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Archive for 24 marzo 2011

Carta de Víctor Morelli

Transcribo, Morelli, tu carta tal y como me ha llegado junto con la traducción de la noticia. No sé qué pretendes, ni si quiero jugar, aunque puede que ya no tenga elección, ¿verdad?

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Querido Carles:

Permíteme la licencia del tuteo, pero creo que estar al otro lado de este mundo me da derecho a ciertas dispensas, aunque sólo sea por hacer valer mi condición de espectro al que no le afectan las convenciones sociales de los hombres.

Un año. Hace ya casi un año de mi desaparición, tiempo suficiente como para dejar reposar las cosas, y para que maledicencias se agoten. Ya nadie se acuerda de mí, la memoria ha terminado conmigo. Incluso tú apenas conservas de mí un recuerdo vago y seguramente molesto… Ah, mis papeles, es cierto, debiste quemarlos y no hacerte cargo de ellos.

Pero puedo ver en tu rostro esa mueca de contrariedad. ¿Cómo –te preguntarás- podrías olvidarme si no dejo de enviarte cartas manuscritas?  He de confesarte que no fui sincero contigo, no ha sido nada personal, pero, entiéndeme, no sabía quién eras, no sabía si trabajabas por cuenta de alguno de mis enemigos, o incluso de la propia Sociedad L.H.O.O.Q.; no sabía si el azar te había colocado en mi camino, si eras un outsider, un espontaneo, o si pensabas divertirte a mi costa. Te hiciste cargo de mis papeles de manera fortuita, lo sé, no te lo reprocho, en el fondo fue culpa mía, una heteróclita, fragmentaria y descabellada colección de anotaciones que no debió leer nadie, y que yo mismo hubiera quemado si la precipitación de una huida –la mía- no me hubiera obligado a dejar todo aquello en aquel apartamento del Barrio de Ruzafa, donde tú habitas ahora. Los debí haber quemado, como Kris Kelvin quema sus pertenencias poco antes de viajar a Solaris, ¿te acuerdas? Nunca he visto una escena más devastadora, es poco menos que una elipsis del suicidio: Kelvin viaja a Solaris, un lugar dónde sólo habitan muertos, recuerdos, y antes de ello quema todas sus pertenencias en presencia de su padre, al que jamás volverá a ver, ambos lo saben y nadie dice nada. Aunque… sabes que hay algo que conserva, ¿verdad?

De manera que intenté descubrir tus motivos, tú te quedaste con mi memoria y yo me debía cobrar algo, supongo que lo consideras justo. Es cierto que lo hice de forma un tanto torpe, dando palos de ciego, como esa carta algo precipitada que te envíe con la composición (a finales de los setenta) de la Sociedad L.H.O.O.Q., me expuse demasiado pero mi situación era muy complicada y en el fondo no perdía nada, daba nombres e identidades, algunos de ellos han muerto, otros, como yo, han desaparecido. Más tarde pretendí hacerte entender las consecuencias que se derivarían, para ti, en el caso de que siguieras metiendo las narices allí donde no se te ha perdido nada. Fue una metáfora, es cierto, tal vez demasiado verosímil, sin embargo en el relato de mi pretendida iniciación en la Sociedad L.H.O.O.Q., están todas las claves, todas las advertencias. Tú verás lo que haces, aunque sé –de veras lo sé- que desgraciadamente no vas a volverte atrás. Muy bien Carles, o Torsvan, o como quieras llamarte a  partir de ahora. Sea. Alguien ha muerto y debe ser vengado. Tú no eres Hamlet, y yo tampoco soy el espectro de su padre, pero los dados ya han sido tirados.

Te mando pues el primer eslabón de la cadena, sé que tú sabrás apreciarlo. La lista con los miembros de L.H.O.O.Q. no debió ocupar ese primer lugar pero las circunstancias fueron otras muy distintas. En septiembre de 2004 la policía de la Prefectura de París hizo un descubrimiento singular en las Catacumbas, más o menos bajo el Palacio de Chaillot. Sin saberlo se habían dado de bruces con la “compañía” Mexicaine de Perforation.

Suerte.

Víctor Morelli.

 

Transcripción de la noticia aparecida en The Guardian (08/09/2004) y El Mundo (09/09/2004):

PARIS.- La Policía de París ha descubierto un cine-restaurante completamente equipado en una enorme caverna inexplorada que se encuentra bajo el selecto 16 arrondissement de la capital francesa.

“No tenemos la menor idea de quién ha podido utilizar esto”, dijo un portavoz de la policía. “Había dos esvásticas pintadas en el techo, pero también cruces celtas y varias estrellas de David, así que no creemos que hayan sido extremistas. Alguna secta o sociedad secreta, tal vez. Hay un gran número de posibilidades. En cualquier caso se trata de algo ilegal”

Los miembros del escuadrón deportivo, responsable –entre otras tareas- de la vigilancia de las 170 millas de túneles, cuevas, galerías y catacumbas en las que se asienta gran parte de París, tropezaron con el complejo en un ejercicio de entrenamiento bajo el Palacio de Chaillot, frente la Torre Eiffel. Después de entrar en la red de cavernas a través de un sumidero junto al Trocadero, los agentes vieron una lona que decía: «Obras. Prohibido el paso». Detrás de la lona había un túnel donde descubrieron un escritorio con una cámara de televisión de circuito cerrado programada para grabar automáticamente a todo el que pasara por el lugar. El mecanismo también activó una cinta grabada con ladridos de perros. “Claramente diseñado para ahuyentar a los curiosos”, señaló el portavoz.

Más adelante, el túnel desembocaba en una amplia caverna de 400 metros cuadrados situada a unos 18 metros bajo la superficie. Aquí la policía encontró una gran pantalla de cine, butacas para unas treinta personas, equipos de proyección y cintas de una amplia variedad de películas, incluidos clásicos del cine negro de los 50 y los thrillers más recientes.

Una cueva contigua de menor tamaño había sido convertida en un bar restaurante de ambiente informal. Había botellas de whisky y de otras bebidas detrás de la barra, mesas y sillas, y una olla a presión para hacer cuscús, dijo el portavoz.

“La instalación eléctrica había sido diseñada por un profesional”, declaró la policía, “habían también tres líneas de teléfono operativas”

Tres días más tarde, cuando la policía regresó al lugar acompañada por expertos de la compañía de Electricidad de Francia para comprobar de dónde provenía el suministro eléctrico, tanto las líneas telefónicas como los cables eléctricos habían sido cortados y en el suelo había una nota que decía: «No intentéis encontrarnos».

Las millas de túneles y catacumbas de París son esencialmente canteras que datan de la época romana, y de las que salió gran parte de la piedra que se excavó para construir la ciudad.

Hoy en día, los visitantes pueden realizar visitas guiadas en torno a una sección muy restringida, Les Catacombes, donde reposan los restos de hasta seis millones de parisinos que fueron trasladados de cementerios superpoblados a finales de 1700. Pero desde 1955, por razones de seguridad, es un delito penetrar o circular en el resto de la red.

Existen, sin embargo, varios grupos secretos, llamados Cataphiles, que acceden a los túneles, principalmente durante la noche, a través de los desagües y pozos de ventilación, y mantienen lo que en la imaginación popular siguen siendo en orgías y ceremonias secretas, pero que a todas luces no pasan de ser meras juergas subterráneas.

El reciente descubrimiento de tres túneles debajo de la prisión de alta seguridad de La Santé, fue atribuido a las actividades de uno de estos grupos. Otro de ellos, autodenominado Compañía Mexicana de Perforación, aseguró anoche a la radio francesa RTL que el cine subterráneo fue obra suya.

Patrick Alc, un fotógrafo que ha publicado un libro sobre el movimiento de exploración subterránea urbana y pretende estar cerca del grupo, dijo a la radio RTL que el descubrimiento de la caverna era “una lástima, pero no el fin del mundo”. Hay “una docena más que no se han descubierto”, dijo.

“Ustedes no tienen ni idea de lo que hay ahí abajo”.

 
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Cómo fui iniciado en L.H.O.O.Q. (y 4)

 

Violas los juramentos, te mofas de mi… y no contento con eso me haces partícipe de la comisión de un crimen, y me fuerzas a hacerlo público. Ahora sí que sé que corro peligro. Sí, ¿te sorprende Morelli? ¿Era eso lo que buscabas? ¿Tendré más noticias tuyas?… ¿Me dirás quien fue el asesino, el asesinado? ¿O tendré que ser yo quien lo averigüe?

 

Cómo me inicié en la Sociedad L.H.O.O.Q. (Por Víctor Morelli) (y 4)

París, 20 de noviembre de 1975.

 

Los tres entramos en el interior, al cruzar la puerta, Torsvan, no pudo evitar que la bolsa de deporte impactase con el portalón emitiendo un claro sonido metálico, sobresalto de todo el mundo, sobre todo de Torsvan y Robledo, que se miraron con inquietud. El portalón se cerró sonoramente y la oscuridad pareció cernirse sobre todos nosotros.

El portero encendió una luz, me encontré en un patio de suelo ajedrezado, una escalera de mármol subía a la derecha de la entrada, tenía los escalones ligeramente desgastados por el centro, al fondo, enfrentada a la puerta, había una cabina con una mesa y un pequeño flexo de luz azulada que apenas iluminaba, era el puesto del portero, y algo más cerca se encontraba la imponente puerta del ascensor, tenía un apresurado cartel colgado y escrito a mano con las palabras:

 

NO FUNCIONA

 

-Permítanme que me  presente –dijo el portero-, mi nombre es Claude Floret, Comendador del Legado Patafísico, y su depositario, en espera de la venida de los grandes sátrapas que hagan que el Ilustre Colegio deje el actual estado de ocultación.

-Sigfrido Robledo, Incomparable Embajador del Gran Duchamp, Gran Maestro de los Arcanos del Vidrio. Director de la Comisión para el Ready-Made Inconcluso, Subcomisión para la finalización de las tablas en el ajedrez. Mi apadrinado, Víctor Morelli, propuesto para la Comisión de Bucles y Excepciones Topológicas, todavía no tiene grado, hoy es su ceremonia de iniciación.

-¡¿Qué?! –exclamé estupefacto.

-Torsvan Maruth, Supremo Hierofante de la Ocultación, Imponderable Depositario del Secreto. Director de la Comisión de Sombras y Ocultamientos. Subcomisión de los Automatismos Liberados y Cabezas Parlantes.

-Es un placer caballeros –dijo Claude Floret-, desgraciadamente el estado de ocultación del Colegio impide celebrar las habituales sesiones ordinarias y extraordinarias; pero si lo desean las instalaciones y departamentos del Colegio están a  su disposición, aunque si quieren que les sea franco, las normas de acceso se han complicado de manera incongruentemente necesaria… Si me permiten, ¿se trata de una visita extraordinaria?

-Sí, claro –dijo Robledo.

-¿Qué coño pasa Robledo? –pregunté temiéndome lo peor.

-Sólo tienes que seguir la corriente –contestó Robledo.

-Y responder correctamente –repuso Torsvan.

El portero nos hizo una seña para que le siguiéramos. Atravesamos el patio ajedrezado con el único sonido de las piezas metálicas que guardaba Torsvan en la bolsa de deportes.

-Cómo ya sabrá antes tienen que firmar el registro –me explicó Floret.

-Yo no sé nada –protesté.

Claude Floret tenía una pequeña mesa de contrachapado iluminada por un flexo de bombilla azul, apenas una difusa burbuja de luz. Sobre ella había un pequeño tablero de ajedrez  con una partida ya comenzada, un ejemplar de Le Figaro doblado por la mitad y una fotografía en un pequeño marco:

Era una reproducción de un cuadro de C.M. Coolidge, siete perros jugaban una partida de póker en toda regla, una mesa, tapete, fichas en juego, whisky, cervezas, y los buldogs haciendo trampas.

Sigfrido Robledo se fijó en el tablero de ajedrez:

-¿Cómo va la partida?

-¿Le gusta jugar? –preguntó Floret.

-No. Me gusta el ajedrez… como a usted.

-Torneo de Zagreb de 1970, Fisher contra Mimic, defensa siciliana. Fischer juega con negras y gana.

-Pues lo tiene muy mal –observó Robledo.

-Lo tiene condenadamente mal, puede contraatacar con la torre y la dama por el flanco izquierdo, pero no le va a servir de nada, está prácticamente muerto. Sin embargo gana, eso pone aquí.

-Bobby Fischer desaparecerá algún día, si no lo ha hecho ya –dijo Robledo-, se convertirá en un proscrito, como Salinger…

Claude Floret sacó de un cajón un libro de registro, lo abrió por el día veintiuno de noviembre de 1975, no había firmado nadie. Robledo y Torsvan firmaron con sus nombres anotando la hora, la una y media, yo procuré trazar un garabato ilegible y falso.

-Lamentablemente el ascensor no funciona –dijo Floret-. Tendrán que subir al ático a pie… ya conocen el camino.

El portero se sentó en su escritorio y se concentró en la partida de Fischer, ajeno por completo a nosotros.

Los tres comenzamos la ascensión por la inquietante escalera. Dos pequeñas columnas labradas en mármol la enmarcaban, de la columna de la izquierda partía la barandilla, y aguantaba sobre el capitel una esfera de cristal mate que debió contener alguna bombilla, la otra se fundía con la pared, casi absorbida por ella.

El primer tramo consistía en grandes peldaños de mármol combados en el centro, pero pronto la escalera giraba a la izquierda y penetraba en la oscuridad:

-¿Dónde está la luz? –pregunté.

-No hay ninguna luz –sentenció Torsvan a mi espalda.

-Pues no se ve un carajo –continué-. Si hay que subir los cinco pisos… ¿Tenéis algún mechero?

-No

-Hay que subir… y luego bajar –susurró Robledo-. Sólo hay que orientarse

Me asomé por el hueco de la escalera, arriba no parecía haber ninguna luz, quizá solo un débil resplandor en lo alto, el ático, pensé. Con la mano izquierda me aferré a la barandilla y comencé subir con precaución tanteando con los pies. Había que seguir un ritmo regular, fiarse de la disposición de los escalones, primero un pie y luego el otro, y subir un poco inclinado para protegerse de algún tropiezo. Al comienzo me costó, arrastraba el pie con temor en cada escalón hasta tocar el tope, pero al poco conseguí adoptar un ritmo regular. Al cabo de unos minutos había llegado al primer piso.

-¿Cómo vais? –pregunté.

No contestó nadie.

-¡Robledo! ¡Torsvan!

Me giré, tanteé con los brazos en la oscuridad, pero ni siquiera lograba oír nada. Me habían dejado solo.

«Hijos de puta», pensé, «seguro que han subido por el ascensor».

Tenían que haber bajado, en algún momento tendrían que haber dado media vuelta, pero concentrado en mi propia ascensión no lograba recordar el momento. Pensé en bajar, sólo era  un piso, aunque el descenso parecía bastante más peligroso.

-¡Morelli! ¡Víctor Morelli!

Alguien me llamaba. La voz procedía de algún piso superior, y desde luego no era de Robledo ni de Torsvan.

-¿Quién es? –pregunté en medio de la oscuridad.

De nuevo el silencio. Pensé que pronto algún vecino abriría la puerta ante el intercambio de voces. Pasé mi mano la pared y palpé en busca de algún interruptor, lo encontré al cabo de un rato, pero como había supuesto no se encendió ninguna luz. Logré encontrar también el llamador del ascensor, nada. No supe qué hacer.

Una repentina corriente de aire me heló los huesos, sentí miedo. A la mañana siguiente tenía que estar en la biblioteca, a las nueve, sin falta, hacía dos días que no iba sin ninguna justificación y uno más supondría un despido, pensé en volver a mi agujero, dormir algo, y dejar al imbécil de Robledo con sus jueguecitos. Y sin embargo me quedé allí, en la oscuridad, aferrándome a la barandilla y tiritando de frío.

-¡Al a mierda! –exclamé.

Reanudé la marcha, eran cuatro pisos, y en el último parecía haber alguien. No pude proseguir peor, al comenzar a subir los escalones del segundo piso me tropecé,  me caí de bruces contra los peldaños:

-¡Joder!

Me costó volver a encontrar el ritmo, fiarse de mis pies, de mis manos, concentrarme en la cadencia… Segundo piso, había tardado algo menos.

Justo en ese momento una puerta se abrió y una luz iluminó todo el descansillo, era un pasillo blanco, cuatro puertas de madera y el armario del ascensor. Frente a mí había una persona en el zaguán de su puerta, una mujer vestida de forma apresurada con una bata que cerraba con una de sus manos:

-¿A dónde va? –me preguntó abruptamente.

-Pues… si logro llegar, al ático. No funciona el ascensor.

-Son todos unos cerdos… Voy a avisar a la policía –dijo.

-Perdone…

-¿No tienen bastante con hacerlo en casa? ¿Tienen que venir a restregarnos su lujuria todas las noches?

-Sólo voy al ático…

-Ya sé dónde va  –respondió la mujer- ¿Sabe? Esto es una casa decente, y muchos estamos ya hartos del lupanar que tienen montado allí arriba. ¿No vendrá acompañado?

-Pues venía con dos amigos…

-¡Cerdos! ¡Cerdos! ¡Cerdos! ¡Avisaré a la policía!

La mujer cerró la puerta con estrépito, y la oscuridad volvió a cernirse sobre la escalera. ¿Estaban Robledo y Torsvan en un lupanar?, me pregunté. Por otra parte una redada no me convenía en absoluto, con un empleo en aire mi permiso de residencia no lo aguantaría. Pero ya no podía volverme atrás, sólo tenía por delante dos pisos, y bajar resultaba ya una locura.

La ascensión se hizo más regular, había conseguido acostumbrarme a subir a ciegas, aferrándome a la barandilla y tanteando con los pies. En el tercero noté cierta humedad en el suelo, había un gran charco de agua, ¿alguien había dejado un grifo abierto? No se oía nada, tenía los calcetines empapados, si no venía la policía acabarían viniendo los bomberos. Pero ya comenzaba a vislumbrarse la claridad del ático, como si hubieran dejado la puerta abierta, o como si hubiera pequeño un fanal, igual que en los prostíbulos, pensé

El problema del agua se reducía al tercer piso, el cuarto estaba seco, pero hacía un calor húmedo y pegajoso que hacía del abrigo una molestia intolerable.

-Un piso más –susurré.

A mi espalda se abrió otra puerta. El descansillo del cuarto era distinto, sólo había dos puertas, el piso estaba descuidado, faltaban algunas baldosas de mármol, y obstaculizando la subida al ático habían colocado una piedra de buen tamaño, como un balón de fútbol.

-¿A dónde cree que va? –me dijo alguien a mi espalda.

-Al ático –respondí.

Era un hombre alto, calvo, con una espesa capa pilosa repartida por todo el cuerpo, vestido únicamente con unos calzoncillos y una camiseta, recién salido de la cama, gotas de sudor le perlaban la calva.

-Allí sólo encontrará problemas –dijo el hombre-. ¿Qué quiere, que mañana le encuentren en el Sena?

La imagen de la maleta de Robledo y Torsvan cruzó fugazmente por mi cabeza.

-Creí que era un lupanar –contesté intentando hacerme el simpático-. Sólo busco a dos amigos, creo han subido…

-¿Y por qué no usa el ascensor?

-No funciona.

-¿Cómo que no?

El hombre se acercó, estaba descalzo, pulsó el botón de llamada y un ruido mecánico de engranajes y poleas se oyó claramente, al cabo de unos segundos el ascensor había llegado.

-Escuche –dijo el hombre-, llevo despierto toda la noche y al ático no ha subido nadie, ni por la escalera ni por el ascensor. Será mejor que se marche. Sólo encontrará problemas, se lo aseguro.

Se podían ver algunas sombras en el zaguán de la puerta, entreví una figura femenina, expectante, impaciente…

-Gracias de todos modos. Pero ya que estoy aquí subiré.

-Como quiera… Ahí tiene el ascensor.

-Sólo es un piso –dije evitando la piedra

La puerta se cerró de un portazo. La oscuridad no era ya tan impenetrable, podían verse  sombras, los peldaños como bultos informes… No era un fanal, sino la luz del interior del ático, habían dejado la puerta  abierta, y no había nadie. Por supuesto era una invitación a entrar.

El suelo del ático era también una composición ajedrezada, como el del patio de entrada, había una cortina  recogida, un largo pasillo, y al fondo una puerta que impedía ver más allá. Quise llamar a Robledo o a Torsvan, pero no se atreví. Avancé con sigilo. Sobre la puerta, en una especie de frontispicio, vi una espiral, era un grabado. Me asusté, me vi atacado por un mono furioso…. Pero no, sólo era una figura congelada en el tiempo por la pericia del taxidermista, sobre un pedestal pude reconocer a un babuino con un desproporcionado culo rosado. Y sobre una repisa un extraño artilugio, una especie de molinillo con tres rodillos. En aquel momento no fui consciente de tal concatenación de símbolos.

Parado frente a la puerta consulté mi reloj, las dos y cinco. Decidí llamar, esperé. Llamé de nuevo, pero no parecía haber nadie al otro lado. Pude haberme largado, era lo más sensato, ¿qué estaba haciendo allí? Era un intruso, podían incluso tomarme por ladrón, y desde luego nadie me había invitado a aquel sitio. ¿Un lupanar? No se oían voces, ni la callada algarabía de un prostíbulo, no había portero ni nadie que me dijera que debía marcharme. Sin embargo la puerta estaba abierta. El ascensor funcionaba, no tenía siquiera que bajar los cinco pisos tanteando peligrosamente. Mañana no podría ni moverme, volver a pie a la Rue des Tournelles, hacerme un tazón de Nescafé muy cargado, y esperar dos o tres horas  pegado al despertador para estar a las nueve en la biblioteca, luego tendría que aguantar la bronca apocalíptica del señor Haffner, mi cabeza estaría tan apergaminada, tan reseca y cuarteada que me sería imposible pergeñar una excusa. Dos días, nada menos que dos días desaparecido. Con suerte no me despedirían. Pasaría seis horas en un estado catatónico, y confiando en que los automatismos de mi cuerpo lograsen llevar a cabo una tarea apenas creíble, luego podría al fin descansar, hundirme durante horas en una cama deshecha desde hacía días…

Desaparecer.

Pero no, el babuino me miraba fijamente ofreciéndome una grotesca mueca, una risa espasmódica, queriendo cortar de raíz toda esa cháchara interior en la que llevaba enredado todo un año, un año en el que no había pretendido ser alguien distinto de Oblómov, un hombre superfluo, intrascendente, permanente echado, ocioso, negándome a participar en esa interminable sucesión de segundos muertos, una vida, una ficción, una forma adherida, como diría Robledo.

Si hubiera habido alguna silla en ese pasillo me hubiera sentado esperando a que la noche se acabara. Decidí probar una vez más con la puerta. En esta ocasión, inexplicablemente, el picaporte cedió. Entré.

Nueve personas me esperaban formando un semicírculo, cuatro a cada lado y una en el centro. Había un pequeño altar al fondo, y frente al preboste del conciliábulo una columna de aproximadamente un metro con un par de objetos encima. El altar era simple, una gran espiral, igual a la anterior, una bicicleta bastante vieja y, colgada de la pared tapizada en terciopelo rojo, una urna con un revólver, como si fuera una reliquia incorrupta. Grandes cortinajes oscuros, velas, hachones y una lámpara en forma de candelabro en el techo. Olía a incienso.

Me fijé en los acólitos, todos vestían una túnica de color negro con múltiples condecoraciones y distinciones: emblemas, charreteras, bandas e insignias. A mi derecha pude distinguir a Sigfrido Robledo, parecía sonreír, Torsvan Maruth estaba a la izquierda, imbuido en su nueva dignidad estaba serio como un palo. A los demás no les había visto nunca, ni en las reuniones revolucionarias de Jacques ni en las noches de juerga con Robledo.

Había un tipo de mediana edad con el pelo peinado hacia atrás y cara de actor de Hollywood, Robert Mitchum, creí reconocer; otro más joven, pálido y aburrido; un tercero, tan alto como Torsvan, con evidentes ojeras y rostro achispado; un señor bajito de ojos de sapo; una mujer joven, de pelo lacio y rubio y la cara cubierta de pecas; y dos tipos casi idénticos, rechonchos pero taciturnos. El preboste adoptaba la actitud de mayor dignidad, era un hombre de unos cuarenta años, barba corta y cuidada, y ojos de un azul intenso. No había dejado de mirarme desde que entré en la sala.

-¡Víctor Morelli! –dijo el preboste.

Reconocí esa voz, era la que me había llamado desde la escalera.

-¡Víctor Morelli! –continuó-. ¿A qué has venido?

Oí una risa por lo bajo, era Robledo.

-Vengo… vengo a ser iniciado –dije haciendo caso del consejo de Robledo de seguir la corriente.

-¡Acércate Victor Morelli! –dijo el preboste.

Avancé dubitativo, noté como todo el cenáculo estaba pendiente de mí. Sobre la columna, que ahora comprobé que era de yeso, había una lata de carne de buey en conserva marca Crubellier y un pequeño volumen descuajeringado de Lautrémont.

-¿Quién te ha recibido? –continuó.

-Un portero, cuyos paramentos y dignidades no reconocí –contesté.

-¿Cómo has venido hasta aquí?

-Subiendo por las escaleras, el ascensor no funcionaba.

-¿A quién has visto?

-Me encontré con la Meretriz de Babilonia, una señora en bata, enfadada y escandalizada y que me amenazó cuando supo que me dirigía aquí. Luego me sorprendió el mismísimo Hades, transmutado en hombre vulgar, que me recriminó en calzoncillos mi presencia en su reino, y me advirtió de  los males que recaerían sobre mi si franqueaba esta puerta. Me mostró los dos caminos.

-¿Y cuál elegiste?

-Superé el obstáculo de la Piedra… y subí los escalones.

-¿Quién acompaña a Víctor Morelli? –preguntó el preboste dirigiéndose al conciliábulo.

-¡Yo! –exclamó Sigfrido Robledo dando un paso al frente

-¡Y yo! –añadió Torsvan de la misma forma.

-Vosotros, miembros del Ilustre Colegio, ¿dais fe de que Víctor Morelli, aquí presente, merece estar entre nosotros?

-¡Yo doy fe! –dijo Robledo

-¡Y yo también! –repuso Torsvan

-¿Y cómo lo sabéis? –preguntó el preboste

-Ha superado las pruebas –dijo Robledo.

-Ha sorteado los peligros, obedecido fielmente nuestras indicaciones y atravesado él mismo, sin nuestra ayuda, la oscuridad –añadió Torsvan.

-¿Es eso cierto Víctor Morelli? –preguntó

-Subí los cinco pisos a ciegas solo… el ascensor….

-¡Ha superado el miedo!

-¡Y los prejuicios!

-¡Ha hecho oídos sordos a las maledicencias!

-¡Y encontrado el camino!

-¡Arrodíllate Víctor Morelli! –exclamó el preboste.

Sentí como el conciliábulo se cerraba a mi espalda, oí unas risas apagadas y el inconfundible sonido de unas botellas.

-¡HA HA!

-¡HA HA! –respondieron todos a coro

-Yo, Humilde Emisario de Su Serenísima el Gran Ubú, por el poder que me confieren mis dignidades, por el Gran Palotín, el Chápiro Verde, por la Orden de la Gran Gidouille, por los Grandes Sátrapas Ocultos, por la Inexorable Ley del Azar y el Perpetuo Clinamen, el Gran Babuino,  y el Sublime Doctor Faustroll… Te pregunto, Víctor Morelli… ¿Juras solemnemente no revelar nada de cuanto has visto?

-Eh… Sí, juro

-¿Y guardar el secreto de todo lo que te acontezca de aquí en adelante?

-¡Lo juro!

-¡HA HA!

-¡HA HA! –gritaron todos.

-Y ahora, Victor Morelli, iniciado, repite conmigo:

 

Mirad, mirad el trituraperros girar

Mirad, mirad los sesos saltar

Mirad, mirad a los Bienpensantes saltar

¡Urra! El Cuerno por el Culo. Viva el padre Ubú.

 

El preboste recitó los versos con voz tonante y levantando los brazos hacia la espiral que tenía a su espalda. Yo, arrodillado e intentado imitar los gestos, procuraba repetirlo lo mejor que pude:

Mirad, mirad el trituraperros girar

Mirad, mirad los sesos saltar

Mirad, mirad a los Bienpensantes saltar

¡Urra! El Cuerno por el Culo. Viva el padre Ubú.

 

-¡Viva el Padre Ubú! ¡Viva el Doctor Faustroll!

-¡Viva el Padre Ubú! ¡Viva el Doctor Faustroll! –repetí

-¡Cuernoempanza! ¡Cuernoempanza!

-¡Cuernoempanza! ¡Cuernoempanza!

-Desde este instante Víctor Morelli forma parte del Ilustre Colegio Herético y Oculto y de la Sociedad L.H.O.O.Q. con los grados de… Imponderable Arconte de la Banda de Möbius e Ilustre Depositario del Legado de Jayyam. ¿Cuál será tu cometido? –preguntó.

No supe qué contestar, pero Robledo intervino:

-Comisión de Bucles y Excepciones Topológicas, Subcomisión de los Infinitesimales Zenonianos

-¡HA HA!

-¡HA HA! –respondieron todos a coro

Se oyó el descorche de una botella de champagne, el tapón impactó contra el techo

-Cada vez lo hacemos más abigarrado –dijo alguien.

-Es lo propio –contestó la mujer.

-La lata de buey… habrá que comérsela, ¿no? –apuntó Torsvan.

 
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Cómo fui iniciado en L.H.O.O.Q. (3)

¿Vas a descubrir tus cartas Morelli? ¿Vas a convocar al propio Duchamp, a hacer de esto una película de René Clair? ¿Pretendes dejar más pistas? ¿Quieres jugar al alquimista? ¿Corro peligro? Quizá pretendas volver a revivir la escena de ayer, como si fuera un sueño…. ¿es eso lo que quieres? ¿Quién es el destinatario de esta carta?

Cómo me inicié en la Sociedad L.H.O.O.Q. (Por Víctor Morelli) (3)

París, 20 de noviembre de 1975.

L’ Incorruptible. Un marco incomparable, sin duda. Un auténtico antro. Entramos no sin cierta dificultad y tras una ardua negociación con la portera, que apenas dejaba entrever su cara desde una rejilla que tapaba y destapaba ante nuestros ruegos. Una memoria brumosa que no reconocía a Sigfrido Robledo como cliente habitual del local, requisito imprescindible para poder franquear la entrada.

Había que bajar unas escaleras, y en un entresuelo, una puerta se abría a una especie de caverna pobremente iluminada. Dominaba el rojo y el azul; y una chica se contoneaba desnuda con una boa encima de una plataforma en el centro de la sala. Dos vasos de pastís, para Robledo y para mí, y más agua de Seltz para Torsvan. Los tres nos acoplamos en el fondo, en una mesa sucia que acababa de desalojarse, como tres almas en pena perplejas ante todo lo que se sucedía a nuestro alrededor. La música era extravagante, y los clientes inquietantes. Alguien había conseguido mezclar a Jacques Brel y los Doors, Aznavour y Jefferson Airplane. La chica bailaba ajena a aquella extraña mezcla siguiendo su propio y lamentable son.

-¿Qué hacemos aquí? –pregunté cansado.

-Tomando algo. Esperar –me dijo Robledo.

-Hay que llegar  a la hora fijada –aclaró Torsvan.

-Torsvan… ¿Qué le encuentras al agua de Seltz?

-Tiene burbujas –me contestó impertérrito.

-Es curioso –dijo Robledo tras una pausa-, me gustaría volver a la adolescencia. Quisiera verme de nuevo como un chaval de quince años.

-¿Para qué? Yo con quince años me aburría…

-Tú con quince años debías de ser un monstruo Morelli.

-Sigo siendo un monstruo –contesté sarcástico.

-Volver a la inmadurez –continuó Robledo-. Buscar una forma que la haga posible… de nuevo. ¿Sabéis cuál es nuestro problema? Se espera de nosotros… bueno se espera de nosotros que seamos algo, que superemos el principio de irrealidad. Ten un buen Edipo como es debido, se algo en la vida, mata a tu padre y búscate la vida. Luego todo eso se traduce en un trabajo, una esposa, unos hijos…

-Una ficción –soltó Torsvan.

-La madurez no es más que una red de convenciones, una forma adherida –continuó Robledo.

-¿Qué te pasó de pequeño Robledo? –pregunté confundido por el pastís-. ¿Qué fue lo que no te compraron?

-No estoy hablando de esa inmadurez, la adolescencia ya pasó. Sino de una inmadurez artificial, otra forma adherida…

-Como la televisión.

-Sí como la televisión… ¿Sabéis? He vuelto a soñar.

-¿Soñar?

-Sí –explicó Robledo-. Desde hace algún tiempo he vuelto a soñar. Durante muchos años mis noches han sido una sucesión de pozos negros sin significado alguno. Nada. Una negrura absoluta en la que muy de vez en cuando algo pastoso se abría paso en la conciencia. Como un sueño químico.

-Sueños de plexiglás –dijo Torsvan

-Pero desde hace semanas parece como si hubiera vuelto a mis tiempos de juventud, sueño sin descanso parábolas dadaístas que ocupan buena parte de mis noches. Incluso he retornado a mi adolescencia, con sueños de una intensidad pornográfica que me dejan perplejo… y asustado. Justo desde que trabajo con Jean.

-¿Jean? ¿Quién es Jean? –pregunté.

-Hoy le conocerás… supongo.

-Un sueño –interrumpió Torsvan-. Cuenta uno.

-Ayer, precisamente, soñé con Jean… o al menos eso creo.

-Interesante –Torsvan se tragó el agua de Seltz de un trago.

-Me encuentro en la azotea de algún edificio –narró Robledo-, sentado a caballo sobre el pretil, contemplando sin miedo una gran ciudad. No tengo miedo, a pesar de que estoy a un paso de precipitarme al vacío. Alguien aparece junto a mí, sentado de la misma forma que yo. Es Jean.

»Me habla como si nos conociéramos de toda la vida. No retengo el contenido de la conversación, pero Jean me tiende una fotografía. Me dice que la vea. Es una bailarina, pero la fotografía está tomada desde abajo, como si ella estuviera bailando sobre un suelo de cristal. Puedo ver lo que esconde bajo el tutú: nada, no lleva nada, salvo las zapatillas. Lo contemplo con curiosidad, me interesa la anatomía pero no lo encuentro morboso, o erótico. La mirada de Jean, sin embargo, es totalmente distinta, me mira como si fuera un adolescente enseñado una imagen pornográfica a un amigo.

»Seguimos en el mismo lugar, pero Jean ya no me enseña ninguna foto, estamos jugando al ajedrez. La partida parece igualada, me esfuerzo por hacer un movimiento. No me decido, Jean se impacienta, hace gestos cada vez que intento mover una pieza. Me impide incluso con su mano que haga un determinado movimiento cuando me decido y se enfada.

»Cambio de escena. Estoy en una boda, los invitados esperan que llegue la novia, todo el mundo está impaciente, nervioso, unos gesticulan, otros andan inquietos de acá para allá. No hay iglesia, todo transcurre al aire libre, como una escena bucólica. Hay sillas, una especie de estrado, o algo parecido. Bueno… puede que no fuera una boda, pero hay novia, eso está claro, todo el mundo la espera.

»Ella llega de repente, es una presencia evanescente y carnal.

-¿Evanescente y carnal? –preguntó Torsvan- ¿Qué significa eso?

-Una licencia literaria, un oxímoron, ¿continúo?

-Adelante

-A su lado hay aduladores –continuó Robledo-, tipos que la persiguen e intentan decirle algo, tocarla incluso. Entonces yo sé que es la chica de la fotografía, la del tutú sin nada debajo. Me la imagino desnuda y es como si todos tuvieran en mente el mismo pensamiento, incluso ella, sobre todo ella. La novia corre. Escapa.

»La comitiva se pone en marcha tras ella, pero todo parece transcurrir como si el tiempo se estirase, los movimientos son lentos, algunos personajes dan extraños saltos y flotan durante unos segundos en el aire, como en estado de ingravidez, todo el mundo parece encontrar la situación normal. Sin embargo la novia comienza a correr, se quita la ropa, adquiere velocidad, el cortejo es cogido de improviso, por momentos se escapa la novia, algunos abandonan ese extrañó estado de baja gravedad y aprietan el paso. La velocidad de la novia es completamente absurda, todo el mundo corre tras ella, la carrera es frenética. Yo intento correr también pero me es imposible, mis piernas me pesan, no responden. Me despierto. Nada más.

Durante unos minutos nadie dijo nada. Los tres miramos a la chica, que ya había dejado la boa en el suelo y se contoneaba desnuda siguiendo el ritmo lento de  Jaques Brel. Era joven, pero su rostro estaba bastante fatigado, de provincias probablemente, seguro que no era el tipo de trabajo que esperaba encontrar en París, ¿actriz, modelo, o presentadora de televisión? A pesar de todo era bonita, si uno lograba abstraer ese contoneo extravagante que deformaba sus miembros.

-¿Qué opináis del espiritismo? –preguntó Torsvan sin venir a cuento.

-¿Con quién te comunicas Torsvan? –replicó Robledo.

-Hay presencias.

-¿Oyes voces?

-No, imbécil –contestó Torsvan-. Hablo del espiritismo. A principios de siglo era una práctica muy extendida, interesaba a intelectuales y científicos… pero ahora se ha convertido en una caricatura.

-¿Has hablado de esto con Jean? –preguntó Robledo.

-No… bueno sí. Aunque no me hizo mucho caso –replicó Torsvan-… Demasiados muertos, ¿no creéis? Después de de las dos guerras mundiales hubo demasiada gente con la que hablar, las conversaciones comenzarían a resultar una cháchara vacía.

-¿De verdad te interesa el tema, Torsvan? –insistió Robledo.

-¿No os habéis parado a pensar por qué Hermes, el dios de los ladrones y el comercio, era también Hermes Psicopompo, el guía de las almas? –continuó Torsvan.

-¿Tal vez porque también era el dios de los caminos y las encrucijadas, y el mediador de los dioses? –repuso Robledo.

-No… no es tan fácil –contestó Torsvan-. Hermes es una personalidad compleja, es el gran embaucador, pero al mismo tiempo es el dios más cercano al sol, el oro. Hermes es fingimiento, el disimulo, lo que se oculta bajo una fachada respetable, el inconsciente. Engaña y miente, el mercurio es el elemento volátil y esquivo, pero contiene el principio generador. Llegas al reino de las sombras y tu guía resulta ser un mentiroso que probablemente te robará, pero sin embargo le sigues… esperas participar en las ganancias, a pesar de que sospechas que él acabará por llevárselo todo. Y cuando menos te lo esperas te das cuenta de que te ha dejado completamente solo… ¿Qué hora es?

-Pasa de la una –contesté totalmente abrumado por la cháchara de Torsvan.

-Nos vamos –dijo Torsvan.

-Ya has oído a Hermes Psicopompo Morelli, nos vamos.

Abandonamos el umbroso y melancólico  L’ Incorruptible, con sus chicas venidas de provincias que bailaban desnudas en la madrugada, sus pequeñas mesas circulares, la luz mortecina, y las miradas huidizas que se escondían vidriosas entre el humo y la porquería, atisbando un precioso segundo de lucidez en la blanca piel de una chica contorsionándose al compás de los Airplane.

Hacía frío y comenzaba a llover, una pátina de sucia humedad que se pegaba a la ropa y la cara. Torsvan seguía imperturbable con su jersey de cuello vuelto. Desde que él y Robledo arrojaron la maleta no se separaba un momento de la bolsa de deporte, incluso la había dejado entre sus pies durante el tiempo que pasamos en L’ Incorruptible.

Los tres salimos a la desierta y estrecha Rue des Rosiers:

-Vamos –apremió Torsvan-. El lugar está sólo a cinco minutos, hay que ir por la Rue Vieille du Temple y girar a  la izquierda.

-Podríamos pasar por el Babeuf –propuso Robledo-. Está cerca.

-¿Y quién lo iba a pagar? –preguntó Torsvan.

-Oh, todo corre a cuenta de Jean… ya sabes, gastos de organización.

-¿En el Babeuf? Algún día nos expulsarán Robledo.

-¿A nosotros? Oh, vamos Torsvan, que haría Jean sin nosotros.

-¿Quién es Jean? –volví a preguntar.

-Es tarde –dijo Torsvan-. Nos esperan.

-¡Hablemos de máquinas! –exclamó Robledo-. ¿Sabes Morelli? Torsvan es un experto en máquinas y autómatas, un verdadero artífice.

-¡HA, ha! Máquinas, máquinas absurdas e inútiles –respondió Torsvan

Los tres caminábamos por la desierta Rue des Quatre Fils, intentando encontrar la dirección que Torsvan tenía apuntada en un papel. Nos paramos junto a un edificio con un gran portalón de madera, el número dieciséis. Era un edificio antiguo, con una fea voluta labrada en la piedra del frontispicio de la entrada, cuatro pisos de uniformes ventanales, todos ellos cerrados, y un ático, cuyas dos ventanas estaban iluminadas por una luz amarillenta.

-¿Es aquí? –pregunté

-Eso creo…

-¿Y ahora qué?

-Ahora esperaremos –contestó Robledo-… Torsvan, cuéntale a Morelli la historia de la Máquina Total Definitiva de Shannon. Torsvan tiene en su estudio de la Rue des Dames una colección de autómatas de todo tipo.

-Claude Shannon construía máquinas –comenzó a contar Torsvan totalmente metido en su papel.

-¿Shannon, el de la Teoría de la Información? –pregunté.

-El mismo. Tenía un ratón mecánico que sabía salir de cualquier laberinto –dijo Torsvan.

-Aplicando un sencillo algoritmo –apostilló Robledo.

-Y si el laberinto no tenía salida, llegaba al punto de partida, y el ingenuo ratón era feliz, porque creía que todo era racional, y explicable. También tenía una máquina que resolvía problemas de ajedrez…

-Mate en tres y la máquina lo resolvía…

-Aplicando un sencillo algoritmo…

-O quizá no tan sencillo, pero todo era racional, y determinado…

-Como una máquina de engranajes que comienza a funcionar…

-Y termina cuando llega a su cometido, o quizá no termina…

-Pero sigue funcionando indefinidamente…

-Como un ratón mecánico en un laberinto sin salida…

-Algo así –dijo Torsvan-.. También construyó una máquina malabarista, realizaba su tarea con obsesiva aplicación sin importare lo que ocurriera a su alrededor, y una calculadora para números romanos. Pero su construcción más importante fue la Máquina Definitiva

-Me gusta Shannon tenía muchas máquinas y autómatas…

-Era una máquina singular, una Máquina Total…

-Una Máquina Admirable…

-No era la guillotina –explicó Torsvan-. Era una máquina curiosa, cabía en una mesa. Tenía un botón de encendido…

-Que la ponía en movimiento. Sus engranajes y resortes comenzaban a moverse, de forma imparable, y de manera perfectamente racional…

-Así es. Era como una caja. Se oía un zumbido…

-Zzzzzzz…

-Y la tapa de la caja se abría…

-Una Máquina Singular…

-Y una mano salía de su interior…

-Una mano mecánica…

-Y la mano mecánica apretaba el botón de apagado…

-¡Una mano mecánica, Morelli!

-Eso –siguió Torsvan-. Una mano mecánica salía haciendo rechinar engranajes y juntas, y con inconsciente precisión apretaba el botón de apagado… y la máquina volvía a su estado primitivo. La máquina causaba su propia detención.

-Y el zumbido cesaba…

-Y la mano se escondía de nuevo, apagándose la máquina…

-Y el mecanismo se detenía…

-Una Maquina Total y Definitiva. La Máquina cuya misión es apagarse a sí misma. Un autómata que no paraba hasta que lograba pararse…

-Perfectamente racional y explicable…

-¡Es el descerebramiento total del pensamiento algorítmico! –gritó Torsvan.

-Nos van a oír, es la una y media de la madrugada –yo seguía sin saber lo que se traían entre manos.

Torsvan se aclaro la voz, dejó la bolsa entre las piernas y se irguió preparándose para declamar una oda al autómata:

Es reconfortante saberse

Un autómata

Saber que todo tiene una lógica

Una finalidad

Y que el tiempo no es más que

Un encadenamiento de sucesos inexorables

Sin azar

Hasta que un día descubres

Que algo marcha mal

Notas cómo hay algo que impide pensar así

Paff, paff, paff.

-Se emociona cuando habla de máquinas –explicó Robledo.

-¿Y ahora qué esperamos? –pregunté impaciente.

-Esperamos a que sea la hora –Robledo hablaba consultando su reloj de pulsera- ¿Tú qué dices Torsvan?

-Creo que es la hora.

-En efecto.

Robledo y Torsvan se dirigieron al portalón de madera y golpearon ruidosamente con la palma de la mano ignorando el timbre que había a la derecha, sonoros golpes acompañados de gritos e interjecciones, un escándalo mayúsculo.

-¡Abridnos!

-¡Abrid la puerta!

Algunas luces en la Rue des Quatre Fils se encendieron, se descorrieron persianas y se asomaron ojos insomnes que observaron con curiosidad la escena. Yo no dejaba de mirar angustiado a un lado y a otro. Por fin el rechinar del portalón que resonó en toda la calle.

Nos atendió un hombre bajito y calvo, vestía un impecable traje gris marengo con corbata y pañuelo a juego. Tendría unos cincuenta años, y la actitud deferente de cualquier portero que no está dispuesto a dejar pasar al visitante.

-¿En qué puedo servirles?

-¡Viva el padre Ubú! ¡Viva el doctor Faustroll! –exclamó Robledo

-¡Ha! ¡Ha! –continuó Torsvan.

-¡Ubú está con nosotros! –contestó imperturbable el portero.

Los tres me miraron con impaciente silencio esperando a que dijera algo…

-Eh… ¿Mierdra? –acerté a decir.

-Adelante caballeros, el Ilustre Colegio Oculto y Herético les da la bienvenida.

(…)
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Delirios L.H.O.O.Q.

Ayer fue un día extraño, muy extraño. Abundaron señales y advertencias. Mi terapeuta, el señor Alberto Sánchez Galeano, psiquiatra clínico de la Schwarz Foundation for Human Ecology, me habló claro, como todo médico debería hablar a su paciente, sin disimulos ni circunloquios: “Usted señor Maruth, me dijo, transita ya por la senda de la cabra”, a lo que luego añadió conociendo mi gusto por las metáforas: “quizá haya traspasado ya ese punto sin retorno del que hablaba Kafka”. Debí hacerle caso. Sin duda. Olvidarme de todo este delicado asunto y ser un anodino hombre de provecho, desaprovechado. Consejos sabios, que de seguirlos hubieran acabado con esta pesadilla, y la pesadilla tiene nombre y apellido: Víctor Morelli.

Es difícil señalar el punto de cesura, ¿verdad, Víctor? El instante preciso en el que toda esta ensoñación devino en algo real. Pero el caso es que aquí estoy, contigo, Víctor Morelli, heterónimo y falsa copia mía.

El delirio es para el lunático un discurso inexpugnable, es cierto, pero también es mucho más que eso, es algo vivo, acaparador, un monstruo que logra transformarse y sobrevivir fagocitando y haciendo suya la realidad. Ayer estaba dispuesto a abandonar mi propio delirio, a dejarlo arrinconado como un juguete roto en un lugar inaccesible de mi memoria. Pero no fue posible. Alguien conspiró contra mí. Ahora lo sé. Lo sabemos, ¿verdad Víctor?

Alguien que, conociendo mi debilidad por las asociaciones, puso en el camino de mi voluntad esa rasgadura por la que mi delirio, de nuevo, volvió a colarse. Y es inútil ocultar su nombre, porque lo tiene, ignoro si real o ficticio. Alguien llamado, o mejor dicho, llamada, Susana Sánchez, jugadora de tenis profesional y habitual en el circuito ATP (segunda ronda en Wimbledon y en el US Open, tercera en Roland Garros, y cuartos de final en Indian Wells, como mejores resultados en 2010). Fue ella quien puso frente a mis marices las herramientas y las piezas que yo empleé para abrir de nuevo las espitas de mi delirio.

Primero fue un inocente e interesante artículo sobre las novelas del Oeste, México y Ambrose Bierce, y probablemente sabiéndolo ya estaba poniendo en marcha la cadena de asociaciones: México, desapariciones, Cravan, B. Traven, Torsvan, Morelli. O tal vez: México, María Sabina, teonanácalt, alucinaciones, camino de la cabra (y tal vez “chupacabras”, lo que nos llevaría de nuevo a México). Y por qué no: México, peyote, Thomas Pynchon, PISCIES, W.A.S.T.E., L.H.O.O.Q. Y tantas…

Antes de yo poder recuperarme de mi bucle asociativo ya me había recomendado un libro sobre animales adictos a las sustancias psicoactivas: renos micófilos, hormigas y moscas adictas a los alucinógenos, y por supuesto cabras, más cabras, cabras que mordisquean y se alimentan de las más diversas sustancias, cabras locas… Para entonces Morelli ya se había vuelto a desdoblar, sin yo pretenderlo estaba hablando con Víctor Morelli, sí, contigo Víctor que estabas a mi lado, a mi espalda, como si de una persona real se tratara, y no de un fantasma, lo que siempre fuiste. Desapareciste un día de tu pequeño apartamento en el Barrio de Ruzafa, en Valencia, dejado (dejándome a mí) un montón de anotaciones inconexas que ni siquiera yo soy capaz de dar forma. Sigues siendo un enigma para mi, Morelli, incluso en la pretendida forma de heterónimo mío.

Pero todavía faltaba la última vuelta de tuerca. Y fue de nuevo esa tenista profesional (consumada especialista en el juego en el fondo de la pista, y con un estupendo drive liftado, a la que únicamente le falta solidez en el juego en la red), la responsable.

Fue entonces cuando tú y yo, Víctor, nos quedamos perplejos, los dos, quizá tú más, ¿no es cierto? Porque Susana Sánchez me revelaba sin más ceremonia tu verdadera identidad, o la de algún pretendido heterónimo tuyo, sí tuyo Morelli, no me mezcles a mí en semejante festival de confusión… Y de nuevo fue México, un Morelli mexicano contando chistes mexicanos como si México fuera un vórtice que nos arrastrara a todos, al Morelli que me escribe cartas y me visita, a los miembros de la Sociedad L.H.O.O.Q., a Torsvan Maruth, a Pynchon, a La Caja Verde (¡Dios mío, y en La Caja Verde se hace referencia a México en distintos lugares!), a las cabras, a los hongos e incluso a Kafka…

Llamé presto al doctor Galeano, para entonces mi cabeza era un queso, y éste acudió en mi ayuda, (¿fue eso ayuda? No, creo que no), de nuevo con una metáfora, un pastiche pynchoniano que recordaba muy bien, demasiado bien. Aquella lucha cuerpo a cuerpo entre Oliver Read y Alan Bates, ambos encerrados, desnudos, sudorosos, compitiendo por ser el único macho alfa. ¿Qué me quiso decir mi terapeuta con semejante y desconcertante koan audiovisual?

No, no fue una ayuda… me vi acaparado por el propio Víctor Morelli, despojado ya de sus ropas y haciendo jirones las mías. Rodando ambos por la casa, chocándonos contra las paredes y los muebles (mi casa es un exiguo apartamento y no una mansión victoriana en la campiña inglesa) y haciéndonos polvo hasta que quedamos exhaustos, whitout a woman, y mirándonos sin saber qué hacer, o qué decirnos ante tal tesitura, desnudos, sudorosos, jadeantes.

No, no recuerdo nada más. Una bruma vela el resto de la noche, confundida con los jirones del sueño. Y tú, Víctor Morelli, volviste a desaparecer.

Sé que tu sombra me persigue, que desde que decidí hacerme cargo de tus papeles (una colección informe y fragmentaria de anotaciones, hojas sueltas y cuadernos a medio escribir), te has convertido en mi sosias, en mi condena, tal vez. Y aún así, cumplo tu voluntad. Tus amenazas.

Prometí publicar tu carta, así lo estoy haciendo, así lo haré. Ignorando todavía quién es el destinatario y narrando tu falsa iniciación en la, tal vez inexistente, originaria Sociedad L.H.O.O.Q.

Lo seguiré haciendo mañana, sabes que hoy era necesario esta nota. Torpe resumen de lo que sólo tú, yo, y quién sabe si también tu heterónimo mexicano e inclasificable, sabemos.

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Cómo fui iniciado en L.H.O.O.Q. (2)

He de decirte, Víctor, que por muy heterónimo mío que seas, no acabo de creerme tu narración. Sé que has omitido nombres, inventado lugares… jugando al despiste conmigo. Pero encuentro guiños demasiado evidentes, recursos manidos. Y es algo que me inquieta, porque temo no ser yo el destinatario de tu carta. ¿Qué pretendes? En cualquier caso prometí  (bajo amenaza) publicarla. Sea.

 

Cómo me inicié en la Sociedad L.H.O.O.Q. (Por Víctor Morelli) (2)

París, 20 de noviembre de 1975.

 

Primera parada en el café Marat, en la Rue des Tournelles Robledo, Torsvan y yo nos acomodamos junto a la barra, apuntados por la mirada hosca del camarero que esperaba impaciente a que termináramos para cerrar. Pastís para Robledo, agua de Seltz para Torsvan y café para mí.

-¿Sólo agua Torsvan? –pregunté.

-Sólo Agua.

-Torsvan no suele tomar alcohol, Morelli –dijo Robledo-. A veces es un poco borderline.

-¿Borderline? ¿Qué es eso? –pregunté.

-Ni siquiera me lo explican –explicó Torsvan sin más dilación-. Vivir en un continuo estado de vértigo, hablar sin control sobre cualquier cosa, presentar estados de ánimo cambiantes. Demasiado cambiantes. Depresión, cólera, ansiedad, pánico, euforia, todo apelotonado y mezclado, como si no pudiera distinguir uno de otro, no sé.

-Ah.

-Eh… sí –terció Robledo-. ¿Por dónde iremos Torsvan?

-Iremos hasta la Rue Saint-Antione, tomaremos la Rue du Petit Music y giraremos a la izquierda a la altura de la Rue Jules Cousin, hay un pequeño bistrot allí, el Desmoulins. Luego tomaremos el Boulevard Henri IV hasta el Sena y el Pont de Sully.

-¿No iréis a tirar ese fardo al río? –pregunté con creciente asombro.

-Pues sí… eso es lo que vamos a hacer. Paga Morelli, nos vamos –me dijo Robledo.

Reanudamos la marcha. Tras los titubeos iniciales Torsvan y Robledo habían logrado acoplarse, Torsvan marchaba delante sujetando la pesada maleta por la espalda y Robledo iba detrás ayudándose del asa, yo los seguía con la bolsa de deportes a cuestas temiendo que de un momento a otro Robledo y Torsvan se fueran al suelo. En la Rue Saint-Antoine consiguieron no balancearse demasiado y avanzar con un ritmo más o menos constante: unos doscientos metros antes de parar y descansar. Era ese el momento de dejar el bulto en el suelo, Robledo se sentaba sobre la maleta resoplando y encendía a veces un Gauloises, Torsvan esperaba con gesto adusto y las manos en los bolsillos. Había poca gente en la calle, parejas que salían del los cines, o de los últimos cafés que cerraban, apenas nos miraban, aunque inevitablemente fuimos objeto de alguna mirada curiosa y perpleja.

Extraño tipo ese Torsvan, pensé.  A pesar del frío de noviembre sólo llevaba un jersey negro de lana de cuello vuelto, arremangado a la altura de los codos. Sí, era sueco, eso era evidente, pero había algo en ese hombre que no terminaba de encajar. Debía de rondar los cuarenta, robusto, grandes manazas, pelambre de héroe teutónico y unos ojos azules que se perdían con frecuencia, a menudo en mitad de una conversación. Robledo estaba acostumbrado, hablaba con Torsvan sin necesidad de que le prestara atención, o retomando el hilo de la conversación cuando Torsvan terminaba de soltar alguna de inesperadas observaciones.

Como es lógico, ante la estampa de tan desmañado dueto, me ofrecí en varias ocasiones a relevar a alguno de los dos, especialmente a Robledo, que cada vez hacía más largas las pausas. Pero ambos se negaron a ello. Por otra parte había desistido ya de preguntar qué había en el interior de aquella maleta ante las continuas evasivas:

-Basura.

-Basura.

-Hemos hecho limpieza en mi apartamento.

-Son cosas que hay que tirar…

-Ropa vieja y cosas así…

-Y comida en mal estado…

-Y trastos inútiles…

-Piezas rotas y estropeadas…

-Escombros…

-Es mejor llevarlo todo junto…

-Y tirarlo al río de una vez.

Ninguno de los quiso aceptar mi relevo, o siquiera una ayuda que hiciera más cómoda la marcha, la bosa de las herramientas no pesaba demasiado:

-Tú encárgate de la bolsa Morelli –me pidió Robledo en repetidas ocasiones.

-Pero que hay dentro, ¿herramientas? –pregunté agitando la bolsa

-¡NO, NO! –gritaron ambos a un tiempo dejando caer la maleta con estrépito.

-Hay instrumentos delicados –amenazó Torsvan.

-¿Instrumentos?… Sí, instrumentos –recalcó Robledo-. Descansemos un momento.

-No. Vamos, el Desmoulins está a la vuelta de esquina –apremió Torsvan

 

Ya en el bistrot Desmoulins hicimos un último alto antes de alcanzar el Sena. Había poca gente, los últimos rezagados antes de cerrar el local. No, no había nada, sólo tres brioches ya duros y un par de salchichas frías. Suficiente. Vino para Robledo y para mí, y más agua de Seltz para Torsvan. El fardo en el suelo, bajo la mirada vigilante de Torsvan, que tampoco quitaba ojo a la bolsa de deporte.

-¿Cómo habéis llegado a mi cuarto? –pregunté a Robledo atragantándome con medio brioche-. ¿No me dirás que habéis venido arrastrando el maletón desde tu apartamento?

-No –contestó Robledo-. Hemos venido directamente desde la casa de Torsvan… En la Rue des Dames, cerca de Montmatre.

Abrí los ojos, estupefacto ante lo que estaba oyendo.

-Es una historia complicada –continuó Robledo-. Un… un amigo de Torsvan nos acercó en su furgoneta  hasta Le Marais.

-Hay que tomar el cruce de la Rue de Puteaux, luego girar en la Rue des Batignolles para llegar al Boulevard de Clichy, girar a la derecha en el Boulevard de Magenta hasta llegar a la Place de la Republique y por fin tomar el Boulevard Beaumarchais hasta la Bastilla –explicó Torsvan al instante.

-Torsvan tiene el mapa de París impreso en la memoria, es un fenómeno –dijo Robledo señalándole con la cabeza.

-No me digas.

-Incluida la red de metro.

-Podíais haber ido directamente al Sena y tirar el fardo –apunté casi sabiendo la respuesta.

-Entonces no hubiéramos pasado por tu casa.

-Ya. ¿Y era necesaria mi colaboración?

-Pues claro –dijo Robledo-. ¿Cómo habríamos llegado al Pont de Sully los dos solos con la bolsa de Torsvan y la maleta? Además, luego tenemos que ir a la reunión del Ilustre Colegio Oculto y Herético.

-¿Dónde?

-Eso lo sabe Torsvan –me susurró Robledo mirando al sueco.

-La gente… la gente, dice cosas –volvió a decir Torsvan sin venir a cuento-, en realidad las cosas las aprenden en la televisión, es como un virus, ¿no creéis? Todo lo que pasa es muy extraño, ¿no tenéis esa sensación?

-¿Cuál?

-Es como una corriente subterránea, algo telúrico.

-Torsvan… deberías dejar el agua –añadí sin saber lo que decía. Torsvan me miró ceñudo y prosiguió como si no hubiera dicho nada.

-La Tierra está hueca, ¿lo sabíais? Algo increíble, pero cierto…. Existen montones de cavernas y canales que configuran una intrincada red, un laberinto… ¿cómo se dice? Inextricable, eso es. El interior de la Tierra es un negativo del universo, una contrafigura. Un microcosmos. La caverna primigenia…

-Será mejor irnos, ahora no habrá nadie en el Pont de Sully… –cortó Robledo-. Morelli paga.

-Y una mierda. Paga tú Robledo

 

Tras una esforzada marcha llegamos los tres a la parada de metro de Sully-Morland, en el Boulevard Henri IV. Robledo resoplando sobre la maleta y Torsvan oteando el horizonte del Pont de Sully. El lugar estaba casi desierto, algún peatón a lo lejos y pocos coches circulando por Quai Henri IV.

-Hay que cruzar por otro lugar –dijo Torsvan.

-¿Por dónde?

-Por allá –respondió Torvan señalando un lugar en medio de Quai Henri.

-Allí no hay semáforo –replicó Robledo.

-Por eso. Cruzamos rápido, nadie nos ve… rápido, rápido y maleta al agua.

-La madre que te parió, Torsvan.

-¡Eh! ¿Qué sucede? –pregunté asustado. En aquel momento el miedo comenzaba a invadirme-. ¿Por qué no nos tiene que ver nadie?

-Cuidado con la bolsa Morelli –me dijo Torsvan con una mirada gélida.

Un último esfuerzo. Giramos a la derecha en el cruce de Quai Henri y esperamos al borde de la calzada, a unos veinte metros más allá del semáforo. Torsvan sujetando la maleta por la espalda, aguardando el momento oportuno, Robledo derrengado, haciendo esfuerzos por aguantar a espaldas de Torsvan, y yo expectante, con la bolsa en la mano. Torsvan miró a la derecha, no parecía venir nadie:

-¡Ahora! –gritó Torsvan

Pero el impulso del sueco fue demasiado brusco, y a Robledo se le escurrió la maleta de las manos cayendo con estrépito al suelo. Exabrupto de Torsvan. Ambos se afanaban de nuevo en levantarla entre insultos y recriminaciones mutuas. Un coche –un Citroën Tiburón blanco- apareció por Quai Henri a toda velocidad:

-¡¡Piiiiiiiiiii!!

El coche pasó a pocos centímetros de Torsvan, que había logrado junto a Robledo volver a levantar el fardo. Nueva caída de la maleta, y Torsavn despachándose a gusto con el Tiburón que se alejó a toda velocidad:

Skitstövel!!… Mammaknullare!!… Kuksugare!!

-¡Olvídalo Torsvan! ¡La maleta! –gritaba Robledo

Kuksugare!! Kuksugare!!

Pero Torsvan parecía haberse olvidado de la maleta, en el centro de la calzada seguía insultando a un invisible Tiburón como un poseso. De Quai Henri se acercaban luces a toda velocidad, un semáforo acababa de abrirse.

-¡Vamos Morelli, la maleta! –me gritó Robledo.

Entre Robledo y yo logramos levantar la maleta. Coloqué sin cuidado alguno la bolsa de Torsvan sobre el fardo con gran estrépito de piezas metálicas.

-¡Cuidado! –exclamo Robledo.

-¡Vete a la mierda! ¡Y corre!

-¡No tires!

-¿Qué lleváis aquí, un muerto?

-¡Vamos!

Impagable estampa la de ambos (Robledo y yo) haciendo eses con el fardo entre los brazos y corriendo para alcanzar la acera de Quai Henri antes de que los coches nos alcanzaran. Torsvan, ajeno a todo, y totalmente descompuesto por el incidente del Tiburón, no paraba de perorar en sueco a voz en grito en medio de la calzada:

Ni är några galet!! Ni till helvetet!! Kommer den vilda hästar –exclamó Torsvan alzando las manos al cielo.

Mientras, los coches pasaban esquivando la delirante figura de Torsvan, algunos pitaban de manera furiosa, otros aminoraban la marcha e insultaban a Torsvan desde la ventanilla.

-¡Loco! ¡Imbécil! ¡Borracho!

Desde el otro lado, apoyados en el pretil del río, asistíamos perplejos a la escena:

-¿Le pasa muy a menudo? –pregunté.

-A veces. Sólo cuando se enfada… ¡Mierda! Va a armar un escándalo, acabará viniendo la policía.

-¡Homúnculos! ¡Habéis nacido todos en una inmunda retorta! Den renande elden! –continuaba Torsvan.

Iluminado por las farolas Torsvan parecía protegido por una especie de halo, estaba poseído, y clamaba como un profeta caminando a lo largo de la calzada, encarándose con los coches que frenaban, o señalando con el dedo a conductores atónitos que lo miraban al pasar. Al cabo de un momento el tráfico cesó, y Torsvan se recompuso como si nada hubiera pasado.

-¿Habéis visto al imbécil del Citroën? –preguntó acercándose a nosotros-. Casi nos atropella.

-Torsvan, la maleta –dijo Robledo.

-¡Vamos!

Ya en el Pont de Sully esperamos en silencio a que no pasara nadie. Ningún peatón, ningún coche. Entre Robledo y Torsvan alzaron la maleta y la arrojaron con esfuerzo al Sena.

-¡Por fin! –dijo Robledo

-Adiós –susurró Torsvan.

Pareció no hundirse al principio, uno de los lados lograba escapar a las aguas negras del río, aunque poco a poco fue sumergiéndose… poco a poco. Todavía a flote desapareció bajo el puente.

-¡Vayamos al otro lado! –dijo Robledo.

-¿La veis?

-No.

-Es aquello… se hunde –señaló Torsvan.

-Se acabó –sentenció Robledo.

-¿Y ahora me vais a explicar qué coño era esa maleta? –pregunté.

-Trastos.

-Ropa.

-Libros descuajeringados y discos rayados.

-Y un lavabo roto.

-Y recuerdos mostrencos, y trozos muertos de tiempo.

-Cascotes, desechos. Al río con ellos.

-Todo al fondo… al fondo –dijo Torsvan.

Los tres nos quedamos mirando en silencio el lugar por donde había desaparecido la maleta.

-Tenemos que regresar a Le Marais. ¿Por dónde Torsvan? –preguntó al cabo Robledo.

-Volveremos por el Pont Marie hacia la Rue des Nonnains d’Hyères, luego hay que encontrar una travesía a la izquierda en la Rue de Jouy que lleva directamente a la Rue de Rivoli, y de allí recorrer la Rue Vieille du Temple, hacia el final, a la izquierda, está la Rue des Quatre Fils. Allí es donde vamos.

-Pues en marcha.

-Morelli… dame la bolsa –me dijo Torsvan.

 

Durante la travesía atracamos con distinta suerte en diversos lugares. El café Danton, desgraciadamente cerrado. El club Saint-Just, un pastís para Robledo y dos cafés, para Torsvan y para mí. En el Mirabeau el portero no nos dejó entrar alegando la vestimenta inadecuada, Torsvan no podía colocarse ninguna corbata con su cuello vuelto, Robledo llevaba unas chirucas recién traídas de España y yo me negué a entrar en semejante sitio; temimos una reacción violenta de Torsvan, pero éste se limitó a dar las buenas noches y estrechar la mano al portero.

Logramos colarnos, sin embargo, en L’ Incorruptible, un tugurio que había en la estrecha y lúgubre Rue des Rosiers, junto a la Rue Vieille du Temple.

(…)

 
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Cómo fui iniciado en L.H.O.O.Q. (1)

Tal y como me ha llegado, por correo ordinario, transcribo la carta de mi heterónimo Víctor Morelli. Exigiendo que se haga justicia a los antiguos miembros de la Sociedad L.H.O.O.Q. y al verdadero Torsvan Maruth. Así lo hago, sin tocar ni una sola coma aunque de forma fraccionada. Espero, Víctor, que lo entiendas.

Cómo me inicié en la Sociedad L.H.O.O.Q. (Por Víctor Morelli)

París, 20 de noviembre de 1975.

Sobre una caja de fruta, usada a modo de mueble, la televisión mostraba un hombre vestido de luto y leyendo emocionado un documento. Le costaba hablar. Mientras, el locutor de la televisión francesa traducía algunas frases. Frases solemnes, propias de un muerto que intenta dejar todo atado y bien atado dese ultratumba, nada extraño. A pesar de todo el hombre del traje negro intentaba, con poca fortuna, reproducir un tono grave y ceremonioso. Se diría que estaba a punto de llorar, y probablemente sabía que un vendaval de acontecimientos arrasaría todo en unos años, tal vez en unos meses, incluyéndole a él mismo. En cierto modo estaba anunciando su propia defunción.

Yo me encontraba con un benjamín de Veuve Clicquot en la mano, contemplaba la emisión sentado en el viejo sillón de pana marrón que había comprado en el Marché aux Puces de Saint Ouen, restaurado manualmente por el propio Sigfrido Robledo con una red de zurcidos en el brazo derecho. La noticia no me había cogido de improviso, esa misma mañana Alfredo Sanz, mi antiguo compañero de departamento en la Complutense me había llamado nervioso:

-¡Víctor! ¡Víctor! El viejo la ha diñado… Radio Nacional acaba de dar la noticia.

-Ha sido en la cama Alfredo, Franco ha muerto en la cama… Me voy a beber una botella de champagne –contesté sin emoción.

-Salud anticipada.

-Pues eso –dije.

-Menudo exilio el tuyo Morelli, Franco agonizando y tú te marchas a Francia… Te quedas en París, supongo.

-Claro que me quedo Alfredo. El viejo todavía está de cuerpo presente.

-Esto va a cambiar rápido. Ya verás, va a haber muchos lloros, muchas procesiones y mucha lástima… pero en unos días todos van a cambiar de chaqueta. Será un desmontaje, una demolición que llevarán a cabo ellos mismos para levantar sobre el solar su propio cortijo… Nos la van a meter por detrás.

-Son capaces de no enterrarlo –bromeé-, lo embalsamarán, lo sentarán en una silla en el Pardo y Carmen Polo le limpiará el polvo.

-Al contrario, les faltará tiempo para enterrarlo, todos quieren un número de la tómbola, siempre toca… ¿Qué tal por París?

-Llueve mucho.

-¿Y Sebastian? –preguntó Alfredo Sanz.

-Un monstruo, un tiburón… Inalcanzable.

-¿Regresarás en verano?

-No creo… Le estoy tomando el gusto a esto de ser un proscrito. ¿Sabes? Puede ser un buen momento para cambiar, quizá deje las matemáticas, no lo sé. Trabajar con Sebastian le pone a uno en el sitio… y el mío, me temo que es la mediocridad.

-¿Tú? ¿Y qué harás?

-No tengo la menor idea…

-Bueno… la conferencia me está costando un dinero Víctor… Nos llamamos.

-Nos veremos Alfredo… Salud.

-Salud.

Por entonces yo vivía en un  pequeño cuarto alquilado próximo a Le Marais. Se encontraba en un oscuro recodo de la Rue des Tournelles, era un buhardilla de apenas veinte metros cuadrados, en el séptimo piso de un viejo edificio en cuyo ascensor apenas cabían dos personas, y que normalmente no solía funcionar. En la puerta sólo aparecía el “cinco” del número “quince” Una sola habitación en cuya pared habían empotrados dos cubículos: el baño, una cabina donde se apelotonaban la taza, el bidé, la pila y la ducha, autentico prodigio de la fontanería alambicada; y la cocina, meramente testimonial y protocolaria, y por lo demás inservible; una cama al fondo, frente a un ventanal que daba a un patio interior; un pequeño armario vacío; una gran mesa con sillas, un sofá, y un absurdo sillón de pana marrón. A la izquierda había un pequeño ventanuco que se asomaba al exterior, se veían edificios altos a lo lejos, nada más. La mesa, que asfixiaba el angosto espacio, fue ocupada de inmediato con libros y papeles, algunos discos y un pequeño tocadiscos que compré de segunda mano. Forzando el cuello se podía atisbar por el ventanuco el Boulevard Beaumarchais; el ventanal, al contrario, se abría a un anodino y gris patio parisino donde asomaban algunas ropas tendidas y pocos curiosos que oían el agua caer sobre la uralita. Eso era todo.

La señora Petit, la casera, me había dado un juego de llaves tras obligarme a desembolsar varios meses de fianza; junto a ellas también me dio un extraño manubrio que me dijo que servía para abrir la puerta del ascensor en caso de que me quedara encerrado, cosa que sucedía con frecuencia. No solía utilizarlo, jamás confié en  los elevadores.

Pronto elaboré un detallado catalogo de los vecinos, a los que veía a diario ante mi particular insistencia en subir y bajar los siete pisos por las escaleras. En mi mismo piso vivían Constance y Lucile, madre e hija de edad indeterminada, nunca fui capaz de distinguirlas e incluso supuse durante un tiempo que eran una misma persona; bajaban de manera alternada al café de la esquina, el Marat, donde tomaban un pastis de elevada graduación alcohólica, las peleas y los gritos eran frecuentes, pero al día siguiente me saludaban como si nada hubiera pasado. El misterioso personaje del quinto, un hombre de unos cincuenta años que salía todos los días de su apartamento al anochecer elegantemente vestido y no regresaba hasta el amanecer. La señora Ducroix, adivina, echadora de cartas y santera, que vivía con su hija, estudiante de derecho en la Sorbona, y su indescifrable hermano, que solía pasear por las cercanías de la Rue des Tournelles disfrazado de los más variopintos uniformes. En el segundo piso residía el matrimonio Ricard, capaces de espiar y acechar a todo aquel que movía por el edificio, la señora Ducroix me contó en una ocasión que era frecuente oír restallar un látigo en su apartamento, acompañado de las exclamaciones extasiadas de un flagelado Louis Ricard, y cuya obscenidad la atormentaba. Y finalmente Ernestine, una altiva y despreciativa viuda que paseaba como si la moda no hubiera cambiado en veinte años, y que únicamente hablaba con Helmut, su insociable terrier

Hacía un año que vivía allí, era el veinte de noviembre de 1975. De España había salido como un proscrito, casi creyéndome mi propia historia de refugiado político.

Ana Noguera me pidió una salida, me dijo que no aguantaba más, quería acabar con su marido, con su matrimonio, vivir una nueva vida conmigo. Todo pareció revivir cuando ya estaba muerto, sólo fue un instante. Hablar con los amigos de Alfredo era todo lo que tenía que hacer, sin embargo no tuve arrestos, aunque probablemente no fuera cobardía, sino hastío, un cansancio infinito y culpable, la certidumbre de que todo había sido un enredo. Ni siquiera hizo falta hacerlo. Una llamada, quizá de ella, y Jorge Rivero, su marido, que salió como un loco con su Mercedes en dirección a Valencia un domingo por la noche, así de fácil, de película. Lo encontraron cerca de un embalse, con el cristal roto y la batería de coche descargada, vacío, por supuesto. Yo seguí con la comedia, era lo más seguro, un exilio indiferente, una falsa beca para estudiar en París con Serge Sebastian, y pedazos mostrencos e inservibles de mi vida que dejar atrás. Demasiadas cosas, demasiadas explicaciones.

Hablé con Ana ya en París, apenas hubo reproches, ni sorpresas, ella lamentó que no le hubiera dicho nada antes, pero ya daba todo igual. Fue un rápido intercambio de frases hechas que finiquitaban dos años de relación, un mediocre laberinto sentimental al que no lograba encontrar una salida, y que ambos habíamos dejado que agonizara hasta la consumación.

Tuve suerte de encontrar un trabajo a las pocas semanas de aterrizar en París, gracias a Jacques, con el que procuraba mantener un contacto limitado y esporádico: ayudante de bibliotecario, no estaba mal para un especialista en Topología Algebraica. Sólo unas horas, de nueve a tres ordenando volúmenes y clasificando fichas. Lo justo. Me pasaba el resto del día leyendo, escuchado la radio y los discos raspados que compraba por pocos francos. Una vida de monje, de cenobita, más o menos.

Jacques me había explicado que podía matricularme en la Sorbona si quería, probar con otra área de las matemáticas, o con la filosofía, pero el mundo académico me parecía ya algo lejano, perdido, un fardo más que cargar a la espalda. Me empezó a gustar mi nueva condición, un observador, un respirador, alguien anónimo y apenas perceptible, pronto comenzaría a mimetizarme con mis vecinos del edificio de la Rue des Tournelles.

Como Sigfrido Robledo, alguien que también transitaba por los márgenes de la vida.

Hacía cuatro meses que había conocido a Robledo, otro español como yo, otro “exiliado”. Normalmente pintaba, o copiaba, pero Sigfrido Robledo normalmente hacía bastantes más cosas aparte de pintar, le conocí en una de las reuniones de Jacques, la última, dos descreídos en una congregación de puritanos de la izquierda. Comenzamos a frecuentar juntos el Saint-Just, un pequeño local en Le Marais.

Había pensado celebrar con Sigfrido Robledo la muerte del dictador, aunque a ambos la política nos acababa importando un pimiento después de unos minutos. Pero me encontré sólo aquella noche viendo por televisión a un patético Arias Navarro malamente traducido por un locutor francés. Robledo estaba ilocalizable desde hacía días, y era perfectamente posible que ni siquiera se hubiera enterado de la muerte de Franco.

El benjamín de Veuve Clicquot estaba empezando a hacerme efecto, sólo me quedaba algo de marihuana, así que me lié un primoroso canuto y decidí ojear un ladrillo que había comprado semanas antes en los Quais, “From Frege to Gödel. A Source Book in Mathematical Logic”. Constance y Lucile ofrecían su habitual e intermitente repertorio de peleas, discusiones y reproches estimulados por el pastis de alta graduación, y probablemente ilegal, que consumían, sin embrago no me molestaban, acompañaban en cierta medida esos días de aislamiento, olvido forzoso, llamadas no atendidas e imágenes escupidas por un televisor.

Con la conciencia algo nublada arrojé el cenicero Cinzano que tenía en el brazo del sillón contra el televisor, pero acabó rebotando contra la caja de plástico que lo aguantaba dejando intacta a la delgada calavera del general en su último acto. Me di cuenta en ese momento de que alguien estaba tocando insistentemente la puerta, me llamaban por mi nombre. Era Sigfrido Robledo.

Algo aturdido fui a abrir y me encontré en el umbral de la puerta a Robledo acompañado de un hombre de pelo cenizo, casi dos metros de altura y una especie de bolsa de viaje o de deporte en la mano. Entre ambos había una enorme y vieja maleta de color verde, como de travesía transatlántica, atada con cinta aislante negra para asegurar su cierre.

-¡Joder Morelli! ¿No estarías durmiendo? –me espetó Robledo-. ¿No te asustan tus vecinas? Hoy creo que se matan…

-He intentado encontrarte, Robledo, ¿dónde estabas?

-Ah, por ahí… arreglado unos asuntos en el metro.

-Ha muerto Franco –anuncié.

-¿Franco?

-Franco sí, lo han exprimido como una naranja hasta que no ha dado más de sí.

-¡Coño Franco! Parecía que no iba a morir… Habrá que celebrarlo, ¿no? –dijo Robledo.

-Yo lo acabo de hacer, estaba ya medio trompa.

-Pues despierta Morelli, nos vamos.

-¿Qué nos vamos? –pregunté sorprendido.

-¿Conoces a Trosvan?

-No.

-Este es Torsvan Maruth, sueco residente en París, habla siete idiomas, aparte de eso no sé qué más hace… Víctor Morelli, español exiliado, por cierto Morelli ¿somos ahora exiliados políticos?

-No lo sé… ¿Qué tal Torsvan? –pregunté en español.

-Estupendo –me respondió Torsvan más serio que un palo.

-Torsvan y yo vamos a una pequeña reunión duchampiana –aclaró Robledo-, hemos pensado que podrías acompañarnos.

-Quizá habría que decir… patafísica –corrigió Torsvan

-¿Una reunión qué? –pregunté confuso.

-No importa. Será divertido. Hay una reunión de Ilustre Colegio Oculto y Herético, y nos han invitado… Pero antes tienes que ayudarnos a deshacernos de una cosa –dijo Robledo mirando el enorme maletón.

-¿Qué hay ahí?

-No sabes lo que nos ha costado subir hasta aquí con… esto. Tu ascensor es una mierda –aseguró Robledo

-Podíais haberlo dejado bajo.

Robledo y Torvan se miraron y sonrieron.

-No creo que hubiese sido una buena idea –dijo Torsvan-. Toma.

Torsvan me tendió la bolsa de deporte. Era una bolsa azul de cuero marca Adidas, gastada por el uso, y con un compartimento para meter una raqueta de tenis; era pesada e hizo un ruido metálico, como si contuviera herramientas.

-¿Es la bolsa de las herramientas? –ironicé.

-Tú calla. Torsvan y yo nos encargaremos del trabajo pesado… ¿Listo Torsvan?

Yo abría camino con la bolsa de deporte, tras de mi Robledo y Torsvan cargaban con la maleta trasportándola como si fuera un cajón. La maleta tenía un asa, pero no perecía muy seguro agarrarla por ahí, estaba repleta y el contenido combaba completamente los laterales. Robledo y Torvan ofrecían una estampa grotesca, Robledo no debía de medir mucho más de metro setenta, Torsvan en cambio era un vikingo barbado y robusto de casi dos metros, y no lograban equilibrar la maleta por las escaleras. Robledo, bajando de espaldas, la sostenía con esfuerzo a la altura de su cabeza, Torsvan por la cintura, alargando los brazos todo lo que podía e intentando mantener el equilibrio y no caerse sobre Robledo. Constance y Lucile  seguían con la trifulca, ajenas al extraño cortejo.

Sólo se oía el sonido de los pasos bajando con dificultad por una escalera desierta, y poblada por ojos acechantes y curiosos pegados a las mirillas, los resoplidos de Robledo y las imprecaciones calladas de Torsvan.

-Lleva tú la bolsa y déjame a mí Robledo, os vais a caer –dije.

-Que no, que no… Torsvan bájala un poco que me la como… no tanto…cuidado.

-Me voy a caer Robledo… espera, espera, no bajes más que me caigo.

-¡Joder!

Skitstövel!

-¿Qué ha dicho?

-Insultarme… supongo.

Con dificultad llegamos lentamente al tercer piso, allí logré ver la puerta de la señora Ducruoix entreabierta, y a alguien vestido con un mono azul atisbando por la estrecha franja, el críptico hermano de la Ducroix sin duda, que observaba sin decir nada.

-Para, para, Torsvan ya no puedo más –dijo Robledo.

-Hay que cambiar las posiciones, yo soy más alto.

-Pero, ¿qué lleváis en esa maleta? –pregunté.

-Basura –contestó al instante Torsvan.

-Eso… basura. Hay que tirarla… Iremos al Pont de Sully y la arrojaremos al Sena. Sólo será un momento –dijo Robledo.

-¡Al Sena! –exclamé sorprendido.

-¡Calla Morelli! Oigo algo.

En el silencio de la noche un gemido ahogado se delataba, nada de extraño tendría si no hubiera ido acompañado por el claro y perceptible restallido de… ¿un látigo?, ¿una fusta?

Robledo y Torsvan se miraron:

-¿En qué lugar vives, Morelli? –me preguntó Robledo.

(…)
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Acta Fundacional de la Sociedad L.H.O.O.Q.

Acta Fundacional de la Sociedad L.H.O.O.Q.

Reunidos en la ciudad de Nueva Magnesia, el día ocho de marzo de 2011, los miembros de la autoproclamada Asamblea de Notables de la Sociedad L.H.O.O.Q. acuerdan lo siguiente:

1. Anunciar al viento la existencia de la Sociedad L.H.O.O.Q., quedando así constituida de manera formal e inmediata. La cual tendrá, de acuerdo con los Estatutos aún por redactar, el carácter de sociedad secreta  de libre asociación, quedando sus miembros obligados a guardar silencio absoluto cuando sean preguntados y divulgar la existencia de la Sociedad en cualquier otro momento.

2. Los Notables de la Sociedad L.H.O.O.Q. consideran que el cuerpo de normas y procedimientos contenidos en los citados Estatutos de la Sociedad son suficientes para garantizar el adecuado funcionamiento de la misma, así como para alcanzar los objetivos que, de manera irrenunciable, se detallarán en los mismos. Estos Estatutos deberán de tener un carácter contradictorio, siendo imprescindible que el cuerpo de normas y preceptos se anulen unos a otros y sean de imposible interpretación, así como de recuperación mnemotécnica.

3. La Sociedad L.H.O.O.Q. no tiene ningún fin, es más, los miembros de la Asamblea de Notables no saben para qué han proclamado su existencia (a los cuatro vientos), como no sea la intención de hacer patente y público el deseo de sus miembros de que se les considere emboscados secretos del placer y la locura. Somos epicúreos. Somos iconoclastas. Somos antiautoritarios. ¡HA HA! Nos regodeamos en la contradicción, y sabemos apreciar el placer de los conocimientos inútiles e innecesarios. Amamos la excepción y la singularidad,  lo efímero, lo transitorio y el azar. Despreciamos la velocidad, el ruido, el fárrago incesante del devenir encasillado y predecible.

4. Se acuerda por unanimidad, al margen de que esta cuestión pueda ser tratada en profundidad en los Estatutos, establecer la única y necesaria condición para el ingreso de nuevos miembros. Ésta no es otra que la libre decisión de los mismos. Y nos quedamos tan anchos. Entronizamos la contradicción como eje axial de nuestra sociedad.

5. Sin embargo se deja para la futura redacción de los citados Estatutos, la creación de historiadas y extravagantes ceremonias de iniciación y el establecimiento de grados rimbombantes, que se multiplicaran ad infinitum. Éstos deben de llevar impreso en su imposible significado el sesgo del humor, la astracanada, el despropósito, el disparate y la pretenciosidad.

6. Cada miembro de la Sociedad L.H.O.O.Q. podrá entrar y salir de la misma a su arbitrio y beneficio, celebrar tenidas secretas o púbicas e incluso conspirar contra la misma. Creemos que sólo este afán por la paradoja y la imposibilidad podrá lograr que la Sociedad se perpetúe por los siglos de los siglos. ¡HA HA!

7. Por último, la Asamblea de Notables de la Sociedad Epicúrea decide de manera irrevocable su disolución y consumación de harakiri público, pasando sus miembros a ser numerarios de la Sociedad L.H.O.O.Q. y renunciado, por tanto, a las funciones gestoras de la misma que han venido ejerciendo hasta la constitución de la Sociedad.

Cuenta San Jerónimo que Tito Lucrecio enloqueció al beber un filtro de amor y acabó suicidándose, también dice que en los breves momentos de lucidez que le dejaba su locura, logró escribir su poema De rerum natura donde quedó consignado el pensamiento de su maestro Epicuro.

Nosotros, aquellos que cansados y hastiados de un mundo que se obstina en despreciar el placer y el gozo intelectual, y que deambula perdido en busca de una felicidad falsa e inalcanzable, henchido de vanidad, estupidez e ignorancia; proclamamos libremente la firme decisión de constituir una Sociedad que asegure la consecución del placer y la felicidad en el aquí y el ahora.

 

Y sin más asuntos que tratar levantamos la sesión. Cosa que hacemos entre vítores, jarana, jolgorios y batir de palmas. Descorchamos varias botellas de vino y espumosos, y comenzamos con gran tiento un jamón pata negra que uno de nosotros ha traído quién sabe cómo y de dónde, y del cual damos cumplida cuenta sin más demora.

8 de marzo de 2011. Ciudad de Nueva Magnesia

 
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