La noticia era la siguiente:
El domingo 24 de noviembre de 1974 Jorge Rivero, socio principal del prestigioso bufete de abogados de Madrid Rivero y Asociados, y esposo de Ana Noguera, abogada del mismo despacho, desapareció de forma trágica en la Carretera Nacional III a la altura del Embalse de Contreras.
El caso tuvo relativa resonancia en las páginas de sucesos durante algunos días. Un coche, un Mercedes SE de lujo, fue encontrado la noche del día 24 de Noviembre por una patrulla de la Guardia Civil en el tramo de la N-III situado junto al Embalse de Contreras en dirección a Valencia. Tenía la puerta del conductor abierta y la ventanilla derecha bajada; faltaba la documentación, el radio-casete y la batería estaba descargada. El coche pertenecía a Jorge Rivero, nada más se supo de él desde aquel día.
Jorge Rivero tenía una cita en Valencia al día siguiente y decidió ir en coche esa misma noche desde Madrid, según declararon en el bufete. Se barajó desde el principio la hipótesis de una agresión, o un robo, tal vez un suicidio. La Guardia Civil estuvo peinando la zona durante semanas, incluso unos buzos trataron de encontrar el cuerpo en el pantano, pero se tuvo que abandonar la búsqueda varias semanas después ante la falta de resultados. No había signos de lucha en el coche, ni testigos y las investigaciones tampoco condujeron a ninguna detención. Tras los primeros meses la desaparición de Jorge Rivero dejó de ser una prioridad para la comandancia provincial de la Guardia Civil, y con el tiempo el caso pasó a engrosar la lista de desapariciones sin resolver.
Según afirmaba mi informante Ana Noguera y Víctor Morelli habían sido amantes al menos desde 1973.
Así pues una relación peligrosa, una lamentable –quizá oportuna- desaparición, y Víctor Morelli que decide quitarse de en medio marchándose a París para estudiar con Grolek.
En un primer momento pensé que Morelli se había dedicado a escribir y que, por alguna extraña razón, habría autoeditado parte sus obras, dándoles incluso la pátina de publicaciones reales: una editorial imaginaria, ISBN’s ficticios… y uno de los ejemplares que termina, fruto del azar, en un puesto callejero de París. Misterio resuelto. O casi.
Consulté por curiosidad en la base de datos las publicaciones científicas de Morelli durante los años setenta y ochenta, no encontré ni una sola. Algo inaudito para alguien que hubiera estudiado con Alain Grolek, aunque solo fuera durante unos meses. El propio Grolek moría en septiembre de 1975 sin que nadie pudiera dar razón de las causas de su suicidio, vivía solo, apenas tenía parientes y muy pocos amigos. El 16 de septiembre de 1975 Grolek decidió tragarse un frasco de barbitúricos (seconal) en la habitación 212 del Hotel Mercure de París.
Demasiadas desapariciones relacionadas con un solo hombre, me dije, Víctor Morelli parecía no traer demasiada buena suerte.
Decidí dejar el tema ahí. Todo eso ocurría en el mes de abril de 2004, en junio tenía previsto asistir en la Complutense a un ciclo de conferencias sobre la demostración de Grigori Perelman de la Conjetura de Poincaré y postergué para entonces una visita a Alfredo Sanz, contacto que mi informante me aseguró que había conocido a Morelli y las circunstancias de la desaparición de Rivero. Ambos habían estudiado por las mismas fechas allí y habían sido amigos. Alfredo Sanz había acabado como catedrático en la Complutense.
¿Por qué esa insistencia personal en Morelli? Es difícil contestar a esa pregunta, al menos de forma que justificara mi interés en aquellos primeros meses. Podría decir que fue la enigmática dedicatoria de “Utopías”; o esa desconcertante ausencia del Morelli escritor de cualquier registro, aunque yo poseyera uno de sus libros. Sin duda podría esgrimir para justificarme las circunstancias de su –casi- huida, sin embrago sé que todo ello vino a posteriori. En un principio no tenía la más mínima intención de visitar a Alfredo Sanz, el motivo no era la falta de interés, sino la incapacidad para explicarle mi inusitado interés acerca de alguien que parecía haberse convertido en una sombra.
Morelli se convirtió en una fijación absurda en aquellos primeros meses, un juego inocente –así lo creía-, una diversión enigmática que calmaba el tedio… Entonces todo eran simulacros, ficciones.
Cito unas palabras del propio Morelli escritas en “La Conspiración”:
“¿Cuál es el valor de lo ilusorio? ¿Qué importancia damos a las ficciones que nosotros mismos construimos, o creemos construir? El hecho de que Cambridge tuviera cierto aire a casa encantada no se debe tanto a la presencia de esos ‘fantasmas’ de la conciencia o del pasado, como a la importancia que se da a lo ilusorio, al efecto que nuestras propias construcciones causan inadvertidamente. Experimentar aquello que nos pertenece y nos es propio como algo ajeno, sentirlo como lo otro. Ser participes de la falacia de la enajenación.”
A veces he pretendido encontrarme a mí mismo en la ilusoria figura de Morelli, quizá sea eso. Sin embargo tras ese nombre siempre hubo la certidumbre de algo fatal; recuerdos que acechan como espectros.

Alfredo Sanz era catedrático de Geometría en la Complutense en 2004, también fue amigo de Víctor Morelli. Tras mucho pensármelo, decidí citarme con él y preguntarle por Morelli. Un sábado de Junio de 2004, tomando un café y una tónica en una terraza de la Calle Bravo Murillo, y tras fusilarme a preguntas acerca de ese ruso loco de Perelman y de cómo había logrado extirpar las singularidades que producía el Flujo de Ricci, le hablé de Víctor Morelli.
Alfredo Sanz era una persona gruesa, algo maltratado por el paso del tiempo, sufría grandes arrugas que surcaban su frente y lucía una impoluta calva, pero seguía conservando una mirada inquisitiva y curiosa de ojos negros. Por supuesto que se acordaba de él, aunque de forma algo vaga –me dijo-, y no sin cierto resquemor. Habían sido colegas, y hasta cierto punto, amigos.
-Víctor, claro. Durante un tiempo fuimos amigos, buenos amigos, hasta todo el lío que tuvo con la mujer de hijo de puta de Jorge Rivero. Era buen matemático aunque no tanto como él creía. Y un mentiroso–me dijo.
-¿Mentía? –afirmé
-A veces.
Le conté la historia de “Utopías”, libro que había traído conmigo, le hablé de Atalanta Fugiens e Hippomenes Sequens, y de los libros que Morelli había publicado ahí. Acabé haciéndole partícipe de mi investigación y de mi sospecha de que Morelli hubiera podido publicar historias fantásticas bajo el seudónimo de R. Mutt. Alfredo tomó el libro y lo hojeó atentamente, estuvo varios minutos leyendo al azar páginas del mismo, y se detuvo igual de intrigado ante la dedicatoria firmada por el propio Morelli.
-Me suena –dijo Alfredo.
-¿El libro?
-No. La frase –contestó-. No lo recuerdo… pero ahora que la leo… no lo sé. Igual la he leído en alguna parte. Es curioso, ¿no?
-¿Y la firma?
-La firma es de Víctor.
-¿Sabía si Víctor Morelli escribía? –pregunté.
-No tenía ni la más remota idea de que Víctor se dedicara a escribir, aunque sólo fuera como afición –dijo Alfredo-. A mí no me contó nada, cuando le conocí sólo le interesaban las matemáticas, los espacios fibrados y la topología algebraica. Si se dedicó a escribir fue con posterioridad a su marcha a París.
-¿Qué pasó en París? –pregunté intrigado.
-No lo sé.
-¿No estudió con Alain Grolek?
Alfredo Sanz sonrió, pareció esperar a le hiciera esa pregunta. Se acabó su tónica, y dijo sonriendo:
-Pues no.
-¿Qué quiere decir?
-Quiero decir que no se qué narices acabó haciendo en París. Estudiar en el Instituto Henri Poincaré con Alain Grolek no, desde luego. Aunque fingió hacerlo durante un año más o menos.
Podría decir que aquello que me contaba Alfredo Sanz me sorprendió, pero no, no fue así. En el fondo espera algo parecido. Algo debió de truncar la prometedora, y probablemente, anodina carrera académica de Víctor Morelli. ¿Su relación con la mujer de Rivero, quizá? ¿O había algo más? Alfredo Sanz prosiguió, parecía divertirle contarme aquello:
-De todo ello hace treinta años… demasiado tiempo. Recuerdo que la última vez que hablé con Víctor fue el 20 de noviembre de 1975.
-Vaya.
-Sí. Le llamé yo mismo y fue para decirle que Franco había muerto. Por entonces todos creíamos que seguía en el Instituto Poincaré… pero ni siquiera había ingresado.
»Empezó la tesis aquí, en la Complutense, era algo relacionado con Grolek, no me acuerdo… los Teoremas de Compactificación, creo, entonces estaban muy de moda. Se la dirigía el catedrático Tadeo Echegaray, un gran profesor… Pero después de un año quiso ir a París y que fuera el mismo Grolek quien le supervisara. Eso era picar muy alto, demasiado, había que ser bueno, realmente bueno para estudiar con Grolek, y no es que Morelli fuera mediocre pero le faltaba, no sé, ese instinto asesino que tiene la gente brillante. Supongo que me entiende.
-Si
-De todas formas inició los trámites para conseguir una beca en la Sorbona –continuó Sanz-. Y en 1974 anunció a todo el mundo que se la habían concedido. Se marchó en noviembre.
-Pero no se la concedieron –afirme.
-Víctor tenía un buen expediente, podía haber ido a estudiar a la Sorbona… pero no con Grolek. Alain Grolek sólo dirigía a los mejores.
»Nunca entendí por qué lo hizo. Si quería irse podía haberlo hecho, y Víctor no era presuntuoso, si Grolek no le aceptó pudo irse a cualquier otro sitio sin necesidad de fingir, ¿para qué fingir?
-Quizá fuera Ana Noguera.
-Ah, la señora de Rivero… ¿Tanto le interesa Víctor?
-Pues… confieso que a medida que voy sabiendo cosas de su vida mi interés va en aumento…
-Bueno… ese es un tema delicado –me explicó Alfredo Sanz-. Recuerdo a Víctor como una persona fría, a veces podía resultar un poco distante, pero nunca fue alguien de trato difícil. Era el tipo de persona que nunca comienza una conversación… Pero Ana Noguera lo cambió todo. Le cambió. Lo cierto es que era una mujer capaz de hacer perder la cabeza a cualquiera.
Alfredo me contó que Ana Noguera había estudiado derecho en Estados Unidos, de buena familia, tenían excelentes contactos con la nueva clase que iba a dirigir el país en los próximos años. Se había casado con Jorge Rivero en octubre de 1968, el socio mayoritario de un prestigioso bufete de abogados de aquella época que había estado ligado a varios ministros de Franco.
-La historia… ya sabe, propia de aquellos años –contaba Alfredo Sanz-. Jorge Rivero vería en el matrimonio un trampolín para sus aspiraciones en los años próximos, y ella, bueno supongo que le querría. No lo sé, ya nadie se acuerda de Rivero. El caso es que cuando Víctor conoció a Ana el matrimonio era un desastre. El propio Víctor me lo contó… cuando ya se había enredado con Ana hasta las trancas.
-¿Cómo conoció a Ana Noguera?
-No tengo la menor idea –contestó Alfredo Sanz-. No era el tipo de ambientes en los que se moviera Víctor, aunque Víctor… no sé, podía ser imprevisible en según qué aspectos de su vida. Cuando me enteré ya era una relación peligrosa…
-¿Peligrosa?
-Si bueno, era Jorge Rivero, tenía mucha influencia… y la capacidad de hacerle la vida imposible a cualquiera, al menos a cualquiera como Víctor.
»Ana y Víctor se conocieron más o menos en el setenta y dos –continuó Alfredo-. Ana era diez años mayor, y bueno, era espectacular, la recuerdo como Ava Gadner, o algo así. Les vi en una ocasión un verano, en Valencia, donde Ana tenía una casa… en El Saler, creo recordar. A veces iban allí cuando no podían verse en Madrid. Yo era casi el único en la Facultad con el que hablaba de temas personales.
»Aquello no podía terminar bien, un conocido abogado franquista toreado por un tal Morelli, matemático. Para mí que aquel viaje de Rivero a Valencia no fue para entrevistarse con ningún cliente, como se puede figurar.
-¿Qué cree que paso?
-¿Con Rivero?… Le mataron, y probablemente arrojaron el cadáver al pantano… Y no intente hacer cábalas con Víctor. Rivero tenía demasiados enemigos, su bufete estaba metido en tramas de todo tipo, sobre todo negras. Después del 23 de febrero de 1981 se liquidó la sociedad, previo envío de maletines a Zurich, claro.
-¿Cómo sabe tanto sobre Rivero? –pregunté.
-Uno ha tenido cierto pasado político –ironizó-. Primero fui trotskista, luego maoísta y al final lo mandé todo a cagar, ahora sólo cuento batallitas de la Transición.
-¿Y a Morelli? ¿También le interesaba la política?
-¿A Víctor? –Alfredo Sanz sonrió-. Una vez le regalé una edición en ciclostil del Libro Rojo de Mao y me dijo que no había logrado leer más que unas pocas páginas, que le aburría ese chino inflado que no decía más que flatulencias. Casi le parto la cara. No le gustaba el Régimen, aunque creo que lo odiaba más por Rivero que por otra cosa, por lo demás las cuestiones políticas le traían completamente al fresco.
-¿Cree que se marchó a causa de Ana Noguera?
-Supongo que sí. En cualquier caso izo bien en largarse. Llegó un momento, en el setenta y cuatro, que Víctor dejó de contarme nada. La relación con Ana siempre fue tempestuosa, había días que ella no podía estar sin él y temporadas en que no quería verle, y en las que parecía haber solucionado sus problemas con Rivero. Hubo una vez que Víctor apareció por mi casa completamente borracho y diciéndome que no iba a volver a verla más, yo entonces vivía cerca de Atocha. A los pocos días ya estaban liados de nuevo.
»La relación duró dos años, supongo que fue de mal en peor. Después del verano del setenta y cuatro Ana Noguera dejó de existir, o al menos eso me hizo creer. Víctor se fue a Valencia en julio y yo me temí lo peor, pero vino cambiado. Volvía a ser el de antes, solo hablaba de Alain Grolek de su tesis y de irse a París. Cuando se enteró de la noticia de la desaparición de Rivero él estaba en Madrid aunque no le había visto desde hace días, estaba muy atareado con los preparativos del viaje. No dijo nada, se limitó a encogerse de hombros y decir que por fin la había diñado ese cabrón, opinión con la que estuve completamente de acuerdo. Nada más. A los pocos días se marchaba a París.
-¿Cómo era Víctor Morelli? –pregunté-. ¿Conserva alguna fotografía suya?
-¡Fotos! Ni siquiera se hizo la orla al terminar la licenciatura, no quiso. Supongo que alguna debe de haber, pero Víctor era alérgico a las fotografías, una autentica fobia… ¿Cómo era? Un tipo corriente, moreno, delgado, tenía los rasgos algo afilados, observador, durante los primeros años de universidad recuerdo que corría carreras de fondo, luego lo dejó.
-¿Qué le dijo en aquella última conversación en París?
-Ya casi no me acuerdo… Tenía su número de teléfono, le llamé y le dije que Franco había muerto, que había que celebrarlo, cosas así… Le pregunté por Alain Grolek, y me dijo que había sido un monstruo inalcanzable o algo así, que su muerte había sido todo un misterio. Ah, y que no pensaba volver a España, de momento.
»Poco después se supo todo. Ni Víctor estaba en la Sorbona ni mucho menos en el Instituto Poincaré. Era absurdo. Al final esas cosas se saben, y él había hecho creer durante todo un año a todos que estaba allí. Le volví a llamar poco después, pero me contestó una señora en francés diciéndome que allí no vivía ningún Víctor Morelli.
-¿No volvió a saber nada de él?
-Bueno, no –contestó-. Me envió una postal por navidad. Me dijo que lo de Grolek había sido una excusa, una estupidez, que había dejado las matemáticas y que ahora trabajaba en París… En realidad no me contó nada. Proponía volver a vernos en el verano, me dijo que ya me llamaría… Pero desde entonces no he vuelto a saber nada más de él… Ana Noguera consiguió dar con mi número, no sé cómo. Me llamó por esas fechas, la navidad del setenta y cinco, me pidió que le diera las señas de Víctor en París, pero qué le iba a decir… además, aunque las hubiera sabido no se las hubiese dado… Bueno, quizá mienta –dijo Alfredo al cabo de un momento-, sí se las hubiera dado, qué me importaba ya Víctor, o ella.
-¿No tenía familia? –pregunté.
-No tengo ni idea. Víctor había nacido en Madrid, pero su familia era de fuera, creo que de Valencia o Alicante. Él vivía con unos tíos en Madrid a los que no vi jamás… ¿Qué coño hacía en París, escribir? –me preguntó Alfredo Sanz
-No lo sé, supongo. Con el seudónimo de R. Mutt escribía historias demenciales… curiosas. Luego a partir de la mitad de los ochenta aparecería Víctor Morelli, o alguien con su nombre, aunque lo dudo. Son la misma persona… ¿Le suena el nombre de Sigfrid o Sigfrido Robledo?
-No lo he oído en mi vida, quién es, ¿un amigo de Víctor?
Me encogí de hombros.
-¿Y Roy van der Weyden? –insistí.
-Un pintor flamenco, creo. ¿También amigo de Víctor?… Sigo pensando en esa frase, la dedicatoria… Y de los libros de Hippomenes Sequens, ¿no hay ningún rastro?
-No que yo sepa –contesté-. Aunque aquí mismo hay una prueba –dije señalando “Utopías”.
-¿Qué le ha parecido? –me preguntó.
-Interesante… Cuadra con el Víctor Morelli que me ha descrito.
-Sé que no puedo pedírselo… pero me gustaría leer “Utopías”… En el Departamento hay una fotocopiadora, podríamos ir y fotocopiarlo, quizá yo logre encontrar algo. En cuanto a “Crónicas del Destierro” podría encontrarlo en alguna librería de viejo. Prometo escribirle con lo que encuentre.
Accedí. No tenía otra opción.
-¿Sabe? He oído que Grigori Perelman va a abandonar las matemáticas –dije-. Lo último que sé es que después de demostrar la Conjetura de Poincaré la Topología le importa una mierda, y los cargos académicos todavía menos.
-Y qué hará, ¿escribir?
-No. Desaparecerá.
Regresé a Valencia casi como partí. O quizá peor, sin saber quién era Víctor Morelli, un mar de preguntas, y un antiguo amigo que, treinta años después, tenía la memoria demasiado fresca, a pesar de que parecía haberse olvidado de Morelli. No había resuelto nada, sólo tenía una promesa de Alfredo y la vaga certeza de que un desengaño amoroso había abocado a Víctor Morelli a una identidad desconocida.
EL INFORME MORELLI (1-5)

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