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Ivan Ivanovich

Conseguí aquella cita con Marianne como quien se contenta con un premio de consolación. Peter, el factótum de la Krieg Investiment en Moscú, alternaba de manera brusca episodios de feliz vida conyugal con aventuras más o menos consentidas, aquel fin de semana se marchó con su mujer a San Peterburgo, de manera que Marianne se quedó sin compañía, sola y aburrida.

Marianne trabajaba en la oficina de contratación de la Krieg en Moscú, como yo, era francesa, atractiva e interesante, también vivía su etapa en Moscú como un destierro, pretendía volver cuanto antes a Londres, y Peter era, desde luego, su trampolín. Me dijo que sí, y yo todavía no sé por qué la invité a cenar.

Era mi primer trabajo fuera de España, en Moscú, me aseguraron que el nuevo y resbaladizo capitalismo ruso encerraba oportunidades, dinero y promoción. A mí me dio igual, me marchaba, y me marchaba a Moscú, lejos. Mover dinero, participar en el apetecible jacuzzi financiero, en la fiesta. Naturalmente todo aquello ocurrió antes de que aquella fiesta acabara. Antes de que la burbuja nos explotara a todos, o casi todos, en la cara, o que se deshinchara como un globo que nunca supimos inflar, pedorreando y dejándonos con cara de idiota. No sé por qué, ahora me ha dado por pensar en eso.

Boris, que trabajaba con nosotros en las oficinas de Presnensky, me había invitado a una fiesta en su casa, una fiesta de rusos, con vodka, lágrimas y música. Le dije que no, que tenía una cita con Marianne. Me sonrió y me deseó suerte, no supe apreciar la ironía. Debí haber aceptado, o quizá hice bien, ahora tengo algo que recordar, y no una penosa y brumosa sombra de algo divertido y nublado por el vodka.

Como era previsible mi cita con Marianne fue un auténtico naufragio mutuo.  Cenamos en un caro restaurante, en Krasnaya  Prensnya, y al poco rato ya habíamos agotado de manera previsible y educada todos los lugares comunes imaginables, incluso nos asomamos ambos sin miedo al inquietante abismo de los silencios incómodos.  Agradecí que no se demorara con el café, que no propusiera tomar una copa. Aquello superaba mis frustrantes experiencias con las primeras citas, era un precipitado resumen de dos vidas paralelas y ajenas que se tropiezan por puro aburrimiento en una ciudad extraña. Nada más. Uno de los camareros nos dijo que no tendríamos ningún problema para encontrar un taxi en Krasnaya  Prensnya. Pagamos, y nos fuimos.

Pero aquel camarero se equivocaba, o tal vez quiso gastar una broma a dos occidentales presuntuosos. Por aquella larga avenida, sobre las once, creo, no pasaba ningún coche y mucho menos un taxi. Hacía frío, frío de verdad, un frío asesino y moscovita de finales de noviembre. La nieve caída los últimos días yacía acumulada formando grandes montículos en la acera, sepultando bancos y papeleras. Marianne empezaba a impacientarse, su aburrida noche con ese español amenazaba con terminar en pulmonía, y yo, algo molesto, no hacía mucho por acortar la espera. Permanecía al borde de la acera esperando la llegada de un improbable taxi, soportando el frío y mis pies petrificados. Como si el castigo a nuestra aciaga noche hubiera consistido en un salto en el tiempo, yo esperaba sin sorpresa la aparición de un Volga soviético en el que viajaran dos tipos vestidos de negro, y que sin duda nos pedirían permisos y documentación que no tendríamos. Justo final para aquella noche.

No apareció el Volga, ni ningún otro, pero sí vimos una aparición realmente insólita. Como salida de ningún sitio se paró junto a nosotros una viejecita sepultada entre capas y capas de ropa. Llevaba un viejo y astroso abrigo como última capa, unas botas enormes y una gruesa bufanda de lana cubriéndole la cabeza, totalmente embozada, apenas se le distinguían unos ojos enrojecidos y una nariz cárdena por el frío. Un personaje de novela de Pasternak, una vieja que acumulaba en sus ropones revoluciones, guerras, hambres y derrotas. Llevaba una gran bolsa de lona, repleta de lo que supusimos trapos, o mantas. No dijo nada, simplemente esperaba, igual que nosotros.

Marianne me miró, parecía preguntarme quién era esa viejecita, yo me encogí de hombros. ¿Quién iba a ser a aquellas horas y con ese frío? Alguien sin domicilio tal vez, o que apura las últimas horas de la noche en busca de algo de suerte, o de un rincón donde dormir. Pudo haber esperado en otro lugar de la calle, pero se colocó entre los dos, quizá insinuando algo de compasión de ese par de occidentales fuera de lugar. Marianne me volvió a mirar con espanto y urgencia… y yo hice ademán de echar mano de la cartera… alguno rublos sueltos le podía dar.

Peo si insólita fue la aparición de la viejecita, mayor fue la del homeless, que se nos acercó poco después. Digo homeless y quizá me equivoque, pero su aspecto no daba lugar a muchas interpretaciones: un abrigo raído, las solapas subidas, el gorro de lana gastado y asomando greñas amarillas y sucias… venía arrastrando los pies por la nieve sucia, y cargaba un carrito de la compra que se empeñaba en remolcar a pesar de que carecía de una de las ruedas. Nuestro lugar en Krasnaya  Prensnya se había convertido en punto de encuentro, homeless atraídos por dos turistas en un lugar apartado…. Y sin coches.

El viejo parecía no haberse dado cuenta de nuestra presencia, cargaba con el carrito con la intención de cruzar la calle, pero a pocos metros  de nosotros se paró… nueva mirada de espanto de Marianne, y la calle desierta, sin coches. Fue en ese momento cuando la viejecita levantó los brazos, y a voz en grito exclamó:

-¡¡Iván Ivánovich!!

Nos quedamos perplejos… pero el viejo, abriendo los ojos como platos, exclamó de la misma manera:

-¡¡Natalia Nikolaievna!!

Fardo y carrito quedaron abandonados, y Natalia e Iván se fundieron en un aparatoso abrazo…. Palmeos, besos sonoros en mejillas y bocas, y nuevos palmeos.

-¡¡Iván Ivánovich!! –repitió la vieja

-¡¡Natalia Nikolaievna!!

No hacían otra cosa que repetir sus nombres a gritos y abrazarse entre sollozos… no entendí nada más… mi ruso de emergencia no llegaba a comprender apenas nada, todo confundido por las carcajadas, los besos y los nombres de ambos que no cesaban de repetir.

-¡¡Vanya!!

-¡¡Natalia!!

Marianne saltó rauda al borde de la acera… un taxi, lo llamó como si fuera el último coche de Moscú, agitando los dos brazos y casi invadiendo la calzada… y de un tirón me introdujo en el coche. Me giré… lo último que vi fue a Natalia y a Iván perdiéndose por la oscuridad de la calle, cogidos del brazo. El fado y el carrito quedaron olvidados en la acera.

Ni Marianne ni yo nos dijimos nada durante aquel trayecto por las calles de Moscú… una ciudad fría y extraña, la nieve sucia, las luces en las casas… Mientras oía una antigua canción de los Pretenders por la radio del taxi, “Don’t get me wrong”… sentí cierta envidia de ese Iván, y su Natalia. Un encuentro fortuito, la memoria vencida.

 

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Categorías:Uncategorized
  1. Cristine
    junio 28, 2011 en 8:33 am

    Y Lara jamás se encontrará con Zhivago??? 😦
    Me gusta el reencuentro en tu relato, me engatusa.

    • Torsvan Maruth
      julio 1, 2011 en 5:05 pm

      Es evidentemente ficción, pero el encuentro es real, me lo contaron

  1. junio 27, 2016 en 6:38 pm

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