
Wittgenstein en Guerra, la “transmutación” del Tractatus.
Bertrand Russell recibe una última carta de Wittgenstein fechada el 22 de octubre de 1915, la siguiente noticia que vuelve a tener de él será en febrero de 1919 desde un campo de prisioneros en Como. En su última carta Wittgenstein insistía en su proyecto de escribir por fin el esperado libro de lógica con el que pretendía haber resuelto los problemas derivados de la Teoría de los Tipos. El manuscrito que le envió desde el campo de prisioneros, y que llevaba por título: “Logisch-philosophische Abhandlung”, fue para Russell un autentico desconcierto.
De marzo a abril de 1916, los días que duró la marcha al frente, Wittgenstein hace continuas referencias en su diario a Dios e insiste obsesivamente en la necesidad de no fallar en esta prueba:
“¡¡Es duro llevar una vida honesta!! Pero es bueno llevar una vida honesta. Sin embargo, que no se haga mi voluntad sino la Tuya”
Escribe el 29 de marzo.
“He pensado en Dios. Hágase tu voluntad. Dios esté conmigo”
Escribe el 29 de Abril.
Wittgenstein pide que se le asigne el destino más peligroso, el puesto de observación. Tras una noche de guardia expuesto al fuego enemigo escribe:
“He sentido miedo, eso se debe a que veo la vida desde una perspectiva falsa”.
¿Encontramos ecos de la ética contenida en el Tractatus en esta frase? Yo creo que sí, el miedo, la incertidumbre, o la insatisfacción incluso no se derivan de condiciones objetivas externas, sino de la manera falsa de “vivir”, es decir, de una malinterpretación de la propia vida.
Vuelve a estar solo, igual que en el Golpana, pero ahora sí, enfrentándose a la muerte, que espera al otro lado de la trinchera. Desprecia a sus compañeros, y ellos a él, al menos así es como Wittgenstein lo interpreta, y cree ver en su decisión de alistarse como voluntario la razón de ese desprecio. Por otro lado hay que decir que las condiciones en el frente no eran de una violencia extrema, estamos en plena guerra de posiciones, y el ímpetu inicial del ejército ruso se agota. En cualquier caso esa vivencia cotidiana de la muerte, que Wittgenstein experimenta en los tiroteos y en los bombardeos, es suficiente para catalizar pensamientos que se habían estado forjando durante toda la guerra.
En junio se produce una gran ofensiva del ejército ruso, la unidad en la que está encuadrado Wittgenstein sufre innumerables bajas. El día 11 de junio aparecen en su diario las siguientes frases de forma lapidaria y sin explicación:
“Sé que el mundo existe.
Que estoy emplazado en él al igual que mi ojo en el campo visual.
Que su sentido no reside en él sino fuera de él.
Que la vida es el mundo.
Que mi voluntad penetra el mundo.
Al sentido de la vida, por ejemplo el sentido del mundo, lo podemos llamar Dios.”
A partir de este momento el tono lapidario empieza a imponerse, es como si Wittgenstein hubiera empezado a utilizar su lógica de manera inadvertida en una investigación que ya ha traspasado los límites de la misma.
“He pensado mucho sobre cada tema posible. Pero curiosamente no puedo establecer la relación con mi manera matemática de pensar”
Escribe el 7 de julio.
“MI trabajo se ha ensanchado más allá de los fundamentos de la lógica, hacia la esencia del mundo”
Escribe el 2 de agosto.
En este punto la lógica ya no es un mero pretexto, o un modo de presentar los pensamientos entorno al mundo y a su sentido, sino aquello que los fundamenta. La extensión natural de su lógica le conduce hasta aquí de manera casi inevitable:
“La ética no trata del mundo. La ética debe ser una condición del mundo, al igual que la lógica”
Wittgenstein no dice “como la lógica” sino “al igual que la lógica”.
“Hay, desde luego, cosas que no pueden expresarse en palabras. Se manifiestan. Son lo místico”
Son frases que aparecerán de manera literal en el Tractatus. Esa extensión inevitable de la lógica descansa por completo en la distinción entre decir y mostrar, idea alrededor de la cual construye no solo su lógica sino su ética, que para Wittgenstein comienzan a ser una misma cosa. En lógica las proposiciones muestran su sentido, el sentido de la vida puede ser mostrado, no explicado, “La solución al problema del sentido de la vida ha de verse en la desaparición del problema”. Es la idea de que el sentido se ostenta, de que las proposiciones éticas son ociosa y carentes de sentido, y que el lenguaje marca los límites entre aquello de lo que se puede hablar y lo inefable. Si el lenguaje puede ser visto como una totalidad limitada y cerrada, así el mundo también debe de ser visto como una totalidad limitada: “Yo soy el límite de mi mundo”, “Su sentido reside fuera de él”. Lógica y ética tienen el mismo fundamento, puesto que son inseparables.
En su correspondencia con Frege durante el verano de 1916 Wittgenstein no le comunica nada del nuevo rumbo que está tomando su lógica, todavía inseguro ante los pasos que está dando. El 24 de julio disparan a Wittgenstein, se ve cara a cara con la muerte, y ese mismo día anota en su diario:
“A cada disparo todo mi ser se estremecía. Deseaba tanto seguir viviendo”
Y el día siguiente continúa:
“¡Estaba asustado! Temía a la muerte. Ahora tengo tal deseo de vivir… Y es difícil abandonar la vida cuando uno la disfruta. Eso es precisamente en lo que consiste el ‘pecado’, una vida irracional, una falsa visión de la vida”

Wittgenstein siempre dijo que necesitaba unos fórceps para sacar sus pensamientos a la luz. Necesitaba las conversaciones que pronto se convertían en monólogos, esas clases que daría en Cambridge y que terminaban siendo un tormento insufrible para él mismo: no usaba notas, se esforzaba hasta el agotamiento por clarificar y desentrañar sus ideas, a menudo se detenía en alguna de sus explicaciones, algo no acababa de ver claro, volvía al principio y pensaba con furia sin importarle la audiencia, había largos silencios, y preguntas vehementes a los presentes. Todo ello eran los instrumentos con los que intentaba extirpar sus pensamientos.
Durante su primer periodo en Cambridge, entre 1911 y 1912, su “comadrona” fue Bertrand Russell; las sesiones agotadoras en las habitaciones de Russell, en las que a veces paseaba como un animal enjaulado sin decir palabra, su tono siempre enfático y desesperado… Al comienzo fue Russell quien influyó en Wittgenstein, pero luego fue Wittgenstein quien acabó utilizando a Russell para sacar sus propios pensamientos adelante. Fueron los fórceps de la parte lógica del Tractatus.
Paul Engelmann fue la persona de la que se sirvió para arrancarse la parte ética.
El valor de Wittgenstein en el frente es reconocido por sus superiores, y a finales de agosto de 1916 es recomendado para hacer un curso de oficial en Olmütz. Una carta de Adolf Loos le comunicaba que seguía vivo y que allí, en Olmütz, se encontraba un alumno suyo, un joven arquitecto llamado Engelmann que había sido licenciado por tuberculosis. Durante los meses que pasó allí encontró en Engelmann al interlocutor adecuado. Ambos parecían compartir una misma visión, la idea de que existe una verdad inexpresable que sin embargo logra mostrarse, hacerse patente sin necesidad de ser expresada. Fue sin duda el periodo más feliz de la guerra, Engelmann y Wittgenstein compartieron una amistad que se prolongaría más allá de la guerra, y de sus conversaciones Wittgenstein afinó la conexión entre su lógica y la ética. Ya no hay comentarios personales en sus diarios, y se suceden las anotaciones filosóficas que siguen la senda abierta en verano de 1916 y que darían el giro definitivo a lo que sería el Tractatus.
Los diarios de Wittgenstein terminan en 1916, en enero de 1917 vuelve a ser enviado al frente ruso, pero de aquella época no queda nada, salvo las cartas (sobre todo las de Engelmann). Entre el desmoronamiento del frente ruso tras la Revolución, y su traslado a frente italiano Wittgenstein escribe la mayor parte del Tractatus (el Prototractatus) son meses de inactividad y tiempo libre para escribir. En marzo de 1918 su unidad es trasladada cerca de Trieste, con el Imperio Austrohúngaro descomponiéndose. En el largo permiso que disfrutó en el verano de 1918, en Salzburgo, dio por concluida la redacción final del Tractatus.
En otoño de 1918 vuelve al frente y Wittgenstein fue hecho prisionero por los italianos, poco antes de firmar el armisticio junto a decenas de miles de soldados austríacos. En enero de 1919 es trasladado a un campo de prisioneros en Como. Lleva consigo un manuscrito completamente terminado con el título: “Logisch-philosophische Abhandlung”. Y es allí donde logra ponerse en comunicación de nuevo con Russell.
Pero ni el libro, ni Wittgenstein, eran ya lo que Russell creía.











