Wittgenstein at War (y 3)

Wittgenstein en Guerra, la “transmutación” del Tractatus.
Bertrand Russell recibe una última carta de Wittgenstein fechada el 22 de octubre de 1915, la siguiente noticia que vuelve a tener de él será en febrero de 1919 desde un campo de prisioneros en Como. En su última carta Wittgenstein insistía en su proyecto de escribir por fin el esperado libro de lógica con el que pretendía haber resuelto los problemas derivados de la Teoría de los Tipos. El manuscrito que le envió desde el campo de prisioneros, y que llevaba por título: “Logisch-philosophische Abhandlung”, fue para Russell un autentico desconcierto.
De marzo a abril de 1916, los días que duró la marcha al frente, Wittgenstein hace continuas referencias en su diario a Dios e insiste obsesivamente en la necesidad de no fallar en esta prueba:
“¡¡Es duro llevar una vida honesta!! Pero es bueno llevar una vida honesta. Sin embargo, que no se haga mi voluntad sino la Tuya”
Escribe el 29 de marzo.
“He pensado en Dios. Hágase tu voluntad. Dios esté conmigo”
Escribe el 29 de Abril.
Wittgenstein pide que se le asigne el destino más peligroso, el puesto de observación. Tras una noche de guardia expuesto al fuego enemigo escribe:
“He sentido miedo, eso se debe a que veo la vida desde una perspectiva falsa”.
¿Encontramos ecos de la ética contenida en el Tractatus en esta frase? Yo creo que sí, el miedo, la incertidumbre, o la insatisfacción incluso no se derivan de condiciones objetivas externas, sino de la manera falsa de “vivir”, es decir, de una malinterpretación de la propia vida.
Vuelve a estar solo, igual que en el Golpana, pero ahora sí, enfrentándose a la muerte, que espera al otro lado de la trinchera. Desprecia a sus compañeros, y ellos a él, al menos así es como Wittgenstein lo interpreta, y cree ver en su decisión de alistarse como voluntario la razón de ese desprecio. Por otro lado hay que decir que las condiciones en el frente no eran de una violencia extrema, estamos en plena guerra de posiciones, y el ímpetu inicial del ejército ruso se agota. En cualquier caso esa vivencia cotidiana de la muerte, que Wittgenstein experimenta en los tiroteos y en los bombardeos, es suficiente para catalizar pensamientos que se habían estado forjando durante toda la guerra.
En junio se produce una gran ofensiva del ejército ruso, la unidad en la que está encuadrado Wittgenstein sufre innumerables bajas. El día 11 de junio aparecen en su diario las siguientes frases de forma lapidaria y sin explicación:
“Sé que el mundo existe.
Que estoy emplazado en él al igual que mi ojo en el campo visual.
Que su sentido no reside en él sino fuera de él.
Que la vida es el mundo.
Que mi voluntad penetra el mundo.
Al sentido de la vida, por ejemplo el sentido del mundo, lo podemos llamar Dios.”
A partir de este momento el tono lapidario empieza a imponerse, es como si Wittgenstein hubiera empezado a utilizar su lógica de manera inadvertida en una investigación que ya ha traspasado los límites de la misma.
“He pensado mucho sobre cada tema posible. Pero curiosamente no puedo establecer la relación con mi manera matemática de pensar”
Escribe el 7 de julio.
“MI trabajo se ha ensanchado más allá de los fundamentos de la lógica, hacia la esencia del mundo”
Escribe el 2 de agosto.
En este punto la lógica ya no es un mero pretexto, o un modo de presentar los pensamientos entorno al mundo y a su sentido, sino aquello que los fundamenta. La extensión natural de su lógica le conduce hasta aquí de manera casi inevitable:
“La ética no trata del mundo. La ética debe ser una condición del mundo, al igual que la lógica”
Wittgenstein no dice “como la lógica” sino “al igual que la lógica”.
“Hay, desde luego, cosas que no pueden expresarse en palabras. Se manifiestan. Son lo místico”
Son frases que aparecerán de manera literal en el Tractatus. Esa extensión inevitable de la lógica descansa por completo en la distinción entre decir y mostrar, idea alrededor de la cual construye no solo su lógica sino su ética, que para Wittgenstein comienzan a ser una misma cosa. En lógica las proposiciones muestran su sentido, el sentido de la vida puede ser mostrado, no explicado, “La solución al problema del sentido de la vida ha de verse en la desaparición del problema”. Es la idea de que el sentido se ostenta, de que las proposiciones éticas son ociosa y carentes de sentido, y que el lenguaje marca los límites entre aquello de lo que se puede hablar y lo inefable. Si el lenguaje puede ser visto como una totalidad limitada y cerrada, así el mundo también debe de ser visto como una totalidad limitada: “Yo soy el límite de mi mundo”, “Su sentido reside fuera de él”. Lógica y ética tienen el mismo fundamento, puesto que son inseparables.
En su correspondencia con Frege durante el verano de 1916 Wittgenstein no le comunica nada del nuevo rumbo que está tomando su lógica, todavía inseguro ante los pasos que está dando. El 24 de julio disparan a Wittgenstein, se ve cara a cara con la muerte, y ese mismo día anota en su diario:
“A cada disparo todo mi ser se estremecía. Deseaba tanto seguir viviendo”
Y el día siguiente continúa:
“¡Estaba asustado! Temía a la muerte. Ahora tengo tal deseo de vivir… Y es difícil abandonar la vida cuando uno la disfruta. Eso es precisamente en lo que consiste el ‘pecado’, una vida irracional, una falsa visión de la vida”

Wittgenstein siempre dijo que necesitaba unos fórceps para sacar sus pensamientos a la luz. Necesitaba las conversaciones que pronto se convertían en monólogos, esas clases que daría en Cambridge y que terminaban siendo un tormento insufrible para él mismo: no usaba notas, se esforzaba hasta el agotamiento por clarificar y desentrañar sus ideas, a menudo se detenía en alguna de sus explicaciones, algo no acababa de ver claro, volvía al principio y pensaba con furia sin importarle la audiencia, había largos silencios, y preguntas vehementes a los presentes. Todo ello eran los instrumentos con los que intentaba extirpar sus pensamientos.
Durante su primer periodo en Cambridge, entre 1911 y 1912, su “comadrona” fue Bertrand Russell; las sesiones agotadoras en las habitaciones de Russell, en las que a veces paseaba como un animal enjaulado sin decir palabra, su tono siempre enfático y desesperado… Al comienzo fue Russell quien influyó en Wittgenstein, pero luego fue Wittgenstein quien acabó utilizando a Russell para sacar sus propios pensamientos adelante. Fueron los fórceps de la parte lógica del Tractatus.
Paul Engelmann fue la persona de la que se sirvió para arrancarse la parte ética.
El valor de Wittgenstein en el frente es reconocido por sus superiores, y a finales de agosto de 1916 es recomendado para hacer un curso de oficial en Olmütz. Una carta de Adolf Loos le comunicaba que seguía vivo y que allí, en Olmütz, se encontraba un alumno suyo, un joven arquitecto llamado Engelmann que había sido licenciado por tuberculosis. Durante los meses que pasó allí encontró en Engelmann al interlocutor adecuado. Ambos parecían compartir una misma visión, la idea de que existe una verdad inexpresable que sin embargo logra mostrarse, hacerse patente sin necesidad de ser expresada. Fue sin duda el periodo más feliz de la guerra, Engelmann y Wittgenstein compartieron una amistad que se prolongaría más allá de la guerra, y de sus conversaciones Wittgenstein afinó la conexión entre su lógica y la ética. Ya no hay comentarios personales en sus diarios, y se suceden las anotaciones filosóficas que siguen la senda abierta en verano de 1916 y que darían el giro definitivo a lo que sería el Tractatus.
Los diarios de Wittgenstein terminan en 1916, en enero de 1917 vuelve a ser enviado al frente ruso, pero de aquella época no queda nada, salvo las cartas (sobre todo las de Engelmann). Entre el desmoronamiento del frente ruso tras la Revolución, y su traslado a frente italiano Wittgenstein escribe la mayor parte del Tractatus (el Prototractatus) son meses de inactividad y tiempo libre para escribir. En marzo de 1918 su unidad es trasladada cerca de Trieste, con el Imperio Austrohúngaro descomponiéndose. En el largo permiso que disfrutó en el verano de 1918, en Salzburgo, dio por concluida la redacción final del Tractatus.
En otoño de 1918 vuelve al frente y Wittgenstein fue hecho prisionero por los italianos, poco antes de firmar el armisticio junto a decenas de miles de soldados austríacos. En enero de 1919 es trasladado a un campo de prisioneros en Como. Lleva consigo un manuscrito completamente terminado con el título: “Logisch-philosophische Abhandlung”. Y es allí donde logra ponerse en comunicación de nuevo con Russell.
Pero ni el libro, ni Wittgenstein, eran ya lo que Russell creía.
Wittgenstein at War (2)

Wittgenstein en Guerra, la “transmutación” del Tractatus.
Nuevo destino, pero igual que el anterior, alejado del frente. Dese comienzos de 1915 Wittgenstein es nombrado encargado de un taller de reparación de maquinaria en Cracovia, sus superiores deciden aprovechar su pasado como ingeniero y ahorrarle las penalidades de la primera línea, pero lejos de hacerle un favor el cambio deprime todavía más a Wittgenstein. En el Golpana podía realizar tareas en solitario y dedicarse a sus reflexiones, ahora debe tratar con gente a la que desprecia, supervisar el trabajo de otros e imponer su criterio a personas de superior graduación que, naturalmente, no tenían intención de obedecerle. La situación se vuelve insufrible para Wittgenstein, tiene varias crisis nerviosas, pide insistentemente ser enviado al frente, y llega a solicitar que le releven de sus funciones por incompetente. Quizá fue el momento que más cerca estuvo del suicidio.
“No puedo seguir así”, escribe el 17 de febrero. “Situación inalterable”, la anotación se sucede durante días junto a “No he trabajado” (en lógica).
Sólo una carta de David Pinsent logra sacarle del marasmo en el que se encuentra. La situación se suaviza en primavera, parece haberse acostumbrado a su trabajo en el taller (se le permitió llevar el uniforme de ingeniero) y la correspondencia con Pinsent le anima a seguir con su trabajo filosófico. El problema que le ocupa es el siguiente:
“El gran problema alrededor del cual gira todo lo que escribo es: ¿Existe en el mundo un orden a priori, y si es así, en qué consiste?”
Esa estructura buscada por Wittgenstein son los hechos atómicos. El mundo para Wittgenstein estará compuesto por hechos, y no por cosas, lo cual es consecuencia de su teoría figurativa del lenguaje: si el lenguaje es una figura de la realidad, es decir, si la realidad está reflejada en el lenguaje (y para Wittgenstein esa “copia” es exacta, no aproximada), la realidad compartirá la misma estructura; el análisis de la proposición coincide con el análisis de la realidad y si deben existir proposiciones básicas, existirán hechos “atómicos”. Pero un hecho atómico no es algo contingente (de la misma forma que lo son las proposiciones básicas del lenguaje), por tanto las relaciones de las cosas que lo determinan ya vienen prefiguradas, y esa estructura de las cosas que interviene en el hecho atómico es la estructura de la realidad. Una estructura a priori.
Es curioso como este razonamiento, sintetizado en la segunda proposición del Tactatus (El mundo es la totalidad de los hechos, no de las cosas), llevó a Wittgenstein a una sorprendente forma de idealismo: la realidad no son las cosas, sino las relaciones entre las cosas. De ahí al solipismo solo hay un paso.
En mayo Wittgenstein recibe una carta de Russell, éste le comunica que ha sido incapaz de entender las notas sobre lógica que dictó a Moore en Noruega, y que espera “de todo corazón” que después de la guerra se lo explique de palabra. A Wittgenstein no le sorprende, ya en Noruega, y antes en Cambridge, le suponía un auténtico esfuerzo “hacerse entender”. Hay siempre presente en Wittgenstein una tensión nunca resuelta entre su negativa a expresar algo de manera imprecisa y su creencia en la imposibilidad esencial de poder decirlo todo. Esa paradoja le llevará a decir en el prólogo del Tractatus que: “Quizás este libro sólo puedan comprenderlo aquellos que por sí mismos hayan pensado los mismos o parecidos pensamientos a los que aquí se expresan.” Es decir, debe de existir previamente una afinidad que supere la incapacidad del lenguaje de alcanzar aquello que está más allá de él. “Lo que puede ser dicho puede ser dicho claramente”, pero lo que el lenguaje no puede decir, debe de ser mostrado, entendido sin necesidad de palabras. Es la filosofía oracular, como la catalogaría Popper.
En cualquier caso, Wittgenstein en su carta de respuesta a Russell, le escribe:
“Ahora me temo que lo que he escrito recientemente sea más incomprensible […] Los problemas se vuelven más y más lapidarios, y el método ha cambiado drásticamente”
El libro en ciernes comienza a sobrepasar los límites de la lógica.

En julio Wittgenstein está ingresado en un hospital presa de una crisis nerviosa como resultado de un accidente en el taller. Le escribe a Ficker, el gestor de su donativo, que se queja de la situación de privaciones por la que pasa en su unidad, y le recomienda que lea Los Evangelios de Tolstoi, libro del que no se separa. Tras la convalecencia vuelve al taller (ahora en Sokal), y reanuda su trabajo, y la correspondencia con Russell. En el otoño de 1915 le comunica su intención de escribir un libro, el contenido lo tiene prácticamente ultimado, y quiere que sean Russell y Frege los primeros que lo lean antes de que pueda ser publicado. Son meses relativamente tranquilos en el frente, la época de las ofensivas ha pasado y la guerra se alarga.
Es muy posible que de haberse decidido Wittgenstein a escribir el libro en ese momento, el Tractatus hubiera sido un extraño libro de lógica que sería recordado por el empleo de la noción de tautología y las tablas de verdad, hubiera sido encuadrado dentro de la corriente del “Atomismo Lógico” que defendió Russell durante un tiempo, y solo los especialistas en el tema lo mencionarían.
Entre finales de 1915 y los primeros meses de 1916 Wittgenstein trabaja en el libro, y mantiene largas conversaciones sobre filosofía y literatura (Tolstoi y Dostoievski) con Max Bieler, un médico de la Cruz Roja, el amigo que le faltó en el primer año de la guerra.
Pero todo va a cambiar.
En marzo de 1916 la situación en el frente comienza a moverse y los superiores de Wittgenstein deciden por fin acceder a sus demandas, es destinado a una unidad de artillería cerca de la frontera rumana, a primera línea de combate. La guerra comienza para Wittgenstein.
Le deja a Bieler la mayoría de sus pertenencias, tiene la completa seguridad de que no va a volver. Únicamente lleva consigo a su inseparable Tolstoi y Los Hermanos Karamazov de Dostoievski.
(…)
Wittgenstein at War (1)

Wittgenstein en Guerra, la “transmutación” del Tractatus.
Suele ser un lugar común hablar del “primer Wittgenstein” y el “segundo Wittgenstein”; o en relación al contenido del Tractatus, del “Wittgenstein lógico” y el “Wittgenstein místico”, enfatizando las diferencias como sin en el pensamiento de Wittgenstein se hubiera operado una trasmutación alquímica que hiciera incompatibles ambas posibilidades. Pero lo cierto es que bajo las evidentes diferencias existe una continuidad que hace posible el cambio, una misma sustancia que lo sustenta. Así, es imposible orientarse en la laberíntica caverna de las Investigaciones Filosóficas sin tener presente las constantes que también se encuentran en el Tractatus; o comprender a ese “Wittgenstein místico” sin entender que es una consecuencia de la lógica, de “su lógica”.
La motivación que impulsó al Wittgenstein ingeniero a dedicarse a la lógica fue la Teoría de los Tipos de Russell y Whitehead. Artificio técnico introducido en el edificio lógico de los Principia Mathematica con el objeto de salvar las paradojas que aparecían en la heurística de conjuntos empleada por Russell y Frege (muy distinta de la de Cantor, que es la que se usa hoy en día). Si para Russell un conjunto (o una clase, o concepto) era la extensión de un predicado, de cualquier predicado, aparecen sin remedio inconsistencias derivadas de posibles autorreferencias. Para salvar la consistencia hay que postular en la axiomática un mecanismo que lo evite, distinguiendo diferentes tipos o rangos de conceptos de manera que ningún concepto de un tipo dado es aplicable a conceptos de tipo igual o superior. La Teoría de los Tipos puede llegar a resultar complicada de usar cuando se empiezan a derivar teoremas lógicos, pero evita las paradojas; eso sí, arruina de forma implícita la primitiva pretensión del programa logicista: derivar la matemática de principios lógicos evidentes, la teoría de los tipos no es ni mucho menos evidente, y presupone la existencia de una serie infinita cuyo manejo queda establecido a priori (los distintos tipos), con todo lo que conlleva a la hora de hacer suposiciones previas. Russell suponía que la Teoría de Tipos sería eliminada con una reformulación de la lógica, una nueva lógica que hiciera de la teoría de los tipos algo superfluo. Ese era el problema que se propuso resolver Wittgenstein a partir de 1911.
La solución encontrada por Wittgenstein, perfilada entre 1912 y 1913, fue su distinción entre decir y mostrar. En un lenguaje lógico adecuado los “tipos” serían mostrados, sin necesidad de hablar de ellos. La lógica no dice nada, sino que únicamente muestra su sentido, y en este “sentido” debe estar implícita la distinción entre los diversos tipos de conceptos o de cosas. Esa distinción debería de ostentarse en el simbolismo, y no como Russell pretendía en los Principia, hacerla explicita en el formalismo como axioma. El símbolo lógico debe de mostrar por sí mismo el “tipo”, que comienza con el “hecho atómico” (sea éste lo que sea) convenientemente simbolizado; a partir de éste se construyen las proposiciones. Wittgenstein afinará este razonamiento en toda la parte del Tractatus que trata sobre la forma general de la proposición, y ventilará la Teoría de Tipos en tres proposiciones (3.331-3.333), considerándola, como preveía Russell, algo superfluo y carente de sentido, aunque en modo alguno de la forma que pretendía su maestro.
¿Pero cómo pudo Wittgenstein vincular su ética con esta idea sobre la cual gravita toda su lógica?

7 de agosto de 1914, Wittgenstein se alista como voluntario en el ejército austriaco.
Tras el cruce de ultimátums y telegramas que precedieron a la declaración de guerra entre las potencias europeas, se vive en todo el continente un ambiente de euforia desmedida, todo el mundo aguardaba con impaciente inconsciencia ese momento, la guerra es celebrada con algarabía, y las palabras de Marinetti en 1909 en su Manifiesto del Futurismo parecen resonar en todas las capitales europeas:
“Nosotros queremos glorificar la guerra —única higiene del mundo—, el militarismo, el patriotismo, el gesto destructor de los libertarios, las hermosas ideas por las que se muere y el desprecio por la mujer.”
Es difícil imaginar a Wittgenstein yendo en procesión a la oficina de reclutamiento cantado el himno nacional para no perderse una guerra que, en principio, iba a durar unas semanas, sin embargo, Wittgenstein fue a la guerra con la misma determinación que muchos europeos. Hay más de sentimiento personal que patriótico en la decisión de Wittgenstein, sobre todo hay una necesidad de ponerse a prueba, de afrontar el peligro y comprobar la autentica medida de su valía. De alguna manera creía que la experiencia que suponía la guerra, esa vida al límite, le fortalecería, buscaba algún tipo de respuesta que únicamente creía encontrar enfrentándose a la muerte: si el suicidio le había perseguido como un fantasma familiar, la muerte que podría encontrar en el frente le serviría para conjurarlo.
Al comienzo de sus diarios de guerra, que discurren entre 1914 y 1916, Wittgenstein anota:
“Ahora tengo la oportunidad de ser un ser humano decente, pues voy a estar cara a cara con la muerte”
Pide ser mandado al frente, pero sus expectativas se ven frustradas. Es destinado en calidad de soldado raso a un buque que patrulla sobre el Vístula, en la retaguardia. Pretendía enfrentarse a la muerte y se vio a bordo del Golpana, sin ver ni siquiera de lejos al ejército ruso.

Wittgenstein recordaría este primer periodo de la guerra con amargura y desesperación. Se ahoga en una ambiente rodeado de gente a la que desprecia y con la que no tiene nada en común (es el mundo que el Wittgenstein, de los Wittgenstein de toda la vida, no había visto hasta ahora), realiza tareas solitarias, como manejar el reflector por la noche. Únicamente encuentra consuelo en su diario, en el que alterna las entradas personales con las de lógica; en las cartas que consigue enviar, vía Suiza, a Pinsent, y en los pocos libros que lleva consigo, en particular uno: El Resumen del Evangélio de Tolstoi.
Es difícil estimar el tipo de influencia que este libro tuvo en Wittgenstein, que resultó decisivo es evidente, al menos desde una perspectiva personal, pero en la evolución posterior de su pensamiento, ¿fue fermento o catalizador? ¿Hubiera influenciado de la misma manera de no haberse encontrado en esa situación? Él mismo anota que fue lo único que le mantuvo con vida, la sombra del suicidio siempre presente. Junto a Los Evangelios también leyó en este periodo de frustración El Anticristo de Nietzsche, lecturas antitéticas que se entrecruzan.
En la parte personal del su diario Wittgenstein comienza a insistir en la necesidad de preservar su mundo interior, “su alma”; si esto es posible no importa lo que pueda ocurrir al exterior, ¿reconocemos aquí indicios de ese curioso solipismo presente en el Tractatus? Pero también deja constancia de las necesidades que le impone una sensualidad que no puede obviar, como las veces que se masturba.
Sin embargo las preocupaciones filosóficas durante este periodo todavía están centradas por completo en la lógica, así se lo hace saber a Frege, con quien podía mantener una correspondencia sin restricciones. Es en el otoño de 1914 cuando Wittgenstein da con una de las ideas centrales del Tractatus: la teoría pictórica, o figurativa, del lenguaje (la proposición es una figura de los hechos), que aparece en sus diarios a partir de septiembre. Pero sus avances en lógica se producen a oleadas, a días de trabajo se suceden otros completamente improductivos
(…)
Rouge

Motel
El número de la puerta –único rastro que el tiempo deja en la memoria- cifra un álgebra de vidas que discurren paralelas e incomunicables; encerrada cada una en escuetas y anodinas habitaciones. Allí dentro se exprimen silencios de profundidad cósmica; pasiones que consumen cuerpos desnudos, y que apenas duran unas horas; esperas que intentan agotarse en las imágenes de un televisor mudo; enloquecidas huídas que descansan mientras el pasado persigue rastros de forma implacable…
Y quizá se oiga el leve rumor de los coches pasando por la autopista, llenando ese tiempo de basura que ya nada significa. Porque ella no dice nada. Y tú tampoco. Ella mira sentada en la cama una moqueta barata que ha ahogado pasos, arruga con su mano la áspera y limpia sábana que ha envuelto momentos de deseo –el suyo, el tuyo- y que ahora aparecen inservibles, arrugados. Y tú miras, tumbado en la cama, la pared que tienes enfrente, intentando descubrir imperfecciones que no existen, respuestas que crees escondidas en una pared recién pintada. Y no las encuentras. Ella tampoco.
Ella se levanta. Coge su ropa tirada por el suelo. Sin prisas, da la vuelta a las medias que encuentra junto a la cama, dobla la ropa y la cuelga de su brazo. Y tú te dices que da igual lo que haga, que es ese tiempo de basura que siempre aparece al final. Coge su bolso. Se mente en el baño y cierra la puerta. Y tú sigues mirando a la pared.
Sale del baño ya vestida. Se arregla el pelo y se acerca a la ventana. Mira esos coches que pasan zumbando por la autopista. Consulta la hora en el pequeño reloj de muñeca que siempre lleva. Tiene prisa. El tiempo de basura ha pasado. Decidida se dirige a la puerta. Te mira, quizás sonríe. Y te dice: “adiós”; y tú contestas “adiós”.
Sigues mirando a la pared recién pintada. Y piensas que te gusta ese motel.
Rouge

“Pienso en bisontes y ángeles, en el secreto de los pigmentos perdurables, en los sonetos proféticos, en el refugio del arte. Y ésta es la única inmortalidad que tú y yo podemos compartir, Lolita”
Vladimir Navokov. Lolita.
El Otro

¿Quién es El Otro, ese objeto del deseo?
Lo que distingue a Kelvin y a ese simulacro de Harey, que él mismo ha creado mediando el océano de Solaris, no es la distinta composición físico-química de ambos, ni la imposibilidad de la existencia de Harey fuera del influjo de Solaris, ni la incorruptibilidad de esa supercopia de materia extravagante que causa su inmortalidad; sino el drama que supone para esa Harey revivida no poder encontrar ese otro ilusorio que busca con desesperación.
Kelvin ve siempre a Harey como algo ajeno, sin embargo es una proyección de su propia memoria. Al comienzo con rechazo, con miedo, porque ella es un fantasma que aparece de improviso para recordarle un pasado del que se ha empeñado en huir, yéndose a millones de kilómetros de distancia, escondiéndose en un pozo del que no tiene la más mínima intención de salir, enterrándose en vida en el pudridero abandonado de Solaris. Como Lutero, que arrojó el tintero ante la aparición del diablo, Kelvin la factura en una cápsula en órbita alrededor de Solaris. Sin embargo “ellos” siempre vuelven.
Harey es un fantasma sí, pero también es otra cosa, y esa otra cosa es la posibilidad que encuentra Kelvin de redimirse, de negar el pasado y el tiempo, aunque sea en el reducido espacio de una estación orbital muerta y olvidada, en realidad no es algo muy distinto a la propia muerte. En cualquier caso Kelvin comienza siendo presa de la ilusión de Solaris: ver aquello que no es sino parte de uno mismo como lo otro.
Al contrario que Kelvin, Harey no logra verse ni si quiera a sí misma como algo distinto del propio Kelvin. Mirándose al espejo ella le pregunta: “En cuanto cierro los ojos me olvido de mi rostro. ¿Tú te conoces?”, él responde: “como cada persona”, y Kelvin no miente. Harey no tiene memoria, no sabe quién es y siente que toda su existencia no es más que parte de la vida de Kelvin, es capaz de darse cuenta de que ella misma apenas es un recuerdo materializado, parte de un pasado olvidado que no le pertenece, su única posibilidad es huir de él, a pesar de que le ama, sabe que no es sino una proyección, algo fallido quizá. ¿Y no sería esa certidumbre, reproducida ahora en forma de simulacro, lo que hizo que la verdadera Harey decidiera tomar aquel camino cegado? Preguntas sin respuesta, o no.
A pesar de todo Kelvin logra zafarse gracias a ese amor fou de la ilusión de Solaris. Porque reconociendo ese amor por Harey, por ese simulacro, haciendo de ese fantasma el objeto amado, no hace sino incorporarlo a su propia persona. En el fondo no amamos sino a nosotros mismos, a esa proyección que de nosotros vemos en la persona amada. De esta forma reconoce así que ese otro que Kelvin ve en Harey no es más que él mismo. El amor siempre resulta un desapego narcisista.

Quienes sí caen en la falacia de Solaris son Snawt y sobre todo Sartorius, el héroe trágico de la ciencia. Sartorius no ve en los “visitantes” sino cosas ajenas, materializaciones con las que no cabe ningún tipo de vínculo emocional porque no son personas, son simplemente objetos, negándoles por tanto cualquier relación consigo mismo, algo que no le atañe, salvo como desafío intelectual, un objeto de estudio como pudiera serlo un cuásar. Y sin embargo, sus “visitantes” son parte de sí, son el propio Sartorius. Pero nada se aclara y todo permanece velado por el misterio porque tras todo está ese océano de Solaris que nadie consigue descifrar.
Tras lo ilusorio siempre se encuentra el sentido de lo trágico, del misterio. O dicho de otra forma, el vacío. Tras la máscara nunca hay nadie.
Paralelismos que aparecen de manera inadvertida: Kelvin en “Solaris”, y Scottie Ferguson en “Vértigo”.
Scottie ama, o cree amar a Madelein, es decir a una muerta, a algo que no existe. Judy aparece también como una posibilidad de redención: él no pudo evitar su fingida muerte en el campanario. Sabe que Judy no es Madelein, pero la re-crea, hace de ella un simulacro de Madelein, que no ha sido sino otro simulacro.
Casi la tiene, casi es ella. En esa escena en el pequeño apartamento de Judy, cuando se ha ultimado la transformación, Scottie está a punto de romper a llorar, Madelein aparece de nuevo a través de una luz fantasmal. Sin embargo todo es una ficción, Scottie no posee a Judy, que ya no existe, ni a Madelein, que no existió jamás, y la luz fantasmal que parece traer a Madelein de la muerte, no es sino el reflejo filtrado de un cartel de neón.
Lo que todos intuimos cuando contemplamos esa escena, es que el propio Scottie lo sabe, y a pesar de todo llega hasta el final; decide apurar la copa del engaño hasta las heces porque en el fondo es la única manera de poseer a Madelein, algo que él mismo ha creado desde el mismo instante en que la vio en aquel restaurante.
El Otro siempre es un simulacro, por eso nos anclamos a él. El Otro siempre soy Yo.
Dádivas

Se suele decir que Wittgenstein empleo de manera desinteresada la herencia paterna en ayudar a artistas y escritores austriacos en dificultades. Es cierto que empleó 100,000 coronas a tal efecto, un cifra considerable, lo que no resulta tal claro son los motivos.
Durante su estancia en Noruega entre 1913 y 1914 a Wittgenstein le enviaban puntualmente la revista Die Fackel (La Antorcha), dirigida por la figura cultural más influyente de la Viena de entreguerras Karl Kraus, y que la propia hermana de Ludwig, Margarete, leía con avidez. Nadie que pudiera saber lo que pasaba en Viena (y pasaba mucho) podía jactarse de no leer Die Fackel. Fue en uno de sus números donde Wittgenstein leyó un artículo de un tal Ludwig von Ficker, que dirigía otra revista Der Brenner (El Incendiario) [todo ardía en Viena]. El caso es que a Wittgenstein le tuvo que impresionar Ficker, puesto que en julio de 1914, ya en Viena, le escribe comunicándole la intención de donarle nada menos que 100,000 coronas con la condición de que él mismo se encargue de distribuirlas a artistas y escritores en apuros económicos.
Primer matiz: Wittgenstein le encarga la terea a Ficker, al que no conocía, salvo por sus artículos, en lugar de hacerlo él mismo, o algún miembro de su familia, que conocía de sobra la vida cultural vienesa (Wittgenstein recordaría toda su vida las barbas de Brahms, que a veces tocaba en el palais Witt). No es un mecenas pues.
Como es natural Ficker se quedó estupefacto ante tal petición, que para su asombro, iba totalmente en serio. Creyó que era una broma, preguntó a conocidos:
-¿Wittgenstein?… Sí hombre, de los Wittgenstein de toda la vida
Cuando fue a visitarle a Viena, contaría Ficker, le dio la impresión de estar viendo al personaje de Aliosha, de Los Hermanos Karamazov. Fue el propio Ficker quien le presentaría a Adolf Loos, el cual tras unos minutos le espetaría a Wittgenstein: “¡Usted es yo!”.
Fricker hizo una lista preliminar: Rilke, Trakl, Dragallo, Kokoschka, Hauer… tanto cómo pudo dar de sí el dinero. A Wittgenstein no le interesaba prácticamente ninguno de los agraciados salvo Rilke, Trakl, y Loos. En una ocasión le dijo a Engelmann, que en una vez “había ayudado, sin tener la intención de hacerlo, a un tal Ehrenstein, cuyos libros eran una porquería”.
Como era de esperar las cartas de agradecimiento se sucedieron, a Wittgenstein le costaba verdadero trabajo leerlas, acabó diciéndole a Ficker: “la mayor parte de de ellas me resultan altamente desagradables. Hay un cierto tono degradante, casi de timo”.
Segundo matiz: Dese el principio Wittgenstein se preocupó de guardar las distancias con aquellos a los que iba destinado el dinero, trufada a veces de cierto desdén. Tampoco se sintió más orgulloso de haber ayudado a uno u otro, no opuso ninguna objeción a ninguno de los nombres que propuso Ficker.
¿Qué pretendía pues?
De nuevo aparece esa distancia, a menudo insalvable, entre el mundo que percibe Wittgenstein, o cree percibir, y las circunstancias. Entre lo que es, y lo que debería de ser. Ese exceso de expectativas de nuevo.
Supongo que Wittgenstein se vería en la necesidad, quizá porque admiró alguno de los escritos de Fricker, de donar tal cantidad de dinero; se creó una obligación basándose en sus propias expectativas y suposiciones, en la visión personal de cómo deberían de ser las cosas. La gratitud, la obsequiosidad, a veces impostada, pero también sincera, no la entendió, y tampoco la quiso aceptar.
Nunca pretendió ser un mecenas, tampoco un benefactor… lo que él pretendía era otra cosa. Siempre era otra cosa.
Excepciones

¿Es posible un conocimiento construido a partir de excepciones? O formulado de otra manera, ¿es consistente una realidad en la que todas sus manifestaciones sean excepciones? Pero excepciones de qué regla. Esa es la cuestión puesto que la catalogación de algo como excepción depende del sujeto que conoce y que aplica una regla o un modelo, así que realmente, qué queremos decir cuando afirmamos que algo sólo consta de excepciones. ¿Estaremos retorciendo el lenguaje sin decir nada? Creo que no, aunque sea una manera peculiar de decir las cosas.
Otra cuestión epistemológica, ¿se puede hablar de realidad cuando es imposible hacer teorías o modelos de ella? Kant lo llamaba lo noumenico, algo que no era un fenómeno y que quedaba fuera de la intuición sensible, y por tanto de cualquier sistema de categorías, su presencia y realidad era en cambio algo incontrovertible, Kant y sus inevitables fugas metafísicas que era incapaz de taponar. Pero no hace falta irse tan lejos, el problema es otro, el océano de Solaris es un objeto físico, compuesto mor materia ordinaria, exactamente un coloide, algo fenómenico, sin embargo todo en él son excepciones, Solaris en una sucesión de acontecimientos irrepetibles, y por tanto cualquier intento de embridarlo en un modelo está destinado al fracaso, ¿podemos hablar de conocimiento en este caso?
Me gusta pensar en Solaris como si fuera un acontecimiento estocástico, una sucesión de fenómenos completamente aleatorios, pero de una aleatoriedad esencial, monstruosa, no identificable con azares “controlables” de tipo gaussiano. Solaris es pura potencialidad, pero si todo en él es posible, ¿dónde está la sorpresa? Es como un sistema lógico incoherente, todo se puede derivar de él. Snawt dice, refiriéndose a Solaris, que ante él la estupidez y la genialidad son igualmente eficaces (o ineficaces), para él, el reto perdido que supone Solaris hace que nos replanteemos el sentido de lo “cósmico” perdido tras siglos de civilización, esa enajenación que supone ver el cosmos como algo ajeno al hombre, un objeto de estudio.
Los antiguos griegos todavía conservaban ese sentido cósmico, su nervio puede sentirse en todos los presocráticos desde los atomistas a los pitagóricos, está presente en Parménides y en Heráclito. La Ciencia saca los pies del tiesto cuando empieza a preguntarse con insistencia por el ¿por qué? y desde luego cuando pregunta ¿para qué? Encerrados en nuestra cáscara de nuez evolutiva, inermes amalgamas basadas en la química del carbono (una posibilidad no necesaria), nuestra eternidad no es más que la que cifra la replicación de la molécula de DNA, y sin embargo nos embarcamos en la conquista del cosmos; pero no es contemplar algo nuevo lo que anhelamos, sino descubrir espejos que nos reflejen, ensanchar el espacio de lo humano, aun acosta de negar lo que desconocemos.
Dar cuenta del “cómo”, o incluso si eso no es posible del “qué”, eso es lo que pide Solaris, y posiblemente el límite del conocimiento no se reduzca sino a una sucesión de descripciones, es lo único que podemos hacer si no pretendemos negar la realidad. Una ciencia de la excepcionalidad, de la anomalía, de lo patológico; una ciencia sin modelos ni teorías, una ciencia del cómo, o del qué, quizá una galería de monstruos, única posibilidad de la solarística. Cuanto más se afina un modelo, menos ancho se convierte el campo de visión; y al contrario, cuando más amplios pretendemos ser, menos se debe confiar en los modelos.
Me pregunto si la solarística llegó a convertirse en algún tipo de patafísica o algo similar, el estudio de las soluciones imaginarias y las leyes que regulan las excepciones. Dr. Faustroll, solarista.
Snawt: “perdimos el sentidos de lo cósmico, Sísifo nunca se preguntó el ‘por qué’”
(Solariana, Sebastian Morelli. Atalanta Fugiens Ed.)
Y Morelli, ¿quién era? ¿Fue alguien como Kelvin, o quizá como Snawt? Yo me inclino a pensar que no es más que un espectro, un visitante más, pero, espectro de quién, a quién visita.
Noruega 1913-1914

Si alguna vez existió un Wittgenstein especialista en lógica, éste fue el que se recluyó en Noruega entre octubre 1913 y junio de 1914, su primer retiro.
Siempre me preguntado si aquellos retiros de eremita que se imponía Wittgenstein no eran sino el capricho de quien estaba acostumbrado a vivir en un palais en la zona más elegante de Viena, o la pose estética de alguien que quería ser como un genio y comportarse como un genio. Personalmente no he encontrado nunca lugares más apropiados para el retiro y la soledad que en medio del anonimato de una gran ciudad, pero son modos de pensar de alguien acostumbrado a las urbes y que jamás ha tenido coerciones ni expectativas que cumplir. Ahora sé que no era el caso de Wittgenstein.
Ni en Viena ni en Cambridge fue capaz de liberarse de la pesada carga de la expectativa puesta en él; su familia esperaba grades cosas de él, Russell esperaba que fuera su continuador en el campo de la lógica, quien resolviera todas las dudas. Lo que atormentaba a Wittgenstein no fue la responsabilidad, sino la imposibilidad de comportarse como la empresa exigía de él. Genio y moralidad eran para él dos cosas indistinguibles, y el genio era a ojos de Wittgenstein alguien inaceptable para el resto de la sociedad.
Vivía sus continuas obligaciones familiares, con las que siempre transigía, como renuncias; el ambiente de Cambridge le parecía falso; las concesiones de Russell a la galería, intolerables; si él estaba llamado a hacer grandes cosas, no podía estar limitado por todo eso, debía ser un intelecto en llamas o no ser nada. Weininger de nuevo.
En ese segundo viaje con Pinsent a Noruega encontró el lugar donde podía ser él mismo, donde no se tendría que ver obligado a responder a esperados convencionalismos, el lugar donde, enfrentado consigo mismo, tendría la auténtica medida de su genio. ¿Fue un espejismo? ¿Una huída, no de la sociedad, sino ante las propias expectativas que él se había impuesto?
El lugar escogido fue el pueblo de Skjolden, en el largo fiordo Sogne, una pintoresca localidad con pocos habitantes, pero no desierta, como a veces el propio Wittgenstein da a entender en sus cartas.

En Skjolden se producen dos acontecimientos capitales que marcarán los años siguientes: Wittgenstein prefigura el núcleo técnico de lo que será el Tractatus, su lógica; y por otra parte, es en la correspondencia con Russell durante estos meses donde se certifica su distanciamiento definitivo.
Si Wittgenstein no hubiera ido a la Guerra en 1914 y no hubiera vivido de primera mano los horrores de la contienda a partir de 1916, es más que probable que el Tractatus hubiera sido simplemente un tratado de lógica, seguramente olvidado y superado por los avances que se produjeron en la lógica matemática a partir de la segunda década del siglo veinte: lenguajes formales, axiomatización de la aritmética y la teoría de conjuntos, lógica de primer orden… Pero en algún momento entre 1915 y 1916, lo que iba a ser el Tractatus deja de ser un tratado de lógica para convertirse en otra cosa totalmente distinta.
En cualquier caso, es en estos meses en Noruega donde a Wittgenstein se le ocurren las ideas básicas de su lógica: la diferencia entre decir y mostrar; la consideración de la lógica como una colección de tautologías que no dicen nada, sino que sólo muestran su sentido, que no es otro que la estructura de la realidad; el empleo de las tablas de verdad para identificar las proposiciones de la lógica… Entre el invierno y comienzos de la primavera, Wittgenstein se cree capaz de poder solucionar todos los problemas de la lógica haciendo derivar toda ella de una única proposición, aquella que especifique cómo identificar las tautologías. Son estos meses los que Wittgenstein recordaría siempre como aquellos en los que realmente se sintió dueño de sí mismo. Una mente en llamas, o al menos así lo creía.
Pero en Skjolden Wittgentein decide que su relación de amistad con Russell es un lastre más, otra obligación que le acabaría limitando. Sus divergencias, más vitales que de tipo doctrinal, son irreconciliables. Su tono comienza a ser frío, llega incluso a escribir una última carta de despedida, y en una carta fechada en marzo, le pide a Russell –casi le implora- que a partir de ese momento su relación se limite a temas no personales: el trabajo, la salud… nada más:
“Puede que tengas razón al decir que nosotros no somos tan distintos, pero nuestros ideales no podrían serlo más. Y por eso no hemos sido capaces, y jamás lo seremos de hablar de nada concerniente a nuestros juicios de valor sin ser hipócrita o pelearnos. […] Carteémonos acerca de nuestro trabajo, nuestra salud, cosas así…”
No ser “hipócrita”, esa es la cuestión, en Skjolden el joven Wittgenstein cree encontrar un ideal ético que le llevará a la consecución de grandes metas.
Sin embargo busca apoyos en otras personas, escribe insistentemente a G. Moore para que le visite en Noruega; éste sin embargo no deja de dar excusas ante la perspectiva (y el temor) de pasar varios días aislado junto con Wittgenstein, y así se lo hace saber a Russell. Al final acude a Noruega sin saber muy bien con quién se va a encontrar, y es allí donde Wittgenstein le dicta Logik, su trabajo en lógica hasta la fecha. Le pide a Moore que lo entregue en Cambridge como “tesis” de licenciatura, pero unas notas desorganizadas y poco claras no cumplen los requisitos. La reacción de Wittgenstein es violenta y culpa a Moore de ello, no entiende cómo un “avance tan sustancial en la lógica” no es tenido en cuenta. Cambridge, y sus amigos ingleses, están cada día más lejos, solo echa de menos a Pinsent.
En junio de 1914 Wittgenstein abandona Skjolden dejando instrucciones muy precisas para la construcción de una cabaña a orillas del fiordo, pretende volver después del verano para “resolver definitivamente todos los problemas de la lógica” antes de su muerte, que la ve próxima, la idea del suicidio de nuevo. No volverá a Noruega sino mucho después, y entonces todo será distinto.
Espectros

Respecto de los “visitantes” de Solaris, el problema es determinar qué tipo de entidad tienen. No importa cuál exótica sea su composición, sino si realmente poseen una existencia autónoma dentro de los límites de la Estación de Solaris.
¿Pueden pensar, sentir, tomar decisiones? ¿O bien su existencia es vicaria de los moradores? O incluso, teniendo una existencia vicaria, ¿pueden llegar a ser entes autónomos, con conciencia propia? La respuesta que da la ciencia (Sartorius) es concluyente: mediante algún proceso desconocido, el océano de Solaris sondea la psique y la memoria de quienes habitan la Estación, proyectando algunos de esos contenidos físicamente y de manera antropomorfa. Recuerdos, miedos, fantasmas… aparecen materializados, pero no son más que proyecciones, cosas, y no pueden considerarse como “personas”, establecer vínculos emocionales con ellos sería algo parecido a hacerlo con un zapato. Pero esa es precisamente la cuestión, y no resulta tan fácil.
El “visitante” de Kelvin resulta ser su difunta mujer, que se suicidó hace tiempo en un arrebato que el propio Kelvin pudo haber evitado (o quizá no quiso); los de Gibarian hicieron que éste se enloqueciera, y se matara, poco antes de llegar Kelvin a la base; a Snawt le atormentan, evadiéndose a menudo con el alcohol; Sartorius, en cambio, los oculta de manera vergonzante. “Ellos”, aparecen de forma súbita, casi sin memoria, no pueden morir, y a medida que transcurre el tiempo empiezan a adquirir conciencia de quiénes son; toman decisiones, sienten de alguna forma y son capaces de entender la situación que les ha llevado hasta ahí, pero, ¿es todo ello un proceso parasitario? ¿Son ellos los que toman sus decisiones o no son más que deseos inconscientes de quienes son causa de su existencia? ¿Es su vida “real” o no es más que un simulacro?
Llegado un momento Kelvin decide quedarse con ese simulacro, negando incluso la evidencia de los datos. Encuentra en esa existencia “ficticia” de Hary (su mujer) la posibilidad de una redención, la suya, aunque sea en el acotado espacio de la Estación; no obstante ella acaba tomando sus (¿suyas?) propias decisiones.
Es el viejo problema de la conciencia, de la máquina pensante, de la inteligencia artificial y el test de Turing, del libre albedrío, y en un sentido más profundo, la cuestión difícil de responder de hasta qué punto nuestra propia existencia es, de algún modo, vicaria de algo, prestada, en qué medida nuestros recuerdos y deseos son propios o meras re-creaciones de cosas que sabemos ajenas. En definitiva: ¿hasta qué punto nuestra propia memoria nos pertenece?
Hay una cuestión irresuelta en cuanto a los “visitantes”: si ellos poseen una existencia autónoma, si son capaces de sentir, pensar, y tener sus propios recuerdos, y logran aprenden a soñar… ¿acabarán por tener sus propios “visitantes”? Y éstos, ¿cómo serán? ¿Simulacros de simulacros? ¿No seremos nosotros sus “simulacros”?
La imagen de la imagen de una cosa, puede ser la propia cosa.
(Solariana, Sebastian Morelli. Atalanta Fugiens Ed.)