartieron una amistad que se prolongaría más allá de la guerra, y de sus conversaciones Wittgenstein afinó la conexión entre su lógica y la ética. Ya no hay comentarios personales en sus diarios, y se suceden las anotaciones filosóficas que siguen la senda abierta en verano de 1916 y que darían el giro definitivo a lo que sería el Tractatus.

Los diarios de Wittgenstein terminan en 1916, en enero de 1917 vuelve a ser enviado al frente ruso, pero de aquella época no queda nada, salvo las cartas (sobre todo las de Engelmann). Entre el desmoronamiento del frente ruso tras la Revolución, y su traslado a frente italiano Wittgenstein escribe la mayor parte del Tractatus (el Prototractatus) son meses de inactividad y tiempo libre para escribir. En marzo de 1918 su unidad es trasladada cerca de Trieste, con el Imperio Austrohúngaro descomponiéndose. En el largo permiso que disfrutó en el verano de 1918, en Salzburgo, dio por concluida la redacción final del Tractatus.

En otoño de 1918 vuelve al frente y Wittgenstein fue hecho prisionero por los italianos, poco antes de firmar el armisticio junto a decenas de miles de soldados austríacos. En enero de 1919 es trasladado a un campo de prisioneros en Como. Lleva consigo un manuscrito completamente terminado con el título: “Logisch-philosophische Abhandlung”. Y es allí donde logra ponerse en comunicación de nuevo con Russell.

Pero ni el libro, ni Wittgenstein, eran ya lo que Russell creía.

Categorías:Uncategorized Etiquetas:

Wittgenstein at War (2)

02789v500

Wittgenstein en Guerra, la “transmutación” del Tractatus.

Nuevo destino, pero igual que el anterior, alejado del frente. Dese comienzos de 1915 Wittgenstein es nombrado encargado de un taller de reparación de maquinaria en Cracovia, sus superiores deciden aprovechar su pasado como ingeniero y ahorrarle las penalidades de la primera línea, pero lejos de hacerle un favor el cambio deprime todavía más a Wittgenstein. En el Golpana podía realizar tareas en solitario y dedicarse a sus reflexiones, ahora debe tratar con gente a la que desprecia, supervisar el trabajo de otros e imponer su criterio a personas de superior graduación que, naturalmente, no tenían intención de obedecerle. La situación se vuelve insufrible para Wittgenstein, tiene varias crisis nerviosas, pide insistentemente ser enviado al frente, y llega a solicitar que le releven de sus funciones por incompetente. Quizá fue el momento que más cerca estuvo del suicidio.

“No puedo seguir así”, escribe el 17 de febrero. “Situación inalterable”, la anotación se sucede durante días junto a “No he trabajado” (en lógica).

Sólo una carta de David Pinsent logra sacarle del marasmo en el que se encuentra. La situación se suaviza en primavera, parece haberse acostumbrado a su trabajo en el taller (se le permitió llevar el uniforme de ingeniero) y la correspondencia con Pinsent le anima a seguir con su trabajo filosófico. El problema que le ocupa es el siguiente:

“El gran problema alrededor del cual gira todo lo que escribo es: ¿Existe en el mundo un orden a priori, y si es así, en qué consiste?”

Esa estructura buscada por Wittgenstein son los hechos atómicos. El mundo para Wittgenstein estará compuesto por hechos, y no por cosas, lo cual es consecuencia de su teoría figurativa del lenguaje: si el lenguaje es una figura de la realidad, es decir, si la realidad está reflejada en el lenguaje (y para Wittgenstein esa “copia” es exacta, no aproximada), la realidad compartirá la misma estructura; el análisis de la proposición coincide con el análisis de la realidad y si deben existir proposiciones básicas, existirán hechos “atómicos”. Pero un hecho atómico no es algo contingente (de la misma forma que lo son las proposiciones básicas del lenguaje), por tanto las relaciones de las cosas que lo determinan ya vienen prefiguradas, y esa estructura de las cosas que interviene en el hecho atómico es la estructura de la realidad. Una estructura a priori.

Es curioso como este razonamiento, sintetizado en la segunda proposición del Tactatus (El mundo es la totalidad de los hechos, no de las cosas), llevó a Wittgenstein a una sorprendente forma de idealismo: la realidad no son las cosas, sino las relaciones entre las cosas. De ahí al solipsismo solo hay un paso.

En mayo Wittgenstein recibe una carta de Russell, éste le comunica que ha sido incapaz de entender las notas sobre lógica que dictó a Moore en Noruega, y que espera “de todo corazón” que después de la guerra se lo explique de palabra. A Wittgenstein no le sorprende, ya en Noruega, y antes en Cambridge, le suponía un auténtico esfuerzo “hacerse entender”. Hay siempre presente en Wittgenstein una tensión nunca resuelta entre su negativa a expresar algo de manera imprecisa y su creencia en la imposibilidad esencial de poder decirlo todo. Esa paradoja le llevará a decir en el prólogo del Tractatus que: “Quizás este libro sólo lo puedan comprender aquellos que por sí mismos hayan pensado los mismos o parecidos pensamientos a los que aquí se expresan.” Es decir, debe de existir previamente una afinidad que supere la incapacidad del lenguaje de alcanzar aquello que está más allá de él. “Lo que puede ser dicho puede ser dicho claramente”, pero lo que el lenguaje no puede decir, debe de ser mostrado, entendido sin necesidad de palabras. Es la filosofía oracular, como la catalogaría Popper.

En cualquier caso, Wittgenstein en su carta de respuesta a Russell, le escribe:

“Ahora me temo que lo que he escrito recientemente sea más incomprensible […] Los problemas se vuelven más y más lapidarios, y el método ha cambiado drásticamente”

El libro en ciernes comienza a sobrepasar los límites de la lógica.

proto-tractatus

En julio Wittgenstein está ingresado en un hospital presa de una crisis nerviosa como resultado de un accidente en el taller. Le escribe a Ficker, el gestor de su donativo, que se queja de la situación de privaciones por la que pasa en su unidad, y le recomienda que lea Los Evangelios de Tolstoi, libro del que no se separa. Tras la convalecencia vuelve al taller (ahora en Sokal), y reanuda su trabajo, y la correspondencia con Russell. En el otoño de 1915 le comunica su intención de escribir un libro, el contenido lo tiene prácticamente ultimado, y quiere que sean Russell y Frege los primeros que lo lean antes de que pueda ser publicado. Son meses relativamente tranquilos en el frente, la época de las ofensivas ha pasado y la guerra se alarga.

Es muy posible que de haberse decidido Wittgenstein a escribir el libro en ese momento, el Tractatus hubiera sido un extraño libro de lógica que sería recordado por el empleo de la noción de tautología y las tablas de verdad, hubiera sido encuadrado dentro de la corriente del “Atomismo Lógico” que defendió Russell durante un tiempo, y solo los especialistas en el tema lo mencionarían.

Entre finales de 1915 y los primeros meses de 1916 Wittgenstein trabaja en el libro, y mantiene largas conversaciones sobre filosofía y literatura (Tolstoi y Dostoievski) con Max Bieler, un médico de la Cruz Roja, el amigo que le faltó en el primer año de la guerra.

Pero todo va a cambiar.

En marzo de 1916 la situación en el frente comienza a moverse y los superiores de Wittgenstein deciden por fin acceder a sus demandas, es destinado a una unidad de artillería cerca de la frontera rumana, a primera línea de combate. La guerra comienza para Wittgenstein.

Le deja a Bieler la mayoría de sus pertenencias, tiene la completa seguridad de que no va a volver. Únicamente lleva consigo a su inseparable Tolstoi y Los Hermanos Karamazov de Dostoievski.

(…)

Categorías:Uncategorized Etiquetas:

Wittgenstein at War (1)

inicio07

 Wittgenstein en Guerra, la “transmutación” del Tractatus.

Suele ser un lugar común hablar del “primer Wittgenstein” y el “segundo Wittgenstein”; o en relación al contenido del Tractatus, del “Wittgenstein lógico” y el “Wittgenstein místico”, enfatizando las diferencias como sin en el pensamiento de Wittgenstein se hubiera operado una trasmutación alquímica que hiciera incompatibles ambas posibilidades. Pero lo cierto es que bajo las evidentes diferencias existe una continuidad que hace posible el cambio, una misma sustancia que lo sustenta. Así, es imposible orientarse en la laberíntica caverna de las Investigaciones Filosóficas sin tener presente las constantes que también se encuentran en el Tractatus; o comprender a ese “Wittgenstein místico” sin entender que es una consecuencia de la lógica, de “su lógica”.

La motivación que impulsó al Wittgenstein ingeniero a dedicarse a la lógica fue la Teoría de los Tipos de Russell y Whitehead. Artificio técnico introducido en el edificio lógico de los Principia Mathematica con el objeto de salvar las paradojas que aparecían en la heurística de conjuntos empleada por Russell y Frege (muy distinta de la de Cantor, que es la que se usa hoy en día). Si para Russell un conjunto (o una clase, o concepto) era la extensión de un predicado, de cualquier predicado, aparecen sin remedio inconsistencias derivadas de posibles autorreferencias. Para salvar la consistencia hay que postular en la axiomática un mecanismo que lo evite, distinguiendo diferentes tipos o rangos de conceptos de manera que ningún concepto de un tipo dado es aplicable a conceptos de tipo igual o superior. La Teoría de los Tipos puede llegar a resultar complicada de usar cuando se empiezan a derivar teoremas lógicos, pero evita las paradojas; eso sí, arruina de forma implícita la primitiva pretensión del programa logicista: derivar la matemática de principios lógicos evidentes, la teoría de los tipos no es ni mucho menos evidente, y presupone la existencia de una serie infinita cuyo manejo queda establecido a priori (los distintos tipos), con todo lo que conlleva a la hora de hacer suposiciones previas. Russell suponía que la Teoría de Tipos sería eliminada con una reformulación de la lógica, una nueva lógica que hiciera de la teoría de los tipos algo superfluo. Ese era el problema que se propuso resolver Wittgenstein a partir de 1911.

La solución encontrada por Wittgenstein, perfilada entre 1912 y 1913, fue su distinción entre decir y mostrar. En un lenguaje lógico adecuado los “tipos” serían mostrados, sin necesidad de hablar de ellos. La lógica no dice nada, sino que únicamente muestra su sentido, y en este “sentido” debe estar implícita la distinción entre los diversos tipos de conceptos o de cosas. Esa distinción debería de ostentarse en el simbolismo, y no como Russell pretendía en los Principia, hacerla explicita en el formalismo como axioma. El símbolo lógico debe de mostrar por sí mismo el “tipo”, que comienza con el “hecho atómico” (sea éste lo que sea) convenientemente simbolizado; a partir de éste se construyen las proposiciones. Wittgenstein afinará este razonamiento en toda la parte del Tractatus que trata sobre la forma general de la proposición, y ventilará la Teoría de Tipos en tres proposiciones (3.331-3.333), considerándola, como preveía Russell, algo superfluo y carente de sentido, aunque en modo alguno de la forma que pretendía su maestro.

¿Pero cómo pudo Wittgenstein vincular su ética con esta idea sobre la cual gravita toda su lógica?

0534

7 de agosto de 1914, Wittgenstein se alista como voluntario en el ejército austriaco.

Tras el cruce de ultimátums y telegramas que precedieron a la declaración de guerra entre las potencias europeas, se vive en todo el continente un ambiente de euforia desmedida, todo el mundo aguardaba con impaciente inconsciencia ese momento, la guerra es celebrada con algarabía, y las palabras de Marinetti en 1909 en su Manifiesto del Futurismo parecen resonar en todas las capitales europeas:

“Nosotros queremos glorificar la guerra —única higiene del mundo—, el militarismo, el patriotismo, el gesto destructor de los libertarios, las hermosas ideas por las que se muere y el desprecio por la mujer.”

Es difícil imaginar a Wittgenstein yendo en procesión a la oficina de reclutamiento cantado el himno nacional para no perderse una guerra que, en principio, iba a durar unas semanas, sin embargo, Wittgenstein fue a la guerra con la misma determinación que muchos europeos. Hay más de sentimiento personal que patriótico en la decisión de Wittgenstein, sobre todo hay una necesidad de ponerse a prueba, de afrontar el peligro y comprobar la autentica medida de su valía. De alguna manera creía que la experiencia que suponía la guerra, esa vida al límite, le fortalecería, buscaba algún tipo de respuesta que únicamente creía encontrar enfrentándose a la muerte: si el suicidio le había perseguido como un fantasma familiar, la muerte que podría encontrar en el frente le serviría para conjurarlo.

Al comienzo de sus diarios de guerra, que discurren entre 1914 y 1916, Wittgenstein anota:

“Ahora tengo la oportunidad de ser un ser humano decente, pues voy a estar cara a cara con la muerte”

Pide ser mandado al frente, pero sus expectativas se ven frustradas. Es destinado en calidad de soldado raso a un buque que patrulla sobre el Vístula, en la retaguardia. Pretendía enfrentarse a la muerte y se vio a bordo del Golpana, sin ver ni siquiera de lejos al ejército ruso.

0524

Wittgenstein recordaría este primer periodo de la guerra con amargura y desesperación. Se ahoga en una ambiente rodeado de gente a la que desprecia y con la que no tiene nada en común (es el mundo que el Wittgenstein, de los Wittgenstein de toda la vida, no había visto hasta ahora), realiza tareas solitarias, como manejar el reflector por la noche. Únicamente encuentra consuelo en su diario, en el que alterna las entradas personales con las de lógica; en las cartas que consigue enviar, vía Suiza, a Pinsent, y en los pocos libros que lleva consigo, en particular uno: El Resumen del Evangelio de Tolstoi.

Es difícil estimar el tipo de influencia que este libro tuvo en Wittgenstein, que resultó decisivo es evidente, al menos desde una perspectiva personal, pero en la evolución posterior de su pensamiento, ¿fue fermento o catalizador? ¿Hubiera influenciado de la misma manera de no haberse encontrado en esa situación? Él mismo anota que fue lo único que le mantuvo con vida, la sombra del suicidio siempre presente. Junto a Los Evangelios también leyó en este periodo de frustración El Anticristo de Nietzsche, lecturas antitéticas que se entrecruzan.

En la parte personal del su diario Wittgenstein comienza a insistir en la necesidad de preservar su mundo interior, “su alma”; si esto es posible no importa lo que pueda ocurrir al exterior, ¿reconocemos aquí indicios de ese curioso solipsismo presente en el Tractatus? Pero también deja constancia de las necesidades que le impone una sensualidad que no puede obviar, como las veces que se masturba.

Sin embargo las preocupaciones filosóficas durante este periodo todavía están centradas por completo en la lógica, así se lo hace saber a Frege, con quien podía mantener una correspondencia sin restricciones. Es en el otoño de 1914 cuando Wittgenstein da con una de las ideas centrales del Tractatus: la teoría pictórica, o figurativa, del lenguaje (la proposición es una figura de los hechos), que aparece en sus diarios a partir de septiembre. Pero sus avances en lógica se producen a oleadas, a días de trabajo se suceden otros completamente improductivos

(…)

Categorías:Uncategorized Etiquetas:
A %d blogueros les gusta esto: