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Archive for 5 febrero 2011

La Caja Verde (Valencia-Cadaqués)

La Caja Verde. Parte IV El Último Tanatoide (fragmento). Carlos Sebastián (o Torsvan Maruth)

Valencia, República Unitaria y Federativa Española (RUFE) Septiembre 2001

Calle Matías Perelló. Chinatown.

En el apartamento de Silvia Machancoses se vive una animada polémica entre tres vivos y un zombi.

-Porque no se puede ir así como así –intenta explicar Silvia a Alain Grolek por enésima vez-, no podemos subirnos en un coche y plantarnos en Cadaqués como si fuéramos de vacaciones, o como si hubiéramos decidido pasar un puto fin de semana allí.

-Hace treinta años el lugar era bastante tranquilo –replica Grolek

-Hace treinta años ningún grupo separatista neodadá ampurdanés se había declarado independiente… Figueres es una ciudad tomada por la policía, y en Cadaqués lanchas artilladas de la autoridad aeroportuaria patrullan la costa en busca de activistas. Por si fuera poco los grupos neodadá han incrementado su ofensiva… están locos, hace unos meses secuestraron al alcalde oficialista de Figueres frente a las narices de la policía, todo el mundo creyó que había sido asesinado pero apareció a los tres días desnudo y sodomizado reiteradas veces en el Cabo de Creus, completamente loco y al borde de la hipotermia, y con un manifiesto colgado al cuello, algo así colmo “Por una Revolución Inmovilista”, o alguna sandez semejante. Hacen falta papeles, permisos de entrada y de salida, pases de prensa o documentación de observador internacional… hace falta ser alguien burocráticamente importante para poder entrar allí, y aún así los movimientos están muy restringidos

-Pero podemos ir allí… de alguna forma, ¿verdad? –insiste Grolek-. En fin… no nos falta dinero.

-Sobre la pertenencia del dinero creí que la cuestión había quedado clara –contesta Silvia sin atisbo de ironía-. Sí… podemos ir, claro que podemos ir… pero a mi modo. Yo marco las reglas.

-Eeeeh Silvia –interviene Mojo-, no pretenderás… entiéndeme no es una cuestión en la que me quiera entrometer, ya sabes, pero, en fin… aquello es territorio comanche, ¿no crees que puede ser algo… imprudente ir allí a tu modo? No quiero que me malinterpretes, ni que creas que… pero velo por nuestra seguridad… por la de todos, incluso por la de Alain.

-Tú, Mojo, no tienes nada que temer –contesta Silvia señalándole con el índice-. Natalia y tú os quedáis en Valencia. Y punto.

-¡Y una mierda! –protesta Natalia.

-No se hable más Natalia. Mojo y tú os quedáis aquí.

-Pues no se hable más –dice Mojo levantando las manos

-¡Pero Mojo! ¡Creía que tú también querías ir! –le recrimina Natalia

-Natalia… no sé si las reglas de Silvia me gustan.

-Os necesito aquí Mojo, Sigfrido Robledo puede aparecer en cualquier momento… además, no me voy a llevar la Caja Verde en el coche.

-¡Puta Caja! –exclama Mojo-. ¿Y si vienen a por ella? ¿Y si quieren el dinero?

En el apartamento de Silvia parpadea un televisor ausente, Grolek lo mira furtivamente todavía bajo los efectos del régimen de sobredosis audiovisual, asiste algo aburrido a la singular discusión procedimental en la se han enzarzado Silvia, Mojo y Natalia. Un insecto revolotea por la habitación, un moscardón centrífugo y persistente que no logra encontrar la salida, aunque parece tener un propósito claro, una obstinación incomprensible. Por la ventana la luz sangrante de un atardecer agónico se desparrama por la habitación arrancando sombras y anamorfosis que Grolek se esfuerza por recomponer girando la cabeza…  Parece como si nada hubiera cambiado, como si todo siguiera igual. Los recuerdos casi logran apelotonarse, confundidos, como componiendo una serie onírica prescindible y banal. Saberse habitando una identidad ajena, sí es cierto, recuerda haber tenido esa sensación, cuando en California creía haber vivido en permanente fuga, sentado en su Ford Mustang conduciendo a toda velocidad, o cuando volaba perdido en Ácido. Grolek había comenzado a sentirse en sí mismo cuando volvió a percibir esa sensación de alteridad. Volver a la vida había significado salir de ella, había sido necesario vaciarse para reconocerse en el espejo.

Sus tres extraños anfitriones siguen discutiendo, definitivamente va a ser Silvia quien le va a acompañar en solitario en lo que comienza a parecerse a una misión especial. Pero Grolek todavía no sabe por qué ha insistido en regresar a Cadaqués. Fue lo primero que se le ocurrió cuando visionó esa película, ir a la Casa del Islote, allí encontraría las respuestas. Lo recordó todo, pero fue incapaz de reconocerse. Treinta años. Treinta años que habían desaparecido, se habían esfumado llevándose de paso su identidad, ni siquiera sabía cómo iba a encontrar todo aquello. Moox había llegado, como siempre, lleno de grandes ideas, un mundo nuevo, fronteras de la mente por descubrir, y precisamente el PSY-18 era la llave. Era la primera vez que visitaba el refugio de Floyd y estaba fascinado. Floyd le explicó –recordaba- que había procurado que su refugio se pareciera lo más posible a la mansión Playboy, que sólo faltaban las conejitas, y lo decía con ese aire fatuo y pedante que tenía Floyd, mientras miraba de reojo a Eleonor Hamilton.

Apelotonados, atravesándose unos a otros, componiendo un extraño hojaldre de memoria, así se le aparecían todos confundiéndose con lo que veía en la televisión, o con sus anfitriones. Natalia, por ejemplo, ¿no le recordaba a Kristine, la pequeña que jugaba ajena a todo en la estación de Frankfurt cuando vio a su padre por última vez? No se parecía en nada a ella, al menos eso creía, aunque tenía cierto aire, sobre todo cuando no sabía que la observaba, pero ese recuerdo fosilizado se había abierto camino gracias a ella como si fuera una médium dejando en medio lagunas siniestras. Silvia, en cambio, era menuda, nerviosa, en ocasiones casi osca, intentaba siempre disimular cierta inseguridad, fragmentos de sí mismo que creía ver en ella. Silvia había cambiado de opinión respecto a lo de Cadaqués de forma imprevista, le esperaba un viaje entretenido. En cuanto a Mojo, era desconcertante su presencia en aquel trío, y sin embargo parecía dotarlo de cierto extraño equilibrio.

Alain Grolek se decide a abrir uno de los ventanales, el más amplio que encuentra en la habitación. Una ráfaga de viento barre la estancia.

-¿Qué hace? –pregunta Silvia.

Dos, tres topetazos contra la pared y la ventana, y por fin el moscardón encuentra la salida. Grolek mira al singular trío como si la salida del moscardón hubiese sido el argumento definitivo y determinante de un razonamiento, la demostración evidente de que la errática trayectoria de su vuelo no tenía otro objetivo. La discusión parece haber terminado.

-Bien. No se hable más –concluye Silvia-. Yo me voy y vosotros os quedáis aquí.

Silvia se dirige a un armario contiguo y utilizando un manojo de llaves abre una de sus puertas. Con esfuerzo saca de allí una pesada y enorme maleta de acero que deja sobre el suelo.

-¡Oh, vamos Silvia! –dice Mojo al verla- ¿No pretenderás…?

La maleta es una Protector con cierres de doble acción, válvula de sellado, doble combinación y acolchado de protección, tras teclear la combinación dos veces con destreza y rapidez Silvia sopesa con profesionalidad todo un arsenal de mano. Sin dudarlo elige en primer lugar la Glock 18 automática, segura, compacta y determinante, ideal para resolver cualquier contratiempo; la pequeña Beretta Cougar, fácil de esconder y ligera; y por si hubiera algún problema serio se decanta en último lugar por la joya de la colección, un subfusil compacto MP5K.

-¡Joder Silvia, estás loca!

-Sólo estoy tomando precauciones Mojo, no tengo intención de usar nada.

-Silvia es miembro de la Asociación Nacional del Rifle, ¿sabe? –ironiza Mojo dirigiéndose a Grolek-. Tiene una fotografía dedicada de Charlton Heston que guarda en un escapulario. También es un poco paranoica, pero ya se acostumbrará.

-Es el Ampurdán, ¿recuerdas Mojo? Territorio comanche –replica decidida Silvia

-Ya sé que es territorio comanche, mierda, pero qué vas a hacer si te registran el coche, ¿armar una balacera del carajo? Seguro que piensan que pasas armas de contrabando a los insurgentes, o que eres un agente secreto de la policía en busca de insurgentes. ¡Joder! Te metes en la boca del lobo y vas armada hasta los dientes.

-¿Todavía quiere ir a Cadaqués? –pregunta Silvia a Grolek

-Sí… supongo que sí. Aunque no creo que sea para tanto, ¿o sí?

-¡Qué va a saber! Hace treinta años que está en el limbo, no sabe cómo esta aquello ahora.

-Yo no sé usar un arma –contesta Grolek

-No pienso dejar que use nada de esto. Ya le he dicho que si vamos allí es a mi modo… es sólo protección. No quiero tener problemas.

-No, no los vas a tener. Tú eres el problema Silvia.

-¡Mojo cállate! –grita Silvia mientras cierra la maleta de acero.

-Podrías dejarme algún trasto de esos, ¿no? –pregunta Mojo señalando la maleta- Ya que voy a quedarme aquí con la Caja Verde puede que también necesite protección.

-Lo último que haría en mi vida sería dejarte un arma… además tú tienes tus raquetas.

-¡Ah, fantástico!

-Escucha Mojo… escucha de una puta vez. Vas a esconder esa Caja en alguno de los huecos especiales, sólo eso. Puedes elegir el de la Calle Maestro Clavé o el que hay en la Calle de la Nave, los dos son seguros. La dejas allí y te olvidas de ella. Nada más. Luego sólo tienes que ponerte a ver tus películas porno…

-Perdona, pero son especiales de Playboy. Es arte, no es porno

-Lo que sea… Te quedas aquí y esperas tranquilamente a que Sigfrido Robledo aparezca, si es que aparece.

-¿Y si no aparece sólo?

-¿Qué quieres decir?

-Bueno… y si aparecen los dueños de la Caja

-Heywood Floyd es el dueño de la Caja –interviene Grolek-, y Floyd me busca a mí, sabe que regresaré a Cadaqués.

-¡Más zombis! –se desespera Mojo

-No tiene por qué ocurrir nada.

-¿Y el dinero? –pregunta Mojo

-El dinero se queda en la Caja… yo me llevo lo necesario. Tú no sabes nada de ninguna Caja, y mucho menos de su contenido. Si aparece Robledo sólo tienes que llamarme.

-¿Qué hay en esa casa Silvia? –pregunta asustada Natalia- ¿por qué quieres ir?

(…)

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