Ivan Ivanovich

Conseguí aquella cita con Marianne como quien se contenta con un premio de consolación. Peter, el factótum de la Krieg Investiment en Moscú, alternaba de manera brusca episodios de feliz vida conyugal con aventuras más o menos consentidas, aquel fin de semana se marchó con su mujer a San Peterburgo, de manera que Marianne se quedó sin compañía, sola y aburrida.

Marianne trabajaba en la oficina de contratación de la Krieg en Moscú, como yo, era francesa, atractiva e interesante, también vivía su etapa en Moscú como un destierro, pretendía volver cuanto antes a Londres, y Peter era, desde luego, su trampolín. Me dijo que sí, y yo todavía no sé por qué la invité a cenar.

Era mi primer trabajo fuera de España, en Moscú, me aseguraron que el nuevo y resbaladizo capitalismo ruso encerraba oportunidades, dinero y promoción. A mí me dio igual, me marchaba, y me marchaba a Moscú, lejos. Mover dinero, participar en el apetecible jacuzzi financiero, en la fiesta. Naturalmente todo aquello ocurrió antes de que aquella fiesta acabara. Antes de que la burbuja nos explotara a todos, o casi todos, en la cara, o que se deshinchara como un globo que nunca supimos inflar, pedorreando y dejándonos con cara de idiota. No sé por qué, ahora me ha dado por pensar en eso.

Boris, que trabajaba con nosotros en las oficinas de Presnensky, me había invitado a una fiesta en su casa, una fiesta de rusos, con vodka, lágrimas y música. Le dije que no, que tenía una cita con Marianne. Me sonrió y me deseó suerte, no supe apreciar la ironía. Debí haber aceptado, o quizá hice bien, ahora tengo algo que recordar, y no una penosa y brumosa sombra de algo divertido y nublado por el vodka.

Como era previsible mi cita con Marianne fue un auténtico naufragio mutuo.  Cenamos en un caro restaurante, en Krasnaya  Prensnya, y al poco rato ya habíamos agotado de manera previsible y educada todos los lugares comunes imaginables, incluso nos asomamos ambos sin miedo al inquietante abismo de los silencios incómodos.  Agradecí que no se demorara con el café, que no propusiera tomar una copa. Aquello superaba mis frustrantes experiencias con las primeras citas, era un precipitado resumen de dos vidas paralelas y ajenas que se tropiezan por puro aburrimiento en una ciudad extraña. Nada más. Uno de los camareros nos dijo que no tendríamos ningún problema para encontrar un taxi en Krasnaya  Prensnya. Pagamos, y nos fuimos.

Pero aquel camarero se equivocaba, o tal vez quiso gastar una broma a dos occidentales presuntuosos. Por aquella larga avenida, sobre las once, creo, no pasaba ningún coche y mucho menos un taxi. Hacía frío, frío de verdad, un frío asesino y moscovita de finales de noviembre. La nieve caída los últimos días yacía acumulada formando grandes montículos en la acera, sepultando bancos y papeleras. Marianne empezaba a impacientarse, su aburrida noche con ese español amenazaba con terminar en pulmonía, y yo, algo molesto, no hacía mucho por acortar la espera. Permanecía al borde de la acera esperando la llegada de un improbable taxi, soportando el frío y mis pies petrificados. Como si el castigo a nuestra aciaga noche hubiera consistido en un salto en el tiempo, yo esperaba sin sorpresa la aparición de un Volga soviético en el que viajaran dos tipos vestidos de negro, y que sin duda nos pedirían permisos y documentación que no tendríamos. Justo final para aquella noche.

No apareció el Volga, ni ningún otro, pero sí vimos una aparición realmente insólita. Como salida de ningún sitio se paró junto a nosotros una viejecita sepultada entre capas y capas de ropa. Llevaba un viejo y astroso abrigo como última capa, unas botas enormes y una gruesa bufanda de lana cubriéndole la cabeza, totalmente embozada, apenas se le distinguían unos ojos enrojecidos y una nariz cárdena por el frío. Un personaje de novela de Pasternak, una vieja que acumulaba en sus ropones revoluciones, guerras, hambres y derrotas. Llevaba una gran bolsa de lona, repleta de lo que supusimos trapos, o mantas. No dijo nada, simplemente esperaba, igual que nosotros.

Marianne me miró, parecía preguntarme quién era esa viejecita, yo me encogí de hombros. ¿Quién iba a ser a aquellas horas y con ese frío? Alguien sin domicilio tal vez, o que apura las últimas horas de la noche en busca de algo de suerte, o de un rincón donde dormir. Pudo haber esperado en otro lugar de la calle, pero se colocó entre los dos, quizá insinuando algo de compasión de ese par de occidentales fuera de lugar. Marianne me volvió a mirar con espanto y urgencia… y yo hice ademán de echar mano de la cartera… alguno rublos sueltos le podía dar.

Peo si insólita fue la aparición de la viejecita, mayor fue la del homeless, que se nos acercó poco después. Digo homeless y quizá me equivoque, pero su aspecto no daba lugar a muchas interpretaciones: un abrigo raído, las solapas subidas, el gorro de lana gastado y asomando greñas amarillas y sucias… venía arrastrando los pies por la nieve sucia, y cargaba un carrito de la compra que se empeñaba en remolcar a pesar de que carecía de una de las ruedas. Nuestro lugar en Krasnaya  Prensnya se había convertido en punto de encuentro, homeless atraídos por dos turistas en un lugar apartado…. Y sin coches.

El viejo parecía no haberse dado cuenta de nuestra presencia, cargaba con el carrito con la intención de cruzar la calle, pero a pocos metros  de nosotros se paró… nueva mirada de espanto de Marianne, y la calle desierta, sin coches. Fue en ese momento cuando la viejecita levantó los brazos, y a voz en grito exclamó:

-¡¡Iván Ivánovich!!

Nos quedamos perplejos… pero el viejo, abriendo los ojos como platos, exclamó de la misma manera:

-¡¡Natalia Nikolaievna!!

Fardo y carrito quedaron abandonados, y Natalia e Iván se fundieron en un aparatoso abrazo…. Palmeos, besos sonoros en mejillas y bocas, y nuevos palmeos.

-¡¡Iván Ivánovich!! –repitió la vieja

-¡¡Natalia Nikolaievna!!

No hacían otra cosa que repetir sus nombres a gritos y abrazarse entre sollozos… no entendí nada más… mi ruso de emergencia no llegaba a comprender apenas nada, todo confundido por las carcajadas, los besos y los nombres de ambos que no cesaban de repetir.

-¡¡Vanya!!

-¡¡Natalia!!

Marianne saltó rauda al borde de la acera… un taxi, lo llamó como si fuera el último coche de Moscú, agitando los dos brazos y casi invadiendo la calzada… y de un tirón me introdujo en el coche. Me giré… lo último que vi fue a Natalia y a Iván perdiéndose por la oscuridad de la calle, cogidos del brazo. El fado y el carrito quedaron olvidados en la acera.

Ni Marianne ni yo nos dijimos nada durante aquel trayecto por las calles de Moscú… una ciudad fría y extraña, la nieve sucia, las luces en las casas… Mientras oía una antigua canción de los Pretenders por la radio del taxi, “Don’t get me wrong”… sentí cierta envidia de ese Iván, y su Natalia. Un encuentro fortuito, la memoria vencida.

 

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Papeles de Víctor Morelli (2)

N.O.S.T.R.O.M.O.

Juan Eduardo Cirlot Diccionario de Símbolos:

Secreto: Todo secreto simboliza poder sobrenatural; de ahí su efecto perturbador sobre la generalidad de los seres humanos […] En cambio, la dominación de esta tensión cuando se es superior a ella confiere una sensación de superioridad constante

Luego no es tanto el secreto (su contenido) como la posesión del mismo lo que resulta atractivo; no es lo que se pueda revelar, sino la posibilidad de mantener el silencio.

G. K. Chesterton El hombre que fue jueves:

-Y ¿quiénes son ‘nosotros’? –pregunto Syme vaciando su copa de champán.

-Es muy sencillo –replicó Gregory-. ‘Nosotros’ somos los anarquistas verdaderos, en los que usted no cree.

En su pequeño ensayo, Las sociedades secretas, Thomas De Quincey llama la atención sobre el tremendo éxito de las sociedades secretas vacías, aquellas que su secreto es tan elusivo que no existe, nadie lo conoce, ni siquiera los propios miembros de la sociedad, pero es justamente la capacidad aglutinadora del hecho de ser depositario de algo, aunque no se sepa de qué se trata, lo que consigue que sociedades fraude se  perpetúen. El verdadero secreto es el inexistente, aquel que jamás puede ser desvelado. Por otra parte la posibilidad de saberse engañado y presa del fraude es un buen incentivo para permanecer callado y acrecentar la fama del innombrable secreto. Cita un ejemplo gracioso: había en Oxford una sociedad secreta (o discreta), cuyo único objetivo era perpetuarse a sí misma, sus miembros no guardaban ningún secreto, ni conspiraban contra nada, tampoco había normas de ningún tipo, simplemente cumplían con la obligación de ocupar cargos rimbombantes sin significado alguno, un único axioma era de obligado seguimiento para todos los adeptos: no dejar jamás ninguna plaza vacante… por los siglos de los siglos.

Así pues ¿quiénes es N.O.S.T.R.O.M.O.? El nombre ya me  parece absurdo. ¿Hará referencia a la novela de Conrad, o al personaje secundario que le da nombre? Nostromo, il nostro uomo. Intrigas políticas entre Costanagua y Sulaco, o los esfuerzos baldíos por mantener una “inmaculada” reputación ante nadie. La novela de Conrad es una historia compleja, con demasiados personajes y varias historias paralelas, de manera que no imagino cuál haya podido ser el motivo del nombre.

¿Se trata de la difunta Sociedad L.H.O.O.Q. a la que pertenecí en mi breve excursión parisina a finales de los setenta? Me inclino a pensar que sí… que de nuevo Jean y sus conspiraciones de salón, me acechan… de nuevo.

Se reúnen en París en un cine excavado en las catacumbas, si no me lo llega a decir Sigfrido Robledo creería que era una broma del propio Jean. No lo sé. Pero la hipótesis de una sociedad vacía no me parece descabellada. Algo cómico y al mismo tiempo trágico. Me persigue una sociedad secreta que en el fondo no oculta nada, ni el perseguido ni los perseguidores consiguen  darse cuenta del fraude. Grupos conspirativos que se autorreproducen atrapando en sus redes a acólitos y enemigos, y sin que nadie se percate de que en el fondo no hay nada: lunes, martes, miércoles…. y jueves.

Desinformación, ocultación, confusión, y la conexión hermética… todo muy de gusto de Jean van Hoonerth:

En 1617, el que fuera médico y alquimista de cabecera del Emperador Rodolfo II de Praga, Micahel Maier, publica Atalanta Fugiens, además de otros muchos opúsculos y libelos de orientación y apología rosacruciana: Aracana Arcanissisma (1614), Silentium post Clamores (1617), Themis Aurea (1618), Verum Inventum (1619)…Todo forma parte del inmenso pandemónium de desinformación, confusión y locura colectiva que supusieron en la cofradía hermética la publicación en 1614 y 1616 de los libelos, Fama Fraternitatis, Confessio Fraternitatis y Bodas Químicas de Christian Rosenkreutz, este último firmado por Johan Valentin Andreade, aunque todo el mundo afirmaría que fue también el oculto autor de los dos primeros, cosa que él siempre negaría. Los tres pequeños volúmenes se convierten en la carta de presentación en sociedad de los rosacruces, era momento adecuado, el trip hermético estaba en su verdadero apogeo en la Europa central y la misteriosa sociedad secreta fundada por el enigmático Christian Rosenkreutz (nacido en 1378 y muerto nada menos que en 1484) y poseedora de arcanísimos y poderosos secretos causa autentica sensación. Todo el mundo sabe algo pero nadie dice nada.

En medio de todo ese lío, en 1619, el “devoto” teólogo protestante Valentin Andreade a la sazón en Tubungia, publica un libelo utopista denominado Christianopolis, donde expone un modelo social perfecto y cristianísimo.

Cristianópolis se encuentra en un ignoto lugar en medio del Atlántico (¿New Atlantis?) llamado Caphar Salama. Cuatrocientos habitantes, veinticuatro consejeros y tres ministros (uno de Dios, un maestro y un juez), números bíblicos por todas partes. Ciudad dividida en tres  barrios, cada uno dedicado a una labor: artesanos, industria y labores agrícolas; todos los productos son enviados a los almacenes del Estado y distribuidos; comunidad de bienes y prohibición de la moneda y el comercio, lo de siempre. Poco trabajo y vida frugal en castos matrimonios obligatorios (el adulterio es castigado con la muerte), el resto del tiempo es empleado en rezar y leer las Escrituras. Francamente divertido.

Sociedades secretas y utopías… las obsesiones de Jean. Desde luego N.O.S.T.R.O.M.O. debe de estar muy alejada de esa Cristianópolis… o no tanto. Sodoma y Gomorra bajo el subsuelo parisino.

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[Nota de Víctor Morelli escrita a mano en la contracubierta de Nostromo, de Conrad (circa 2005), en su apartamento de Barrio de Ruzafa de Valencia. Primera referencia a N.O.S.T.R.O.M.O.]

 
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Papeles de Víctor Morelli (1)

Azar

 

A Filtcraft le “abrieron la tapa de la vida, y le mostraron cómo funcionaba”, azar, contingencia.  Filtcraft, el personaje al que Sam Spade encuentra tras haberse vaporizado en “El Halcón Maltés”, creyó haber escapado del destino apostando al azar. Un día decidió desaparecer con lo puesto, sin decir nada a nadie. Años después acabaría en otra ciudad, y con otra vida casi igual que la que había llevado antes de su desaparición. Encerrado de nuevo.

¿Qué es el azar? Por qué a menudo lo buscamos como niños como un juguete nuevo, como si llevara consigo la respuesta de algo: tiramos los dados, echamos una moneda al aire… En 2004 Ashley Revell, británico de apenas treinta y dos años, vendió todas sus pertenencias, absolutamente todo, incluido el esmoquin que llevaba puesto aquella noche en Las Vegas. Reunió 135,300 $, decidió apostarlo todo al rojo, doble contra nada. “Todo ocurrió tan rápido, estaba girando antes de que me diese cuenta”. Segundos de incertidumbre, la bola que gira, caprichosos rebotes y saltos en la ruleta. Hay gente que se lanza desde un puente un domingo, pero sabe que la cuerda aguantará, otros buscan emociones más fuertes. ¿Es eso lo que buscamos? ¿Esa suspensión del tiempo, ese presente infinito? Rojo 7. Revell dobló. De no haber sido así no sería famoso. Y todo sucede antes de que uno pueda darse cuenta, y ya no puede hacer nada, ¿es eso el azar?

“Si pudiera dominarme solamente una hora, sería capaz de controlar mi destino”. Dice Alexei antes de volver al casino en “El Jugador”. Y sin embargo no es el azar lo que le importa al también jugador Dostoievsky, sino aquello de lo que no es más que una mera sombra, un pálido reflejo: el fatalismo, el fracaso al que todos los personajes se ven abocados, y esa liberación que supone la aceptación del destino. “¿Abuela, y si no sale rojo?”, dice al final de la novela. Azar y destino, al fin y al cabo lo mismo, al menos para el alma rusa de Fiodor.

¿Por qué a menudo relacionamos azar y destino?

Kid Cincinnati es un jugador profesional de póker. El mejor, o casi. Para dirimirlo se ha organizado esa partida, en New Orleans, entre negros trapicheando y cantando jazz y tugurios de mala muerte. Pero todo ocurre en el mejor hotel de la cuidad, allí jugarán Kid y el Rey, los demás no cuentan. Sabemos que al final sólo quedarán ellos dos, que a pesar de todo, de todas las horas que llevan jugando, de los manejos de Karl Malden, de las turbias insinuaciones de la peligrosa Ann-Margaret, llegará esa mano definitiva que ambos andan buscando. Unas cartas lanzadas sobre el tapete verde marcarán la diferencia entre el cielo y el infierno. Ellos dos, frente a frente: Edward G. Robinson y Steve McQueen. No, él no puede tener esa carta, esa jota que complete su escalera de color, Kid tiene cogido al Rey. Azar o destino, cuando el Rey muestra, sin emoción, esa carta, esa maldita jota, la sorpresa es mayúscula, pero en el fondo es algo que intuíamos, y más que nadie el propio Kid, quizá por ello lo apostó todo. “El poker es como la vida”, dicen los jugadores.

¿Y quién juega con nosotros? ¿El azar o el destino?

Un amigo visita al alférez Wilhelm Kasda, antiguo compañero de armas, necesita dinero de manera urgente (deudas de juego, claro), lo ha intentado todo, incluso el robo de pequeñas cantidades, pero está desesperado y ya no sabe a quién acudir. Pero Kasda no dispone de la cantidad necesaria, apenas una mínima parte ¿Y por qué no el juego? Kasda se decide a jugar su propia fortuna en una partida de cartas para ayudar a su amigo. Y gana. Gana mucho dinero en una imposible noche vienesa de fortuna y buena suerte, y hace lo que poca gente en su situación es capaz de hacer: se retira a tiempo. Es de madrugada, apenas hay nadie en la calle, debe de darse prisa o perderá el último tren. Un casual encadenamiento de sucesos, banales todos ellos, aunque cualquiera hubiera podido cambiar el curso de los acontecimientos, y el último tren que parte fatalmente cuando Kasda llega a la estación. Las calles desiertas, un largo paseo hasta casa, y los bolsillos repletos de dinero. La mesa de juego está sólo a un paso, quizá alguien le pueda llevar en su coche al terminar. Kasda vuelve, decide jugar otra vez (tiene tanto dinero). Esa segunda vez Kasda lo pierde todo, el relato de Arthur Schintzler acaba de manera trágica, “Apuesta al Amanecer”. ¿Quién ha jugado caprichosamente con Kasda?

Es curioso cómo podemos intercambiar los nombres utilizando los mismos adjetivos: caprichoso, cruel, afortunado. Porque ¿qué es el destino sino azar? El destino siempre aparece velado, oculto, ¿qué nos depara el destino?, ¿quién lo sabe? Y si el destino es desconocido, ¿en qué se diferencia del azar? Y por qué no llamar destino oculto a las caprichosas vicisitudes del azar. Me gusta la Teoría de Probabilidades, es una rama de las matemáticas apasionante.

La sibila de Ludwig Wittgenstein de nuevo, al que sigo leyendo de manera culpable, a menudo se parece a un sobrecito de azúcar: “Lo que el lector también puede, déjaselo a él”

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[Nota de Víctor Morelli encontrada en el envés de un resguardo bancario (circa 2005), en su apartamento de Barrio de Ruzafa de Valencia. Escrita a mano y con letra diminuta.]

 

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Carta de Víctor Morelli

Transcribo, Morelli, tu carta tal y como me ha llegado junto con la traducción de la noticia. No sé qué pretendes, ni si quiero jugar, aunque puede que ya no tenga elección, ¿verdad?

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Querido Carles:

Permíteme la licencia del tuteo, pero creo que estar al otro lado de este mundo me da derecho a ciertas dispensas, aunque sólo sea por hacer valer mi condición de espectro al que no le afectan las convenciones sociales de los hombres.

Un año. Hace ya casi un año de mi desaparición, tiempo suficiente como para dejar reposar las cosas, y para que maledicencias se agoten. Ya nadie se acuerda de mí, la memoria ha terminado conmigo. Incluso tú apenas conservas de mí un recuerdo vago y seguramente molesto… Ah, mis papeles, es cierto, debiste quemarlos y no hacerte cargo de ellos.

Pero puedo ver en tu rostro esa mueca de contrariedad. ¿Cómo –te preguntarás- podrías olvidarme si no dejo de enviarte cartas manuscritas?  He de confesarte que no fui sincero contigo, no ha sido nada personal, pero, entiéndeme, no sabía quién eras, no sabía si trabajabas por cuenta de alguno de mis enemigos, o incluso de la propia Sociedad L.H.O.O.Q.; no sabía si el azar te había colocado en mi camino, si eras un outsider, un espontaneo, o si pensabas divertirte a mi costa. Te hiciste cargo de mis papeles de manera fortuita, lo sé, no te lo reprocho, en el fondo fue culpa mía, una heteróclita, fragmentaria y descabellada colección de anotaciones que no debió leer nadie, y que yo mismo hubiera quemado si la precipitación de una huida –la mía- no me hubiera obligado a dejar todo aquello en aquel apartamento del Barrio de Ruzafa, donde tú habitas ahora. Los debí haber quemado, como Kris Kelvin quema sus pertenencias poco antes de viajar a Solaris, ¿te acuerdas? Nunca he visto una escena más devastadora, es poco menos que una elipsis del suicidio: Kelvin viaja a Solaris, un lugar dónde sólo habitan muertos, recuerdos, y antes de ello quema todas sus pertenencias en presencia de su padre, al que jamás volverá a ver, ambos lo saben y nadie dice nada. Aunque… sabes que hay algo que conserva, ¿verdad?

De manera que intenté descubrir tus motivos, tú te quedaste con mi memoria y yo me debía cobrar algo, supongo que lo consideras justo. Es cierto que lo hice de forma un tanto torpe, dando palos de ciego, como esa carta algo precipitada que te envíe con la composición (a finales de los setenta) de la Sociedad L.H.O.O.Q., me expuse demasiado pero mi situación era muy complicada y en el fondo no perdía nada, daba nombres e identidades, algunos de ellos han muerto, otros, como yo, han desaparecido. Más tarde pretendí hacerte entender las consecuencias que se derivarían, para ti, en el caso de que siguieras metiendo las narices allí donde no se te ha perdido nada. Fue una metáfora, es cierto, tal vez demasiado verosímil, sin embargo en el relato de mi pretendida iniciación en la Sociedad L.H.O.O.Q., están todas las claves, todas las advertencias. Tú verás lo que haces, aunque sé –de veras lo sé- que desgraciadamente no vas a volverte atrás. Muy bien Carles, o Torsvan, o como quieras llamarte a  partir de ahora. Sea. Alguien ha muerto y debe ser vengado. Tú no eres Hamlet, y yo tampoco soy el espectro de su padre, pero los dados ya han sido tirados.

Te mando pues el primer eslabón de la cadena, sé que tú sabrás apreciarlo. La lista con los miembros de L.H.O.O.Q. no debió ocupar ese primer lugar pero las circunstancias fueron otras muy distintas. En septiembre de 2004 la policía de la Prefectura de París hizo un descubrimiento singular en las Catacumbas, más o menos bajo el Palacio de Chaillot. Sin saberlo se habían dado de bruces con la “compañía” Mexicaine de Perforation.

Suerte.

Víctor Morelli.

 

Transcripción de la noticia aparecida en The Guardian (08/09/2004) y El Mundo (09/09/2004):

PARIS.- La Policía de París ha descubierto un cine-restaurante completamente equipado en una enorme caverna inexplorada que se encuentra bajo el selecto 16 arrondissement de la capital francesa.

“No tenemos la menor idea de quién ha podido utilizar esto”, dijo un portavoz de la policía. “Había dos esvásticas pintadas en el techo, pero también cruces celtas y varias estrellas de David, así que no creemos que hayan sido extremistas. Alguna secta o sociedad secreta, tal vez. Hay un gran número de posibilidades. En cualquier caso se trata de algo ilegal”

Los miembros del escuadrón deportivo, responsable –entre otras tareas- de la vigilancia de las 170 millas de túneles, cuevas, galerías y catacumbas en las que se asienta gran parte de París, tropezaron con el complejo en un ejercicio de entrenamiento bajo el Palacio de Chaillot, frente la Torre Eiffel. Después de entrar en la red de cavernas a través de un sumidero junto al Trocadero, los agentes vieron una lona que decía: «Obras. Prohibido el paso». Detrás de la lona había un túnel donde descubrieron un escritorio con una cámara de televisión de circuito cerrado programada para grabar automáticamente a todo el que pasara por el lugar. El mecanismo también activó una cinta grabada con ladridos de perros. “Claramente diseñado para ahuyentar a los curiosos”, señaló el portavoz.

Más adelante, el túnel desembocaba en una amplia caverna de 400 metros cuadrados situada a unos 18 metros bajo la superficie. Aquí la policía encontró una gran pantalla de cine, butacas para unas treinta personas, equipos de proyección y cintas de una amplia variedad de películas, incluidos clásicos del cine negro de los 50 y los thrillers más recientes.

Una cueva contigua de menor tamaño había sido convertida en un bar restaurante de ambiente informal. Había botellas de whisky y de otras bebidas detrás de la barra, mesas y sillas, y una olla a presión para hacer cuscús, dijo el portavoz.

“La instalación eléctrica había sido diseñada por un profesional”, declaró la policía, “habían también tres líneas de teléfono operativas”

Tres días más tarde, cuando la policía regresó al lugar acompañada por expertos de la compañía de Electricidad de Francia para comprobar de dónde provenía el suministro eléctrico, tanto las líneas telefónicas como los cables eléctricos habían sido cortados y en el suelo había una nota que decía: «No intentéis encontrarnos».

Las millas de túneles y catacumbas de París son esencialmente canteras que datan de la época romana, y de las que salió gran parte de la piedra que se excavó para construir la ciudad.

Hoy en día, los visitantes pueden realizar visitas guiadas en torno a una sección muy restringida, Les Catacombes, donde reposan los restos de hasta seis millones de parisinos que fueron trasladados de cementerios superpoblados a finales de 1700. Pero desde 1955, por razones de seguridad, es un delito penetrar o circular en el resto de la red.

Existen, sin embargo, varios grupos secretos, llamados Cataphiles, que acceden a los túneles, principalmente durante la noche, a través de los desagües y pozos de ventilación, y mantienen lo que en la imaginación popular siguen siendo en orgías y ceremonias secretas, pero que a todas luces no pasan de ser meras juergas subterráneas.

El reciente descubrimiento de tres túneles debajo de la prisión de alta seguridad de La Santé, fue atribuido a las actividades de uno de estos grupos. Otro de ellos, autodenominado Compañía Mexicana de Perforación, aseguró anoche a la radio francesa RTL que el cine subterráneo fue obra suya.

Patrick Alc, un fotógrafo que ha publicado un libro sobre el movimiento de exploración subterránea urbana y pretende estar cerca del grupo, dijo a la radio RTL que el descubrimiento de la caverna era “una lástima, pero no el fin del mundo”. Hay “una docena más que no se han descubierto”, dijo.

“Ustedes no tienen ni idea de lo que hay ahí abajo”.

 
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Cómo fui iniciado en L.H.O.O.Q. (y 4)

 

Violas los juramentos, te mofas de mi… y no contento con eso me haces partícipe de la comisión de un crimen, y me fuerzas a hacerlo público. Ahora sí que sé que corro peligro. Sí, ¿te sorprende Morelli? ¿Era eso lo que buscabas? ¿Tendré más noticias tuyas?… ¿Me dirás quien fue el asesino, el asesinado? ¿O tendré que ser yo quien lo averigüe?

 

Cómo me inicié en la Sociedad L.H.O.O.Q. (Por Víctor Morelli) (y 4)

París, 20 de noviembre de 1975.

 

Los tres entramos en el interior, al cruzar la puerta, Torsvan, no pudo evitar que la bolsa de deporte impactase con el portalón emitiendo un claro sonido metálico, sobresalto de todo el mundo, sobre todo de Torsvan y Robledo, que se miraron con inquietud. El portalón se cerró sonoramente y la oscuridad pareció cernirse sobre todos nosotros.

El portero encendió una luz, me encontré en un patio de suelo ajedrezado, una escalera de mármol subía a la derecha de la entrada, tenía los escalones ligeramente desgastados por el centro, al fondo, enfrentada a la puerta, había una cabina con una mesa y un pequeño flexo de luz azulada que apenas iluminaba, era el puesto del portero, y algo más cerca se encontraba la imponente puerta del ascensor, tenía un apresurado cartel colgado y escrito a mano con las palabras:

 

NO FUNCIONA

 

-Permítanme que me  presente –dijo el portero-, mi nombre es Claude Floret, Comendador del Legado Patafísico, y su depositario, en espera de la venida de los grandes sátrapas que hagan que el Ilustre Colegio deje el actual estado de ocultación.

-Sigfrido Robledo, Incomparable Embajador del Gran Duchamp, Gran Maestro de los Arcanos del Vidrio. Director de la Comisión para el Ready-Made Inconcluso, Subcomisión para la finalización de las tablas en el ajedrez. Mi apadrinado, Víctor Morelli, propuesto para la Comisión de Bucles y Excepciones Topológicas, todavía no tiene grado, hoy es su ceremonia de iniciación.

-¡¿Qué?! –exclamé estupefacto.

-Torsvan Maruth, Supremo Hierofante de la Ocultación, Imponderable Depositario del Secreto. Director de la Comisión de Sombras y Ocultamientos. Subcomisión de los Automatismos Liberados y Cabezas Parlantes.

-Es un placer caballeros –dijo Claude Floret-, desgraciadamente el estado de ocultación del Colegio impide celebrar las habituales sesiones ordinarias y extraordinarias; pero si lo desean las instalaciones y departamentos del Colegio están a  su disposición, aunque si quieren que les sea franco, las normas de acceso se han complicado de manera incongruentemente necesaria… Si me permiten, ¿se trata de una visita extraordinaria?

-Sí, claro –dijo Robledo.

-¿Qué coño pasa Robledo? –pregunté temiéndome lo peor.

-Sólo tienes que seguir la corriente –contestó Robledo.

-Y responder correctamente –repuso Torsvan.

El portero nos hizo una seña para que le siguiéramos. Atravesamos el patio ajedrezado con el único sonido de las piezas metálicas que guardaba Torsvan en la bolsa de deportes.

-Cómo ya sabrá antes tienen que firmar el registro –me explicó Floret.

-Yo no sé nada –protesté.

Claude Floret tenía una pequeña mesa de contrachapado iluminada por un flexo de bombilla azul, apenas una difusa burbuja de luz. Sobre ella había un pequeño tablero de ajedrez  con una partida ya comenzada, un ejemplar de Le Figaro doblado por la mitad y una fotografía en un pequeño marco:

Era una reproducción de un cuadro de C.M. Coolidge, siete perros jugaban una partida de póker en toda regla, una mesa, tapete, fichas en juego, whisky, cervezas, y los buldogs haciendo trampas.

Sigfrido Robledo se fijó en el tablero de ajedrez:

-¿Cómo va la partida?

-¿Le gusta jugar? –preguntó Floret.

-No. Me gusta el ajedrez… como a usted.

-Torneo de Zagreb de 1970, Fisher contra Mimic, defensa siciliana. Fischer juega con negras y gana.

-Pues lo tiene muy mal –observó Robledo.

-Lo tiene condenadamente mal, puede contraatacar con la torre y la dama por el flanco izquierdo, pero no le va a servir de nada, está prácticamente muerto. Sin embargo gana, eso pone aquí.

-Bobby Fischer desaparecerá algún día, si no lo ha hecho ya –dijo Robledo-, se convertirá en un proscrito, como Salinger…

Claude Floret sacó de un cajón un libro de registro, lo abrió por el día veintiuno de noviembre de 1975, no había firmado nadie. Robledo y Torsvan firmaron con sus nombres anotando la hora, la una y media, yo procuré trazar un garabato ilegible y falso.

-Lamentablemente el ascensor no funciona –dijo Floret-. Tendrán que subir al ático a pie… ya conocen el camino.

El portero se sentó en su escritorio y se concentró en la partida de Fischer, ajeno por completo a nosotros.

Los tres comenzamos la ascensión por la inquietante escalera. Dos pequeñas columnas labradas en mármol la enmarcaban, de la columna de la izquierda partía la barandilla, y aguantaba sobre el capitel una esfera de cristal mate que debió contener alguna bombilla, la otra se fundía con la pared, casi absorbida por ella.

El primer tramo consistía en grandes peldaños de mármol combados en el centro, pero pronto la escalera giraba a la izquierda y penetraba en la oscuridad:

-¿Dónde está la luz? –pregunté.

-No hay ninguna luz –sentenció Torsvan a mi espalda.

-Pues no se ve un carajo –continué-. Si hay que subir los cinco pisos… ¿Tenéis algún mechero?

-No

-Hay que subir… y luego bajar –susurró Robledo-. Sólo hay que orientarse

Me asomé por el hueco de la escalera, arriba no parecía haber ninguna luz, quizá solo un débil resplandor en lo alto, el ático, pensé. Con la mano izquierda me aferré a la barandilla y comencé subir con precaución tanteando con los pies. Había que seguir un ritmo regular, fiarse de la disposición de los escalones, primero un pie y luego el otro, y subir un poco inclinado para protegerse de algún tropiezo. Al comienzo me costó, arrastraba el pie con temor en cada escalón hasta tocar el tope, pero al poco conseguí adoptar un ritmo regular. Al cabo de unos minutos había llegado al primer piso.

-¿Cómo vais? –pregunté.

No contestó nadie.

-¡Robledo! ¡Torsvan!

Me giré, tanteé con los brazos en la oscuridad, pero ni siquiera lograba oír nada. Me habían dejado solo.

«Hijos de puta», pensé, «seguro que han subido por el ascensor».

Tenían que haber bajado, en algún momento tendrían que haber dado media vuelta, pero concentrado en mi propia ascensión no lograba recordar el momento. Pensé en bajar, sólo era  un piso, aunque el descenso parecía bastante más peligroso.

-¡Morelli! ¡Víctor Morelli!

Alguien me llamaba. La voz procedía de algún piso superior, y desde luego no era de Robledo ni de Torsvan.

-¿Quién es? –pregunté en medio de la oscuridad.

De nuevo el silencio. Pensé que pronto algún vecino abriría la puerta ante el intercambio de voces. Pasé mi mano la pared y palpé en busca de algún interruptor, lo encontré al cabo de un rato, pero como había supuesto no se encendió ninguna luz. Logré encontrar también el llamador del ascensor, nada. No supe qué hacer.

Una repentina corriente de aire me heló los huesos, sentí miedo. A la mañana siguiente tenía que estar en la biblioteca, a las nueve, sin falta, hacía dos días que no iba sin ninguna justificación y uno más supondría un despido, pensé en volver a mi agujero, dormir algo, y dejar al imbécil de Robledo con sus jueguecitos. Y sin embargo me quedé allí, en la oscuridad, aferrándome a la barandilla y tiritando de frío.

-¡Al a mierda! –exclamé.

Reanudé la marcha, eran cuatro pisos, y en el último parecía haber alguien. No pude proseguir peor, al comenzar a subir los escalones del segundo piso me tropecé,  me caí de bruces contra los peldaños:

-¡Joder!

Me costó volver a encontrar el ritmo, fiarse de mis pies, de mis manos, concentrarme en la cadencia… Segundo piso, había tardado algo menos.

Justo en ese momento una puerta se abrió y una luz iluminó todo el descansillo, era un pasillo blanco, cuatro puertas de madera y el armario del ascensor. Frente a mí había una persona en el zaguán de su puerta, una mujer vestida de forma apresurada con una bata que cerraba con una de sus manos:

-¿A dónde va? –me preguntó abruptamente.

-Pues… si logro llegar, al ático. No funciona el ascensor.

-Son todos unos cerdos… Voy a avisar a la policía –dijo.

-Perdone…

-¿No tienen bastante con hacerlo en casa? ¿Tienen que venir a restregarnos su lujuria todas las noches?

-Sólo voy al ático…

-Ya sé dónde va  –respondió la mujer- ¿Sabe? Esto es una casa decente, y muchos estamos ya hartos del lupanar que tienen montado allí arriba. ¿No vendrá acompañado?

-Pues venía con dos amigos…

-¡Cerdos! ¡Cerdos! ¡Cerdos! ¡Avisaré a la policía!

La mujer cerró la puerta con estrépito, y la oscuridad volvió a cernirse sobre la escalera. ¿Estaban Robledo y Torsvan en un lupanar?, me pregunté. Por otra parte una redada no me convenía en absoluto, con un empleo en aire mi permiso de residencia no lo aguantaría. Pero ya no podía volverme atrás, sólo tenía por delante dos pisos, y bajar resultaba ya una locura.

La ascensión se hizo más regular, había conseguido acostumbrarme a subir a ciegas, aferrándome a la barandilla y tanteando con los pies. En el tercero noté cierta humedad en el suelo, había un gran charco de agua, ¿alguien había dejado un grifo abierto? No se oía nada, tenía los calcetines empapados, si no venía la policía acabarían viniendo los bomberos. Pero ya comenzaba a vislumbrarse la claridad del ático, como si hubieran dejado la puerta abierta, o como si hubiera pequeño un fanal, igual que en los prostíbulos, pensé

El problema del agua se reducía al tercer piso, el cuarto estaba seco, pero hacía un calor húmedo y pegajoso que hacía del abrigo una molestia intolerable.

-Un piso más –susurré.

A mi espalda se abrió otra puerta. El descansillo del cuarto era distinto, sólo había dos puertas, el piso estaba descuidado, faltaban algunas baldosas de mármol, y obstaculizando la subida al ático habían colocado una piedra de buen tamaño, como un balón de fútbol.

-¿A dónde cree que va? –me dijo alguien a mi espalda.

-Al ático –respondí.

Era un hombre alto, calvo, con una espesa capa pilosa repartida por todo el cuerpo, vestido únicamente con unos calzoncillos y una camiseta, recién salido de la cama, gotas de sudor le perlaban la calva.

-Allí sólo encontrará problemas –dijo el hombre-. ¿Qué quiere, que mañana le encuentren en el Sena?

La imagen de la maleta de Robledo y Torsvan cruzó fugazmente por mi cabeza.

-Creí que era un lupanar –contesté intentando hacerme el simpático-. Sólo busco a dos amigos, creo han subido…

-¿Y por qué no usa el ascensor?

-No funciona.

-¿Cómo que no?

El hombre se acercó, estaba descalzo, pulsó el botón de llamada y un ruido mecánico de engranajes y poleas se oyó claramente, al cabo de unos segundos el ascensor había llegado.

-Escuche –dijo el hombre-, llevo despierto toda la noche y al ático no ha subido nadie, ni por la escalera ni por el ascensor. Será mejor que se marche. Sólo encontrará problemas, se lo aseguro.

Se podían ver algunas sombras en el zaguán de la puerta, entreví una figura femenina, expectante, impaciente…

-Gracias de todos modos. Pero ya que estoy aquí subiré.

-Como quiera… Ahí tiene el ascensor.

-Sólo es un piso –dije evitando la piedra

La puerta se cerró de un portazo. La oscuridad no era ya tan impenetrable, podían verse  sombras, los peldaños como bultos informes… No era un fanal, sino la luz del interior del ático, habían dejado la puerta  abierta, y no había nadie. Por supuesto era una invitación a entrar.

El suelo del ático era también una composición ajedrezada, como el del patio de entrada, había una cortina  recogida, un largo pasillo, y al fondo una puerta que impedía ver más allá. Quise llamar a Robledo o a Torsvan, pero no se atreví. Avancé con sigilo. Sobre la puerta, en una especie de frontispicio, vi una espiral, era un grabado. Me asusté, me vi atacado por un mono furioso…. Pero no, sólo era una figura congelada en el tiempo por la pericia del taxidermista, sobre un pedestal pude reconocer a un babuino con un desproporcionado culo rosado. Y sobre una repisa un extraño artilugio, una especie de molinillo con tres rodillos. En aquel momento no fui consciente de tal concatenación de símbolos.

Parado frente a la puerta consulté mi reloj, las dos y cinco. Decidí llamar, esperé. Llamé de nuevo, pero no parecía haber nadie al otro lado. Pude haberme largado, era lo más sensato, ¿qué estaba haciendo allí? Era un intruso, podían incluso tomarme por ladrón, y desde luego nadie me había invitado a aquel sitio. ¿Un lupanar? No se oían voces, ni la callada algarabía de un prostíbulo, no había portero ni nadie que me dijera que debía marcharme. Sin embargo la puerta estaba abierta. El ascensor funcionaba, no tenía siquiera que bajar los cinco pisos tanteando peligrosamente. Mañana no podría ni moverme, volver a pie a la Rue des Tournelles, hacerme un tazón de Nescafé muy cargado, y esperar dos o tres horas  pegado al despertador para estar a las nueve en la biblioteca, luego tendría que aguantar la bronca apocalíptica del señor Haffner, mi cabeza estaría tan apergaminada, tan reseca y cuarteada que me sería imposible pergeñar una excusa. Dos días, nada menos que dos días desaparecido. Con suerte no me despedirían. Pasaría seis horas en un estado catatónico, y confiando en que los automatismos de mi cuerpo lograsen llevar a cabo una tarea apenas creíble, luego podría al fin descansar, hundirme durante horas en una cama deshecha desde hacía días…

Desaparecer.

Pero no, el babuino me miraba fijamente ofreciéndome una grotesca mueca, una risa espasmódica, queriendo cortar de raíz toda esa cháchara interior en la que llevaba enredado todo un año, un año en el que no había pretendido ser alguien distinto de Oblómov, un hombre superfluo, intrascendente, permanente echado, ocioso, negándome a participar en esa interminable sucesión de segundos muertos, una vida, una ficción, una forma adherida, como diría Robledo.

Si hubiera habido alguna silla en ese pasillo me hubiera sentado esperando a que la noche se acabara. Decidí probar una vez más con la puerta. En esta ocasión, inexplicablemente, el picaporte cedió. Entré.

Nueve personas me esperaban formando un semicírculo, cuatro a cada lado y una en el centro. Había un pequeño altar al fondo, y frente al preboste del conciliábulo una columna de aproximadamente un metro con un par de objetos encima. El altar era simple, una gran espiral, igual a la anterior, una bicicleta bastante vieja y, colgada de la pared tapizada en terciopelo rojo, una urna con un revólver, como si fuera una reliquia incorrupta. Grandes cortinajes oscuros, velas, hachones y una lámpara en forma de candelabro en el techo. Olía a incienso.

Me fijé en los acólitos, todos vestían una túnica de color negro con múltiples condecoraciones y distinciones: emblemas, charreteras, bandas e insignias. A mi derecha pude distinguir a Sigfrido Robledo, parecía sonreír, Torsvan Maruth estaba a la izquierda, imbuido en su nueva dignidad estaba serio como un palo. A los demás no les había visto nunca, ni en las reuniones revolucionarias de Jacques ni en las noches de juerga con Robledo.

Había un tipo de mediana edad con el pelo peinado hacia atrás y cara de actor de Hollywood, Robert Mitchum, creí reconocer; otro más joven, pálido y aburrido; un tercero, tan alto como Torsvan, con evidentes ojeras y rostro achispado; un señor bajito de ojos de sapo; una mujer joven, de pelo lacio y rubio y la cara cubierta de pecas; y dos tipos casi idénticos, rechonchos pero taciturnos. El preboste adoptaba la actitud de mayor dignidad, era un hombre de unos cuarenta años, barba corta y cuidada, y ojos de un azul intenso. No había dejado de mirarme desde que entré en la sala.

-¡Víctor Morelli! –dijo el preboste.

Reconocí esa voz, era la que me había llamado desde la escalera.

-¡Víctor Morelli! –continuó-. ¿A qué has venido?

Oí una risa por lo bajo, era Robledo.

-Vengo… vengo a ser iniciado –dije haciendo caso del consejo de Robledo de seguir la corriente.

-¡Acércate Victor Morelli! –dijo el preboste.

Avancé dubitativo, noté como todo el cenáculo estaba pendiente de mí. Sobre la columna, que ahora comprobé que era de yeso, había una lata de carne de buey en conserva marca Crubellier y un pequeño volumen descuajeringado de Lautrémont.

-¿Quién te ha recibido? –continuó.

-Un portero, cuyos paramentos y dignidades no reconocí –contesté.

-¿Cómo has venido hasta aquí?

-Subiendo por las escaleras, el ascensor no funcionaba.

-¿A quién has visto?

-Me encontré con la Meretriz de Babilonia, una señora en bata, enfadada y escandalizada y que me amenazó cuando supo que me dirigía aquí. Luego me sorprendió el mismísimo Hades, transmutado en hombre vulgar, que me recriminó en calzoncillos mi presencia en su reino, y me advirtió de  los males que recaerían sobre mi si franqueaba esta puerta. Me mostró los dos caminos.

-¿Y cuál elegiste?

-Superé el obstáculo de la Piedra… y subí los escalones.

-¿Quién acompaña a Víctor Morelli? –preguntó el preboste dirigiéndose al conciliábulo.

-¡Yo! –exclamó Sigfrido Robledo dando un paso al frente

-¡Y yo! –añadió Torsvan de la misma forma.

-Vosotros, miembros del Ilustre Colegio, ¿dais fe de que Víctor Morelli, aquí presente, merece estar entre nosotros?

-¡Yo doy fe! –dijo Robledo

-¡Y yo también! –repuso Torsvan

-¿Y cómo lo sabéis? –preguntó el preboste

-Ha superado las pruebas –dijo Robledo.

-Ha sorteado los peligros, obedecido fielmente nuestras indicaciones y atravesado él mismo, sin nuestra ayuda, la oscuridad –añadió Torsvan.

-¿Es eso cierto Víctor Morelli? –preguntó

-Subí los cinco pisos a ciegas solo… el ascensor….

-¡Ha superado el miedo!

-¡Y los prejuicios!

-¡Ha hecho oídos sordos a las maledicencias!

-¡Y encontrado el camino!

-¡Arrodíllate Víctor Morelli! –exclamó el preboste.

Sentí como el conciliábulo se cerraba a mi espalda, oí unas risas apagadas y el inconfundible sonido de unas botellas.

-¡HA HA!

-¡HA HA! –respondieron todos a coro

-Yo, Humilde Emisario de Su Serenísima el Gran Ubú, por el poder que me confieren mis dignidades, por el Gran Palotín, el Chápiro Verde, por la Orden de la Gran Gidouille, por los Grandes Sátrapas Ocultos, por la Inexorable Ley del Azar y el Perpetuo Clinamen, el Gran Babuino,  y el Sublime Doctor Faustroll… Te pregunto, Víctor Morelli… ¿Juras solemnemente no revelar nada de cuanto has visto?

-Eh… Sí, juro

-¿Y guardar el secreto de todo lo que te acontezca de aquí en adelante?

-¡Lo juro!

-¡HA HA!

-¡HA HA! –gritaron todos.

-Y ahora, Victor Morelli, iniciado, repite conmigo:

 

Mirad, mirad el trituraperros girar

Mirad, mirad los sesos saltar

Mirad, mirad a los Bienpensantes saltar

¡Urra! El Cuerno por el Culo. Viva el padre Ubú.

 

El preboste recitó los versos con voz tonante y levantando los brazos hacia la espiral que tenía a su espalda. Yo, arrodillado e intentado imitar los gestos, procuraba repetirlo lo mejor que pude:

Mirad, mirad el trituraperros girar

Mirad, mirad los sesos saltar

Mirad, mirad a los Bienpensantes saltar

¡Urra! El Cuerno por el Culo. Viva el padre Ubú.

 

-¡Viva el Padre Ubú! ¡Viva el Doctor Faustroll!

-¡Viva el Padre Ubú! ¡Viva el Doctor Faustroll! –repetí

-¡Cuernoempanza! ¡Cuernoempanza!

-¡Cuernoempanza! ¡Cuernoempanza!

-Desde este instante Víctor Morelli forma parte del Ilustre Colegio Herético y Oculto y de la Sociedad L.H.O.O.Q. con los grados de… Imponderable Arconte de la Banda de Möbius e Ilustre Depositario del Legado de Jayyam. ¿Cuál será tu cometido? –preguntó.

No supe qué contestar, pero Robledo intervino:

-Comisión de Bucles y Excepciones Topológicas, Subcomisión de los Infinitesimales Zenonianos

-¡HA HA!

-¡HA HA! –respondieron todos a coro

Se oyó el descorche de una botella de champagne, el tapón impactó contra el techo

-Cada vez lo hacemos más abigarrado –dijo alguien.

-Es lo propio –contestó la mujer.

-La lata de buey… habrá que comérsela, ¿no? –apuntó Torsvan.

 
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Cómo fui iniciado en L.H.O.O.Q. (3)

¿Vas a descubrir tus cartas Morelli? ¿Vas a convocar al propio Duchamp, a hacer de esto una película de René Clair? ¿Pretendes dejar más pistas? ¿Quieres jugar al alquimista? ¿Corro peligro? Quizá pretendas volver a revivir la escena de ayer, como si fuera un sueño…. ¿es eso lo que quieres? ¿Quién es el destinatario de esta carta?

Cómo me inicié en la Sociedad L.H.O.O.Q. (Por Víctor Morelli) (3)

París, 20 de noviembre de 1975.

L’ Incorruptible. Un marco incomparable, sin duda. Un auténtico antro. Entramos no sin cierta dificultad y tras una ardua negociación con la portera, que apenas dejaba entrever su cara desde una rejilla que tapaba y destapaba ante nuestros ruegos. Una memoria brumosa que no reconocía a Sigfrido Robledo como cliente habitual del local, requisito imprescindible para poder franquear la entrada.

Había que bajar unas escaleras, y en un entresuelo, una puerta se abría a una especie de caverna pobremente iluminada. Dominaba el rojo y el azul; y una chica se contoneaba desnuda con una boa encima de una plataforma en el centro de la sala. Dos vasos de pastís, para Robledo y para mí, y más agua de Seltz para Torsvan. Los tres nos acoplamos en el fondo, en una mesa sucia que acababa de desalojarse, como tres almas en pena perplejas ante todo lo que se sucedía a nuestro alrededor. La música era extravagante, y los clientes inquietantes. Alguien había conseguido mezclar a Jacques Brel y los Doors, Aznavour y Jefferson Airplane. La chica bailaba ajena a aquella extraña mezcla siguiendo su propio y lamentable son.

-¿Qué hacemos aquí? –pregunté cansado.

-Tomando algo. Esperar –me dijo Robledo.

-Hay que llegar  a la hora fijada –aclaró Torsvan.

-Torsvan… ¿Qué le encuentras al agua de Seltz?

-Tiene burbujas –me contestó impertérrito.

-Es curioso –dijo Robledo tras una pausa-, me gustaría volver a la adolescencia. Quisiera verme de nuevo como un chaval de quince años.

-¿Para qué? Yo con quince años me aburría…

-Tú con quince años debías de ser un monstruo Morelli.

-Sigo siendo un monstruo –contesté sarcástico.

-Volver a la inmadurez –continuó Robledo-. Buscar una forma que la haga posible… de nuevo. ¿Sabéis cuál es nuestro problema? Se espera de nosotros… bueno se espera de nosotros que seamos algo, que superemos el principio de irrealidad. Ten un buen Edipo como es debido, se algo en la vida, mata a tu padre y búscate la vida. Luego todo eso se traduce en un trabajo, una esposa, unos hijos…

-Una ficción –soltó Torsvan.

-La madurez no es más que una red de convenciones, una forma adherida –continuó Robledo.

-¿Qué te pasó de pequeño Robledo? –pregunté confundido por el pastís-. ¿Qué fue lo que no te compraron?

-No estoy hablando de esa inmadurez, la adolescencia ya pasó. Sino de una inmadurez artificial, otra forma adherida…

-Como la televisión.

-Sí como la televisión… ¿Sabéis? He vuelto a soñar.

-¿Soñar?

-Sí –explicó Robledo-. Desde hace algún tiempo he vuelto a soñar. Durante muchos años mis noches han sido una sucesión de pozos negros sin significado alguno. Nada. Una negrura absoluta en la que muy de vez en cuando algo pastoso se abría paso en la conciencia. Como un sueño químico.

-Sueños de plexiglás –dijo Torsvan

-Pero desde hace semanas parece como si hubiera vuelto a mis tiempos de juventud, sueño sin descanso parábolas dadaístas que ocupan buena parte de mis noches. Incluso he retornado a mi adolescencia, con sueños de una intensidad pornográfica que me dejan perplejo… y asustado. Justo desde que trabajo con Jean.

-¿Jean? ¿Quién es Jean? –pregunté.

-Hoy le conocerás… supongo.

-Un sueño –interrumpió Torsvan-. Cuenta uno.

-Ayer, precisamente, soñé con Jean… o al menos eso creo.

-Interesante –Torsvan se tragó el agua de Seltz de un trago.

-Me encuentro en la azotea de algún edificio –narró Robledo-, sentado a caballo sobre el pretil, contemplando sin miedo una gran ciudad. No tengo miedo, a pesar de que estoy a un paso de precipitarme al vacío. Alguien aparece junto a mí, sentado de la misma forma que yo. Es Jean.

»Me habla como si nos conociéramos de toda la vida. No retengo el contenido de la conversación, pero Jean me tiende una fotografía. Me dice que la vea. Es una bailarina, pero la fotografía está tomada desde abajo, como si ella estuviera bailando sobre un suelo de cristal. Puedo ver lo que esconde bajo el tutú: nada, no lleva nada, salvo las zapatillas. Lo contemplo con curiosidad, me interesa la anatomía pero no lo encuentro morboso, o erótico. La mirada de Jean, sin embargo, es totalmente distinta, me mira como si fuera un adolescente enseñado una imagen pornográfica a un amigo.

»Seguimos en el mismo lugar, pero Jean ya no me enseña ninguna foto, estamos jugando al ajedrez. La partida parece igualada, me esfuerzo por hacer un movimiento. No me decido, Jean se impacienta, hace gestos cada vez que intento mover una pieza. Me impide incluso con su mano que haga un determinado movimiento cuando me decido y se enfada.

»Cambio de escena. Estoy en una boda, los invitados esperan que llegue la novia, todo el mundo está impaciente, nervioso, unos gesticulan, otros andan inquietos de acá para allá. No hay iglesia, todo transcurre al aire libre, como una escena bucólica. Hay sillas, una especie de estrado, o algo parecido. Bueno… puede que no fuera una boda, pero hay novia, eso está claro, todo el mundo la espera.

»Ella llega de repente, es una presencia evanescente y carnal.

-¿Evanescente y carnal? –preguntó Torsvan- ¿Qué significa eso?

-Una licencia literaria, un oxímoron, ¿continúo?

-Adelante

-A su lado hay aduladores –continuó Robledo-, tipos que la persiguen e intentan decirle algo, tocarla incluso. Entonces yo sé que es la chica de la fotografía, la del tutú sin nada debajo. Me la imagino desnuda y es como si todos tuvieran en mente el mismo pensamiento, incluso ella, sobre todo ella. La novia corre. Escapa.

»La comitiva se pone en marcha tras ella, pero todo parece transcurrir como si el tiempo se estirase, los movimientos son lentos, algunos personajes dan extraños saltos y flotan durante unos segundos en el aire, como en estado de ingravidez, todo el mundo parece encontrar la situación normal. Sin embargo la novia comienza a correr, se quita la ropa, adquiere velocidad, el cortejo es cogido de improviso, por momentos se escapa la novia, algunos abandonan ese extrañó estado de baja gravedad y aprietan el paso. La velocidad de la novia es completamente absurda, todo el mundo corre tras ella, la carrera es frenética. Yo intento correr también pero me es imposible, mis piernas me pesan, no responden. Me despierto. Nada más.

Durante unos minutos nadie dijo nada. Los tres miramos a la chica, que ya había dejado la boa en el suelo y se contoneaba desnuda siguiendo el ritmo lento de  Jaques Brel. Era joven, pero su rostro estaba bastante fatigado, de provincias probablemente, seguro que no era el tipo de trabajo que esperaba encontrar en París, ¿actriz, modelo, o presentadora de televisión? A pesar de todo era bonita, si uno lograba abstraer ese contoneo extravagante que deformaba sus miembros.

-¿Qué opináis del espiritismo? –preguntó Torsvan sin venir a cuento.

-¿Con quién te comunicas Torsvan? –replicó Robledo.

-Hay presencias.

-¿Oyes voces?

-No, imbécil –contestó Torsvan-. Hablo del espiritismo. A principios de siglo era una práctica muy extendida, interesaba a intelectuales y científicos… pero ahora se ha convertido en una caricatura.

-¿Has hablado de esto con Jean? –preguntó Robledo.

-No… bueno sí. Aunque no me hizo mucho caso –replicó Torsvan-… Demasiados muertos, ¿no creéis? Después de de las dos guerras mundiales hubo demasiada gente con la que hablar, las conversaciones comenzarían a resultar una cháchara vacía.

-¿De verdad te interesa el tema, Torsvan? –insistió Robledo.

-¿No os habéis parado a pensar por qué Hermes, el dios de los ladrones y el comercio, era también Hermes Psicopompo, el guía de las almas? –continuó Torsvan.

-¿Tal vez porque también era el dios de los caminos y las encrucijadas, y el mediador de los dioses? –repuso Robledo.

-No… no es tan fácil –contestó Torsvan-. Hermes es una personalidad compleja, es el gran embaucador, pero al mismo tiempo es el dios más cercano al sol, el oro. Hermes es fingimiento, el disimulo, lo que se oculta bajo una fachada respetable, el inconsciente. Engaña y miente, el mercurio es el elemento volátil y esquivo, pero contiene el principio generador. Llegas al reino de las sombras y tu guía resulta ser un mentiroso que probablemente te robará, pero sin embargo le sigues… esperas participar en las ganancias, a pesar de que sospechas que él acabará por llevárselo todo. Y cuando menos te lo esperas te das cuenta de que te ha dejado completamente solo… ¿Qué hora es?

-Pasa de la una –contesté totalmente abrumado por la cháchara de Torsvan.

-Nos vamos –dijo Torsvan.

-Ya has oído a Hermes Psicopompo Morelli, nos vamos.

Abandonamos el umbroso y melancólico  L’ Incorruptible, con sus chicas venidas de provincias que bailaban desnudas en la madrugada, sus pequeñas mesas circulares, la luz mortecina, y las miradas huidizas que se escondían vidriosas entre el humo y la porquería, atisbando un precioso segundo de lucidez en la blanca piel de una chica contorsionándose al compás de los Airplane.

Hacía frío y comenzaba a llover, una pátina de sucia humedad que se pegaba a la ropa y la cara. Torsvan seguía imperturbable con su jersey de cuello vuelto. Desde que él y Robledo arrojaron la maleta no se separaba un momento de la bolsa de deporte, incluso la había dejado entre sus pies durante el tiempo que pasamos en L’ Incorruptible.

Los tres salimos a la desierta y estrecha Rue des Rosiers:

-Vamos –apremió Torsvan-. El lugar está sólo a cinco minutos, hay que ir por la Rue Vieille du Temple y girar a  la izquierda.

-Podríamos pasar por el Babeuf –propuso Robledo-. Está cerca.

-¿Y quién lo iba a pagar? –preguntó Torsvan.

-Oh, todo corre a cuenta de Jean… ya sabes, gastos de organización.

-¿En el Babeuf? Algún día nos expulsarán Robledo.

-¿A nosotros? Oh, vamos Torsvan, que haría Jean sin nosotros.

-¿Quién es Jean? –volví a preguntar.

-Es tarde –dijo Torsvan-. Nos esperan.

-¡Hablemos de máquinas! –exclamó Robledo-. ¿Sabes Morelli? Torsvan es un experto en máquinas y autómatas, un verdadero artífice.

-¡HA, ha! Máquinas, máquinas absurdas e inútiles –respondió Torsvan

Los tres caminábamos por la desierta Rue des Quatre Fils, intentando encontrar la dirección que Torsvan tenía apuntada en un papel. Nos paramos junto a un edificio con un gran portalón de madera, el número dieciséis. Era un edificio antiguo, con una fea voluta labrada en la piedra del frontispicio de la entrada, cuatro pisos de uniformes ventanales, todos ellos cerrados, y un ático, cuyas dos ventanas estaban iluminadas por una luz amarillenta.

-¿Es aquí? –pregunté

-Eso creo…

-¿Y ahora qué?

-Ahora esperaremos –contestó Robledo-… Torsvan, cuéntale a Morelli la historia de la Máquina Total Definitiva de Shannon. Torsvan tiene en su estudio de la Rue des Dames una colección de autómatas de todo tipo.

-Claude Shannon construía máquinas –comenzó a contar Torsvan totalmente metido en su papel.

-¿Shannon, el de la Teoría de la Información? –pregunté.

-El mismo. Tenía un ratón mecánico que sabía salir de cualquier laberinto –dijo Torsvan.

-Aplicando un sencillo algoritmo –apostilló Robledo.

-Y si el laberinto no tenía salida, llegaba al punto de partida, y el ingenuo ratón era feliz, porque creía que todo era racional, y explicable. También tenía una máquina que resolvía problemas de ajedrez…

-Mate en tres y la máquina lo resolvía…

-Aplicando un sencillo algoritmo…

-O quizá no tan sencillo, pero todo era racional, y determinado…

-Como una máquina de engranajes que comienza a funcionar…

-Y termina cuando llega a su cometido, o quizá no termina…

-Pero sigue funcionando indefinidamente…

-Como un ratón mecánico en un laberinto sin salida…

-Algo así –dijo Torsvan-.. También construyó una máquina malabarista, realizaba su tarea con obsesiva aplicación sin importare lo que ocurriera a su alrededor, y una calculadora para números romanos. Pero su construcción más importante fue la Máquina Definitiva

-Me gusta Shannon tenía muchas máquinas y autómatas…

-Era una máquina singular, una Máquina Total…

-Una Máquina Admirable…

-No era la guillotina –explicó Torsvan-. Era una máquina curiosa, cabía en una mesa. Tenía un botón de encendido…

-Que la ponía en movimiento. Sus engranajes y resortes comenzaban a moverse, de forma imparable, y de manera perfectamente racional…

-Así es. Era como una caja. Se oía un zumbido…

-Zzzzzzz…

-Y la tapa de la caja se abría…

-Una Máquina Singular…

-Y una mano salía de su interior…

-Una mano mecánica…

-Y la mano mecánica apretaba el botón de apagado…

-¡Una mano mecánica, Morelli!

-Eso –siguió Torsvan-. Una mano mecánica salía haciendo rechinar engranajes y juntas, y con inconsciente precisión apretaba el botón de apagado… y la máquina volvía a su estado primitivo. La máquina causaba su propia detención.

-Y el zumbido cesaba…

-Y la mano se escondía de nuevo, apagándose la máquina…

-Y el mecanismo se detenía…

-Una Maquina Total y Definitiva. La Máquina cuya misión es apagarse a sí misma. Un autómata que no paraba hasta que lograba pararse…

-Perfectamente racional y explicable…

-¡Es el descerebramiento total del pensamiento algorítmico! –gritó Torsvan.

-Nos van a oír, es la una y media de la madrugada –yo seguía sin saber lo que se traían entre manos.

Torsvan se aclaro la voz, dejó la bolsa entre las piernas y se irguió preparándose para declamar una oda al autómata:

Es reconfortante saberse

Un autómata

Saber que todo tiene una lógica

Una finalidad

Y que el tiempo no es más que

Un encadenamiento de sucesos inexorables

Sin azar

Hasta que un día descubres

Que algo marcha mal

Notas cómo hay algo que impide pensar así

Paff, paff, paff.

-Se emociona cuando habla de máquinas –explicó Robledo.

-¿Y ahora qué esperamos? –pregunté impaciente.

-Esperamos a que sea la hora –Robledo hablaba consultando su reloj de pulsera- ¿Tú qué dices Torsvan?

-Creo que es la hora.

-En efecto.

Robledo y Torsvan se dirigieron al portalón de madera y golpearon ruidosamente con la palma de la mano ignorando el timbre que había a la derecha, sonoros golpes acompañados de gritos e interjecciones, un escándalo mayúsculo.

-¡Abridnos!

-¡Abrid la puerta!

Algunas luces en la Rue des Quatre Fils se encendieron, se descorrieron persianas y se asomaron ojos insomnes que observaron con curiosidad la escena. Yo no dejaba de mirar angustiado a un lado y a otro. Por fin el rechinar del portalón que resonó en toda la calle.

Nos atendió un hombre bajito y calvo, vestía un impecable traje gris marengo con corbata y pañuelo a juego. Tendría unos cincuenta años, y la actitud deferente de cualquier portero que no está dispuesto a dejar pasar al visitante.

-¿En qué puedo servirles?

-¡Viva el padre Ubú! ¡Viva el doctor Faustroll! –exclamó Robledo

-¡Ha! ¡Ha! –continuó Torsvan.

-¡Ubú está con nosotros! –contestó imperturbable el portero.

Los tres me miraron con impaciente silencio esperando a que dijera algo…

-Eh… ¿Mierdra? –acerté a decir.

-Adelante caballeros, el Ilustre Colegio Oculto y Herético les da la bienvenida.

(…)
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Delirios L.H.O.O.Q.

Ayer fue un día extraño, muy extraño. Abundaron señales y advertencias. Mi terapeuta, el señor Alberto Sánchez Galeano, psiquiatra clínico de la Schwarz Foundation for Human Ecology, me habló claro, como todo médico debería hablar a su paciente, sin disimulos ni circunloquios: “Usted señor Maruth, me dijo, transita ya por la senda de la cabra”, a lo que luego añadió conociendo mi gusto por las metáforas: “quizá haya traspasado ya ese punto sin retorno del que hablaba Kafka”. Debí hacerle caso. Sin duda. Olvidarme de todo este delicado asunto y ser un anodino hombre de provecho, desaprovechado. Consejos sabios, que de seguirlos hubieran acabado con esta pesadilla, y la pesadilla tiene nombre y apellido: Víctor Morelli.

Es difícil señalar el punto de cesura, ¿verdad, Víctor? El instante preciso en el que toda esta ensoñación devino en algo real. Pero el caso es que aquí estoy, contigo, Víctor Morelli, heterónimo y falsa copia mía.

El delirio es para el lunático un discurso inexpugnable, es cierto, pero también es mucho más que eso, es algo vivo, acaparador, un monstruo que logra transformarse y sobrevivir fagocitando y haciendo suya la realidad. Ayer estaba dispuesto a abandonar mi propio delirio, a dejarlo arrinconado como un juguete roto en un lugar inaccesible de mi memoria. Pero no fue posible. Alguien conspiró contra mí. Ahora lo sé. Lo sabemos, ¿verdad Víctor?

Alguien que, conociendo mi debilidad por las asociaciones, puso en el camino de mi voluntad esa rasgadura por la que mi delirio, de nuevo, volvió a colarse. Y es inútil ocultar su nombre, porque lo tiene, ignoro si real o ficticio. Alguien llamado, o mejor dicho, llamada, Susana Sánchez, jugadora de tenis profesional y habitual en el circuito ATP (segunda ronda en Wimbledon y en el US Open, tercera en Roland Garros, y cuartos de final en Indian Wells, como mejores resultados en 2010). Fue ella quien puso frente a mis marices las herramientas y las piezas que yo empleé para abrir de nuevo las espitas de mi delirio.

Primero fue un inocente e interesante artículo sobre las novelas del Oeste, México y Ambrose Bierce, y probablemente sabiéndolo ya estaba poniendo en marcha la cadena de asociaciones: México, desapariciones, Cravan, B. Traven, Torsvan, Morelli. O tal vez: México, María Sabina, teonanácalt, alucinaciones, camino de la cabra (y tal vez “chupacabras”, lo que nos llevaría de nuevo a México). Y por qué no: México, peyote, Thomas Pynchon, PISCIES, W.A.S.T.E., L.H.O.O.Q. Y tantas…

Antes de yo poder recuperarme de mi bucle asociativo ya me había recomendado un libro sobre animales adictos a las sustancias psicoactivas: renos micófilos, hormigas y moscas adictas a los alucinógenos, y por supuesto cabras, más cabras, cabras que mordisquean y se alimentan de las más diversas sustancias, cabras locas… Para entonces Morelli ya se había vuelto a desdoblar, sin yo pretenderlo estaba hablando con Víctor Morelli, sí, contigo Víctor que estabas a mi lado, a mi espalda, como si de una persona real se tratara, y no de un fantasma, lo que siempre fuiste. Desapareciste un día de tu pequeño apartamento en el Barrio de Ruzafa, en Valencia, dejado (dejándome a mí) un montón de anotaciones inconexas que ni siquiera yo soy capaz de dar forma. Sigues siendo un enigma para mi, Morelli, incluso en la pretendida forma de heterónimo mío.

Pero todavía faltaba la última vuelta de tuerca. Y fue de nuevo esa tenista profesional (consumada especialista en el juego en el fondo de la pista, y con un estupendo drive liftado, a la que únicamente le falta solidez en el juego en la red), la responsable.

Fue entonces cuando tú y yo, Víctor, nos quedamos perplejos, los dos, quizá tú más, ¿no es cierto? Porque Susana Sánchez me revelaba sin más ceremonia tu verdadera identidad, o la de algún pretendido heterónimo tuyo, sí tuyo Morelli, no me mezcles a mí en semejante festival de confusión… Y de nuevo fue México, un Morelli mexicano contando chistes mexicanos como si México fuera un vórtice que nos arrastrara a todos, al Morelli que me escribe cartas y me visita, a los miembros de la Sociedad L.H.O.O.Q., a Torsvan Maruth, a Pynchon, a La Caja Verde (¡Dios mío, y en La Caja Verde se hace referencia a México en distintos lugares!), a las cabras, a los hongos e incluso a Kafka…

Llamé presto al doctor Galeano, para entonces mi cabeza era un queso, y éste acudió en mi ayuda, (¿fue eso ayuda? No, creo que no), de nuevo con una metáfora, un pastiche pynchoniano que recordaba muy bien, demasiado bien. Aquella lucha cuerpo a cuerpo entre Oliver Read y Alan Bates, ambos encerrados, desnudos, sudorosos, compitiendo por ser el único macho alfa. ¿Qué me quiso decir mi terapeuta con semejante y desconcertante koan audiovisual?

No, no fue una ayuda… me vi acaparado por el propio Víctor Morelli, despojado ya de sus ropas y haciendo jirones las mías. Rodando ambos por la casa, chocándonos contra las paredes y los muebles (mi casa es un exiguo apartamento y no una mansión victoriana en la campiña inglesa) y haciéndonos polvo hasta que quedamos exhaustos, whitout a woman, y mirándonos sin saber qué hacer, o qué decirnos ante tal tesitura, desnudos, sudorosos, jadeantes.

No, no recuerdo nada más. Una bruma vela el resto de la noche, confundida con los jirones del sueño. Y tú, Víctor Morelli, volviste a desaparecer.

Sé que tu sombra me persigue, que desde que decidí hacerme cargo de tus papeles (una colección informe y fragmentaria de anotaciones, hojas sueltas y cuadernos a medio escribir), te has convertido en mi sosias, en mi condena, tal vez. Y aún así, cumplo tu voluntad. Tus amenazas.

Prometí publicar tu carta, así lo estoy haciendo, así lo haré. Ignorando todavía quién es el destinatario y narrando tu falsa iniciación en la, tal vez inexistente, originaria Sociedad L.H.O.O.Q.

Lo seguiré haciendo mañana, sabes que hoy era necesario esta nota. Torpe resumen de lo que sólo tú, yo, y quién sabe si también tu heterónimo mexicano e inclasificable, sabemos.

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