Años perdidos: Una embajada al ‘Palais’
El edificio se encuentra el en elegante barrio de Allegassse, un lujoso palacete por el que ha pasado la totalidad de la vida cultural vienesa. La mayoría de los vieneses lo conocen como el “Palais Wittgenstein”; pero Ludwig simplemente se refiere a ella como “La Casa”, es la casa familiar de los Wittgenstein.
Viena bulle de efervescencia cultural: conciertos, tertulias de café, teatro… como una pompa de jabón todo tendrá una existencia efímera, sin embargo en aquellos años nadie parece darse cuenta de nada, el pasado ha quedado enterrado entre escombros, y el futuro es el escenario gratis en el que desplegar nuevas ideas con las que se juega sin temor alguno. Se crea una nueva literatura, una nueva música, una nueva arquitectura, una nueva filosofía; todo resulta nuevo, rompedor, radical, incluso lo monstruoso aparece como atrayente. Los vieneses acuden allí donde se cuece algo: en el Café Museum suele dejarse caer Adolf Loos defendiendo su arquitectura funcionalista, o Schönberg puede que esté en el Herrenhof; Roth escribe sus artículos y novelas en el Wirzl, y si la conversación es interesante no le importa que le molesten. Pero siempre se puede jugar a las cartas, o buscar algún otro lugar más interesante, o algún otro café más sórdido, allí se esconden con los refugiados políticos y sus ganas incontenibles de polemizar, revolucionarios, exaltados e iluminados. ¿Filosofía?, sin duda al Café Central, ¿matemáticas?, el Akezienhof, o también el Reichsrat, allí se suelen reunir después de las clases en la Universidad, discuten sobre el programa de Hilbert y sus veintitrés problemas, por allí siempre suele aparecer un tal Kurt Gödel, es un estudiante y nadie le conoce, salvo los parroquianos, pero forma parte del Círculo de Viena que dirige Schlick.
Sin embargo los Wittgenstein jamás tuvieron que ir a ninguna parte para empaparse de todo ello; quien era alguien en aquella Viena acababa pasando por el Palais en la Allegasse, era una tradición que se había mantenido intacta desde hacía mucho tiempo. Desde Brahms hasta Schönberg pasando por Mahler, Klimt había pintado un retrato de Gretel, Freud también la psicoanalizó en una de sus visitas, Loos le dijo allí a Ludwig en una ocasión: “¡usted es yo!”… así que para qué tenía que ir Ludwig a las frías reuniones del Círculo si podían ir a verle al Palais, además, ellos se empeñan en no entender lo que él ha querido hacer con el Tractatus, en realidad no lo ha entendido nadie, ni si quiera Bertrand, y eso que discutió con él proposición tras proposición hasta el agotamiento.
Hoy se han citado, Ludwig ha accedido a una entrevista con los representantes del Círculo, por fin, la embajada de siempre: Schlick y Waismann; y no tiene ganas de hablar con ellos, otra vez.
Schlick y Waismann caminan despacio por la Allegasse, quieren llegar a la hora fijada, ni antes ni mucho menos tarde. Schlick va vestido como de costumbre: traje gris y corbata, lleva gafas y el pelo rubio peinado como todos, hacia atrás. Pero se da cuenta de que Waismann ha cambiado bastante en los últimos meses, ha dejado de llevar corbata y va algo desaliñado, quizá no sea la forma más adecuada de visitar el Palais Wittgenstein, pero es así como viste Ludwig, aunque evidentemente no es lo mismo. Tienen previsto aclarar de una vez la proposición final del Tractatus, ha causado intensos debates en el Círculo, Rudolf Carnap cree que no sólo no rechaza, sino que Wittgenstein parece reivindicar con ella lo místico, y ¿qué es eso místico? Pero con todo lo que ello supone eso no es lo grave, Rudolf además encuentra evidentemente contradictorio el contenido del Tractatus, todo el libro es un monumento a la contradicción, es uno de los pocos que no ha quedado hechizado por el nuevo profeta. Muchos intentan verlo de otra manera, eso no puede ser, Ludwig aclarará lo que realmente ha querido decir: si de lo místico no se puede hablar quizá es que no existe, pero esa frase no aparece en ninguna proposición del libro, y es la que Schlick quisiera ver. “Lo inexpresable, ciertamente, existe. Se muestra, es lo místico (6.522), Wittgenstein no ha querido decir que existe realmente, sino que existe como inexpresable, no como existen las cosas… o algo así, eso piensa Schlick, y necesita que Wittgenstein se lo aclare.
Wittgenstein les recibe en una de sus habitaciones privadas: serio, crispado, como siempre. Está leyendo algo. Se saludan fríamente, Schlick y Waismann a penas dicen nada… y tienen tanto que preguntar.
WITTGENSTEIN: ¿Saben? (dice al cabo de un buen rato) Mendelssohn es como si fuera una altiplanicie, pero no una cumbre. Su música… planicie en las alturas, algo así. Hay… cierto embarazo en la perfección que a veces… su música… Por ello es como una altiplanicie. Se me ha ocurrido hoy… una altiplanicie
WAISMANN: (Cohibido) Sí, claro. Altiplanicie.
SCHLICK: (Temiendo resultar inoportuno) Herr Wittgenstein… tenemos tanto de que discutir… En el Circulo hay encendidos debates. Su obra sigue suscitando un interés inusitado… Hay un punto, complicado…
WITTGENSTEIN: (Alterado) ¡Carnap! Siempre Carnap ¿no? Es incapaz de oler nada. Lo quiere todo masticado, todo aclarado, todo explícito, todo detallado, todo, todo, todo… ¡Pero hay cosas que no se pueden explicar, ni si quiera decir! ¡Hay cosas…! Si ustedes no pueden verlo yo no puedo explicárselo, y explicárselo es como…. como volver a hacer de nuevo filosofía barata. Es una gran tentación hacer explícito todo eso… ¡Y no se puede!
WAISMANN: No, no se puede. Hay cosas que no se pueden decir, claro…
WITTGENSTEIN: El límite… cuando uno se da de bruces con el límite… ¡escuchen, el límite!, puede seguir hablando…Seguir hablando durante horas, pero no avanza nada. Es como querer… salirse, ¡eso es! salirse de uno mismo. Pero es lo factico… los hechos, están ahí y nosotros también…. Y el lenguaje, el lenguaje también… encerrados… pero está ahí. Y se muestra, ¡se muestra! El lenguaje está acotado por aquello que se muestra en él mismo. Si no son capaces de entender eso… y es tan… ¡tan evidente! No serán capaces de entender el Tractatus.
SCHLICK: Ya herr Wittgenstein, pero lo místico… en realidad su existencia es como algo ficticio ¿no? En realidad sólo los hechos existen, y el significado de una proposición es el método de verificación de la misma, fuera de eso no hay nada, si no podemos hablar de algo, no podemos verificarlo por lo tanto no tiene sentido, y tampoco existe…
WAISMANN: (Azorado) Ese punto es importante, hay gente en el Círculo que no acaba de entenderlo… quizá…
WITTGENSTEIN: (Estalla) ¡¡No, no, no!! Lo bueno, lo bueno está más allá del espacio fáctico… ¡existe y se muestra! La metafísica es filosofía barata… ¡y la miopía también! Son incapaces, escuchen, ¡incapaces! de entenderlo. No tiene ningún sentido seguir hablando si no pueden entenderlo… No me importa ser entendido o no, me trae sin cuidado pero para mí la claridad es importante, y la claridad también está en esto…en no… no liarse con palabras inútiles, no hacer jueguecitos que no conducen a ninguna parte. Incluso diciendo a alguien que no puede entender algo no se agrega nada… no tiene sentido. Hay… como una totalidad… sí como un todo, entonces… cada una de las frases que escribo remite a ello… por tanto… por tanto… son lo mismo, valen igual ¡Dejen de hablarme de coherencia! ¡No tiene nada que ver! ¡El todo! Es como… querer llegar a algún lugar y… como querer llegar algún lugar y estar ya de hecho allí ¡Olviden todo eso! Todo ese discurso coherente… Estaba leyendo a Lessing cuando han venido, escribió algo acerca de la Biblia… escuchen
SCHLICK: La Biblia…
WITTGENSTEIN: Sí, escuche: “…la expresión y el estilo… siempre lleno de tautologías, pero tales que hacen emplear la agudeza mental, ya que parecen decir algo distinto y sin embargo dicen lo mismo, o parecen decir lo mismo y en el fondo significan otra cosa” ¡Lo ven! Es eso lo que quiero que entiendan…
Wittgenstein estuvo hablando un tiempo, ni Schlick, ni mucho menos Waismann le interrumpieron. Hablando como siempre a trompicones, dándose palmadas en la frente cuando no encontraba las palabras adecuadas, o cuando no conseguía que el pensamiento fluyera, Waismann había empezado a actuar de esa manera en las últimas semanas. Al final estuvo un largo rato recitando versos de Tagore traducidos al alemán, de cara a la pared, sin dejar que le vieran el rostro mientras lo hacía.
Schlick y Waismann se fueron algo confusos, no sabían que pensar, y sobre todo no sabían que iban a decir en la próxima reunión del Círculo. Se fueron a casa en silencio, como si hubieran visto a un profeta, sin decir nada. Waismann volvería a enfrascarse en las páginas del Tractatus que casi ya se sabía de memoria, y Schlick se pasaría el día entero sin hablar a su esposa, como si estuviera en trance. Ella empezaba a acostumbrarse a ello. “Días Wittgenstein”, los llamaba, aprovechaba para ir de compras.

















