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Archive for 25 abril 2011

L.H.O.O.Q. Comisiones de Trabajo

SOCIEDAD L.H.O.O.Q. COMISIONES DE TRABAJO.

Se enumeran a continuación, y de forma sucinta, las distintas Comisiones que forman el Ilustre Colegio Oculto y Herético de la Sociedad L.H.O.O.Q.. Una vez establecidas comenzarán su labor de forma inmediata, que no será otra que la de establecer su propia subdivisión en Sub-Comisiones y Grupos de Trabajo. Cada Comisión tendrá sus ritos y ceremonias de admisión, así como sus patrones y santos benefactores, cuestión que se deja para las oportunas reuniones de cada Comisión, que decidirá a su arbitrio y beneficio dichos detalles.

¡LARGA VIDA AL PADRE UBU!

¡VIVA EL DOCTOR FAUSTROLL!

¡HA, HA!

 

Comisión de Sombras y Ocultamientos: Encargada del estudio de todo lo relacionado con los ocultamientos, las vaporizaciones, las desapariciones pynchonianas,  las abducciones y las huidas y comunicación con el extramundo. La Comisión tratará de hacer también una clasificación de las sombras, las anamorfosis, los márgenes difusos y las vaguedades.

Comisión de la Lógica Bizarra: El cometido de dicha Comisión será el de elaborar un exhaustivo catálogo de paradojas, falacias, sinsentidos y contradicciones. Así mismo se encargará de elaborar el proyecto de un nuevo lenguaje que incluya la autorreferencia y el oxímoron como ingredientes necesarios. Diluyendo así toda disputa en un vaso de agua envenenado.

Comisión de Bucles y Excepciones Topológicas: Tendrá por objeto el estudio de los bucles directos y reversos que dejan al incauto autonauta, armado con la Guía Michelin, en el mismo lugar visitando a su doble, o ingresando en una realidad invertida. Clasificará los déjà vu y la manera de salir o permanecer en ellos. Y se encargará de investigar la topología de queso de gruyere, las apariciones y desapariciones súbitas.

Comisión Piranesiana: Igual que en una cárcel de Piranesi esta Comisión tendrá el cometido de encontrar soluciones imaginarias a problemas inútiles o imposibles. Orientarse en la imposibilidad, buscar la salida cuando ésta no exista y resquicios por donde escapar. La imposibilidad es una obsesión neurótica.

Comisión para el Ready-Made Inconcluso: Todo objeto es una obra de arte, todo intento de producir arte mediante la originalidad está condenado al fracaso. Esta Comisión tratará de hacer un catálogo exhaustivo de “obras de arte”, objetos cuya función ornamental sea nula, pero que provoquen en el espectador la iluminación de la poesía: llaves, zapatos, ladrillos, autómatas, máquinas, hilos de alambre, o bolsas de papel.

Comisión para la Reinstauración de la Armonía Preestablecida: Sabemos que la verdadera Armonía Preestablecida no se encuentra en la precisa y causal concatenación de acontecimientos, sino en el Azar. Esta Comisión seguirá la pista del Azar allí donde parece no existir, hará patente su imperio y poder sobre todas las cosas y establecerá las leyes de lo fútil, lo inesperado y lo impredecible. Así mismo tratará de jugar con la suerte y sacar partido de las imposibilidades manifiestas.

Comisión de Fastos y Nefastos: La Comisión de Fastos y Nefastos se encargará de la reforma del calendario y la elaboración de un Calendario Perpetuo Falible. Se consignarán las fiestas y los días de guardar. Como patrones irrenunciables de la Sociedad deben figurar: el Arconte de los Arcontes, Marcel Duchamp, y Su Serenísima el Gran Ubú. El Calendario será disfuncional y deberá seguir el ritmo infrafino de las gotas del grifo al caer.

Comisión de Dignidades y Parabienes: La Comisión de Dignidades y Parabienes será la encargada de establecer los grados y las dignidades de todos los miembros de la Sociedad L.H.O.O.Q., elaborando un exhaustivo catálogo de cargos rimbombantes e inútiles, y una elaborada jerarquía de imposible interpretación. Se encargará de la confección de los uniformes, paramentos, condecoraciones, birretes, mandiles y charreteras que todo miembro de la Sociedad debe llevar en las reuniones.

Comisión de Seguridad: Deberá velar por adecuada difusión pública del contenido de las reuniones de la Sociedad, del Ilustre Colegio Oculto y Herético, y de las distintas Comisiones, Sub-Comisiones y Grupos de Trabajo. Así mismo pondrá a disposición de los miembros de la Sociedad toda una serie de guiños, señales, movimientos de cuello, de piernas y de cadera que asegure el reconocimiento público de sus miembros sin levantar más sospechas que las necesarias, que no serán otras que creencia para los no iniciados de que aquellos poseen el Mal de San Vito, o una suerte de disparatado Síndrome de Tourette.
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Papeles de Víctor Morelli (4)

Jean van Hoonerth

Sin duda siempre hubo algo de luciferino en la personalidad de Jean, aunque lo cierto es que era una persona de trato agradable y afable, incluso con desconocidos. Lo fue con Sigfrido Robledo, lo fue conmigo. Una leyenda negra siempre a mano, algo vago y atractivo que  él mismo se encargaba de no desmentir del todo: su paso por la Universidad Libre de Berlín en aquellos convulsos sesenta como profesor de lógica matemática, su posible relación con algunos simpatizantes aquella fanatizada RAF de Andreas Baader y Ulrike Mainhof (tal vez la propia Ulrike), su implicación en la delación a la policía; nada de ello es posible comprobar, y si estuvo en Berlín lo hizo con otro nombre. Luego un largo y oscuro periodo de ocultamiento, y su reaparición posterior a mediados de los setenta como asesor freelance en cuestiones artísticas y de antigüedades, y por supuesto, organizador de redes de falsificación de arte; esto último es cierto, yo fui uno de sus colaboradores, aunque todavía, pasados los años, no logro adivinar en calidad de qué.

Jean atraía más por lo que callaba que por lo que decía, a pesar de su inagotable conversación sobre casi cualquier tema, había un hueco negro a su alrededor que resultaba atractivo y peligroso a un tiempo. Yo, por ejemplo, nunca he sabido el grado de intimidad que tuve con él. Le conocí por mediación de Sigfrido Robledo; y sé que, forzando el significado de la palabra, fuimos “amigos”, confió de alguna manera en mí cuando fui iniciado en la Sociedad L.H.O.O.Q.. Poco más.

Incluso Sigfrido Robledo, que trabajó para él falsificando a expresionistas abstractos cuando L.H.O.O.Q. estuvo lista, me contaba que no sabía quién era realmente ese Jean. Una cara de un poliedro que no logro abarcar en su totalidad, en gran medida por su propia actitud de cordial reserva, y también quizá por la mía… ese miedo a no saber ciertas cosas. Él, me temo, sí sabe todo lo que haya que saber sobre mí. Sin embargo también hay algo de juego en su actitud, como cuando citaba a Lautreamont  y se recreaba en ese francés claro pero con acento, recitando incluso alguno de los Cantos de Maldoror que decía saberse de memoria, aunque a veces he llegado a pensar que todo era una representación, una provocación, algo así como decir: “si piensan que soy un diablo no es cuestión de defraudar”.  De todas formas sí que había leído a Lautreamont, también a Jarry, claro, sobre todo a este último.

Hubo en todo aquello… en lo de la Sociedad L.H.O.O.Q., en lo del Ilustre Colegio, algo de farsa a lo Dorctor Faustroll, hubo mucho de juego, de intento de transformar la realidad en una sucesión de excepcionalidades inverosímiles, en ocasiones Jean incluso me sugirió la posibilidad de desarrollar una especie de lógica de la excepción, una anti-lógica, nunca supe qué quería decir con ello, y me temo que él tampoco, pero de todas formas la Lógica es su tema, o al menos lo fue.

Siempre que estaba con Sigfrido Robledo terminaban hablando de Duchamp, a ambos les apasionaba, todas aquellas máquinas, esa extraña física y esos juegos absurdos que Duchamp se inventó para la realización del Gran Vidrio… Creo que Jean (y quizá también Sigfrido) veía en ello algo más que un divertimento, veía símbolos donde yo sólo he visto juego e ironía. Hace años –poco después de instalarme en Paris y comenzar a trabajar para la Sociedad- me dijo una cosa: “Te contaré un secreto Morelli. Tengo la pistola de Jarry, y nadie lo sabe”. Cuando me lo dijo no sabía quién era Alfred Jarry, ni el Rey Ubú, ni el Dr. Faustroll, tampoco le pregunté nada, la conversación entre ambos era más fluida si no le pedía explicaciones, pero fue inevitable que yo mismo me diera de bruces con él.

Fue después de estrenar con gran escándalo en París El Rey Ubú cuando Alfred Jarry tomó la costumbre de comportarse como el mismo Ubú y  de ir a todas partes con una pistola cargada, la poca pericia de Jarry con las armas estuvo a punto de costar algún percance serio. Tras la muerte de Jarry por tuberculosis, drogas y alcohol, la famosa pistola fue adquirida por Picasso, que la exhibía como si fuese un trofeo en las noches de juerga con Apollinaire. Sin duda Jean nunca se refirió a la pistola real, aunque tenía multitud de objetos extraños, era una metáfora. Aquella “pistola”, del ubuesco Jarry era ese juego excéntrico, y al mismo tiempo perversamente real, que se empeño en jugar y en el que todos participamos. Ubú fue un personaje satírico y ostentoso que se erigió en un modo de vida para el excesivo Jarry. Y aquella “pistola” que Jean mencionaba –ahora lo sé- no era sino ese juego tomado en serio, esa aspiración que vi en Jean de sustituir la realidad por un juego, quizá peligroso, y con él mismo oficiando como paródico Rey Ubú, o mucho mejor, como fantástico Dr. Faustroll, taumaturgo mayor, señor maravillas. Jean quiso hacer de la realidad una farsa, como quien juega con un revólver cargado sin intención de disparar, la fundación de la Sociedad L.H.O.O.Q. no obedece a otro propósito; pero, ¿y los demás?, ¿hasta qué punto lo sabíamos? Y… ¿realmente no tenía intención de disparar? El cuerpo descuartizado y empaquetado en una maleta varada en el Sena de Pierre Menard…. ¿estábamos todos tan ciegos?

Vuelvo a leer lo del cine encontrado bajo el Trocadero, el recorte del periódico comienza a ajarse…. Hace unos días estuve a punto  de tirarlo a la basura, no lo hice, como si esperara la llamada de hoy. N.O.S.T.R.O.M.O., Jean van Hoonerth de nuevo.

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[Nota de Víctor Morelli, escrita tras la fotocopia de un grabado de Piranesi, circa 2005, estudio barrio Ruzafa]

 
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Papeles de Víctor Morelli (3)

 

Isabelle

Isabelle siempre me dijo que yo no llegaría a ser jamás un gran escritor –o un escritor a secas-, que debería haber seguido con las matemáticas, o convertirme en jugador de ajedrez, incluso probar con la política (more Maquiavelo, supongo)… cualquier otra cosa. Decía que padecía una especie de “Síndrome de Aspeger” camuflado, que, citando a mi admirado Pascal, carecía completamente de “espíritu de fineza”. Probablemente tenía razón. Jamás creí en esa “literatura” emocional y humana, la única literatura que busqué fue una especie de ficción maquinal y lógica, textos absurdos propios de alguien con un “espíritu de geómetra”, totalmente desprovistos de alma, quizá por eso –por esa incapacidad- me interesó siempre la ciencia ficción, la literatura más pulp, la más previsible novela negra. Asesinatos, peligrosas vamps, abducciones, distopías de ensueño, planetas misterio, seres de otro mundo…. Allí me quedé. Fui Incapaz de acometer el intento de desarbolar la literatura por dentro, leí y releí a Thomas Pynchon sin saber que me había metido en una espiral sin salida, un vórtex que me atraparía sin remisión, un desagüe hacía ninguna parte…. Como este precario apartamento, con el temor de que mis vecinos sean la embajada secreta de Fu Manchú.

Pascal contraponía ambos espíritus, o más bien los complementaba; el espíritu del geómetra y el espíritu de fineza. El geómetra razona, piensa en base a principios claros y abstractos, usa la lógica y establece deducciones, pero se olvida de la fineza. El espíritu fino siente, vive la vida y la saborea con ese sentimiento capaz de “ver” las cosas, y emitir no razonamientos, sino juicios, pero se olvida de la geometría. Y así, los unos andan perdidos en el mundo de los hombres y los otros en el de las ideas; unos son capaces de prescindir del tiempo, otros saben apreciar el valor de cada instante; unos infalibles pero fríos, los otros falibles pero sutiles. Para Pascal eran igualmente monstruosos los dos espíritus aislados, sin fineza los geómetras son incapaces de entender las cuestiones de la vida, y sin geometría los finos se pierden y ofuscan en el error. El ideal es la perfecta combinación, espíritu y juicio, geometría y fineza; y entonces es cuando se produce la pirueta pascaliana: el filósofo es el fino geómetra, porque burlarse de la filosofía es verdaderamente filosofar.

Pero era precisamente Isabelle quien me acusaba de no tener espíritu de fineza, ella y yo, dos geómetras. Ella era una auténtica geómetra pascaliana, y yo un diletante.

Yo le decía que hacía el amor con ella geométricamente pero que la veía con fineza, “tú no has tenido fineza en tu vida”, me contestaba, “dedícate al ajedrez, o a la lógica como Jean. Quizá sea eso lo que me gusta de ti, pero no te emociones”. Había estudiado varios cursos de filosofía en la Sorbona, aunque no creo que terminara ninguno, sin embargo era capaz de citar a Althusser mientras la besaba, y si se enfurecía terminaba disparando frases de Foucault, arremetiendo, con ese leve tartamudeo que le salía, contra las formas de poder que llegaban incluso al control de los cuerpos… Ella, que era capaz de vestir ropa cara cuando hacía su trabajo… y su trabajo era llevar con eficacia demostrada la contabilidad no oficial del Morton Investment Club, el MIC, un pequeño grupo inversor creado por Pascal Bordier, su padre, y el ubicuo Jean van Hoonerth. El MIC comenzó vendiendo bonos en los sesenta a gente escogida y exclusiva en Europa, luego amplió horizontes y se especializó también en la compra venta de antigüedades y obras de arte, y ahí fue cuando entró Jean. El MIC nunca dejó de ser una tapadera piramidal, una maquina de generar dinero (para van Hoonerth y Bordier), e ilusiones vacías (para resto de inversores), y desde luego fue el pulmón financiero de la Sociedad L.H.O.O.Q. mientras funcionó. Isabelle, esa geómetra pascaliana, era quien se encargaba de llevar puntualmente, a varias cuentas numeradas de Zúrich y Basilea, los maletines cargados de dólares y francos que salían del MIC cada mes. Directora de la Comisión Piranesiana de la Sociedad, una pequeña broma que sólo Jean sabía apreciar.

Jamás quiso divorciarse de su marido, Laurent Degrenville, un abogado parisino que se la trajo de Chicago cuando ella terminó no sé que “master” de management. Matenía relaciones siempre a dos: Degrenville y Jean; Degrenville y Robledo; Degrenville y yo… Tampoco era algo que me importase demasiado, éramos geómetras, aunque yo quería hacerme pasar por un espíritu fino, evidentemente acababa pareciendo una caricatura. Yo pretendía que ella fuera algo así como… La Maga, aquel personaje de Rayuela que andaba por París, pero claro, ni Isabelle era La Maga ni yo Oliveira, y ni mucho menos poseía yo un kibutz de deseo donde desaparecer. Siempre dejaba que hablara yo, en mi horrísono francés, sobre Fischer, sobre Duchamp, sobre Platón, sobre topología, sobre urbanismo utópico… sobre tanta tontería. Acabábamos siempre en la cama, en mi exiguo apartamento de París junto a la Cortina Roja, o en algún hotel, rodeados de parejas de mediana edad que buscaban un punto y seguido en sus vidas matrimoniales, haciéndolo entre jadeos, sin decir nada, concentrados; follando geométricamente, en eso si que éramos buenos. Si alguna vez mi relación con Isabelle tuvo algo que ver con Rayuela, habría que buscarla en los capítulos prescindibles, en alguno corto de ese otro Morelli homónimo mío, y que diera lugar a un posible desarrollo posterior que nunca se dio: modelo para armar. De esos que uno se suele saltar cuando relee a Cortázar… se lo suele saltar, a veces.

Aquel tema de Bill Evans nos gustaba a ambos, cada uno fijaba en él sus recuerdos, sus pérdidas… jamás nos contamos qué significado tenía para cada uno de nosotros, cómo habríamos podido, éramos geómetras. Era la versión de Blue in Green que grabó Bill Evans con su trío. Recuerdo haberla escuchado junto a ella, en silencio, acostados en la cama, o sentados; observando el contorno de su cuerpo desnudo, iluminado por una débil bombilla… En algún hotel de París, de sábanas limpias y muebles anodinos.

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[Nota de Víctor Morelli escrita a mano en una pequeña libreta donde hay diversas listas de la compra y recetas de cocina (circa 2004), en su apartamento de Barrio de Ruzafa de Valencia]

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Ivan Ivanovich

Conseguí aquella cita con Marianne como quien se contenta con un premio de consolación. Peter, el factótum de la Krieg Investiment en Moscú, alternaba de manera brusca episodios de feliz vida conyugal con aventuras más o menos consentidas, aquel fin de semana se marchó con su mujer a San Peterburgo, de manera que Marianne se quedó sin compañía, sola y aburrida.

Marianne trabajaba en la oficina de contratación de la Krieg en Moscú, como yo, era francesa, atractiva e interesante, también vivía su etapa en Moscú como un destierro, pretendía volver cuanto antes a Londres, y Peter era, desde luego, su trampolín. Me dijo que sí, y yo todavía no sé por qué la invité a cenar.

Era mi primer trabajo fuera de España, en Moscú, me aseguraron que el nuevo y resbaladizo capitalismo ruso encerraba oportunidades, dinero y promoción. A mí me dio igual, me marchaba, y me marchaba a Moscú, lejos. Mover dinero, participar en el apetecible jacuzzi financiero, en la fiesta. Naturalmente todo aquello ocurrió antes de que aquella fiesta acabara. Antes de que la burbuja nos explotara a todos, o casi todos, en la cara, o que se deshinchara como un globo que nunca supimos inflar, pedorreando y dejándonos con cara de idiota. No sé por qué, ahora me ha dado por pensar en eso.

Boris, que trabajaba con nosotros en las oficinas de Presnensky, me había invitado a una fiesta en su casa, una fiesta de rusos, con vodka, lágrimas y música. Le dije que no, que tenía una cita con Marianne. Me sonrió y me deseó suerte, no supe apreciar la ironía. Debí haber aceptado, o quizá hice bien, ahora tengo algo que recordar, y no una penosa y brumosa sombra de algo divertido y nublado por el vodka.

Como era previsible mi cita con Marianne fue un auténtico naufragio mutuo.  Cenamos en un caro restaurante, en Krasnaya  Prensnya, y al poco rato ya habíamos agotado de manera previsible y educada todos los lugares comunes imaginables, incluso nos asomamos ambos sin miedo al inquietante abismo de los silencios incómodos.  Agradecí que no se demorara con el café, que no propusiera tomar una copa. Aquello superaba mis frustrantes experiencias con las primeras citas, era un precipitado resumen de dos vidas paralelas y ajenas que se tropiezan por puro aburrimiento en una ciudad extraña. Nada más. Uno de los camareros nos dijo que no tendríamos ningún problema para encontrar un taxi en Krasnaya  Prensnya. Pagamos, y nos fuimos.

Pero aquel camarero se equivocaba, o tal vez quiso gastar una broma a dos occidentales presuntuosos. Por aquella larga avenida, sobre las once, creo, no pasaba ningún coche y mucho menos un taxi. Hacía frío, frío de verdad, un frío asesino y moscovita de finales de noviembre. La nieve caída los últimos días yacía acumulada formando grandes montículos en la acera, sepultando bancos y papeleras. Marianne empezaba a impacientarse, su aburrida noche con ese español amenazaba con terminar en pulmonía, y yo, algo molesto, no hacía mucho por acortar la espera. Permanecía al borde de la acera esperando la llegada de un improbable taxi, soportando el frío y mis pies petrificados. Como si el castigo a nuestra aciaga noche hubiera consistido en un salto en el tiempo, yo esperaba sin sorpresa la aparición de un Volga soviético en el que viajaran dos tipos vestidos de negro, y que sin duda nos pedirían permisos y documentación que no tendríamos. Justo final para aquella noche.

No apareció el Volga, ni ningún otro, pero sí vimos una aparición realmente insólita. Como salida de ningún sitio se paró junto a nosotros una viejecita sepultada entre capas y capas de ropa. Llevaba un viejo y astroso abrigo como última capa, unas botas enormes y una gruesa bufanda de lana cubriéndole la cabeza, totalmente embozada, apenas se le distinguían unos ojos enrojecidos y una nariz cárdena por el frío. Un personaje de novela de Pasternak, una vieja que acumulaba en sus ropones revoluciones, guerras, hambres y derrotas. Llevaba una gran bolsa de lona, repleta de lo que supusimos trapos, o mantas. No dijo nada, simplemente esperaba, igual que nosotros.

Marianne me miró, parecía preguntarme quién era esa viejecita, yo me encogí de hombros. ¿Quién iba a ser a aquellas horas y con ese frío? Alguien sin domicilio tal vez, o que apura las últimas horas de la noche en busca de algo de suerte, o de un rincón donde dormir. Pudo haber esperado en otro lugar de la calle, pero se colocó entre los dos, quizá insinuando algo de compasión de ese par de occidentales fuera de lugar. Marianne me volvió a mirar con espanto y urgencia… y yo hice ademán de echar mano de la cartera… alguno rublos sueltos le podía dar.

Peo si insólita fue la aparición de la viejecita, mayor fue la del homeless, que se nos acercó poco después. Digo homeless y quizá me equivoque, pero su aspecto no daba lugar a muchas interpretaciones: un abrigo raído, las solapas subidas, el gorro de lana gastado y asomando greñas amarillas y sucias… venía arrastrando los pies por la nieve sucia, y cargaba un carrito de la compra que se empeñaba en remolcar a pesar de que carecía de una de las ruedas. Nuestro lugar en Krasnaya  Prensnya se había convertido en punto de encuentro, homeless atraídos por dos turistas en un lugar apartado…. Y sin coches.

El viejo parecía no haberse dado cuenta de nuestra presencia, cargaba con el carrito con la intención de cruzar la calle, pero a pocos metros  de nosotros se paró… nueva mirada de espanto de Marianne, y la calle desierta, sin coches. Fue en ese momento cuando la viejecita levantó los brazos, y a voz en grito exclamó:

-¡¡Iván Ivánovich!!

Nos quedamos perplejos… pero el viejo, abriendo los ojos como platos, exclamó de la misma manera:

-¡¡Natalia Nikolaievna!!

Fardo y carrito quedaron abandonados, y Natalia e Iván se fundieron en un aparatoso abrazo…. Palmeos, besos sonoros en mejillas y bocas, y nuevos palmeos.

-¡¡Iván Ivánovich!! –repitió la vieja

-¡¡Natalia Nikolaievna!!

No hacían otra cosa que repetir sus nombres a gritos y abrazarse entre sollozos… no entendí nada más… mi ruso de emergencia no llegaba a comprender apenas nada, todo confundido por las carcajadas, los besos y los nombres de ambos que no cesaban de repetir.

-¡¡Vanya!!

-¡¡Natalia!!

Marianne saltó rauda al borde de la acera… un taxi, lo llamó como si fuera el último coche de Moscú, agitando los dos brazos y casi invadiendo la calzada… y de un tirón me introdujo en el coche. Me giré… lo último que vi fue a Natalia y a Iván perdiéndose por la oscuridad de la calle, cogidos del brazo. El fado y el carrito quedaron olvidados en la acera.

Ni Marianne ni yo nos dijimos nada durante aquel trayecto por las calles de Moscú… una ciudad fría y extraña, la nieve sucia, las luces en las casas… Mientras oía una antigua canción de los Pretenders por la radio del taxi, “Don’t get me wrong”… sentí cierta envidia de ese Iván, y su Natalia. Un encuentro fortuito, la memoria vencida.

 

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Papeles de Víctor Morelli (2)

N.O.S.T.R.O.M.O.

Juan Eduardo Cirlot Diccionario de Símbolos:

Secreto: Todo secreto simboliza poder sobrenatural; de ahí su efecto perturbador sobre la generalidad de los seres humanos […] En cambio, la dominación de esta tensión cuando se es superior a ella confiere una sensación de superioridad constante

Luego no es tanto el secreto (su contenido) como la posesión del mismo lo que resulta atractivo; no es lo que se pueda revelar, sino la posibilidad de mantener el silencio.

G. K. Chesterton El hombre que fue jueves:

-Y ¿quiénes son ‘nosotros’? –pregunto Syme vaciando su copa de champán.

-Es muy sencillo –replicó Gregory-. ‘Nosotros’ somos los anarquistas verdaderos, en los que usted no cree.

En su pequeño ensayo, Las sociedades secretas, Thomas De Quincey llama la atención sobre el tremendo éxito de las sociedades secretas vacías, aquellas que su secreto es tan elusivo que no existe, nadie lo conoce, ni siquiera los propios miembros de la sociedad, pero es justamente la capacidad aglutinadora del hecho de ser depositario de algo, aunque no se sepa de qué se trata, lo que consigue que sociedades fraude se  perpetúen. El verdadero secreto es el inexistente, aquel que jamás puede ser desvelado. Por otra parte la posibilidad de saberse engañado y presa del fraude es un buen incentivo para permanecer callado y acrecentar la fama del innombrable secreto. Cita un ejemplo gracioso: había en Oxford una sociedad secreta (o discreta), cuyo único objetivo era perpetuarse a sí misma, sus miembros no guardaban ningún secreto, ni conspiraban contra nada, tampoco había normas de ningún tipo, simplemente cumplían con la obligación de ocupar cargos rimbombantes sin significado alguno, un único axioma era de obligado seguimiento para todos los adeptos: no dejar jamás ninguna plaza vacante… por los siglos de los siglos.

Así pues ¿quiénes es N.O.S.T.R.O.M.O.? El nombre ya me  parece absurdo. ¿Hará referencia a la novela de Conrad, o al personaje secundario que le da nombre? Nostromo, il nostro uomo. Intrigas políticas entre Costanagua y Sulaco, o los esfuerzos baldíos por mantener una “inmaculada” reputación ante nadie. La novela de Conrad es una historia compleja, con demasiados personajes y varias historias paralelas, de manera que no imagino cuál haya podido ser el motivo del nombre.

¿Se trata de la difunta Sociedad L.H.O.O.Q. a la que pertenecí en mi breve excursión parisina a finales de los setenta? Me inclino a pensar que sí… que de nuevo Jean y sus conspiraciones de salón, me acechan… de nuevo.

Se reúnen en París en un cine excavado en las catacumbas, si no me lo llega a decir Sigfrido Robledo creería que era una broma del propio Jean. No lo sé. Pero la hipótesis de una sociedad vacía no me parece descabellada. Algo cómico y al mismo tiempo trágico. Me persigue una sociedad secreta que en el fondo no oculta nada, ni el perseguido ni los perseguidores consiguen  darse cuenta del fraude. Grupos conspirativos que se autorreproducen atrapando en sus redes a acólitos y enemigos, y sin que nadie se percate de que en el fondo no hay nada: lunes, martes, miércoles…. y jueves.

Desinformación, ocultación, confusión, y la conexión hermética… todo muy de gusto de Jean van Hoonerth:

En 1617, el que fuera médico y alquimista de cabecera del Emperador Rodolfo II de Praga, Micahel Maier, publica Atalanta Fugiens, además de otros muchos opúsculos y libelos de orientación y apología rosacruciana: Aracana Arcanissisma (1614), Silentium post Clamores (1617), Themis Aurea (1618), Verum Inventum (1619)…Todo forma parte del inmenso pandemónium de desinformación, confusión y locura colectiva que supusieron en la cofradía hermética la publicación en 1614 y 1616 de los libelos, Fama Fraternitatis, Confessio Fraternitatis y Bodas Químicas de Christian Rosenkreutz, este último firmado por Johan Valentin Andreade, aunque todo el mundo afirmaría que fue también el oculto autor de los dos primeros, cosa que él siempre negaría. Los tres pequeños volúmenes se convierten en la carta de presentación en sociedad de los rosacruces, era momento adecuado, el trip hermético estaba en su verdadero apogeo en la Europa central y la misteriosa sociedad secreta fundada por el enigmático Christian Rosenkreutz (nacido en 1378 y muerto nada menos que en 1484) y poseedora de arcanísimos y poderosos secretos causa autentica sensación. Todo el mundo sabe algo pero nadie dice nada.

En medio de todo ese lío, en 1619, el “devoto” teólogo protestante Valentin Andreade a la sazón en Tubungia, publica un libelo utopista denominado Christianopolis, donde expone un modelo social perfecto y cristianísimo.

Cristianópolis se encuentra en un ignoto lugar en medio del Atlántico (¿New Atlantis?) llamado Caphar Salama. Cuatrocientos habitantes, veinticuatro consejeros y tres ministros (uno de Dios, un maestro y un juez), números bíblicos por todas partes. Ciudad dividida en tres  barrios, cada uno dedicado a una labor: artesanos, industria y labores agrícolas; todos los productos son enviados a los almacenes del Estado y distribuidos; comunidad de bienes y prohibición de la moneda y el comercio, lo de siempre. Poco trabajo y vida frugal en castos matrimonios obligatorios (el adulterio es castigado con la muerte), el resto del tiempo es empleado en rezar y leer las Escrituras. Francamente divertido.

Sociedades secretas y utopías… las obsesiones de Jean. Desde luego N.O.S.T.R.O.M.O. debe de estar muy alejada de esa Cristianópolis… o no tanto. Sodoma y Gomorra bajo el subsuelo parisino.

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[Nota de Víctor Morelli escrita a mano en la contracubierta de Nostromo, de Conrad (circa 2005), en su apartamento de Barrio de Ruzafa de Valencia. Primera referencia a N.O.S.T.R.O.M.O.]

 
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Papeles de Víctor Morelli (1)

Azar

 

A Filtcraft le “abrieron la tapa de la vida, y le mostraron cómo funcionaba”, azar, contingencia.  Filtcraft, el personaje al que Sam Spade encuentra tras haberse vaporizado en “El Halcón Maltés”, creyó haber escapado del destino apostando al azar. Un día decidió desaparecer con lo puesto, sin decir nada a nadie. Años después acabaría en otra ciudad, y con otra vida casi igual que la que había llevado antes de su desaparición. Encerrado de nuevo.

¿Qué es el azar? Por qué a menudo lo buscamos como niños como un juguete nuevo, como si llevara consigo la respuesta de algo: tiramos los dados, echamos una moneda al aire… En 2004 Ashley Revell, británico de apenas treinta y dos años, vendió todas sus pertenencias, absolutamente todo, incluido el esmoquin que llevaba puesto aquella noche en Las Vegas. Reunió 135,300 $, decidió apostarlo todo al rojo, doble contra nada. “Todo ocurrió tan rápido, estaba girando antes de que me diese cuenta”. Segundos de incertidumbre, la bola que gira, caprichosos rebotes y saltos en la ruleta. Hay gente que se lanza desde un puente un domingo, pero sabe que la cuerda aguantará, otros buscan emociones más fuertes. ¿Es eso lo que buscamos? ¿Esa suspensión del tiempo, ese presente infinito? Rojo 7. Revell dobló. De no haber sido así no sería famoso. Y todo sucede antes de que uno pueda darse cuenta, y ya no puede hacer nada, ¿es eso el azar?

“Si pudiera dominarme solamente una hora, sería capaz de controlar mi destino”. Dice Alexei antes de volver al casino en “El Jugador”. Y sin embargo no es el azar lo que le importa al también jugador Dostoievsky, sino aquello de lo que no es más que una mera sombra, un pálido reflejo: el fatalismo, el fracaso al que todos los personajes se ven abocados, y esa liberación que supone la aceptación del destino. “¿Abuela, y si no sale rojo?”, dice al final de la novela. Azar y destino, al fin y al cabo lo mismo, al menos para el alma rusa de Fiodor.

¿Por qué a menudo relacionamos azar y destino?

Kid Cincinnati es un jugador profesional de póker. El mejor, o casi. Para dirimirlo se ha organizado esa partida, en New Orleans, entre negros trapicheando y cantando jazz y tugurios de mala muerte. Pero todo ocurre en el mejor hotel de la cuidad, allí jugarán Kid y el Rey, los demás no cuentan. Sabemos que al final sólo quedarán ellos dos, que a pesar de todo, de todas las horas que llevan jugando, de los manejos de Karl Malden, de las turbias insinuaciones de la peligrosa Ann-Margaret, llegará esa mano definitiva que ambos andan buscando. Unas cartas lanzadas sobre el tapete verde marcarán la diferencia entre el cielo y el infierno. Ellos dos, frente a frente: Edward G. Robinson y Steve McQueen. No, él no puede tener esa carta, esa jota que complete su escalera de color, Kid tiene cogido al Rey. Azar o destino, cuando el Rey muestra, sin emoción, esa carta, esa maldita jota, la sorpresa es mayúscula, pero en el fondo es algo que intuíamos, y más que nadie el propio Kid, quizá por ello lo apostó todo. “El poker es como la vida”, dicen los jugadores.

¿Y quién juega con nosotros? ¿El azar o el destino?

Un amigo visita al alférez Wilhelm Kasda, antiguo compañero de armas, necesita dinero de manera urgente (deudas de juego, claro), lo ha intentado todo, incluso el robo de pequeñas cantidades, pero está desesperado y ya no sabe a quién acudir. Pero Kasda no dispone de la cantidad necesaria, apenas una mínima parte ¿Y por qué no el juego? Kasda se decide a jugar su propia fortuna en una partida de cartas para ayudar a su amigo. Y gana. Gana mucho dinero en una imposible noche vienesa de fortuna y buena suerte, y hace lo que poca gente en su situación es capaz de hacer: se retira a tiempo. Es de madrugada, apenas hay nadie en la calle, debe de darse prisa o perderá el último tren. Un casual encadenamiento de sucesos, banales todos ellos, aunque cualquiera hubiera podido cambiar el curso de los acontecimientos, y el último tren que parte fatalmente cuando Kasda llega a la estación. Las calles desiertas, un largo paseo hasta casa, y los bolsillos repletos de dinero. La mesa de juego está sólo a un paso, quizá alguien le pueda llevar en su coche al terminar. Kasda vuelve, decide jugar otra vez (tiene tanto dinero). Esa segunda vez Kasda lo pierde todo, el relato de Arthur Schintzler acaba de manera trágica, “Apuesta al Amanecer”. ¿Quién ha jugado caprichosamente con Kasda?

Es curioso cómo podemos intercambiar los nombres utilizando los mismos adjetivos: caprichoso, cruel, afortunado. Porque ¿qué es el destino sino azar? El destino siempre aparece velado, oculto, ¿qué nos depara el destino?, ¿quién lo sabe? Y si el destino es desconocido, ¿en qué se diferencia del azar? Y por qué no llamar destino oculto a las caprichosas vicisitudes del azar. Me gusta la Teoría de Probabilidades, es una rama de las matemáticas apasionante.

La sibila de Ludwig Wittgenstein de nuevo, al que sigo leyendo de manera culpable, a menudo se parece a un sobrecito de azúcar: “Lo que el lector también puede, déjaselo a él”

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[Nota de Víctor Morelli encontrada en el envés de un resguardo bancario (circa 2005), en su apartamento de Barrio de Ruzafa de Valencia. Escrita a mano y con letra diminuta.]

 

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