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El Camino de Vuelta

septiembre 10, 2010 1 comentario

San Francisco (California), febrero de 1968.

Cassady ha muerto, te dicen, lo encontraron en México, tieso fiambre, tirado cerca las vías del tren.

Más allá del límite.

“N.C., héroe secreto de nuestros poemas”, así que vuelves a leer a Ginsberg y a Kerouac, On the Road, como recordando algo que quizás reconoces como un mito fundacional y falaz. Neal Cassady siempre estuvo en  el camino, en simbiosis perfecta con la máquina, con el volante, todo uno, conduciendo un Ford desvencijado por alguna carretera del Medio Oeste, o cruzando la vieja conexión celestial en un autobús escolar pintado como un vómito polícromo, narrando las incidencias del tráfico a una banda de alucinados pasados de Ácido, hablando como el Hombre Bala, aferrado al volante, manipulando el cambio, cantando, frenético, lanzado, huido…

Y es en ese momento cuando pareces despertar de un sueño, aunque nunca lo viste bajo esa perspectiva, un sueño. No, no fue un sueño, te dices, tampoco una pesadilla, fue algo así como una fantasía, una ensoñación quizá, algo más real que la propia realidad, una ventana de posibilidad abierta. Repasas tu vida en los últimos años.

Cassady estaba tirado ahí en las vías, te cuentan, regresaba de una boda. ¿Una boda, qué boda?, preguntas. No lo sé tío, es México. A Neal Cassady lo encontraron camino de Celaya a más de dos mil metros de altitud, dicen que se unió a una boda en un lugar llamado San Miguel de Allende, allí bebió pulque y tequila, una boda mexicana en toda regla. Luego decidió marcharse a Celaya a por su equipaje, a pie, no tenía dinero y siguió las vías, se puso a andar en mitad de la noche. Y allí cayó. Lo encontraron a la mañana siguiente… México, ¿qué hacía en México? La policía lo buscaba por… ¡Infracciones de tráfico!

Más allá del límite.

Y entonces todo el mundo parece haber conocido  a Neal Cassady, o te dice haberlo visto alguna vez en algún sitio, y quizá sea cierto porque Cassady parecía estar en todas partes. Poseía cierto don de la ubicuidad. Era Dean Moriarty, hipster alocado de lecturas adolescentes, carretera, jazz y marihuana, América de plástico y moteles, paraísos de una nueva generación de jóvenes hambrientos de sexo y drogas, películas sórdidas y heroicas que por primera vez protagonizaban, largas huidas a través de un asfalto renegrido en busca de la Eternidad… Y era Cassady, el bromista impenitente, al volante de Furthur, en movimiento, colgado de Ácido o speed, locuaz, siempre con el torso desnudo, como un poderoso Hermes guiando almas a través del asfalto, del abismo, sorteando los baches y las curvas que sólo él sabía tomar como las toma un loco. Cassady era la dinamo de Ken Kesey, el motor rugiente de ese destartalado autobús. Kesey, que leía a Nietzsche, le llamaba superhombre, el hombre más allá del límite.

Y sin saber cómo te viste inmerso en aquella… película. Una suspensión del tiempo, algo realmente extraño, porque el pasado parecía haber sido abolido, y el futuro había quedado atrapado, imbuido en un presente imposible. Sin embrago ahora todo parce haber adquirido cierta consistencia… ha quedado decantado de nuevo por el tiempo, ya sabes, pasado, presente y futuro, y todo es recordar algo ya vivido, impregnado por la venenosa persistencia del tiempo. Y ahora recuerdas –sí ya sólo recuerdas- aquellas liturgias, ceremonias paganas que de improviso surgían en algún almacén del Embarcadero, o en locales fantasma que había que localizar por la noche, La Prueba del Ácido, música de Grateful Dead y una realidad que estallaba amenazante y profunda a un tiempo… y te decían que Cassady andaba por allí…

Tal vez te mudaste a Haight-Ashbury cuando dejaste la universidad, Berkeley y todas aquellas proclamas de compromiso político, cuando olvidaste todo aquello que te trajo a California, cuando dejaste de ser quien eras, o al menos así lo creíste. La vida era fácil, y cualquier chiflado podía hacer la Revolución, escribir un panfleto descabellado, participar en happenigs que duraban días enteros… Be-in, ¿recuerdas?, ¿qué era aquello? Nadie lo sabía, pero funcionaba, sí era cierto: viste a Timothy Leary hablar como un jodido profeta, “Turn on, tune in, drop out”, creyendo aquello que decía, te colocaste con marihuana o Ácido en el Golden Gate Park mientras Grateful Dead o los Jefferson Airplane tocaban gratis, todos sincronizados, en la misma onda… La rebelión quedó en eso, una vuelta a la niñez. Y viste –parecen haber pasado ya mil años- a una chiquilla de Texas, pecosa y fea, en Monterey, que cantaba con un grupo que sonaba a lata, la viste aferrada a un micrófono, pegando patadas al suelo… y desgarrándose viva en aquel escenario como nadie lo había hecho jamás, se llama Janis, te dijeron. Fue el inicio del aquel carnaval que estalló en verano… Tribus de hippies melenudos, yippies rijosos y desaforados, beatnicks pasados de rosca, paceniks chiflados, místicos iluminados, agitadores políticos perdidos, gurús esotéricos dispuestos a abrir la mente a cualquiera, estetas del DESCUBRIMIENTO, budas enloquecidos, resueltos partidarios del nudismo urbano, fumadores compulsivos de marihuana (como un puro, tío, tan grande como un puro), parejas de jóvenes follando en cualquier parte, predicadores alzados sobre cajas de fruta alertando del peligro demoníaco del LSD, polis pasmados intentando saber qué ocurría, indios peyoteros, chamanes ofreciendo hongos mágicos, Ángeles del Infierno reconvertidos a la nueva religión, tipos repartiendo comida, comunas, cánticos, abalorios, éxtasis, pétalos de flores, chinches… Jóvenes de todo el país acudieron en tropel, abandonando trabajos, estudios, “papá, mamá, estoy muy bien, he dejado la universidad y me he unido a una comuna, soy muy feliz”. Un abigarrado Averno barroco decorado con espray, con mandalas fluorescentes, un Jardín del Edén pintado por un Bosco pasado de Ácido. Una avalancha incontrolable en la que te viste inmerso, un presente eterno ajeno al Tiempo.

A Neal Cassady le había dado por hacer malabarismos con un martillo, lo lanzaba y realizaba extraños bucles en un lapso de tiempo que parecía estirarse, pero siempre regresaba a su mano, tensando músculos, con la inevitable precisión que exigía la intención de Cassady, como si no pudiera ocurrir otra cosa. Neal, el Hombre Bala que era capaz de hablar sin descanso a más de 45 revoluciones por minuto, tenía una capacidad innata para el silencio, podías hacer un viaje con él en coche desde San Francisco a Texas sin abrir siquiera la boca, y sentías como aquel silencio se convertía en algo valioso, un regalo que él te ofrecía, un campo de fuerza. Cuando Ken Kesey cumplió su condena y se marchó a Oregón el grupo se disgregó. Cassady iba y venía, recorría todo el Medio Oeste como un fantasma, siempre en movimiento. De manera que almacenó un montón de multas impagadas.

Más allá del límite.

-Vuelvo a casa –le dijo a su mujer

Pero no volvió. Decidió ir a México, a San Miguel de Allende, allí conocía a un amigo. Cassady tenía amigos en todas partes. Nadie sabe cómo fue capaz de pasar la frontera, pero lo consiguió, era Cassady. Su equipaje se extravió, acabó en Celaya. ¿Qué pasó? –preguntas-, no lo sé –te contestan-, se peleó con su amigo, o simplemente decidió largarse, así que se le ocurrió llegar hasta Celaya siguiendo las vías del tren. ¡Imagínatelo tío! Siguiendo la vía férrea en la noche estrellada de México, completamente solo. Allí, cerca de la estación, había una boda, ya sabes, mariachis, tequila, chicas guapas que bailan y te incitan ante las miradas torvas y asesinas de sus novios. Se unió a la boda, o le invitaron, qué más da, bebió, fumó, se despidió de todos y siguió el camino. Se desplomó… cayó junto a las vías. ¿Estaba pasado? –preguntas-, quién sabe, fue su último viaje, seguía una ruta de hierro y tablas, a más de dos mil metros de altitud en una noche estrellada. Quizá llegó al final del camino… o descubrió que no había nada más allá, ya sabes, como esos mapas de carretera en los que la línea de colores serpentea, va cambiando de nombre, despojándose de sus vestimentas de gran vía, convirtiéndose en un código, un número, cada vez más delgada, más insignificante, hasta que en algún punto termina, y te preguntas qué habrá allí, un corte, un abismo, la negrura del cosmos, finis terrae, el final de todo.

-O simplemente el camino de vuelta

-Quizá… y por eso decidió no volver. Cassady no estaba hecho para retornos, sino para huidas. Un perseguidor que acecha sin descanso.

Y mientras te cuentan la muerte de Cassady intuyes que algo ha sucedido, aunque no le conocieras, o no te importe demasiado su historia, o siguas inmerso en medio de esa gran ola, de esa marea que amenaza con barrerlo todo. Y lo sientes porque tu vida comienza a ensuciarse, a impregnarse de esa sustancia viscosa y oleaginosa que se desliza como el aceite. Un asco. Todo comienza a mancharse de… Tiempo.

Intuyes que de alguna forma has llegado al final del camino… has llegado al límite. Y es la hora de tomar una decisión. Puedes dar media vuelta… aunque el camino de retorno será todavía largo.

O puedes ir más allá de límite. Como Cassady.

(Fragmento, La Caja Verde, de Torsvan Maruth)
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