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14
Ene
09

Wittgenstein at War (y 3)

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 Wittgenstein en Guerra, la “transmutación” del Tractatus.

Bertrand Russell recibe una última carta de Wittgenstein fechada el 22 de octubre de 1915, la siguiente noticia que vuelve a tener de él será en febrero de 1919 desde un campo de prisioneros en Como. En su última carta Wittgenstein insistía en su proyecto de escribir por fin el esperado libro de lógica con el que pretendía haber resuelto los problemas derivados de la Teoría de los Tipos. El manuscrito que le envió desde el campo de prisioneros, y que llevaba por título: “Logisch-philosophische Abhandlung”, fue para Russell un autentico desconcierto.

De marzo a abril de 1916, los días que duró la marcha al frente, Wittgenstein hace continuas referencias en su diario a Dios e insiste obsesivamente en la necesidad de no fallar en esta prueba:

“¡¡Es duro llevar una vida honesta!! Pero es bueno llevar una vida honesta. Sin embargo, que no se haga mi voluntad sino la Tuya”

Escribe el 29 de marzo.

“He pensado en Dios. Hágase tu voluntad. Dios esté conmigo”

Escribe el 29 de Abril.

Wittgenstein pide que se le asigne el destino más peligroso, el puesto de observación. Tras una noche de guardia expuesto al fuego enemigo escribe:

“He sentido miedo, eso se debe a que veo la vida desde una perspectiva falsa”.

¿Encontramos ecos de la ética contenida en el Tractatus en esta frase? Yo creo que sí, el miedo, la incertidumbre, o la insatisfacción incluso no se derivan de condiciones objetivas externas, sino de la manera falsa de “vivir”, es decir, de una malinterpretación de la propia vida.

Vuelve a estar solo, igual que en el Golpana, pero ahora sí, enfrentándose a la muerte, que espera al otro lado de la trinchera. Desprecia a sus compañeros, y ellos a él, al menos así es como Wittgenstein lo interpreta, y cree ver en su decisión de alistarse como voluntario la razón de ese desprecio. Por otro lado hay que decir que las condiciones en el frente no eran de una violencia extrema, estamos en plena guerra de posiciones, y el ímpetu inicial del ejército ruso se agota. En cualquier caso esa vivencia cotidiana de la muerte, que Wittgenstein experimenta en los tiroteos y en los bombardeos, es suficiente para catalizar pensamientos que se habían estado forjando durante toda la guerra.

En junio se produce una gran ofensiva del ejército ruso, la unidad en la que está encuadrado Wittgenstein sufre innumerables bajas. El día 11 de junio aparecen en su diario las siguientes frases de forma lapidaria y sin explicación:

“Sé que el mundo existe.

Que estoy emplazado en él al igual que mi ojo en el campo visual.

Que su sentido no reside en él sino fuera de él.

Que la vida es el mundo.

Que mi voluntad penetra el mundo.

Al sentido de la vida, por ejemplo el sentido del mundo, lo podemos llamar Dios.”

A partir de este momento el tono lapidario empieza a imponerse, es como si Wittgenstein hubiera empezado a utilizar su lógica de manera inadvertida en una investigación que ya ha traspasado los límites de la misma.

“He pensado mucho sobre cada tema posible. Pero curiosamente no puedo establecer la relación con mi manera matemática de pensar”

Escribe el 7 de julio.

“MI trabajo se ha ensanchado más allá de los fundamentos de la lógica, hacia la esencia del mundo”

Escribe el 2 de agosto.

En este punto la lógica ya no es un mero pretexto, o un modo de presentar los pensamientos entorno al mundo y a su sentido, sino aquello que los fundamenta. La extensión natural de su lógica le conduce hasta aquí de manera casi inevitable:

“La ética no trata del mundo. La ética debe ser una condición del mundo, al igual que la lógica”

Wittgenstein no dice “como la lógica” sino “al igual que la lógica”.

“Hay, desde luego, cosas que no pueden expresarse en palabras. Se manifiestan. Son lo místico”

Son frases que aparecerán de manera literal en el Tractatus. Esa extensión inevitable de la lógica descansa por completo en la distinción entre decir y mostrar, idea alrededor de la cual construye no solo su lógica sino su ética, que para Wittgenstein comienzan a ser una misma cosa. En lógica las proposiciones muestran su sentido, el sentido de la vida puede ser mostrado, no explicado, “La solución al problema del sentido de la vida ha de verse en la desaparición del problema”. Es la idea de que el sentido se ostenta, de que las proposiciones éticas son ociosa y carentes de sentido, y que el lenguaje marca los límites entre aquello de lo que se puede hablar y lo inefable. Si el lenguaje puede ser visto como una totalidad limitada y cerrada, así el mundo también debe de ser visto como una totalidad limitada: “Yo soy el límite de mi mundo”, “Su sentido reside fuera de él”. Lógica y ética tienen el mismo fundamento, puesto que son inseparables.

En su correspondencia con Frege durante el verano de 1916 Wittgenstein no le comunica nada del nuevo rumbo que está tomando su lógica, todavía inseguro ante los pasos que está dando. El 24 de julio disparan a Wittgenstein, se ve cara a cara con la muerte, y ese mismo día anota en su diario:

“A cada disparo todo mi ser se estremecía. Deseaba tanto seguir viviendo”

Y el día siguiente continúa:

“¡Estaba asustado! Temía a la muerte. Ahora tengo tal deseo de vivir… Y es difícil abandonar la vida cuando uno la disfruta. Eso es precisamente en lo que consiste el ‘pecado’, una vida irracional, una falsa visión de la vida”

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Wittgenstein siempre dijo que necesitaba unos fórceps para sacar sus pensamientos a la luz. Necesitaba las conversaciones que pronto se convertían en monólogos, esas clases que daría en Cambridge y que terminaban siendo un tormento insufrible para él mismo: no usaba notas, se esforzaba hasta el agotamiento por clarificar y desentrañar sus ideas, a menudo se detenía en alguna de sus explicaciones, algo no acababa de ver claro, volvía al principio y pensaba con furia sin importarle la audiencia, había largos silencios, y preguntas vehementes a los presentes. Todo ello eran los instrumentos con los que intentaba extirpar sus pensamientos.

Durante su primer periodo en Cambridge, entre 1911 y 1912, su “comadrona” fue Bertrand Russell; las sesiones agotadoras en las habitaciones de Russell, en las que a veces paseaba como un animal enjaulado sin decir palabra, su tono siempre enfático y desesperado… Al comienzo fue Russell quien influyó en Wittgenstein, pero luego fue Wittgenstein quien acabó utilizando a Russell para sacar sus propios pensamientos adelante. Fueron los fórceps de la parte lógica del Tractatus.

Paul Engelmann fue la persona de la que se sirvió para arrancarse la parte ética.

El valor de Wittgenstein en el frente es reconocido por sus superiores, y a finales de agosto de 1916 es recomendado para hacer un curso de oficial en Olmütz. Una carta de Adolf Loos le comunicaba que seguía vivo y que allí, en Olmütz, se encontraba un alumno suyo, un joven arquitecto llamado Engelmann que había sido licenciado por tuberculosis. Durante los meses que pasó allí encontró en Engelmann al interlocutor adecuado. Ambos parecían compartir una misma visión, la idea de que existe una verdad inexpresable que sin embargo logra mostrarse, hacerse patente sin necesidad de ser expresada. Fue sin duda el periodo más feliz de la guerra, Engelmann y Wittgenstein compartieron una amistad que se prolongaría más allá de la guerra, y de sus conversaciones Wittgenstein afinó la conexión entre su lógica y la ética. Ya no hay comentarios personales en sus diarios, y se suceden las anotaciones filosóficas que siguen la senda abierta en verano de 1916 y que darían el giro definitivo a lo que sería el Tractatus.

Los diarios de Wittgenstein terminan en 1916, en enero de 1917 vuelve a ser enviado al frente ruso, pero de aquella época no queda nada, salvo las cartas (sobre todo las de Engelmann). Entre el desmoronamiento del frente ruso tras la Revolución, y su traslado a frente italiano Wittgenstein escribe la mayor parte del Tractatus (el Prototractatus) son meses de inactividad y tiempo libre para escribir. En marzo de 1918 su unidad es trasladada cerca de Trieste, con el Imperio Austrohúngaro descomponiéndose. En el largo permiso que disfrutó en el verano de 1918, en Salzburgo, dio por concluida la redacción final del Tractatus.

En otoño de 1918 vuelve al frente y Wittgenstein fue hecho prisionero por los italianos, poco antes de firmar el armisticio junto a decenas de miles de soldados austríacos. En enero de 1919 es trasladado a un campo de prisioneros en Como. Lleva consigo un manuscrito completamente terminado con el título: “Logisch-philosophische Abhandlung”. Y es allí donde logra ponerse en comunicación de nuevo con Russell.

Pero ni el libro, ni Wittgenstein, eran ya lo que Russell creía.

12
Ene
09

Wittgenstein at War (2)

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Wittgenstein en Guerra, la “transmutación” del Tractatus.

Nuevo destino, pero igual que el anterior, alejado del frente. Dese comienzos de 1915 Wittgenstein es nombrado encargado de un taller de reparación de maquinaria en Cracovia, sus superiores deciden aprovechar su pasado como ingeniero y ahorrarle las penalidades de la primera línea, pero lejos de hacerle un favor el cambio deprime todavía más a Wittgenstein. En el Golpana podía realizar tareas en solitario y dedicarse a sus reflexiones, ahora debe tratar con gente a la que desprecia, supervisar el trabajo de otros e imponer su criterio a personas de superior graduación que, naturalmente, no tenían intención de obedecerle. La situación se vuelve insufrible para Wittgenstein, tiene varias crisis nerviosas, pide insistentemente ser enviado al frente, y llega a solicitar que le releven de sus funciones por incompetente. Quizá fue el momento que más cerca estuvo del suicidio.

“No puedo seguir así”, escribe el 17 de febrero. “Situación inalterable”, la anotación se sucede durante días junto a “No he trabajado” (en lógica).

Sólo una carta de David Pinsent logra sacarle del marasmo en el que se encuentra. La situación se suaviza en primavera, parece haberse acostumbrado a su trabajo en el taller (se le permitió llevar el uniforme de ingeniero) y la correspondencia con Pinsent le anima a seguir con su trabajo filosófico. El problema que le ocupa es el siguiente:

“El gran problema alrededor del cual gira todo lo que escribo es: ¿Existe en el mundo un orden a priori, y si es así, en qué consiste?”

Esa estructura buscada por Wittgenstein son los hechos atómicos. El mundo para Wittgenstein estará compuesto por hechos, y no por cosas, lo cual es consecuencia de su teoría figurativa del lenguaje: si el lenguaje es una figura de la realidad, es decir, si la realidad está reflejada en el lenguaje (y para Wittgenstein esa “copia” es exacta, no aproximada), la realidad compartirá la misma estructura; el análisis de la proposición coincide con el análisis de la realidad y si deben existir proposiciones básicas, existirán hechos “atómicos”. Pero un hecho atómico no es algo contingente (de la misma forma que lo son las proposiciones básicas del lenguaje), por tanto las relaciones de las cosas que lo determinan ya vienen prefiguradas, y esa estructura de las cosas que interviene en el hecho atómico es la estructura de la realidad. Una estructura a priori.

Es curioso como este razonamiento, sintetizado en la segunda proposición del Tactatus (El mundo es la totalidad de los hechos, no de las cosas), llevó a Wittgenstein a una sorprendente forma de idealismo: la realidad no son las cosas, sino las relaciones entre las cosas. De ahí al solipismo solo hay un paso.

En mayo Wittgenstein recibe una carta de Russell, éste le comunica que ha sido incapaz de entender las notas sobre lógica que dictó a Moore en Noruega, y que espera “de todo corazón” que después de la guerra se lo explique de palabra. A Wittgenstein no le sorprende, ya en Noruega, y antes en Cambridge, le suponía un auténtico esfuerzo “hacerse entender”. Hay siempre presente en Wittgenstein una tensión nunca resuelta entre su negativa a expresar algo de manera imprecisa y su creencia en la imposibilidad esencial de poder decirlo todo. Esa paradoja le llevará a decir en el prólogo del Tractatus que: “Quizás este libro sólo puedan comprenderlo aquellos que por sí mismos hayan pensado los mismos o parecidos pensamientos a los que aquí se expresan.” Es decir, debe de existir previamente una afinidad que supere la incapacidad del lenguaje de alcanzar aquello que está más allá de él. “Lo que puede ser dicho puede ser dicho claramente”, pero lo que el lenguaje no puede decir, debe de ser mostrado, entendido sin necesidad de palabras. Es la filosofía oracular, como la catalogaría Popper.

En cualquier caso, Wittgenstein en su carta de respuesta a Russell, le escribe:

“Ahora me temo que lo que he escrito recientemente sea más incomprensible […] Los problemas se vuelven más y más lapidarios, y el método ha cambiado drásticamente”

El libro en ciernes comienza a sobrepasar los límites de la lógica.

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En julio Wittgenstein está ingresado en un hospital presa de una crisis nerviosa como resultado de un accidente en el taller. Le escribe a Ficker, el gestor de su donativo, que se queja de la situación de privaciones por la que pasa en su unidad, y le recomienda que lea Los Evangelios de Tolstoi, libro del que no se separa. Tras la convalecencia vuelve al taller (ahora en Sokal), y reanuda su trabajo, y la correspondencia con Russell. En el otoño de 1915 le comunica su intención de escribir un libro, el contenido lo tiene prácticamente ultimado, y quiere que sean Russell y Frege los primeros que lo lean antes de que pueda ser publicado. Son meses relativamente tranquilos en el frente, la época de las ofensivas ha pasado y la guerra se alarga.

Es muy posible que de haberse decidido Wittgenstein a escribir el libro en ese momento, el Tractatus hubiera sido un extraño libro de lógica que sería recordado por el empleo de la noción de tautología y las tablas de verdad, hubiera sido encuadrado dentro de la corriente del “Atomismo Lógico” que defendió Russell durante un tiempo, y solo los especialistas en el tema lo mencionarían.

Entre finales de 1915 y los primeros meses de 1916 Wittgenstein trabaja en el libro, y mantiene largas conversaciones sobre filosofía y literatura (Tolstoi y Dostoievski) con Max Bieler, un médico de la Cruz Roja, el amigo que le faltó en el primer año de la guerra.

Pero todo va a cambiar.

En marzo de 1916 la situación en el frente comienza a moverse y los superiores de Wittgenstein deciden por fin acceder a sus demandas, es destinado a una unidad de artillería cerca de la frontera rumana, a primera línea de combate. La guerra comienza para Wittgenstein.

Le deja a Bieler la mayoría de sus pertenencias, tiene la completa seguridad de que no va a volver. Únicamente lleva consigo a su inseparable Tolstoi y Los Hermanos Karamazov de Dostoievski.

(…)

11
Ene
09

Wittgenstein at War (1)

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 Wittgenstein en Guerra, la “transmutación” del Tractatus.

Suele ser un lugar común hablar del “primer Wittgenstein” y el “segundo Wittgenstein”; o en relación al contenido del Tractatus, del “Wittgenstein lógico” y el “Wittgenstein místico”, enfatizando las diferencias como sin en el pensamiento de Wittgenstein se hubiera operado una trasmutación alquímica que hiciera incompatibles ambas posibilidades. Pero lo cierto es que bajo las evidentes diferencias existe una continuidad que hace posible el cambio, una misma sustancia que lo sustenta. Así, es imposible orientarse en la laberíntica caverna de las Investigaciones Filosóficas sin tener presente las constantes que también se encuentran en el Tractatus; o comprender a ese “Wittgenstein místico” sin entender que es una consecuencia de la lógica, de “su lógica”.

La motivación que impulsó al Wittgenstein ingeniero a dedicarse a la lógica fue la Teoría de los Tipos de Russell y Whitehead. Artificio técnico introducido en el edificio lógico de los Principia Mathematica con el objeto de salvar las paradojas que aparecían en la heurística de conjuntos empleada por Russell y Frege (muy distinta de la de Cantor, que es la que se usa hoy en día). Si para Russell un conjunto (o una clase, o concepto) era la extensión de un predicado, de cualquier predicado, aparecen sin remedio inconsistencias derivadas de posibles autorreferencias. Para salvar la consistencia hay que postular en la axiomática un mecanismo que lo evite, distinguiendo diferentes tipos o rangos de conceptos de manera que ningún concepto de un tipo dado es aplicable a conceptos de tipo igual o superior. La Teoría de los Tipos puede llegar a resultar complicada de usar cuando se empiezan a derivar teoremas lógicos, pero evita las paradojas; eso sí, arruina de forma implícita la primitiva pretensión del programa logicista: derivar la matemática de principios lógicos evidentes, la teoría de los tipos no es ni mucho menos evidente, y presupone la existencia de una serie infinita cuyo manejo queda establecido a priori (los distintos tipos), con todo lo que conlleva a la hora de hacer suposiciones previas. Russell suponía que la Teoría de Tipos sería eliminada con una reformulación de la lógica, una nueva lógica que hiciera de la teoría de los tipos algo superfluo. Ese era el problema que se propuso resolver Wittgenstein a partir de 1911.

La solución encontrada por Wittgenstein, perfilada entre 1912 y 1913, fue su distinción entre decir y mostrar. En un lenguaje lógico adecuado los “tipos” serían mostrados, sin necesidad de hablar de ellos. La lógica no dice nada, sino que únicamente muestra su sentido, y en este “sentido” debe estar implícita la distinción entre los diversos tipos de conceptos o de cosas. Esa distinción debería de ostentarse en el simbolismo, y no como Russell pretendía en los Principia, hacerla explicita en el formalismo como axioma. El símbolo lógico debe de mostrar por sí mismo el “tipo”, que comienza con el “hecho atómico” (sea éste lo que sea) convenientemente simbolizado; a partir de éste se construyen las proposiciones. Wittgenstein afinará este razonamiento en toda la parte del Tractatus que trata sobre la forma general de la proposición, y ventilará la Teoría de Tipos en tres proposiciones (3.331-3.333), considerándola, como preveía Russell, algo superfluo y carente de sentido, aunque en modo alguno de la forma que pretendía su maestro.

¿Pero cómo pudo Wittgenstein vincular su ética con esta idea sobre la cual gravita toda su lógica?

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7 de agosto de 1914, Wittgenstein se alista como voluntario en el ejército austriaco.

Tras el cruce de ultimátums y telegramas que precedieron a la declaración de guerra entre las potencias europeas, se vive en todo el continente un ambiente de euforia desmedida, todo el mundo aguardaba con impaciente inconsciencia ese momento, la guerra es celebrada con algarabía, y las palabras de Marinetti en 1909 en su Manifiesto del Futurismo parecen resonar en todas las capitales europeas:

“Nosotros queremos glorificar la guerra —única higiene del mundo—, el militarismo, el patriotismo, el gesto destructor de los libertarios, las hermosas ideas por las que se muere y el desprecio por la mujer.”

Es difícil imaginar a Wittgenstein yendo en procesión a la oficina de reclutamiento cantado el himno nacional para no perderse una guerra que, en principio, iba a durar unas semanas, sin embargo, Wittgenstein fue a la guerra con la misma determinación que muchos europeos. Hay más de sentimiento personal que patriótico en la decisión de Wittgenstein, sobre todo hay una necesidad de ponerse a prueba, de afrontar el peligro y comprobar la autentica medida de su valía. De alguna manera creía que la experiencia que suponía la guerra, esa vida al límite, le fortalecería, buscaba algún tipo de respuesta que únicamente creía encontrar enfrentándose a la muerte: si el suicidio le había perseguido como un fantasma familiar, la muerte que podría encontrar en el frente le serviría para conjurarlo.

Al comienzo de sus diarios de guerra, que discurren entre 1914 y 1916, Wittgenstein anota:

“Ahora tengo la oportunidad de ser un ser humano decente, pues voy a estar cara a cara con la muerte”

Pide ser mandado al frente, pero sus expectativas se ven frustradas. Es destinado en calidad de soldado raso a un buque que patrulla sobre el Vístula, en la retaguardia. Pretendía enfrentarse a la muerte y se vio a bordo del Golpana, sin ver ni siquiera de lejos al ejército ruso.

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Wittgenstein recordaría este primer periodo de la guerra con amargura y desesperación. Se ahoga en una ambiente rodeado de gente a la que desprecia y con la que no tiene nada en común (es el mundo que el Wittgenstein, de los Wittgenstein de toda la vida, no había visto hasta ahora), realiza tareas solitarias, como manejar el reflector por la noche. Únicamente encuentra consuelo en su diario, en el que alterna las entradas personales con las de lógica; en las cartas que consigue enviar, vía Suiza, a Pinsent, y en los pocos libros que lleva consigo, en particular uno: El Resumen del Evangélio de Tolstoi.

Es difícil estimar el tipo de influencia que este libro tuvo en Wittgenstein, que resultó decisivo es evidente, al menos desde una perspectiva personal, pero en la evolución posterior de su pensamiento, ¿fue fermento o catalizador? ¿Hubiera influenciado de la misma manera de no haberse encontrado en esa situación? Él mismo anota que fue lo único que le mantuvo con vida, la sombra del suicidio siempre presente. Junto a Los Evangelios también leyó en este periodo de frustración El Anticristo de Nietzsche, lecturas antitéticas que se entrecruzan.

En la parte personal del su diario Wittgenstein comienza a insistir en la necesidad de preservar su mundo interior, “su alma”; si esto es posible no importa lo que pueda ocurrir al exterior, ¿reconocemos aquí indicios de ese curioso solipismo presente en el Tractatus? Pero también deja constancia de las necesidades que le impone una sensualidad que no puede obviar, como las veces que se masturba.

Sin embargo las preocupaciones filosóficas durante este periodo todavía están centradas por completo en la lógica, así se lo hace saber a Frege, con quien podía mantener una correspondencia sin restricciones. Es en el otoño de 1914 cuando Wittgenstein da con una de las ideas centrales del Tractatus: la teoría pictórica, o figurativa, del lenguaje (la proposición es una figura de los hechos), que aparece en sus diarios a partir de septiembre. Pero sus avances en lógica se producen a oleadas, a días de trabajo se suceden otros completamente improductivos

(…)

08
Ene
09

Dádivas

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Se suele decir que Wittgenstein empleo de manera desinteresada la herencia paterna en ayudar a artistas y escritores austriacos en dificultades. Es cierto que empleó 100,000 coronas a tal efecto, un cifra considerable, lo que no resulta tal claro son los motivos.

Durante su estancia en Noruega entre 1913 y 1914 a Wittgenstein le enviaban puntualmente la revista Die Fackel (La Antorcha), dirigida por la figura cultural más influyente de la Viena de entreguerras Karl Kraus, y que la propia hermana de Ludwig, Margarete, leía con avidez. Nadie que pudiera saber lo que pasaba en Viena (y pasaba mucho) podía jactarse de no leer Die Fackel. Fue en uno de sus números donde Wittgenstein leyó un artículo de un tal Ludwig von Ficker, que dirigía otra revista Der Brenner (El Incendiario) [todo ardía en Viena]. El caso es que a Wittgenstein le tuvo que impresionar Ficker, puesto que en julio de 1914, ya en Viena, le escribe comunicándole la intención de donarle nada menos que 100,000 coronas con la condición de que él mismo se encargue de distribuirlas a artistas y escritores en apuros económicos.

Primer matiz: Wittgenstein le encarga la terea a Ficker, al que no conocía, salvo por sus artículos, en lugar de hacerlo él mismo, o algún miembro de su familia, que conocía de sobra la vida cultural vienesa (Wittgenstein recordaría toda su vida las barbas de Brahms, que a veces tocaba en el palais Witt). No es un mecenas pues.

Como es natural Ficker se quedó estupefacto ante tal petición, que para su asombro, iba totalmente en serio. Creyó que era una broma, preguntó a conocidos:

-¿Wittgenstein?… Sí hombre, de los Wittgenstein de toda la vida

Cuando fue a visitarle a Viena, contaría Ficker, le dio la impresión de estar viendo al personaje de Aliosha, de Los Hermanos Karamazov. Fue el propio Ficker quien le presentaría a Adolf Loos, el cual tras unos minutos le espetaría a Wittgenstein: “¡Usted es yo!”.

Fricker hizo una lista preliminar: Rilke, Trakl, Dragallo, Kokoschka, Hauer… tanto cómo pudo dar de sí el dinero. A Wittgenstein no le interesaba prácticamente ninguno de los agraciados salvo Rilke, Trakl, y Loos. En una ocasión le dijo a Engelmann, que en una vez “había ayudado, sin tener la intención de hacerlo, a un tal Ehrenstein, cuyos libros eran una porquería”.

Como era de esperar las cartas de agradecimiento se sucedieron, a Wittgenstein le costaba verdadero trabajo leerlas, acabó diciéndole a Ficker: “la mayor parte de de ellas me resultan altamente desagradables. Hay un cierto tono degradante, casi de timo”.

Segundo matiz: Dese el principio Wittgenstein se preocupó de guardar las distancias con aquellos a los que iba destinado el dinero, trufada a veces de cierto desdén. Tampoco se sintió más orgulloso de haber ayudado a uno u otro, no opuso ninguna objeción a ninguno de los nombres que propuso Ficker.

¿Qué pretendía pues?

De nuevo aparece esa distancia, a menudo insalvable, entre el mundo que percibe Wittgenstein, o cree percibir, y las circunstancias. Entre lo que es, y lo que debería de ser. Ese exceso de expectativas de nuevo.

Supongo que Wittgenstein se vería en la necesidad, quizá porque admiró alguno de los escritos de Fricker, de donar tal cantidad de dinero; se creó una obligación basándose en sus propias expectativas y suposiciones, en la visión personal de cómo deberían de ser las cosas. La gratitud, la obsequiosidad, a veces impostada, pero también sincera, no la entendió, y tampoco la quiso aceptar.

Nunca pretendió ser un mecenas, tampoco un benefactor… lo que él pretendía era otra cosa. Siempre era otra cosa.

05
Ene
09

Noruega 1913-1914

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Si alguna vez existió un Wittgenstein especialista en lógica, éste fue el que se recluyó en Noruega entre octubre 1913 y junio de 1914, su primer retiro.

Siempre me preguntado si aquellos retiros de eremita que se imponía Wittgenstein no eran sino el capricho de quien estaba acostumbrado a vivir en un palais en la zona más elegante de Viena, o la pose estética de alguien que quería ser como un genio y comportarse como un genio. Personalmente no he encontrado nunca lugares más apropiados para el retiro y la soledad que en medio del anonimato de una gran ciudad, pero son modos de pensar de alguien acostumbrado a las urbes y que jamás ha tenido coerciones ni expectativas que cumplir. Ahora sé que no era el caso de Wittgenstein.

Ni en Viena ni en Cambridge fue capaz de liberarse de la pesada carga de la expectativa puesta en él; su familia esperaba grades cosas de él, Russell esperaba que fuera su continuador en el campo de la lógica, quien resolviera todas las dudas. Lo que atormentaba a Wittgenstein no fue la responsabilidad, sino la imposibilidad de comportarse como la empresa exigía de él. Genio y moralidad eran para él dos cosas indistinguibles, y el genio era a ojos de Wittgenstein alguien inaceptable para el resto de la sociedad.

Vivía sus continuas obligaciones familiares, con las que siempre transigía, como renuncias; el ambiente de Cambridge le parecía falso; las concesiones de Russell a la galería, intolerables; si él estaba llamado a hacer grandes cosas, no podía estar limitado por todo eso, debía ser un intelecto en llamas o no ser nada. Weininger de nuevo.

En ese segundo viaje con Pinsent a Noruega encontró el lugar donde podía ser él mismo, donde no se tendría que ver obligado a responder a esperados convencionalismos, el lugar donde, enfrentado consigo mismo, tendría la auténtica medida de su genio. ¿Fue un espejismo? ¿Una huída, no de la sociedad, sino ante las propias expectativas que él se había impuesto?

El lugar escogido fue el pueblo de Skjolden, en el largo fiordo Sogne, una pintoresca localidad con pocos habitantes, pero no desierta, como a veces el propio Wittgenstein da a entender en sus cartas.

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En Skjolden se producen dos acontecimientos capitales que marcarán los años siguientes: Wittgenstein prefigura el núcleo técnico de lo que será el Tractatus, su lógica; y por otra parte, es en la correspondencia con Russell durante estos meses donde se certifica su distanciamiento definitivo.

Si Wittgenstein no hubiera ido a la Guerra en 1914 y no hubiera vivido de primera mano los horrores de la contienda a partir de 1916, es más que probable que el Tractatus hubiera sido simplemente un tratado de lógica, seguramente olvidado y superado por los avances que se produjeron en la lógica matemática a partir de la segunda década del siglo veinte: lenguajes formales, axiomatización de la aritmética y la teoría de conjuntos, lógica de primer orden… Pero en algún momento entre 1915 y 1916, lo que iba a ser el Tractatus deja de ser un tratado de lógica para convertirse en otra cosa totalmente distinta.

En cualquier caso, es en estos meses en Noruega donde a Wittgenstein se le ocurren las ideas básicas de su lógica: la diferencia entre decir y mostrar; la consideración de la lógica como una colección de tautologías que no dicen nada, sino que sólo muestran su sentido, que no es otro que la estructura de la realidad; el empleo de las tablas de verdad para identificar las proposiciones de la lógica… Entre el invierno y comienzos de la primavera, Wittgenstein se cree capaz de poder solucionar todos los problemas de la lógica haciendo derivar toda ella de una única proposición, aquella que especifique cómo identificar las tautologías. Son estos meses los que Wittgenstein recordaría siempre como aquellos en los que realmente se sintió dueño de sí mismo. Una mente en llamas, o al menos así lo creía.

Pero en Skjolden Wittgentein decide que su relación de amistad con Russell es un lastre más, otra obligación que le acabaría limitando. Sus divergencias, más vitales que de tipo doctrinal, son irreconciliables. Su tono comienza a ser frío, llega incluso a escribir una última carta de despedida, y en una carta fechada en marzo, le pide a Russell –casi le implora- que a partir de ese momento su relación se limite a temas no personales: el trabajo, la salud… nada más:

“Puede que tengas razón al decir que nosotros no somos tan distintos, pero nuestros ideales no podrían serlo más. Y por eso no hemos sido capaces, y jamás lo seremos de hablar de nada concerniente a nuestros juicios de valor sin ser hipócrita o pelearnos. […] Carteémonos acerca de nuestro trabajo, nuestra salud, cosas así…”

No ser “hipócrita”, esa es la cuestión, en Skjolden el joven Wittgenstein cree encontrar un ideal ético que le llevará a la consecución de grandes metas.

Sin embargo busca apoyos en otras personas, escribe insistentemente a G. Moore para que le visite en Noruega; éste sin embargo no deja de dar excusas ante la perspectiva (y el temor) de pasar varios días aislado junto con Wittgenstein, y así se lo hace saber a Russell. Al final acude a Noruega sin saber muy bien con quién se va a encontrar, y es allí donde Wittgenstein le dicta Logik, su trabajo en lógica hasta la fecha. Le pide a Moore que lo entregue en Cambridge como “tesis” de licenciatura, pero unas notas desorganizadas y poco claras no cumplen los requisitos. La reacción de Wittgenstein es violenta y culpa a Moore de ello, no entiende cómo un “avance tan sustancial en la lógica” no es tenido en cuenta. Cambridge, y sus amigos ingleses, están cada día más lejos, solo echa de menos a Pinsent.

En junio de 1914 Wittgenstein abandona Skjolden dejando instrucciones muy precisas para la construcción de una cabaña a orillas del fiordo, pretende volver después del verano para “resolver definitivamente todos los problemas de la lógica” antes de su muerte, que la ve próxima, la idea del suicidio de nuevo. No volverá a Noruega sino mucho después, y entonces todo será distinto.


29
Dic
08

Pinsent

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“Nuestras relaciones han sido caóticas, pero me alegro de que hayan existido: y estoy seguro de que él también ser alegra”

Anota David Pinsent en su diario el 8 de octubre de 1913, poco después de que Wittgenstein partiera para Noruega, a su exilio voluntario. Esperaba encontrarse con él en el verano siguiente, pero no volvieron a verse jamás, la Guerra puso fin a esa extraña amistad. Pinsent moriría en un accidente de aviación en mayo de 1918, había decidido servir como piloto de pruebas al haber sido declarado no apto para el servicio militar activo.

David Pinsent había ingresado en Cambridge en 1910 con una beca para estudiar matemáticas, su lectura de los Principa de Russell le hizo un asiduo de las tertulias que éste organizaba en sus dependencias del Trinity; fue allí donde conoció a Wittgenstein en mayo de 1912. Una relación caótica, es cierto, pero también inevitablemente asimétrica.

Wittgenstein se atormentaba ante su falta de popularidad en el Trinity, era un austriaco impetuoso y trágico que desentonaba con estridencia en el ambiente snob, pedante y rebelde, pero por supuesto very polite, del Cambridge de aquella época. Pinsent también vio en Wittgenstein un austriaco impetuoso, pero les unió su muta sensibilidad musical, ambos interpretaban canciones de Schubert, Pinsent al piano y Wittgenstein silbando la letra.

Fue una constante en la vida de Wittgenstein su incapacidad para leer las relaciones personales desde fuera, de ponerse en el lugar del otro, de forma que terminaba interpretándolas de manera distinta a como eran en realidad, malinterpretándolas; esa torpeza emocional marcó toda su amistad con Pinsent. “Mi primer y único amigo” dijo Wittgenstein de él, sin embargo Pinsent se sentía a gusto en el ambiente cosmopolita de Cambridge, que fomentaba las amistades múltiples de diversa naturaleza; no fue su único amigo, sino a lo sumo su mejor amigo durante el tiempo que le trató. Pinsent admiraba sinceramente a Wittgenstein, era el favorito de Russell y creía firmemente que estaba destinado a realizar una tarea capital en la lógica, le abrumaba su obsequiosidad, pero también su irritabilidad, y su “habitual estado neurótico”, que aparecía a causa de nimiedades que el propio Pinsent lo lograba entender. Celos, a veces, pero también ese temor de Wittgenstein a que los acontecimientos le superasen, siempre acuciado por urgencias emocionales e intelectuales de todo tipo.

Hubo siempre un exceso de expectativas por parte de Wittgenstein o dicho de otra forma, una aspiración a ver en su relación con Pinsent algo mucho más profundo (o elevado) de lo que en realidad era. Su primer viaje juntos, a Islandia, viajando a cuerpo de rey con los gastos pagados por Wittgenstein, Pinsent lo recordaría como “el viaje más glorioso que había realizado nunca”, a pesar de los constantes cambios de humor de Wittgenstein, éste en cambio diría que “había disfrutado tanto como es posible hacerlo entre dos personas que no son nada el uno para el otro”; exceso de expectativas, puesto que fue el propio Wittgenstein quien propuso ilusionado el viaje.

Planearon su segundo viaje en septiembre de 1913, “a Noruega o España” propuso Wittgenstein; ante la decepción de Pinsent fue Noruega, Wittgenstein buscaba un lugar de retiro, Pinsent vacaciones. Es en el curso de este viaje cuando se produce un cambio sustancial es sus relaciones: Pinsent deja de llamarle en sus diarios “Wittgenstein” o “Vittgenstein” y comienza a referirse a él como “Ludwig”. En algún momento dejó de ser el amigo excepcional y rico que Pinsent tenía en Cambridge para convertirse en algo distinto; pero de nuevo las expectativas no acaban de acoplarse.

Alejados de los turistas y casi de la civilización, retirados en un pequeño hotel en el interior de un fiordo, Pinsent se aburrió soberanamente, únicamente le distraían sus conversaciones con “Ludwig” y el piano del hotel. Rutina monacal: lógica, paseos a pie o en canoa, dominó por la noche, y alguna velada al piano. Wittgenstein escribiría en cambio a Russell: “Pinsent es un enorme alivio para mí. Hemos alquilado un bote de vela y con él vamos por el fiordo… o mejor dicho, Pinsent se encarga de la navegación y yo me siento al bote y trabajo”. Wittgenstein encontró una paz tan perfecta que decidió retirarse a Noruega a terminar su trabajo en lógica antes de que la muerte le alcanzase (otra de sus obsesiones de antes de la Guerra).

¿Sexo? Es difícil saber si hubo algún tipo de sexo entre ambos, en cualquier caso la homosexualidad de Wittgenstein es de difícil catalogación, sería algo así como una homosexualidad de tipo platónico. En esos años las opiniones de Witt al respecto están dominadas por Weininger, expuestas en “Sexo y Carácter”, para quien el “genio” está encarnado por el espíritu masculino, único capaz de “amar a su propia alma” y desprenderse así de la carnalidad para alcanzar el ideal ético. Pero el espíritu masculino, a diferencia del femenino, es capaz de elegir entre su destino o cubrirse de “feminidad” que según Weininger representa un estadio degradado, ausente de genio y de moralidad. En el plano individual ese “espíritu femenino” está representado por las mujeres o por hombres que eligen la carnalidad y el amor físico; en el colectivo su representante es “el judío”. Weininger, que era homosexual y judío, terminó suicidándose ante su doble “crimen”.

En cambio Pinsent hubiera podido vivir la posible homosexualidad con más naturalidad, entiéndase, con la naturalidad propia de Cambridge, fuera de los Colleges seguía resultando un crimen nefando. El grupo de los Apóstoles estaba dominado por relaciones a dos, a tres o a cuatro bandas que emponzoñaban y animaban sus reuniones; y en el King’s College acabó convirtiéndose casi en una pose snob que ponía en tela de juicio los preceptos morales de la época victoriana.

En definitiva, dos maneras radicalmente opuestas de experimentar esa amistad que va mucho más allá de la camaradería. Wittgenstein dominado por su desgarro trágico y Pinsent interesado, hechizado a veces, y fascinado con su singular amigo austriaco. Sin embargo entre ambos hubo una sincera amistad, tuviera el alcance que fuese.

(Apuntes para El Caso Russell)

28
Dic
08

Lógica Mística

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En “My Philosophical Development”, Bertrand Russell confiesa con la distancia que proporciona el tiempo: “Wittgenstein hizo de ella [la lógica], la base de un curiosa forma de misticismo lógico”. Toda la mordaz crítica que Russell hace del que fuera el causante del hechizo personal que duró hasta la publicación del Tractatus, podría sintetizarse en esa irónica expresión, demoledora en manos de alguien como Russell: “una curiosa forma de misticismo”.

Poco antes ya sentencia de forma categórica: “Las doctrinas de Wittgenstein influyeron en mí profundamente. He llegado a pensar que en muchos puntos llegué demasiado lejos al avenirme con él […]. Sus últimas doctrinas, tal y como aparecen en sus ‘Investigaciones Filosóficas’, no han influido en mí en absoluto.”

A pesar de todo Russell le dedica un capítulo entero del libro.

Existe una deriva, casi inevitable, en Wittgenstein que lleva a lo místico a través de la lógica; tal es así que, leyendo el Tractatus, uno se pregunta hasta qué punto la lógica es simplemente un pretexto para mostrar aquello que no se puede decir.

Técnicamente la lógica de Wittgenstein quedó estancada en la concepción de Frege, y posteriormente de Russell y Whitehead. El objetivo era dar con un simbolismo adecuado para la lógica, es decir, no un simbolismo de precisión sintáctica, sino también capaz de de adecuarse como un guante a la lógica, y que hiciera superfluos artificios cono la Teoría de Tipos de los Principia Mathematica de Russell y Whitehead. Una Ideografía perfecta.

Entre 1912 y 1914 Wittgenstein contó a Russell que la clave de todo era encontrar un lenguaje lógico, un simbolismo adecuado que expresarse de manera definitiva la lógica, que mostrase por sí mismo los diferentes tipos de cosas.

La realidad venía reflejada en la proposición y la estructura de la proposición (la forma lógica) era la estructura de la realidad (el hecho). De manera que el simbolismo era aquello que lograba construir la realidad, organizarla. Y si “el mundo es la totalidad de los hechos, no de las cosas” (TLP 1.1), el simbolismo es capaz dar forma al mundo.

El misticismo pitagórico afirmaba que todo era número, el misticismo del primer Wittgenstein afirma que todo es símbolo, y nada hay por encima de los símbolos, ni si quiera otros símbolos que simbolicen símbolos. Sin el símbolo el mundo es un golem del barro indiferenciado, únicamente el símbolo es capaz de darle vida.

El misterio de la palabra, del rabino Löw a Wittgenstein.

(Apuntes para El caso Russell)

23
Dic
08

Iniciación

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 Vienés. Afectado profundamente de esa enfermedad capaz de transformar la afectación en arte, y la pretenciosidad en filosofía: el carácter de los vieneses de entreguerras. Karl Popper, otro vienés de entreguerras, condensaba ese carácter ejemplificándolo con la afirmación de que algo como el Tractatus Logico-Philosiphicus olía a café vienés, esos lugares por donde discurría la vida cultural de la ciudad. Sólo a un vienés de tertulia de café se le podía haber ocurrido algo tan pretencioso, ambicioso y a la vez tan ingenuo como la obra de Wittgenstein; era una maldad del ácido de Popper que criticó sin piedad al patricio Wittgenstein toda su vida, pero no era cierto. El Tractatus fue escrito en la miseria y la muerte de las trincheras del frente de Galiztia y en un campo de prisioneros. Pero llevaba algo de razón esa mordaz afirmación, hay algo de feliz genialidad, a veces ambiciosa, a veces ingenua, en todo aquello que surgió en esa Viena imposible que discurre entre los estertores del Imperio Austro-Húngaro y la anexión por el III Reich en 1938. Zweig, Musil, Schönberg, Loos, Klimt, Roth, Gödel, El Círculo… y tantos, y por supuesto, Witt.

A Russell le abrumaba ese exceso de seriedad del joven Wittgenstein, ese plus de exigencia ante la inevitabilidad del desastre que parecía presidir todas sus acciones, una suerte de estoicismo desaforado e incomprensible en la tradicional Inglaterra victoriana, o post victoriana. Russell, que conoció a Wittgenstein en un momento de crisis en su vida, se sentía desarmado ante esa exhibición de tragedia íntima que era capaz de mostrar su alumno, Intentaba convencerle de que si no escribía algo mediocre sería incapaz de escribir algo bueno, sin embargo esa recomendación sonaba a oídos de Wittgenstein como una ofensa. La Filosofía, la Lógica, se convirtieron para él en el último recurso posible, una religión desesperada antes de caer en el “abismo”. Se aplicó a ella con las urgencias de quien en su agonía cree con irracional fe en un fármaco milagroso.

Pero todo ello tuvo su iniciación, de no haberla pasado (y el juez más implacable fue él mismo), es probable que al igual que sus hermanos se hubiera suicidado. Podemos llamarlo carácter vienés; hoy no tendríamos dificultad para catalogarlo como una psicopatología leve, un trastorno de la personalidad.

Wittgenstein, el futuro ingeniero, cree ver en la Lógica y los fundamentos de las matemáticas ese “talento” que ansía poseer para expresar su “genio”. Se siente fascinado por la obra de Frege y Russell y resuelve responder a los problemas que no pudieron completar Whitehead y el mismo Russell en la monumental Principia Mathematica (por qué se hace necesario introducir algo tan artificial como la Teoría de Tipos para resolver las paradojas). Wittgenstein cree encontrar la respuesta definitiva. Ingenuidad, pretenciosidad, es cierto, pero también la certidumbre de que la aspiración a la mediocridad es algo moralmente inaceptable. Entre 1909 y 1911 se fragua en él el proyecto de escribir un libro definitivo, una obra cerrada que de fin a la monumental tarea de Frege y Russell en la Lógica, su vida parece depender de ello. Pero necesita la aprobación de alguien, necesita saber que realmente es alguien válido, con talento. Es esa conciencia de “estar de más” lo que a Wittgenstein le resulta insoportable; Viena se desmorona en una lenta agonía, y el genio parece ser la única respuesta admisible.

Acude en a Jena en el verano de 1911 para entrevistarse con Gottlob Frege. Frege es un anciano que vive casi en el anonimato sin el reconocimiento debido, de aquella entrevista Wittgenstein sale con más dudas y temores sobre sí mismo, y con la convicción de que sus ideas están todavía por madurar, pero con la certidumbre de que quizá tenga una última oportunidad antes de un final trágico. Frege le recomienda que si le interesa la Lógica acuda a estudiar con Russell en Cambridge. No hay constancia del trabajo que Witt. enseñó a Frege, pero éste debió ser lo suficientemente expeditivo como para que de aquello no quedara constancia.

Por otra parte hemos de considerar que a principios de siglo la Lógica Matemática era una disciplina poco menos que excéntrica, Frege nunca tuvo más de tres alumnos en sus clases, y Russell tampoco fue capaz de atraer a un número mayor en Cambridge

(Apuntes para “El Caso Russell”)

19
Dic
08

Genio y carácter

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“La medida del genio es el carácter –aun cuando el carácter en sí no constituye el genio-. El genio no es ‘talento y carácter’ sino carácter que se manifiesta en la forma de un talento especial”

L. Wittgenstein. Aforismos. Cultura y Valor

¿Hablamos de carácter forjado en el Palais Wittgenstein o de Genio Vienés? Aunque también es posible reformular la pregunta al contrario. Todos los Wittgenstein tuvieron talento, y desde luego el suficiente “carácter” como para desafiar la todopoderosa figura paterna.

El pequeño Ludwig se quedó conmocionado ante la visión del “genio” de su propio hermano mayor Hans. Una noche, despertado por las notas del piano que arrancaba furioso su hermano de madrugada, se levantó, y espiando en lo alto de la escalera vio a Hans bañado en sudor y completamente arrebatado interpretando una pieza que él mismo había compuesto. Hans Wittgenstein se opuso a la voluntad paterna de seguir una carrera al frente de los negocios de la familia, huyó a Estados Unidos con la intención de convertirse en un compositor de éxito, talento no le faltaba. Se arrojó desde una embarcación en Chesapeake Bay en 1903.

No fue el único suicidio en la familia Wittgenstein, su hermano Rudolf se suicidó en Berlín tomando cianuro en 1904. Al igual que Hans, había abandonado la casa familiar ante la oposición del patriarca, Karl Wittgenstein, a su deseo de hacer carrera en el teatro. En su carta de despedida se atormentaba por sus “dudas acerca de su pervertida inclinación”. Una “inclinación” que no dejaría también de atormentar a Ludwig

Kurt Wittgenstein, sin duda el hijo con menos talento, se pegó un tiro al final de la Primera Guerra Mundial cuando las tropas que estaban bajo su mando se negaron a obedecerle.

Carácter pues.

Solo Paul y Ludwig sobrevivieron a la pulsión autodestructiva que parecía afectar a los hijos varones de Karl, aunque en el caso de Ludwig, con dificultades.

Las hijas, en cambio, supieron adquirir un espíritu de auto conservación, que llevó a incluso a Hermine Wittgenstein a solicitar un certificado de “cambio de categoría racial” en 1938 tras el “Anschluss” austriaco, y que consiguió previo desembolso de dinero. Intelectualmente no estaban peor dotadas que sus hermanos: Helene fue una intérprete de piano incluso mejor que Paul, y Margarete, la influencia más notable de Ludwig en la familia si exceptuamos aquella visión de su hermano Hans, fue una precoz defensora de las ideas de Freud, que la psicoanalizó en una ocasión.

Sin embargo los primeros años del joven Ludwig están presididos por la búsqueda constante de ese talento especial que haría manifestarse su carácter. Oscilando entre el apremio de autenticidad, que vivió como un desgarro, y la voluntad de no defraudar a su padre, quiso encontrarlo primero en la ingeniería, con escaso éxito y mediocres resultados. Luego vendría la Lógica y por último la Filosofía, aunque entendiendo ésta como una exigencia de vida, más que conocimiento, es decir, entendiéndola como carácter.

El “Enigma Wittgenstein” consiste en entender que su “genio” siempre ha sido un talento fagocitado por el carácter. O un talento intentando abrirse camino a través del carácter.

Quizá quien mejor lo entendió fue Bertrand Russell. Después de la publicación del “Tractatus” dejaron prácticamente de tratarse.

(Apuntes para “El Caso Russell”)




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