El Infierno de Cantor: Cero
Fuente: “El Infierno de Cantor” de Víctor Morelli.
“Hay un concepto que es el corruptor y el desatinador de otros. No hablo del Mal cuyo ilimitado impero es la ética: hablo del infinito”
Jorge Luis Borges.
Borges temía a los espejos, la repetición infinita cuya simple confrontación provoca esa visión del horror que incluso hoy, soy incapaz de soportar.
Recuerdo de niño un gran armario en el dormitorio de mis padres, tenía varias puertas, y tras cada una de ellas un espejo. A menudo entraba solo, abría dos de ellas y las enfrentaba: el exiguo espacio de una habitación estallaba en un pasillo infinito, poblado por fantasmales copias de mi mismo que, burlonas, repetían como si de imágenes se trataran aquello que yo mismo hacía. Me gusta pensar que sólo era un juego. Hoy sé que no es así. Aquello obedecía a un impulso morboso, incontrolable, la atracción que todos sentimos hacia lo que más tememos.
Temí encontrarme con ese monstruo, escondido en los lugares más inverosímiles, acechante, como ese bote de leche condensada que no dejó de atormentarme. En la etiqueta una madre acogía en sus brazos a un niño, el cual mostraba imprudentemente otro bote de leche idéntico, con idéntica etiqueta: la misma madre y el mismo niño mostrando de la misma forma el mismo bote de leche… Recuerdo haber experimentado ese vértigo, esa nausea, que siempre me causó la visión del infinito.
Mi nombre es Víctor Morelli, y alguna vez creí ser matemático… pero el tiempo, esa gran farsa en la que todos nos empeñamos en creer, ha sepultado todo esto en la memoria y el olvido, acaso la misma cosa. Hoy, ya solo hablo de monstruos.
Como el monstruo del infinito.
Hablar del infinito es hablar de pesadillas, de ocultaciones y vanos intentos de domesticación, de hostilidades, desconfianzas y afirmaciones categóricas, también de fantasmas, espectros y fabulaciones que conducen a callejones sin salida, paradojas o incluso la locura.
¿Creemos saber qué es? El Infinito forma parte de nuestro lenguaje, lo usamos sin aparente dificultad, sin embargo su ilusoria sustancia parece escaparse cada vez que pretendemos hablar de él.
¿Qué es el Infinito? ¿Tiene sentido hacerse esa pregunta? Determinar si el Infinito es una categoría racional, y por tanto manejable y existente, o por el contrario si es algo que escapa a la comprensión ha sido uno de los grandes debates en la filosofía, y desde luego el gran debate en la matemática, la única disciplina que ha tratado de embridar tan esquivo concepto.
La opinión mayoritaria ha estado del lado de Borges, el Infinito no ha sido más que un desatino, un concepto corruptor que ha nublado entendimientos, un fantasma tal vez, o algo de lo cual resulta imposible hablar, ajeno al lenguaje y sin embargo presente. Desde la Antigüedad se ha intentado desterrarlo, hacer de él un absurdo, objeto de paradojas y aporías que pretendían demostrar que reflexionar impunemente acerca de él abocaba a callejones sin salida y situaciones insostenibles. Del Infinito se podía hablar, quizá, pero sabiendo que no era sino una confusión, un enredo lingüístico que había que manejar con cuidado. El hombre es finito, y afirmar la existencia de una negación puede dar lugar a sinsentidos. Todo parecía claro, meridiano, pero como si sólo hubiese sido un intento de mirar hacía otra parte, el pueril truco de escapar del monstruo tapándose los ojos hizo su presencia más insoslayable.
De manera que el Infinito fue el mal, lo irracional, lo monstruoso. Incluso las historias apócrifas hablan de asesinatos cometidos por revelar su presencia ubicua. El Infinito se constituyó en el espacio de la pura potencialidad, el despliegue ilusorio de lo posible, afirmar la existencia de semejante espectro era equivalente a negarle el sentido a una sola de esas posibilidades, el mundo concreto en el cual creemos vivir.
Pero por alguna razón el Infinito parecía burlarse de todos esos alambicados discursos, pensar el Infinito era tentador, y hacer uso de él abría caminos hasta entonces ignorados. Mefistófeles tentaba de nuevo. En un mundo poblado por mónadas y por sustancias infinitas, los infinitésimos proporcionaban las herramientas con las cuales tratar el espacio, el tiempo, y el movimiento. Rescatar un instante de la especulación y tratarlo como si fuera algo mesurable. Zenón se revolvía en su tumba, mientras Leibniz y Newton bailaban sobre sus despojos.
Tras el aquelarre la condena, excesos que hay que pagar. Nuevos monstruos y aberraciones que surgieron de ese comercio ingenuo con el Infinito. Llegaron otros censores que hicieron ver los peligros, formas nuevas de ocultar esa peste tras argumentos de sensatez y finitud, lo llamaron rigor, nada podía quedar al albur de la intuición.
Sin embargo los monstruos de la mente siempre acechan, puertas que no acaban de cerrarse y paradojas persistentes que guardan en su interior el veneno. A finales de siglo XIX, en un cruce de cartas fascinante, Georg Cantor y Richard Dedekind domeñaron con palabras aquello que parecía inaprensible, aquello que, como la arena, siempre acababa por escaparse por entre los dedos de nuestro pobre lenguaje. Con la Teoría de Conjuntos Cantor dio carta de naturaleza al Infinito, hizo de la paradoja un argumento lógicamente implacable, y el Infinito, la serie infinita y extravagante de infinitos, todos ellos distintos, todos inabarcables, se desplegó a la vista de todos, nombrados con un lenguaje adecuado que parecía hacerlos comprensibles. El Infinito, esa sombra siempre presente, era por fin un objeto de estudio, formalizado, domesticado, y catalogado. Cantor, sin embargo, sabía muy bien que ese infinito que él había domeñado era meramente un transfinito, algo que queda más allá de lo finito pero que no logra alcanzar al verdadero Infinito, la antesala de lo absoluto, el límite del lenguaje.
¿Es una forma de hablar o una manera de reconocer que el monstruo del Infinito siempre resultará algo irreductible?
Borges odiaba los espejos, veía en ellos una horrorosa multiplicación que terminaba borrando la distinción entre imagen y copia, entre realidad y simulacro: entre la vida y la muerte. Escribir El Aleph, aunque el aleph de la calle Garay fuera un falso aleph, fue un intento de conjurar ese pavor que sentía al asomarse a dicho abismo. La imagen de Borges es grandiosa, incluso para un falso aleph escondido bajo unas escaleras, esa sucesión infinita de imágenes agitándose en el interior de una pequeña esfera, copia y simulacro de un universo, real o posible, enumeradas con precisión poética tas una cortante frase: “Y entonces vi el Aleph.”
Todo ello no es sino el intento de espantar el miedo, conjurar aquello que sabe informe, inasible, merced a la enumeración y la descripción. ¿Qué tipo de aleph era el de la calle Garay? Creo que un aleph cero, un pálido reflejo de algo monstruoso, el amenazador comienzo de una serie terrible.
Antes de comenzar estas notas me he preguntado qué sentido tiene escribir una breve historia del Infinito. Ninguno, me respondo. Sin embargo quizá sean estos cielos de imposible azul pétreo, los horizontes inabarcables del desierto, las carreteras rectas que convergen en un punto de fuga… imágenes tan distintas a las que conozco. Sólo sé que únicamente aquí podría hacerlo. Escribir sobre el Infinito, aunque sea un pequeño ensayo algo vago y pedante, es una manera de escribir sobre mí mismo, sobre mis miedos… y mis infiernos.
El lugar… qué más da el lugar. Claire Motel, es el rótulo que figura en la entrada, un gigantesco óvalo rojo y verde que permanece encendido las veinticuatro horas del día, incluso durante las largas horas de sol cegador. Soy un huésped atípico, paso el día hipnotizado frente al televisor, y las noches tecleando una vieja máquina de escribir. Y no me muevo, he quedado varado en un lugar de paso, mimetizándome casi con los anodinos muebles de un motel.
Claire Motel, Estado de Nevada, 10 de octubre de 1987.






