La Caja Verde (San Francisco)
Comenzar en San Francisco… finales de los sesenta. Una locura. Un tiempo carcomido por la memoria falsa, por los recuerdos culpables y por las omisiones necesarias. Si alguna vez existieron tanatoides habría que buscarlos aquí
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La Caja Verde (fragmento) Carlos Sebastián (o Torsvan).
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Ha llegado EL MOMENTO.
Y como si fuera una peregrinación, ese viernes partes de tu destartalado y cochambroso apartamento compartido en Telegraph Avenue, muy cerca de la Universidad de Berkeley. Allí llegas cada tarde después de un día horrible en la universidad, ves tipos por la calle que han venido de los lugares más insospechados del país, de sitios como Eugene, Oregón; o Saint George, Utah; o Boluder, Colorado; o Casper, Wyoming… sitios así. Y ves chicas de mirada azul que te hablan del I Ching y que parecen estar ahí, al alcance de tu mano; negros proféticos que anuncian la gran revolución; cines underground repletos de tipos de mirada escuálida y alucinada; carteles multicolores que son como iconos de los nuevos dioses paganos que parecen haberse adueñado de todo; librerías dónde nadie compra libros pero que siempre están repletas de gente que habla como poseída; hueles el incienso y oyes la música oriental enlatada; te hablan de traiciones y grandes conspiraciones; acudes a los mítines del Comité del Día de Vietnam, o te acercas a una sentada sin saber por qué; oyes hablar de tomar la universidad, de unirse a la guerrilla urbana; te pasas por el Fillmore, o el Matrix, y escuchas a Jefferson Airplane, o los Charlatans, o los Great Society, intentado meterle mano a esa chica; compartes canutos de maría, o alguien te invita a una fumada comunal con su nueva gran pipa de agua, así que vas a otro apartamento casi igual de sucio y destartalado que el tuyo, a un par de manzanas, y te presentan a un montón de gente de la que no eres capaz de retener sus nombres, y que hablan de que Kesey ha regresado de México y reta a la policía, o de que organizar marchas como los del Comité del Día de Vietnam es una estupidez y que lo que habría que hacer es ponerse hasta arriba de Ácido y mandarlos a todos a la mierda, o de que el arte se ha convertido en una forma de vivir, o de que la única respuesta posible consiste en perpetuo movimiento, te hablan de intersubjetividad y de sincronización… ; te pasas el resto del día en tu camastro escuchando discos rayados que alguien te ha dejado de los Beatles, o de Dylan, o los Byrds, o los Rolling; intentas leer cosas que no entiendes pero que repites para estar en la onda, sincronizado…
Entonces te dices que Eugene, Oregón; o Saint George, Utah; o Boluder, Colorado; o Casper, Wyoming… están muy lejos, tan lejos que un abismo se debe de haber abierto en tu vida puesto que no entiendes nada de lo que te pasaba hace tan solo un par de años, sabes que tu sombra se ha quedado allí pero tú todavía no has ido a ninguna parte. Así que piensas:
Ha llegado EL MOMENTO.
Ese viernes te subes a una furgoneta de reparto de leche que alguien ha tomado “prestada” de su jefe, y sales de Berkeley junto con gente a la que apenas conoces en peregrinación a la zona del puerto de San Francisco. Vas a la Graduación del Ácido.
Hay ambiente, vaya si lo hay, llegáis con la furgoneta de reparto repleta de tipos que no cesan de hablar e intentáis haceros una idea de conjunto, inmediatamente cada uno toma su propio camino.
El lugar es horrendo, horrible, pero parece estar animado por un aura mágica que proyectan los focos filtrados por láminas de colores, por espirales que se mueven sincrónicas. Es un almacén de conservas, una lata de sardinas. Alguien se ha encargado de empapelar las paredes del almacén con pasquines de colores que brillan con las luces:
“¿PUEDES SUPERAR LA PRUEBA DEL ÁCIDO?”
Proclaman todos ellos. Y te quedas plantado frente a uno de esos pasquines, un enorme collage hecho con recortes de revistas, retales de tela, mechones de cabello, y pintadas furiosas, se pueden leer los nombres de toda la tropa: Kesey, el huido; y Cassady, el hombre bala; y los Merry Pranksters…
La policía rodea el lugar. Buscan a Kesey que debería de estar en Tijuana y que tiene encima una acusación por posesión de marihuana. Y él es el responsable de todo esto, de los festivales de Ácido, de la gran sincronía, del gran viaje hacia ningún sitio, de esa espuma descabella y absurda que amenaza con desbordarlo todo, y que indigna a las familias asustadas que desde Eugene, Oregón; o Saint George, Utah; o Boluder, Colorado; o Casper, Wyoming claman para que las autoridades detengan a toda esa chusma de colgados que dejan el cerebro de sus retoños agujereado como un queso gracias al LSD; es el mismo hijo de puta de Kesey que se atrevió a tocar la armónica cuando fue invitado a pronunciar una conferencia ante el Comité del Día de Vietnam, y que horroriza a todos esos santurrones del la Nueva Izquierda y a los mesías de la Revolución. Para todos Kesey se ha convertido en el personaje de su propia novela, un Randle McMurphy, un violador, que amenaza con perturbar la paz del manicomio. Pero él se ha largado a México…. Al menos hasta hoy.
Las luces de colores de los coches de la policía parecen haberse sincronizado con el ambiente que rodea a la lata de sardinas, giran en periodos regulares, zumban en los coches que se han concentrado allí y que han acordonado el lugar, pero la policía no sabe qué hacer, miran mascando chicle a toda esa chusma que desemboca en el embarcadero. Tienen orden de impedir que la cosa se desborde, aunque nadie sabe realmente qué quiere decir eso, o si ya hace tiempo que ha desbordado. Llegan coches, furgonetas pintadas, motocicletas, ¿motocicletas?
Una representación de los Ángeles del Infierno acaba de llegar desde Oakland, el atronador ronroneo de sus Choppers inunda Jefferson Street, un coche patrulla intenta impedirles el paso pero el escuadrón motorizado pasa de largo sin inmutarse y se distribuye junto a la lata de sardinas, muchos están pasados de speed, o de alcohol, o de marihuana, pero quieren un buen viaje, confraternizar de nuevo. ¿Desbordados? Nadie sabe qué es eso, pero la espuma sigue subiendo.
Un Oldsmobile marrón descuajeringado baja a toda velocidad por Leavenworth Street, viene rebotando en cada bache, haciendo polvo sus inexistentes amortiguadores, es un cíclope suicida que zigzaguea cuesta abajo como un loco en busca del océano. Pero consigue frenar poco antes de llegar a la lata de sardinas, humo en los neumáticos, un chirrido infernal. Es Wilco, el Hombre Cósmico, el Capitán Marvel, que viene acompañado por Lord Jim, en el asiento de atrás se apretujan Moox, Naomi y la pequeña Sadie. Uno de los polis se acerca con la intención de empaquetar a ese grupo de drogotas, y la situación es comprometida ya que en el maletero del Oldsmobile Lord Jim guarda zumos y refrescos con Ácido, algo de marihuana y anfetaminas. El agente les pide el permiso de conducir, pero nadie lleva nada de eso, ni siquiera el Capitán Marvel, que no podría demostrar que el coche es suyo, de manera que debe de emplearse a fondo, así que todo el mundo en el Oldsmobile se arrellana para ver al Hombre Cósmico en plena actuación. Wilco responde con una sonrisa beatífica al policía y le dice que algo debió de romperse colina arriba, que ese viejo Oldsmobile tenía que fastidiarse un día u otro y que ha tenido que ser hoy, cuando iba con su familia a ver las focas que hay en el embarcadero, y que ahora es el momento de rezar y dar las gracias a Dios ya que han estado a punto de morir, estampados contra cualquier sitio por culpa de ese viejo Oldsmobile:
-Ya sabe agente… si yo supiera algo de mecánica ya me habría deshecho de todo este montón de chatarra pero no sé qué ha pasado… creo que los frenos, o los amortiguadores o la dirección, qué sé yo. Quizá si usted echara un vistazo… Pero, ¿qué es todo esto? ¿Todo el mundo ha venido a ver también a las focas?
-¿Qué focas? –responde el agente.
Es en este punto cuando el Capitán Marvel se pone a hablar de las focas sin transición alguna, de sus costumbres, de su morfología, su alimentación y su curioso comportamiento durante el apareamiento. Es un torrente imparable y continuo de voz que deja perplejo al agente, y que le imposibilita meter baza. Y todo el mundo comienza a hablar sobre las focas como si fuera la cosa más importante del mundo, comentando y apostillando la erudita disertación zoológica de Wilco, intentando explicar el extraordinario fenómeno que ha hecho posible que una colonia de focas haya decido instalarse en el embarcadero. Sadie y Naomi, que aprovecha para hacer unas fotos, le hacen notar al agente que puede haber problemas si esos Ángeles del Infierno deciden ir hasta allá, sobre todo en el estado en el que se encuentran, alguno puede caer al agua.
Los Ángeles están empezando a impacientarse, algunos han entrado ya, otros están enredados en un pequeño malentendido con un grupo de yippies algo rebotados. Así que el agente les dice a los ocupantes del Oldsmobile que no se muevan, y que no se les ocurra bajar del coche, pero ya es tarde, Moox y Lord Jim ya están sacando los refrescos del maletero y se dirigen a la lata de sardinas.
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