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Archive for 24 junio 2011

El Síndrome Flitcraft

El Síndrome Flitcratf

Sacado de “The Brown Book?”

Supongamos que nos colocamos al otro lado del anonimato. Olvidémonos de las motivaciones que nos han llevado allí, qué fue lo que nos indujo a traspasar la línea, la frontera de no retorno. Y ver la vida, el mundo que dejamos para no volver, desde ese otro lado.

Resulta tentador quizá pensar en esa idea. Ver la vida a la que uno ha pertenecido, tan sólo un momento antes, como un espectador, como voyeur tal vez. Saberse extraído de esa red causal de la que éramos partícipes, huir de todo aquello que hemos puesto en marcha con nuestra desaparición inexplicable.

La pregunta no es tanto por qué alguna gente decide desaparecer sin causa que lo justifique, sino tal vez, qué es lo que hace que algunos logren ver esa frontera que nadie es capaz de adivinar.

Me vienen a la cabeza historias que se cuentan en estos casos:

Un día un alguien percibe, con la fuerza de una revelación, que todo aquello de lo que forma parte, su vida, no es más que algo ajeno, falso quizá. No se detiene siquiera a recomponer algo irreparable, allí mismo, sentado en la barra de un bar tomando el almuerzo, o en el taxi, o en el lavabo de su lugar de trabajo, él (o ella) decide poner fin a todo. Es en ese momento cuando se vislumbra esa frontera, el agujero que se cerrará de forma irremisible nada más lo cruce. Pero tiene que hacerlo ya, antes de que ese segundo de lucidez se borre para siempre, se desdibuje en una ocurrencia absurda que no le volverá a importunar. Y lo hace. Porque todo aquello que deja atrás ha dejado de formar parte de su vida, de manera súbita.

Él (o ella) desaparece de forma inexplicable.

Años después alguien logra dar con su rastro, en otra ciudad, en otro país tal vez. Diez, veinte, treinta años, o sólo cinco. Vive una nueva vida, otro trabajo, otra familia quizá, otro nombre y una nueva identidad. Él (o ella) trata de hacerte ver, a ti que lo has encontrado, que no tuvo otra elección, que aquel día lo vio todo tan claro que le pareció imposible hacer otra cosa. ¿Por qué?, le preguntas, y él (o ella) contesta que lamenta el dolor causado, la falta de noticias, que todavía siente, como una herida que le quema el alma, el recuerdo de la gente a la que quiso, marido, mujer, hijos, padres… Pero no tuve elección, te dice, vi que aquello en lo que andaba metido no era mi vida, mi trabajo, mi familia, yo mismo…  Que todo aquello por lo que había luchado, que mi vida de la que me sentía satisfecho, ni siquiera me pertenecía, verlo todo como si fuera una inmensa broma de la que tú, hasta ese momento, no habías sido consciente. Saberse un juguete del azar, que nada motivó las decisiones más importantes de tu vida, salvo una conjunción absurda de circunstancias que podían haber sido otras, algo totalmente contingente. Entonces te sobreviene esa especie de pánico, te dice él (o ella) mientras te cuenta su historia sentado en la mesa de un café, o en el banco de un parque, sientes ese pánico incontrolable mientras te aferras con la mirada a la taza de café que estás tomando durante el almuerzo, o ves cómo esas imágenes que vuelan a otro lado de la ventanilla del taxi pierden la consistencia que las dotaba de sentido. Sientes  miedo, quisieras gritar, correr, y no puedes.

Y es entonces cuando ves esa puerta, le dices. Sí, te contesta él (o ella) sin mirarte a los ojos. Lo ves, lo percibes como una salvación, un milagro, y te das cuenta de que esa oportunidad no se va a volver a presentar jamás, ahí está. No lo piensas. Cuando lo has hecho, te das cuenta de lo fácil que ha sido todo. Y ves cómo se cierra esa puerta, estás sentado en el mismo sitio, en la barra de un bar, o meando en los lavabos del trabajo, pero ya estás al otro lado, todo huye a la velocidad de la luz, inalcanzable. Y te dices que tan solo bastaría volver al trabajo, o llamar a tu mujer, o a tu marido, y preguntarle cómo está, cualquier cosa, pero no lo puedes hacer, sientes cómo todo ha volado por los aires.

Entonces te encuentras sentado en el asiento de un tren, o un autobús, o quizá un avión, has comprado el pasaje con el poco dinero que llevabas encima. No piensas, actúas como un autómata. Ese pánico de hace un rato se ha convertido en un tobogán, en una espiral irresistible a la que te aferras. Y sientes que, por primera vez en tu vida, el tiempo te pertenece… No sé si me comprende…

Tú le dices que le has buscado porque otros te lo han pedido, que no te gusta hurgar en la vida de nadie pero que hay que arreglar ciertos asuntos, flecos que siempre quedan. Lo sé, contesta él (o ella), al final el pasado siempre te alcanza, no importa lo que uno corra, dice, o pronuncia alguna otra frase parecida, sacada de alguna novela o película que ha visto. Te preguntas hasta qué punto todo lo que ha hecho no lo ha visto antes en el cine, o en la televisión. Te vas dándole un número de teléfono, una dirección. Intentas decirle algo, pero te callas.

Te callas, porque piensas que lo que le ibas a decir a él (o a ella) también lo sabe, y que no te lo ha confesado por vergüenza. Te vas de allí evitando que él (o ella) lo cuente, no sabiendo si has actuado bien, si quizás deberías haber dejado que terminara de hablar del todo, o dándole a entender que tú también lo sabes y que así tratas de evitarle el mal trago de tenerlo que confesar, mostrándole así tu conmiseración.

Y lo dejas a él (o a ella) sentado en la mesa de un café, en una ciudad extraña, te giras y todavía lo ves mirando por la ventana, o removiendo con la cucharilla un café ya frío que no se tomará. Y no, no has querido decirle que después de todo, de su huida, de aquella ventana de oportunidad que vislumbró aquel día, hace años, ha vuelto al mismo sitio. Que tanto tiempo dando tumbos, huyendo por esa espiral, no ha servido para nada, que ahora se encuentra en el mismo lugar que aquel día, en otra ciudad quizá, con otros rostros, en otras circunstancias, pero en el mismo lugar. Ya no habrá más agujeros por donde escapar, nunca los hubo, o si los hubo no fueron sino bucles que tras una ilusión de movimiento te dejan en el mismo sitio.
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El espíritu del geómetra

Martina estaba nerviosa, no asistió demasiada gente y los periodistas no acudieron como otras veces. Algunos, amigos y tributarios de Martina, fueron más por ella que por él. A pesar de todo Segis Mir departía con unos y con otros, intentaba explicar –como siempre hacía él, gesticulando, elevando la voz y hablando como una ametralladora- la intencionalidad de alguno de sus cuadros, parecía encontrarse en su salsa. A Martina no le gustaba el giro que estaba tomando la obra de Segis, estaba forzando las cosas, demasiado, yendo quizá muy lejos, se preocupaba como galerista suya, pero también como amiga. A Segis, claro está, no le importaba un pimiento si sus cuadros se vendían o no, si por él fuera los hubiera regalado todos, pero Martina tenía razón. No, aquello no era una “nueva etapa, arriesgada y experimental,  en su incesante búsqueda creativa”, como seguramente valoraría algún crítico próximo a Martina y que le debiera algún favor, aquello era otra cosa, era un abismo. O una mierda, como los demás críticos catalogarían sin compasión desde sus tribunas opinativas, como venían haciéndolo ya algún tiempo atrás.

Lo que cualquiera podía ver en aquella exposición en la galería de Martina, no era sino un síntoma más en una degeneración que se venía operando en la mente de Segis Mir desde tiempo atrás, probablemente desde ese estúpido accidente en la piscina de la casa de Félix. Segis, al contrario, no encontraba nada extraño en la evolución de su pintura, no se molestaba si alguno de nosotros intentaba explicarle que algo andaba mal, que aquello que pintaba no es que resultara rompedor, es que era totalmente ininteligible; él, explicaba por su parte que encontraba perfectamente natural esa evolución, que le era imposible pintar de otra forma, pintaba aquello que veía y sentía, y que si sus cuadros eran entendidos o no, no era algo que le preocupase demasiado. Pero Segis no estaba bien, sus dificultades y esa sensación de andar como perdido eran evidentes para todo aquel que tratara con él, fue Eva, su mujer, la que nos puso a todos sobre aviso hace ya algún tiempo, y la que intentó que alguno de nosotros le convenciera para renunciar a su negativa de acudir a un médico, por supuesto, sin éxito.

 

Mi primer encontronazo con Segis a punto estuvo de terminar en una pelea que casi llega a las manos, le conocí en casa de Félix. Segismundo Mir. Todavía no era un pintor famoso pero ya se estaba abriendo un pequeño hueco en el complicado mundo del mercado del arte, era el exponente más conocido del grupo de artistas que se arremolinaron entorno al movimiento del “Nuevo Realismo”, sus miembros pretendían dar una respuesta al exceso de abstracción que se había apoderado del mundo del arte, no era una vuelta a antiguas formas, sino un intento de encontrar aquello que se escondía tras la realidad, representándola y confrontándola con el espectador merced a un juego simbólico. Probablemente estuviera algo bebido, jamás me lo quiso reconocer, pero aquella noche me increpó de malos modos sin venir a cuento y me acusó de ser un ínclito representante de las “hordas de la abstracción” que asolan la cultura. Yo, que todavía no sabía tratar con artistas, me ofendí, y no supe cómo torear la situación, por aquel entonces sólo llevaba dos meses saliendo con Marta, una crítica de arte, y la airada reacción de Segis se produjo cuando se enteró de que yo era matemático y especialista en topología.

En cualquier caso Segis y yo nos hicimos amigos, o mejor dicho, por alguna extraña razón él se hizo inseparable de mí. Segis había tenido una vida azarosa: había viajado por medio mundo como tripulante de barcos mercantes hasta que decidió establecerse en Noruega trabajando como repoblador de bosques, tras un temprano divorcio decidió regresar con lo puesto y dedicarse a pintar. La pintura siempre había sido un pasatiempo nunca tomado realmente en serio, pero a su vuelta, quizá la necesidad, hizo que probara fortuna con la pintura, y acertó, Segis era realmente bueno, de no ser por ese divorcio puede que todavía estuviera en Noruega plantando abetos. Segis nunca se tomó su condición de “artista” realmente en serio, había irrumpido en el mundo del arte por sorpresa, ajeno a academias, modas y camarillas, sus cuadros se vendían, sus cuadros eran buenos y gustaban, y eso también molestó a mucha gente que no se lo perdonaría jamás, y mucho menos cuando sobrevino su “caída”. Se había decidido por una suerte de pintura figurativa tremendamente personal que fue catalogada por los críticos, perplejos ante su éxito, como “Nuevo Realismo”, pero él decía que todo eso eran estupideces: “es lo único que sé pintar, tío, me sale bien y punto”, me dijo en alguna ocasión.

Pero en realidad Segis bromeaba demasiado consigo mismo, era un buscador, o un perseguidor, tanto da, durante toda su vida trató de alcanzar algo apenas entrevisto, y con la pintura encontró el camino preciso. Ganó dinero, pero su relación con el mercado del arte fue todo lo tormentosa que cabía esperar de él, “si por mí fuera regalaría mis cuadros, o los vendería por la voluntad, es de risa, la gente está dispuesta a soltar cantidades absurdas de dinero por una firma mía, pero Martina no me deja, y con Martina no puedo discutir, siempre me grita”. Martina era su agente, marchante, protectora y amiga, fue ella quién le presentó a Eva, su mujer. A veces Segis se salía con la suya, recuerdo en alguna ocasión haberle visto llegar a las fiestas que solía dar Félix cargado con un montón de telas que regalaba a todo el mundo ante la desesperación de Martina. Con nosotros era diferente, sólo nos regalaba lo que consideraba mejor, yo mismo tengo dos cuadros suyos que no vendería por nada.

Segis pretendía no tomarse en serio, decía que los cuadros le salían como churros y que no entendía cómo había podido ganarse la vida con ellos, pero había algo más, algo que Segis evitaba nombrar, era eso que perseguía, a veces de forma obsesiva y que intentaba atraparlo con la pintura; eso, que alguna vez pretendió contármelo por teléfono, de madrugada, borracho y sin conseguirlo, pero que todos podían intuir en su obra, aunque para él, todo ello no era sino un pobre intento, una torpe y mediocre manera de atrapar algo que quizá estaba fuera de su alcance, por eso evitaba hablar de ello. Y por eso a nadie le sorprendió demasiado su radical cambio de estilo tras esos primeros años de éxito. Aunque puede que entonces todo estuviera perdido.

 

Ocurrió en casa de Félix, un fin de semana de verano en su casa de la playa. Había poca gente: Segis, Eva, Martina y su amigo, y yo, que había acudido en un estado de abatimiento idiota tras mi reciente separación de Marta. Segis no había bebido casi nada, pero se le había metido en la cabeza que era capaz de realizar no sé qué absurda pirueta en el trampolín. Azuzado por Félix lo intentó, con tan mala suerte que acabó pegándose en la cabeza con el borde del trampolín. Cayó inconsciente al agua, Eva y yo nos tiramos a la piscina y logramos sacarle antes de que se ahogara pero la herida en el lado derecho de la cabeza era profunda, nos asustamos y lo llevamos al hospital. Le hicieron pruebas y lo mantuvieron en observación, aparentemente no había habido ninguna lesión cerebral, aunque la pérdida de consciencia había sido prolongada y no se podía descartar nada. Los médicos recomendaron reposo y un seguimiento hospitalario pero Segis no quiso saber nada, no iba a quedarse en un hospital si se encontraba bien. Poco a poco las cosas empezaron a cambiar.

 

Segis se recluyó en su estudio, apenas salía y le veíamos poco, Eva nos decía que andaba como perdido, que a veces se quedaba ensimismado mirando objetos banales: saleros, mesas cucharas, durante minutos enteros sin decir nada, como si los viera por primera vez incapaz de comprender su función. Su obra comenzó a ralentizarse, ya no pintaba cuadros como churros sino que el proceso de creación se había hecho mucho más lento, y lo más importante, el estilo de Segis cambió por completo: abandonó la pintura figurativa y empezó a utilizar la abstracción. Al principio se limitó a “deconstruir” la realidad, a descomponerla en formas geométricas débilmente entrelazadas sin perder todavía el sentido de unidad, pero poco a poco se adentró sin remisión en una abstracción geométrica cada vez más radical. Su primera exposición tras el accidente fue todo un acontecimiento, muchos de sus antiguos admiradores le abandonaron, otros le siguieron en esa nueva aventura creativa, y aquellos que se la tenían jurada desde su irrupción exitosa aprovecharon la oportunidad para castigarle sin piedad en sus críticas.

Lo más extraño de todo es que Segis, no parecía haber advertido ningún cambio en su estilo, “sigo pintando lo mismo que antes, no entiendo todo este revuelo”. No cambió su carácter, seguía siendo el mismo Segis de siempre, eso era cierto, pero su forma de trabajar había cambiado, trabajaba lentamente, le costaba mucho acabar un cuadro, siempre faltaba algo, y resultaba ser algún detalle geométrico que cualquiera hubiera catalogado de banal. Pero su camino por la abstracción y la pura geometría se hacía cada vez más radical y absoluto, “pinto lo que veo, como siempre, no sé de qué os extrañáis”, repetía. Eva estaba preocupada, habían empezado a presentarse las dificultades: “a veces Segis se queda parado, en mitad de la casa, no se mueve hasta que aparezco yo, y a menudo ni siquiera me reconoce hasta que lo toco o le hablo. Me dice que le lleve a alguna parte de la casa, pero siente como pánico, tengo que estar hablándole durante todo el recorrido para que se tranquilice y reconozca lo que está viendo”, nos contaba Eva, “le pregunto qué es lo que ve, y me dice que formas geométricas perfectamente definidas y nítidas. No ve una mesa, sino planos y volúmenes y no la reconoce hasta que alguien se la nombra y la oye, ‘¡ah!, sí, la mesa’, dice”.

 

Segis se negaba a ir al médico, pero un día consulté con un conocido que me puso en contacto con un neurólogo y le conté el caso. Me explicó que era difícil hacer una valoración sin explorar al apaciente, pero pudiera ser que Segis hubiera tenido alguna lesión en el hemisferio derecho del cerebro a raíz de ese golpe, un coágulo quizá, o algún ictus en esa zona. Me dijo que probablemente tuviera el centro de la visión intacto, pero que su mente fuera incapaz de integrar todo aquello que ve en objetos de la vida cotidiana con una función que él hubiera aprendido con el uso. En pocas palabras: la mente de Segis era capaz de analizar un objeto geométricamente pero no comprendía lo que era. Y lo peor, era un proceso que iría degenerando con el tiempo, probablemente ese coágulo acabaría causándole la muerte.

 

Segis seguía pintando, si se puede llamar pintar a una carrera enloquecida a lomos del diablo desconocido que lo poseía. Efectivamente pintaba lo que veía, seguía siendo el de siempre, alguien que pintaba la realidad, pero una realidad desestructurada, atomizada en sus componentes geométricos, por eso esa obsesión por el detalle, por dotar a cada cuadro de ese innecesario matiz geométrico y banal que sólo él veía. En algún momento cruzó el punto de no retorno.

 

Me pregunto si así logrará alcanzar eso que siempre se empeñó en atrapar y que nunca logró darle forma. Ni yo mismo lo sé. Me temo que no le quede demasiado tiempo.

 
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