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Papeles de Víctor Morelli (3)

 

Isabelle

Isabelle siempre me dijo que yo no llegaría a ser jamás un gran escritor –o un escritor a secas-, que debería haber seguido con las matemáticas, o convertirme en jugador de ajedrez, incluso probar con la política (more Maquiavelo, supongo)… cualquier otra cosa. Decía que padecía una especie de “Síndrome de Aspeger” camuflado, que, citando a mi admirado Pascal, carecía completamente de “espíritu de fineza”. Probablemente tenía razón. Jamás creí en esa “literatura” emocional y humana, la única literatura que busqué fue una especie de ficción maquinal y lógica, textos absurdos propios de alguien con un “espíritu de geómetra”, totalmente desprovistos de alma, quizá por eso –por esa incapacidad- me interesó siempre la ciencia ficción, la literatura más pulp, la más previsible novela negra. Asesinatos, peligrosas vamps, abducciones, distopías de ensueño, planetas misterio, seres de otro mundo…. Allí me quedé. Fui Incapaz de acometer el intento de desarbolar la literatura por dentro, leí y releí a Thomas Pynchon sin saber que me había metido en una espiral sin salida, un vórtex que me atraparía sin remisión, un desagüe hacía ninguna parte…. Como este precario apartamento, con el temor de que mis vecinos sean la embajada secreta de Fu Manchú.

Pascal contraponía ambos espíritus, o más bien los complementaba; el espíritu del geómetra y el espíritu de fineza. El geómetra razona, piensa en base a principios claros y abstractos, usa la lógica y establece deducciones, pero se olvida de la fineza. El espíritu fino siente, vive la vida y la saborea con ese sentimiento capaz de “ver” las cosas, y emitir no razonamientos, sino juicios, pero se olvida de la geometría. Y así, los unos andan perdidos en el mundo de los hombres y los otros en el de las ideas; unos son capaces de prescindir del tiempo, otros saben apreciar el valor de cada instante; unos infalibles pero fríos, los otros falibles pero sutiles. Para Pascal eran igualmente monstruosos los dos espíritus aislados, sin fineza los geómetras son incapaces de entender las cuestiones de la vida, y sin geometría los finos se pierden y ofuscan en el error. El ideal es la perfecta combinación, espíritu y juicio, geometría y fineza; y entonces es cuando se produce la pirueta pascaliana: el filósofo es el fino geómetra, porque burlarse de la filosofía es verdaderamente filosofar.

Pero era precisamente Isabelle quien me acusaba de no tener espíritu de fineza, ella y yo, dos geómetras. Ella era una auténtica geómetra pascaliana, y yo un diletante.

Yo le decía que hacía el amor con ella geométricamente pero que la veía con fineza, “tú no has tenido fineza en tu vida”, me contestaba, “dedícate al ajedrez, o a la lógica como Jean. Quizá sea eso lo que me gusta de ti, pero no te emociones”. Había estudiado varios cursos de filosofía en la Sorbona, aunque no creo que terminara ninguno, sin embargo era capaz de citar a Althusser mientras la besaba, y si se enfurecía terminaba disparando frases de Foucault, arremetiendo, con ese leve tartamudeo que le salía, contra las formas de poder que llegaban incluso al control de los cuerpos… Ella, que era capaz de vestir ropa cara cuando hacía su trabajo… y su trabajo era llevar con eficacia demostrada la contabilidad no oficial del Morton Investment Club, el MIC, un pequeño grupo inversor creado por Pascal Bordier, su padre, y el ubicuo Jean van Hoonerth. El MIC comenzó vendiendo bonos en los sesenta a gente escogida y exclusiva en Europa, luego amplió horizontes y se especializó también en la compra venta de antigüedades y obras de arte, y ahí fue cuando entró Jean. El MIC nunca dejó de ser una tapadera piramidal, una maquina de generar dinero (para van Hoonerth y Bordier), e ilusiones vacías (para resto de inversores), y desde luego fue el pulmón financiero de la Sociedad L.H.O.O.Q. mientras funcionó. Isabelle, esa geómetra pascaliana, era quien se encargaba de llevar puntualmente, a varias cuentas numeradas de Zúrich y Basilea, los maletines cargados de dólares y francos que salían del MIC cada mes. Directora de la Comisión Piranesiana de la Sociedad, una pequeña broma que sólo Jean sabía apreciar.

Jamás quiso divorciarse de su marido, Laurent Degrenville, un abogado parisino que se la trajo de Chicago cuando ella terminó no sé que “master” de management. Matenía relaciones siempre a dos: Degrenville y Jean; Degrenville y Robledo; Degrenville y yo… Tampoco era algo que me importase demasiado, éramos geómetras, aunque yo quería hacerme pasar por un espíritu fino, evidentemente acababa pareciendo una caricatura. Yo pretendía que ella fuera algo así como… La Maga, aquel personaje de Rayuela que andaba por París, pero claro, ni Isabelle era La Maga ni yo Oliveira, y ni mucho menos poseía yo un kibutz de deseo donde desaparecer. Siempre dejaba que hablara yo, en mi horrísono francés, sobre Fischer, sobre Duchamp, sobre Platón, sobre topología, sobre urbanismo utópico… sobre tanta tontería. Acabábamos siempre en la cama, en mi exiguo apartamento de París junto a la Cortina Roja, o en algún hotel, rodeados de parejas de mediana edad que buscaban un punto y seguido en sus vidas matrimoniales, haciéndolo entre jadeos, sin decir nada, concentrados; follando geométricamente, en eso si que éramos buenos. Si alguna vez mi relación con Isabelle tuvo algo que ver con Rayuela, habría que buscarla en los capítulos prescindibles, en alguno corto de ese otro Morelli homónimo mío, y que diera lugar a un posible desarrollo posterior que nunca se dio: modelo para armar. De esos que uno se suele saltar cuando relee a Cortázar… se lo suele saltar, a veces.

Aquel tema de Bill Evans nos gustaba a ambos, cada uno fijaba en él sus recuerdos, sus pérdidas… jamás nos contamos qué significado tenía para cada uno de nosotros, cómo habríamos podido, éramos geómetras. Era la versión de Blue in Green que grabó Bill Evans con su trío. Recuerdo haberla escuchado junto a ella, en silencio, acostados en la cama, o sentados; observando el contorno de su cuerpo desnudo, iluminado por una débil bombilla… En algún hotel de París, de sábanas limpias y muebles anodinos.

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[Nota de Víctor Morelli escrita a mano en una pequeña libreta donde hay diversas listas de la compra y recetas de cocina (circa 2004), en su apartamento de Barrio de Ruzafa de Valencia]

(Picture by Bergstrom)
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Categorías:Uncategorized Etiquetas: ,
  1. Cristine
    junio 28, 2011 en 8:20 am

    Geometría gíglica 😉

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