El Expediente Salyut (3)
(Fragmento del mecanoescrito, ‘The Salyut Expedient. A Project for a Movie’. Encontrado en el apartamento de Víctor Morelli en el Calle Ruzafa de Valencia. Está firmado por Torsvan Maruth y es imposible datarlo)
La redacción de los servicios informativos de la cadena televisiva Onda 4 TV es un lugar informal, dinámico, e inequívocamente catalogado por los colores corporativos: rojo y verde.
Los amplios ventanales dejan entrar la luz a borbotones. Y la vista, desde la vigésimo tercera planta del edificio Nueva Europa, en el número 1 de la Avenida del mismo nombre, es el simulacro de una proyección en 3D, un regalo para los afortunados ocupantes de esa burbuja de cristal climex que flota en el vacío. Después de varios días de lluvia un intenso azul sólido se ha apoderado de improviso de todo el espacio. Todo parece estar preparado para una revelación, para la súbita aparición de un arcángel armado con una espada flamígera anunciando un apocalipsis de furia y venganza.
Al norte de Valencia se extiende el perfecto orden planificado de la Ampliación Reticular. La monotonía geométrica de ese distrito parece atenuada por los colores cambiantes de los edificios, por su forma aparentemente diversa que oscila dentro de márgenes catalogados, por los caprichosos caminos peatonales que hacen del paseo normalizado un deambular demorado… Pero debajo de esa variación marginal se dibuja una uniformidad de hormigón y acero; el cubo, el paralelepípedo y el ángulo recto. Como buques euclidianos, las imponentes unidades habitacionales parecen adentrarse en formación hacia el mar, una flota de figuras de Lego construidas por un niño monstruoso.
Hacia el oeste, separada por una estructura elipsoidal de acero sobre la que zumba silencioso el monorraíl, se puede distinguir la incongruente variedad de la parte vieja de la ciudad. Parece ser un añadido grotesco a la Ampliación Reticular, un elemento de tiempo congelado que surge de manera abrupta, como un cambio de fase, o dos magmas de distinta densidad. Hace ya tiempo que el centro administrativo de la ciudad se mudó a la Ampliación, pero la zona vieja sigue siendo un fárrago incesante de actividad, con Chinatown creciendo imparable desde su origen en el barrio de Ruzafa.
La zona sur de la ciudad queda oculta al casi panóptico puesto de mando de la redacción, es allí donde se ha trasladado el urbanismo visionario en los últimos años. Nuevas formas, leguajes indescifrables de materiales nuevos, plástico, titanio, vidrio, una jungla de nuevos proyectos en pugna por el nicho arquitectónico.
En la redacción de los informativos de Onda 4 TV no hay paredes, tan solo una membrana transparente de cristal separa el único rango visible para el visitante: el despacho del director. Todo lo demás es una colmena de mesas agrupadas en racimos. Redactores, guionistas, husmeadores e informáticos, que miran monitores, escriben, hablan por teléfono, gritan, discuten, ríen y comen la misma comida china. Varias pantallas HD escupen imágenes en cualquier idioma, las hay por doquier y nadie parece hacerles caso, aunque de improviso cualquiera puede quedar preso de alguna de ellas.
Sin embargo, en medio de ese desorden, es posible distinguir una estratificación invisible, algo que el recién llegado no es capaz de apreciar, pero que cualquiera que trabaje allí conoce perfectamente. Un escalamiento en el rango que viene dictado por la posición de la mesa, cuanto más próxima se encuentra a la urna del director y más cercana a la pared de cristal sobre el mar, más alta es la posición. Por lo demás, todo el mundo viste de la misma manera estudiadamente casual, habla igual, dice los mismos tacos, y casi se mueve de idéntica forma, una mímesis coreográfica perfecta.
A las once de la mañana la actividad es incesante.
La mesa de Lucía Rolan se encuentra en una posición privilegiada, a pocos metros de la puerta del director y pegada al cristal polarizado de climex. Es una guionista especializada, una creadora de realidad espectacular.
Su mesa… bueno, su mesa, cómo explicarlo, Lucía tiene controlado aproximadamente algo menos de la mitad de todo el contenido en superficie, y ya es mucho; no la ha ordenado desde que ocupó ese puesto, hace más de dos años.
En ese caos primigenio, germen de la creación, se amontonan papeles; diversos vasos de plástico con restos vitrificados de café; un despertador; dos teléfonos; un teclado ergonómico machacado con las letras apenas visibles; un monitor empapelado a post-its (números de teléfono, avisos y anotaciones indescifrables); un localizador GPS; una astrosa edición de las Investigaciones Filosóficas de Ludwig Wittgenstein; un cuaderno Moleskine comprado hace un año y utilizado en sus dos primeras páginas; un auténtico Cubo de Rubik sin resolver robado en Budapest; un reloj de arena (que nunca logró medir cinco minutos de forma regular, y que a pesar del delicado arreglo de Lucía ha ido diseminando su contenido de arena blanca por la mesa en un avance imparable); lápices y bolígrafos que han ido dejando su rastro indeleble; un teléfono móvil de última generación; varios auriculares con nudos marineros; un calendario de Lufthansa detenido en el mes de agosto; un pisapapeles con la forma de R2D2; una enrome llave de la que siempre ha desconocido su origen; un viejo cenicero triangular y dorado marca Cinzano que utiliza como pastillero (ibuprofeno, paracetamol, anticonceptivos); el estuche vacío de una Nikon; varias cajetillas de Smint de sabores diversos; algunas botellas de agua vacías; numerosos CD’s uniformemente diseminados (algunos con un el título escrito con indeleble, la mayoría de contenido desconocido); una extraña columna retorcida de vidrio que contiene una planta acuática milagrosamente viva; un candado con combinación, una vieja grapadora de fauces monstruosas, una Polariod de museo, varias fotografías, y todo un ecosistema con vida propia formado por una miríada de clips de distintos tamaños, elásticos para el pelo, monedas, gomas de borrar, grapas, bolitas de papel…
La categoría, “papeles”, por su parte, es un complejo sistema geológico que ha ido formado estratos laminares y dando lugar a extrañas formaciones que el tiempo ha vuelto caprichosas. Los estratos son fácilmente reconocibles gracias a su paulatino ajamiento con la profundidad: informes, artículos, guiones, folletos explicativos, prospectos –Lucía es una fanática de los prospectos-, fichas, periódicos, revistas, recortes, hojas arrancadas de libros, hojas fotocopiadas y un montón de anotaciones con croquis, diagramas, borradores, dibujos y listas de la compra.
El contenido de los cajones es, sin embargo, un autentico enigma. Hace ya tiempo que nadie le dice nada acerca del estado de su mesa.
Lucía Rolan ronda los treinta cinco años, tiene el pelo castaño surcado por unas finas mechas de indefinible color claro, la nariz incisiva (algunos aseguran que es definitivamente grande) y una impertinente mirada con tendencia a perderse en el vacío. Siempre viste de la misma forma, pantalones vaqueros (a menudo descuajeringados), camisetas, camisas, calzado deportivo y cazadoras con la que sube a su scooter, único vehículo que posee.
Hoy ha logrado colarse, quizá por última vez, en unos vaqueros raídos, y lleva una ajustada camiseta negra con la frase impresa en el pecho:
Let’s save Curier Font
Escrita en caracteres Curier.
Lucía es una de las mejores guionistas de la cadena Onda 4 TV. Pero hace sólo un par de años no se imaginaba que trabajaría en algo así.
Imaginémonos una biografía:
Había estudiado filosofía en Madrid, y realizado una profunda e ignorada tesis sobre “El uso de reglas y su relación con los lenguajes privados en Wittgenstein”. Logró vegetar durante unos años como profesora auxiliar en la facultad, y publicar un único libro en el que aparecía su fotografía en la solapa, apenas quinientos ejemplares, o al menos eso le dijeron: “Bajo el influjo de Bartleby. Los años perdidos de Wittgenstein 1919-1929” (Ed. Hippomenes Sequens).
Al final se cansó de todo ello, odiaba las camarillas, las luchas intestinas en la universidad, los medros asesinos y los estudiantes anémicos. Decidió largarse. Trabajar en algo distinto y vivir en algún lugar junto al mar. El director de la pequeña editorial donde publicó el libro le dijo que si no se veía con ganas de escribir novelas policiacas probara suerte con la televisión, necesitaban gente creativa, especialistas en nuevos lenguajes, animadores de realidades alternativas y espectaculares, gurús de la dinámica hipertextual, la televisión era el nuevo laboratorio de ideas para las masas, sobre todo desde que las grandes corporaciones televisivas se hicieran con el control de contenidos en la NET.
La editorial Hippomenes Sequens pertenecía a ZOO-MEDIA, el mismo consorcio audiovisual que era dueño de la cadena de televisión más rompedora del momento Onda 4 TV. Sólo bastaría hacer unas llamadas para que le hicieran una entrevista.
¿Y por qué no?, se dijo, Onda 4 TV tenía la sede en Valencia, donde se habían trasladado la mayoría de las cadenas televisivas desde los sesenta. Le hicieron una prueba, y al cabo de unos meses era una de las más disputadas guionistas de la cadena. Roberto Echániz, el responsable de los servicios informativos, se la llevó a la exclusiva planta vigésimo tercera, con una mesa junto a la ventana.
En medio de esa incesante actividad Lucia Rolan se encuentra ojeando una curiosa revista editada en ruso, se la han traído esa mañana los de documentación. Lo cierto es que no sabe una palabra de ruso, pero siempre le han fascinado esos párrafos en cirílico que apenas logra descifrar. Es una antigua publicación de la Academia Soviética de Ciencias del año 1978. En uno de sus artículos, el autor, un tal Alexei Komarov, o al menos eso cree leer, hace un repaso de la gloriosa permanencia soviética en el cosmos, es esa mezcla de voluntad ingenua y propaganda lo que revelan las imágenes que acompañaban a un texto indescifrable: postales, sellos conmemorativos y fotografías. Alguien de documentación ha rodeado con un círculo rojo una de las fotografías, en ella aparecen dos cosmonautas sentados en unas sillas forradas de piel, al fondo puede adivinarse una cápsula renegrida y la nieve acumulada en el suelo, hay gente rodeándoles, algunos con una bata blanca, otros con uniformes militares, a ambos cosmonautas les han ofrecido ramos de flores que difícilmente logran sostener con sus trajes presurizados sokol, un militar de gorra de plato y medallas en el pecho saluda efusivamente a uno de ellos, las caras no se distinguen bien entre la multitud, pero todo el mundo parece contento; acaban de regresar del espacio. El de documentación le ha adjuntado en un post-it un texto escrito a bolígrafo junto a la fotografía:
“Son Viktor Gedenko y Yuri Gibarian, tras su regreso de la Salyut-5 en febrero de 1977 a bordo de la Soyuz-24. Fue la última tripulación. La misión fue un éxito, pero nunca se dieron demasiados detalles sobre lo que realizaron ambos cosmonautas en sus dieciocho días en órbita. Lo curioso del asunto es que esta fotografía es la única que se puede encontrar con posterioridad a su regreso a la Tierra. Hemos buscado en archivos, en la NET y en cualquier otra fuente, pero no existe nada más. Es de suponer que siguen con vida (???). Los informáticos están trabajando en una ampliación para el informativo”
-Fantástico –murmura Lucía-. Un par de fantasmas soviéticos.
Roberto Echániz, el director de los servicios informativos de Onda 4 TV, es el único en la redacción que llevaba corbata, desde hace seis meses también le ha dado por ponerse unos tirantes de moaré con estampados multicolores y, como es lógico, su ocurrencia es el pitorreo generalizado en los brainstorms de las diez de la mañana entre el director, los jefes de área y los principales guionistas, pero a Echániz le da completamente igual lo que puedan pensar de él, le gustaban sus tirantes de moaré, asegura que le dan empaque y personalidad. Nadie sabe a qué se refiere concretamente con eso del empaque, la figura de Echániz ha descendido paulatinamente por todos los estadios de la degeneración antropométrica hasta quedar estancada en la redondez del hombre maduro, pero todo el mundo reconoce que Echániz tiene la suficiente personalidad como para colocarse semejantes tirantes de moaré sin importarle lo que digan de él. Ha demostrado tener un fino olfato, ha logrado que su informativo sea uno de los espacios más vistos de la parrilla televisiva, es el líder en su franja horaria y su programa ha sido el primero que ha conseguido romper la distinción entre información y espectáculo nocturno. Todo el mundo le considera una especie de gurú de los medios audiovisuales, un profeta. Sin embargo esa misma mañana también tiene un pequeño problema, un contratiempo que puede lograr que toda la planificación del día se venga abajo.
Uno de los teléfonos de Lucía Rolan suena de forma espasmódica:
-¿Sí?
-Lucía, ¿puedes venir un momento a mi despacho? –pregunta Echániz mirándola desde el otro lado de la pecera
-Ya voy…
La revista de la Academia de Ciencias Soviética queda integrada en una de las formaciones geológicas de papel más reciente.
En la pecera, junto a Roberto Echániz, se encuentra Rosa Pruñosa, la directora de proyectos de la cadena. Echániz está sentado encima de su mesa, y Rosa, una mujer de unos cuarenta años extremadamente delgada, aunque con grandes pechos de plástico, y con un agresivo corte de pelo, lee un documento a través de sus gafas de diseño.
-¿Qué tal Rosa? –pregunta Lucía
-Agobiada –refunfuña
-Ha surgido un problema Lucía –dice Echániz tocándose su tirantes-. Acabo de hablar con Lydia Argüelles, bueno en realidad he hablado con su representante. No quiere seguir con la noticia de la Salyut.
Lydia Argüelles es la presentadora estrella. El contrato millonario de Onda 4 TV en el último año. Junto con Enric Casal conducen el informativo-espectáculo de la noche.
-¿Qué ocurre? –pregunta Lucía
-No lo sé. No le gusta. Además… anoche tuvo que estar ensayando durante veinte minutos para poder distinguir entre una Salyut y una Soyuz… y le cuesta pronunciar los nombres rusos.
-¿Tiene derecho a exigir eso? –insiste Lucía
-Me temo que sí –contesta Rosa sin apartar la vista de los papeles-. Su contrato estipula que Lydia tiene cierto control sobre el contenido de las noticias que presenta. Derechos sobre la imagen.
-Esto es absurdo
-Quizá a ti te lo parezca, pero Lydia está hasta las narices de los putos rusos…. Quiere algo de “hondo calado humano”. Me ha dicho que no le gustan los zombis ni los fantasmas.
-¡Oh vamos Echániz! –clama Lucía- Lydia estuvo con el tema de las apariciones de la Virgen en los túneles del metro hasta hace una semana.
-La Virgen y un par de adolescentes en éxtasis no es lo mismo que una estación espacial rusa reaparecida.
-¿Y qué significa “hondo calado humano” para Lydia? –pregunta Lucía.
-No tengo ni puta idea –contesta Echániz
La puerta de la urna se abre sin ningún protocolo ni permiso, Fran Colomer, husmeador del informativo, irrumpe con un papel en la mano, algo cohibido por la presencia de Rosa Pruñosa duda en entrar.
-Adelante Fran… O me cocinas algo para Lydia, Lucía, o se acabó la Salyut. ¿Qué tienes Fran?
-No mucho –dice cohibido Fran-. La policía está últimamente muy recelosa con nosotros, sólo traigo un par de cosas. La fiscalía ha abierto diligencias contra Falun Gong por posible fraude fiscal, algunos ex adeptos han afirmado que es una tapadera de organizaciones delictivas. En España hay de más de ocho millones de afiliados a Falun Gong…
-No, no me gusta, no creo que interese, ¿qué opinas Lucía? –pregunta Echániz.
-Si Lydia se hace un lío con los nombres en ruso, no te quiero ni contar lo que puede ocurrir con los nombres en chino.
-Otra cosa Fran
-Ha habido un aumento en los casos de desapariciones en los últimos meses. En Valencia han aumentado particularmente las denuncias desde el mes de enero.
-Podemos recuperar algo parecido a “¿Dónde están?”, un microespacio dentro del informativo para encontrar a personas desaparecidas –propone Lucía.
-No sé… es algo viejo, aunque es el tipo de cosas que puede interesar a Lydia. ¿Qué más?
-Al parecer hay un loco metiendo miedo en la Ampliación Reticular –continua Fran Colomer
-¿Violento? –preguntó Echániz
-Ha mandado alguna carta bomba de poca potencia, sólo ha habido dos heridos leves, pero no parece seguir ninguna pauta… Más bien parece un gamberro.
-Si tuviera algún móvil sería ideal, pero aún parece pronto. ¿Algo más Fran?
-No, eso es todo.
-¿Y bien Lucía?
-Me puedo poner con lo de los desaparecidos… Pero me gustaban los fantasmas rusos.
-Pues dime qué le cuento a Lydia
-¿Y si nos traemos a Boris Krylenko?
-¿Al ruso?
-Sí… puede dar juego. Puede que esté como un cencerro, o puede que tenga algo que contar… ya sabes, “hondo calado humano”.
-No va a ser fácil –interrumpe Rosa-, está en La Haya, su abogado lo tiene secuestrado y protegido por una asociación evangelista.
-¿Evangelista?
-Sí… no me preguntes por qué. Supongo que será cuestión de dinero.
-Bien… –acaba diciendo Echániz-, si no hay ruso, no hay Salyut. Intentaré convencer a Lydia, pero no prometo nada. Mientras, Lucía, ves haciendo algo con las desapariciones misteriosas.
Boris Nikolaievich Krylenko. Nuestro siguiente personaje, el oso ruso, un loco dostoievskiano.








