Rouge

La cita.
No había ninguna indicación, el número “10” en el pulsador del portero automático y nada más, ella le dijo que era un sitio discreto. No mintió, nada decía el portal de aquella casa; a su lado había otro casi idéntico y algo más alejado un “chino” con la dueña en la puerta colocando unas prendas de ropa. Se paró un momento junto a la puerta, era la hora convenida pero dudó en llamar, en realidad no supo por qué lo hizo, iba a entrar de todas formas. Se miró el reloj, llamó dos veces, esperó.
La dependienta del “chino” le miró con desgana, un anciano pasó a su lado paseando a un pequeño perro, iba con zapatillas de andar por casa y un palillo en la boca… Una voz contestó al cabo de algún momento:
-¿Sí?
-Eh… soy yo… –dijo inmediatamente.
Se sintió ridículo. La puerta se abrió, la voz le dijo que era el quinto piso. El patio era viejo, había poca luz, pero estaba limpio. El aspecto del ascensor le hizo dudar, supuso que habría pasado todas las inspecciones de seguridad pertinentes, pero era estrecho, hacía ruido y tardó una eternidad en bajar. Entró. Pulsó el quinto. Durante la lenta ascensión evitó mirarse en el viejo espejo fijado en la pared del ascensor, sin embargo lo hizo. Se rehízo el prieto nudo de la corbata, vio sus manos huesudas y manchadas, las arrugas que invadían su cara y su escaso pelo cano. Le gustó esa sensación de inevitabilidad que le producía la lenta ascensión, la imposibilidad de volverse atrás, el inapelable curso que habían tomado los acontecimientos mientras el ascensor llegaba a su destino.
Quinto piso, puertas nueve y diez. El suelo era ajedrezado, en la puerta nueve había una estúpida esterilla con la palabra “Wellcome”, en la diez no había nada. Quizá lo estuviesen espiando, un ojo ávido de curiosidad morbosa pegado a una mirilla panóptica.
Llamó al timbre, esta vez no tardaron en abrir, una señora casi anciana entreabrió la puerta y le dejó pasar.
-Vengo de parte de…
-Está todo arreglado, no se preocupe –la vieja no le dejó acabar
Le hizo una señal para que le siguiera. Había poca luz pero olía bien, no podía identificar a qué. Cruzaron una puerta y una especie de despacho, como el de una consulta de algún rancio abogado. De nuevo se sintió viejo, cansado, gastado; tuvo ganas de dar media vuelta y largarse. En la pared había una puerta pintada del mismo color, la mujer la abrió.
-Al final del pasillo hay una puerta a la derecha, ella está allí. Le está esperando –le dijo.
Estaba sentada a los pies de la cama. Tenía las piernas muy juntas y sus manos descansaban sobre una inmaculada sábana blanca. Se había quitado la ropa, llevaba una máscara. No la miró. Su mirada recorrió la habitación: un sillón donde ella había dejado la ropa perfectamente doblada, un pesado armario, una cómoda, un espejo colgado de la pared… poco más. Intentaba demorar el instante en el que sus ojos volverían a posarse en ella, ya de manera definitiva. No entendía por qué ella había querido volver a ponerse esa máscara, representar de nuevo esa comedia en la que ninguno de ellos creía, al menos él no. Se fijó en las pesadas cortinas rojas que colgaban de un ventanal y que velaban la estancia del exterior. Hacia allí se dirigió. No la miró; ella tampoco. Entreabrió ligeramente las cortinas, no había nada, un patio interior anodino con pocas luces, un par de ellas abajo, una arriba. Cerró las cortinas.
Se giró. Se miraron. Volvió a cruzar lentamente la habitación, casi podía oír la pesada respiración de ella, o quizás fuera la suya. Tocó con su mano su espalda, esos tatuajes incomprensibles que recorrían su pálida piel, rozó apenas su pecho. Él se acercó al sillón, le disgustó tener que dejar la ropa de ella en el suelo enmoquetado: los pantalones, la blusa, los calcetines metidos en las botas, la mínima ropa interior… todo perfectamente arreglado, intentó no descomponer nada. Se sentó. No dejaron de mirarse.
Ella se tumbó en la cama, se deslizó suavemente, los tatuajes de sus piernas contrastaban con la blancura de las sábanas. Abrió ligeramente los muslos, agarró la almohada que estaba por encima de su cabeza, la estrujó con fuerza con sus manos clavando sus dedos en ella.
De los ojos de él casi asomaban las lágrimas…







