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El día que decidí no salir de casa

-A veces creo que me inventé todo lo que ocurrió aquel día. Lo recuerdo como algo real, algo más real que mi propia vida. ¿Sabes qué es eso? ¿Puede haber algo más real que la vida de uno?

-No lo sé –contesté apurando el vaso.

-Pues si tú no lo sabes Carlos… Ya sabes que me lío con las palabras, no consigo encontrarlas. Un discurso estructurado, eso es lo que me hace falta, ¿no crees?

-¿Es eso lo que te dicen?

-Nadie me dice nada desde hace tiempo

-¿Y Claudia?

-Claudia… ¿qué te parece?

-Bueno –acerté a decir azorado- , es especial, ¿no?

-Oh vamos Carlos…  estás colado por ella, qué me vas a  decir ahora. Algo complicada… pero sí, especial.

-¿Qué te dice? –pregunté intentado retomar la conversación

-Claudia…  A veces no sé ni cómo mirarla, puede ser un ángel, o una pesadilla. Sí, claro que Claudia me dice cosas… pero prefiero no oírlas.

La ventana de la pequeña sala de estar permanecía abierta. El patio interior, feo, oscuro, luces olvidadas y encendidas, y ropa acartonada que moría colgada en  los tendederos. Segis Mir seguía sentado en el sillón de sky, como al principio, apoyándose en  las rodillas con los codos, mirando al suelo, y haciendo sonar los cubitos de hielo de su vaso. Aún no había probado nada. Yo permanecía estirado en  el sofá, sintiendo el sudor de la camisa, la superficie pegajosa del sky… Hacía calor, no se movía un pelo de aire y una calma densa parecía envolver toda la habitación, hubiéramos estado mejor junto al balcón que daba a la Calle Bonaire, pero quizás allí Segis no me hubiese dicho nada.

-El día se me rompió en pedazos –continuó Segis al cabo de un momento-, no sé, es difícil de explicar lo que ocurrió.

-¿Recuerdas qué día fue?

-El 23 de noviembre de 2001. Sé que llevaba  una semana  inquieto, más de lo habitual, y lo habitual en mi era mucha inquietud…  Me medicaba según creía, tranquilizantes que me pasaban y que tomaba cuando no podía más…  Pero esa semana me encontraba al borde del derrumbe, a punto de estallar… Estaba nervioso, las cosas no me iban bien, salía más de la cuenta, iba tirando aún de mis ahorros, lograba estirar el dinero que hice en Noruega, no tenía demasiados gastos. Pero es idiota ahora decir qué fue… ¿Cuándo comienzan las cosas? Aquí, en este punto –dijo Segis señalando al suelo-, aquí fue donde comenzaron a torcerse las cosas, y por qué no allá, un poco más arriba, o en ese otro punto. Igual ya estaba incubando eso en Noruega, o en los mercantes, o en Valencia, antes de largarme, o cuando mi padre me dio la primera hostia, yo qué sé… Nos tranquiliza decir eso… pero lo cierto es que un día te encuentras con la puerta  cegada, y entonces no te preguntas por qué, o cuándo… entonces te mueres de miedo.

-¿Qué pasó?

-Me cuesta recordarlo como algo que me ocurrió, ya te lo he dicho… Estás tumbado en  tu cama, con las luces encendidas, dejando sonar el despertador hasta que las putas pilas se agoten porque no  te atreves a pararlo. No recuerdo qué iba a hacer, seguramente nada, tampoco recuerdo cuánto tiempo estuve así, horas, minutos, yo qué sé. Pero sí sé que me hundí en el pánico. ¿Te ha ocurrido eso alguna vez? No, claro que no.

-Paralizado –susurré sin poder mirar a Segis

-Me desperté como cualquier otro día, sonó el despertador, encendí la luz… Pero allí me quedé, tumbado en la cama con las salidas cegadas, con la conciencia de que todo había saltado en  pedazos… Al final logré estampar el despertador contra la pared por pura desesperación. Allí mismo, sin ni siquiera levantarme, mirando al techo, decidí que no iba a salir de casa, que no iba a salir de aquel agujero en años.

-Y lo hiciste.

-Claro que lo hice. No salí, no contesté al teléfono, y solo cuando creí morir de hambre consentí en  llamar a un amigo para que me trajera algo de comer… Una semana después. Todos creyeron que me había vuelto a largar a Noruega.

Noruega, aquella Arcadia soñada por Segis en la que se quedó dos años hasta que casi se muere de frío. Llegó a vivir con una ingeniero forestal cuyo nombre nunca me dijo, plantaba abetos y se estampó contra uno de ellos en un coche oruga. Fue entonces cuando le despidieron, cuando decidió volver  a España. Tenía treinta y ocho años, había dado la vuelta al mundo varias veces en un mercante y visto matar a un hombre en un muelle de Salvador de Bahía. Era inútil preguntarle a Segis por su vida, nunca contaba nada. Los retazos que sé de su azarosa vida se los logré pescar así, en noches como aquella, dejando que hablase sin hacerle preguntas, dejando que sus secretos salieran de aquel fondo de donde los ocultaba sin que lograran romperse. Ni siquiera supe si me necesitaba a mí, o a Claudia, o le hubiera valido alguno de sus bufones, aquel Val que no volvió a aparecer desde la noche que conocí a Segis y Claudia.

Con veintitrés años logró enrolarse en un mercante en Bilbao. Viajes por el Mediterráneo sin apenas ver la luz. Vida dura, pocos amigos, un ajedrez magnético y un cuaderno de dibujo, de aquellos años nunca logré ver nada de lo dibujado. Luego vinieron los mercantes trasatlánticos. Rutas entre Europa y América, hizo algo de dinero, trabajó como mecánico y siguió teniendo pocos amigos. Sídney, un año en Australia, Bergen… y su Arcadia blanca. Cómo logró llegar a Sídney desde Europa o América, es un misterio, ni lo sé ni me importa, ni siquiera sé si es cierto, aunque Segis chapurreaba el inglés con relativa soltura. Llegó a Valencia con algo de dinero, no mucho, un equipaje lleno de decepciones y recuerdos, un ajedrez  magnético y sus cuadernos de dibujo. Nada más. Se instaló en un pequeño apartamento de la Calle Turia, antes de  que Elvira lo rescatase e hiciera de él un “artista plástico”.

-Y lo intenté Carlos –siguió contándome Segis sin mirarme a los ojos-, me dije que lo que me estaba  pasando era una estupidez, que yo no estaba loco, que ese pánico que tenía no podía ser algo real. Salí a la puerta de la calle…  Creí morir… la gente, los ruidos, tú no lo podrías entender. No es miedo, Carlos, ni pánico… era pura desesperación, te quedas clavado en el mismo sitio sin posibilidad de moverte, no logras respirar… deseas morir antes que seguir allí. Tuvo que venir alguien, me llevó al portal, no sé cómo.

-¿Qué hacías?

-¿Qué hacía?… Nada, dejaba pasar el tiempo allí dentro, dejaba que me atravesara, y sabes… llega a ser fácil, cuesta los primeros días, pero luego te acostumbras: veía la televisión, me hacía pajas, bebía, jugaba solitarios, me dopaba con tranquilizantes, dibujaba algo, no cogí un puto libro en todo aquel tiempo…

-¿Y tus amigos?

-¿Qué amigos?… Qué amigos, a Claudia aún no la conocía, Lucía sólo me aguantó una semana… y los demás huyeron, no le reprocho nada a nadie. La compra semanal me la hacía el vecino, un jubilado viudo que pareció ver graciosa mi situación. Al principio le extrañó, pero luego lo tomó como una rutina curiosa, me preguntaba lo que quería y yo le daba una lista… le di incluso la tarjeta de crédito para que me sacara dinero.  Nunca me preguntó nada. Fue él quien llamó a urgencias, hacía dos semanas que no sabía nada de mí, no oía ruidos y creyó que me ocurría algo…. No lo encuentras gracioso, llevaba meses sin salir de aquel agujero y creyó que me ocurría algo cuando no oyó nada. Lo que tenía era una gripe que había derivado en bronquitis… ni una puta aspirina.

-¿Cuánto tiempo había pasado?

-Cuatro, cinco meses, no me acuerdo… hasta abril más o menos. Una bronconeumonía y un cuadro agudo de agorafobia con esquizofrenia residual, al final llegaba a ver sombras, creí oír voces, encendía todas las luces de la casa, movía muebles, cambiaba cosas de sitio, y no entraba en todas las habitaciones por miedo… hubiera acabado encerrado en el váter, comiendo, meando, y durmiendo en la bañera. Estuve tres meses en la planta psiquiátrica de La Fe.

Segis calló… se sirvió otra copa. No me dijo nada. Siguió absorto en el enlosado del piso, losetas blancas, rojas y azules que se descascarillaban por todos los lados. Continuó hablando sin mirarme, dejando que todo aquello saliera a borbotones, iba a ser la última vez que lo iba a oír.

-Me dijeron que me buscara un pasatiempo… fue entonces cuando se fijaron en mis cuadernos de dibujo…. Espera.

Segis abrió uno de los armarios, rebuscó un momento y sacó una resma de hojas sujetas con una cinta. Me la tendió

-Toma Carlos… Esto no lo ha visto nadie… quiero que lo veas, no ahora… más tarde, y quiero que me digas que es… yo no tengo ni puta idea, pero me lo saqué de encima como un vómito… Fue lo que dibujé durante aquel tiempo en el hospital.

(…)

Frag. “The Brown Book?”

Para Sig. B.
Safe Creative #1109029983420

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Categorías:Uncategorized Etiquetas:
  1. junio 14, 2013 en 5:42 pm

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  1. marzo 12, 2016 en 8:03 am

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