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Archive for 30 diciembre 2008

Rouge

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“Ella dudó sin embargo cuando llegó al siguiente hotel. La silueta en chapa pintada de una ninfa que tenía fácilmente diez metros de altura ofrecía una flor blanca; Echo Courts, proclamaba su letrero encendido a pesar del sol”

Thomas Pynchon. La Subasta del Lote 49

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Berton

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El Informe Berton marcó el curso de la solarística, hizo de ella un círculo vicioso, algo cegado e incomprensible, una ciencia muerta que fue paulatinamente abandonada. Como suele suceder en estos casos, los especialistas hicieron con el testimonio de Berton lo único que podían hacer: negarlo. Si la solarística pretendía seguir siendo una ciencia, en ella no cabía de ninguna manera el informe del capitán Berton.

La historia es leída por Kelvin en la estación de Solaris, en un libro que ningún científico se atrevería a leer. Snawt le recomienda esa lectura tras recibir Kelvin la primera “visita”, en él se narra la declaración del capitán Berton en misión exploratoria al océano de Solaris. Tarkovski hace de la declaración de Berton el centro de toda esa primera parte que todavía transcurre en la Tierra.

Berton, viejo amigo del padre de Kelvin, quiere mostrar a ambos la grabación de su declaración antes de que Kelvin parta para Solaris. Un Berton más joven narra ante una comisión de expertos los inexplicables sucesos de los que fue testigo mientras volaba sobre el océano de Solaris. A Berton le resulta difícil volver a visionar las imágenes de aquella comparecencia que significó el fin de su carrera, casi nadie le creyó; pero quiere convencer a Kelvin de la necesidad de mantener la Estación de Solaris en activo, y no desmantelarla tras años de investigaciones infructuosas.

Lo que Berton vio en su vuelo, sin embargo, no fue algo inexplicable. .

La ciencia intenta resolver problemas, elabora teorías de la realidad, pero los hechos pueden contradecir las teorías: nos encontramos entonces con las anomalías, las excepciones. Cuando una teoría es asediada por múltiples excepciones pide a gritos ser sustituida, o mejorada. Las teorías evolucionan, o cambian de manera radical, proporcionando nuevos esquemas conceptuales que den cabida a las excepciones, o que las eliminen al no considerarlas como tales. Las nuevas teorías se ponen a prueba, se “usan” y aparecen nuevas excepciones. Así funciona la ciencia, el dominio de lo inexplicable es asediado continuamente sin que pueda agotarse jamás.

En matemáticas sucede algo parecido, constantemente se resuelven problemas que requieren técnicas y teorías diferentes, las cuales plantean nuevos problemas, y así sucesivamente.

Pero, ¿qué hacer con aquello que no puede encontrar lugar, con algo que no puede ser catalogado siquiera como excepción? ¿Qué hacer con algo en sí mismo intratable? Simplemente guardar silencio, o negarlo. En la ciencia y las matemáticas hay áreas que se van abandonando paulatinamente, no porque no planteen problemas, sino porque no se encuentran expectativas de resolución ni posibilidad de avance, dejan de interesar.

Sin embargo, hablar de límites en la ciencia siempre resulta paradójico. Poner límites al conocimiento es negarlo, al menos metodológicamente. Como reconoce el único comisionado que da algún tipo de verosimilitud a la declaración de Berton, admitir que existen límites es contradictorio (si sabemos dónde está el límite por qué pararnos ahí), y además paraliza la empresa científica. A pesar de todo el Informe Berton fue visto, de forma implícita, como un límite por los científicos.

Berton vio cosas que no sólo eran inexplicables, sino que eran intratables, así que su testimonio fue ridiculizado y tachado de alucinatorio. Berton, dijeron, fue víctima de extrañas afectaciones en la zona cortical del cerebro producidas por la atmósfera de Solaris, tuvo alucinaciones que explican todo aquello que vio; explicación científica, y tranquilizadora. En aquella época los especialistas en solarística todavía creían que Solaris era un objeto de estudio, y no al contrario. Siempre resulta desazonador saberse el estudiado.

(Extracto de “Solariana”, Sebastian Morelli)

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Pinsent

diciembre 29, 2008 1 comentario

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“Nuestras relaciones han sido caóticas, pero me alegro de que hayan existido: y estoy seguro de que él también ser alegra”

Anota David Pinsent en su diario el 8 de octubre de 1913, poco después de que Wittgenstein partiera para Noruega, a su exilio voluntario. Esperaba encontrarse con él en el verano siguiente, pero no volvieron a verse jamás, la Guerra puso fin a esa extraña amistad. Pinsent moriría en un accidente de aviación en mayo de 1918, había decidido servir como piloto de pruebas al haber sido declarado no apto para el servicio militar activo.

David Pinsent había ingresado en Cambridge en 1910 con una beca para estudiar matemáticas, su lectura de los Principa de Russell le hizo un asiduo de las tertulias que éste organizaba en sus dependencias del Trinity; fue allí donde conoció a Wittgenstein en mayo de 1912. Una relación caótica, es cierto, pero también inevitablemente asimétrica.

Wittgenstein se atormentaba ante su falta de popularidad en el Trinity, era un austriaco impetuoso y trágico que desentonaba con estridencia en el ambiente snob, pedante y rebelde, pero por supuesto very polite, del Cambridge de aquella época. Pinsent también vio en Wittgenstein un austriaco impetuoso, pero les unió su muta sensibilidad musical, ambos interpretaban canciones de Schubert, Pinsent al piano y Wittgenstein silbando la letra.

Fue una constante en la vida de Wittgenstein su incapacidad para leer las relaciones personales desde fuera, de ponerse en el lugar del otro, de forma que terminaba interpretándolas de manera distinta a como eran en realidad, malinterpretándolas; esa torpeza emocional marcó toda su amistad con Pinsent. “Mi primer y único amigo” dijo Wittgenstein de él, sin embargo Pinsent se sentía a gusto en el ambiente cosmopolita de Cambridge, que fomentaba las amistades múltiples de diversa naturaleza; no fue su único amigo, sino a lo sumo su mejor amigo durante el tiempo que le trató. Pinsent admiraba sinceramente a Wittgenstein, era el favorito de Russell y creía firmemente que estaba destinado a realizar una tarea capital en la lógica, le abrumaba su obsequiosidad, pero también su irritabilidad, y su “habitual estado neurótico”, que aparecía a causa de nimiedades que el propio Pinsent lo lograba entender. Celos, a veces, pero también ese temor de Wittgenstein a que los acontecimientos le superasen, siempre acuciado por urgencias emocionales e intelectuales de todo tipo.

Hubo siempre un exceso de expectativas por parte de Wittgenstein o dicho de otra forma, una aspiración a ver en su relación con Pinsent algo mucho más profundo (o elevado) de lo que en realidad era. Su primer viaje juntos, a Islandia, viajando a cuerpo de rey con los gastos pagados por Wittgenstein, Pinsent lo recordaría como “el viaje más glorioso que había realizado nunca”, a pesar de los constantes cambios de humor de Wittgenstein, éste en cambio diría que “había disfrutado tanto como es posible hacerlo entre dos personas que no son nada el uno para el otro”; exceso de expectativas, puesto que fue el propio Wittgenstein quien propuso ilusionado el viaje.

Planearon su segundo viaje en septiembre de 1913, “a Noruega o España” propuso Wittgenstein; ante la decepción de Pinsent fue Noruega, Wittgenstein buscaba un lugar de retiro, Pinsent vacaciones. Es en el curso de este viaje cuando se produce un cambio sustancial es sus relaciones: Pinsent deja de llamarle en sus diarios “Wittgenstein” o “Vittgenstein” y comienza a referirse a él como “Ludwig”. En algún momento dejó de ser el amigo excepcional y rico que Pinsent tenía en Cambridge para convertirse en algo distinto; pero de nuevo las expectativas no acaban de acoplarse.

Alejados de los turistas y casi de la civilización, retirados en un pequeño hotel en el interior de un fiordo, Pinsent se aburrió soberanamente, únicamente le distraían sus conversaciones con “Ludwig” y el piano del hotel. Rutina monacal: lógica, paseos a pie o en canoa, dominó por la noche, y alguna velada al piano. Wittgenstein escribiría en cambio a Russell: “Pinsent es un enorme alivio para mí. Hemos alquilado un bote de vela y con él vamos por el fiordo… o mejor dicho, Pinsent se encarga de la navegación y yo me siento al bote y trabajo”. Wittgenstein encontró una paz tan perfecta que decidió retirarse a Noruega a terminar su trabajo en lógica antes de que la muerte le alcanzase (otra de sus obsesiones de antes de la Guerra).

¿Sexo? Es difícil saber si hubo algún tipo de sexo entre ambos, en cualquier caso la homosexualidad de Wittgenstein es de difícil catalogación, sería algo así como una homosexualidad de tipo platónico. En esos años las opiniones de Witt al respecto están dominadas por Weininger, expuestas en “Sexo y Carácter”, para quien el “genio” está encarnado por el espíritu masculino, único capaz de “amar a su propia alma” y desprenderse así de la carnalidad para alcanzar el ideal ético. Pero el espíritu masculino, a diferencia del femenino, es capaz de elegir entre su destino o cubrirse de “feminidad” que según Weininger representa un estadio degradado, ausente de genio y de moralidad. En el plano individual ese “espíritu femenino” está representado por las mujeres o por hombres que eligen la carnalidad y el amor físico; en el colectivo su representante es “el judío”. Weininger, que era homosexual y judío, terminó suicidándose ante su doble “crimen”.

En cambio Pinsent hubiera podido vivir la posible homosexualidad con más naturalidad, entiéndase, con la naturalidad propia de Cambridge, fuera de los Colleges seguía resultando un crimen nefando. El grupo de los Apóstoles estaba dominado por relaciones a dos, a tres o a cuatro bandas que emponzoñaban y animaban sus reuniones; y en el King’s College acabó convirtiéndose casi en una pose snob que ponía en tela de juicio los preceptos morales de la época victoriana.

En definitiva, dos maneras radicalmente opuestas de experimentar esa amistad que va mucho más allá de la camaradería. Wittgenstein dominado por su desgarro trágico y Pinsent interesado, hechizado a veces, y fascinado con su singular amigo austriaco. Sin embargo entre ambos hubo una sincera amistad, tuviera el alcance que fuese.

(Apuntes para El Caso Russell)

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Lógica Mística

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En “My Philosophical Development”, Bertrand Russell confiesa con la distancia que proporciona el tiempo: “Wittgenstein hizo de ella [la lógica], la base de un curiosa forma de misticismo lógico”. Toda la mordaz crítica que Russell hace del que fuera el causante del hechizo personal que duró hasta la publicación del Tractatus, podría sintetizarse en esa irónica expresión, demoledora en manos de alguien como Russell: “una curiosa forma de misticismo”.

Poco antes ya sentencia de forma categórica: “Las doctrinas de Wittgenstein influyeron en mí profundamente. He llegado a pensar que en muchos puntos llegué demasiado lejos al avenirme con él […]. Sus últimas doctrinas, tal y como aparecen en sus ‘Investigaciones Filosóficas’, no han influido en mí en absoluto.”

A pesar de todo Russell le dedica un capítulo entero del libro.

Existe una deriva, casi inevitable, en Wittgenstein que lleva a lo místico a través de la lógica; tal es así que, leyendo el Tractatus, uno se pregunta hasta qué punto la lógica es simplemente un pretexto para mostrar aquello que no se puede decir.

Técnicamente la lógica de Wittgenstein quedó estancada en la concepción de Frege, y posteriormente de Russell y Whitehead. El objetivo era dar con un simbolismo adecuado para la lógica, es decir, no un simbolismo de precisión sintáctica, sino también capaz de de adecuarse como un guante a la lógica, y que hiciera superfluos artificios cono la Teoría de Tipos de los Principia Mathematica de Russell y Whitehead. Una Ideografía perfecta.

Entre 1912 y 1914 Wittgenstein contó a Russell que la clave de todo era encontrar un lenguaje lógico, un simbolismo adecuado que expresarse de manera definitiva la lógica, que mostrase por sí mismo los diferentes tipos de cosas.

La realidad venía reflejada en la proposición y la estructura de la proposición (la forma lógica) era la estructura de la realidad (el hecho). De manera que el simbolismo era aquello que lograba construir la realidad, organizarla. Y si “el mundo es la totalidad de los hechos, no de las cosas” (TLP 1.1), el simbolismo es capaz dar forma al mundo.

El misticismo pitagórico afirmaba que todo era número, el misticismo del primer Wittgenstein afirma que todo es símbolo, y nada hay por encima de los símbolos, ni si quiera otros símbolos que simbolicen símbolos. Sin el símbolo el mundo es un golem del barro indiferenciado, únicamente el símbolo es capaz de darle vida.

El misterio de la palabra, del rabino Löw a Wittgenstein.

(Apuntes para El caso Russell)

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Rouge

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“Pero debajo del infierno hay otro infierno,

igual que antes del paraíso había otro paraíso.”

Pier Paolo Pasolini. Teorema

Caro Diario. (Köln Concert. 5:07)


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Rouge

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Y luego quedan los restos… consumidos y gastados; briznas de tiempo obsoletas que apenas significan ya nada.

Pedazos mostrencos que no puedes borrar, ni olvidar…

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Iniciación

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 Vienés. Afectado profundamente de esa enfermedad capaz de transformar la afectación en arte, y la pretenciosidad en filosofía: el carácter de los vieneses de entreguerras. Karl Popper, otro vienés de entreguerras, condensaba ese carácter ejemplificándolo con la afirmación de que algo como el Tractatus Logico-Philosiphicus olía a café vienés, esos lugares por donde discurría la vida cultural de la ciudad. Sólo a un vienés de tertulia de café se le podía haber ocurrido algo tan pretencioso, ambicioso y a la vez tan ingenuo como la obra de Wittgenstein; era una maldad del ácido de Popper que criticó sin piedad al patricio Wittgenstein toda su vida, pero no era cierto. El Tractatus fue escrito en la miseria y la muerte de las trincheras del frente de Galiztia y en un campo de prisioneros. Pero llevaba algo de razón esa mordaz afirmación, hay algo de feliz genialidad, a veces ambiciosa, a veces ingenua, en todo aquello que surgió en esa Viena imposible que discurre entre los estertores del Imperio Austro-Húngaro y la anexión por el III Reich en 1938. Zweig, Musil, Schönberg, Loos, Klimt, Roth, Gödel, El Círculo… y tantos, y por supuesto, Witt.

A Russell le abrumaba ese exceso de seriedad del joven Wittgenstein, ese plus de exigencia ante la inevitabilidad del desastre que parecía presidir todas sus acciones, una suerte de estoicismo desaforado e incomprensible en la tradicional Inglaterra victoriana, o post victoriana. Russell, que conoció a Wittgenstein en un momento de crisis en su vida, se sentía desarmado ante esa exhibición de tragedia íntima que era capaz de mostrar su alumno, Intentaba convencerle de que si no escribía algo mediocre sería incapaz de escribir algo bueno, sin embargo esa recomendación sonaba a oídos de Wittgenstein como una ofensa. La Filosofía, la Lógica, se convirtieron para él en el último recurso posible, una religión desesperada antes de caer en el “abismo”. Se aplicó a ella con las urgencias de quien en su agonía cree con irracional fe en un fármaco milagroso.

Pero todo ello tuvo su iniciación, de no haberla pasado (y el juez más implacable fue él mismo), es probable que al igual que sus hermanos se hubiera suicidado. Podemos llamarlo carácter vienés; hoy no tendríamos dificultad para catalogarlo como una psicopatología leve, un trastorno de la personalidad.

Wittgenstein, el futuro ingeniero, cree ver en la Lógica y los fundamentos de las matemáticas ese “talento” que ansía poseer para expresar su “genio”. Se siente fascinado por la obra de Frege y Russell y resuelve responder a los problemas que no pudieron completar Whitehead y el mismo Russell en la monumental Principia Mathematica (por qué se hace necesario introducir algo tan artificial como la Teoría de Tipos para resolver las paradojas). Wittgenstein cree encontrar la respuesta definitiva. Ingenuidad, pretenciosidad, es cierto, pero también la certidumbre de que la aspiración a la mediocridad es algo moralmente inaceptable. Entre 1909 y 1911 se fragua en él el proyecto de escribir un libro definitivo, una obra cerrada que de fin a la monumental tarea de Frege y Russell en la Lógica, su vida parece depender de ello. Pero necesita la aprobación de alguien, necesita saber que realmente es alguien válido, con talento. Es esa conciencia de “estar de más” lo que a Wittgenstein le resulta insoportable; Viena se desmorona en una lenta agonía, y el genio parece ser la única respuesta admisible.

Acude en a Jena en el verano de 1911 para entrevistarse con Gottlob Frege. Frege es un anciano que vive casi en el anonimato sin el reconocimiento debido, de aquella entrevista Wittgenstein sale con más dudas y temores sobre sí mismo, y con la convicción de que sus ideas están todavía por madurar, pero con la certidumbre de que quizá tenga una última oportunidad antes de un final trágico. Frege le recomienda que si le interesa la Lógica acuda a estudiar con Russell en Cambridge. No hay constancia del trabajo que Witt. enseñó a Frege, pero éste debió ser lo suficientemente expeditivo como para que de aquello no quedara constancia.

Por otra parte hemos de considerar que a principios de siglo la Lógica Matemática era una disciplina poco menos que excéntrica, Frege nunca tuvo más de tres alumnos en sus clases, y Russell tampoco fue capaz de atraer a un número mayor en Cambridge

(Apuntes para “El Caso Russell”)

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