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Archive for 29 enero 2011

La Caja Verde (Intro)

El comienzo, el principo… y de aquí, como en un alud, hacia abajo…

 

La Caja Verde. Prefacio (fragmento). Carles Sebastián (o Torsvan Maruth)

“Decir de Alain Grolek que fue un genio, es sin duda una obviedad que apenas esclarece nada; acusarle de traición es una ociosa afirmación cargada de matices; y asegurar que era una persona extravagante y excesiva, es una certidumbre que oculta su verdadera condición. Lo único cierto es que, a estas alturas, ni el genio, ni la traición, ni la extravagancia, logran acotar una personalidad que se desvanece entre las manos, como decidió desvanecerse él mismo un día de febrero de 1975, en la habitación 214 del Hotel Mercure de París vaciando un frasco de barbitúricos.”

(Torsvan Maruth. “Grolek. La Dimensión Imaginaria”. Ed. Hippomenes Sequens, 1998)

Alain Grolek conoció a su padre el día que cumplió doce años. Se presentó en su casa de Estrasburgo sin avisar, diciendo que sólo quería hablar un rato con el chico, saber cómo era,  y que luego se marcharía. De mala gana su madre y su abuelo accedieron.

Años antes, cuando Alain empezó a preguntar, le dijeron que su padre desapareció en la Gran Guerra y que nada se supo de él, en parte era cierto, su mujer, Florence, sólo recibió una escueta respuesta de su marido tras comunicarle que estaba embarazada, en febrero de 1916. Estaba fechada en Holanda, y escrita en un lacónico y torpe francés, en ella, Fritz Grolek, le hacía saber que no pensaba volver a Estrasburgo tras la guerra, y que había decidido instalarse en Alemania. También le decía que cuando encontrara trabajo la enviaría a buscar. Pero Florence supo que aquello era una despedida definitiva, y que su marido alemán jamás volvería con ella. Fritz Grolek había decidido volver a su ciudad natal, Frankfurt, allí se instaló de forma definitiva cuando Alsacia volvió a manos francesas tras el armisticio de 1918.

Mientras le ponía el abrigo, su madre le dijo que el hombre que le esperaba en el portal era su padre, que había venido a verle, pero que regresaría a Alemania, también le dijo que se comportara decentemente y que contestara a todas sus preguntas. Su abuelo no dejó de musitar improperios y pasear por la casa mientras se asomaba intermitentemente por la ventana. Era el 17 de octubre de 1928.

Sentados en un banco, frente al canal, y sin saber qué decirse, su padre le preguntó qué pensaba hacer en la vida, Alain le dijo que quería estudiar matemáticas en París. Dieron un paseo por el centro, casi en silencio, y su padre le contó que era médico, que había abierto una consulta en Frankfurt, pero que últimamente las cosas no iban muy bien en Alemania, “aunque quizá pronto mejoren”, le dijo. Cuando regresaron a la casa de su abuelo le dio una dirección anotada en un papel, era su domicilio en Frankfurt, le dijo que si necesitaba algo podía encontrarle allí, le dio la mano y se despidió, Alain no dijo nada. Tampoco su madre le dijo nada en todo el día, Alain ya era lo suficientemente mayor para entender.

Sólo vería a su padre una vez más, al terminar la Segunda Guerra Mundial, en agosto de 1945.

A Alain Grolek le había dado por pensar en todo esto al poco de recibir los primeros anónimos amenazantes a finales del mes de abril de 1973, cuando trabajaba en un exilio voluntario en la Universidad de Perpiñán, a solo un paso del refugio de Heywood Floyd en Cadaqués. Al principio no les dio demasiada importancia, supuso que sería algún estudiante, o peor aún, algún exaltado político, aunque lo más normal es que fuera ambas cosas. Sin embargo en los últimos anónimos -¿cuándo habían comenzado?, ¿la primera semana de febrero?-, se hacía referencia directa a su pasado, a su padre, y Alain Grolek había sido siempre muy parco en relación al mismo.

Su biografía era un claroscuro que enemigos y seguidores se habían encargado de ensuciar o embellecer sin que él se hubiera preocupado lo más mínimo por hacer nada. Sus fulgurantes años como estudiante en la Escuela Normal Superior en París, sus influyentes artículos de aquella época, el penoso estigma de los años pasados en Jena durante la guerra, los escándalos en París y California, las revoluciones de pensamiento que él había transformado y derribado después…  Adversarios y acólitos se echaban a la cara los fragmentos de su vida que él había renunciado a aclarar. Ahí estaban los hechos y sus escritos, los rumores y habladurías, las verdades y las mentiras.

Sólo había un aspecto de su vida que voluntariamente había querido desterrar, callar e incluso omitir. Su padre.

Le amenazaban con “liquidarle”, sin más, esas eran las palabras textuales. Pero esas últimas cartas ya no resultaban tan burdas, el anónimo autor había querido jugar con él, asustarle incluso, era alguien que le conocía, hacía referencia a su pasado y le pedía que hiciera memoria e intentara averiguar quién era. Y había conseguido asustarle, aunque fuera de manera inadvertida y azarosa, esas últimas notas anónimas habían logrado despertar lo que más odiaba.

Años después de aquella primera entrevista con su desconocido padre en Estrasburgo, Alain Grolek volvió a encontrarse con él en condiciones muy distintas, fue la última vez que le vio, y su recuerdo iría unido a ese primero como el envés de una hoja, o como el regusto amargo de un destilado que el tiempo ha precipitado, algo que siempre supo suyo a pesar de todo.

Alain Grolek había abandonado Jena en un exilio forzoso con destino hacia cualquier lugar al oeste ante la avalancha del Ejército Rojo. Durante toda su estancia en Alemania no había querido visitar el domicilio paterno en Frankfurt, ni siquiera le había escrito comunicándole que se encontraba en Alemania, pero aquella vez, vagando por trenes y carreteras por una Alemania fantasmal y reducida a escombros, se decidió a hacerlo.

No había nadie, la casa se encontraba vacía, y asombrosamente estaba todavía en pie, aunque su aspecto era deprimente. No había puertas, ni ventanas, ni muebles. Ni siquiera los fantasmas habían decidido quedarse, ni el tiempo, ni los recuerdos.

La Estación Central de Frankfurt estaba atestada de gente, tropas americanas la ocupaban, era un día de principios de agosto, el Tercer Reich había dejado de existir, era ya historia, cenizas, como las que cubrían la mayor  parte de la cuidad. Parecía como si un abismo de tiempo se hubiera abierto en apenas unas semanas, era el tiempo que separaba los discursos de Goebbels que martilleaba la radio de la música de swing y el aroma de los chicles Chew que traían los americanos.

Por la estación deambulaba gente cargada con absurdos y enormes fardos que protegían como si fueran un tesoro arduamente conseguido, yendo de aquí para ya, confusa, sucia, fiando su  futuro en los papeles y documentos que sostenían en la mano, y que quizá no sirvieran para nada.

El viejo estaba en un banco, le vio de casualidad, y ya estaba mirándole cuando Grolek reparó en él, le saludó con la cabeza. Nada hacía recordar al hombre que se presentó en Estrasburgo un día de octubre de 1928 con su elegante traje oscuro y su bigote bien cuidado. No estaba solo, una mujer y una niña de unos diez años le acompañaban. Alain se acercó y le saludó. El viejo sonrió, una poblada y sucia barba cubría su rostro, le contestó en francés. Le dijo que sabía que había estado en Alemania pero que no le reprochaba nada, le presentó a Magda, su mujer, y a Kristin, su hija. Magda tendría alrededor de treinta años pero aparentaba muchos más, parecía mirarle como si estuviera a miles de kilómetros de distancia, muda y ausente, llevaba un abrigo caro –inusual en verano- manchado y sucio, se había roto los tacones de los zapatos, sostenía un enorme bolso cargado y estaba sentada en el banco de madera con esa dejadez propia de quien ha vivido, en sólo unos años, toda una vida terminada en derrota. La pequeña estaba entretenida jugando en el suelo con un tablero cartón y cuatro piezas de ajedrez: dos caballos y dos peones negros; susurraba palabras en alemán mientras escenificaba en los escaques curiosas coreografías que sólo ella era capaz de entender, ajena a todo el caos que se sucedía a su alrededor. Alain la miró un momento, ella sonrió y siguió jugando.

-Me marcho a Estrasburgo –dijo Alain

-Nosotros también nos marchamos –contestó su padre-. Todavía no sabemos dónde, pero… no creo que nos volvamos a ver… Ha sido una suerte que nos hayamos encontrado, ¿no crees? Es el destino… ¿Cuántos años tienes ya Alain?

-Veintinueve.

-Veintinueve… Cómo pasa el tiempo, ¿verdad?

No sabía qué decirle, estaba ahí, de pie, viendo a un viejo sucio y apenas indistinguible de todos esos espectros que vagaban por la estación. Sintió que su padre tenía vergüenza, que estaba invadido por esa vergüenza insuperable y terrible que solo un padre puede sentir ante su hijo. Alain quiso marcharse, salir corriendo.

-Alain…  –volvió a decir el viejo- quiero que sepas que siento todo lo que te he hecho… que yo…

-Ya lo olvidé todo

-No… todavía no sabes nada… algún día…Déjalo –el viejo apartó la mirada

-¿Hay algo que deba saber?

-No… ya lo sabrás en su momento.

Le tendió la mano como aquella vez en Estrasburgo y se despidieron. La niña seguía jugando con ese ajedrez mutilado, Magda, su mujer, veía todo aquel trasiego caótico de la estación desde muy lejos, y Fritz Grolek volvió a sumergirse en  la lectura de un astroso volumen. Alain nunca supo qué fue de su padre, aunque su sombra planearía sobre él como un fantasma. Quizá siempre lo fue.

(…)

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La Caja Verde (Valencia)

La Caja Verde. Parte III El Carrusel (fragmento). Carlos Sebastián (o Torsvan Maruth)

Valencia, República Unitaria y Federativa Española (RUFE) Septiembre 2001

(…)

Línea 4 del Metro. Noche del sábado al domingo.

Abimael y Rigel surgen por las escaleras vistiendo largas túnicas inmaculadas cuyo tejido, como de raso o algo similar, brilla a la luz de los reflectores del túnel. Les precede uno de los fieles con la recién estrenada imagen de la Virgen del Metro en un cuadro: una figura lánguida y pálida de largo traje negro y mallas, y actitud suplicante que se eleva sobre un vagón de metro, el conjunto emite rayos y emanaciones DESTELLANTES, igual que el halo de la luna llena que parece adivinarse detrás. Les siguen y aclaman los acólitos: un potaje abigarrado de emos, góticos, siniestros, confundidos fieles clásicos y algún neo romántico desclasado. No son tantos como esperaban los organizadores de la peregrinación mariana, pero sí los suficientes como para componer un sensacional cuadro para las cámaras de televisión. Se oyen cánticos y salves de ritmos sincopados, y la escena, que lleva al cortejo a uno de los vagones engalanado con gasas blancas y negras, es contemplada con perplejidad por curiosos, transeúntes y hordas de hipsters high tech y groupies que esperan su turno para acercarse a alguno de los locales de moda que hay hacia el final de la línea 4.

Antes de subir al tren una joven pálida, que parece haber salido de una secta de depresivos gothic metal, arrebatada por una inesperada revelación pide a Abimael que imponga sus manos sobre su cabeza y la lleve consigo, cosa a la que éste accede si ningún problema. El cortejo abandona la estación en el vagón engalanado a ritmo de una versión del Salve Regina con arreglos dark ambient muy a gusto de la mayoría de los acólitos que se dirigen hacia el túnel del Camino de Vera.

Lucía Rolan y Álvaro Bioy contemplan la escena en silencio, sentados en las escaleras del andén, con curiosidad, pero también con el desapego de quienes tienen a sus espaldas demasiadas horas de vuelo en la televisión.

-Tiene cierta mitología todo esto de lo subterráneo –dice Bioy cuando el vagón ha partido.

-¿Te dedicas ahora a la iconografía?

-No… Sin embargo el subterráneo, la caverna, siempre ha sido un lugar propicio para las revelaciones… es el fondo dónde se proyectan los arquetipos, pero también el punto de partida que lleva a la iluminación. Todos acabamos volviendo a la caverna. También son lugares que conectan con el origen… los pasajes hacía el centro de la Tierra. El Principio de los Tiempos… En fin, la memoria perdida. El subconsciente. Nuestros antepasados se pasaban el tiempo haciendo grafitis en cavernas.

-Yo llevo varios días bajando a la caverna del metro y no he hecho más que encontrarme con sorpresas desagradables.

-Debería haberte acompañado aquella noche… pero no quisiste.

-¿La noche que desapareció mi padre?… Creía que querías acostarte conmigo… no te lo tomes a mal Bioy, pero preferí perderte de vista.

-A veces soy demasiado impulsivo –reconoce Bioy-, me dejo llevar cuando se trata del CUBO… Pero podría haber reconocido a esa mujer.

-¿Una Schwarz pata negra tal vez?

-Puede… quién sabe. Dime una cosa… ¿qué hacía tu  padre en México?

-Hacía negocios

-Ya.

-No lo sé –continúa Lucía-, realmente no lo sé. Andaba metido en sus cosas, lo de siempre… se escondía de la policía federal y del proceso abierto en España. Desde su huída sabía poco de él, hasta hace unos meses. Entones empezó a contactar conmigo de forma inesperada, era algo arriesgado, la policía le buscaba y sabían dónde vivía yo y a qué me dedicaba, pero tenía sus recursos. Me contaba cosas, me hablaba de su nueva casa en Ensenada, en Baja California, y de esa Manuela…

-Preparaba el terreno para su vuelta.

-Tal vez pero si lo hizo no me di cuenta. Luego me mandó por correo certificado las semillas de marihuana transgénicas… eso ya era más normal, era lo suyo.

-¿Sabes? Clarisa Schwarz, la ex de William Arensberg, vivió un tiempo en Ensenada, cuando era pequeña y su madre todavía se veía con ambos Schwarz… ¿Te dijo si la casa era nueva?

-Oh, vamos Bioy, no lo saques todo de quicio… Se la compró a un americano, según me dijo, un escritor desconocido y borracho, algo así.

-¿Te acuerdas?… Puede ser una pista… Eh, Lucía, ¿te acuerdas?

-Torsvan… Torsvan Maruth, creo. ¿Te suena?

-No –contesta Bioy negando con la cabeza-. No sé quién es.

A pesar de que la expresión de Bioy parece sincera Lucía prefiere ocultarle que en el UBIK Roche edita novelas fantasma de diversos heterónimos de ese Maruth. No sabría cómo explicárselo, y pondría en peligro la dudosa seguridad de Krylenko.

-¿Y esa Manuela? –continúa Bioy- ¿Sabes quién es?

-No… ni siquiera me mandó una fotografía suya. Sólo esa imagen pixelada que salió en la edición del Carrusel, parecía joven… No me lo dijo pero intuí que pensaban casarse, o algo así.

-Pero apareció la mujer del andén, quizá la conoció también en Ensenada… A tu padre le gustan las mujeres pixeladas –bromea Bioy.

-A esa sí que la vi… Madura, pelo corto y flequillo en diagonal… y muy guapa.

-Y te dejó una nota en la nevera, como quien espera volver pronto… No, tu padre tenía prevista esa cita mucho tiempo atrás, posiblemente desde que se instaló en Ensenada… ¿Y no te has preguntado que México es demasiado grande como para instalarse a un paso de la frontera con Estados Unidos? Le gustaban los negocios arriesgados, ¿no?

-Imaginativos.

-Vámonos –dice Bioy mirando el reloj de pulsera-, es la hora

-Todavía no me has dicho adónde vamos

-¿Has traído la mercancía?… Les va a encantar.

 

Traspasar el portal de The White Rabbit es internarse en un pasadizo exótico bañado por las tenues luces de ambiente y la música vagamente psicodélica. El Conejo, como habitualmente se le conoce, está junto al acceso del área de servicios de METROVAL, en la desangelada estación término de Malvarrosa Beach, un lugar ya fuera del circuito de los locales de ocio de la línea 4 aunque en permanente proceso de colonización. En la puerta un conejo blanco, procaz y lascivo, marca intermitentemente la pequeña entrada  que da acceso a un oscuro pasillo. A derecha e izquierda de la tenebrosa garganta hay triclinios ocupados por parejas y solitarios que miran en distintos estados de estupefacción alquímica las imágenes que se proyectan en el techo y las paredes, caleidoscopio de secuencias cinematográficas, juegos en tres dimensiones y abismos fractales de colores.

La sala de baile es amplia, una gran olla que se hunde tras atravesar el pasadizo de triclinios y que debe incumplir cualquier normativa sobre seguridad. El ambiente está animado, decenas de personas bailan música techno, algo parecido al psytrance con toques dark y quizá hasta progressive… hipnótico, en todo caso. Del techo del al olla cuelgan telas fluorescentes, estrellas, poliedros y mandalas giratorios que emiten luces DESTELLANTES. Hay go-gos repartidas de forma estratégica en jaulas, escaleras, promontorios y plataformas, todas ellas vestidas de manera inconfundible con el uniforme del Conejo: un enorme pompón de terciopelo blanco fijado al trasero, orejas blancas puntiagudas y cubrepezones amenazantes y reflectantes… poco más. Sobre la olla psicodélica, en una urna, el Gran Gurú de los Ritmos domina el hermanamiento simbiótico de los cuerpos cimbreantes, es casi un adolescente, va vestido con una camiseta y rastas, y se aplica con concentración autista a la mesa de mezclas, cobra cinco mil dólares la sesión.

-¿Y ahora qué? –pregunta Lucía a oídos de Bioy

-¿Ahora?… Ahora déjate llevar –responde moviéndose de forma más cómica que lamentable.

-Bioy…

-¿Sabes cuánto cuesta entrar aquí?

-Me parece que no

-Una pasta –continúa Bioy-. Y nos han dejado entrar con solo pronunciar un par de nombres.

-Tus amigos

-No, no son amigos míos… pero es el tipo de personas que necesitamos… Vamos, tenemos que bajar ahí y cruzar la pista.

-Mierda

En la puerta de los servicios unisex Bioy y Lucía tienen unas palabras con un fornido vigilante que accede a acompañarles al interior. Los servicios son espectaculares, un derroche de luz, tecnología japonesa en eliminación de residuos y cubículos para colocarse y follar. Al fondo, tras doblar una esquina en la que hay sillas de spining para pasados de speed, el portero les señala una puerta corredera y se coloca frete a  ella:

-Es aquí

-¿Y bien? –pregunta Bioy

-Mi trabajo es mostrarles el camino… sobre la cuestión de dejarles pasar no hay nada estipulado en mi contrato.

Sólo la ostentación de dos billetes de cincuenta por parte de Bioy logra hacer que el vigilante se aparte de la puerta y se olvide de ambos. Lucía y Bioy transitan por una rampa descendente y enmoquetada iluminada por halógenos, al cabo de unos minutos de descenso y revueltas ya no saben a qué profundidad deben estar, han pasado por varias bifurcaciones pero en todas ellas alguien les ha indicado qué camino tomar, como si ya les esperaran, por fin uno de los corredores se termina: una puerta en la que hay representado en su frontal un gato de Schrödinger vivo, muerto y sonriente.

-Muy bien, hemos llegado –dice Bioy

-¿Dónde estamos? –pregunta Lucía desconcertada

-En la sede de ASACO, la Asamblea Secreta Anti Cubista Organizada.

-¡No me jodas!

(…)
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Búsquedas Dada

Vivimos en un mundo complejo, en la era de la representación perfecta, en lo que Debord catalogaría como Sociedad del Espectáculo Pletórica, y sin embargo las actitudes dadá se empeñan en horadar la complaciente realidad del mundo estandarizado. Un ejemplo: las búsquedas que llevan a parar a mi blog. Confieso que no ha sido un estudio exhaustivo, me he demorado unos momentos en un receso técnico que he hecho hoy en la subida a la cumbre de mi “Caja Verde”. Pero los resultados me han dejado lo suficientemente perplejo como para escribir esta pequeña entrada.

Hay verdaderos dadá escondidos en ciega maquinaria de la red, ignoro si se trata de usuarios o de la demencial estructura del los buscadores. Doy a continuación algunas de las búsquedas más interesantes, repito que sólo he consultado los últimos días… me da miedo hacer un estudio en profundidad:

Comienzo con la mejor:

“Lo estrecho que se abre en el desborde; arquitectura”. El punto y coma lo he colocado yo, pero no he podido evitarlo ante la belleza poética de la frase.

“Cambiar elástico de la duna”. Como todo el mundo sabe, las dunas del desierto tienen elásticos para sujetarlas.

“Dueñas de casa sin ropa”. Juro que esa frase no aparece en los textos que escribo.

“Sexo de las cucarachas”. Sin comentarios, hasta yo mismo me asusto.

“Policías pervertidos guapos”. Ufff, las esposas.

“Prensa colgada de bisonte”, “Tatuajes de bisontes” y muchos más bisontes, todo por citar la genial frase con la que Nabokov culmina su “Lolita”.

“Relato de una nave varada (en?) una nube de formaldehido” . Complicado vararse ahí.

“Cortina roja en cabellera”. Hay una etiqueta con el nombre de Cortina Roja, pero ¿en cabellera?

“Las mejores filmaciones con modelos porno culiando” (sic). Me estoy imaginando a Jena Jameson “culiando” y me pongo malo.

“En qué película de ciencia fi sale un hombre con traje”. ¿Alguna idea?

“Vestidos de fiesta cortos sobre una cama… sin su modelo” Hummmmmmm, puro fetichismo.

“Laboratorio Zumba” . ??

Y acabo con una que me quita el sueño, una frase recurrente que aparece día si día también sin que yo me explique el motivo. Alguien accede a mi blog gracias a esa arcana llave cuyo significado desconozco, como si fuera una clave, un mensaje que alguien intenta hacerme llegar sin que yo sea capaz de descifrarlo: “Pulsador de ascensor”. Me lo repito, “pulsador de ascensor, pulsador de ascensor…” Me voy a la cama con ese mantra sin entender nada, algo inquietante que quizá anuncie mi destino….

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La Caja Verde (Valencia)

La Caja Verde. Parte II El CUBO (fragmento). Carlos Sebastián (o Torsvan Maruth)

Valencia, República Unitaria y Federativa Española (RUFE) Septiembre 2001

(…)

Abundan las canoas, las balsas improvisadas, e incluso las piraguas, pero los fuerabordas están prohibidos, salvo los oficiales de METROVAL, la empresa concesionaria del metro. De vez en cuando se puede ver alguna zodiac al ralentí pilotada por la policía municipal. Son las dos de la madrugada y ya hay un buen ambiente en los túneles del metro, la línea 4 está completamente anegada. Por los túneles bajan barcazas sobre aguas negras anunciando locales de moda. Malvarrosa, estación término, un flujo incesante de gente se dirige allí en busca de diversión, comparten embarcaciones y reman. La música tecno de las barcazas anuncio se mezcla con los avisos de megafonía de la estación: “es obligatorio el uso de chalecos salvavidas”, “sigan las indicaciones de la policía”.

Un grupo de tres petimetres vestidos para la ocasión ocupan un bote, uno de ellos marca la cadencia de remo con una revista en la boca a modo de altavoz. Del túnel surge una canoa múltiple, como si fuera un cayuco repleto de alegres bebedores, el pasaje está compuesto por lo que parece ser el resto de una bacanal echada a perder, de la punta de un improvisado mástil cuelgan unas bragas y la tripulación está completamente exhausta. Pero al poco de aparecer la zodiac de la policía les ordena que atraquen junto al andén, ninguno de los ocupantes lleva chaleco.

En las escaleras de acceso, cerca del túnel que desemboca en el andén, se ha reunido un grupo baptista. Un predicador, vestido con chaqueta y bañador, acompaña a una joven de inmaculado vestido blanco por las escaleras, juntos se sumergen hasta la cintura y el vestido de la muchacha se hincha como un globo, una mirada furtiva se escapa, “en el nombre de Cristo yo te bautizo”, y con una mano apretándose la nariz desaparece un instante para resurgir de las aguas negras tosiendo, resoplando y bautizada.

Un hombre solo mira absorto el andén inundado, como decidiéndose a lanzarse al abismo, lleva una bolsa de plástico en la mano de la cadena DNA y un pañuelo anudado en la cabeza, el pañuelo le cubre la mandíbula y parece habérselo anudado en la coronilla. Unos técnicos con un completo equipo de espeleología hacen mediciones de profundidad y recorren el túnel en un bote neumático. Alguien señala el fondo y asegura haber visto algo moviéndose. Los curiosos toman fotografías, o filman con cámaras de bolsillo la histórica inundación, los equipos de televisión hace ya tiempo que llegaron y se fueron. El misterioso movimiento bajo las aguas resulta ser un espontaneo submarinista reprendido al instante por la zodiac de la policía. Una chica rubia baila sola sobre la máquina de refrescos del andén, apenas unos centímetros sobre el agua, desconectada de todo lo que la rodea. En el extremo opuesto del andén, sobre las escaleras, un grupo de decadentes snobs ha improvisado una terraza donde beben una botella de champagne que alguien ha traído. Uno de ellos, un hombre de aspecto mefistofélico y pelo cano, acaricia el hombro de una mujer vestida con un vestido negro, ella, sin embargo, mira al tipo de la bolsa de plástico dejando que el champagne se caliente en su mano.

La zona de desastre del intercambiador del metro en Fusta Bridge, donde confluyen las líneas 3 y 4, es toda una atracción. A pesar de la lluvia la gente se acerca a ella para intentar surcar las aguas subterráneas hasta la Malvarrosa, o simplemente para mirar. Lucía Rolan se ha abierto camino como ha podido, sorteando la muchedumbre que no deja de entrar o salir, esquivando cuerpos y cabezas que percibe como manchas pixeladas, calculando mal las distancias y topándose de vez en cuando con individuos que la miran sin perder mucho tiempo. Como si se tropezaran con alguien perdido y algo ebrio que no lograra coordinar demasiado bien los movimientos. Enfundada en un chubasquero, con sus impresionantes katiuskas, Lucía ha logrado encontrar sitio en lo alto de las escaleras que dan acceso al andén de la línea 4, junto a los baptistas que no cesan de bautizar a jóvenes inmaculados y vírgenes como si les faltara tiempo, como si la inundación del metro fuera una señal, el prolegómeno de un apocalipsis anhelado.

Sentada en un peldaño, y apoyada contra la pared, espera a que el flujo de marea que ha puesto en marcha en su interior el vodka amaine. Por momentos se encuentra mal, tiene evidentes ganas de vomitar, pero logra aguantar la sensación, respira profundamente y mira absorta todo el caos que la rodea sin entender nada.

Había sido difícil desembarazarse de Álvaro Bioy. Demasiadas copas.

«¿Qué pretendía?», se pregunta, «¿acostarse conmigo?»

Bioy se había ofrecido a llevarla a su casa en coche tras salir del Quark, ni pensarlo, pretextó la excusa de la inundación para bajar al metro y perderlo de vista. Para su sorpresa Bioy no insistió demasiado en acompañarla, pero ahora, viendo todo ese fárrago enloquecedor, se pregunta si no hubiera sido mejor aceptar su ofrecimiento, a pesar de todo.

La idea es llegar hasta el andén de la línea 3, y allí encontrar a alguien que pueda llevarla en bote hasta la estación del Jardín Botánico. El pasadizo que comunica la línea 4 con la 3 lo podría vadear con su equipo de lluvia, el agua sólo llega hasta la cintura, pero una vez allí tendrá que pagar a un balsero para que la acerque, o compartir alguna de las escasas zodiac que pone a disposición del público METROVAL. Pero la posibilidad de tener que navegar por túneles anegados en semejante estado de intoxicación etílica no le seduce demasiado. La alternativa es salir afuera y llegar andando hasta su casa, algo que se le antoja imposible, al menos por el momento.

Esperando tomar una decisión Lucía se ha quedado apoyada contra la pared, contando los bautizos, escuchando de fondo la música tecno de las barcazas e intentado recordar qué le había dicho Bioy, y cómo había podido llegar a enredarse en algo así….

… Y viendo a su padre, que por lo visto ha decidido escaparse de su encierro y celebrar una fiesta con unos amigos en el andén del metro.

-¡Papá! –grita Lucía desde las escaleras-. ¡Eh papá!

Mateo Rolan no parece oírla, desde el otro lado del andén sostiene en la mano una copa de champagne y dice algo al oído de la mujer del vestido negro. Lucía baja tambaleándose las escaleras hasta que el agua le llega por encima de las katiuskas, el predicador baptista le ofrece la mano y una gran sonrisa de pastor agradecido:

-Hermana ven a mí –le dice el predicador abriendo los brazos

-¡Suélteme! –contesta Lucia asestando un manotazo en el aire y a punto de caer de cabeza al agua

-Hermana, ¿necesitas algo? –insiste el predicador- ¿Estás perdida?

-¡Eh papá! ¿Qué haces ahí? –grita Lucía de nuevo.

El hombre de pelo cano, Mateo Rolan, no advierte su presencia, pero la mujer del vestido negro sí. Ha dejado de mirar al hombre de la bolsa y el pañuelo en la cabeza y se fija en Lucía.  Es una mujer madura, rondará los cuarenta y cinco, llevaba un ajustado vestido negro con un adorno de encaje en los hombros, muy pasado de moda, como de los sesenta, pero le sienta bien. Tiene el pelo corto, peinado con un preciso flequillo en diagonal que le atraviesa la frente. No parece afectarle nada de lo que pasa a su alrededor, los susurros de Mateo Rolan al oído, la música estridente, las canoas, la gente que se acerca al agua… Sólo el hombre de la bolsa parece atraer su atención, y ahora Lucía, a la que ve en el andén opuesto, una muchacha con un chubasquero azul y unas botas katiuskas por encima de las rodillas, intentado zafarse de un hombre con bermudas y chaqueta que no deja de tocarla.

La mujer deja la copa de champagne en la mesa, mira a Mateo Rolan y le contesta también al oído. Mateo asiente, parece despedirse con urgencia de sus acompañantes, tiene prisa, toma a la mujer del brazo y ambos desparecen por una pasarela provisional que los operarios del metro han habilitado. Antes, la mujer ha mirado por última vez a una desconcertada Lucía, que por fin ha logrado desembarazase del pegajoso predicador con un empujón que ha acabado con él en el agua. Ante el escándalo y la indignación de sus acompañantes.

Al contrario que la línea 4, la línea 3 del metro está casi desierta. Por los túneles anegados apenas navegan embarcaciones, la policía patrulla ríos subterráneos de aguas negras iluminados por reflectores y algunos curiosos, pocos, observaban la red fluvial en la que ha quedado convertido el metro. Los últimos pasajeros esperan alguna de las zodiac que fleta METROVAL, o se lanzan en improvisadas balsas mientras un empleado reparte chalecos salvavidas.

Lucía había tenido suerte, tras acercarse al andén, casi a nado, había logrado tomar la última de las zodiac de METROVAL que recorría la línea 3 en dirección sur.

-Puedo llevarla poco más allá del Jardín Botánico –le dijo un Caronte macilento-. A partir de ahí tendrá que buscarse la vida, tengo que dar media vuelta.

-Me vale –contestó Lucía

El túnel vacío permite a la zodiac tomar algo de velocidad, el motor fatigado, casi ahogado, la estela en delta que deja la hélice choca contra los muros del túnel y éstos devuelven una florida turbulencia. Sopla un aire estanco y húmedo que hace que Lucía se acurruque en el suelo de la lancha. A parte de Caronte, un tipo con el uniforme azul de METROVAL y barba, cuyos pensamientos parecen estar mucho más allá de la monótona travesía, sólo hay dos personas más en la zodiac: una mujer china de mediana edad que atesora dos grandes bolsas de plástico anudadas y un hombre vestido con algo que en su momento debió ser un buen traje, y que ahora dormita en la proa ajeno a todo.

«¿Quién era ella?», se pregunta Lucía, «me miró, de eso no cabe ninguna duda, y seguramente sabía quién era yo. Habló con mi padre y se marcharon».

Pero, lo que más le preocupa ahora es la improvisada huida de su padre. No es que esperase que Mateo Rolan se quedase tranquilamente en su casa leyendo a Chateubriand hasta el momento de su cita, había aguantado encerrado un par de días, y eso, para Mateo, era todo un record, pero Lucía hubiera esperado al menos que le dijera algo, incluso que le mintiera.

«Quizá me haya dejado una nota en casa», intenta tranquilizarse. «¿Era ella su cita ineludible? ¿Esa mujer? Tomar champagne en las escaleras del metro un día de inundación ¿Y su novia mexicana, Manuela? Seguro que venían de alguna otra parte, una fiesta, y ambos estaban juntos».

Por otra parte no está segura de si su propio padre la ha ignorado, es cierto que el escándalo en Fusta Bridge era ensordecedor, entre los cánticos de los baptistas, las música tecno de las barcazas, la megafonía y el gentío flotaba un ruido de fondo inextricable que bien pudo hacer que Mateo Rolan no la oyera, a pesar de su grotesco cuerpo a cuerpo con el predicador. Pero si es así, por qué la mujer sí reparó en Lucía.

«Ella se fijó en mí al instante», recuerda Lucía intentando reconstruir el momento, «me miraba, sabía que estaba llamando al hombre que estaba a su lado. Mientras, él seguía diciéndole cosas al oído.»

Lo cual aboca a Lucía a la desasosegante posibilidad de que su padre la haya evitado, de que esa mujer le avisara de que era mejor marcharse ante la presencia de su hija, o de que fuera el propio Mateo quien dijera a su acompañante que debían marcharse. En cualquier caso, esa mirada de la mujer pudo ser una apresurada y tosca presentación.

A pesar de estar sentada en el fondo de la zodiac Lucía se está empapando la cara, el Caronte barbudo tiene prisa por llegar. Al único que no parece importarle nada es al hombre que dormita en la proa con los brazos cruzados y la barbilla sobre el pecho.

«Luego está el asunto de Bioy», continúa Lucía con sus reflexiones, «está completamente obsesionado con el CUBO».

(…)

 
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La Caja Verde (Valencia)

Para disfrute de Alberto Sánchez Galeano.

La Caja Verde. Parte II El CUBO (fragmento). Carlos Sebastián (o Torsvan Maruth)

Valencia, República Unitaria y Federativa Española (RUFE) Septiembre 2001.

(…)

Es un venirse hacia, más que un toparse con; un abalanzarse sobre uno mismo, un echarse encima. Hasta ese momento todo ha adquirido un carácter fluido, como un material viscoso en el que es posible deslizarse sin aparente esfuerzo, pero de improviso acontece una especie de coagulación, imágenes petrificadas que se abalanzan y le pasan uno la mano por la cara, pasajeros colgados, o sentados, que adquieren de forma súbita una consistencia inaudita, que se adelantan a las miradas que furtivamente les dirigen. Y esa sensación, claramente perceptible en la boca del estómago, físicamente insoportable, y capaz de lograr en un instante que la voluntad se deshaga en hilachas, y que queden tiradas y enredadas por el suelo del vagón.

Un cansancio infinito.

A Alex Doobs nunca le ha gustado tomar el monorraíl. En las actuales condiciones puede resultar incluso peligroso. Ni pensar en tomar un taxi y que alguien acabe reconociéndole, y mucho menos viajar en el inexplicable suburbano de Valencia, la última vez que Doobs viajó en metro fue dos años antes, se perdió y tuvo que llamar desesperado a Arvid incapaz de encontrar una salida, prometió no volver a hacerlo. Pero tampoco ha querido dar un largo paseo hasta la Nueva Zona, aunque sin duda hubiera sido lo más seguro.

«Todavía estoy en buena forma», se dice.

Y sabiendo lo que iba a ocurrir se ha metido en el monorraíl, esperando como siempre esa coagulación, como queriendo renunciar a discutir consigo mismo, dejándose llevar por esa línea de metal superconductor que discurre en una hipérbola perfecta.

«Debería haber ido a pie», piensa, «lo mejor será bajar en la próxima estación y llegar hasta allí andando, Max Renn, Estructura C, Módulo 109, Plug-In City. Tardaría una hora, o quizá cuarenta y cinco minutos si voy algo rápido, luego podría volver en el monorraíl. Entonces ya lo habré hecho, y ya no importará nada».

Pero ahí están tiradas por el suelo, las hilachas de su voluntad, feas, sucias, enredadas, pisoteadas. Es una sensación que los psicofármacos apenas logran disimular unas horas, un tiempo confuso y banal, una sensación. Una sensación difícil de explicar, un estado, algo que logra invadir, sí es esa es la palabra, invadir como si fuera una violación cada una de las fibras de su cuerpo. Y ni siquiera es posible encontrar palabras, inventar siquiera una metáfora que cifre esa sensación rescatada de la nada, pero físicamente presente frente a sus narices, deforme y mostrenca, como la basura. Una inminencia de algo terrible y fatal, un horror, algo imparable que acecha, y que hace imposible cualquier huida. Sí, claro, los había probado todos, un verdadero cóctel de mierdas antidepresivas: Prozac, Fluctin, Dumirox, Seroxat, Zoloft, Zyprexa…

A Arvid le podía hablar de ello aunque no tuviera palabras, escuchaba paciente sin decir nada, mientras pasaba a limpio sus notas, o leía algo en voz alta, o miraban juntos un programa de televisión intentando descubrir las argucias, los sucios manejos de los nuevos productos audiovisuales de la Corporación. Era un buen muchacho, era inteligente, despierto, y tímido. También era un efebo rubio y atractivo. Nada que ver con ese Morel que vino a verle, tan distinto, tan lleno de soberbia y de vanidad.

«A menudo soy demasiado duro con él», piensa Doobs, «pero tengo miedo de que esa amistad me atrape, de que termine arrastrándome como a una vieja, de que los momentos que compartimos solos acaben pareciéndose a algo manido y sucio, hilachas tiradas por el suelo… Sólo con Arvid soy capaz de encontrar algo de tranquilidad, de sosiego, la paz necesaria para trabajar».

Pero Arvid le espera. Sería capaz de inmolarse por él, quizá ya lo haya hecho.

Sentado en el fondo del monorraíl Alex Doobs murmura para sí:

-Un venirse hacia… Una voluntad aniquilada, un anhelo de disolución…

Y hubiera podido incluso elevar la voz, transformar su confuso monólogo interior en la atropellada cháchara de un desquiciado, algo perfectamente audible por la gente que le rodea. No le hubieran caso, ni tampoco lograría avergonzarse de sí mismo pese a la pedante elección de las palabras. También hubiera podido llamarlo de otra forma, pero aún así no conseguiría mitigar esa presión.

-Una presión que agarrota el espíritu…. Sobre todo una pérdida –dice Doobs elevando la voz

Su compañera de asiento le mira, pero no pierde un segundo, ni siquiera se pregunta qué ha dicho ese viejo que viaja a su lado. Nadie se ha girado, hablar solo en un transporte público o incluso en  la calle se ha convertido en algo completamente normal. Todo el mundo está inmerso en su propia versión solipista, realidades esculpidas con imágenes y música que configuran la imaginación de cada uno de los pasajeros. Silenciosos audífonos apenas perceptibles que susurran al oído de cada uno voces distintas, imágenes que escupen las dos enormes pantallas planas del vagón, inundándolo todo con una luz fantasmal, un halo de certeza que hace que los propios contornos de los pasajeros se difuminen. Y Doobs no es nadie, es una infinita multiplicidad que nada significaba, es cada uno de los Doobs que forman parte de la evanescente realidad de cada uno de los pasajeros que le observan, todos ellos distintos, y el propio Doobs que cree ser él, no es más que uno de los fantasmas que pueblan el vagón, un Doobs imaginado y ridículo.

-Es el tiempo –responde alguien a su espalda-, la presión vuelve a bajar, probablemente mañana llueva otra vez.

Ahora sí que le mira todo el mundo. Que alguien hable solo resulta normal, pero que le contesten es completamente inaudito, es como si toda esa miríada de realidades se colapsara en un solo punto. Alex Doobs piensa que ha cometido un tremendo error. ¿Cuánta gente se acordaría ahora de su cara si fuera interrogada por la policía dentro de unos días?

«Tengo que bajar en la próxima estación», piensa Doobs.

El miedo comienza a apoderarse de él. Pero no logra hacer nada… las hilachas. Se queda inmóvil, mirando por la ventanilla a treinta metros de altura, incapaz de levantarse y desaparecer, aferrado a la bolsa de plástico de DNA. Las manos comienzan a sudarle.

«La bolsa», se dice, «la maldita bolsa de colores chillones, el logotipo de DNA que todo el mundo reconoce». “No sé… era algo mayor, creo que dijo algo, ah sí, llevaba una bolsa de DNA, zapatillas deportivas y una sudadera gris”. «Soy un idiota», piensa Doobs.

El instante apenas dura unos segundos, pronto la realidad vuelve a disgregarse en unidades incomunicables y privadas, en mónadas. El monorraíl se detiene en dos estaciones más, y en la segunda se apea el hombre que ha hablado a su espalada, un tipo de mediana edad, viste de manera informal, un anticuado traje sin corbata, va sin prisas, como de paseo, bajo el brazo llevaba un paquete, o una bolsa, lleva una especie de gabán, o una bata. Mientras espera a que las puertas automáticas se abran dirige una última mirada hacia Doobs. Sin girarse baja las escaleras mecánicas y permanece parado bajo la plataforma, observando con curiosidad e interés el sistema de levitación del monorraíl, pero no parece ir a ninguna parte. Doobs le pierde de vista, inmóvil  en la estación que hay frente al CUBO, licuándose… «Otro tanatoide más», se dice, «Floyd los está sacando del CUBO a docenas».

Con plataformas a varias alturas y su sofisticado sistema de propulsión por levitación electromagnética, el monorraíl recorre los distritos de la Ampliación Reticular con un siseo apenas perceptible a varios metros sobre la superficie conectándola con la Nueva Zona al sur de Valencia. A través de sus techos acristalados pueden verse las audaces construcciones de la Ampliación, su desarrollo petrificado en el tiempo. A finales de los ochenta la extensión del metro hasta la Ampliación Reticular fue invertida por la construcción de nuevos ramales del monorraíl que pendían sobre la extraña mezcla entre lo viejo y lo nuevo.

El insensato metro de Valencia fue el mayor fiasco económico en el que se vieron envueltas las autoridades de la República y del Cantón de Valencia. Una autentica broma. Fue un intento de emular el metro de Madrid, o el de Nueva York, o el de Moscú, cualquier ejemplo era pequeño. Empezó a construirse a comienzos de los años sesenta y se pretendió que fuera un proyecto faraónico, descomunal, pero acabó siendo una eterna obra inconclusa y casi demencial. Líneas inacabadas, obras permanentes, absurda planificación, inundaciones bíblicas, transbordos increíbles, averías, huelgas permanentes…

Paradójicamente la opinión pública estuvo siempre dividida, muchos lo consideraron un fiasco, un completo desatino, una torpeza que devoraba presupuestos municipales y ministeriales sin que nadie lograra hacer nada, siquiera terminar alguna de las líneas; otros, al contrario, pensaban que era un atractivo turístico. Mientras unos evitaban bajar, a pesar de que podía significar mañanas enteras de atascos, otros se pasaban el día en su interior batiendo marcas de permanencia.

Empezaron a circular historias absurdas. El metro nunca fue un lugar inseguro, sin embargo se argumentaba de manera inconsciente que era arriesgado viajar en el suburbano, que se había convertido en un medio de transporte peligroso, se contaban anécdotas increíbles sobre la desaparición de vagones enteros en los túneles, o imaginadas agresiones producidas en las estaciones, trenes vacíos y sin maquinista que arribaban a estaciones completamente desiertas y a medio construir, aunque operativas, hallazgos de cantidades fabulosas de dinero en cofres y maletines, milagrosas apariciones de la Virgen presenciadas por adolescentes atónitos y alucinados, o la existencia de permanentes y secretos moradores del metro, tipos extraños y torvos que evitaban salir a la superficie. Nada de ello era verdad, sin embargo la imaginación se va abriendo camino, buscando los meandros que va dejando libre la insulsa evidencia de lo real y encontrando los mitos y leyendas que configuran el imaginario urbano.

En 1987, ante la imposibilidad de afrontar su mantenimiento, y mucho menos la finalización de las obras, los responsables del Ministerio de Fomento decidieron alquilar parte de sus instalaciones como locales de ocio nocturno: bares, cafés, discotecas, happenings, salas de juego… El norte de la línea 4 se especializó en locales de alterne y prostíbulos de lujo, se prohibió la entrada a menores, y naturalmente las protestas arreciaron, pero fue un éxito, y su salvación económica. Con el tiempo el metro de Valencia se convirtió en un lugar de incesante actividad económica, la degradación y el vicio atrajeron a los emprendedores, y un nuevo zoco subterráneo surgió donde antes solo habían pasajeros agobiados o pálidas caras viendo pasar vagones que no se detenían. Comercios, casas de apuestas, tráfico de casquería tecnológica, lugares de peregrinación mariana, centros de meditación y espacios alternativos de esparcimiento.

Las líneas siguieron funcionando con implacable impuntualidad, realizando su extraño y demencial recorrido a través de estaciones cortadas e intercambiadores caóticos; a pesar de las huelgas interminables y las averías endémicas. El metro dejó de ser un medio de transporte que comunicaba el ordenamiento fractal de Valencia, en realidad nunca lo fue, se quedó en un proyecto fallido. Los trenes configuraban un orden improvisado y autónomo ajeno a las necesidades del transporte urbano, pero fue siguiendo sus flujos extravagantes como había florecido esta extraña actividad suburbana.

Evidentemente, para Alex Doobs, tomar el metro con una carta bomba lista para ser detonada, y escondida en una llamativa bolsa de la cadena de distribución alimentaria DNA, es una autentica locura.

Su destino es Plug-In City, en la Nueva Zona.

(…)
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