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Archive for 22 marzo 2010

El guión de Torsvan Maruth (2)

“WITH HIDDEN NOISE”. SINOPSIS (1)

En 1969 Berlín resulta una ciudad irreconocible, es la capital de la pequeña República de Berlín, formada por la zona metropolitana de antigua capital alemana. Décadas atrás era una ciudad dividida y ocupada, hoy sobrevive en  precario en el filo de la navaja de la política internacional. Tras el fin de la Segunda Guerra Mundial, el centro de Europa fue el escenario de la “Pequeña Guerra Interaliada” (1946-1948). Las tensiones entre americanos y soviéticos al terminar la guerra con Alemania se tradujeron en una escalada bélica que acabó en guerra abierta entre las fuerzas de ocupación anglo-americanas y soviéticas. La Paz de Hamburgo impidió que todo acabara en un desastre atómico, pero Alemania quedó dividida en una miríada de pequeñas repúblicas y estados independientes de diversa filiación, en teoría neutrales; una vuelta a los antiguos tiempos del siglo XVII.

La República de Berlín está gobernada con mano de hierro por el Comodoro Steiner (Richard Burton), un antiguo pastor evangélico que los avatares de la historia han convertido en dueño de la ciudad, y que ha trasformado Berlín en una “República de Dios” que espera con impaciencia un Apocalipsis en forma de hecatombe nuclear. Será el escenario donde, rodeada de las ruinas del resto del mundo, se erigirá una “Nueva Jerusalén”. La teocracia de Steiner domina a los berlineses que en su gran mayoría han aceptado con más o menos entusiasmo la estabilidad que proporciona el gobierno autocrático del Comodoro, un milenarismo religioso combinado con una omnipotente organización estatal. Pero en la “Nueva Jerusalén” berlinesa no todo es fe y orden, suceden una serie de acontecimientos extraños que perturban a sus habitantes.

Todo comienza con la muerte, por asesinato, de Otto Feingebaun, un prominente miembro del Consejo de la República, el órgano que gobierna Berlín siguiendo el parecer del Comodoro Steiner. Feingebaun aparece estrangulado, desnudo, y con evidentes signos de haber asistido a una reunión orgiástica de la que, pese a la ausencia de testigos, es posible encontrar abundantes y conspicuas evidencias en un palacete del distrito de Pankow.

ESCENA

Pankow, distrito norte a las afueras de Berlín. Es un palacete barroco junto al camino, casi una aparición fantasmal en el bosque que marca el límite de la República. Tres pisos, una entrada imponente, sin embargo el edificio ha vivido mejores tiempos, una capa gris se ha adueñado de su fachada y la parte superior ofrece un aspecto precario, aunque todavía no ruinoso. Hay varios coches de la policía aparcados en el exterior. Alguien está colocando una cinta en la entrada.

La escalera de mármol sube dibujando una curiosa espiral, hay un policía uniformado al pie de la misma… Un lujo periclitado y marchito apenas se muestra ya en sus corredores, en las habitaciones silenciosas y desiertas, las ennegrecidas telas que cuelgan de las paredes, las molduras grises, los estucos y paneles descuidados, galerías sobrecargadas de decoración que remiten a épocas que ya nadie recuerda… los pasos amortiguados por alfombras gruesas y llenas de polvo. El palacete parece haber estado cerrado durante mucho tiempo… y de hecho lo estaba, hasta que de madrugada el guarda, que recorre todos los lunes las habitaciones en una inútil tarea de mantenimiento, llamó a la policía, había una luz encendida en el segundo piso, creyó que alguien había entrado a robar, pero se encontró con una escena que no iba a olvidar durante toda su vida.

La habitación persiste en el mismo estilo barroco, las paredes y techo de yeso blanco están decorados por multitud de relieves y molduras, volutas que siguen caprichosos dibujos vegetales. Nada más cruzar el umbral de la puerta dos cortinas de seda roja recogidas dan acceso a la habitación, del techo cuelga una enorme lámpara de varios brazos algo sucia, está encendida, la luz invade toda la estancia: es una sala de espejos. Se pueden contar seis espejos de pie dispuestos de forma simétrica en el heptágono que da forma a la habitación. Cada uno de ellos está decorado por un historiado marco dorado de madera. El espacio parece multiplicarse en una reiteración opresiva. Hay un diván en un rincón, dos grandes butacas en el extremo opuesto de la habitación… no hay más muebles, excepto la gran cama que ocupa el centro. Se pueden ver seis versiones repetidas de la misma, cada una vista de un ángulo distinto. Seis versiones de un cadáver que reposa desnudo sobre las sábanas de raso.

Es un hombre de unos cincuenta años, probablemente más, grueso, corpulento. El pelo encanecido le clarea en la coronilla, la cara inerte mira al techo, tiene un brazo extendido por encima de su cabeza y una de sus piernas reposa en el suelo. Todavía conserva el reloj de pulsera. Una gran mancha de sangre ya seca hace de la sábana una composición abstracta en blanco y rojo. Tiene un disparo en el pecho, y en su garganta hay anudado con fuerza un pañuelo blanco.

El revólver se encuentra en el suelo.

No hay mucha gente, tres agentes de policía, uno de uniforme, y alguien que toma fotos de la escena, un chico joven que no logra ocultar su nerviosismo, es quizá su primer cadáver. El agente de uniforme está junto a las cortinas, los otros dos miran con fingido desinterés el cadáver. El muchacho termina su tarea y se marcha.

POLICIA 1 (Niemeyer): El revólver es un Tokarev ruso… algo antiguo pero en buenas condiciones. Un disparo, en el pecho… Hay marcas de estrangulamiento con el pañuelo, pero el forense no tiene dudas, le pegaron un tiro cuando estaba… bueno es evidente. La muerte se produjo sobre la medianoche.

POLICIA 2 (Maier): Entiendo… Los de la Oficina de Seguridad Pública están en camino. No quiero que nadie toque nada.

NIEMEYER: Nos quitan de en medio, ¿verdad?

MAIER: Sí… me temo que sí…  (Tras una pausa) Feingebaun… ¿Qué diablos hacía aquí?

NIEMEYER: (Con cierta sorna) Pasando un buen rato… supongo

MAIER: Guárdate tus ironías Niemeyer ¿Quién está enterado de esto?

NIEMEYER: Aparte del vigilante… nadie más. El tipo le reconoció al instante… pero no ha dicho nada.

MAIER: La Oficina de Seguridad nos va a crujir…

El detective Michael Maier (Oskar Werner), ronda los cuarenta y cinco años, tiene el pelo rubio en permanente estado de revolución, la cara surcada por arrugas incipientes y una pequeña cicatriz en la mejilla. No tiene un buen día, es evidente, trata de reprimir las ganas de fumarse un cigarrillo y oculta el leve temblor de sus manos enfundándolas en la gabardina. Hace calor ahí dentro. Como comisario jefe en funciones de la brigada de homicidios no ha hecho otra cosa que toparse con problemas crecientes desde que tomó posesión del cargo hace solo tres meses, una angina de pecho de su superior, Helmut Piek, provocó un súbito ascenso que de otra forma hubiera sido imposible. Demasiados intereses políticos se cruzan en los nombramientos importantes de la República, y en lo que a Maier respecta, no es más que un peso muerto en espera de que el premio del puesto sea ocupado por alguien afecto y conveniente.

Quizá sea eso lo que provoca ese casi imperceptible e intermitente temblor en las manos, la ligera  palpitación en el ojo… señales que tal vez sean figuradas, pero que delatan el estado de extrañamiento que se ha adueñado de su vida, una realidad que le atraviesa cada mañana al mirar esa imagen que no reconoce en el espejo. Atribuirlo a su actual condición en el departamento de homicidios es una excusa como cualquier otra. Un cadáver a primera hora de la mañana siempre es algo desagradable, nadie llega a acostumbrarse a esas escenas mudas y alegóricas, el horror y la banalidad mezclados en un nudo absurdo. Que el cadáver sea el de Otto Feingebaun, miembro del Consejo de la República, no hace que las cosas mejoren. Maier aprieta los puños en el interior de los bolsillos de la gabardina, intenta aparentar cierto aplomo, al menos ante su compañero, el teniente Niemeyer, un tipo bajo, rocoso, y la cara colorada, al borde del colapso vascular.

NIEMEYER: La casa iba ser restaurada y convertida en museo… pertenecía a la familia Horts, todos ellos exilados desde hace años en Estados Unidos, excepto Bruno Horts, sobrino de Maximilian Horts… Bruno Horts escapó el año pasado a la República Soviética de Mecklenburgo, se supone que hoy trabaja por la patria socialista… Siempre fue el miembro díscolo de la familia.

MAIER: Se le acusó de espionaje ¿no?

NIEMEYER: Sí… trabajaba en cibernética

MAIER: ¿Sabes qué es la cibernética Niemeyer?

NIEMEYER: Claro que no…

MAIER: Feingebaun se encargaba de cuestiones de patrimonio

NIEMEYER: Bueno… es una forma de decirlo. Feingebaun tenía buenos contactos en Suiza, marchantes de arte y esas cosas…

MAIER: (Mira al agente que está en la puerta y luego a Niemeyer. Demasiados oídos) ¿Cuánta gente pudo haber anoche?

NIEMEYER: Es difícil de de decir… hay restos de bebidas… no más de cuatro o cinco, incluyendo a Feingebaun. No se han encontrado efectos personales, excepto los del cadáver. Maier… tengo afuera al vigilante, ¿quiere tomarle declaración?

MAIER: No. (Maier enciende por fin un cigarrillo intentado dar la espalda a Niemeyer) Retenle, que se busquen la vida los de la Oficina de Seguridad. Empaquetemos toda esta mierda para ellos y larguémonos.

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Nota: Traducción del mecanoescrito “With Hidden Noise”, firmado por Torsvan Maruth, encontrado entre las pertenencias de Víctor Morelli en su apartamento de la Calle Ruzafa de Valencia

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