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El Síndrome Flitcraft

El Síndrome Flitcratf

Sacado de “The Brown Book?”

Supongamos que nos colocamos al otro lado del anonimato. Olvidémonos de las motivaciones que nos han llevado allí, qué fue lo que nos indujo a traspasar la línea, la frontera de no retorno. Y ver la vida, el mundo que dejamos para no volver, desde ese otro lado.

Resulta tentador quizá pensar en esa idea. Ver la vida a la que uno ha pertenecido, tan sólo un momento antes, como un espectador, como voyeur tal vez. Saberse extraído de esa red causal de la que éramos partícipes, huir de todo aquello que hemos puesto en marcha con nuestra desaparición inexplicable.

La pregunta no es tanto por qué alguna gente decide desaparecer sin causa que lo justifique, sino tal vez, qué es lo que hace que algunos logren ver esa frontera que nadie es capaz de adivinar.

Me vienen a la cabeza historias que se cuentan en estos casos:

Un día un alguien percibe, con la fuerza de una revelación, que todo aquello de lo que forma parte, su vida, no es más que algo ajeno, falso quizá. No se detiene siquiera a recomponer algo irreparable, allí mismo, sentado en la barra de un bar tomando el almuerzo, o en el taxi, o en el lavabo de su lugar de trabajo, él (o ella) decide poner fin a todo. Es en ese momento cuando se vislumbra esa frontera, el agujero que se cerrará de forma irremisible nada más lo cruce. Pero tiene que hacerlo ya, antes de que ese segundo de lucidez se borre para siempre, se desdibuje en una ocurrencia absurda que no le volverá a importunar. Y lo hace. Porque todo aquello que deja atrás ha dejado de formar parte de su vida, de manera súbita.

Él (o ella) desaparece de forma inexplicable.

Años después alguien logra dar con su rastro, en otra ciudad, en otro país tal vez. Diez, veinte, treinta años, o sólo cinco. Vive una nueva vida, otro trabajo, otra familia quizá, otro nombre y una nueva identidad. Él (o ella) trata de hacerte ver, a ti que lo has encontrado, que no tuvo otra elección, que aquel día lo vio todo tan claro que le pareció imposible hacer otra cosa. ¿Por qué?, le preguntas, y él (o ella) contesta que lamenta el dolor causado, la falta de noticias, que todavía siente, como una herida que le quema el alma, el recuerdo de la gente a la que quiso, marido, mujer, hijos, padres… Pero no tuve elección, te dice, vi que aquello en lo que andaba metido no era mi vida, mi trabajo, mi familia, yo mismo…  Que todo aquello por lo que había luchado, que mi vida de la que me sentía satisfecho, ni siquiera me pertenecía, verlo todo como si fuera una inmensa broma de la que tú, hasta ese momento, no habías sido consciente. Saberse un juguete del azar, que nada motivó las decisiones más importantes de tu vida, salvo una conjunción absurda de circunstancias que podían haber sido otras, algo totalmente contingente. Entonces te sobreviene esa especie de pánico, te dice él (o ella) mientras te cuenta su historia sentado en la mesa de un café, o en el banco de un parque, sientes ese pánico incontrolable mientras te aferras con la mirada a la taza de café que estás tomando durante el almuerzo, o ves cómo esas imágenes que vuelan a otro lado de la ventanilla del taxi pierden la consistencia que las dotaba de sentido. Sientes  miedo, quisieras gritar, correr, y no puedes.

Y es entonces cuando ves esa puerta, le dices. Sí, te contesta él (o ella) sin mirarte a los ojos. Lo ves, lo percibes como una salvación, un milagro, y te das cuenta de que esa oportunidad no se va a volver a presentar jamás, ahí está. No lo piensas. Cuando lo has hecho, te das cuenta de lo fácil que ha sido todo. Y ves cómo se cierra esa puerta, estás sentado en el mismo sitio, en la barra de un bar, o meando en los lavabos del trabajo, pero ya estás al otro lado, todo huye a la velocidad de la luz, inalcanzable. Y te dices que tan solo bastaría volver al trabajo, o llamar a tu mujer, o a tu marido, y preguntarle cómo está, cualquier cosa, pero no lo puedes hacer, sientes cómo todo ha volado por los aires.

Entonces te encuentras sentado en el asiento de un tren, o un autobús, o quizá un avión, has comprado el pasaje con el poco dinero que llevabas encima. No piensas, actúas como un autómata. Ese pánico de hace un rato se ha convertido en un tobogán, en una espiral irresistible a la que te aferras. Y sientes que, por primera vez en tu vida, el tiempo te pertenece… No sé si me comprende…

Tú le dices que le has buscado porque otros te lo han pedido, que no te gusta hurgar en la vida de nadie pero que hay que arreglar ciertos asuntos, flecos que siempre quedan. Lo sé, contesta él (o ella), al final el pasado siempre te alcanza, no importa lo que uno corra, dice, o pronuncia alguna otra frase parecida, sacada de alguna novela o película que ha visto. Te preguntas hasta qué punto todo lo que ha hecho no lo ha visto antes en el cine, o en la televisión. Te vas dándole un número de teléfono, una dirección. Intentas decirle algo, pero te callas.

Te callas, porque piensas que lo que le ibas a decir a él (o a ella) también lo sabe, y que no te lo ha confesado por vergüenza. Te vas de allí evitando que él (o ella) lo cuente, no sabiendo si has actuado bien, si quizás deberías haber dejado que terminara de hablar del todo, o dándole a entender que tú también lo sabes y que así tratas de evitarle el mal trago de tenerlo que confesar, mostrándole así tu conmiseración.

Y lo dejas a él (o a ella) sentado en la mesa de un café, en una ciudad extraña, te giras y todavía lo ves mirando por la ventana, o removiendo con la cucharilla un café ya frío que no se tomará. Y no, no has querido decirle que después de todo, de su huida, de aquella ventana de oportunidad que vislumbró aquel día, hace años, ha vuelto al mismo sitio. Que tanto tiempo dando tumbos, huyendo por esa espiral, no ha servido para nada, que ahora se encuentra en el mismo lugar que aquel día, en otra ciudad quizá, con otros rostros, en otras circunstancias, pero en el mismo lugar. Ya no habrá más agujeros por donde escapar, nunca los hubo, o si los hubo no fueron sino bucles que tras una ilusión de movimiento te dejan en el mismo sitio.
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