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Archive for 27 diciembre 2009

Portero de noche

Fuente: “El Caso Duchamp” de Víctor Morelli.

Documento: Relato encontrado en el almacén de Dallas, perteneciente a Torsvan Maruth. (Publicado Marcelo Campos, revista Nuevo Siglo, Madrid, febrero 1984)

Night Janitor.

Al principio le seguí durante unos días, pero fui incapaz de adivinar dónde vivía. Siempre acababa escapándose por callejones que desconocía, pero no debía vivir muy lejos del motel, supongo que en algún apartamento próximo a Hollywood Boulevard, me pregunto por qué eligió este sitio.

Tuvo que reconocerme la primera vez que me vio en el vestíbulo, seguro, aunque me imagino que mi nombre no debió decirle nada cuando lo leyó en el registro del motel, cuando le conocí por primera vez yo era muy joven, un ayudante de cámara que trabajaba por horas a las órdenes de herr Murnau.

Aquel día, cuando me registré en ese motel de Hollywood, vi a un muerto.

Lo último que sabía de él es que había fallecido de un ataque al corazón en 1936, hace dos años, evidentemente no era cierto. Fue mi antiguo amigo Heinrich quien me lo contó, como me contaba tantas cosas. De Heinrich hace ya tiempo que no sé nada, dejó de escribirme, vive en Alemania, mi país, un lugar que me expulsó como si fuera una alimaña. Soy judío.

Pasé algunos años en París, no le encontré ningún encanto, luego crucé el Atlántico y probé suerte en Hollywood, ahora me gano la vida escribiendo guiones de absurdas películas de terror, o historias de rudos detectives.

Heinrich me contó que después del rodaje de Nosferatu el protagonista, Max Schreck, desapareció, recuerdo el último día –como siempre que Max tenía una escena, se rodaba de noche-, tras la última toma se marchó sin decir palabra, y sin que nadie de nosotros volviera a verle. Apareció en una película en 1923 Die Strasse, creo que se llamaba, no la llegué a ver, aunque Heinrich me aseguró que no era él.

El resto de su vida habían sido rumores: dijeron que se trasladó a Munich, que trabajó esporádicamente en alguna película (si es que de verdad trabajó), y se casó con una tal Fanny. En 1936 murió por un paro cardiaco. Casi nadie de los que trabajamos en Nosferatu volvimos a trabajar juntos, así que en cada ocasión en que nos veíamos era frecuente que cada uno trajera noticias más o menos fidedignas sobre Max. Corría incluso el rumor de que Max era un auténtico vampiro, que su nombre era falso, y que el propio herr Murnau había rodado escenas en secreto con Max, Greta y una sola cámara manejada por Fritz, el cámara jefe. Si es así puede que fueran pasto del fuego. Como todo.

El motel es un lugar modesto, llegué aquí hace un par de semanas: un baúl lleno de ropa anticuada, una máquina de escribir y el encargo de un argumento para una película de terror. A Max le reconocí al instante, era el portero de noche, jamás le vi sin el maquillaje pero su aspecto era inconfundible: calvo, tez pálida, la ropa negra, y esos ojos que se clavaron en mí en el vestíbulo. No dijo nada. Me pregunté cómo habíamos llegado a parar los dos a aquel lugar: él, un muerto –por lo visto, mal enterrado- y yo, un apátrida, alguien que porta una mancha indeleble y al que se la ha hecho responsable de los males que aquejan a ese Gran Reich Alemán.

Al principio jugábamos un poco al ratón y al gato: nos evitábamos, y nos buscábamos con curiosidad, llegué incluso a seguirle cuando terminaba su turno. Ninguno de los dos se atrevía a afrontar un encuentro que era ineludible. Hace dos días ocurrió, fue él quien subió a mi habitación, de madrugada, sabía que estaba despierto. Oí sus pasos en el pasillo, no tuvo que tocar la puerta de mi habitación, yo le abrí y ahí me lo encontré, en el umbral de la puerta, con su traje negro en una tórrida California… Le invité a pasar, aceptó una copa, y él me lo contó todo:

“Siempre le odié. Me cambió, me transformó, hizo de mi alguien que no era. También me dijo que mi vida cambiaría, que dejaría de ser un vulgar actorzuelo…, y tenía razón. Me dejé llevar. Me llamo Maximilian Weiss, mi padre era relojero y yo siempre quise ser actor. Mi aspecto… ya lo ve, el físico siempre me limitó bastante, nunca hacía aquellos papeles que me hubiera gustado interpretar, aunque era sobre todo una cuestión de prejuicios, estaba cansado de todo ello, entonces fue cuando apareció herr Murnau. Estaba buscando un protagonista para su versión de la novela Drácula, y quería que fuese alguien distinto a todos, me dijo que había pensado en mi nada más verme, evidentemente fue mi aspecto físico lo que le atrajo. Me convertí en Max Scherck, mi nombre parecía una broma, el señor Terror. Herr Murnau se inventó una falsa biografía ficticia, ¿sabe qué es eso? Una biografía falsa que tendría que dar pábulo a todo tipo de especulaciones, a cual más truculenta.

»Hizo de mí un monstruo, un ser repugnante. Rodábamos siempre de noche por expreso deseo de Murnau, usted bien lo sabe, había que alimentar un mito que el propio Murnau había creado y al que yo había prestado mi cuerpo, y posiblemente mi alma. Me convertí en un instrumento de su deseo, y sobre todo de su mayor deseo en aquel momento: Greta Schröder, la actriz protagonista. Pobre chica.

»Recuerdo escenas en las que Greta estaba realmente asustada, herr Murnau parecía disfrutar con ello, quería llevar a Greta hasta el límite, ella creía todo aquello que se decía sobre mí, todas esas fábulas inverosímiles, y las escenas conmigo le resultaban todo un tormento. Y yo le seguí el juego. ¿Recuerda la leyenda de que se rodaron escenas en secreto? Bien, es cierto, pero en ellas no estaba yo, ni si quiera Fritz, el cámara principal, sólo herr Murnau y Greta. Cuando aquello acabó me ordenó que desapareciera, que me ocultara, había que seguir alimentando el mito, a cambio me ofreció una jugosa compensación, pero la película fue un fracaso, tuvo problemas con los derechos de autor y un juez ordenó que se quemaran todos los negativos. Intenté llevar una vida normal, volver a actuar en alguna película, pero todo el mundo creyó que Max Schreck, el autentico Scherck, el vampiro, el no muerto había desaparecido realmente. Mi aspecto físico me hacía inconfundible, así que actúe en Die Strasse con mi nombre falso, poca gente creyó que era yo realmente, se habló de dobles, de suplantaciones…, qué se yo. Ese monstruo me perseguía allí a donde iba, intenté desaparecer, me marché a Munich, me casé incluso, intentando olvidar, cambié por completo mi aspecto, pero todo fue inútil. Fanny quiso casarse con Max, y no con Maximilian, todo fue un fracaso.

»¿Qué podía hacer? Quizá usted me comprenda, no tenía elección. Fingí mi muerte, maté a Max y a Maximilian de un solo golpe, se habían convertido en personalidades indistinguibles, y si no podía acabar con Max, acabaría con ambos. Aquí me llaman Herbert, puede parecer irónico que trabaje en un motel aquí, en Hollywood, pero no es fácil encontrar trabajo si uno es un emigrado, sobre todo ahora. A pesar de todo usted me ha visto, me ha reconocido, y ¿a quién ha visto? A Max, ¿no es cierto?”

Siguió unos minutos más en mi habitación, en penumbra, apenas podía ver su cabeza calva, sus ojos…, mirándome. Sentí miedo. No he vuelto a cruzar palabra con él, ahora escribo por el día y duermo por la noche, como todo el mundo, pero sé…, sé que él siempre está ahí, en su puesto, es el portero de noche.

Sé que jamás le veré. De mí también han hecho un monstruo.

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El Informe Morelli (7)

Finales de junio de 2005

Me lo encontré una tarde en la explanada del campus, recuerdo la sensación de desazón cuando le vi, y la clara percepción de que empezaba a rodar ya pendiente abajo sin que nada pudiera detenerme. No sé cuánto tiempo estuvo esperándome, aunque él me aseguró que sólo había llegado hacía unos minutos.

-No te quise molestar. Me dijeron que no tardarías en salir, y decidí esperarte.

-Podías haber entrado… estaba solo en mi despacho –contesté.

-Es igual… Estoy de vacaciones.

Hacía un año que no había visto a Alfredo Sanz, y casi no le reconocí. Estaba mucho más delgado que aquella vez que nos entrevistamos en Madrid, seguía calvo, pero un alud de tiempo parecía haberse abatido sobre él. Le vi –diría que impaciente- paseando por la explanada de un campus desierto de finales de junio, cerca del edificio de la facultad de matemáticas. Esos días en los que las instalaciones de la universidad parecen haber muerto, excepto las bibliotecas, llenas de estudiantes al borde del ataque de nervios defendiendo su pequeño cubil, unos apuntes y unos libros.

Yo no tenía nada que hacer, ultimar la previsible condena de aprobados y suspensos, perfilar un artículo que nunca debí haberme comprometido a terminar antes del verano (incompleto, intrascendente, banal) y preparar una levantisca reunión de departamento en la que no tenía el más mínimo interés. Decidí quedarme en mi despacho de la facultad y comer un acartonado sándwich liofilizado que compré en la cafetería. Excusas para no volver a casa, Eva y yo pasábamos por la ineludible fase de desencuentros pactados y silencios educados, vidas paralelas e inercias que demoraban un final previsible.

Por eso me inquietó la contestación de Alfredo Sanz, ¿quién le había dicho que no tardaría en salir? Le encontré algo demacrado, con evidentes ojeras; llevaba una camisa blanca que se había manchado de café, unos pantalones que habían vivido mejores tiempos y unas deportivas. Un aire informal, como de vacaciones, sí, aunque también delataba cierto abandono.

Se acercó en cuanto me vio salir por la puerta forzando una sonrisa, cómo si nos hubiéramos despedido unos días antes. Me tuteó, pero no recordaba que nos hubiéramos tuteado en nuestra entrevista en Madrid. Me sentí algo incómodo.

-¿Acabando el curso? –preguntó Alfredo

-Sí… acabando ya. ¿Qué haces en Valencia?

-Ya te lo he dicho, estoy de vacaciones… ¿Sabes la última de Perelman?

-No… Ha dejado de contestar a los correos electrónicos, nadie sabe nada de él –respondí sin interés.

-Vive con su madre, y se dedica a recoger setas a las afueras de San Petersburgo.

-Fantástico –ironicé-. Alfredo… ¿por qué has venido a verme?

-¿Te acuerdas de Víctor Morelli? He recordado algo… y pensé que te gustaría saberlo. ¿Todavía te interesa Morelli?

Estábamos los dos parados en la explanada del campus, no había nadie, él no parecía saber qué hacer y yo no me decidía a acompañarle a mi coche. Alfredo Sanz me miraba con una falsa expresión burlona, sopesando el efecto que causaban sus palabras. Quería decirme algo, esperaba a que yo le ayudase y no paraba de mirar a su alrededor. Se hubiera sentido mejor en una plaza pública, o en una café con gente, le inquietaba la soledad del campus.

-Morelli, claro que me acuerdo… ¿has sabido algo? –pregunté.

-Sí, bueno… me dijiste que uno de los libros de Hippomenes Sequens era una pequeña historia de Infinito. Recuerdo que Morelli tenía previsto escribir algo así, una historia pequeña y anotada, le fascinaba. Pero decía que debería ser un trabajo para un proscrito, entonces leía mucho a Dostoievsky, ya sabes, “Apuntes del Subsuelo”.

-¿Me estás diciendo que Morelli pensaba desaparecer?

-No… es decir, quizá tenía esa idea en mente. Quizá su desaparición no fue tan inesperada.

-Alfredo… ¿te ocurre algo?

Alfredo Sanz no dejaba de mirar a su espalda, se fijaba en el parking, en las pocas sombras que se dejaban ver, empezaba a ponerse nervioso, y yo a inquietarme. Estaba distinto, cambiado, la actitud de Alfredo nada tenía que ver con aquel Alfredo que había conocido hacía solo un año, seguro de lo que decía, algo socarrón, y dejando entrever que probablemente sabía más de Morelli de lo que decía. Cuentas pendientes no saldadas y que aquella tarde no tuvo la más mínima intención de contarme.

Sin embargo el Alfredo Sanz que me encontré esa tarde de junio en el campus era un hombre indeciso, dubitativo, incluso asustado. Intentaba organizar un discurso inconexo que giraba en torno a Morelli, aunque era evidente que quería hablar de otra cosa.

-¿A mí? No, nada. Ya te lo he dicho… estoy de vacaciones. Dime, ¿te sigue interesando Morelli?

-Sí… claro.

-¿Podemos hablar en alguna otra parte? –me preguntó

-¿Qué sucede Alfredo?

-¿Qué dice Morelli de mi en sus libros? –preguntó a bocajarro Alfredo

-¿De ti?… Nada. Al menos nada destacable.

-Sé que los tienes. Sé que has podido hacerte con los libros de Morelli

-¿Quién te lo ha dicho? –pregunté asombrado.

-Resnais.

-¿Resnais?… Creo que tenemos que hablar.

Acompañé a Alfredo Sanz a la cafetería del campus, apenas había gente. Saludé con la cabeza a un alumno de doctorado que pasaba la tarde fumando y tomando café tras café, mientras emborronaba una pequeña libreta: llegaría lejos. Casi no había nadie más, un pequeño grupo de estudiantes apurando unas últimas horas, mesas vacías, la máquina de sándwiches exhausta, todo el mundo huía de la universidad. Nos sentamos en una mesa al fondo, Alfredo me pidió ocupar la silla que ofrecía visión de conjunto, dominaba la entrada y toda la explanada.

-¿Quién es Resnais? –pregunté sin rodeos.

-Lo sabes perfectamente… Tú te llevaste los libros de Morelli, los compraste, en la librería de Resnais no saben quién fue, pero la descripción que me dieron coincide con la tuya.

-¿Quién te lo ha dicho? Yo no conozco a Resnais, ni siquiera sé qué aspecto tiene.

-No importa. Él si sabe que alguien los compró, y que le quiso ver, estaba muy interesado en esos libros… eras tú. Un dependiente de la librería me lo dijo. Pero no temas no les he dicho nada.

-¡¿Qué?! Alfredo… ¿desde cuándo estás en Valencia?

-Ya te lo he dicho, estoy de vacaciones.

El estudiante de doctorado me estaba mirando, había construido una doble muralla entorno a la mesa a base de vasitos de café, tenía un cenicero Cinzano repleto de colillas y seguía fumando, de tanto en tanto escribía alguna anotación en su cuaderno, su tesis versaba sobre teoría de nudos y era un maldito genio. Parecía divertirle la cara de pasmo que tenía yo.

-Es mejor que no vuelvas por ahí –continuó Alfredo-, no te iba a ocurrir nada, pero nadie puede fiarse de Resnais.

-¿Quién es Resnais? –pregunté de nuevo- ¿Y quién eres tú, Alfredo?

-Resnais es un cerdo… ¿te vale? Un hijo de puta capaz de cualquier cosa para salvar el culo… incluyendo hacerme la vida imposible… Ahora por ejemplo, anda diciendo que un desconocido está en posesión de los libros de Morelli, y que en esos libros se cuentan cosas, cosas sobre mí.

-Alfredo… no sé de qué hablas. Es cierto que yo compré los libros de Morelli, los compré en su librería, pero fue pura casualidad. Había una dependienta…

-Demasiadas casualidades. Supiste perfectamente el sitio al que había que acudir.

-¿De qué estás hablando Alfredo?

-¿Qué dicen los libros de Morelli sobre mi?

-¡Nada! –exclamé-. Hay… un pasaje sobre ti, aquella última conversación el 20 de noviembre de 1975… nada más. Algo totalmente intrascendente. Aparece en su primera novela, “El Caso Duchamp”, nada más. Es cierto, no miento.

-Resnais no dice eso –aseguró Alfredo-. Dice que Morelli destapa todo el asunto de Jorge Rivero.

-¿Qué asunto? De Rivero no dice una sola palabra… créeme.

-Entonces no entiendo por qué Resnais…

Alfredo Sanz se sobresaltó, miró por la ventana y echó un rápido vistazo a la cafetería. Luego se frotó los ojos, pareció invadirle un cansancio infinito…

-A veces soy un poco idiota –dijo Alfredo apoyándose en el respaldo de la silla-. Qué más da.

-¿Vas a decirme qué ocurre? –dije al cabo de un momento.

-¿De verdad lo quieres saber?… Supongo que te debo una explicación, ahora que Resnais sabe quién eres.

Alfredo Sanz esbozó una sonrisa forzada, y solo entonces pareció darse cuenta de su camisa manchada, de su aspecto –ahora sí- descuidado.

-¿Recuerdas que te dije que Víctor Morelli me mintió? –continuó Alberto- Pues bien… yo también lo hice.

-Volviste a verle, ¿no es cierto? –insinué

-Sí. Dos veces. La primera en Agosto de 1976 en Portbou, y luego en septiembre de 1980 en Cadaqués, cuando decidió volver a España.

-¿Qué pasó con Jorge Rivero?

-Rivero… una comedia bufa, una puñetera historia de la Transición. ¿Sabes a qué se dedica ahora Ana Noguera? Es directora de una Fundación. Le va bien, creo.

»Ana estaba decidida a librase de su marido, como fuera. Supongo que estaría enamorada de Víctor, o lo que fuera, en algún momento le tuvo que decir algo, no sé. Víctor era un chaval, se asustó, supongo, se hizo un lío… y decidió quitarse de en medio. Inventó toda esa comedia de irse a París y estudiar con Grolek… nos engañó a todos, yo mismo me lo creí, pero sobre todo la engaño a ella. Fue lo mejor que pudo hacer.

»El problema es que Ana no estaba dispuesta a pararse, ya había tomado la decisión. Fue entonces cuando nos llamó a nosotros.

-¿Nosotros?

-Sí. Nosotros éramos el Frente Revolucionario Amanecer Rojo, el FRAR. No, no hagas memoria, nuestra la gloriosa vanguardia del proletariado mundial tuvo un existencia efímera, casi

testimonial. No sé cómo pudo saber de nosotros, supongo que Víctor le debió hablar de mí… el caso es que en agosto de 1974 recibí una llamada suya

-¿De Ana?

-Sí, la misma. La verdad es fue directa al grano, quería que nos encargáramos de su marido, así de claro. Nos prometía cobertura. Él era un explotador fascista y, bueno, nosotros éramos una panda de imbéciles con ganas de marcha…

»Llevé la propuesta al Comité Central… éramos cinco, casi la totalidad del grupo. En una tormentosa sesión de crítica y autocrítica de seis horas, citando a Mao hasta para cuando íbamos a mear, se decidió que lo mejor para la lucha no era una ejecución sino un secuestro. Era más propagandístico, además, necesitábamos dinero. La última palabra la tuvo el enviado de los franceses, nuestra organización madre, un tipo llamado Jacques. A Ana Noguera no le importó, quería librarse de Rivero fuera como fuera.

»Ella le llamaría desde Valencia con un motivo suficientemente importante un domingo por la noche, lo demás era cosa nuestra. Un desastre. Al principio todo pareció salir bien, el Mercedes de Rivero paró cuando un coche averiado en mitad del embalse de Contreras le pidió ayuda, le encañonaron, le amordazaron y lo facturaron en una furgoneta hacía Torrejón, donde teníamos un chalet, allí esperábamos Jacques, Resnais y yo. Pero a nadie se nos ocurrió cachearle. En un momento de descuido Rivero sacó un pequeño revólver que escondía en el pantalón.

-Lo matasteis.

-¿Sabes? Podría decirte que sí, que fue en defensa propia… eso es lo que dirían ahora todos. Pero voy a contarte lo que ocurrió. Nos quedamos todos de piedra, Rivero pudo haber disparado al aire y se hubiera marchado tan tranquilo… uno de nosotros incluso levantó los brazos y se puso a pedir perdón, y yo me meé en los pantalones… Lo que ocurrió no podré olvidarlo jamás. Rivero se llevó el revólver a la boca y se disparó, allí mismo. Se desplomó como un fardo chorreando sangre.

»Jacques decidió que no podíamos reivindicar la muerte. Rivero se había disparado con su revólver y la policía lo sabría, por otra parte una reivindicación sin cadáver era una broma. Decidimos deshacernos del muerto. Está enterrado en una fosa, cubierto con cal viva, en un paraje de la provincia de Cuenca. Año y medio más tarde el FRAR se disolvía, y de Jacques no volvimos a saber nada… Resnais acabó en Valencia regentado la librería familiar, y los demás intentan olvidar todo aquello. Por supuesto Ana Noguera quedó satisfecha.

-¿Y Víctor Morelli? ¿Sabía algo de todo eso?

-No. Se marchó a París sin saber nada, no sé lo que le diría Ana, pero no le reveló que fuimos nosotros. Tampoco sospechaba nada un año más tarde cuando le llamé por lo de la muerte de Franco… Pero se enteró. No sé cómo, quizá ese Jacques. En cualquier caso yo mismo se lo conté todo.

-La entrevista en el setenta y seis.

-Sí. Supongo que le debía una explicación, como estoy haciendo ahora. Años más tarde nos volvimos a ver… en Cadaqués. Él estaba dispuesto a volver a España, también había tenido sus problemas en París y al parecer con una muerte de por medio, buscaba un sitio discreto, por alguna razón Cadaqués lo era. No le volví a ver más. En el ochenta, me preguntó por Ana, yo le dije que no sabía nada de ella desde la muerte de Rivero, no era cierto, no le dije nada de la llamada de ella pidiéndome sus señas en París. No sé si hice bien…

Los dos nos quedamos en silencio durante unos minutos, casi sin mirarnos, y observando cómo se iba vaciando la cafetería.

-Debo irme –dijo Alfredo.

-Espera…

-No. Me voy, los chivatos de Resnais ya nos deben haber visto demasiado, ya les hemos dado demasiado gusto.

-Una pregunta Alfredo, ¿por qué llevaba Rivero un revólver?

-¿Por qué me lo preguntas? Conoces la respuesta tan bien como yo. Sólo había una cosa que podía haber forzado a Rivero a marcharse a Valencia un domingo por la noche… una confesión de infidelidad… Me marcho.

-Puedo acercarte a Valencia en mi coche.

-No. Tomaré el tranvía, además… tampoco estoy de vacaciones.

-Necesito volver a verte –dije-. Quiero saber qué paso con Morelli.

-Para qué… No creo que te sirva de ayuda, además, tú mismo acabarás sabiéndolo… Una cosa, mantente alejado de Resnais.

Alfredo salió de la cafetería sin despedirse, había desaparecido ya toda la impaciencia que parecía invadirle cuando me lo encontré, le seguí con la mirada mientras atravesaba el campus y se perdía en busca de la parada del tranvía. Ya no quedaba nadie, excepto el estudiante de doctorado que continuaba con su dieta de café y cigarrillos. Me miraba con el interés de un entomólogo, con curiosidad pero con cierta asepsia. Algo pareció pasársele por la cabeza, lo anotó en el cuaderno y perdió totalmente su interés por mí, la teoría de nudos acaparó de nuevo su atención.

Como pronosticó Alfredo Sanz, pronto iba a tener más noticias de Morelli.

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El almacén de Dallas

Fuente: “El Caso Duchamp” de Víctor Morelli

Documento: Los papeles de la Organización L.H.O.O.Q. (Por Marcelo Campos, revista Nuevo Observador, Madrid, abril 1984)

El Almacén de Dallas.

El 21 de marzo de 1979 agentes de la policía judicial de la Prefectura de París, bajo mandato judicial, forzaron la puerta de un apartamento situado en el 252 del Boulevard Saint Germain. Su propietario era el ciudadano francés nacido en La Haya, Jean van Hoonerth Thibaut.

Jean van Hoonerth no se encontraba en su domicilio, como era de suponer, un amplio y lujoso apartamento en el cuarto piso del citado edificio. Se registró concienzudamente el inmueble pero todo resultó en vano, al menos eso es lo que siempre creyeron los investigadores, la escasa documentación incautada nunca llevó a ninguna parte. Jean van Hoonerth era el principal acusado del asesinato de Pierre Menard.

El “Asunto Menard”, como lo llamó la prensa durante las breves semanas que atrajo la atención del público, pese a la perplejidad y extrañeza que causó, ha seguido siendo un verdadero misterio, y un caso sil resolver: El 18 de marzo de 1979 el cuerpo sin vida de Pierre Menard, reconocido anticuario, bibliómano, descubridor de rarezas y acusado de fraude, fue encontrado en el interior de una maleta varada en el Sena, entre el Pont de Sully y el Pont d’Austerlitz, había sido asesinado de un tiro en la sien, y posteriormente seccionado, a Menard le habían separado las extremidades y la cabeza del tronco y lo habían empaquetado en el interior de la maleta. La noticia de tan truculenta muerte sorprendió a todo el mudo ya que Menard estaba en busca y captura, acusado de fraude continuado, falsificación y evasión de divisas.

Todo había estallado con gran escándalo en enero de 1979, en pocas semanas la reputación de Pierre Menard se vino abajo. Le llovieron las acusaciones de fraude y falsificación, incluido su último hallazgo que había convulsionado el mudo de la filosofía, unos diarios perdidos –y no conocidos- del Ludwig Wittgenstein.

El 20 de febrero de 1979 Pierre Menard tenía previsto acudir a declarar, en calidad de imputado, ante el juez de instrucción Alphonse Noret. No se presentó. Su abogado declaró que no tenía la menor idea de dónde podía encontrarse su cliente, y todo el mundo pensó que Menard había conseguido huir de la justicia… hasta que su cadáver  fue encontrado en el Sena.

Desde un primer momento se sospechó de Jean van Hoonerth, uno de los socios de Menard que había financiado varias de sus adquisiciones. Aunque Jean van Hoonerth se presentó como uno de los damnificados de las falsificaciones de Menard, los intereses de ambos siempre fueron más estrechos de lo que mostraron públicamente. Cuando apareció el cuerpo mutilado de Menard los investigadores policiales supieron a qué puerta llamar.

Van Hoonerth escapó, no hay ninguna duda, avisado quizá por alguien próximo a la Prefectura, o al juez instructor del caso Menard, todavía hoy sigue en paradero desconocido, y con una orden  de busca y captura por complicidad en un asesinato. Sin embargo nunca llegaron a averiguarse las circunstancias de la fuga de Jean van Hoonerth, o el “Holandés Errante”, como comúnmente era llamado. ¿Fue una fuga precipitada ante una inminente detención, una comedia de despistes, o una desaparición trágica? Aparentemente todo hacía indicar que van Hoonerth había huido de forma precipitada, quién sabe si de la policía o de alguno de los socios de Menard: los armarios abiertos y la ropa apresuradamente tirada por el suelo, como si van Hoonerth hubiera llenado una maleta con lo primero que hubiese elegido; los cajones abiertos, las luces encendidas, y un hecho que llamó la atención de los investigadores, buena parte de los libros de su biblioteca estaban desparramados por el suelo, algunos incluso descuajeringados, como si alguien hubiera intentado buscar algo en alguno de ellos.

Lo primero que se preguntó la policía fue si todo aquel revuelo era obra de van Hoonerth, o si por el contrario alguien más había entrado en su domicilio, quizá buscando algo. No se logró concluir nada, no había sangre ni signos de violencia, pero sí encontraron, tras una tela –completamente falsa- de Paul Klee, una pequeña caja fuerte, por supuesto vacía.

Jean van Hoonerth desapareció, no dejó ni rastro, y pese a los esfuerzos de la policía no se logró averiguar siquiera donde pudo esconderse, incluso se conjeturó con la posibilidad de una muerte violenta, se dragaron los márgenes del Sena de forma discreta en busca de alguna otra maleta, pero el Holandés Errante se había vaporizado.

Cinco años después, el Asunto Menard languidece en los archivos policiales de la Prefectura de París. Nada se ha podido averiguar de la muerte de Menard ni  del paradero de Jean van Hoonerth. Tampoco se pudo concluir nada de las circunstancias que concurrieron en el caso, salvo que Pierre Menard y van Hoonerth dirigían una especie de sociedad secreta dedicada al robo y la falsificación de obras de arte, conocida por las siglas L.H.O.O.Q., y la evidencia de que algún acontecimiento imprevisto había provocado la defenestración de Menard, su muerte y la consiguiente desaparición de van Hoonerth. A pesar de todo, las investigaciones se mantienen abiertas.

Un misterio.

Nick T. Domínguez es el gerente de la Dallas Office Warehouse Space (DOWS), una pequeña empresa que se dedica a alquilar trasteros y pequeños almacenes. Su sede está a las afueras de Dallas, saliendo por Oak Clifft. Es una nave grande donde se distribuyen trasteros y almacenes de pocos metros cuadrados donde cualquiera, por un módico alquiler, puede guardar aquello no puede esconder en su propiedad, o simplemente aquello que quiere perder de vista. En diciembre de 1981 alquiló uno de sus trasteros de cinco metros cuadrados a un hombre llamado Torsvan Maruth, un europeo –nórdico, según Nick Domínguez-, que estaba buscando alojamiento en la zona y necesitaba un lugar para guardar sus cosas. Tenía todos los papeles en regla, y pagó por adelantado la fianza. Le fue asignado el trastero 3-H.

No tuvo ninguna queja de Torsvan Maruth durante meses, Maruth dio un número de teléfono y una dirección de Balch Springs. Domínguez no se preocupó de verificar los datos, pero tampoco Maruth era el tipo de persona que podía resultar problemático. Pagaba todas las mensualidades con puntualidad y jamás dio un solo problema.

-Un buen cliente –declaró Domínguez-… Hasta noviembre de 1982.

Ese mes Maruth dejó de pagar el alquiler, tampoco atendió a la llamada de la Dallas Office Warehouse Space, el teléfono de contacto había sido dado de baja tres meses antes por impago, y en la dirección que facilitó el propio Maruth, un edificio de apartamentos de Balch Springs, no conocían a ningún Torsvan Maruth.

A las dos semanas, con una orden de desahucio en la mano, Nick Domínguez levantaba la persiana metálica del trastero 3-H.

-¿Para qué quería el trastero ese tipo? ¿Para trabajar? –se preguntó Domínguez

En el exiguo espacio de cinco metros cuadrados encontraron una pequeña mesa de aluminio, una silla del mismo material, una máquina de escribir, varios cajones repletos de papeles y un cofre.

Nadie reclamó el contenido del trastero, Torsvan Maruth desapareció, se vaporizó.

En la oficina del sheriff de Oak Clitff se preocuparon de leer el contenido de los cajones, y custodiarlos en espera de que Maruth apareciera, cosa que jamás ocurrió.

-Eran originales en inglés –declaró un responsable de la oficina del sheriff-, estaban escritos con la máquina de escribir que se encontró allí, aunque había mucho escrito con anterioridad a la fecha en que Maruth alquiló el almacén. Parecían guiones de película, o esbozos de novelas, proyectos, cine negro, ya sabe, asesinatos, crímenes, investigadores policiales resolviendo casos, esas cosas.  La mayoría de ellos transcurrían en Berlín, con el Muro de fondo y todo eso. Yo leí algunos, y estaban bien.

-¿Y el cofre?

-El cofre era curioso. Era una máquina, funcionaba a pilas. Tenía un botón en un extremo, al pulsarlo se abría la tapa… salía un mano mecánica que pulsaba el mismo botón, la mano volvía a esconderse y se paraba todo el mecanismo… Curioso, ¿no? Luego encontramos la carpeta, de no haber aparecido el nombre de Jean van Hoonerth no le abríamos dado ninguna importancia… aunque al final no sirvió de nada. Maruth sigue desaparecido.

Lo que encontraron, junto a los originales de Maruth, fue una carpeta escrita en francés por otra máquina de escribir. Llevaba por título: “Organisation L.H.O.O.Q”. Eran los papeles de la Organización, al menos parte de ellos, los más pintorescos: actas fundacionales, fines, lista de miembros, anotaciones, ocurrencias… Papeles escritos supuestamente por van Hoonerth en su mayor parte, pero también había documentos de un tal Pascal Bordier y del propio Maruth, los menos.

Un archivo personal que quizá ocupó un lugar en una caja fuerte de un apartamento en el Boulevard Saint Germain.

Pese al hallazgo nada pudo averiguarse de Jean van Hoonerth, salvo la composición exacta –o supuesta- de los miembros de L.H.O.O.Q., no había datos, ni informaciones sobre las actividades reales de la Organización. Ni mucho menos sobre la muerte de Pierre Menard. Una broma con la que el propio van Hoonerth quiso disfrazar las ilícitas actividades de L.H.O.O.Q., o quién sabe si una más de las ocurrencias literarias de un misterioso Torsvan Maruth, quien como era de esperar, también formaba parte de la Organización. Al igual que van Hoonerth, Torsvan Maruth desapareció sin dejar rastro, diseminado fragmentos e indicios.

-¿Maruth? –declaró Nick Domínguez- Sólo le vi una vez, pero es fácil acordarse de su aspecto, era un tipo alto, rubio, con barba… parecía un vikingo, ya sabe. Hablaba con mucho acento, y de forma atropellada, como si la cabeza le fuera más deprisa que la lengua. Si en Balch Springs no saben nada de él es que no estuvo allí, se lo aseguro, nadie que le hubiera visto podría olvidarse de él.

Publicar los papeles de la Organización L.H.O.O.Q. después de tanto tiempo puede no significar nada, una curiosidad tal vez, incluso la policía reconoce que el “Asunto Menard” tiene todas las papeletas para convertirse en un caso sin resolver. Y sin embargo esa es la razón que nos lleva a ofrecerlos al lector. Las preguntas siguen en el aire, y sus autores están desaparecidos. Los motivos que provocaron la muerte de Menard puede que no caigan así en el olvido.

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El Informe Morelli (6)

Tengo enfrente la fotografía que me hice en 2002 en un aula del Instituto Steklov de Matemáticas junto a una pizarra recién emborronada por Grigori Perelman, todos sabíamos que Grisha estaba metido en algo grande.

Hace algunos meses me propusieron un encargo. Alguien había fotografiado a Grigori Perelman en el metro de San Petersburgo, su aspecto era el de un mendigo. Estaba de pie, junto a la puerta del vagón, agarrándose a la barra con la mirada perdida; vestía desaliñadamente (pero eso era normal en el), se le veía descuidado, con su peculiar aspecto de ogro, hubiera podido pasar por un homeless cualquiera, puede que incluso lo fuera. Desde que rechazó la Mellada Fields en 2006 y se retiró de las matemáticas (y hasta de la vida) no se le conocía ocupación ni ingreso alguno, había rechazado puestos y cátedras en las universidades más prestigiosas y no quería saber nada de la comunidad académica.

Un editor me enseñó la fotografía. Efectivamente era Grisha, no había lugar a dudas.

-¿Por qué no escribes un libro sobre él? –me dijo- Tú le has conocido, eres matemático y conoces su especialidad.

-¿Escribir sobre Perelman? No creo que a Grisha le gustase –contesté-. Mira, hay una mitología entorno a Perelman, ya sabes, el genio, la locura, el comportamiento antisocial… todo eso, pero sólo es una mitología.

Di esa excusa como pude dar cualquier otra. La autentica razón que me hizo rechazar el encargo fue Víctor Morelli.

Una desaparición, una huida, y varias identidades que como muñecas rusas ocultan un hueco pequeño e insignificante. Nada.

Frecuentemente me he preguntado si Víctor Morelli respondía a esa metáfora. Desde luego mi búsqueda personal ha obedecido a esa perversa dinámica. Una muñeca que oculta otra, y ésta otra más pequeña, y luego otra… cuando crees que esa minúscula pieza de madera es el absurdo tesoro que ocultaba esa oronda matrioska te das cuenta de que también puede abrirse, al cabo no queda nada.

Todos aquellos que recuerdan a Víctor Morelli aseguran que les sorprendió la manera en que Morelli desapareció de sus vidas. La imagen de Morelli se dibuja distinta, una imagen fragmentaria, recortada e incompleta, como un collage elaborado con el transcurso de los años, y retocado por la percepción de quienes le conocieron. Todos me aseguraron que Morelli nada tenía de espectro, o de fantasma, sí quizá de persona que le gusta transitar por el margen. Paul Ferrer, de quien tendré ocasión de hablar, y que le conoció en Cadaqués en 1980, tendría ocasión de enseñarme esa fotografía tomada por pura casualidad por Lucile, su mujer, y que asegura pertenecer a Víctor Morelli. En la imagen, tomada en el paisaje lunar del Cabo de Creus, aparecía de soslayo un hombre enfundado en una trenca azul, era el mes de noviembre. Se encontraba cerca de un saliente rocoso con forma de pepino, mirando al frente, al pedazo de mar donde se encuentra el Islote de S’Arenella y el palacete de la torre cilíndrica. Había poca luz, y no se lograba ver su cara, las solapas de la trenca subidas, las manos en los bolsillos… Morelli estaba en un margen de la imagen, casi queriendo escapar. Saliéndose del encuadre para ser, como siempre, un espectador. Un desparecido.

Resulta sospechosa la insistencia de Víctor Morelli en la desaparición, en la huida súbita e inesperada. Desapareció de Madrid, y de la vida de Ana Noguera, aquel otoño de 1974; se escabulló de París tras el extraño asunto de la muerte de Pierre Menard; de la vida de Paul Ferrer escaparía un invierno de 1986, para volver a encontrarle en el mismo lugar, Cadaqués, a finales de los noventa; y definitivamente se marcharía del lado de Clarisa, hace tan solo un año. Huida definitiva, y que me llevaría a viajar a Estados Unidos para seguir su sombra.

Parece una fijación. Casi un trastorno.

Cabría la posibilidad de postular la existencia de una sintomatología, de proponer un cuadro clínico que acotara una dolencia, y proporcionar identidad a un comportamiento inexplicable. Una patología extraña que afectara un escaso porcentaje de la población, una debida catalogación y clasificación más allá de la metáfora:

Un síndrome.

Alguien se da cuenta de que algo le sucede, no logra averiguar qué es exactamente pero nota que algo no anda bien en su vida. Es un conjunto diverso de factores, no muy bien definidos en ocasiones, le resulta difícil explicarlo, o le faltan las palabras. Sus conocidos le restan importancia quizá, o le dicen que acuda al médico, o al psiquiatra. Pero allí tampoco saben qué le ocurre. O sí, tal vez sí le dicen algo, pero no es eso. No, no es eso.

Estrés, ansiedad, algo psicosomático, le dicen… le recetan algún tranquilizante, o vitaminas, le dicen que se tome unas vacaciones, o que haga algo de deporte; o le dicen que es un problema pasajero, la edad quizá. Nadie encuentra nada, ninguna dolencia grave, ninguna psicopatía. No hay por qué preocuparse, o sí.

Sí, claro que sí porque todo ha cambiado en su vida.

Pero le dicen que no le ocurre nada, y sin embargo él se encuentra distinto, no se reconoce. Con la dificultad añadida de tener que explicar lo que le sucede, o convencerse de que es real lo que le pasa.

Un día ve algo en la televisión, un especialista habla de una dolencia nueva, un síndrome. Es un conjunto de factores diversos que caracterizan una patología, algo indiferenciado, algo vago y difuso, pero al mismo tiempo identificable, tiene incluso un nombre: Síndrome de Richardson, o de Henkel, o de Casini, o de Löw, o de Teseo… cualquier cosa. Un pequeño porcentaje de la población lo padece, un porcentaje muy pequeño. Mientras ve el programa al instante se identifica con ello, se siente reconocido, comprendido, incluso integrado: “yo padezco eso, esa es mi enfermedad”.

Inmediatamente todo cambia.

Puede que sea algo extraño, de hecho lo es en la mayoría de los casos, algo muy extraño y desconcertante. Algo que insidiosamente se filtraba en nuestras vidas y que no habíamos sabido reconocer, hasta ese momento. Puede que incluso no tenga cura, o que sea una condena, una extraña patología de origen desconocido sin remedio aparente.

Introducir un concepto es introducir nuevas reglas, nuevos comportamientos. Es como ver la realidad desde otro ángulo hasta entonces desconocido, o mejor dicho, jugar con una nueva realidad. Aparecen nuevas perspectivas y maneras de actuar, nuevas formas de vida.

Y lo que antes era un desasosiego vago e informe, algo de lo que era difícil hablar porque parecía ser anterior, o posterior, al lenguaje, y que por eso mismo causaba angustia y temor; se convierte en una enfermedad, una dolencia. El incomprendido pasa a ser un enfermo. Y siente alivio… a pesar de todo.

Sigamos jugando. En el caso de Morelli nos encontramos ante un trastorno psicológico, un cuadro de conducta. No importa cuál sea el origen, un poco de todo, herencia, factores ambientales, alteraciones bioquímicas… El sujeto comienza a tomar conciencia de un sentimiento ambivalente respecto de su entorno, incluyendo su propia identidad. Se siente integrado, identificado, se reconoce como uno más, e incluso puede llegar a decir que su vida es feliz. Pero junto a ello, o en el interior de ello, aparece un sentimiento contrario, se percibe a sí mismo como algo ajeno, o al revés, es su  entorno lo que le resulta ajeno. Es como una presencia que va cobrando forma, alimentándose de su inicial sentimiento. Al principio logra compensarlo, se construye espacios privados, huye de vacaciones, cambia de ciudad, se divorcia… pero todo eso no es más que un maquillaje, el germen sigue anidando.

Un día llega a una situación límite. Aparentemente no parece haber cambios, pero su vida se ha convertido en un automatismo falso que nada significa.  Su identidad ha sido fagocitada por ese germen, que ya no es un germen sino una urgencia, una necesidad. Basta cualquier acontecimiento banal para que todo estalle. Es sólo cuestión de tiempo. Y sucede.

Ese día desaparece. Se vaporiza.

Resta ponerle un nombre. Etiquetar el síndrome. Síndrome de Morelli.

Yo, al igual que Morelli, estuve a punto de padecer ese síndrome, de ello sólo me salvó una conducta imprudente –la mía-, la intervención de alguien cuya identidad, aún hoy, ignoro por completo y la fe con la me agarro a un simulacro que sé falso, mi propia vida.

Es difícil precisar cuándo se incubó en mi el veneno, seguramente antes de toparme con Morelli, circunstancias de mi vida que minaron poco a poco esa coraza que todos creemos poseer y que nos amarra a esa realidad que fingimos propia; circunstancias que, sin saber mediante qué alquímica combinación, hicieron de mí una parodia, alguien que me miraba en el espejo y no era capaz de reconocer.

Incubé ese virus durante años, ignorándolo, fingiendo su presencia, representando una comedia idiota. Pero fue ese veneno lo que me hizo reparar en Morelli, quizá una excusa para que despertara en mí el síndrome.

Trascribo un párrafo de “El Caso Duchamp”:

«El benjamín de champagne estaba empezando a hacerme efecto, quité el volumen del televisor y decidí ojear un ladrillo que había comprado semanas antes en los Quais, “From Frege to Gödel. A Source Book in Mathematical Logic”. Al otro lado de la pared Constance y Valerie ofrecían su habitual e intermitente repertorio de peleas, discusiones y reproches estimulados por el pastis de alta graduación que consumían, no me molestaban, acompañaban en cierta medida esos días de aislamiento, olvido forzoso, llamadas no atendidas e imágenes escupidas por un televisor.

»Hojeando esa historia de la Lógica, había descubierto una dedicatoria que no vi cuando compré el libro, alguien había escrito en español justo después de la portada una frase cuya firma resultaba ilegible: “Profetizar el futuro es una tarea vana, jugar con él puede ser peligroso”. Jugar con el futuro… ¿era posible? Algo confundido por los efectos del alcohol pensé en la posibilidad de jugar con el futuro. Me pregunté quién habría escrito eso, a quién iba dirigido. Por alguna razón siempre he desconfiado de  ese estúpido  señuelo que es el Tiempo.

»Quizá por eso he fantaseado muchas veces con la posibilidad de un despliegue simultaneo de las posibilidades. Durante aquellos primeros meses en París creí vivir un presente ficticio, una alternativa sin ningún fundamento ni causa, una posibilidad igual de ilusoria y de real que otra, igualmente probable que me habría retenido en Madrid. Seguramente estaría celebrando algo con Alfredo, esperando a ocupar mi previsible lugar en la comedia de las vanidades de la universidad, esperanzado –o quizá ya frustrado, como Alfredo- con los grandes cambios políticos que se avecinaban, y enredado –tal vez fatalmente- en la lacerante madeja sentimental que me había traído a París fingiendo ser quien no era. Al principio creí que había dejado completamente atrás esa imagen ilusoria que reconstruía durante mis primeros meses en París, entre el frío de mi cubículo, los gritos de Constance y Valerie y el rumor de un televisor que me obligaba a ver para practicar mi olvidado francés. Pronto comprendí que no era así. Aquella noche, por ejemplo, sabía que ese otro Morelli estaría haciendo todo eso en Madrid, que ambos seguirían cursos paralelos, y que mientras no se interfiriesen nuestra existencia podía ser simultanea. Pero todavía no lo sabía todo, no sabía que uno puede darse de bruces con so propio yo repetido. El tiempo… el tiempo era el mal.»

Aquella noche, que Morelli relata de forma autobiográfica, era el 20 de noviembre de 1975. Alfredo Sanz y Morelli habían tenido una última conversación telefónica ese día. Esa misma noche la vida de Morelli, al menos del Morelli que aparece en “El Caso Duchamp”, iba a cambiar por completo.

Confieso que sentí cierto desasosiego al leer esas frases, la misma circunstancia concurría de forma idéntica, la misma frase, y el mismo fortuito hallazgo. ¿Era probable que Morelli hubiera firmado alguno de sus inexistentes libros, y que yo mismo lo hubiese encontrado tal y cómo el relataba veinte años antes?

Pronto iba saber que el tiempo acabaría siendo una metáfora, que los cursos paralelos acaban siempre por cruzarse, a menudo de forma imprevista, y que jugar con el futuro, puede ser  -siempre lo ha sido- peligroso.

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El Infierno de Cantor: Cero

Fuente: “El Infierno de Cantor” de Víctor Morelli.

“Hay un concepto que es el corruptor y el desatinador de otros. No hablo del Mal cuyo ilimitado impero es la ética: hablo del infinito”

Jorge Luis Borges.

Borges temía a los espejos, la repetición infinita cuya simple confrontación provoca esa visión del horror que incluso hoy, soy incapaz de soportar.

Recuerdo de niño un gran armario en el dormitorio de mis padres, tenía varias puertas, y tras cada una de ellas un espejo. A menudo entraba solo, abría dos de ellas y las enfrentaba: el exiguo espacio de una habitación estallaba en un pasillo infinito, poblado por fantasmales copias de mi mismo que, burlonas, repetían como si de imágenes se trataran aquello que yo mismo hacía. Me gusta pensar que sólo era un juego. Hoy sé que no es así. Aquello obedecía a un impulso morboso, incontrolable, la atracción que todos sentimos hacia lo que más tememos.

Temí encontrarme con ese monstruo, escondido en los lugares más inverosímiles, acechante, como ese bote de leche condensada que no dejó de atormentarme. En la etiqueta una madre acogía en sus brazos a un niño, el cual mostraba imprudentemente otro bote de leche idéntico, con idéntica etiqueta: la misma madre y el mismo niño mostrando de la misma forma el mismo bote de leche… Recuerdo haber experimentado ese vértigo, esa nausea, que siempre me causó la visión del infinito.

Mi nombre es Víctor Morelli, y alguna vez creí ser matemático… pero el tiempo, esa gran farsa en la que todos nos empeñamos en creer, ha sepultado todo esto en la memoria y el olvido, acaso la misma cosa. Hoy, ya solo hablo de monstruos.

Como el monstruo del infinito.

Hablar del infinito es hablar de pesadillas, de ocultaciones y vanos intentos de domesticación, de hostilidades, desconfianzas y afirmaciones categóricas, también de fantasmas, espectros y fabulaciones que conducen a callejones sin salida, paradojas o incluso la locura.

¿Creemos saber qué es? El Infinito forma parte de nuestro lenguaje, lo usamos sin aparente dificultad, sin embargo su ilusoria sustancia parece escaparse cada vez que pretendemos hablar de él.

¿Qué es el Infinito? ¿Tiene sentido hacerse esa pregunta? Determinar si el Infinito es una categoría racional, y por tanto manejable y existente, o por el contrario si es algo que escapa a la comprensión ha sido uno de los grandes debates en la filosofía, y desde luego el gran debate en la matemática, la única disciplina que ha tratado de embridar tan esquivo concepto.

La opinión mayoritaria ha estado del lado de Borges, el Infinito no ha sido más que un desatino, un concepto corruptor que ha nublado entendimientos, un fantasma tal vez, o algo de lo cual resulta imposible hablar, ajeno al lenguaje y sin embargo presente. Desde la Antigüedad se ha intentado desterrarlo, hacer de él un absurdo, objeto de paradojas y aporías que pretendían demostrar que reflexionar impunemente acerca de él abocaba a callejones sin salida y situaciones insostenibles. Del Infinito se podía hablar, quizá, pero sabiendo que no era sino una confusión, un enredo lingüístico que había que manejar con cuidado. El hombre es finito, y afirmar la existencia de una negación puede dar lugar a sinsentidos. Todo parecía claro, meridiano, pero como si sólo hubiese sido un intento de mirar hacía otra parte, el pueril truco de escapar del monstruo tapándose los ojos hizo  su presencia más insoslayable.

De manera que el Infinito fue el mal, lo irracional, lo monstruoso. Incluso las historias apócrifas hablan de asesinatos cometidos por revelar su presencia ubicua. El Infinito se constituyó en el espacio de la pura potencialidad, el despliegue ilusorio de lo posible, afirmar la existencia de semejante espectro era equivalente a negarle el sentido a una sola de esas posibilidades, el mundo concreto en el cual creemos vivir.

Pero por alguna razón el Infinito parecía burlarse de todos esos alambicados discursos, pensar el Infinito era tentador, y hacer uso de él abría caminos hasta entonces ignorados. Mefistófeles tentaba de nuevo. En un mundo poblado por mónadas y por sustancias infinitas, los infinitésimos proporcionaban las herramientas con las cuales tratar el espacio, el tiempo, y el movimiento. Rescatar un instante de la especulación y tratarlo como si fuera algo mesurable. Zenón se revolvía en su tumba, mientras Leibniz y Newton bailaban sobre sus despojos.

Tras el aquelarre la condena, excesos que hay que pagar. Nuevos monstruos y aberraciones que surgieron de ese comercio ingenuo con el Infinito. Llegaron otros censores que hicieron ver los peligros, formas nuevas de ocultar esa peste tras argumentos de sensatez y finitud, lo llamaron rigor, nada podía quedar al albur de la intuición.

Sin embargo los monstruos de la mente siempre acechan, puertas que no acaban de cerrarse y paradojas persistentes que guardan en su interior el veneno. A finales de siglo XIX, en un cruce de cartas fascinante, Georg Cantor y Richard Dedekind domeñaron con palabras aquello que parecía inaprensible, aquello que, como la arena, siempre acababa por escaparse por entre los dedos de nuestro pobre lenguaje. Con la Teoría de Conjuntos Cantor dio carta de naturaleza al Infinito, hizo de la paradoja un argumento lógicamente implacable, y el Infinito, la serie infinita y extravagante de infinitos, todos ellos distintos, todos inabarcables, se desplegó a la vista de todos, nombrados con un lenguaje adecuado que parecía hacerlos comprensibles. El Infinito, esa sombra siempre presente, era por fin un objeto de estudio, formalizado, domesticado, y catalogado. Cantor, sin embargo, sabía muy bien que ese infinito que él había domeñado era meramente un transfinito, algo que queda más allá de lo finito pero que no logra alcanzar al verdadero Infinito, la antesala de lo absoluto, el límite del lenguaje.

¿Es una forma de hablar o una manera de reconocer que el monstruo del Infinito siempre resultará algo irreductible?

Borges odiaba los espejos, veía en ellos una horrorosa multiplicación que terminaba borrando la distinción entre imagen y copia, entre realidad y simulacro: entre la vida y la muerte. Escribir El Aleph, aunque el aleph de la calle Garay fuera un falso aleph, fue un intento de conjurar ese pavor que sentía al asomarse a dicho abismo. La imagen de Borges es grandiosa, incluso para un falso aleph escondido bajo unas escaleras, esa sucesión infinita de imágenes agitándose en el interior de una pequeña esfera, copia y simulacro de un universo, real o posible, enumeradas con precisión poética tas una cortante frase: “Y entonces vi el Aleph.”

Todo ello no es sino el intento de espantar el miedo, conjurar aquello que sabe informe, inasible, merced a la enumeración y la descripción. ¿Qué tipo de aleph era el de la calle Garay? Creo que un aleph cero, un pálido reflejo de algo monstruoso, el amenazador comienzo de una serie terrible.

Antes de comenzar estas notas me he preguntado qué sentido tiene escribir una breve historia del Infinito. Ninguno, me respondo. Sin embargo quizá sean estos cielos de imposible azul pétreo, los horizontes inabarcables del desierto, las carreteras rectas que convergen en un punto de fuga… imágenes tan distintas a las que conozco. Sólo sé que únicamente aquí podría hacerlo. Escribir sobre el Infinito, aunque sea un pequeño ensayo algo vago y pedante, es una manera de escribir sobre mí mismo, sobre mis miedos… y mis infiernos.

El lugar… qué más da el lugar. Claire Motel, es el rótulo que figura en la entrada, un gigantesco óvalo rojo y verde que permanece encendido las veinticuatro horas del día, incluso durante las largas horas de sol cegador. Soy un huésped atípico, paso el día hipnotizado frente al televisor, y las noches tecleando una vieja máquina de escribir. Y no me muevo, he quedado varado en un lugar de paso, mimetizándome casi con los anodinos muebles de un motel.

Claire Motel, Estado de Nevada, 10 de octubre de 1987.

V.M.

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Apología de la falsificación

Documento: Anotación de Sigfrido Robledo encontrada en su estudio de la Rue Bleue en París, en una agenda  de números de teléfonos, sin fecha, circa comienzos de 1975.

Fuente: “El Caso Duchamp” de Víctor Morelli.

Apología de la falsificación.

Haciendo gala de un cinismo superlativo podría decir que lo que hago no es más que la consumación del trabajo artístico. Entendámonos, cometo una ilegalidad, lo sé y asumo las consecuencias, gano dinero a expensas del engaño y la falsificación; pero sin duda mis falsificaciones no dejan de ser una “intervención artística” de carácter posmoderno, con su correspondiente semántica y lectura metafórica de la realidad.

Existe la falsificación de objetos inexistentes, cuando atribuimos falsamente la autoría de objetos que nosotros mismos elaboramos, dotándoles así de un valor que no tienen; y la falsificación entendida como copia, cuando de manera deliberada se intenta borrar la distinción entre original y copia. Dejando a un lado las evidentes consecuencias económicas de ambos tipos de falsificaciones, y de las cuales me hago cargo, se puede hacer una reinterpretación simbólica de la falsificación que le aporta cierto valor artístico y estético que sería imperdonable olvidar.

Hagamos una primera distinción que delimite el campo en el que me muevo, y pretendo reivindicar, distingamos falsificación de plagio. El plagio consiste en una apropiación, reconocida o no, de la creación de otro autor, generalmente ha tenido un carácter negativo, sinónimo en muchas ocasiones de fraude, pero no siempre ha sido así: en el Renacimiento, por ejemplo, era muy frecuente el plagio, copiar los modos y las composiciones de artistas reconocidos, consiguiéndose en muchas ocasiones resultados muy notables. Pero la falsificación supone otra cosa, no tiene por objeto ninguna “apropiación”, sino justamente lo contrario, el autor de la falsificación pretende mantenerse en el anonimato, siendo mejor la falsificación cuanto más oculto permanece el autor, y siendo perfecta cuando desaparece totalmente, es decir, el falsificador pretende borrar todo rastro de su impronta personal, eliminar –en principio- cualquier rasgo de originalidad. En principio, claro, puesto el verdadero valor creativo de la falsificación no está en la obra falsificada, sino en otra parte.

Veamos la postura del historiador del arte, del anticuario, del comprador de una obra artística, e incluso del gran público; para toda esta gente la obra original parece poseer una suerte de aura misteriosa que la hace especial, y que consigue aportarle incluso un carácter de reliquia. Nos preguntamos entonces cuál es valor de una obra artística: sus condiciones objetivas, o esa aura que parece rodear al original; se le pueden dar muchos nombres a este fenómeno, pero no resulta inapropiado definirlo como fetichismo. Hablamos entonces de un valor que no es tangible, ni mesurable, ni siquiera objetivo puesto que es difícil comparar la importancia de ese halo misterioso en distintas personas. Es un curioso fenómeno que no sólo se da en el arte, cuántas veces hemos oído a eruditos hablar de acudir a las “fuentes” para resolver alguna controversia, como si esas originarias “fuentes” tuvieran los conceptos más claros que quienes posteriormente han reflexionado sobre ellos. Pero no me quiero desviar del tema, hagámonos la siguiente pregunta: ¿por qué una copia perfecta tiene menos valor que el original? Su carácter “originario”, dirán algunos recurriendo a una autorreferencia culpable, su consideración de ruina quizá, pero sucede que muchas obras artísticas han sido tantas veces restauradas que cualquier vestigio de sus elementos originarios ha sido borrado, y aún así siguen siendo consideradas “originales”. De nuevo nos topamos con ese prejuicio psicológico, ese misterio intangible que pretendidamente envuelve al original. O también podrían decir: en el original está impresos los esfuerzos creativos del autor, su valor como objeto se encuentra en que en él se resume una auténtica labor creativa. Dejando de lado de qué manera determinados esfuerzos quedan “impresos” o “resumidos” en un objeto, el fin de la falsificación no es el plagio, y mucho menos la devaluación creativa del autor originario, antes al contrario, la copia busca la fidelidad absoluta, y la falsa atribución de una obra no pretende sino explorar de la manera más fiel las posibilidades.

Los que persiguen fantasmas y reliquias, más o menos incorruptas, parecen quedarse sin respuestas, se ven abocados a un callejón sin salida al no querer reconocer el verdadero “valor” artístico de la falsificación. Éste tiene dos momentos inseparables: en primer lugar la falsificación pretende acabar con ese prejuicio psicológico, ese aura de absurda catalogación que enmascara el valor artístico, pretende reivindicar al objeto artístico en tanto que tal, desligándolo de la falsa mitología del “artista” como mago taumatúrgico, multiplicando el número de copias, realizando falsas atribuciones, y reivindicando a la vez a un espectador inteligente que desconfíe de hacedores y acabe erigiéndose él mismo en componente esencial de la obra artística, rehaciéndola y manipulándola a su propia conveniencia. Para que esto se produzca se debe romper ese vínculo mágico –convertido en auténtico tabú- entre el autor y su obra, y para ello el anónimo falsificador es imprescindible. Pero el valor de la falsificación tiene un segundo momento complementario al primero, es su contrafigura, su contradicción dialéctica, porque pretende recuperar de alguna manera esa destruida cualidad mística del objeto artístico, la obra falsificada quisiera elevarse de nuevo a esa santidad mancillada y definitivamente perdida por la falsificación asumida….

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Se me daba mejor plantar abetos que hacer retorcidas disertaciones sobre el arte, pero quizá necesitaba justificarme. Acabo de cobrar mi primer trabajo: una pequeña tela de Paul Klee, una falsificación casi perfecta destinada al mercado norteamericano. Me han pagado un montón de dinero, más del que he ganado en toda mi vida. No sé por qué me han venido a la cabeza esos años que pasé en Noruega, plantando abetos en Songnefjord, en realidad no sólo plantábamos abetos, trabajaba en una compañía de explotación forestal, era un trabajo duro (desbrozar caminos, mantener limpio de maleza el bosque, talar algunos abetos y repoblar), pero tenía un horario asequible. Quizá sea el recuerdo de Jutta, ¿qué será ahora de ella?, era la ingeniero forestal que dirigía nuestro grupo, supongo que el culpable fui yo, ese españolito simpático que sabía dibujar y jugaba al ajedrez solo, le debió hacer gracia mi horroroso acento con el inglés, pasé con ella año y medio.

Sin embargo a ese Mefistófeles de Jean van Hoonerth lo que le ha hecho gracia ha sido mi facilidad para la copia. Hace menos de dos años no le conocía de nada, había oído hablar de él en alguna ocasión en casa de Isabelle…

Supongo que ahora estoy en el bando de las negras, me gustan, plantean la defensa, esperan pacientemente la ocasión y…

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Años perdidos: El silencio

Años perdidos: el silencio

Podría ser incluso el título de un libro por escribir, o quizá ya escrito: “Bajo el influjo de Bartleby: Los años perdidos de Wittgenstein, 1919-1929”

Pero haría falta saber si la tesis proclamada por el título es cierta. No está claro que Wittgenstein fuera un Bartleby, y está por ver si esos años de silencio fueron perdidos.

Me atengo a la definición que de “Bartleby” hace Vila-Matas en su “Bartleby y compañía”. El oscuro oficinista que describiera Herman Melville en el relato “Bartleby el escribiente” pasa siempre desapercibido, apenas se hace notar, no reclama nada, vive incluso en la oficina, pero cuando alguien le pide alguna cosa siempre responde: “preferiría no hacerlo”. Su negativa es callada, pero definitiva, Bartleby acaba dimitiendo de toda acción, de toda posibilidad de interferir en la vida, hasta casi convertirse en un mueble, por voluntad propia.

Vila-Matas eleva esta postura a categoría que recorre la literatura, y que deja un buen número de “Bartlebys” cuya curiosa persistencia hacen pensar en la existencia de un síndrome. Autores que deciden dejar de escribir, deciden callar de forma inexplicable, optar por el silencio, o por el contrario autores “improductivos” que renuncian a mostrar lo que hacen ante la magnitud y la dificultad de una tarea que les supera. Algunos desaparecen, como Salinger, o quedan presos dentro de infiernos a medida, como Hölderlin o Walser, y  otros se dejan ver sin darle mayor importancia, y ante la pregunta del público por su silencio simplemente dicen: “preferiría no hacerlo”.

Todos podemos hacer una lista de “Bartlebys”, nos atraen, no podemos negarlo. Confieso que mi preferido nada tiene que ver con la literatura, ni con la filosofía, ni siquiera con las matemáticas. Es Marcel Duchamp. Dejó de “producir” en el punto más álgido de su popularidad, al terminar el Gran Vidrio. Emplear más de ocho años en su ejecución fue ya una manera de convertirse en un Bartleby. En 1923 decidió callar y dedicarse al ajedrez. Cuando era preguntado por su negativa a seguir pintando decía que se le habían acabado las ideas, que no quería repetirse. En 1946 acometió de nuevo un proyecto, con sesenta años, pero no lo hizo público, estuvo los últimos veinte años de su vida enfrascado en una obra secreta que solo vería la luz tras su muerte, “Étant donnés”.

Pero volvamos a Wittgenstein.

En 1919, después de ser liberado, Wittgenstein es una persona distinta. Si ha habido alguna vez un primer Wittgenstein y un segundo Wittgenstein la línea de cesura debería trazarse en este punto. La Europa que le toca vivir en nada se parece a la que dejó cuando se alistó al comenzar la guerra. Todo un mundo, el suyo, se ha venido abajo, y él decide renunciar a su anterior vida, a la que por posición social se veía destinado. Renuncia a su patrimonio y a las rentas familiares. Ludwig Wittgenstein ya no es un “Wittgenstein”, la guerra le ha cambiado. Él acaba de escribir lo que considera la verdad definitiva y consecuentemente decide llevar una nueva vida. Ya en el prólogo del Tractatus afirma:

“Por otra parte la verdad de los pensamientos aquí comunicados me parece intocable y definitiva. Soy, pues, de la opinión de que los problemas han sido, en lo esencial, finalmente resueltos.”

Y sentencia de forma lapidaria en la última proposición:

“7. De lo que no se puede hablar, mejor es callarse”

De manera que por qué seguir, para qué empecinarse en seguir hablando.

En un primer momento Wittgenstein decide callar, pero no renuncia a ser escuchado. Le atormentan las dificultades que tiene para poder publicar el Tractatus. Nadie se atreve a publicar “eso”: demasiado matemático para ser un texto filosófico, demasiado literario para ser un texto de lógica, demasiado corto, demasiado lapidario, ¿y si quitara la numeración lógica?, ¿y si explicara cada una de las proposiciones? Pero el Tractatus debe publicarse así, es un texto definitivo, intocable.

Frege no entiende nada en absoluto, no logra pasar de las tres primeras proposiciones. Pero Wittgenstein consigue entrevistarse con Russell en La Haya, su primer encuentro tras siete años. Del 10 al 12 de diciembre de 1919 Russell y Wittgenstein discuten cada una de las proposiciones del Tractatus en sesiones agotadoras. Russell queda impresionado con la parte lógica del libro, se aviene a admitir la lógica expuesta en el Tractatus pero no logra entender todo lo demás… y todo lo demás era lo más importante. Sabe que un abismo doctrinal se ha abierto entre ellos. A pesar de todo se presta a escribir un prólogo que facilitará la publicación.

Wittgenstein está exultante, convencido de que ha podido explicarle a Russell todo aquello que no entendía, y ve próxima la publicación del libro. Pero cuando lee por primera vez la introducción escrita por Russell, se siente traicionado. Russell no ha entendido nada, ni ha querido entenderlo.

A pesar de todo se ve en la obligación de traducir al alemán, y adjuntar al texto del Tractatus, la introducción de Russell, algo imprescindible si quiere verlo publicado. Toda la amargura que sintió al leerlo queda condesada en esta mordaz frase que escribió a Russell al poco tiempo:

“Todo el refinamiento de tu estilo inglés obviamente se ha perdido en la traducción, y lo que queda es superficialidad y malentendido”

Cuando ya parecía inminente la publicación del Tractatus vuelve a ser rechazado. Wittgenstein empieza a adquirir conciencia de que su libro jamás verá la luz. Pero para entonces ya tiene claro su futuro. Ha decidido estudiar magisterio y dar clases en la Austria rural.

Siempre me he resistido a ver en la decisión de Wittgenstein de callar y abandonarlo todo una tendencia de tipo “Bartleby”, es decir, una decisión voluntaria de callar y abstenerse, de renuncia. Wittgenstein no era alguien que se hubiera encogido de hombros y simplemente hubiera dicho: “preferiría no hacerlo”.

De alguna manera Wittgenstein fue forzado a callarse. Forzado no por la imposibilidad de ver publicado en un primer momento su libro, o por la incomprensión de quienes deberían haberlo entendido y no lo hicieron. Tampoco se vio forzado a callar por coherencia teórica con las tesis expuestas en el Tractatus. Como argumentaba con posterioridad Frank Ramsey, uno de los primeros que captaron la importancia del Tractatus, Wittgenstein podía callar sobre aquello sobre lo que no se podía decir nada, pero tenía una irrefrenable tendencia a “silbarlo”.

Lo que forzó a callar a Wittgenstein, y a abandonar, fue la guerra. Más concretamente, el desmoronamiento del mundo que había sido el suyo hasta entonces. De alguna forma, aquella Europa, y aquella Austria de 1919, no era la suya, y ya nunca lo sería.

Hubo siempre una tendencia Bartleby en Wittgenstein, seguramente de no haber participado en la contienda Wittgenstein hubiera sido un Bartleby modelo, jamás hubiera publicado nada. De hecho, Wittgenstein terminó siendo un Bartleby.

El autentico Bartleby que eclosionó en Wittgenstein no fue el que se largó a dar clases a un pueblo perdido en las montañas, y que dejó el Tractatus como un testamento grabado en piedra, sino aquel Wittgenstein que regresó a Cambridge en 1930, que abjuró de lo que había hecho, y que fue incapaz de publicar nada hasta después de su muerte.

Un compendio de ideas fragmentarias, esbozos e intuiciones cuya dificultad  para exponerlas de forma clara le atormentaba. El libro, sus “Investigaciones”, siempre estuvo en fase de elaboración, una tarea siempre inconclusa, llena de meandros y desvíos que amenazaban con diluir toda una vida en una tarea imposible.

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