Archivo

Archive for the ‘Uncategorized’ Category

El día que decidí no salir de casa

septiembre 2, 2011 2 comentarios

-A veces creo que me inventé todo lo que ocurrió aquel día. Lo recuerdo como algo real, algo más real que mi propia vida. ¿Sabes qué es eso? ¿Puede haber algo más real que la vida de uno?

-No lo sé –contesté apurando el vaso.

-Pues si tú no lo sabes Carlos… Ya sabes que me lío con las palabras, no consigo encontrarlas. Un discurso estructurado, eso es lo que me hace falta, ¿no crees?

-¿Es eso lo que te dicen?

-Nadie me dice nada desde hace tiempo

-¿Y Claudia?

-Claudia… ¿qué te parece?

-Bueno –acerté a decir azorado- , es especial, ¿no?

-Oh vamos Carlos…  estás colado por ella, qué me vas a  decir ahora. Algo complicada… pero sí, especial.

-¿Qué te dice? –pregunté intentado retomar la conversación

-Claudia…  A veces no sé ni cómo mirarla, puede ser un ángel, o una pesadilla. Sí, claro que Claudia me dice cosas… pero prefiero no oírlas.

La ventana de la pequeña sala de estar permanecía abierta. El patio interior, feo, oscuro, luces olvidadas y encendidas, y ropa acartonada que moría colgada en  los tendederos. Segis Mir seguía sentado en el sillón de sky, como al principio, apoyándose en  las rodillas con los codos, mirando al suelo, y haciendo sonar los cubitos de hielo de su vaso. Aún no había probado nada. Yo permanecía estirado en  el sofá, sintiendo el sudor de la camisa, la superficie pegajosa del sky… Hacía calor, no se movía un pelo de aire y una calma densa parecía envolver toda la habitación, hubiéramos estado mejor junto al balcón que daba a la Calle Bonaire, pero quizás allí Segis no me hubiese dicho nada.

-El día se me rompió en pedazos –continuó Segis al cabo de un momento-, no sé, es difícil de explicar lo que ocurrió.

-¿Recuerdas qué día fue?

-El 23 de noviembre de 2001. Sé que llevaba  una semana  inquieto, más de lo habitual, y lo habitual en mi era mucha inquietud…  Me medicaba según creía, tranquilizantes que me pasaban y que tomaba cuando no podía más…  Pero esa semana me encontraba al borde del derrumbe, a punto de estallar… Estaba nervioso, las cosas no me iban bien, salía más de la cuenta, iba tirando aún de mis ahorros, lograba estirar el dinero que hice en Noruega, no tenía demasiados gastos. Pero es idiota ahora decir qué fue… ¿Cuándo comienzan las cosas? Aquí, en este punto –dijo Segis señalando al suelo-, aquí fue donde comenzaron a torcerse las cosas, y por qué no allá, un poco más arriba, o en ese otro punto. Igual ya estaba incubando eso en Noruega, o en los mercantes, o en Valencia, antes de largarme, o cuando mi padre me dio la primera hostia, yo qué sé… Nos tranquiliza decir eso… pero lo cierto es que un día te encuentras con la puerta  cegada, y entonces no te preguntas por qué, o cuándo… entonces te mueres de miedo.

-¿Qué pasó?

-Me cuesta recordarlo como algo que me ocurrió, ya te lo he dicho… Estás tumbado en  tu cama, con las luces encendidas, dejando sonar el despertador hasta que las putas pilas se agoten porque no  te atreves a pararlo. No recuerdo qué iba a hacer, seguramente nada, tampoco recuerdo cuánto tiempo estuve así, horas, minutos, yo qué sé. Pero sí sé que me hundí en el pánico. ¿Te ha ocurrido eso alguna vez? No, claro que no.

-Paralizado –susurré sin poder mirar a Segis

-Me desperté como cualquier otro día, sonó el despertador, encendí la luz… Pero allí me quedé, tumbado en la cama con las salidas cegadas, con la conciencia de que todo había saltado en  pedazos… Al final logré estampar el despertador contra la pared por pura desesperación. Allí mismo, sin ni siquiera levantarme, mirando al techo, decidí que no iba a salir de casa, que no iba a salir de aquel agujero en años.

-Y lo hiciste.

-Claro que lo hice. No salí, no contesté al teléfono, y solo cuando creí morir de hambre consentí en  llamar a un amigo para que me trajera algo de comer… Una semana después. Todos creyeron que me había vuelto a largar a Noruega.

Noruega, aquella Arcadia soñada por Segis en la que se quedó dos años hasta que casi se muere de frío. Llegó a vivir con una ingeniero forestal cuyo nombre nunca me dijo, plantaba abetos y se estampó contra uno de ellos en un coche oruga. Fue entonces cuando le despidieron, cuando decidió volver  a España. Tenía treinta y ocho años, había dado la vuelta al mundo varias veces en un mercante y visto matar a un hombre en un muelle de Salvador de Bahía. Era inútil preguntarle a Segis por su vida, nunca contaba nada. Los retazos que sé de su azarosa vida se los logré pescar así, en noches como aquella, dejando que hablase sin hacerle preguntas, dejando que sus secretos salieran de aquel fondo de donde los ocultaba sin que lograran romperse. Ni siquiera supe si me necesitaba a mí, o a Claudia, o le hubiera valido alguno de sus bufones, aquel Val que no volvió a aparecer desde la noche que conocí a Segis y Claudia.

Con veintitrés años logró enrolarse en un mercante en Bilbao. Viajes por el Mediterráneo sin apenas ver la luz. Vida dura, pocos amigos, un ajedrez magnético y un cuaderno de dibujo, de aquellos años nunca logré ver nada de lo dibujado. Luego vinieron los mercantes trasatlánticos. Rutas entre Europa y América, hizo algo de dinero, trabajó como mecánico y siguió teniendo pocos amigos. Sídney, un año en Australia, Bergen… y su Arcadia blanca. Cómo logró llegar a Sídney desde Europa o América, es un misterio, ni lo sé ni me importa, ni siquiera sé si es cierto, aunque Segis chapurreaba el inglés con relativa soltura. Llegó a Valencia con algo de dinero, no mucho, un equipaje lleno de decepciones y recuerdos, un ajedrez  magnético y sus cuadernos de dibujo. Nada más. Se instaló en un pequeño apartamento de la Calle Turia, antes de  que Elvira lo rescatase e hiciera de él un “artista plástico”.

-Y lo intenté Carlos –siguió contándome Segis sin mirarme a los ojos-, me dije que lo que me estaba  pasando era una estupidez, que yo no estaba loco, que ese pánico que tenía no podía ser algo real. Salí a la puerta de la calle…  Creí morir… la gente, los ruidos, tú no lo podrías entender. No es miedo, Carlos, ni pánico… era pura desesperación, te quedas clavado en el mismo sitio sin posibilidad de moverte, no logras respirar… deseas morir antes que seguir allí. Tuvo que venir alguien, me llevó al portal, no sé cómo.

-¿Qué hacías?

-¿Qué hacía?… Nada, dejaba pasar el tiempo allí dentro, dejaba que me atravesara, y sabes… llega a ser fácil, cuesta los primeros días, pero luego te acostumbras: veía la televisión, me hacía pajas, bebía, jugaba solitarios, me dopaba con tranquilizantes, dibujaba algo, no cogí un puto libro en todo aquel tiempo…

-¿Y tus amigos?

-¿Qué amigos?… Qué amigos, a Claudia aún no la conocía, Lucía sólo me aguantó una semana… y los demás huyeron, no le reprocho nada a nadie. La compra semanal me la hacía el vecino, un jubilado viudo que pareció ver graciosa mi situación. Al principio le extrañó, pero luego lo tomó como una rutina curiosa, me preguntaba lo que quería y yo le daba una lista… le di incluso la tarjeta de crédito para que me sacara dinero.  Nunca me preguntó nada. Fue él quien llamó a urgencias, hacía dos semanas que no sabía nada de mí, no oía ruidos y creyó que me ocurría algo…. No lo encuentras gracioso, llevaba meses sin salir de aquel agujero y creyó que me ocurría algo cuando no oyó nada. Lo que tenía era una gripe que había derivado en bronquitis… ni una puta aspirina.

-¿Cuánto tiempo había pasado?

-Cuatro, cinco meses, no me acuerdo… hasta abril más o menos. Una bronconeumonía y un cuadro agudo de agorafobia con esquizofrenia residual, al final llegaba a ver sombras, creí oír voces, encendía todas las luces de la casa, movía muebles, cambiaba cosas de sitio, y no entraba en todas las habitaciones por miedo… hubiera acabado encerrado en el váter, comiendo, meando, y durmiendo en la bañera. Estuve tres meses en la planta psiquiátrica de La Fe.

Segis calló… se sirvió otra copa. No me dijo nada. Siguió absorto en el enlosado del piso, losetas blancas, rojas y azules que se descascarillaban por todos los lados. Continuó hablando sin mirarme, dejando que todo aquello saliera a borbotones, iba a ser la última vez que lo iba a oír.

-Me dijeron que me buscara un pasatiempo… fue entonces cuando se fijaron en mis cuadernos de dibujo…. Espera.

Segis abrió uno de los armarios, rebuscó un momento y sacó una resma de hojas sujetas con una cinta. Me la tendió

-Toma Carlos… Esto no lo ha visto nadie… quiero que lo veas, no ahora… más tarde, y quiero que me digas que es… yo no tengo ni puta idea, pero me lo saqué de encima como un vómito… Fue lo que dibujé durante aquel tiempo en el hospital.

(…)

Frag. “The Brown Book?”

Para Sig. B.
Safe Creative #1109029983420

Anuncios
Categorías:Uncategorized Etiquetas:

El Síndrome Flitcraft

El Síndrome Flitcratf

Sacado de “The Brown Book?”

Supongamos que nos colocamos al otro lado del anonimato. Olvidémonos de las motivaciones que nos han llevado allí, qué fue lo que nos indujo a traspasar la línea, la frontera de no retorno. Y ver la vida, el mundo que dejamos para no volver, desde ese otro lado.

Resulta tentador quizá pensar en esa idea. Ver la vida a la que uno ha pertenecido, tan sólo un momento antes, como un espectador, como voyeur tal vez. Saberse extraído de esa red causal de la que éramos partícipes, huir de todo aquello que hemos puesto en marcha con nuestra desaparición inexplicable.

La pregunta no es tanto por qué alguna gente decide desaparecer sin causa que lo justifique, sino tal vez, qué es lo que hace que algunos logren ver esa frontera que nadie es capaz de adivinar.

Me vienen a la cabeza historias que se cuentan en estos casos:

Un día un alguien percibe, con la fuerza de una revelación, que todo aquello de lo que forma parte, su vida, no es más que algo ajeno, falso quizá. No se detiene siquiera a recomponer algo irreparable, allí mismo, sentado en la barra de un bar tomando el almuerzo, o en el taxi, o en el lavabo de su lugar de trabajo, él (o ella) decide poner fin a todo. Es en ese momento cuando se vislumbra esa frontera, el agujero que se cerrará de forma irremisible nada más lo cruce. Pero tiene que hacerlo ya, antes de que ese segundo de lucidez se borre para siempre, se desdibuje en una ocurrencia absurda que no le volverá a importunar. Y lo hace. Porque todo aquello que deja atrás ha dejado de formar parte de su vida, de manera súbita.

Él (o ella) desaparece de forma inexplicable.

Años después alguien logra dar con su rastro, en otra ciudad, en otro país tal vez. Diez, veinte, treinta años, o sólo cinco. Vive una nueva vida, otro trabajo, otra familia quizá, otro nombre y una nueva identidad. Él (o ella) trata de hacerte ver, a ti que lo has encontrado, que no tuvo otra elección, que aquel día lo vio todo tan claro que le pareció imposible hacer otra cosa. ¿Por qué?, le preguntas, y él (o ella) contesta que lamenta el dolor causado, la falta de noticias, que todavía siente, como una herida que le quema el alma, el recuerdo de la gente a la que quiso, marido, mujer, hijos, padres… Pero no tuve elección, te dice, vi que aquello en lo que andaba metido no era mi vida, mi trabajo, mi familia, yo mismo…  Que todo aquello por lo que había luchado, que mi vida de la que me sentía satisfecho, ni siquiera me pertenecía, verlo todo como si fuera una inmensa broma de la que tú, hasta ese momento, no habías sido consciente. Saberse un juguete del azar, que nada motivó las decisiones más importantes de tu vida, salvo una conjunción absurda de circunstancias que podían haber sido otras, algo totalmente contingente. Entonces te sobreviene esa especie de pánico, te dice él (o ella) mientras te cuenta su historia sentado en la mesa de un café, o en el banco de un parque, sientes ese pánico incontrolable mientras te aferras con la mirada a la taza de café que estás tomando durante el almuerzo, o ves cómo esas imágenes que vuelan a otro lado de la ventanilla del taxi pierden la consistencia que las dotaba de sentido. Sientes  miedo, quisieras gritar, correr, y no puedes.

Y es entonces cuando ves esa puerta, le dices. Sí, te contesta él (o ella) sin mirarte a los ojos. Lo ves, lo percibes como una salvación, un milagro, y te das cuenta de que esa oportunidad no se va a volver a presentar jamás, ahí está. No lo piensas. Cuando lo has hecho, te das cuenta de lo fácil que ha sido todo. Y ves cómo se cierra esa puerta, estás sentado en el mismo sitio, en la barra de un bar, o meando en los lavabos del trabajo, pero ya estás al otro lado, todo huye a la velocidad de la luz, inalcanzable. Y te dices que tan solo bastaría volver al trabajo, o llamar a tu mujer, o a tu marido, y preguntarle cómo está, cualquier cosa, pero no lo puedes hacer, sientes cómo todo ha volado por los aires.

Entonces te encuentras sentado en el asiento de un tren, o un autobús, o quizá un avión, has comprado el pasaje con el poco dinero que llevabas encima. No piensas, actúas como un autómata. Ese pánico de hace un rato se ha convertido en un tobogán, en una espiral irresistible a la que te aferras. Y sientes que, por primera vez en tu vida, el tiempo te pertenece… No sé si me comprende…

Tú le dices que le has buscado porque otros te lo han pedido, que no te gusta hurgar en la vida de nadie pero que hay que arreglar ciertos asuntos, flecos que siempre quedan. Lo sé, contesta él (o ella), al final el pasado siempre te alcanza, no importa lo que uno corra, dice, o pronuncia alguna otra frase parecida, sacada de alguna novela o película que ha visto. Te preguntas hasta qué punto todo lo que ha hecho no lo ha visto antes en el cine, o en la televisión. Te vas dándole un número de teléfono, una dirección. Intentas decirle algo, pero te callas.

Te callas, porque piensas que lo que le ibas a decir a él (o a ella) también lo sabe, y que no te lo ha confesado por vergüenza. Te vas de allí evitando que él (o ella) lo cuente, no sabiendo si has actuado bien, si quizás deberías haber dejado que terminara de hablar del todo, o dándole a entender que tú también lo sabes y que así tratas de evitarle el mal trago de tenerlo que confesar, mostrándole así tu conmiseración.

Y lo dejas a él (o a ella) sentado en la mesa de un café, en una ciudad extraña, te giras y todavía lo ves mirando por la ventana, o removiendo con la cucharilla un café ya frío que no se tomará. Y no, no has querido decirle que después de todo, de su huida, de aquella ventana de oportunidad que vislumbró aquel día, hace años, ha vuelto al mismo sitio. Que tanto tiempo dando tumbos, huyendo por esa espiral, no ha servido para nada, que ahora se encuentra en el mismo lugar que aquel día, en otra ciudad quizá, con otros rostros, en otras circunstancias, pero en el mismo lugar. Ya no habrá más agujeros por donde escapar, nunca los hubo, o si los hubo no fueron sino bucles que tras una ilusión de movimiento te dejan en el mismo sitio.
Safe Creative #1106249535385

Categorías:Uncategorized Etiquetas:

El espíritu del geómetra

Martina estaba nerviosa, no asistió demasiada gente y los periodistas no acudieron como otras veces. Algunos, amigos y tributarios de Martina, fueron más por ella que por él. A pesar de todo Segis Mir departía con unos y con otros, intentaba explicar –como siempre hacía él, gesticulando, elevando la voz y hablando como una ametralladora- la intencionalidad de alguno de sus cuadros, parecía encontrarse en su salsa. A Martina no le gustaba el giro que estaba tomando la obra de Segis, estaba forzando las cosas, demasiado, yendo quizá muy lejos, se preocupaba como galerista suya, pero también como amiga. A Segis, claro está, no le importaba un pimiento si sus cuadros se vendían o no, si por él fuera los hubiera regalado todos, pero Martina tenía razón. No, aquello no era una “nueva etapa, arriesgada y experimental,  en su incesante búsqueda creativa”, como seguramente valoraría algún crítico próximo a Martina y que le debiera algún favor, aquello era otra cosa, era un abismo. O una mierda, como los demás críticos catalogarían sin compasión desde sus tribunas opinativas, como venían haciéndolo ya algún tiempo atrás.

Lo que cualquiera podía ver en aquella exposición en la galería de Martina, no era sino un síntoma más en una degeneración que se venía operando en la mente de Segis Mir desde tiempo atrás, probablemente desde ese estúpido accidente en la piscina de la casa de Félix. Segis, al contrario, no encontraba nada extraño en la evolución de su pintura, no se molestaba si alguno de nosotros intentaba explicarle que algo andaba mal, que aquello que pintaba no es que resultara rompedor, es que era totalmente ininteligible; él, explicaba por su parte que encontraba perfectamente natural esa evolución, que le era imposible pintar de otra forma, pintaba aquello que veía y sentía, y que si sus cuadros eran entendidos o no, no era algo que le preocupase demasiado. Pero Segis no estaba bien, sus dificultades y esa sensación de andar como perdido eran evidentes para todo aquel que tratara con él, fue Eva, su mujer, la que nos puso a todos sobre aviso hace ya algún tiempo, y la que intentó que alguno de nosotros le convenciera para renunciar a su negativa de acudir a un médico, por supuesto, sin éxito.

 

Mi primer encontronazo con Segis a punto estuvo de terminar en una pelea que casi llega a las manos, le conocí en casa de Félix. Segismundo Mir. Todavía no era un pintor famoso pero ya se estaba abriendo un pequeño hueco en el complicado mundo del mercado del arte, era el exponente más conocido del grupo de artistas que se arremolinaron entorno al movimiento del “Nuevo Realismo”, sus miembros pretendían dar una respuesta al exceso de abstracción que se había apoderado del mundo del arte, no era una vuelta a antiguas formas, sino un intento de encontrar aquello que se escondía tras la realidad, representándola y confrontándola con el espectador merced a un juego simbólico. Probablemente estuviera algo bebido, jamás me lo quiso reconocer, pero aquella noche me increpó de malos modos sin venir a cuento y me acusó de ser un ínclito representante de las “hordas de la abstracción” que asolan la cultura. Yo, que todavía no sabía tratar con artistas, me ofendí, y no supe cómo torear la situación, por aquel entonces sólo llevaba dos meses saliendo con Marta, una crítica de arte, y la airada reacción de Segis se produjo cuando se enteró de que yo era matemático y especialista en topología.

En cualquier caso Segis y yo nos hicimos amigos, o mejor dicho, por alguna extraña razón él se hizo inseparable de mí. Segis había tenido una vida azarosa: había viajado por medio mundo como tripulante de barcos mercantes hasta que decidió establecerse en Noruega trabajando como repoblador de bosques, tras un temprano divorcio decidió regresar con lo puesto y dedicarse a pintar. La pintura siempre había sido un pasatiempo nunca tomado realmente en serio, pero a su vuelta, quizá la necesidad, hizo que probara fortuna con la pintura, y acertó, Segis era realmente bueno, de no ser por ese divorcio puede que todavía estuviera en Noruega plantando abetos. Segis nunca se tomó su condición de “artista” realmente en serio, había irrumpido en el mundo del arte por sorpresa, ajeno a academias, modas y camarillas, sus cuadros se vendían, sus cuadros eran buenos y gustaban, y eso también molestó a mucha gente que no se lo perdonaría jamás, y mucho menos cuando sobrevino su “caída”. Se había decidido por una suerte de pintura figurativa tremendamente personal que fue catalogada por los críticos, perplejos ante su éxito, como “Nuevo Realismo”, pero él decía que todo eso eran estupideces: “es lo único que sé pintar, tío, me sale bien y punto”, me dijo en alguna ocasión.

Pero en realidad Segis bromeaba demasiado consigo mismo, era un buscador, o un perseguidor, tanto da, durante toda su vida trató de alcanzar algo apenas entrevisto, y con la pintura encontró el camino preciso. Ganó dinero, pero su relación con el mercado del arte fue todo lo tormentosa que cabía esperar de él, “si por mí fuera regalaría mis cuadros, o los vendería por la voluntad, es de risa, la gente está dispuesta a soltar cantidades absurdas de dinero por una firma mía, pero Martina no me deja, y con Martina no puedo discutir, siempre me grita”. Martina era su agente, marchante, protectora y amiga, fue ella quién le presentó a Eva, su mujer. A veces Segis se salía con la suya, recuerdo en alguna ocasión haberle visto llegar a las fiestas que solía dar Félix cargado con un montón de telas que regalaba a todo el mundo ante la desesperación de Martina. Con nosotros era diferente, sólo nos regalaba lo que consideraba mejor, yo mismo tengo dos cuadros suyos que no vendería por nada.

Segis pretendía no tomarse en serio, decía que los cuadros le salían como churros y que no entendía cómo había podido ganarse la vida con ellos, pero había algo más, algo que Segis evitaba nombrar, era eso que perseguía, a veces de forma obsesiva y que intentaba atraparlo con la pintura; eso, que alguna vez pretendió contármelo por teléfono, de madrugada, borracho y sin conseguirlo, pero que todos podían intuir en su obra, aunque para él, todo ello no era sino un pobre intento, una torpe y mediocre manera de atrapar algo que quizá estaba fuera de su alcance, por eso evitaba hablar de ello. Y por eso a nadie le sorprendió demasiado su radical cambio de estilo tras esos primeros años de éxito. Aunque puede que entonces todo estuviera perdido.

 

Ocurrió en casa de Félix, un fin de semana de verano en su casa de la playa. Había poca gente: Segis, Eva, Martina y su amigo, y yo, que había acudido en un estado de abatimiento idiota tras mi reciente separación de Marta. Segis no había bebido casi nada, pero se le había metido en la cabeza que era capaz de realizar no sé qué absurda pirueta en el trampolín. Azuzado por Félix lo intentó, con tan mala suerte que acabó pegándose en la cabeza con el borde del trampolín. Cayó inconsciente al agua, Eva y yo nos tiramos a la piscina y logramos sacarle antes de que se ahogara pero la herida en el lado derecho de la cabeza era profunda, nos asustamos y lo llevamos al hospital. Le hicieron pruebas y lo mantuvieron en observación, aparentemente no había habido ninguna lesión cerebral, aunque la pérdida de consciencia había sido prolongada y no se podía descartar nada. Los médicos recomendaron reposo y un seguimiento hospitalario pero Segis no quiso saber nada, no iba a quedarse en un hospital si se encontraba bien. Poco a poco las cosas empezaron a cambiar.

 

Segis se recluyó en su estudio, apenas salía y le veíamos poco, Eva nos decía que andaba como perdido, que a veces se quedaba ensimismado mirando objetos banales: saleros, mesas cucharas, durante minutos enteros sin decir nada, como si los viera por primera vez incapaz de comprender su función. Su obra comenzó a ralentizarse, ya no pintaba cuadros como churros sino que el proceso de creación se había hecho mucho más lento, y lo más importante, el estilo de Segis cambió por completo: abandonó la pintura figurativa y empezó a utilizar la abstracción. Al principio se limitó a “deconstruir” la realidad, a descomponerla en formas geométricas débilmente entrelazadas sin perder todavía el sentido de unidad, pero poco a poco se adentró sin remisión en una abstracción geométrica cada vez más radical. Su primera exposición tras el accidente fue todo un acontecimiento, muchos de sus antiguos admiradores le abandonaron, otros le siguieron en esa nueva aventura creativa, y aquellos que se la tenían jurada desde su irrupción exitosa aprovecharon la oportunidad para castigarle sin piedad en sus críticas.

Lo más extraño de todo es que Segis, no parecía haber advertido ningún cambio en su estilo, “sigo pintando lo mismo que antes, no entiendo todo este revuelo”. No cambió su carácter, seguía siendo el mismo Segis de siempre, eso era cierto, pero su forma de trabajar había cambiado, trabajaba lentamente, le costaba mucho acabar un cuadro, siempre faltaba algo, y resultaba ser algún detalle geométrico que cualquiera hubiera catalogado de banal. Pero su camino por la abstracción y la pura geometría se hacía cada vez más radical y absoluto, “pinto lo que veo, como siempre, no sé de qué os extrañáis”, repetía. Eva estaba preocupada, habían empezado a presentarse las dificultades: “a veces Segis se queda parado, en mitad de la casa, no se mueve hasta que aparezco yo, y a menudo ni siquiera me reconoce hasta que lo toco o le hablo. Me dice que le lleve a alguna parte de la casa, pero siente como pánico, tengo que estar hablándole durante todo el recorrido para que se tranquilice y reconozca lo que está viendo”, nos contaba Eva, “le pregunto qué es lo que ve, y me dice que formas geométricas perfectamente definidas y nítidas. No ve una mesa, sino planos y volúmenes y no la reconoce hasta que alguien se la nombra y la oye, ‘¡ah!, sí, la mesa’, dice”.

 

Segis se negaba a ir al médico, pero un día consulté con un conocido que me puso en contacto con un neurólogo y le conté el caso. Me explicó que era difícil hacer una valoración sin explorar al apaciente, pero pudiera ser que Segis hubiera tenido alguna lesión en el hemisferio derecho del cerebro a raíz de ese golpe, un coágulo quizá, o algún ictus en esa zona. Me dijo que probablemente tuviera el centro de la visión intacto, pero que su mente fuera incapaz de integrar todo aquello que ve en objetos de la vida cotidiana con una función que él hubiera aprendido con el uso. En pocas palabras: la mente de Segis era capaz de analizar un objeto geométricamente pero no comprendía lo que era. Y lo peor, era un proceso que iría degenerando con el tiempo, probablemente ese coágulo acabaría causándole la muerte.

 

Segis seguía pintando, si se puede llamar pintar a una carrera enloquecida a lomos del diablo desconocido que lo poseía. Efectivamente pintaba lo que veía, seguía siendo el de siempre, alguien que pintaba la realidad, pero una realidad desestructurada, atomizada en sus componentes geométricos, por eso esa obsesión por el detalle, por dotar a cada cuadro de ese innecesario matiz geométrico y banal que sólo él veía. En algún momento cruzó el punto de no retorno.

 

Me pregunto si así logrará alcanzar eso que siempre se empeñó en atrapar y que nunca logró darle forma. Ni yo mismo lo sé. Me temo que no le quede demasiado tiempo.

 
Safe Creative #1106149465591

Categorías:Uncategorized Etiquetas:

Matemáticas, Trotsky, y México

-Tú y tus matemáticos –me espetó Shirley.

-¿Qué les pasa a mis matemáticos?, la mayoría son gente muy normal.

-¿Normal? Nunca he sabido qué es ser normal, Carlos, ni tú tampoco.

-Pues no… Hay normalidades que esconden pozos de sorpresas.

-Tal vez.

-Y hay pozos lo suficientemente profundos como para meter un pasado todavía no deformado por el recuerdo… Te voy a contar una historia, Shirley, una historia real

-¿De uno de tus matemáticos?

-Sí… alguien aparentemente normal. Jean van Heijenoort, ¿lo conoces?

-No, qué voy a conocer.

-Ni tú ni la mayoría de la gente… incluso pocos matemáticos lo conocen, a no ser que sean especialistas en lógica matemática.

-Vas a contarme una película.

-Voy a contarte una historia real Shirley.

-No –me replicó Shirley sonriendo-. Vas a contarme una película, Carlos, tú no cuentas historias, tú cuentas películas. Pero te escucho.

Shirley tenía razón, yo contaba películas, hacía de la realidad una ficción, incluso solía hacer de mí mismo un personaje, una historia cazada al azar, oída en una conversación y reinventada… sólo eso. Aquel día, aun antes de contarle nada a Shirley ya sabía que iba a hacer de todo aquello otra ficción más, no sé. A pesar de todo se lo conté.

-Jean van Heijenoort era profesor emérito de lógica matemática en Stanford.

-Era…

-Sí… espera Shirley, no te impacientes… Imagínatelo, los profesores eméritos suelen ser gente respetable, dan clases puntualmente, conferencias y ya están lejos de todo el insidioso mundo de los departamentos universitarios, las luchas intestinas, los apuñalamientos por la espalda… una vida tranquila. Jean van Heijenoort tenía más de setenta años.

-¿Y?

-Bueno… Heijenoort nunca fue un genio, nunca hizo una contribución capital a la lógica matemática, era un buen profesor, y un reputado especialista en su campo, una figura internacional en la Historia de la Lógica Matemática, había escrito un libro muy citado sobre el tema y era capaz de estar horas hablando sobre Frege, Gödel, los Teoremas de Incompletitud, o los sistemas formales…

-Ese tipo escondía algo – me dijo Shirley impaciente.

-Ese tipo escondía un pasado proceloso… Pero déjame acabar. Verás… un día Heijenoort regresa a su casa, una bonita casa en Palo Alto, cerca del campus, con hiedra en las paredes y el césped bien cuidado.

-Te lo estás inventando Carlos.

-Oh, vamos Shirley… déjame acabar… Me invento sólo los detalles.

-Vale… continúa.

-Bien… pues eso… Heijenoort llega a  su casa, recoge el correo… ¿me dejas decir que vivía solo?

-Sí, pero tampoco lo sabes.

-No, pero sí sé que tenía poca familia, dos hijos en Europa… poco más. Llega esa tarde algo cansado y se dirige al despacho… apenas echa un vistazo al correo, lo deja sobre la mesa, y en ese momento ve una carta distinta, un sobre pequeño con sello extranjero. Se extraña porque la correspondencia internacional se la hacen llegar a la universidad. La dirección es de México DF, está escrita a mano, una letra angulosa y algo redicha, como de colegial, Ana María, pone en el reverso, aunque a Heijenoort no le ha hecho falta girar la carta para saber quién es el remitente. El vecino contó a la policía que aquel día vio entrar a Heijenoort en la casa a la misma hora de todos los días, pero no supo decir cuándo pudo marcharse. Dos días más tarde Ana María y Jean van Heijenoort aparecían muertos en un apartamento de Mexico DF.

-Mierda… ya has destripado el final.

-Es una historia real Shirley, no una película… ¿Sigo?

-Sigue.

– Heijenoort arroja el correo al suelo, de un manotazo despeja la mesa de papeles, casi tira la máquina de escribir, estamos en 1986, deja la carta sobre la mesa, sin abrir, y se sienta. Quizá supiera ya el contenido, no lo sé. Como si fuera un objeto precioso, o una maldición, estuvo un rato sin atreverse a abrirla, a tocarla siquiera. Era un sobre pequeño, delgado, a Ana María no le gustaban los rodeos, cuando quería decir algo iba directa al grano, habría sólo una hoja, dos a lo sumo. Hacía décadas que Heijenoort no sabía nada de ella. Fue en esos minutos, antes de abrir esa carta, cuando Heijenoort destapó de nuevo aquel pozo repleto de tiempo, momentos que había guardado y que todavía no había querido manchar con la deformación de la memoria, recuerdos que no eran recuerdos sino fragmentos de su vida con los que cargaba, había tenido que pasar todo ese tiempo para que Ana María le ayudara a desprenderse de todo ello.

»Y quien se sentó de nuevo a aquella mesa fue Jean van Heijenoort, el revolucionario, el amante de Ana María. Ese Heijenoort había nacido en un pueblecito de Francia, en Creil, era hijo de emigrados holandeses, una infancia difícil, muy difícil, la falta de  recursos y el sentimiento de saberse un extranjero. Siempre intentamos encontrar una excusa, ¿verdad? Señalar algo en la biografía que indique: ves, ese el motivo, y tal vez no lo haya, tal vez todo sea una cuestión sentimental, ¿sabes? Uno se hace revolucionario por cuestiones sentimentales, o estéticas, no sé. El caso es que Heijenoort pronto se hizo revolucionario, un trotskista. Fue en París donde conoció a Trotsky, supongo que lo hechizó… aunque probablemente ya lo estuviera, hechizado, entregado a la nueva fe, suspirando por una Revolución Mundial… En fin, su historia es calcada de la de muchos de su generación, una historia de ensoñaciones y  traiciones, de ilusiones perdidas, de tránsitos por el más abyecto de los infiernos para conseguir el paraíso. Heijenoort se convierte en secretario y traductor de Trotsky, lo acompaña en sus viajes, Francia Noruega… y por fin México, la última parada del destierro, la última estación, el tren no iba a continuar más allá, ni para Trotsky… ni en el fondo para Heijenoort.

-México –susurró Shirley

-Bueno… ya sabes cómo fue todo aquello, la Casa Azul, Frida Khalo y Rivera. Pasiones cruzadas, Frida y Rivera, Frida y Trotsky, Frida y Jean, Jean y…otras muchas. Y por fin Ana María, su última mujer mexicana, ya en Coyoacán. Trotsky muere, el piolet de Ramón Mercader acaba con él. Jean van Heijenoort abandona México y recala en Estados Unidos, sienta la cabeza –sólo un poco- y decide estudiar matemáticas y lógica. Acaba siendo profesor en distintas universidades. El tiempo pasa, y Heijenoort es un destacado profesor emérito en Stanford. Alguien normal, sólo hay que esconder el tiempo en un pozo, sólo eso.

-¿Y Ana María? –me preguntó Shirley

-Ana María, sí. No lo sé… y no me lo quiero inventar. No sé quién fue Ana María, una de sus esposas mexicanas. Tuvo dos hijos con ella, y la abandonó, o fue ella quien lo abandonó a él. Te podría decir que fue una mujer abrasadora, una pasión que puede quemarte, o recordarla y morir en vida, te podría poner una canción de Chavela Vargas y decirte que la última noche que pasaron en México ella lo invitó a tequila,  y le dijo que sólo quería saber a qué sabía su olvido… yo qué sé. Te podría decir tantas cosas que todas me parecen gastadas, o manchadas. Pero sólo sé que Heijenoort se marcha de México en 1940, solo, con destino a Estados Unidos, y años más tarde la llama de la revolución languidecería.  No volvería a ver a Ana María hasta 1986. La última vez. El último trago.

-¿Qué decía aquella carta?

-Poco, o nada, Ana María no era muy de palabras, empezaría recordando los viejos tiempos, diciéndose a ella misma –sólo a ella, aunque se lo escribiera a él- que por fin se había atrevido a escribir aquella carta. Pero a las pocas líneas se daría cuenta de que toda esa cháchara era inútil. Terminaba con una frase: “ya no me queda nada, sólo quiero suicidarme y matarte a ti, Jean”

»Heijenoort lo abandona todo, cancela todos sus compromisos, desaparece, no le dijo a nadie nada, no hizo el equipaje, ni siquiera su vecino lo vio marcharse. Días más tarde, en una habitación de un apartamento en México DF, aparecen dos cadáveres en la cama: Ana María y Jean, ella le había disparado tres veces en la cabeza, después, un tiro en la boca acabó con la vida de Ana María.

-¿Pasó eso realmente? –me preguntó Shirley al cabo de un momento.

-Sí… es decir, la policía no encontró indicios de otra cosa, se mataron, Ana María mató a Heijenoort y luego acabó con su vida, tal y como explicaba en su carta. De lo que se dijeron en aquella habitación, o lo que hablaron… es  un misterio.

-Un misterio… quizá no lo sea.

-No… quizá no sea un misterio, sólo un pozo repleto de tiempo, ni recuerdos ni memoria…. Sólo tiempo.
Safe Creative #1105119191683

Categorías:Uncategorized

L.H.O.O.Q. Comisiones de Trabajo

SOCIEDAD L.H.O.O.Q. COMISIONES DE TRABAJO.

Se enumeran a continuación, y de forma sucinta, las distintas Comisiones que forman el Ilustre Colegio Oculto y Herético de la Sociedad L.H.O.O.Q.. Una vez establecidas comenzarán su labor de forma inmediata, que no será otra que la de establecer su propia subdivisión en Sub-Comisiones y Grupos de Trabajo. Cada Comisión tendrá sus ritos y ceremonias de admisión, así como sus patrones y santos benefactores, cuestión que se deja para las oportunas reuniones de cada Comisión, que decidirá a su arbitrio y beneficio dichos detalles.

¡LARGA VIDA AL PADRE UBU!

¡VIVA EL DOCTOR FAUSTROLL!

¡HA, HA!

 

Comisión de Sombras y Ocultamientos: Encargada del estudio de todo lo relacionado con los ocultamientos, las vaporizaciones, las desapariciones pynchonianas,  las abducciones y las huidas y comunicación con el extramundo. La Comisión tratará de hacer también una clasificación de las sombras, las anamorfosis, los márgenes difusos y las vaguedades.

Comisión de la Lógica Bizarra: El cometido de dicha Comisión será el de elaborar un exhaustivo catálogo de paradojas, falacias, sinsentidos y contradicciones. Así mismo se encargará de elaborar el proyecto de un nuevo lenguaje que incluya la autorreferencia y el oxímoron como ingredientes necesarios. Diluyendo así toda disputa en un vaso de agua envenenado.

Comisión de Bucles y Excepciones Topológicas: Tendrá por objeto el estudio de los bucles directos y reversos que dejan al incauto autonauta, armado con la Guía Michelin, en el mismo lugar visitando a su doble, o ingresando en una realidad invertida. Clasificará los déjà vu y la manera de salir o permanecer en ellos. Y se encargará de investigar la topología de queso de gruyere, las apariciones y desapariciones súbitas.

Comisión Piranesiana: Igual que en una cárcel de Piranesi esta Comisión tendrá el cometido de encontrar soluciones imaginarias a problemas inútiles o imposibles. Orientarse en la imposibilidad, buscar la salida cuando ésta no exista y resquicios por donde escapar. La imposibilidad es una obsesión neurótica.

Comisión para el Ready-Made Inconcluso: Todo objeto es una obra de arte, todo intento de producir arte mediante la originalidad está condenado al fracaso. Esta Comisión tratará de hacer un catálogo exhaustivo de “obras de arte”, objetos cuya función ornamental sea nula, pero que provoquen en el espectador la iluminación de la poesía: llaves, zapatos, ladrillos, autómatas, máquinas, hilos de alambre, o bolsas de papel.

Comisión para la Reinstauración de la Armonía Preestablecida: Sabemos que la verdadera Armonía Preestablecida no se encuentra en la precisa y causal concatenación de acontecimientos, sino en el Azar. Esta Comisión seguirá la pista del Azar allí donde parece no existir, hará patente su imperio y poder sobre todas las cosas y establecerá las leyes de lo fútil, lo inesperado y lo impredecible. Así mismo tratará de jugar con la suerte y sacar partido de las imposibilidades manifiestas.

Comisión de Fastos y Nefastos: La Comisión de Fastos y Nefastos se encargará de la reforma del calendario y la elaboración de un Calendario Perpetuo Falible. Se consignarán las fiestas y los días de guardar. Como patrones irrenunciables de la Sociedad deben figurar: el Arconte de los Arcontes, Marcel Duchamp, y Su Serenísima el Gran Ubú. El Calendario será disfuncional y deberá seguir el ritmo infrafino de las gotas del grifo al caer.

Comisión de Dignidades y Parabienes: La Comisión de Dignidades y Parabienes será la encargada de establecer los grados y las dignidades de todos los miembros de la Sociedad L.H.O.O.Q., elaborando un exhaustivo catálogo de cargos rimbombantes e inútiles, y una elaborada jerarquía de imposible interpretación. Se encargará de la confección de los uniformes, paramentos, condecoraciones, birretes, mandiles y charreteras que todo miembro de la Sociedad debe llevar en las reuniones.

Comisión de Seguridad: Deberá velar por adecuada difusión pública del contenido de las reuniones de la Sociedad, del Ilustre Colegio Oculto y Herético, y de las distintas Comisiones, Sub-Comisiones y Grupos de Trabajo. Así mismo pondrá a disposición de los miembros de la Sociedad toda una serie de guiños, señales, movimientos de cuello, de piernas y de cadera que asegure el reconocimiento público de sus miembros sin levantar más sospechas que las necesarias, que no serán otras que creencia para los no iniciados de que aquellos poseen el Mal de San Vito, o una suerte de disparatado Síndrome de Tourette.
Safe Creative #1104259060255

Categorías:Uncategorized Etiquetas:

Papeles de Víctor Morelli (4)

Jean van Hoonerth

Sin duda siempre hubo algo de luciferino en la personalidad de Jean, aunque lo cierto es que era una persona de trato agradable y afable, incluso con desconocidos. Lo fue con Sigfrido Robledo, lo fue conmigo. Una leyenda negra siempre a mano, algo vago y atractivo que  él mismo se encargaba de no desmentir del todo: su paso por la Universidad Libre de Berlín en aquellos convulsos sesenta como profesor de lógica matemática, su posible relación con algunos simpatizantes aquella fanatizada RAF de Andreas Baader y Ulrike Mainhof (tal vez la propia Ulrike), su implicación en la delación a la policía; nada de ello es posible comprobar, y si estuvo en Berlín lo hizo con otro nombre. Luego un largo y oscuro periodo de ocultamiento, y su reaparición posterior a mediados de los setenta como asesor freelance en cuestiones artísticas y de antigüedades, y por supuesto, organizador de redes de falsificación de arte; esto último es cierto, yo fui uno de sus colaboradores, aunque todavía, pasados los años, no logro adivinar en calidad de qué.

Jean atraía más por lo que callaba que por lo que decía, a pesar de su inagotable conversación sobre casi cualquier tema, había un hueco negro a su alrededor que resultaba atractivo y peligroso a un tiempo. Yo, por ejemplo, nunca he sabido el grado de intimidad que tuve con él. Le conocí por mediación de Sigfrido Robledo; y sé que, forzando el significado de la palabra, fuimos “amigos”, confió de alguna manera en mí cuando fui iniciado en la Sociedad L.H.O.O.Q.. Poco más.

Incluso Sigfrido Robledo, que trabajó para él falsificando a expresionistas abstractos cuando L.H.O.O.Q. estuvo lista, me contaba que no sabía quién era realmente ese Jean. Una cara de un poliedro que no logro abarcar en su totalidad, en gran medida por su propia actitud de cordial reserva, y también quizá por la mía… ese miedo a no saber ciertas cosas. Él, me temo, sí sabe todo lo que haya que saber sobre mí. Sin embargo también hay algo de juego en su actitud, como cuando citaba a Lautreamont  y se recreaba en ese francés claro pero con acento, recitando incluso alguno de los Cantos de Maldoror que decía saberse de memoria, aunque a veces he llegado a pensar que todo era una representación, una provocación, algo así como decir: “si piensan que soy un diablo no es cuestión de defraudar”.  De todas formas sí que había leído a Lautreamont, también a Jarry, claro, sobre todo a este último.

Hubo en todo aquello… en lo de la Sociedad L.H.O.O.Q., en lo del Ilustre Colegio, algo de farsa a lo Dorctor Faustroll, hubo mucho de juego, de intento de transformar la realidad en una sucesión de excepcionalidades inverosímiles, en ocasiones Jean incluso me sugirió la posibilidad de desarrollar una especie de lógica de la excepción, una anti-lógica, nunca supe qué quería decir con ello, y me temo que él tampoco, pero de todas formas la Lógica es su tema, o al menos lo fue.

Siempre que estaba con Sigfrido Robledo terminaban hablando de Duchamp, a ambos les apasionaba, todas aquellas máquinas, esa extraña física y esos juegos absurdos que Duchamp se inventó para la realización del Gran Vidrio… Creo que Jean (y quizá también Sigfrido) veía en ello algo más que un divertimento, veía símbolos donde yo sólo he visto juego e ironía. Hace años –poco después de instalarme en Paris y comenzar a trabajar para la Sociedad- me dijo una cosa: “Te contaré un secreto Morelli. Tengo la pistola de Jarry, y nadie lo sabe”. Cuando me lo dijo no sabía quién era Alfred Jarry, ni el Rey Ubú, ni el Dr. Faustroll, tampoco le pregunté nada, la conversación entre ambos era más fluida si no le pedía explicaciones, pero fue inevitable que yo mismo me diera de bruces con él.

Fue después de estrenar con gran escándalo en París El Rey Ubú cuando Alfred Jarry tomó la costumbre de comportarse como el mismo Ubú y  de ir a todas partes con una pistola cargada, la poca pericia de Jarry con las armas estuvo a punto de costar algún percance serio. Tras la muerte de Jarry por tuberculosis, drogas y alcohol, la famosa pistola fue adquirida por Picasso, que la exhibía como si fuese un trofeo en las noches de juerga con Apollinaire. Sin duda Jean nunca se refirió a la pistola real, aunque tenía multitud de objetos extraños, era una metáfora. Aquella “pistola”, del ubuesco Jarry era ese juego excéntrico, y al mismo tiempo perversamente real, que se empeño en jugar y en el que todos participamos. Ubú fue un personaje satírico y ostentoso que se erigió en un modo de vida para el excesivo Jarry. Y aquella “pistola” que Jean mencionaba –ahora lo sé- no era sino ese juego tomado en serio, esa aspiración que vi en Jean de sustituir la realidad por un juego, quizá peligroso, y con él mismo oficiando como paródico Rey Ubú, o mucho mejor, como fantástico Dr. Faustroll, taumaturgo mayor, señor maravillas. Jean quiso hacer de la realidad una farsa, como quien juega con un revólver cargado sin intención de disparar, la fundación de la Sociedad L.H.O.O.Q. no obedece a otro propósito; pero, ¿y los demás?, ¿hasta qué punto lo sabíamos? Y… ¿realmente no tenía intención de disparar? El cuerpo descuartizado y empaquetado en una maleta varada en el Sena de Pierre Menard…. ¿estábamos todos tan ciegos?

Vuelvo a leer lo del cine encontrado bajo el Trocadero, el recorte del periódico comienza a ajarse…. Hace unos días estuve a punto  de tirarlo a la basura, no lo hice, como si esperara la llamada de hoy. N.O.S.T.R.O.M.O., Jean van Hoonerth de nuevo.

———————————————–

[Nota de Víctor Morelli, escrita tras la fotocopia de un grabado de Piranesi, circa 2005, estudio barrio Ruzafa]

 
Safe Creative #1104138967699

Categorías:Uncategorized Etiquetas: ,

Papeles de Víctor Morelli (3)

 

Isabelle

Isabelle siempre me dijo que yo no llegaría a ser jamás un gran escritor –o un escritor a secas-, que debería haber seguido con las matemáticas, o convertirme en jugador de ajedrez, incluso probar con la política (more Maquiavelo, supongo)… cualquier otra cosa. Decía que padecía una especie de “Síndrome de Aspeger” camuflado, que, citando a mi admirado Pascal, carecía completamente de “espíritu de fineza”. Probablemente tenía razón. Jamás creí en esa “literatura” emocional y humana, la única literatura que busqué fue una especie de ficción maquinal y lógica, textos absurdos propios de alguien con un “espíritu de geómetra”, totalmente desprovistos de alma, quizá por eso –por esa incapacidad- me interesó siempre la ciencia ficción, la literatura más pulp, la más previsible novela negra. Asesinatos, peligrosas vamps, abducciones, distopías de ensueño, planetas misterio, seres de otro mundo…. Allí me quedé. Fui Incapaz de acometer el intento de desarbolar la literatura por dentro, leí y releí a Thomas Pynchon sin saber que me había metido en una espiral sin salida, un vórtex que me atraparía sin remisión, un desagüe hacía ninguna parte…. Como este precario apartamento, con el temor de que mis vecinos sean la embajada secreta de Fu Manchú.

Pascal contraponía ambos espíritus, o más bien los complementaba; el espíritu del geómetra y el espíritu de fineza. El geómetra razona, piensa en base a principios claros y abstractos, usa la lógica y establece deducciones, pero se olvida de la fineza. El espíritu fino siente, vive la vida y la saborea con ese sentimiento capaz de “ver” las cosas, y emitir no razonamientos, sino juicios, pero se olvida de la geometría. Y así, los unos andan perdidos en el mundo de los hombres y los otros en el de las ideas; unos son capaces de prescindir del tiempo, otros saben apreciar el valor de cada instante; unos infalibles pero fríos, los otros falibles pero sutiles. Para Pascal eran igualmente monstruosos los dos espíritus aislados, sin fineza los geómetras son incapaces de entender las cuestiones de la vida, y sin geometría los finos se pierden y ofuscan en el error. El ideal es la perfecta combinación, espíritu y juicio, geometría y fineza; y entonces es cuando se produce la pirueta pascaliana: el filósofo es el fino geómetra, porque burlarse de la filosofía es verdaderamente filosofar.

Pero era precisamente Isabelle quien me acusaba de no tener espíritu de fineza, ella y yo, dos geómetras. Ella era una auténtica geómetra pascaliana, y yo un diletante.

Yo le decía que hacía el amor con ella geométricamente pero que la veía con fineza, “tú no has tenido fineza en tu vida”, me contestaba, “dedícate al ajedrez, o a la lógica como Jean. Quizá sea eso lo que me gusta de ti, pero no te emociones”. Había estudiado varios cursos de filosofía en la Sorbona, aunque no creo que terminara ninguno, sin embargo era capaz de citar a Althusser mientras la besaba, y si se enfurecía terminaba disparando frases de Foucault, arremetiendo, con ese leve tartamudeo que le salía, contra las formas de poder que llegaban incluso al control de los cuerpos… Ella, que era capaz de vestir ropa cara cuando hacía su trabajo… y su trabajo era llevar con eficacia demostrada la contabilidad no oficial del Morton Investment Club, el MIC, un pequeño grupo inversor creado por Pascal Bordier, su padre, y el ubicuo Jean van Hoonerth. El MIC comenzó vendiendo bonos en los sesenta a gente escogida y exclusiva en Europa, luego amplió horizontes y se especializó también en la compra venta de antigüedades y obras de arte, y ahí fue cuando entró Jean. El MIC nunca dejó de ser una tapadera piramidal, una maquina de generar dinero (para van Hoonerth y Bordier), e ilusiones vacías (para resto de inversores), y desde luego fue el pulmón financiero de la Sociedad L.H.O.O.Q. mientras funcionó. Isabelle, esa geómetra pascaliana, era quien se encargaba de llevar puntualmente, a varias cuentas numeradas de Zúrich y Basilea, los maletines cargados de dólares y francos que salían del MIC cada mes. Directora de la Comisión Piranesiana de la Sociedad, una pequeña broma que sólo Jean sabía apreciar.

Jamás quiso divorciarse de su marido, Laurent Degrenville, un abogado parisino que se la trajo de Chicago cuando ella terminó no sé que “master” de management. Matenía relaciones siempre a dos: Degrenville y Jean; Degrenville y Robledo; Degrenville y yo… Tampoco era algo que me importase demasiado, éramos geómetras, aunque yo quería hacerme pasar por un espíritu fino, evidentemente acababa pareciendo una caricatura. Yo pretendía que ella fuera algo así como… La Maga, aquel personaje de Rayuela que andaba por París, pero claro, ni Isabelle era La Maga ni yo Oliveira, y ni mucho menos poseía yo un kibutz de deseo donde desaparecer. Siempre dejaba que hablara yo, en mi horrísono francés, sobre Fischer, sobre Duchamp, sobre Platón, sobre topología, sobre urbanismo utópico… sobre tanta tontería. Acabábamos siempre en la cama, en mi exiguo apartamento de París junto a la Cortina Roja, o en algún hotel, rodeados de parejas de mediana edad que buscaban un punto y seguido en sus vidas matrimoniales, haciéndolo entre jadeos, sin decir nada, concentrados; follando geométricamente, en eso si que éramos buenos. Si alguna vez mi relación con Isabelle tuvo algo que ver con Rayuela, habría que buscarla en los capítulos prescindibles, en alguno corto de ese otro Morelli homónimo mío, y que diera lugar a un posible desarrollo posterior que nunca se dio: modelo para armar. De esos que uno se suele saltar cuando relee a Cortázar… se lo suele saltar, a veces.

Aquel tema de Bill Evans nos gustaba a ambos, cada uno fijaba en él sus recuerdos, sus pérdidas… jamás nos contamos qué significado tenía para cada uno de nosotros, cómo habríamos podido, éramos geómetras. Era la versión de Blue in Green que grabó Bill Evans con su trío. Recuerdo haberla escuchado junto a ella, en silencio, acostados en la cama, o sentados; observando el contorno de su cuerpo desnudo, iluminado por una débil bombilla… En algún hotel de París, de sábanas limpias y muebles anodinos.

——————————————————

[Nota de Víctor Morelli escrita a mano en una pequeña libreta donde hay diversas listas de la compra y recetas de cocina (circa 2004), en su apartamento de Barrio de Ruzafa de Valencia]

(Picture by Bergstrom)
Safe Creative #1104118951465

Categorías:Uncategorized Etiquetas: ,
A %d blogueros les gusta esto: