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Matemáticas, Trotsky, y México

-Tú y tus matemáticos –me espetó Shirley.

-¿Qué les pasa a mis matemáticos?, la mayoría son gente muy normal.

-¿Normal? Nunca he sabido qué es ser normal, Carlos, ni tú tampoco.

-Pues no… Hay normalidades que esconden pozos de sorpresas.

-Tal vez.

-Y hay pozos lo suficientemente profundos como para meter un pasado todavía no deformado por el recuerdo… Te voy a contar una historia, Shirley, una historia real

-¿De uno de tus matemáticos?

-Sí… alguien aparentemente normal. Jean van Heijenoort, ¿lo conoces?

-No, qué voy a conocer.

-Ni tú ni la mayoría de la gente… incluso pocos matemáticos lo conocen, a no ser que sean especialistas en lógica matemática.

-Vas a contarme una película.

-Voy a contarte una historia real Shirley.

-No –me replicó Shirley sonriendo-. Vas a contarme una película, Carlos, tú no cuentas historias, tú cuentas películas. Pero te escucho.

Shirley tenía razón, yo contaba películas, hacía de la realidad una ficción, incluso solía hacer de mí mismo un personaje, una historia cazada al azar, oída en una conversación y reinventada… sólo eso. Aquel día, aun antes de contarle nada a Shirley ya sabía que iba a hacer de todo aquello otra ficción más, no sé. A pesar de todo se lo conté.

-Jean van Heijenoort era profesor emérito de lógica matemática en Stanford.

-Era…

-Sí… espera Shirley, no te impacientes… Imagínatelo, los profesores eméritos suelen ser gente respetable, dan clases puntualmente, conferencias y ya están lejos de todo el insidioso mundo de los departamentos universitarios, las luchas intestinas, los apuñalamientos por la espalda… una vida tranquila. Jean van Heijenoort tenía más de setenta años.

-¿Y?

-Bueno… Heijenoort nunca fue un genio, nunca hizo una contribución capital a la lógica matemática, era un buen profesor, y un reputado especialista en su campo, una figura internacional en la Historia de la Lógica Matemática, había escrito un libro muy citado sobre el tema y era capaz de estar horas hablando sobre Frege, Gödel, los Teoremas de Incompletitud, o los sistemas formales…

-Ese tipo escondía algo – me dijo Shirley impaciente.

-Ese tipo escondía un pasado proceloso… Pero déjame acabar. Verás… un día Heijenoort regresa a su casa, una bonita casa en Palo Alto, cerca del campus, con hiedra en las paredes y el césped bien cuidado.

-Te lo estás inventando Carlos.

-Oh, vamos Shirley… déjame acabar… Me invento sólo los detalles.

-Vale… continúa.

-Bien… pues eso… Heijenoort llega a  su casa, recoge el correo… ¿me dejas decir que vivía solo?

-Sí, pero tampoco lo sabes.

-No, pero sí sé que tenía poca familia, dos hijos en Europa… poco más. Llega esa tarde algo cansado y se dirige al despacho… apenas echa un vistazo al correo, lo deja sobre la mesa, y en ese momento ve una carta distinta, un sobre pequeño con sello extranjero. Se extraña porque la correspondencia internacional se la hacen llegar a la universidad. La dirección es de México DF, está escrita a mano, una letra angulosa y algo redicha, como de colegial, Ana María, pone en el reverso, aunque a Heijenoort no le ha hecho falta girar la carta para saber quién es el remitente. El vecino contó a la policía que aquel día vio entrar a Heijenoort en la casa a la misma hora de todos los días, pero no supo decir cuándo pudo marcharse. Dos días más tarde Ana María y Jean van Heijenoort aparecían muertos en un apartamento de Mexico DF.

-Mierda… ya has destripado el final.

-Es una historia real Shirley, no una película… ¿Sigo?

-Sigue.

– Heijenoort arroja el correo al suelo, de un manotazo despeja la mesa de papeles, casi tira la máquina de escribir, estamos en 1986, deja la carta sobre la mesa, sin abrir, y se sienta. Quizá supiera ya el contenido, no lo sé. Como si fuera un objeto precioso, o una maldición, estuvo un rato sin atreverse a abrirla, a tocarla siquiera. Era un sobre pequeño, delgado, a Ana María no le gustaban los rodeos, cuando quería decir algo iba directa al grano, habría sólo una hoja, dos a lo sumo. Hacía décadas que Heijenoort no sabía nada de ella. Fue en esos minutos, antes de abrir esa carta, cuando Heijenoort destapó de nuevo aquel pozo repleto de tiempo, momentos que había guardado y que todavía no había querido manchar con la deformación de la memoria, recuerdos que no eran recuerdos sino fragmentos de su vida con los que cargaba, había tenido que pasar todo ese tiempo para que Ana María le ayudara a desprenderse de todo ello.

»Y quien se sentó de nuevo a aquella mesa fue Jean van Heijenoort, el revolucionario, el amante de Ana María. Ese Heijenoort había nacido en un pueblecito de Francia, en Creil, era hijo de emigrados holandeses, una infancia difícil, muy difícil, la falta de  recursos y el sentimiento de saberse un extranjero. Siempre intentamos encontrar una excusa, ¿verdad? Señalar algo en la biografía que indique: ves, ese el motivo, y tal vez no lo haya, tal vez todo sea una cuestión sentimental, ¿sabes? Uno se hace revolucionario por cuestiones sentimentales, o estéticas, no sé. El caso es que Heijenoort pronto se hizo revolucionario, un trotskista. Fue en París donde conoció a Trotsky, supongo que lo hechizó… aunque probablemente ya lo estuviera, hechizado, entregado a la nueva fe, suspirando por una Revolución Mundial… En fin, su historia es calcada de la de muchos de su generación, una historia de ensoñaciones y  traiciones, de ilusiones perdidas, de tránsitos por el más abyecto de los infiernos para conseguir el paraíso. Heijenoort se convierte en secretario y traductor de Trotsky, lo acompaña en sus viajes, Francia Noruega… y por fin México, la última parada del destierro, la última estación, el tren no iba a continuar más allá, ni para Trotsky… ni en el fondo para Heijenoort.

-México –susurró Shirley

-Bueno… ya sabes cómo fue todo aquello, la Casa Azul, Frida Khalo y Rivera. Pasiones cruzadas, Frida y Rivera, Frida y Trotsky, Frida y Jean, Jean y…otras muchas. Y por fin Ana María, su última mujer mexicana, ya en Coyoacán. Trotsky muere, el piolet de Ramón Mercader acaba con él. Jean van Heijenoort abandona México y recala en Estados Unidos, sienta la cabeza –sólo un poco- y decide estudiar matemáticas y lógica. Acaba siendo profesor en distintas universidades. El tiempo pasa, y Heijenoort es un destacado profesor emérito en Stanford. Alguien normal, sólo hay que esconder el tiempo en un pozo, sólo eso.

-¿Y Ana María? –me preguntó Shirley

-Ana María, sí. No lo sé… y no me lo quiero inventar. No sé quién fue Ana María, una de sus esposas mexicanas. Tuvo dos hijos con ella, y la abandonó, o fue ella quien lo abandonó a él. Te podría decir que fue una mujer abrasadora, una pasión que puede quemarte, o recordarla y morir en vida, te podría poner una canción de Chavela Vargas y decirte que la última noche que pasaron en México ella lo invitó a tequila,  y le dijo que sólo quería saber a qué sabía su olvido… yo qué sé. Te podría decir tantas cosas que todas me parecen gastadas, o manchadas. Pero sólo sé que Heijenoort se marcha de México en 1940, solo, con destino a Estados Unidos, y años más tarde la llama de la revolución languidecería.  No volvería a ver a Ana María hasta 1986. La última vez. El último trago.

-¿Qué decía aquella carta?

-Poco, o nada, Ana María no era muy de palabras, empezaría recordando los viejos tiempos, diciéndose a ella misma –sólo a ella, aunque se lo escribiera a él- que por fin se había atrevido a escribir aquella carta. Pero a las pocas líneas se daría cuenta de que toda esa cháchara era inútil. Terminaba con una frase: “ya no me queda nada, sólo quiero suicidarme y matarte a ti, Jean”

»Heijenoort lo abandona todo, cancela todos sus compromisos, desaparece, no le dijo a nadie nada, no hizo el equipaje, ni siquiera su vecino lo vio marcharse. Días más tarde, en una habitación de un apartamento en México DF, aparecen dos cadáveres en la cama: Ana María y Jean, ella le había disparado tres veces en la cabeza, después, un tiro en la boca acabó con la vida de Ana María.

-¿Pasó eso realmente? –me preguntó Shirley al cabo de un momento.

-Sí… es decir, la policía no encontró indicios de otra cosa, se mataron, Ana María mató a Heijenoort y luego acabó con su vida, tal y como explicaba en su carta. De lo que se dijeron en aquella habitación, o lo que hablaron… es  un misterio.

-Un misterio… quizá no lo sea.

-No… quizá no sea un misterio, sólo un pozo repleto de tiempo, ni recuerdos ni memoria…. Sólo tiempo.
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Categorías:Uncategorized
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