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Archive for 24 enero 2010

El guión de Torsvan Maruth (1)

Fuente: “El Caso Duchamp” de Víctor Morelli.

Documento: El guión de Torsvan Maruth. (Marcelo Campos, revista Nuevo Siglo, Madrid, febrero 1984)

With Hidden Noise

Torsvan Maruth desapareció de París –si es que desapareció realmente- a mediados de marzo de 1979. El cuerpo de Pierre Menard encontrado en aquella maleta en el Sena hizo que toda la organización L.H.O.O.Q. saltara por los aires. Quizá todo lo que sigue son sólo elucubraciones, ociosas hipótesis que únicamente interesarán a los diseminados lectores interesados por el caso de Pierre Menard. Todo lo que sé sobre su vida es fruto de lo que he oído o me han contado, o de lo que logrado entresacar de entre su peculiar archivo encontrado en Dallas. Jamás le conocí. Pero puedo yo también hacer cábalas sobre su vida enigmática puesto que también Torsvan -¿durante cuánto tiempo?- navegó al igual que Jean van Hoonerth por un siniestro bucle.

Torsvan Maruth había aprendido a mentir. No había ninguna causa que lo justificase, sino su firme decisión de desaparecer, de no ser nadie. Durante muchos años se había inventado identidades, pasados; había construido varias historias sobre su vida, todas ellas falsas, que contaba impunemente cuando era preguntado por ello. Incluso su nombre, Torsvan Maruth, no era sino un refrito sacado de los múltiples heterónimos de B. Traven, el cual, naturalmente, siempre le había fascinado hasta el punto de seguirlo y escudriñarlo hasta que su propio juicio empezó a peligrar. Al comienzo fantaseó con la idea de inventarse vidas interesantes, pasados ilusorios que  fueran como el argumento de alguno de sus  escritos, pero pronto aprendió que la mejor manera de perseguir el anonimato absoluto era hacerse pasar por alguien sin importancia, un sujeto más en una jungla indistinguible de normalidad.

Es difícil dar una razón que justificase el obsesivo anonimato perseguido por Torsvan, no era nadie en especial o con un pasado del que se tuviera que avergonzar, al contrario, su vida no pasaría de ser una de tantas historias de la Europa del sesenta y ocho: quizá fuera alemán, o austriaco, o suizo, aunque sólo fuera por justificar su marcado acento centroeuropeo cuando hablaba, algunos aseguran que era francés, o incluso norteamericano, todos sus papeles están escritos en ese idioma, sin embargo nadie se atreve a dar una respuesta. Los que le conocieron cuentan historias diferentes de él, ligeramente cambiadas unas de otras, aunque ninguna de ellas lograba rascar más allá de lo superficial. No era nadie, y hasta que no se supo del destino de Pierre Menard, fue simplemente un nombre, quizá nunca dejó de serlo.

Había nacido en Berlín, o en Hamburgo, su familia era originaria de Escandinavia o de Holanda; después de lo ocurrido en París se había refugiado en México o en Los Angeles. Su padre había combatido en el frente del Este pero había muerto, o había sido capturado por los soviéticos, o había iniciado una nueva vida en la Alemania Oriental… Historias mínimas acerca de Torsvan, ligeramente variadas, que nada decían de su vida, porque él siempre se cuidó de ser demasiado explícito en relación a sí mismo.

Es totalmente cierto sin embargo que pasó algunos años en la Universidad Libre de  Berlín a finales de los sesenta, allí fue donde conoció a Jan Van Hoonerth, pero ninguno de sus conocidos era capaz de ponerse de acuerdo respecto a qué estudiaba o qué hacía. También se cuenta de él que durante aquellos años  formaba parte, de forma inexplicable, de la dirección de un minúsculo y poco importante grupúsculo de guerrilla urbana, posiblemente fuera una historia apócrifa porque de Maruth no se le conoce ningún tipo de opinión política, ni buena ni mala. En cualquier caso la historia de su hipotético pasado revolucionario –un curioso ingrediente colorista que el propio Jean van Hoonerth se ocupó de extender-, asegura que fue expulsado de manera expeditiva de aquel conciliábulo de revolucionarios barbudos ante la absoluta falta de referencias fiables sobre su persona.

Corren muchos rumores acerca del Torsvan Maruth de aquella época, hoy mucha gente –igual que yo- dice saber algo, o asegura haberlo visto en algún lugar del Berlín de aquellos años, algunos incluso aventuran, con afán de protagonismo, que solía frecuentar lugares inverosímiles y dispares, como el Salon Kitty, o deambular como si tal cosa por el interior de la estación en la Friedrichtrasse, esperando a tomar algún tren hacia el Este. Sin embargo en aquella época casi nadie sabía quién era, y aquellos pocos que lo conocían –un limitado grupo de estudiantes de la Universidad Libre- apenas sabían nada de él. Alguien, quizá fuera también Jean, comenzó a llamar en tono jocoso a Torsvan con el apelativo de das Phantom.

Sea como fuere a Torsvan le gustó aquello, ser nadie y al mismo tiempo tener la oportunidad de reinventarse cada día, ser capaz de poder deshacerse de un pasado inexistente para recrear otro. Mostraba a los demás imágenes planas y anodinas de una vida cualquiera, no importaba cual, pero que nada tenía que ver con la que decidió sepultar en el olvido. Al principio jugó con ello, era divertido, le costó desprenderse de su identidad, olvidar conscientemente todo aquello que había constituido su memoria, construirse una nueva y modificarla imperceptiblemente cada día, mostrar una cara de un poliedro intentado que cada vez fuera algo distinta, o crear intencionadamente un vacío en torno suyo velando un pasado que pretendía irrecuperable . No tenía ningún sentido, pero supongo que hubo un momento en que fue incapaz de dejar de hacerlo, dejó de ser quien había sido, desligado completamente del tiempo;  empezó a ser Torsvan Maruth, una sombra, nadie.

Tras su virtual paso por la Universidad Libre comenzó a trabajar en cualquier cosa: traductor, camarero, bibliotecario, contable… por las noches se dedicaba a escribir, sin ninguna otra pretensión, quizá haciendo de la escritura un laboratorio donde poner a prueba su existencia ficticia. Por entonces vivía de manera intermitente con Corina Bauer, una funcionaria del Ayuntamiento de Berlín, ambos compartían horas, días o fines de semana, pero nunca llegaron a hacer una vida de pareja propiamente dicha. Tiempo después, cuando el nombre de Torsvan Maruth se hizo brevemente conocido tras el caso de Pierre Menard, la propia Corina Bauer declararía que jamás supo quién era realmente Torsvan, había vivido con él unos pocos años pero poco podía decir, era un tipo de costumbres fijas: iba por las mañanas al trabajo –varios en el curso de algo más de dos años, y siempre relativamente mediocres-, regresaba por las tardes y dedicaba el tiempo a leer algo o a escribir “sus cosas”, como las llamaba Corina Bauer. Era alguien tranquilo, casi aburrido –contaba Corina-, nunca había sido demasiado explícito respecto a su pasado, y si alguna vez se encontraban con alguien, Torsvan se lo presentaba de de manera sumaria, diciéndole que era un antiguo amigo, sin más. Corina siempre supo que Torsvan tenía una vida paralela a su relación de la que ella no formaba parte, como tampoco formaban parte de su extraña vida en común aquellos personajes que se encontraban por las calles de Berlín. Corina Bauer afirmó incluso que llegó plantearse formalizar su relación, casarse con Torsvan, pero sin duda fue esa desconcertante compartimentación de su vida lo que hizo imposible seguir adelante. Lo dejaron a finales de  1973, poco antes de que Torsvan Maruth se marchara a París, probablemente de la mano de Jean van Hoonerth.

“With Hidden Noise”, un título sin ninguna duda inspirado por el ready-made de Duchamp “A Bruit Secret”, era un guión para una película que Torsvan debió de escribir en algún momento antes de marchar a París. Apareció junto a sus papeles en el almacén de Dallas. La imaginación de Torsvan había incluso asignado cara a los imposibles protagonistas: Richard Burton, Oskar Werner y Romy Schneider. El argumento es verdaderamente desconcertante:

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Nota: Un mecanoescrito titulado “With Hidden Noise”, y firmado por Torsvan Maruth, fue encontrado entre las pertenencias de Víctor Morelli en su apartamento de la Calle Ruzafa de Valencia

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Años perdidos: Una embajada al ‘Palais’

El edificio se encuentra el en elegante barrio de Allegassse, un lujoso palacete por el que ha pasado la totalidad de la vida cultural vienesa. La mayoría de los vieneses lo conocen como el “Palais Wittgenstein”; pero Ludwig simplemente se refiere a ella como “La Casa”, es la casa familiar de los Wittgenstein.

Viena bulle de efervescencia cultural: conciertos, tertulias de café, teatro… como una pompa de jabón todo tendrá una existencia efímera, sin embargo en aquellos años nadie parece darse cuenta de nada, el pasado ha quedado enterrado entre escombros, y el futuro es el escenario gratis en el que desplegar nuevas ideas con las que se juega sin temor alguno. Se crea una nueva literatura, una nueva música, una nueva arquitectura, una nueva filosofía; todo resulta nuevo, rompedor, radical, incluso lo monstruoso aparece como atrayente. Los vieneses acuden allí donde se cuece algo: en el Café Museum suele dejarse caer Adolf Loos defendiendo su arquitectura funcionalista, o Schönberg puede que esté en el Herrenhof; Roth escribe sus artículos y novelas en el Wirzl, y si la conversación es interesante no le importa que le molesten. Pero siempre se puede jugar a las cartas, o buscar algún otro lugar más interesante, o algún otro café más sórdido, allí se esconden con los refugiados políticos y sus ganas incontenibles de polemizar, revolucionarios, exaltados e iluminados. ¿Filosofía?, sin duda al  Café Central, ¿matemáticas?, el Akezienhof, o también el Reichsrat, allí se suelen reunir después de las clases en la Universidad, discuten sobre el programa de Hilbert y sus veintitrés problemas, por allí siempre suele aparecer un tal Kurt Gödel, es un estudiante y nadie le conoce, salvo los parroquianos, pero forma parte del Círculo de Viena que dirige Schlick.

Sin embargo los Wittgenstein jamás tuvieron que ir a ninguna parte para empaparse de todo ello; quien era alguien en aquella Viena acababa pasando por el Palais en la Allegasse, era una tradición que se había mantenido intacta desde hacía mucho tiempo. Desde Brahms hasta Schönberg pasando por Mahler, Klimt había pintado un retrato de Gretel, Freud también la psicoanalizó en una de sus visitas, Loos le dijo allí a Ludwig en una ocasión: “¡usted es yo!”… así que para qué tenía que ir Ludwig a las frías reuniones del Círculo si podían ir a verle al Palais, además, ellos se empeñan en no entender lo que él ha querido hacer con el Tractatus, en realidad no lo ha entendido nadie, ni si quiera Bertrand, y eso que discutió con él proposición tras proposición hasta el agotamiento.

Hoy se han citado, Ludwig ha accedido a una entrevista con los representantes del Círculo, por fin, la embajada de siempre: Schlick y Waismann; y no tiene ganas de hablar con ellos, otra vez.

Schlick y Waismann caminan despacio por la Allegasse, quieren llegar a la hora fijada, ni antes ni mucho menos tarde. Schlick va vestido como de costumbre: traje gris y corbata, lleva gafas y el pelo rubio peinado como todos, hacia atrás. Pero se da cuenta de que Waismann ha cambiado bastante en los últimos meses, ha dejado de llevar corbata y va algo desaliñado, quizá no sea la forma más adecuada de visitar el Palais Wittgenstein, pero es así como viste Ludwig, aunque evidentemente no es lo mismo. Tienen previsto aclarar de una vez la proposición final del Tractatus, ha causado intensos debates en el Círculo, Rudolf Carnap cree que no sólo no rechaza, sino que Wittgenstein parece reivindicar con ella lo místico, y ¿qué es eso místico? Pero con todo lo que ello supone eso no es lo grave, Rudolf además encuentra evidentemente contradictorio el contenido del Tractatus, todo el libro es un monumento a la contradicción, es uno de los pocos que no ha quedado hechizado por el nuevo profeta. Muchos intentan verlo de otra manera, eso no puede ser, Ludwig aclarará lo que realmente ha querido decir: si de lo místico no se puede hablar quizá es que no existe, pero esa frase no aparece en ninguna proposición del libro, y es la que Schlick quisiera ver. “Lo inexpresable, ciertamente, existe. Se muestra, es lo místico (6.522), Wittgenstein no ha querido decir que existe realmente, sino que existe como inexpresable, no como existen las cosas… o algo así, eso piensa Schlick, y necesita que Wittgenstein se lo aclare.

Wittgenstein les recibe en una de sus habitaciones privadas: serio, crispado, como siempre. Está leyendo algo. Se saludan fríamente, Schlick y Waismann a penas dicen nada… y tienen tanto que preguntar.

WITTGENSTEIN: ¿Saben? (dice al cabo de un buen rato) Mendelssohn es como si fuera una altiplanicie, pero no una cumbre. Su música… planicie en las alturas, algo así. Hay… cierto embarazo en la perfección que a veces… su música… Por ello es como una altiplanicie. Se me ha ocurrido hoy… una altiplanicie

WAISMANN: (Cohibido) Sí, claro. Altiplanicie.

SCHLICK: (Temiendo resultar inoportuno) Herr Wittgenstein… tenemos tanto de que discutir… En el Circulo hay encendidos debates. Su obra sigue suscitando un interés inusitado… Hay un punto, complicado…

WITTGENSTEIN: (Alterado)  ¡Carnap! Siempre Carnap ¿no? Es incapaz de oler nada. Lo quiere todo masticado, todo aclarado, todo explícito, todo detallado, todo, todo, todo… ¡Pero hay cosas que no se pueden explicar, ni si quiera decir! ¡Hay cosas…! Si ustedes no pueden verlo yo no puedo explicárselo, y explicárselo es como…. como volver a hacer de nuevo filosofía barata. Es una gran tentación hacer explícito todo eso… ¡Y no se puede!

WAISMANN: No, no se puede. Hay cosas que no se pueden decir, claro…

WITTGENSTEIN: El límite… cuando uno se da de bruces con el límite… ¡escuchen, el límite!, puede seguir hablando…Seguir hablando durante horas, pero no avanza nada. Es como querer… salirse, ¡eso es! salirse de uno mismo. Pero es lo factico… los hechos, están ahí y nosotros también…. Y el lenguaje, el lenguaje también… encerrados… pero está ahí. Y se muestra, ¡se muestra! El lenguaje está acotado por aquello que se muestra en él mismo. Si no son capaces de entender eso… y es tan… ¡tan evidente! No serán capaces de entender el Tractatus.

SCHLICK: Ya herr Wittgenstein, pero lo místico… en realidad su existencia es como algo ficticio ¿no? En realidad sólo los hechos existen, y el significado de una proposición es el método de verificación de la misma, fuera de eso no hay nada, si no podemos hablar de algo, no podemos verificarlo por lo tanto no tiene sentido, y tampoco existe…

WAISMANN: (Azorado) Ese punto es importante, hay gente en el Círculo que no acaba de entenderlo… quizá…

WITTGENSTEIN: (Estalla) ¡¡No, no, no!! Lo bueno, lo bueno está más allá del espacio fáctico… ¡existe y se muestra! La metafísica es filosofía barata… ¡y la miopía también! Son incapaces, escuchen, ¡incapaces! de entenderlo. No tiene ningún sentido seguir hablando si no pueden entenderlo…  No me importa ser entendido o no, me trae sin cuidado pero para mí la claridad es importante, y la claridad también está en esto…en no… no liarse con palabras inútiles, no hacer jueguecitos que no conducen a ninguna parte. Incluso diciendo a alguien que no puede entender algo no se agrega nada… no tiene sentido. Hay… como una totalidad… sí como un todo, entonces… cada una de las frases que escribo remite a ello… por tanto… por tanto… son lo mismo, valen igual ¡Dejen de hablarme de coherencia! ¡No tiene nada que ver! ¡El todo! Es como… querer llegar a algún lugar y… como querer llegar algún lugar y estar ya de hecho allí ¡Olviden todo eso! Todo ese discurso coherente…  Estaba leyendo a Lessing cuando han venido, escribió algo acerca de la Biblia… escuchen

SCHLICK: La Biblia…

WITTGENSTEIN: Sí, escuche: “…la expresión y el estilo… siempre lleno de tautologías, pero tales que hacen emplear la agudeza mental, ya que parecen decir algo distinto y sin embargo dicen lo mismo, o parecen decir lo mismo y en el fondo significan otra cosa” ¡Lo ven! Es eso lo que quiero que entiendan…

Wittgenstein estuvo hablando un tiempo, ni Schlick, ni mucho menos Waismann le interrumpieron. Hablando como siempre a trompicones, dándose palmadas en la frente cuando no encontraba las palabras adecuadas, o cuando no conseguía que el pensamiento fluyera, Waismann había empezado a actuar de esa manera en las últimas semanas. Al final estuvo un largo rato recitando versos de Tagore traducidos al alemán, de cara a la pared, sin dejar que le vieran el rostro mientras lo hacía.

Schlick y Waismann se fueron algo confusos, no sabían que pensar, y sobre todo no sabían que iban a decir en la próxima reunión del Círculo. Se  fueron a casa en silencio, como si hubieran visto a un profeta, sin decir nada. Waismann volvería a enfrascarse en las páginas del Tractatus que casi ya se sabía de memoria, y Schlick se pasaría el día entero sin hablar a su esposa, como si estuviera en trance. Ella empezaba a acostumbrarse a ello. “Días Wittgenstein”, los llamaba, aprovechaba para ir de compras.



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La Jornada del Muerto

Fragmento de mecanoescrito “Kurt F. Mackintosh”, firmado por Torsvan Maruth, y encontrado entre las pertenencias de Víctor Morelli en su apartamento de la Calle Ruzafa de Valencia.

Cuando Tim dejó de trabajar en los casinos de Las Vegas decidió volver a Nuevo Mexico, al lugar donde había estado destinado su padre durante la Guerra.

Los antiguos conquistadores españoles lo llamaron La Jornada del Muerto, noventa millas de arena y lava, un auténtico secarral. Quienes lo han visto se preguntan qué se les pudo haber perdido allí. Está a unas cien millas al norte  de Alamogordo por la US 54, muy cerca de Coane en el condado de Socorro. Tim y su mujer Luisa han visitado el lugar un par de veces, hay un monolito más o menos cerca del lugar donde se detonó la bomba, en el hipocentro, Tim dice que todavía se pueden medir allí niveles de radiación superiores  a lo normal, aunque nada peligrosos. En una de aquellas ocasiones Judy y yo les acompañamos, hacía un calor infernal, Tim nos estuvo contando cosas que recordaba de su padre, o que él mismo fue recopilando durante su vida en sus fichas escritas a mano. Su padre era uno de los oficiales de la USAAF, encargados del dispositivo de seguridad de la prueba Trinity, Tim y su madre vivían en Santa Fe, lejos del lugar, y no supo qué hacía su padre hasta algunos años después.

Kenneth Bainbrige, el responsable científico de la prueba, pasó varios meses recorriendo los Estados Unidos para al final volver a Nuevo Mexico y encontrar allí el lugar apropiado: el secarral de La Jornada del Muerto, no había nada millas a la redonda y estaba cerca del laboratorio de Los Alamos. El nombre, Trinity, lo eligió el propio Oppenheimer, dicen que fue un homenaje a John Done, es el título de uno de sus poemas. Tim es muy escéptico en relación a todo esto, cree que cuando ocurre un suceso de tal magnitud tendemos a contarlo de manera literaria.

-Los protagonistas siempre acaban inventando algo  –decía Tim-, están en un lugar privilegiado y de repente se dan cuenta de que todo ha pasado igual de rápido que si no hubieran estado. Así que dicen que pensaron en tal o cual frase, o un verso de algún libro que ni si quiera han leído, cuando lo único que hicieron fue quedarse de una pieza viendo con la boca abierta lo que estaba ocurriendo.

-Cuando se me vino el mundo encima recordé los versos del Fausto de Marlowe (motel Belvedere, Arizona, Junio 1991): “El necio que ríe en la Tierra ha de llorar en el Infierno” –bromeé.

-Y una mierda. Tú hiciste lo mismo que todos esos jodidos yuppies de Wall Street que la pifiaron en el crash, llorar y patalear como críos.

Aquel día, el 16 de julio de 1945, el padre de Tim estaba en un búnker junto a Oppenheimer, a más de diez millas del lugar de la prueba. Le dieron unas gafas opacas para cubrirse de la luz y crema de protección solar. El ambiente estaba tenso, desde las dos de la madrugada todo el mundo se encontraba en sus puestos, la prueba se había programado para las cuatro de la madrugada del día dieciséis, pero se tuvo que posponer más de una hora por las condiciones meteorológicas, hacía mucho viento. Habían montado una torre de acero de unos veinte metros de altura y allí habían colocado el artilugio, ni siquiera tenía nombre: un complejo dispositivo de implosión que lograría comprimir una esfera hueca de plutonio en una masa de alta densidad hipercrítica, había también un iniciador neutrónico de berilio en el centro, pero con comprimir el plutonio era suficiente.

-Desde los altavoces se oía música de baile para amenizar la espera –Tim siempre contaba aquello como si hubiera estado allí-, eran las cuatro de  la mañana y ahí estaban todos, esperando la primera  detonación nuclear de la historia mientras sonaban las Andrew Sisters cantando “Rum and Coca-Cola”. Todo el mundo estaba nervioso. Mi padre me contó que Oppenheimer daba vueltas como si estuviera enjaulado en aquel bunker, estaba obsesionado con que un fallo eléctrico diera al traste con todo. Parecía Gary Cooper en “Solo Ante el Peligro”. Estaba ahí, mirando por la ventana del búnker, expectante, yendo de un lado a otro. Uno de los científicos que andaba por ahí le estaba contando a otro cómo hacía su madre las tartas de manzana, había un tipo con acento extranjero que estaba preocupado por la remota posibilidad de que la implosión del plutonio no fuera homogénea, otros estaban aburridos, o contado chistes verdes. Algunos salían fuera y se sentaban en el suelo, era de madrugada y en el desierto hacía frío. Todo el mundo esperaba a que Jack Hubbard, el jefe de los meteorólogos, diera el visto bueno. El general Groves no se podía contener, andaba nervioso, impaciente, tenían que informar al Presidente, y éste se encontraba en Postdam, negociando a cara de perro con los rusos.

-Gary Cooper era más guapo que Oppenheimer –decía Judy.

-Sobre las cinco estaba todo listo. Hubo una cuenta atrás de veinte minutos. A las cinco y veintinueve minutos del 16 de Julio de 1945, hora de la costa oeste, se dio la orden de detonar la bomba, simplemente se accionó un interruptor. Entonces el cielo estalló.

-¡BUUUM!

-Steve Carrasco, tenía una frutería en Alamogordo, estaba descargando el género cuando sintió que amanecía por el lugar equivocado, hacia el norte el cielo se iluminó con un color rojizo que luego adquirió unas tonalidades extrañas, durante los días previos los bombarderos de la Fuerzas Aéreas habían estado haciendo pruebas de tiro al norte, pensó que algo gordo había estallado. En el bunker bubo todo tipo de reacciones: Oppenheimer  no recitó ningún verso del Bhagavad Gita, simplemente dijo relajado: “Funciona”, el director de la prueba, Kenneth Bainbrige, dijo: “Somos unos hijos de puta… eso es lo que somos”, la mayoría de los científicos presentes no dijeron nada, o se dieron la mano en silencio, un tipo de Princeton salió al exterior y con las gafas puestas se puso a bailar una danza india, otros lloraron, o se sentaban fuera, en suelo, mirando extasiados el hongo que iba creciendo de manera paulatina. Mi padre me dijo que aquello fue lo más maravilloso que ha presenciado en toda su vida, que jamás podrá olvidar aquel mediodía que surgió de improviso, esa bola de fuego que crecía y se elevaba como un globo, el calor que sintió en la cara, y las cambiantes luces que se iban sucediendo, púrpura, violeta, azul, verde, rojizo… Mi padre no dijo nada, ni siquiera se movió. Tampoco pensó en ninguna frase adecuada para el momento. Simplemente se quedó ahí, mirando sin saber qué hacer, con las gafas protectoras puestas y apestando a crema solar.

Al terminar la guerra al padre de Tim lo destinaron a California, a la Base de Vanderberg y Tim se fue a Santa Barbara. Tim es amigo mío, voy con frecuencia a su casa y tomamos unas cervezas en el porche. El me cuenta cosas de su padre, del Proyecto Manhattan, de la bomba, y vemos antiguas películas en su vídeo, le gustan las películas antiguas de ciencia-ficción. En los años cincuenta estaban de moda las invasiones de alienígenas y las mutaciones de insectos debido a las radiaciones producidas por las pruebas nucleares, Tim opina que todo ello era producto del miedo, miedo a la incertidumbre y a lo que desencadenó aquella explosión en la Jornada del Muerto.

El 23 de septiembre de 1949, al llegar del instituto, en Santa Barbara, Tim encontró a su padre en casa, no solía regresar  tan pronto de la Base, Tim preguntó: “¿Qué pasa?”, su madre no dijo nada, pero su padre le miró serio y le contesto: “El Presidente Truman ha anunciado que los rusos tienen la bomba”. En realidad hacía casi un mes que la tenían, habían detonado a JOE 1 en el desierto de Kazastán el 29 de agosto.

-Es lo que suele pasar cuando se infravalora la importancia de lo inesperado –decía Tim-. Nadie esperaba que la Unión Soviética pudiera obtener la bomba antes de quince o veinte años, muchos incluso aseguraban que eran incapaces de hacer una sartén en condiciones, y probablemente estuvieran en lo cierto, pero fabricaron su bomba. Estábamos cegados y maravillados por los fuegos artificiales de la Jornada del Muerto, era el amanecer de un futuro atómico, acompañado por música de swing y televisión. Les bastó apenas cuatro años, en realidad pudieron haberla tenido en menos tiempo, fue un regalo… Y así nos metimos en la espiral del miedo, más de cuarenta años esperando la hecatombe, un apocalipsis ultravioleta venido del cielo que cada día parecía más cercano.

»Aprendimos a vivir con miedo, en las escuelas enseñaban qué hacer en caso de un bombardeo soviético, todo era absurdo, la tecnología de misiles todavía no estaba desarrollada, pero todo el mundo sabía cómo íbamos a ser aniquilados, había todo tipo de teorías: decían que la bomba podía ser ocultada en un submarino, o podía ser enviada en un camión, o un avión comercial… Luego vino la paranoia, el caso Fuchs, había espías rusos por todas partes, la superbomba de hidrógeno y la sospecha de que los soviéticos la tuvieran ya, la Guerra de Corea, la posibilidad de un ataque preventivo contra la URSS, McArthy… Estábamos presos, encerrados en una red que se comenzó a tejer a pocas millas de aquí, mientras mi padre escuchaba música de baile en  un bunker, untado con protector solar.

No sé por qué he querido hablar de Tim, es mi amigo y le aprecio, pero en cierta medida esa red de la que habla Tim es la misma en la que quedó preso Kurt F. Mackintosh. Si tengo que hablar de él, debo de hablar del miedo, de redes de paranoia tejidas de manera paciente y de las que uno se empeña en no salir; en cierta medida también de locura.

Los psiquiatras del FBI que examinaron a Mackintosh tras su detención aseguraron que no estaba loco, al menos en lo que al término clínico se refiere. Presentaba un caso típico de trastorno esquizoide de la personalidad, supo en todo momento qué estaba haciendo y el alcance de sus acciones, que planificaba con sumo cuidado; Mackintosh se impuso un tarea que él creyó irrenunciable sin importarle lo que pensara el resto de la gente, sin importarle tampoco el sufrimiento de aquellos a los él condenó en su tribunal privado y sin derecho a recurso. Hoy cumple una condena a perpetuidad en una prisión federal, según tengo entendido ha vuelto a dedicarse a la filosofía, escribe un libro sobre Wittgenstein, creo.

Visto con la distancia que da el tiempo, creo que Mackintosh actuó con una imprudencia deliberada en aquellos cuatro atentados en tan poco tiempo en Pennsylvania y New Jersey que acabaron con la vida de Alfred Elkins, a la postre fueron los que pusieron a la policía tras los pasos de Mackintosh. El fiscal quiso acusarle de hechos similares producidos en el pasado pero no pudo demostrarlo en el juicio, sin embargo, ese paquete y las tres cartas enviadas, fueron los primeros cargos contra él en la larga serie de atentados de los que fue encontrado culpable y que dieron con él en prisión acusado de terrorismo y asesinato. Recuerdo aquel juicio como si lo hubiera vivido ayer, fui uno de los testigos de la acusación, Mackintosh no se molestó en abrir la boca  en todo el proceso, ni siquiera permitió a su abogado de oficio que realizara un alegato exculpatorio. Cuando el jurado pronunció el veredicto Mackintosh apenas movió un músculo.

Personalmente no guardo ningún rencor a Mackintosh, deseé que le condenaran por lo que hizo, y es justo que pase el resto de su vida en prisión, pero en lo que a mí me toca no hubo ningún tipo de animadversión, me eligió a mí como pudo haber elegido a otra persona. Puede que él también acabara reconociendo a los tipos como yo, o como Gerald, que nos pasábamos la vida en los moteles, fui una presa fácil. Me crucé en su camino y él no desaprovechó la ocasión, eso fue todo.

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Años perdidos: La reunión espiritista

Un día de marzo de 1928.

Es de noche, una vieja casa en algún lugar de la Innere Stadt, la ciudad vieja que soportó con paciencia el asedio del gran Solimán El Magnífico. El callejón es estrecho, retorcido, sucio, en esa zona de la ciudad suelen abundar ese tipo de callejas. No tiene salida, un muro lo ciega, a penas penetra la luz.

Tres hombres buscan una puerta, parecen vacilar, dos de ellos discuten: uno de ellos parece nervioso, gesticula, el otro le responde paciente, tiene un aire algo distinguido. El tercero se mantiene a cierta distancia, no dice nada, parece esperar a ver que deciden. Se paran ante una puerta, tocan el pesado picaporte que resuena con estrépito en la noche vienesa. Esperan. Nadie les abre. El hombre gesticulante parece decidido a marcharse, hace incluso ademán de ello, pero en ese momento la pesada puerta se abre, una mortecina luz amarillenta ilumina el callejón, y un hombre calvo enfundado en una levita les invita a pasar, parece no decir nada, con su mano señala una escalera.

Los peldaños de la vieja escalera crujen lastimeramente mientras suben los cuatro hombres: el calvo de la levita, que lleva un candil; el distinguido personaje de traje negro; el hombre gesticulante; y tras todos ellos un tipo con un pesado abrigo, gafas redondas de carey y pelo peinado hacia atrás, de todos ellos es el más joven, apenas veinte años. Por fin llega el extraño grupo a una puerta en el segundo piso, nadie ha dicho nada durante todo el trayecto. El hombre de la levita les abre, y con la misma gravedad que en la entrada les invita a pasar. Ni una palabra.

Dentro de la habitación hay dos personas sentadas ante una mesa redonda cubierta con un tapete negro: un hombre gordo y barbudo pulcramente vestido, y una pálida mujer de mediana edad, extremadamente delgada y de lacio pelo negro recogido en un extraño e hipnótico moño. El hombre gesticulante, ante tal escena, está a punto de marcharse, su  distinguido acompañante le detiene amablemente, y le dice algo al oído. El de la levita deja el candil en una repisa y hace las presentaciones: madame Eudora y el profesor Markus Frank, anuncia señalando a los personajes sentados a la mesa; los señores Hans Hahn, Rudolf Carnap, y Kurt Gödel, de la Universidad de Viena. Nadie habla, al cabo de unos segundos el hombre gesticulante rompe el silencio dirigiéndose cortante al profesor Markus Frank:

CARNAP: ¿Profesor de qué?

HAHN: Vamos Rudolf, tómatelo con calma, somos científicos, y estamos aquí como observadores. Recuérdalo, no hay que tener prejuicios sino métodos de verificación.

PORF. MARKUS: Profesor en parapsicología y metempsicosis. Encantado de conocerles señores

CARNAP: (con un gran gesto de desaprobación) ¡No me lo puedo creer!

HAHN: (Algo azorado) Bien… sí, habrá que disculpar a Rudolf, está algo nervioso… Casi estamos todos, falta todavía una persona pero debe estar al llegar, así que si quieren pueden empezar los preparativos.

CARNAP: ¿Va a venir alguien más Hans? ¿No será alguien de la Universidad?

HAHN: Falta Moritz Schlick, me dijo que vendría por su cuenta, quizá traiga a alguien más con él.

CARNAP: (sorprendido) ¿Moritz también? ¿No me irás a decir que está interesado en el espiritismo?

HAHN: Le interesa como científico, quiere estudiar el fenómeno, nada más. Como nosotros.

CARNAP: Tonterías. Moritz quiere comprobar si es cierto lo que anda diciéndose por ahí, que Hahn y Carnap se dedican a hablar con espíritus.

HAHN: Vamos Rudolf cálmate. Te recuerdo que la idea de este tipo de reunión partió de ti.

CARNAP: Sí pero yo pensaba en algo más… es decir… algo como una prueba de laboratorio. No esto, con un parapsicólogo y una médium. ¡Una médium! Hans

GÖDEL: (como si nada de lo que oye fuera con él) Hace frío en esta habitación.

PROF. MARKUS: Madame Eudora ha oficiado como médium en las más prestigiosas sesiones espiritistas de toda Europa, al lado de políticos y nobles de la más alta condición, incluidas Casas Reales. Ha sido muy difícil convencer a madame Eudora para venir a esta reunión. Les ruego que tengan más respeto y deferencia con la médium más famosa de todo el continente.

GÖDEL: Un placer madame. ¿No tiene usted frío? Yo si me lo permiten me quedaré con el abrigo puesto.

CARNAP: Vamos, acabemos con esto cuanto antes. ¿Ahora qué hay que hacer, sentarse a la mesa, juntar las manos e invocar a los espíritus que pueblan el limbo?  Podríamos aprovechar para charlar con Frege… Hans, ¿de verdad crees necesario toda esta escenografía?

HAHN: Hay que estudiar el fenómeno allí donde se produce. Y si es en una reunión espiritista… pues habrá que acudir allí.

PROF. MARKUS: Bastará con que nos sentemos todos formando un círculo y nos concentremos con toda la intensidad que sea posible en una dimensión superior. Madame Eudora hará el resto, si hay algún espíritu cerca, en la cuarta dimensión, madame Eudora hará de nexo de unión dimensional entre él y nosotros.

CARNAP: (sarcástico) Increíble

HAHN: Hay que esperar a Moritz, debe de estar a punto de llegar.

GÖDEL: ES difícil distinguir los fenómenos genuinos del fraude. Por eso será de gran ayuda que alguien tan experimentado cono madame Eudora nos acompañe esta noche.

Se oyen golpes en la puerta. Alguien llama, el hombre calvo de la levita sale de la penumbra sin decir palabra, y con el candil en la mano se dirige abajo para abrir. Un silencio incómodo se deja sentir en la sala. Al final es Hans Hahn quien habla.

HAHN: Debe de ser Moritz

CARNAP: ¡Fantástico! Mañana voy a ser el hazmerreír de todo el Círculo. Yo Carnap, el azote de los místicos y metafísicos, sorprendido en una reunión espiritista como quien acude a un burdel.

PROF. MARKUS: (indignado) Por favor señores, moderen su lenguaje, madame Eudora es una señora, y sus facultades psíquicas son extremadamente sensibles…

CARNAP: ¿Es un parapsicólogo o su representante?

HAHN: ¡Por favor Rudolf!

CARNAP: (señalando a la puerta) ¿Y quién es ese tipo, el de la levita negra?

HAHN: Es Otto… ya sabes… Otto

CARNAP: ¿Qué Otto? No le conozco

HAHN: Oh vamos Rudolf…

El rechinar quejumbroso de la vieja escalera vuelve a sonar, los pasos se acercan hacia la puerta. Se abre, y tres hombres aparecen en el umbral. Uno de ellos es el inevitable psicopompo calvo de la levita, que vuelve a dejar el candil en la repisa. Junto a él aparece un hombre de gafas y pelo rubio, parece cohibido, saluda a Carnap y Hahn con la cabeza, actúa con excesiva deferencia y respeto con el tercer personaje, que aguarda todavía en el dintel de la puerta sin decidirse a entrar. Al cabo de unos segundos de tensión, éste, como surgido de las sombras, franquea la entrada, la luz del candil le ilumina de soslayo, todo resulta como una aparición. Es algo bajo, y viste con estudiado desaliño, va con las manos en los bolsillos de la chaqueta, no lleva corbata y tiene el encrespado cabello algo revuelto; a pesar de su aspecto no puede disimular su porte patricio, y no es extraño, su familia es una de las más acaudaladas de toda Austria.

CARNAP: ¡¡Ludwig!!… Espera, no es lo que parece.

WITTGENSTEIN: Rudolf… admito que no me  sorprende nada, aunque cuando Moritz me lo contó creí que era una broma.

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Años perdidos: Haus Wittgenstein

“Yo siempre he creído en la incertidumbre. Para estar realmente convencido de algo, uno necesita sentir un profundo disgusto por casi todo lo demás. Así en determinados proyectos resulta decisivo explorar nuestras fobias para reforzar nuestras convicciones…”

Rem Koolhas. Arquitecto.

En principio Gretl Wittgenstein encargó a Paul Engelmann en 1926 el diseño de su nueva casa en la Kundmanngasse, en Viena. Engelmann había sido alumno y seguidor de Adolf Loos, era amigo de Ludwig, y por supuesto había leído el Tractatus. Engelmann le habló entusiasmado del proyecto a Ludwig y de la posibilidad de colaborar, aceptó. Su retiro como profesor rural había acabado ya con su paciencia; en aquel momento estaba trabajando como jardinero tras verse obligado a dejar su puesto de profesor rural. Una denuncia por malos tratos, un enojoso asunto ventilado de forma disimulada, y un cansancio psicológico que le colocó al borde del abatimiento.

El proyecto lo firmó Engelmann, sólo él tenía la titulación para hacerlo, pero la casa siempre se ha considerando, de alguna manera, obra de Wittgenstein, que se ocupó de diseñar hasta los más mínimos detalles. La casa de la Kundmanngasse fue una especie de Tractatus edificado, un testamento casi póstumo de un Wittgenstein que en 1928, fecha de la finalización de la casa, estaba a punto de desaparecer. Tras su reingreso en Cambridge, en 1929, se dedicaría a revisar su trabajo rechazando lo hecho hasta ese momento y olvidándose de la Lógica, pero algo permaneció, claro.

Engelmann abandonó pronto el proyecto de construcción de la casa de Gretl, Wittgenstein había acaparado de forma obsesiva los detalles del mismo, y no quiso enemistarse con su amigo. Gretl y Engelmann pensaron que podía ser una especie de antídoto con el cual recuperar a Ludwig del abatimiento en que se sumió tras la publicación del Tractatus. No fueron sus peleas por verlo publicado lo que le llevó a abandonarlo todo, sino esa sensación de trabajo finalizado, de no tener ya nada más que hacer en la vida. Engelmann jamás le reprochó que se adueñara del proyecto, sabía que necesitaba de esa construcción, de ese segundo intento de proyectar una nueva “prisión”. Los cálculos y detalles más técnicos fueron encargados a Jacques Groag, otro discípulo de Loos, y Wittgenstein sumergió de lleno en el diseño. Proyectó habitaciones, diseñó ventanas, puertas, sistemas de calefacción… todo; su obsesión por el detalle resultaba exasperante para los constructores.

Se suele decir que la casa de Grtel en la Kundmannggasse, sigue los preceptos funcionalistas de Adolf Loos, en parte es cierto: es una casa austera y sobria, pero a la vez confortable y cómoda; hay simplicidad en el diseño, limpieza de líneas, ausencia de ornamentación, claridad. Pero no es del todo cierto, en la casa hay abundancia de elementos accesorios cuya única función es puramente estética. Me he cansado de mirar fotografías, hay simetrías intencionadamente buscadas, elementos que proporcionan placer visual; hay una austera monumentalidad típicamente clásica. La intención de Wittgenstein no fue tanto construir una “máquina para vivir”, una casa, sino expresarse a sí mismo, proporcionar nuevos límites a su mundo.

Fue lo mejor que realizó desde la publicación del “Tractatus”, olvidada su conflictiva etapa como maestro de escuela en un pueblecito rural austriaco. “El trabajo filosófico –como muchas veces sucede en arquitectura- consiste, fundamentalmente, en trabajar sobre uno mismo. En la propia comprensión. En la manera de ver las cosas”. (L. Wittgenstein. Aforismos). Quizá también en lo que uno exige de las cosas.

Es posible ver el trabajo de Wittgenstein como una obra arquitectónica. Es cierto que posee cierta cualidad espacial, mucho más presente en el primer Wittgenstein que en el segundo. Hay sobre todo en el Tractatus cierta modelización del espacio, una preponderancia de la forma, y sobre todo de la función. Es una arquitectura despojada de toda ornamentación: significado y función, continente y no contenido.

La construcción de la casa de Gretl fue un autentico suplicio para quienes la realizaron, Ludwig era obsesivo con los detalles, muchos de sus diseños tuvieron que ser fabricados “ad hoc” con una precisión del milímetro, y se tuvo que reedificar habitaciones ya construidas porque sus medidas no coincidían con las especificaciones por cantidades insignificantes. Pero todo tenía que resultar un armónico perfecto, únicamente audible por un oído absoluto. Wittgenstein casi siempre se refería a la casa de Margarethe en términos musicales, un ejemplo de buen gusto y agudeza auditiva.

Hay una proposición en el Tractatus que marca la diferencia:

“5.6: Los límites de mi lenguaje, son los límites de mi mundo”.

Wittgenstein encontró el límite, el ingenuo optimismo acabó. El lenguaje formalizado y lógico puede reflejar el mundo hasta sus más mínimos detalles, pero no es el mundo, ni mucho menos proporciona las respuestas. Podremos construir una casa que sea como el mundo, pero sólo será eso, una casa, y toda esa perplejidad que ocasiona la existencia del mundo, y que da lugar a esa cháchara sin sentido que es la filosofía, seguirá estando presente porque el sentido de ello se muestra en el lenguaje. Ese “yo” que pregunta, y se sorprende, y necesita saber cuál es el sentido de todo esto, queda fuera del mundo y de esa prisión en la que no puede entrar: el lenguaje. Como mucho se pueden modificar los límites, no traspasarlos. Wittgenstein pretendió haber solucionado todos los problemas de la filosofía, no por haber encontrado las respuestas, sino por haber llegado a la terrible conclusión de que a pesar de que nos sabemos encerrados, no podemos si quiera hacer preguntas. Nunca he podido leer esa parte del Tractatus sin un sentimiento de pesadumbre.

Otra cita. “Corrección” de Thomas Bernhard. Tras el suicidio de su amigo Roithamer, el narrador de la novela llega a la casa del taxidermista Höller, en cuya buhardilla Roithamer se suicida después de construir en el centro del bosque de Kobernauss, un gran Cono, un edificio, destinado a ser residencia y felicidad suprema de su hermana. En la buhardilla se encuentran las notas de Roithamer que dan cuerpo a la novela. Un proceso obsesivo de creación y constante corrección al alcance de una obra nunca del todo terminada.

En la novela de Bernhard son evidentes los paralelismos con Wittgenstein, pero puedo también establecer simetrías entre Corrección y el caso de ese fantasmal Víctor Morelli: la buhardilla, las notas encontradas, la obsesión, la arquitectura… La cita es la siguiente:

“El Cono es la consecuencia lógica de la (de mi) naturaleza (…) No dejaré que nadie se me acerque al Cono”

T. Bernhard. Corrección.

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