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	<title>El Bucle &#187; Uncategorized</title>
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	<description>No sabía nada, y me empecinaba en creeer que el tiempo de los milagros crueles aún no había terminado</description>
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		<title>El Bucle &#187; Uncategorized</title>
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		<title>El Informe Morelli (7)</title>
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		<pubDate>Wed, 23 Dec 2009 23:17:23 +0000</pubDate>
		<dc:creator>sebasfermat</dc:creator>
				<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>
		<category><![CDATA[Informe Morelli]]></category>

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		<description><![CDATA[
Finales de junio de 2005
Me lo encontré una tarde en la explanada del campus, recuerdo la sensación de desazón cuando le vi, y la clara percepción de que empezaba a rodar ya pendiente abajo sin que nada pudiera detenerme. No sé cuánto tiempo estuvo esperándome, aunque él me aseguró que sólo había llegado hacía unos [...]<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=elbucle.wordpress.com&blog=3558902&post=781&subd=elbucle&ref=&feed=1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<div class='snap_preview'><br /><p><a href="http://elbucle.files.wordpress.com/2009/12/19053381.jpg"><img class="aligncenter size-full wp-image-782" title="19053381" src="http://elbucle.files.wordpress.com/2009/12/19053381.jpg?w=600&#038;h=398" alt="" width="600" height="398" /></a></p>
<p>Finales de junio de 2005</p>
<p>Me lo encontré una tarde en la explanada del campus, recuerdo la sensación de desazón cuando le vi, y la clara percepción de que empezaba a rodar ya pendiente abajo sin que nada pudiera detenerme. No sé cuánto tiempo estuvo esperándome, aunque él me aseguró que sólo había llegado hacía unos minutos.</p>
<p>-No te quise molestar. Me dijeron que no tardarías en salir, y decidí esperarte.</p>
<p>-Podías haber entrado… estaba solo en mi despacho –contesté.</p>
<p>-Es igual… Estoy de vacaciones.</p>
<p>Hacía un año que no había visto a Alfredo Sanz, y casi no le reconocí. Estaba mucho más delgado que aquella vez que nos entrevistamos en Madrid, seguía calvo, pero un alud de tiempo parecía haberse abatido sobre él. Le vi –diría que impaciente- paseando por la explanada de un campus desierto de finales de junio, cerca del edificio de la facultad de matemáticas. Esos días en los que las instalaciones de la universidad parecen haber muerto, excepto las bibliotecas, llenas de estudiantes al borde del ataque de nervios defendiendo su pequeño cubil, unos apuntes y unos libros.</p>
<p>Yo no tenía nada que hacer, ultimar la previsible condena de aprobados y suspensos, perfilar un artículo que nunca debí haberme comprometido a terminar antes del verano (incompleto, intrascendente, banal) y preparar una levantisca reunión de departamento en la que no tenía el más mínimo interés. Decidí quedarme en mi despacho de la facultad y comer un acartonado sándwich liofilizado que compré en la cafetería. Excusas para no volver a casa, Eva y yo pasábamos por la ineludible fase de desencuentros pactados y silencios educados, vidas paralelas e inercias que demoraban un final previsible.</p>
<p>Por eso me inquietó la contestación de Alfredo Sanz, ¿quién le había dicho que no tardaría en salir? Le encontré algo demacrado, con evidentes ojeras; llevaba una camisa blanca que se había manchado de café, unos pantalones que habían vivido mejores tiempos y unas deportivas. Un aire informal, como de vacaciones, sí, aunque también delataba cierto abandono.</p>
<p>Se acercó en cuanto me vio salir por la puerta forzando una sonrisa, cómo si nos hubiéramos despedido unos días antes. Me tuteó, pero no recordaba que nos hubiéramos tuteado en nuestra entrevista en Madrid. Me sentí algo incómodo.</p>
<p>-¿Acabando el curso? –preguntó Alfredo</p>
<p>-Sí… acabando ya. ¿Qué haces en Valencia?</p>
<p>-Ya te lo he dicho, estoy de vacaciones… ¿Sabes la última de Perelman?</p>
<p>-No… Ha dejado de contestar a los correos electrónicos, nadie sabe nada de él –respondí sin interés.</p>
<p>-Vive con su madre, y se dedica a recoger setas a las afueras de San Petersburgo.</p>
<p>-Fantástico –ironicé-. Alfredo… ¿por qué has venido a verme?</p>
<p>-¿Te acuerdas de Víctor Morelli? He recordado algo… y pensé que te gustaría saberlo. ¿Todavía te interesa Morelli?</p>
<p>Estábamos los dos parados en la explanada del campus, no había nadie, él no parecía saber qué hacer y yo no me decidía a acompañarle a mi coche. Alfredo Sanz me miraba con una falsa expresión burlona, sopesando el efecto que causaban sus palabras. Quería decirme algo, esperaba a que yo le ayudase y no paraba de mirar a su alrededor. Se hubiera sentido mejor en una plaza pública, o en una café con gente, le inquietaba la soledad del campus.</p>
<p>-Morelli, claro que me acuerdo… ¿has sabido algo? –pregunté.</p>
<p>-Sí, bueno… me dijiste que uno de los libros de Hippomenes Sequens era una pequeña historia de Infinito. Recuerdo que Morelli tenía previsto escribir algo así, una historia pequeña y anotada, le fascinaba. Pero decía que debería ser un trabajo para un proscrito, entonces leía mucho a Dostoievsky, ya sabes, “Apuntes del Subsuelo”.</p>
<p>-¿Me estás diciendo que Morelli pensaba desaparecer?</p>
<p>-No… es decir, quizá tenía esa idea en mente. Quizá su desaparición no fue tan inesperada.</p>
<p>-Alfredo… ¿te ocurre algo?</p>
<p>Alfredo Sanz no dejaba de mirar a su espalda, se fijaba en el parking, en las pocas sombras que se dejaban ver, empezaba a ponerse nervioso, y yo a inquietarme. Estaba distinto, cambiado, la actitud de Alfredo nada tenía que ver con aquel Alfredo que había conocido hacía solo un año, seguro de lo que decía, algo socarrón, y dejando entrever que probablemente sabía más de Morelli de lo que decía. Cuentas pendientes no saldadas y que aquella tarde no tuvo la más mínima intención de contarme.</p>
<p>Sin embargo el Alfredo Sanz que me encontré esa tarde de junio en el campus era un hombre indeciso, dubitativo, incluso asustado. Intentaba organizar un discurso inconexo que giraba en torno a Morelli, aunque era evidente que quería hablar de otra cosa.</p>
<p>-¿A mí? No, nada. Ya te lo he dicho… estoy de vacaciones. Dime, ¿te sigue interesando Morelli?</p>
<p>-Sí… claro.</p>
<p>-¿Podemos hablar en alguna otra parte? –me preguntó</p>
<p>-¿Qué sucede Alfredo?</p>
<p>-¿Qué dice Morelli de mi en sus libros? –preguntó a bocajarro Alfredo</p>
<p>-¿De ti?&#8230; Nada. Al menos nada destacable.</p>
<p>-Sé que los tienes. Sé que has podido hacerte con los libros de Morelli</p>
<p>-¿Quién te lo ha dicho? –pregunté asombrado.</p>
<p>-Resnais.</p>
<p>-¿Resnais?&#8230; Creo que tenemos que hablar.</p>
<p>Acompañé a Alfredo Sanz a la cafetería del campus, apenas había gente. Saludé con la cabeza a un alumno de doctorado que pasaba la tarde fumando y tomando café tras café, mientras emborronaba una pequeña libreta: llegaría lejos. Casi no había nadie más, un pequeño grupo de estudiantes apurando unas últimas horas, mesas vacías, la máquina de sándwiches exhausta, todo el mundo huía de la universidad. Nos sentamos en una mesa al fondo, Alfredo me pidió ocupar la silla que ofrecía visión de conjunto, dominaba la entrada y toda la explanada.</p>
<p>-¿Quién es Resnais? –pregunté sin rodeos.</p>
<p>-Lo sabes perfectamente… Tú te llevaste los libros de Morelli, los compraste, en la librería de Resnais no saben quién fue, pero la descripción que me dieron coincide con la tuya.</p>
<p>-¿Quién te lo ha dicho? Yo no conozco a Resnais, ni siquiera sé qué aspecto tiene.</p>
<p>-No importa. Él si sabe que alguien los compró, y que le quiso ver, estaba muy interesado en esos libros… eras tú. Un dependiente de la librería me lo dijo. Pero no temas no les he dicho nada.</p>
<p>-¡¿Qué?! Alfredo… ¿desde cuándo estás en Valencia?</p>
<p>-Ya te lo he dicho, estoy de vacaciones.</p>
<p>El estudiante de doctorado me estaba mirando, había construido una doble muralla entorno a la mesa a base de vasitos de café, tenía un cenicero Cinzano repleto de colillas y seguía fumando, de tanto en tanto escribía alguna anotación en su cuaderno, su tesis versaba sobre teoría de nudos y era un maldito genio. Parecía divertirle la cara de pasmo que tenía yo.</p>
<p>-Es mejor que no vuelvas por ahí –continuó Alfredo-, no te iba a ocurrir nada, pero nadie puede fiarse de Resnais.</p>
<p>-¿Quién es Resnais? –pregunté de nuevo- ¿Y quién eres tú, Alfredo?</p>
<p>-Resnais es un cerdo… ¿te vale? Un hijo de puta capaz de cualquier cosa para salvar el culo… incluyendo hacerme la vida imposible… Ahora por ejemplo, anda diciendo que un desconocido está en posesión de los libros de Morelli, y que en esos libros se cuentan cosas, cosas sobre mí.</p>
<p>-Alfredo… no sé de qué hablas. Es cierto que yo compré los libros de Morelli, los compré en su librería, pero fue pura casualidad. Había una dependienta…</p>
<p>-Demasiadas casualidades. Supiste perfectamente el sitio al que había que acudir.</p>
<p>-¿De qué estás hablando Alfredo?</p>
<p>-¿Qué dicen los libros de Morelli sobre mi?</p>
<p>-¡Nada! –exclamé-. Hay… un pasaje sobre ti, aquella última conversación el 20 de noviembre de 1975… nada más. Algo totalmente intrascendente. Aparece en su primera novela, “El Caso Duchamp”, nada más. Es cierto, no miento.</p>
<p>-Resnais no dice eso –aseguró Alfredo-. Dice que Morelli destapa todo el asunto de Jorge Rivero.</p>
<p>-¿Qué asunto? De Rivero no dice una sola palabra… créeme.</p>
<p>-Entonces no entiendo por qué Resnais…</p>
<p>Alfredo Sanz se sobresaltó, miró por la ventana y echó un rápido vistazo a la cafetería. Luego se frotó los ojos, pareció invadirle un cansancio infinito…</p>
<p>-A veces soy un poco idiota –dijo Alfredo apoyándose en el respaldo de la silla-. Qué más da.</p>
<p>-¿Vas a decirme qué ocurre? –dije al cabo de un momento.</p>
<p>-¿De verdad lo quieres saber?&#8230; Supongo que te debo una explicación, ahora que Resnais sabe quién eres.</p>
<p>Alfredo Sanz esbozó una sonrisa forzada, y solo entonces pareció darse cuenta de su camisa manchada, de su aspecto –ahora sí- descuidado.</p>
<p>-¿Recuerdas que te dije que Víctor Morelli me mintió? –continuó Alberto- Pues bien… yo también lo hice.</p>
<p>-Volviste a verle, ¿no es cierto? –insinué</p>
<p>-Sí. Dos veces. La primera en Agosto de 1976 en Portbou, y luego en septiembre de 1980 en Cadaqués, cuando decidió volver a España.</p>
<p>-¿Qué pasó con Jorge Rivero?</p>
<p><a href="http://elbucle.files.wordpress.com/2009/12/10458141.jpg"><img class="aligncenter size-full wp-image-783" title="10458141" src="http://elbucle.files.wordpress.com/2009/12/10458141.jpg?w=500&#038;h=375" alt="" width="500" height="375" /></a></p>
<p>-Rivero… una comedia bufa, una puñetera historia de la Transición. ¿Sabes a qué se dedica ahora Ana Noguera? Es directora de una Fundación. Le va bien, creo.</p>
<p>»Ana estaba decidida a librase de su marido, como fuera. Supongo que estaría enamorada de Víctor, o lo que fuera, en algún momento le tuvo que decir algo, no sé. Víctor era un chaval, se asustó, supongo, se hizo un lío… y decidió quitarse de en medio. Inventó toda esa comedia de irse a París y estudiar con Grolek… nos engañó a todos, yo mismo me lo creí, pero sobre todo la engaño a ella. Fue lo mejor que pudo hacer.</p>
<p>»El problema es que Ana no estaba dispuesta a pararse, ya había tomado la decisión. Fue entonces cuando nos llamó a nosotros.</p>
<p>-¿Nosotros?</p>
<p>-Sí. Nosotros éramos el Frente Revolucionario Amanecer Rojo, el FRAR. No, no hagas memoria, nuestra la gloriosa vanguardia del proletariado mundial tuvo un existencia efímera, casi</p>
<p>testimonial. No sé cómo pudo saber de nosotros, supongo que Víctor le debió hablar de mí… el caso es que en agosto de 1974 recibí una llamada suya</p>
<p>-¿De Ana?</p>
<p>-Sí, la misma. La verdad es fue directa al grano, quería que nos encargáramos de su marido, así de claro. Nos prometía cobertura. Él era un explotador fascista y, bueno, nosotros éramos una panda de imbéciles con ganas de marcha…</p>
<p>»Llevé la propuesta al Comité Central… éramos cinco, casi la totalidad del grupo. En una tormentosa sesión de crítica y autocrítica de seis horas, citando a Mao hasta para cuando íbamos a mear, se decidió que lo mejor para la lucha no era una ejecución sino un secuestro. Era más propagandístico, además, necesitábamos dinero. La última palabra la tuvo el enviado de los franceses, nuestra organización madre, un tipo llamado Jacques. A Ana Noguera no le importó, quería librarse de Rivero fuera como fuera.</p>
<p>»Ella le llamaría desde Valencia con un motivo suficientemente importante un domingo por la noche, lo demás era cosa nuestra. Un desastre. Al principio todo pareció salir bien, el Mercedes de Rivero paró cuando un coche averiado en mitad del embalse de Contreras le pidió ayuda, le encañonaron, le amordazaron y lo facturaron en una furgoneta hacía Torrejón, donde teníamos un chalet, allí esperábamos Jacques, Resnais y yo. Pero a nadie se nos ocurrió cachearle. En un momento de descuido Rivero sacó un pequeño revólver que escondía en el pantalón.</p>
<p>-Lo matasteis.</p>
<p>-¿Sabes? Podría decirte que sí, que fue en defensa propia… eso es lo que dirían ahora todos. Pero voy a contarte lo que ocurrió. Nos quedamos todos de piedra, Rivero pudo haber disparado al aire y se hubiera marchado tan tranquilo… uno de nosotros incluso levantó los brazos y se puso a pedir perdón, y yo me meé en los pantalones… Lo que ocurrió no podré olvidarlo jamás. Rivero se llevó el revólver a la boca y se disparó, allí mismo. Se desplomó como un fardo chorreando sangre.</p>
<p>»Jacques decidió que no podíamos reivindicar la muerte. Rivero se había disparado con su revólver y la policía lo sabría, por otra parte una reivindicación sin cadáver era una broma. Decidimos deshacernos del muerto. Está enterrado en una fosa, cubierto con cal viva, en un paraje de la provincia de Cuenca. Año y medio más tarde el FRAR se disolvía, y de Jacques no volvimos a saber nada… Resnais acabó en Valencia regentado la librería familiar, y los demás intentan olvidar todo aquello. Por supuesto Ana Noguera quedó satisfecha.</p>
<p>-¿Y Víctor Morelli? ¿Sabía algo de todo eso?</p>
<p>-No. Se marchó a París sin saber nada, no sé lo que le diría Ana, pero no le reveló que fuimos nosotros. Tampoco sospechaba nada un año más tarde cuando le llamé por lo de la muerte de Franco… Pero se enteró. No sé cómo, quizá ese Jacques. En cualquier caso yo mismo se lo conté todo.</p>
<p>-La entrevista en el setenta y seis.</p>
<p>-Sí. Supongo que le debía una explicación, como estoy haciendo ahora. Años más tarde nos volvimos a ver… en Cadaqués. Él estaba dispuesto a volver a España, también había tenido sus problemas en París y al parecer con una muerte de por medio, buscaba un sitio discreto, por alguna razón Cadaqués lo era. No le volví a ver más. En el ochenta, me preguntó por Ana, yo le dije que no sabía nada de ella desde la muerte de Rivero, no era cierto, no le dije nada de la llamada de ella pidiéndome sus señas en París. No sé si hice bien…</p>
<p>Los dos nos quedamos en silencio durante unos minutos, casi sin mirarnos, y observando cómo se iba vaciando la cafetería.</p>
<p>-Debo irme –dijo Alfredo.</p>
<p>-Espera…</p>
<p>-No. Me voy, los chivatos de Resnais ya nos deben haber visto demasiado, ya les hemos dado demasiado gusto.</p>
<p>-Una pregunta Alfredo, ¿por qué llevaba Rivero un revólver?</p>
<p>-¿Por qué me lo preguntas? Conoces la respuesta tan bien como yo. Sólo había una cosa que podía haber forzado a Rivero a marcharse a Valencia un domingo por la noche… una confesión de infidelidad… Me marcho.</p>
<p>-Puedo acercarte a Valencia en mi coche.</p>
<p>-No. Tomaré el tranvía, además… tampoco estoy de vacaciones.</p>
<p>-Necesito volver a verte –dije-. Quiero saber qué paso con Morelli.</p>
<p>-Para qué… No creo que te sirva de ayuda, además, tú mismo acabarás sabiéndolo… Una cosa, mantente alejado de Resnais.</p>
<p>Alfredo salió de la cafetería sin despedirse, había desaparecido ya toda la impaciencia que parecía invadirle cuando me lo encontré, le seguí con la mirada mientras atravesaba el campus y se perdía en busca de la parada del tranvía. Ya no quedaba nadie, excepto el estudiante de doctorado que continuaba con su dieta de café y cigarrillos. Me miraba con el interés de un entomólogo, con curiosidad pero con cierta asepsia. Algo pareció pasársele por la cabeza, lo anotó en el cuaderno y perdió totalmente su interés por mí, la teoría de nudos acaparó de nuevo su atención.</p>
<p>Como pronosticó Alfredo Sanz, pronto iba a tener más noticias de Morelli.<br />
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		<title>El almacén de Dallas</title>
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		<pubDate>Tue, 22 Dec 2009 22:16:41 +0000</pubDate>
		<dc:creator>sebasfermat</dc:creator>
				<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>
		<category><![CDATA[Caso Duchamp]]></category>

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		<description><![CDATA[
Fuente: “El Caso Duchamp” de Víctor Morelli
Documento: Los papeles de la Organización L.H.O.O.Q. (Por Marcelo Campos, revista Nuevo Observador, Madrid, abril 1984)
El Almacén de Dallas.
El 21 de marzo de 1979 agentes de la policía judicial de la Prefectura de París, bajo mandato judicial, forzaron la puerta de un apartamento situado en el 252 del Boulevard [...]<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=elbucle.wordpress.com&blog=3558902&post=776&subd=elbucle&ref=&feed=1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<div class='snap_preview'><br /><p><a href="http://elbucle.files.wordpress.com/2009/12/115275053_9ca70e60c7.jpg"><img class="aligncenter size-full wp-image-777" title="115275053_9ca70e60c7" src="http://elbucle.files.wordpress.com/2009/12/115275053_9ca70e60c7.jpg?w=500&#038;h=375" alt="" width="500" height="375" /></a></p>
<p><strong>Fuente: <em>“El Caso Duchamp” </em>de Víctor Morelli</strong></p>
<p><strong>Documento: Los papeles de la Organización L.H.O.O.Q. (Por Marcelo Campos, revista <em>Nuevo Observador</em>, Madrid, abril 1984)</strong></p>
<p><strong>El Almacén de Dallas.</strong></p>
<p>El 21 de marzo de 1979 agentes de la policía judicial de la Prefectura de París, bajo mandato judicial, forzaron la puerta de un apartamento situado en el 252 del <em>Boulevard Saint Germain</em>. Su propietario era el ciudadano francés nacido en La Haya, Jean van Hoonerth Thibaut.</p>
<p>Jean van Hoonerth no se encontraba en su domicilio, como era de suponer, un amplio y lujoso apartamento en el cuarto piso del citado edificio. Se registró concienzudamente el inmueble pero todo resultó en vano, al menos eso es lo que siempre creyeron los investigadores, la escasa documentación incautada nunca llevó a ninguna parte. Jean van Hoonerth era el principal acusado del asesinato de Pierre Menard.</p>
<p>El <em>“Asunto Menard”</em>, como lo llamó la prensa durante las breves semanas que atrajo la atención del público, pese a la perplejidad y extrañeza que causó, ha seguido siendo un verdadero misterio, y un caso sil resolver: El 18 de marzo de 1979 el cuerpo sin vida de Pierre Menard, reconocido anticuario, bibliómano, descubridor de rarezas y acusado de fraude, fue encontrado en el interior de una maleta varada en el Sena, entre el <em>Pont de Sully</em> y el <em>Pont d’Austerlitz</em>, había sido asesinado de un tiro en la sien, y posteriormente seccionado, a Menard le habían separado las extremidades y la cabeza del tronco y lo habían empaquetado en el interior de la maleta. La noticia de tan truculenta muerte sorprendió a todo el mudo ya que Menard estaba en busca y captura, acusado de fraude continuado, falsificación y evasión de divisas.</p>
<p>Todo había estallado con gran escándalo en enero de 1979, en pocas semanas la reputación de Pierre Menard se vino abajo. Le llovieron las acusaciones de fraude y falsificación, incluido su último hallazgo que había convulsionado el mudo de la filosofía, unos diarios perdidos –y no conocidos- del Ludwig Wittgenstein.</p>
<p>El 20 de febrero de 1979 Pierre Menard tenía previsto acudir a declarar, en calidad de imputado, ante el juez de instrucción Alphonse Noret. No se presentó. Su abogado declaró que no tenía la menor idea de dónde podía encontrarse su cliente, y todo el mundo pensó que Menard había conseguido huir de la justicia… hasta que su cadáver  fue encontrado en el Sena.</p>
<p>Desde un primer momento se sospechó de Jean van Hoonerth, uno de los socios de Menard que había financiado varias de sus adquisiciones. Aunque Jean van Hoonerth se presentó como uno de los damnificados de las falsificaciones de Menard, los intereses de ambos siempre fueron más estrechos de lo que mostraron públicamente. Cuando apareció el cuerpo mutilado de Menard los investigadores policiales supieron a qué puerta llamar.</p>
<p>Van Hoonerth escapó, no hay ninguna duda, avisado quizá por alguien próximo a la Prefectura, o al juez instructor del caso Menard, todavía hoy sigue en paradero desconocido, y con una orden  de busca y captura por complicidad en un asesinato. Sin embargo nunca llegaron a averiguarse las circunstancias de la fuga de Jean van Hoonerth, o el <em>“Holandés Errante”</em>, como comúnmente era llamado. ¿Fue una fuga precipitada ante una inminente detención, una comedia de despistes, o una desaparición trágica? Aparentemente todo hacía indicar que van Hoonerth había huido de forma precipitada, quién sabe si de la policía o de alguno de los socios de Menard: los armarios abiertos y la ropa apresuradamente tirada por el suelo, como si van Hoonerth hubiera llenado una maleta con lo primero que hubiese elegido; los cajones abiertos, las luces encendidas, y un hecho que llamó la atención de los investigadores, buena parte de los libros de su biblioteca estaban desparramados por el suelo, algunos incluso descuajeringados, como si alguien hubiera intentado buscar algo en alguno de ellos.</p>
<p>Lo primero que se preguntó la policía fue si todo aquel revuelo era obra de van Hoonerth, o si por el contrario alguien más había entrado en su domicilio, quizá buscando algo. No se logró concluir nada, no había sangre ni signos de violencia, pero sí encontraron, tras una tela –completamente falsa- de Paul Klee, una pequeña caja fuerte, por supuesto vacía.</p>
<p>Jean van Hoonerth desapareció, no dejó ni rastro, y pese a los esfuerzos de la policía no se logró averiguar siquiera donde pudo esconderse, incluso se conjeturó con la posibilidad de una muerte violenta, se dragaron los márgenes del Sena de forma discreta en busca de alguna otra maleta, pero el <em>Holandés Errante </em>se había vaporizado.</p>
<p>Cinco años después, el <em>Asunto Menard</em> languidece en los archivos policiales de la Prefectura de París. Nada se ha podido averiguar de la muerte de Menard ni  del paradero de Jean van Hoonerth. Tampoco se pudo concluir nada de las circunstancias que concurrieron en el caso, salvo que Pierre Menard y van Hoonerth dirigían una especie de sociedad secreta dedicada al robo y la falsificación de obras de arte, conocida por las siglas L.H.O.O.Q., y la evidencia de que algún acontecimiento imprevisto había provocado la defenestración de Menard, su muerte y la consiguiente desaparición de van Hoonerth. A pesar de todo, las investigaciones se mantienen abiertas.</p>
<p>Un misterio.</p>
<p><strong> </strong></p>
<p>Nick T. Domínguez es el gerente de la <em>Dallas Office Warehouse Space</em> (DOWS), una pequeña empresa que se dedica a alquilar trasteros y pequeños almacenes. Su sede está a las afueras de Dallas, saliendo por Oak Clifft. Es una nave grande donde se distribuyen trasteros y almacenes de pocos metros cuadrados donde cualquiera, por un módico alquiler, puede guardar aquello no puede esconder en su propiedad, o simplemente aquello que quiere perder de vista. En diciembre de 1981 alquiló uno de sus trasteros de cinco metros cuadrados a un hombre llamado Torsvan Maruth, un europeo –nórdico, según Nick Domínguez-, que estaba buscando alojamiento en la zona y necesitaba un lugar para guardar sus cosas. Tenía todos los papeles en regla, y pagó por adelantado la fianza. Le fue asignado el trastero 3-H.</p>
<p>No tuvo ninguna queja de Torsvan Maruth durante meses, Maruth dio un número de teléfono y una dirección de Balch Springs. Domínguez no se preocupó de verificar los datos, pero tampoco Maruth era el tipo de persona que podía resultar problemático. Pagaba todas las mensualidades con puntualidad y jamás dio un solo problema.</p>
<p>-Un buen cliente –declaró Domínguez-… Hasta noviembre de 1982.</p>
<p>Ese mes Maruth dejó de pagar el alquiler, tampoco atendió a la llamada de la <em>Dallas Office Warehouse Space</em>, el teléfono de contacto había sido dado de baja tres meses antes por impago, y en la dirección que facilitó el propio Maruth, un edificio de apartamentos de Balch Springs, no conocían a ningún Torsvan Maruth.</p>
<p>A las dos semanas, con una orden de desahucio en la mano, Nick Domínguez levantaba la persiana metálica del trastero 3-H.</p>
<p>-¿Para qué quería el trastero ese tipo? ¿Para trabajar? –se preguntó Domínguez</p>
<p>En el exiguo espacio de cinco metros cuadrados encontraron una pequeña mesa de aluminio, una silla del mismo material, una máquina de escribir, varios cajones repletos de papeles y un cofre.</p>
<p>Nadie reclamó el contenido del trastero, Torsvan Maruth desapareció, se vaporizó.</p>
<p>En la oficina del sheriff de Oak Clitff se preocuparon de leer el contenido de los cajones, y custodiarlos en espera de que Maruth apareciera, cosa que jamás ocurrió.</p>
<p>-Eran originales en inglés –declaró un responsable de la oficina del sheriff-, estaban escritos con la máquina de escribir que se encontró allí, aunque había mucho escrito con anterioridad a la fecha en que Maruth alquiló el almacén. Parecían guiones de película, o esbozos de novelas, proyectos, cine negro, ya sabe, asesinatos, crímenes, investigadores policiales resolviendo casos, esas cosas.  La mayoría de ellos transcurrían en Berlín, con el Muro de fondo y todo eso. Yo leí algunos, y estaban bien.</p>
<p>-¿Y el cofre?</p>
<p>-El cofre era curioso. Era una máquina, funcionaba a pilas. Tenía un botón en un extremo, al pulsarlo se abría la tapa… salía un mano mecánica que pulsaba el mismo botón, la mano volvía a esconderse y se paraba todo el mecanismo… Curioso, ¿no? Luego encontramos la carpeta, de no haber aparecido el nombre de Jean van Hoonerth no le abríamos dado ninguna importancia… aunque al final no sirvió de nada. Maruth sigue desaparecido.</p>
<p>Lo que encontraron, junto a los originales de Maruth, fue una carpeta escrita en francés por otra máquina de escribir. Llevaba por título: <em>“Organisation L.H.O.O.Q”.</em> Eran los papeles de la Organización, al menos parte de ellos, los más pintorescos: actas fundacionales, fines, lista de miembros, anotaciones, ocurrencias… Papeles escritos supuestamente por van Hoonerth en su mayor parte, pero también había documentos de un tal Pascal Bordier y del propio Maruth, los menos.</p>
<p><a href="http://elbucle.files.wordpress.com/2009/12/onoff_1.jpg"><img class="aligncenter size-full wp-image-778" title="ONOFF_1" src="http://elbucle.files.wordpress.com/2009/12/onoff_1.jpg?w=600&#038;h=407" alt="" width="600" height="407" /></a></p>
<p>Un archivo personal que quizá ocupó un lugar en una caja fuerte de un apartamento en el <em>Boulevard Saint Germain</em>.</p>
<p>Pese al hallazgo nada pudo averiguarse de Jean van Hoonerth, salvo la composición exacta –o supuesta- de los miembros de L.H.O.O.Q., no había datos, ni informaciones sobre las actividades reales de la Organización. Ni mucho menos sobre la muerte de Pierre Menard. Una broma con la que el propio van Hoonerth quiso disfrazar las ilícitas actividades de L.H.O.O.Q., o quién sabe si una más de las ocurrencias literarias de un misterioso Torsvan Maruth, quien como era de esperar, también formaba parte de la Organización. Al igual que van Hoonerth, Torsvan Maruth desapareció sin dejar rastro, diseminado fragmentos e indicios.</p>
<p>-¿Maruth? –declaró Nick Domínguez- Sólo le vi una vez, pero es fácil acordarse de su aspecto, era un tipo alto, rubio, con barba… parecía un vikingo, ya sabe. Hablaba con mucho acento, y de forma atropellada, como si la cabeza le fuera más deprisa que la lengua. Si en Balch Springs no saben nada de él es que no estuvo allí, se lo aseguro, nadie que le hubiera visto podría olvidarse de él.</p>
<p>Publicar los papeles de la Organización L.H.O.O.Q.<em> </em>después de tanto tiempo puede no significar nada, una curiosidad tal vez, incluso la policía reconoce que el <em>“Asunto Menard”</em> tiene todas las papeletas para convertirse en un caso sin resolver. Y sin embargo esa es la razón que nos lleva a ofrecerlos al lector. Las preguntas siguen en el aire, y sus autores están desaparecidos. Los motivos que provocaron la muerte de Menard puede que no caigan así en el olvido.<br />
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		<title>El Informe Morelli (6)</title>
		<link>http://elbucle.wordpress.com/2009/12/20/el-informe-morelli-6-2/</link>
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		<pubDate>Sun, 20 Dec 2009 22:08:34 +0000</pubDate>
		<dc:creator>sebasfermat</dc:creator>
				<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>
		<category><![CDATA[Informe Morelli]]></category>

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		<description><![CDATA[
Tengo enfrente la fotografía que me hice en 2002 en un aula del Instituto Steklov de Matemáticas junto a una pizarra recién emborronada por Grigori Perelman, todos sabíamos que Grisha estaba metido en algo grande.
Hace algunos meses me propusieron un encargo. Alguien había fotografiado a Grigori Perelman en el metro de San Petersburgo, su aspecto [...]<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=elbucle.wordpress.com&blog=3558902&post=770&subd=elbucle&ref=&feed=1" />]]></description>
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<p>Tengo enfrente la fotografía que me hice en 2002 en un aula del Instituto Steklov de Matemáticas junto a una pizarra recién emborronada por Grigori Perelman, todos sabíamos que <em>Grisha </em>estaba metido en algo grande.</p>
<p>Hace algunos meses me propusieron un encargo. Alguien había fotografiado a Grigori Perelman en el metro de San Petersburgo, su aspecto era el de un mendigo. Estaba de pie, junto a la puerta del vagón, agarrándose a la barra con la mirada perdida; vestía desaliñadamente (pero eso era normal en el), se le veía descuidado, con su peculiar aspecto de ogro, hubiera podido pasar por un <em>homeless</em> cualquiera, puede que incluso lo fuera. Desde que rechazó la Mellada Fields en 2006 y se retiró de las matemáticas (y hasta de la vida) no se le conocía ocupación ni ingreso alguno, había rechazado puestos y cátedras en las universidades más prestigiosas y no quería saber nada de la comunidad académica.</p>
<p>Un editor me enseñó la fotografía. Efectivamente era <em>Grisha</em>, no había lugar a dudas.</p>
<p>-¿Por qué no escribes un libro sobre él? –me dijo- Tú le has conocido, eres matemático y conoces su especialidad.</p>
<p>-¿Escribir sobre Perelman? No creo que a <em>Grisha </em>le gustase –contesté-. Mira, hay una mitología entorno a Perelman, ya sabes, el genio, la locura, el comportamiento antisocial… todo eso, pero sólo es una mitología.</p>
<p>Di esa excusa como pude dar cualquier otra. La autentica razón que me hizo rechazar el encargo fue Víctor Morelli.</p>
<p>Una desaparición, una huida, y varias identidades que como muñecas rusas ocultan un hueco pequeño e insignificante. Nada.</p>
<p>Frecuentemente me he preguntado si Víctor Morelli respondía a esa metáfora. Desde luego mi búsqueda personal ha obedecido a esa perversa dinámica. Una muñeca que oculta otra, y ésta otra más pequeña, y luego otra… cuando crees que esa minúscula pieza de madera es el absurdo tesoro que ocultaba esa oronda <em>matrioska</em> te das cuenta de que también puede abrirse, al cabo no queda nada.</p>
<p>Todos aquellos que recuerdan a Víctor Morelli aseguran que les sorprendió la manera en que Morelli desapareció de sus vidas. La imagen de Morelli se dibuja distinta, una imagen fragmentaria, recortada e incompleta, como un collage elaborado con el transcurso de los años, y retocado por la percepción de quienes le conocieron. Todos me aseguraron que Morelli nada tenía de espectro, o de fantasma, sí quizá de persona que le gusta transitar por el margen. Paul Ferrer, de quien tendré ocasión de hablar, y que le conoció en Cadaqués en 1980, tendría ocasión de enseñarme esa fotografía tomada por pura casualidad por Lucile, su mujer, y que asegura pertenecer a Víctor Morelli. En la imagen, tomada en el paisaje lunar del Cabo de Creus, aparecía de soslayo un hombre enfundado en una trenca azul, era el mes de noviembre. Se encontraba cerca de un saliente rocoso con forma de pepino, mirando al frente, al pedazo de mar donde se encuentra el Islote de S’Arenella y el palacete de la torre cilíndrica. Había poca luz, y no se lograba ver su cara, las solapas de la trenca subidas, las manos en los bolsillos… Morelli estaba en un margen de la imagen, casi queriendo escapar. Saliéndose del encuadre para ser, como siempre, un espectador. Un desparecido.</p>
<p>Resulta sospechosa la insistencia de Víctor Morelli en la desaparición, en la huida súbita e inesperada. Desapareció de Madrid, y de la vida de Ana Noguera, aquel otoño de 1974; se escabulló de París tras el extraño asunto de la muerte de Pierre Menard; de la vida de Paul Ferrer escaparía un invierno de 1986, para volver a encontrarle en el mismo lugar, Cadaqués, a finales de los noventa; y definitivamente se marcharía del lado de Clarisa, hace tan solo un año. Huida definitiva, y que me llevaría a viajar a Estados Unidos para seguir su sombra.</p>
<p>Parece una fijación. Casi un trastorno.</p>
<p>Cabría la posibilidad de postular la existencia de una sintomatología, de proponer un cuadro clínico que acotara una dolencia, y proporcionar identidad a un comportamiento inexplicable. Una patología extraña que afectara un escaso porcentaje de la población, una debida catalogación y clasificación más allá de la metáfora:</p>
<p>Un síndrome.</p>
<p>Alguien se da cuenta de que algo le sucede, no logra averiguar qué es exactamente pero nota que algo no anda bien en su vida. Es un conjunto diverso de factores, no muy bien definidos en ocasiones, le resulta difícil explicarlo, o le faltan las palabras. Sus conocidos le restan importancia quizá, o le dicen que acuda al médico, o al psiquiatra. Pero allí tampoco saben qué le ocurre. O sí, tal vez sí le dicen algo, pero no es eso. No, no es eso.</p>
<p>Estrés, ansiedad, algo psicosomático, le dicen… le recetan algún tranquilizante, o vitaminas, le dicen que se tome unas vacaciones, o que haga algo de deporte; o le dicen que es un problema pasajero, la edad quizá. Nadie encuentra nada, ninguna dolencia grave, ninguna psicopatía. No hay por qué preocuparse, o sí.</p>
<p>Sí, claro que sí porque todo ha cambiado en su vida.</p>
<p>Pero le dicen que no le ocurre nada, y sin embargo él se encuentra distinto, no se reconoce. Con la dificultad añadida de tener que explicar lo que le sucede, o convencerse de que es real lo que le pasa.</p>
<p>Un día ve algo en la televisión, un especialista habla de una dolencia nueva, un síndrome. Es un conjunto de factores diversos que caracterizan una patología, algo indiferenciado, algo vago y difuso, pero al mismo tiempo identificable, tiene incluso un nombre: <em>Síndrome de Richardson</em>, o de <em>Henkel</em>, o de <em>Casini</em>, o de <em>Löw</em>, o de <em>Teseo</em>… cualquier cosa. Un pequeño porcentaje de la población lo padece, un porcentaje muy pequeño. Mientras ve el programa al instante se identifica con ello, se siente reconocido, comprendido, incluso integrado: <em>“yo padezco eso, esa es mi enfermedad”</em>.</p>
<p>Inmediatamente todo cambia.</p>
<p>Puede que sea algo extraño, de hecho lo es en la mayoría de los casos, algo muy extraño y desconcertante. Algo que insidiosamente se filtraba en nuestras vidas y que no habíamos sabido reconocer, hasta ese momento. Puede que incluso no tenga cura, o que sea una condena, una extraña patología de origen desconocido sin remedio aparente.</p>
<p>Introducir un concepto es introducir nuevas reglas, nuevos comportamientos. Es como ver la realidad desde otro ángulo hasta entonces desconocido, o mejor dicho, jugar con una nueva realidad. Aparecen nuevas perspectivas y maneras de actuar, nuevas formas de vida.</p>
<p>Y lo que antes era un desasosiego vago e informe, algo de lo que era difícil hablar porque parecía ser anterior, o posterior, al lenguaje, y que por eso mismo causaba angustia y temor; se convierte en una enfermedad, una dolencia. El incomprendido pasa a ser un enfermo. Y siente alivio… a pesar de todo.</p>
<p>Sigamos jugando. En el caso de Morelli nos encontramos ante un trastorno psicológico, un cuadro de conducta. No importa cuál sea el origen, un poco de todo, herencia, factores ambientales, alteraciones bioquímicas… El sujeto comienza a tomar conciencia de un sentimiento ambivalente respecto de su entorno, incluyendo su propia identidad. Se siente integrado, identificado, se reconoce como uno más, e incluso puede llegar a decir que su vida es feliz. Pero junto a ello, o en el interior de ello, aparece un sentimiento contrario, se percibe a sí mismo como algo ajeno, o al revés, es su  entorno lo que le resulta ajeno. Es como una presencia que va cobrando forma, alimentándose de su inicial sentimiento. Al principio logra compensarlo, se construye espacios privados, huye de vacaciones, cambia de ciudad, se divorcia… pero todo eso no es más que un maquillaje, el germen sigue anidando.</p>
<p>Un día llega a una situación límite. Aparentemente no parece haber cambios, pero su vida se ha convertido en un automatismo falso que nada significa.  Su identidad ha sido fagocitada por ese germen, que ya no es un germen sino una urgencia, una necesidad. Basta cualquier acontecimiento banal para que todo estalle. Es sólo cuestión de tiempo. Y sucede.</p>
<p>Ese día desaparece. Se vaporiza.</p>
<p>Resta ponerle un nombre. Etiquetar el síndrome. <em>Síndrome de Morelli</em>.</p>
<p>Yo, al igual que Morelli, estuve a punto de padecer ese síndrome, de ello sólo me salvó una conducta imprudente –la mía-, la intervención de alguien cuya identidad, aún hoy, ignoro por completo y la fe con la me agarro a un simulacro que sé falso, mi propia vida.</p>
<p>Es difícil precisar cuándo se incubó en mi el veneno, seguramente antes de toparme con Morelli, circunstancias de mi vida que minaron poco a poco esa coraza que todos creemos poseer y que nos amarra a esa realidad que fingimos propia; circunstancias que, sin saber mediante qué alquímica combinación, hicieron de mí una parodia, alguien que me miraba en el espejo y no era capaz de reconocer.</p>
<p>Incubé ese virus durante años, ignorándolo, fingiendo su presencia, representando una comedia idiota. Pero fue ese veneno lo que me hizo reparar en Morelli, quizá una excusa para que despertara en mí el síndrome.</p>
<p><a href="http://elbucle.files.wordpress.com/2009/12/imagen0083.jpg"><img class="aligncenter size-full wp-image-772" title="Imagen008" src="http://elbucle.files.wordpress.com/2009/12/imagen0083.jpg?w=600&#038;h=371" alt="" width="600" height="371" /></a></p>
<p>Trascribo un párrafo de <em>“El Caso Duchamp”</em>:</p>
<p><em>«El benjamín de champagne estaba empezando a hacerme efecto, quité el volumen del televisor y decidí ojear un ladrillo que había comprado semanas antes en los Quais, </em>“From Frege to Gödel. A Source Book in Mathematical Logic”<em>. Al otro lado de la pared Constance y Valerie ofrecían su habitual e intermitente repertorio de peleas, discusiones y reproches estimulados por el pastis de alta graduación que consumían, no me molestaban, acompañaban en cierta medida esos días de aislamiento, olvido forzoso, llamadas no atendidas e imágenes escupidas por un televisor.</em></p>
<p><em>»Hojeando esa historia de la Lógica, había descubierto una dedicatoria que no vi cuando compré el libro, alguien había escrito en español justo después de la portada una frase cuya firma resultaba ilegible: </em>“Profetizar el futuro es una tarea vana, jugar con él puede ser peligroso”<em>. Jugar con el futuro… ¿era posible? Algo confundido por los efectos del alcohol pensé en la posibilidad de jugar con el futuro. Me pregunté quién habría escrito eso, a quién iba dirigido. Por alguna razón siempre he desconfiado de  ese estúpido  señuelo que es el Tiempo.</em></p>
<p><em>»Quizá por eso he fantaseado muchas veces con la posibilidad de un despliegue simultaneo de las posibilidades. Durante aquellos primeros meses en París creí vivir un presente ficticio, una alternativa sin ningún fundamento ni causa, una posibilidad igual de ilusoria y de real que otra, igualmente probable que me habría retenido en Madrid. Seguramente estaría celebrando algo con Alfredo, esperando a ocupar mi previsible lugar en la comedia de las vanidades de la universidad, esperanzado –o quizá ya frustrado, como Alfredo- con los grandes cambios políticos que se avecinaban, y enredado –tal vez fatalmente- en la lacerante madeja sentimental que me había traído a París fingiendo ser quien no era. Al principio creí que había dejado completamente atrás esa imagen ilusoria que reconstruía durante mis primeros meses en París, entre el frío de mi cubículo, los gritos de Constance y Valerie y el rumor de un televisor que me obligaba a ver para practicar mi olvidado francés. Pronto comprendí que no era así. Aquella noche, por ejemplo, sabía que ese otro Morelli estaría haciendo todo eso en Madrid, que ambos seguirían cursos paralelos, y que mientras no se interfiriesen nuestra existencia podía ser simultanea. Pero todavía no lo sabía todo, no sabía que uno puede darse de bruces con so propio yo repetido. El tiempo… el tiempo era el mal.»</em></p>
<p>Aquella noche, que Morelli relata de forma autobiográfica, era el 20 de noviembre de 1975. Alfredo Sanz y Morelli habían tenido una última conversación telefónica ese día. Esa misma noche la vida de Morelli, al menos del Morelli que aparece en <em>“El Caso Duchamp”</em>, iba a cambiar por completo.</p>
<p>Confieso que sentí cierto desasosiego al leer esas frases, la misma circunstancia concurría de forma idéntica, la misma frase, y el mismo fortuito hallazgo. ¿Era probable que Morelli hubiera firmado alguno de sus inexistentes libros, y que yo mismo lo hubiese encontrado tal y cómo el relataba veinte años antes?</p>
<p>Pronto iba saber que el tiempo acabaría siendo una metáfora, que los cursos paralelos acaban siempre por cruzarse, a menudo de forma imprevista, y que jugar con el futuro, puede ser  -siempre lo ha sido- peligroso.<br />
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		<title>El Infierno de Cantor: Cero</title>
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		<pubDate>Fri, 18 Dec 2009 23:21:34 +0000</pubDate>
		<dc:creator>sebasfermat</dc:creator>
				<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>
		<category><![CDATA[Infierno de Cantor]]></category>

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		<description><![CDATA[
Fuente: “El Infierno de Cantor” de Víctor Morelli.
 
“Hay un concepto que es el corruptor y el desatinador de otros. No hablo del Mal cuyo ilimitado impero es la ética: hablo del infinito”
Jorge Luis Borges.
Borges temía a los espejos, la repetición infinita cuya simple confrontación provoca esa visión del horror que incluso hoy, soy incapaz [...]<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=elbucle.wordpress.com&blog=3558902&post=759&subd=elbucle&ref=&feed=1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<div class='snap_preview'><br /><p><a href="http://elbucle.files.wordpress.com/2009/12/123.gif"><img class="aligncenter size-full wp-image-760" title="123" src="http://elbucle.files.wordpress.com/2009/12/123.gif?w=288&#038;h=350" alt="" width="288" height="350" /></a></p>
<p><strong>Fuente: <em>“El Infierno de Cantor”</em> de Víctor Morelli.</strong></p>
<p><em> </em></p>
<blockquote><p><em>“Hay un concepto que es el corruptor y el desatinador de otros. No hablo del Mal cuyo ilimitado impero es la ética: hablo del infinito”</em></p>
<p>Jorge Luis Borges.</p></blockquote>
<p>Borges temía a los espejos, la repetición infinita cuya simple confrontación provoca esa visión del horror que incluso hoy, soy incapaz de soportar.</p>
<p>Recuerdo de niño un gran armario en el dormitorio de mis padres, tenía varias puertas, y tras cada una de ellas un espejo. A menudo entraba solo, abría dos de ellas y las enfrentaba: el exiguo espacio de una habitación estallaba en un pasillo infinito, poblado por fantasmales copias de mi mismo que, burlonas, repetían como si de imágenes se trataran aquello que yo mismo hacía. Me gusta pensar que sólo era un juego. Hoy sé que no es así. Aquello obedecía a un impulso morboso, incontrolable, la atracción que todos sentimos hacia lo que más tememos.</p>
<p>Temí encontrarme con ese monstruo, escondido en los lugares más inverosímiles, acechante, como ese bote de leche condensada que no dejó de atormentarme. En la etiqueta una madre acogía en sus brazos a un niño, el cual mostraba imprudentemente otro bote de leche idéntico, con idéntica etiqueta: la misma madre y el mismo niño mostrando de la misma forma el mismo bote de leche… Recuerdo haber experimentado ese vértigo, esa nausea, que siempre me causó la visión del infinito.</p>
<p>Mi nombre es Víctor Morelli, y alguna vez creí ser matemático… pero el tiempo, esa gran farsa en la que todos nos empeñamos en creer, ha sepultado todo esto en la memoria y el olvido, acaso la misma cosa. Hoy, ya solo hablo de monstruos.</p>
<p>Como el monstruo del infinito.</p>
<p>Hablar del infinito es hablar de pesadillas, de ocultaciones y vanos intentos de domesticación, de hostilidades, desconfianzas y afirmaciones categóricas, también de fantasmas, espectros y fabulaciones que conducen a callejones sin salida, paradojas o incluso la locura.</p>
<p>¿Creemos saber qué es? El Infinito forma parte de nuestro lenguaje, lo usamos sin aparente dificultad, sin embargo su ilusoria sustancia parece escaparse cada vez que pretendemos hablar de él.</p>
<p>¿Qué es el Infinito? ¿Tiene sentido hacerse esa pregunta? Determinar si el Infinito es una categoría racional, y por tanto manejable y existente, o por el contrario si es algo que escapa a la comprensión ha sido uno de los grandes debates en la filosofía, y desde luego el gran debate en la matemática, la única disciplina que ha tratado de embridar tan esquivo concepto.</p>
<p>La opinión mayoritaria ha estado del lado de Borges, el Infinito no ha sido más que un desatino, un concepto corruptor que ha nublado entendimientos, un fantasma tal vez, o algo de lo cual resulta imposible hablar, ajeno al lenguaje y sin embargo presente. Desde la Antigüedad se ha intentado desterrarlo, hacer de él un absurdo, objeto de paradojas y aporías que pretendían demostrar que reflexionar impunemente acerca de él abocaba a callejones sin salida y situaciones insostenibles. Del Infinito se podía hablar, quizá, pero sabiendo que no era sino una confusión, un enredo lingüístico que había que manejar con cuidado. El hombre es finito, y afirmar la existencia de una negación puede dar lugar a sinsentidos. Todo parecía claro, meridiano, pero como si sólo hubiese sido un intento de mirar hacía otra parte, el pueril truco de escapar del monstruo tapándose los ojos hizo  su presencia más insoslayable.</p>
<p>De manera que el Infinito fue el mal, lo irracional, lo monstruoso. Incluso las historias apócrifas hablan de asesinatos cometidos por revelar su presencia ubicua. El Infinito se constituyó en el espacio de la pura potencialidad, el despliegue ilusorio de lo posible, afirmar la existencia de semejante espectro era equivalente a negarle el sentido a una sola de esas posibilidades, el mundo concreto en el cual creemos vivir.</p>
<p>Pero por alguna razón el Infinito parecía burlarse de todos esos alambicados discursos, pensar el Infinito era tentador, y hacer uso de él abría caminos hasta entonces ignorados. Mefistófeles tentaba de nuevo. En un mundo poblado por mónadas y por sustancias infinitas, los infinitésimos proporcionaban las herramientas con las cuales tratar el espacio, el tiempo, y el movimiento. Rescatar un instante de la especulación y tratarlo como si fuera algo mesurable. Zenón se revolvía en su tumba, mientras Leibniz y Newton bailaban sobre sus despojos.</p>
<p>Tras el aquelarre la condena, excesos que hay que pagar. Nuevos monstruos y aberraciones que surgieron de ese comercio ingenuo con el Infinito. Llegaron otros censores que hicieron ver los peligros, formas nuevas de ocultar esa peste tras argumentos de sensatez y finitud, lo llamaron rigor, nada podía quedar al albur de la intuición.</p>
<p>Sin embargo los monstruos de la mente siempre acechan, puertas que no acaban de cerrarse y paradojas persistentes que guardan en su interior el veneno. A finales de siglo XIX, en un cruce de cartas fascinante, Georg Cantor y Richard Dedekind domeñaron con palabras aquello que parecía inaprensible, aquello que, como la arena, siempre acababa por escaparse por entre los dedos de nuestro pobre lenguaje. Con la Teoría de Conjuntos Cantor dio carta de naturaleza al Infinito, hizo de la paradoja un argumento lógicamente implacable, y el Infinito, la serie infinita y extravagante de <em>infinitos</em>, todos ellos distintos, todos inabarcables, se desplegó a la vista de todos, nombrados con un lenguaje adecuado que parecía hacerlos comprensibles. El Infinito, esa sombra siempre presente, era por fin un objeto de estudio, formalizado, domesticado, y catalogado. Cantor, sin embargo, sabía muy bien que ese infinito que él había domeñado era meramente un transfinito, algo que queda más allá de lo finito pero que no logra alcanzar al verdadero Infinito, la antesala de lo absoluto, el límite del lenguaje.</p>
<p>¿Es una forma de hablar o una manera de reconocer que el monstruo del Infinito siempre resultará algo irreductible?</p>
<p>Borges odiaba los espejos, veía en ellos una horrorosa multiplicación que terminaba borrando la distinción entre imagen y copia, entre realidad y simulacro: entre la vida y la muerte. Escribir <em>El Aleph</em>, aunque el aleph de la calle Garay fuera un falso aleph, fue un intento de conjurar ese pavor que sentía al asomarse a dicho abismo. La imagen de Borges es grandiosa, incluso para un falso aleph escondido bajo unas escaleras, esa sucesión infinita de imágenes agitándose en el interior de una pequeña esfera, copia y simulacro de un universo, real o posible, enumeradas con precisión poética tas una cortante frase: <em>“Y entonces vi el Aleph.”</em></p>
<p>Todo ello no es sino el intento de espantar el miedo, conjurar aquello que sabe informe, inasible, merced a la enumeración y la descripción. ¿Qué tipo de aleph era el de la calle Garay? Creo que un aleph cero, un pálido reflejo de algo monstruoso, el amenazador comienzo de una serie terrible.</p>
<p>Antes de comenzar estas notas me he preguntado qué sentido tiene escribir una breve historia del Infinito. Ninguno, me respondo. Sin embargo quizá sean estos cielos de imposible azul pétreo, los horizontes inabarcables del desierto, las carreteras rectas que convergen en un punto de fuga… imágenes tan distintas a las que conozco. Sólo sé que únicamente aquí podría hacerlo. Escribir sobre el Infinito, aunque sea un pequeño ensayo algo vago y pedante, es una manera de escribir sobre mí mismo, sobre mis miedos… y mis infiernos.</p>
<p>El lugar… qué más da el lugar. <em>Claire Motel</em>, es el rótulo que figura en la entrada, un gigantesco óvalo rojo y verde que permanece encendido las veinticuatro horas del día, incluso durante las largas horas de sol cegador. Soy un huésped atípico, paso el día hipnotizado frente al televisor, y las noches tecleando una vieja máquina de escribir. Y no me muevo, he quedado varado en un lugar de paso, mimetizándome casi con los anodinos muebles de un motel.</p>
<p><em>Claire Motel</em>, Estado de Nevada, 10 de octubre de 1987.</p>
<p>V.M.<br />
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		<title>Apología de la falsificación</title>
		<link>http://elbucle.wordpress.com/2009/12/16/apologia-de-la-falsificacion/</link>
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		<pubDate>Wed, 16 Dec 2009 16:04:07 +0000</pubDate>
		<dc:creator>sebasfermat</dc:creator>
				<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>
		<category><![CDATA[Caso Duchamp]]></category>

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		<description><![CDATA[
Documento: Anotación de Sigfrido Robledo encontrada en su estudio de la Rue Bleue en París, en una agenda  de números de teléfonos, sin fecha, circa comienzos de 1975.
Fuente: “El Caso Duchamp” de Víctor Morelli.
 
Apología de la falsificación.
Haciendo gala de un cinismo superlativo podría decir que lo que hago no es más que la consumación [...]<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=elbucle.wordpress.com&blog=3558902&post=754&subd=elbucle&ref=&feed=1" />]]></description>
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<p><strong>Documento: Anotación de Sigfrido Robledo encontrada en su estudio de la <em>Rue Bleue</em> en París, en una agenda  de números de teléfonos, sin fecha, <em>circa</em> comienzos de 1975.</strong></p>
<p><strong>Fuente: <em>“El Caso Duchamp”</em> de Víctor Morelli.</strong></p>
<p><strong> </strong></p>
<p><strong>Apología de la falsificación.</strong></p>
<p>Haciendo gala de un cinismo superlativo podría decir que lo que hago no es más que la consumación del trabajo artístico. Entendámonos, cometo una ilegalidad, lo sé y asumo las consecuencias, gano dinero a expensas del engaño y la falsificación; pero sin duda mis falsificaciones no dejan de ser una “intervención artística” de carácter posmoderno, con su correspondiente semántica y lectura metafórica de la realidad.</p>
<p>Existe la falsificación de objetos inexistentes, cuando atribuimos falsamente la autoría de objetos que nosotros mismos elaboramos, dotándoles así de un valor que no tienen; y la falsificación entendida como copia, cuando de manera deliberada se intenta borrar la distinción entre original y copia. Dejando a un lado las evidentes consecuencias económicas de ambos tipos de falsificaciones, y de las cuales me hago cargo, se puede hacer una reinterpretación simbólica de la falsificación que le aporta cierto valor artístico y estético que sería imperdonable olvidar.</p>
<p>Hagamos una primera distinción que delimite el campo en el que me muevo, y pretendo reivindicar, distingamos falsificación de plagio. El plagio consiste en una apropiación, reconocida o no, de la creación de otro autor, generalmente ha tenido un carácter negativo, sinónimo en muchas ocasiones de fraude, pero no siempre ha sido así: en el Renacimiento, por ejemplo, era muy frecuente el plagio, copiar los modos y las composiciones de artistas reconocidos, consiguiéndose en muchas ocasiones resultados muy notables. Pero la falsificación supone otra cosa, no tiene por objeto ninguna “apropiación”, sino justamente lo contrario, el autor de la falsificación pretende mantenerse en el anonimato, siendo mejor la falsificación cuanto más oculto permanece el autor, y siendo perfecta cuando desaparece totalmente, es decir, el falsificador pretende borrar todo rastro de su impronta personal, eliminar –en principio- cualquier rasgo de originalidad. En principio, claro, puesto el verdadero valor creativo de la falsificación no está en la obra falsificada, sino en otra parte.</p>
<p>Veamos la postura del historiador del arte, del anticuario, del comprador de una obra artística, e incluso del gran público; para toda esta gente la obra original parece poseer una suerte de aura misteriosa que la hace especial, y que consigue aportarle incluso un carácter de reliquia. Nos preguntamos entonces cuál es valor de una obra artística: sus condiciones objetivas, o esa aura que parece rodear al original; se le pueden dar muchos nombres a este fenómeno, pero no resulta inapropiado definirlo como fetichismo. Hablamos entonces de un valor que no es tangible, ni mesurable, ni siquiera objetivo puesto que es difícil comparar la importancia de ese halo misterioso en distintas personas. Es un curioso fenómeno que no sólo se da en el arte, cuántas veces hemos oído a eruditos hablar de acudir a las “fuentes” para resolver alguna controversia, como si esas originarias “fuentes” tuvieran los conceptos más claros que quienes posteriormente han reflexionado sobre ellos. Pero no me quiero desviar del tema, hagámonos la siguiente pregunta: ¿por qué una copia perfecta tiene menos valor que el original? Su carácter “originario”, dirán algunos recurriendo a una autorreferencia culpable, su consideración de ruina quizá, pero sucede que muchas obras artísticas han sido tantas veces restauradas que cualquier vestigio de sus elementos originarios ha sido borrado, y aún así siguen siendo consideradas “originales”. De nuevo nos topamos con ese prejuicio psicológico, ese misterio intangible que pretendidamente envuelve al original. O también podrían decir: en el original está impresos los esfuerzos creativos del autor, su valor como objeto se encuentra en que en él se resume una auténtica labor creativa. Dejando de lado de qué manera determinados esfuerzos quedan “impresos” o “resumidos” en un objeto, el fin de la falsificación no es el plagio, y mucho menos la devaluación creativa del autor originario, antes al contrario, la copia busca la fidelidad absoluta, y la falsa atribución de una obra no pretende sino explorar de la manera más fiel las posibilidades.</p>
<p>Los que persiguen fantasmas y reliquias, más o menos incorruptas, parecen quedarse sin respuestas, se ven abocados a un callejón sin salida al no querer reconocer el verdadero “valor” artístico de la falsificación. Éste tiene dos momentos inseparables: en primer lugar la falsificación pretende acabar con ese prejuicio psicológico, ese aura de absurda catalogación que enmascara el valor artístico, pretende reivindicar al objeto artístico en tanto que tal, desligándolo de la falsa mitología del “artista” como mago taumatúrgico, multiplicando el número de copias, realizando falsas atribuciones, y reivindicando a la vez a un espectador inteligente que desconfíe de hacedores y acabe erigiéndose él mismo en componente esencial de la obra artística, <em>rehaciéndola </em>y<em> manipulándola</em> a su propia conveniencia. Para que esto se produzca se debe romper ese vínculo mágico –convertido en auténtico tabú- entre el autor y su obra, y para ello el anónimo falsificador es imprescindible. Pero el valor de la falsificación tiene un segundo momento complementario al primero, es su contrafigura, su contradicción dialéctica, porque pretende recuperar de alguna manera esa destruida cualidad mística del objeto artístico, la obra falsificada quisiera elevarse de nuevo a esa santidad mancillada y definitivamente perdida por la falsificación asumida….</p>
<p>&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;-</p>
<p>Se me daba mejor plantar abetos que hacer retorcidas disertaciones sobre el arte, pero quizá necesitaba justificarme. Acabo de cobrar mi primer trabajo: una pequeña tela de Paul Klee, una falsificación casi perfecta destinada al mercado norteamericano. Me han pagado un montón de dinero, más del que he ganado en toda mi vida. No sé por qué me han venido a la cabeza esos años que pasé en Noruega, plantando abetos en <em>Songnefjord</em>, en realidad no sólo plantábamos abetos, trabajaba en una compañía de explotación forestal, era un trabajo duro (desbrozar caminos, mantener limpio de maleza el bosque, talar algunos abetos y repoblar), pero tenía un horario asequible. Quizá sea el recuerdo de Jutta, ¿qué será ahora de ella?, era la ingeniero forestal que dirigía nuestro grupo, supongo que el culpable fui yo, ese españolito simpático que sabía dibujar y jugaba al ajedrez solo, le debió hacer gracia mi horroroso acento con el inglés, pasé con ella año y medio.</p>
<p>Sin embargo a ese Mefistófeles de Jean van Hoonerth lo que le ha hecho gracia ha sido mi facilidad para la copia. Hace menos de dos años no le conocía de nada, había oído hablar de él en alguna ocasión en casa de Isabelle…</p>
<p>Supongo que ahora estoy en el bando de las negras, me gustan, plantean la defensa, esperan pacientemente la ocasión y…<br />
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		<title>Años perdidos: El silencio</title>
		<link>http://elbucle.wordpress.com/2009/12/14/anos-perdidos-el-silencio/</link>
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		<pubDate>Mon, 14 Dec 2009 20:38:58 +0000</pubDate>
		<dc:creator>sebasfermat</dc:creator>
				<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>
		<category><![CDATA[Enigma Wittgenstein]]></category>

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		<description><![CDATA[
Años perdidos: el silencio
Podría ser incluso el título de un libro por escribir, o quizá ya escrito: “Bajo el influjo de Bartleby: Los años perdidos de Wittgenstein, 1919-1929”
Pero haría falta saber si la tesis proclamada por el título es cierta. No está claro que Wittgenstein fuera un Bartleby, y está por ver si esos años [...]<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=elbucle.wordpress.com&blog=3558902&post=749&subd=elbucle&ref=&feed=1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<div class='snap_preview'><br /><p><a href="http://elbucle.files.wordpress.com/2009/12/wittgenstein.jpg"><img class="aligncenter size-full wp-image-750" title="wittgenstein" src="http://elbucle.files.wordpress.com/2009/12/wittgenstein.jpg?w=600&#038;h=478" alt="" width="600" height="478" /></a></p>
<p><strong>Años perdidos: el silencio</strong></p>
<p>Podría ser incluso el título de un libro por escribir, o quizá ya escrito: <em>“Bajo el influjo de Bartleby: Los años perdidos de Wittgenstein, 1919-1929”</em></p>
<p>Pero haría falta saber si la tesis proclamada por el título es cierta. No está claro que Wittgenstein fuera un <em>Bartleby</em>, y está por ver si esos años de silencio fueron perdidos.</p>
<p>Me atengo a la definición que de <em>“Bartleby” </em>hace Vila-Matas en su <a href="http://www.enriquevilamatas.com/obra/l_bartlebyycompania.html"><em>“Bartleby y compañía”</em></a>. El oscuro oficinista que describiera Herman Melville en el relato <em>“Bartleby el escribiente”</em> pasa siempre desapercibido, apenas se hace notar, no reclama nada, vive incluso en la oficina, pero cuando alguien le pide alguna cosa siempre responde: <em>“preferiría no hacerlo”.</em> Su negativa es callada, pero definitiva, Bartleby acaba dimitiendo de toda acción, de toda posibilidad de interferir en la vida, hasta casi convertirse en un mueble, por voluntad propia.</p>
<p>Vila-Matas eleva esta postura a categoría que recorre la literatura, y que deja un buen número de <em>“Bartlebys”</em> cuya curiosa persistencia hacen pensar en la existencia de un síndrome. Autores que deciden dejar de escribir, deciden callar de forma inexplicable, optar por el silencio, o por el contrario autores “improductivos” que renuncian a mostrar lo que hacen ante la magnitud y la dificultad de una tarea que les supera. Algunos desaparecen, como Salinger, o quedan presos dentro de infiernos a medida, como Hölderlin o Walser, y  otros se dejan ver sin darle mayor importancia, y ante la pregunta del público por su silencio simplemente dicen: <em>“preferiría no hacerlo”</em>.</p>
<p>Todos podemos hacer una lista de <em>“Bartlebys”</em>, nos atraen, no podemos negarlo. Confieso que mi preferido nada tiene que ver con la literatura, ni con la filosofía, ni siquiera con las matemáticas. Es Marcel Duchamp. Dejó de “producir” en el punto más álgido de su popularidad, al terminar el <a href="http://lh3.ggpht.com/yoelalmaguer/SLXzh-U681I/AAAAAAAAARg/XAkgsTeyqM4/20080827_bcn_granvidrio.jpg">Gran Vidrio</a>. Emplear más de ocho años en su ejecución fue ya una manera de convertirse en un <em>Bartleby</em>. En 1923 decidió callar y dedicarse al ajedrez. Cuando era preguntado por su negativa a seguir pintando decía que se le habían acabado las ideas, que no quería repetirse. En 1946 acometió de nuevo un proyecto, con sesenta años, pero no lo hizo público, estuvo los últimos veinte años de su vida enfrascado en una obra secreta que solo vería la luz tras su muerte, <em><a href="http://www.philamuseum.org/collections/permanent/65633.html">“Étant donnés”</a>.</em></p>
<p>Pero volvamos a Wittgenstein.</p>
<p>En 1919, después de ser liberado, Wittgenstein es una persona distinta. Si ha habido alguna vez un <em>primer Wittgenstein </em> y un <em>segundo Wittgenstein</em> la línea de cesura debería trazarse en este punto. La Europa que le toca vivir en nada se parece a la que dejó cuando se alistó al comenzar la guerra. Todo un mundo, el suyo, se ha venido abajo, y él decide renunciar a su anterior vida, a la que por posición social se veía destinado. Renuncia a su patrimonio y a las rentas familiares. Ludwig Wittgenstein ya no es un <em>“Wittgenstein”</em>, la guerra le ha cambiado. Él acaba de escribir lo que considera la verdad definitiva y consecuentemente decide llevar una nueva vida. Ya en el prólogo del <em>Tractatus</em> afirma:</p>
<p><em>“Por otra parte la verdad de los pensamientos aquí comunicados me parece intocable y definitiva. Soy, pues, de la opinión de que los problemas han sido, en lo esencial, finalmente resueltos.”</em></p>
<p>Y sentencia de forma lapidaria en la última proposición:</p>
<p><em>“7. De lo que no se puede hablar, mejor es callarse”</em></p>
<p>De manera que por qué seguir, para qué empecinarse en seguir hablando.</p>
<p>En un primer momento Wittgenstein decide callar, pero no renuncia a ser escuchado. Le atormentan las dificultades que tiene para poder publicar el <em>Tractatus</em>. Nadie se atreve a publicar “eso”: demasiado matemático para ser un texto filosófico, demasiado literario para ser un texto de lógica, demasiado corto, demasiado lapidario, ¿y si quitara la numeración lógica?, ¿y si explicara cada una de las proposiciones? Pero el <em>Tractatus </em>debe publicarse así, es un texto definitivo, intocable.</p>
<p>Frege no entiende nada en absoluto, no logra pasar de las tres primeras proposiciones. Pero Wittgenstein consigue entrevistarse con Russell en La Haya, su primer encuentro tras siete años. Del 10 al 12 de diciembre de 1919 Russell y Wittgenstein discuten cada una de las proposiciones del <em>Tractatus</em> en sesiones agotadoras. Russell queda impresionado con la parte lógica del libro, se aviene a admitir la lógica expuesta en el <em>Tractatus</em> pero no logra entender todo lo demás… y todo lo demás era lo más importante. Sabe que un abismo doctrinal se ha abierto entre ellos. A pesar de todo se presta a escribir un prólogo que facilitará la publicación.</p>
<p>Wittgenstein está exultante, convencido de que ha podido explicarle a Russell todo aquello que no entendía, y ve próxima la publicación del libro. Pero cuando lee por primera vez la introducción escrita por Russell, se siente traicionado. Russell no ha entendido nada, ni ha querido entenderlo.</p>
<p>A pesar de todo se ve en la obligación de traducir al alemán, y adjuntar al texto del <em>Tractatus</em>, la introducción de Russell, algo imprescindible si quiere verlo publicado. Toda la amargura que sintió al leerlo queda condesada en esta mordaz frase que escribió a Russell al poco tiempo:</p>
<p><em>“Todo el refinamiento de tu estilo inglés obviamente se ha perdido en la traducción, y lo que queda es superficialidad y malentendido”</em></p>
<p>Cuando ya parecía inminente la publicación del <em>Tractatus</em> vuelve a ser rechazado. Wittgenstein empieza a adquirir conciencia de que su libro jamás verá la luz. Pero para entonces ya tiene claro su futuro. Ha decidido estudiar magisterio y dar clases en la Austria rural.</p>
<p><a href="http://elbucle.files.wordpress.com/2009/12/wittgenstein1.jpg"><img class="aligncenter size-full wp-image-751" title="wittgenstein" src="http://elbucle.files.wordpress.com/2009/12/wittgenstein1.jpg?w=254&#038;h=99" alt="" width="254" height="99" /></a></p>
<p>Siempre me he resistido a ver en la decisión de Wittgenstein de callar y abandonarlo todo una tendencia de tipo <em>“Bartleby”</em>, es decir, una decisión voluntaria de callar y abstenerse, de renuncia. Wittgenstein no era alguien que se hubiera encogido de hombros y simplemente hubiera dicho: <em>“preferiría no hacerlo”.</em></p>
<p>De alguna manera Wittgenstein fue <em>forzado</em> a callarse. Forzado no por la imposibilidad de ver publicado en un primer momento su libro, o por la incomprensión de quienes deberían haberlo entendido y no lo hicieron. Tampoco se vio forzado a callar por coherencia teórica con las tesis expuestas en el <em>Tractatus</em>. Como argumentaba con posterioridad Frank Ramsey, uno de los primeros que captaron la importancia del <em>Tractatus</em>, Wittgenstein podía callar sobre aquello sobre lo que no se podía decir nada, pero tenía una irrefrenable tendencia a <em>“silbarlo”</em>.</p>
<p>Lo que forzó a callar a Wittgenstein, y a abandonar, fue la guerra. Más concretamente, el desmoronamiento del mundo que había sido el suyo hasta entonces. De alguna forma, aquella Europa, y aquella Austria de 1919, no era la suya, y ya nunca lo sería.</p>
<p>Hubo siempre una tendencia <em>Bartleby </em>en Wittgenstein, seguramente de no haber participado en la contienda Wittgenstein hubiera sido un <em>Bartleby</em> modelo, jamás hubiera publicado nada. De hecho, Wittgenstein terminó siendo un <em>Bartleby</em>.</p>
<p>El autentico <em>Bartleby </em> que eclosionó en Wittgenstein no fue el que se largó a dar clases a un pueblo perdido en las montañas, y que dejó el <em>Tractatus</em> como un testamento grabado en piedra, sino aquel Wittgenstein que regresó a Cambridge en 1930, que abjuró de lo que había hecho, y que fue incapaz de publicar nada hasta después de su muerte.</p>
<p>Un compendio de ideas fragmentarias, esbozos e intuiciones cuya dificultad  para exponerlas de forma clara le atormentaba. El libro, sus <em>“Investigaciones”</em>, siempre estuvo en fase de elaboración, una tarea siempre inconclusa, llena de meandros y desvíos que amenazaban con diluir toda una vida en una tarea imposible.<br />
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		<title>El Informe Morelli (5)</title>
		<link>http://elbucle.wordpress.com/2009/12/13/el-informe-morelli-5/</link>
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		<pubDate>Sun, 13 Dec 2009 12:04:54 +0000</pubDate>
		<dc:creator>sebasfermat</dc:creator>
				<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>
		<category><![CDATA[Informe Morelli]]></category>

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El 25 de mayo de 2005, marca la fecha de inflexión en mi inexplicable búsqueda de Víctor Morelli. Pudo no haber ocurrido nada, pudo haber llovido y yo no habría salido siquiera de casa, o en la Librería Resnais, una librería de viejo en la Calle de la Nave en Valencia a la que solía [...]<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=elbucle.wordpress.com&blog=3558902&post=741&subd=elbucle&ref=&feed=1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<div class='snap_preview'><br /><p><a href="http://elbucle.files.wordpress.com/2009/12/rmutt.jpg"><img class="aligncenter size-full wp-image-742" title="RMutt" src="http://elbucle.files.wordpress.com/2009/12/rmutt.jpg?w=414&#038;h=359" alt="" width="414" height="359" /></a></p>
<p>El 25 de mayo de 2005, marca la fecha de inflexión en mi inexplicable búsqueda de Víctor Morelli. Pudo no haber ocurrido nada, pudo haber llovido y yo no habría salido siquiera de casa, o en la Librería Resnais, una librería de viejo en la Calle de la Nave en Valencia a la que solía acudir, me pudo atender otra persona en lugar de la chica que me conocía, y cuyo nombre apenas recordaba.</p>
<p>A menudo me he preguntado si todos los acontecimientos casuales que me llevaron a buscar a Víctor Morelli no han sido sino trampas en las que me he dejado enredar, una urdimbre tejida al milímetro y preparada para que yo me perdiera.</p>
<p>Aquel fortuito hallazgo en los <em>Quais</em>, o la dedicatoria impunemente escrita en el ejemplar que compré y que adquirí sin convencimiento, la falaz editorial <em>Hippomenes Sequens</em> y su conexión alquímica con la real <em>Atalanta Fugiens</em>, las pistas dejadas por R. Mutt en sus inverosímiles relatos, las insinuaciones de Alfredo Sanz, y por fin aquel día de mayo de 2005, acontecimientos todos igualmente accidentales… o deliberados.</p>
<p>Luego vendría todo lo demás. La confesión de Alfredo Sanz, el encuentro con Clarisa, mi viaje a Estados Unidos, y por supuesto, L.H.O.O.Q.</p>
<p>¿Azar o necesidad? Dos mecánicas igualmente inverosímiles y falaces en las nos empeñamos en creer, a menudo de forma alternativa según nuestros deseos. Tiempo en suma. Esa gran farsa que parece animar la realidad y que –ahora lo sé-, no es más que un simulacro, un espectáculo cuyo envés esconde la misma nada. El Tiempo, como apunta el propio Morelli en su libro <em>“La Conspiración”</em>, no es más que una ilusión psicológica, una persistente y necia alucinación esquizoide.</p>
<p>Y sin embargo aquella tarde de mayo todo pudo cambiar. Al menos eso me gustaría creer.</p>
<p>Acabé en la Calle de la Nave tras un errático paseo sin objeto ni destino. ¿Las causas? Un día complicado, un problema enredado que me tenía encallado, y que me hería, exponiendo con sombría evidencia mi propia mediocridad como matemático, y un matrimonio –el mío- que se iba a pique sin que yo intentase remediarlo. Todo ello aconsejaba un largo paseo sin otro objeto que el de demorar la vuelta a casa.</p>
<p>Sin saber cómo me encontré en ese estrecho callejón en el que se arraciman, con concentración gremial, las librerías de viejo. Víctor Morelli hacía meses que había desaparecido de mis preocupaciones, sepultado entre escombros de cotidianeidad, aunque su presencia continuaba en cierto modo latente. Nada había averiguado desde mi último contacto con Alfredo Sanz. Había vuelto a visionar algunas viejas películas que Morelli citaba en <em>“Utopías”</em> (<em>“Alphaville” </em>o <em>“La Fuga de Logan”</em>), intentado encontrar sin éxito <em>“La Urdimbre Celeste”</em>, el segundo libro de relatos de R. Mutt, y vuelto a releer una escueta biografía sobre Alain Grolek, nada más. Con el tiempo Víctor Morelli fue desplazándose poco a poco, y ocupando un lugar pintoresco entre los recuerdos que guardaba en la biblioteca.</p>
<p>Aquel día, sin embargo, decidí entrar en la Librería Resnais. Había poca gente, saludé a la dependienta, a la que recordaba haberla importunado durante mi búsqueda de los libros de Morelli y Mutt, y me paré frente a una estantería de libros viejos sin saber qué leía.</p>
<p>-Perdone –me dijo-. Usted buscaba libros de un tal Víctor Morelli, ¿no?</p>
<p>Me quedé mirándola atónito, era una chica de poco más de veinte años, probablemente sería su primer empleo, estaba atareada junto a dos pilas de libros y el teclado del ordenador.</p>
<p>-Pues sí, ¿se acuerda? –respondí.</p>
<p>-Sí, claro –dijo sin dejar de teclear-. Me parece que ha tenido suerte. ¿Tiene prisa?</p>
<p>-No.</p>
<p>-Acabo esto en cinco minutos.</p>
<p>La chica terminó de introducir en la base de datos lo que fuera que estuviera metiendo, seguramente las referencias de las dos pilas de libros que tenía alrededor, se levantó y me dijo:</p>
<p>-No se lo va a creer. Hace dos días nos llegó un lote de libros usados, y entre ellos había varios de Víctor Morelli.</p>
<p>-¿Víctor Morelli o R. Mutt?</p>
<p>-Víctor Morelli y R. Mutt. Ayer terminé de referenciarlos. ¿Todavía le interesan? –preguntó.</p>
<p>-¡Claro que me interesan!… ¿Cómo han llegado aquí?</p>
<p>-Bueno… el lunes se presentó una señora con tres o cuatro cajas repletas de libros. Nos dijo que pertenecían a su hermano que había fallecido hacía poco. Como no sabía qué hacer con ellos nos preguntó si podía venderlos. No eran gran cosa, una biblioteca personal normal y corriente. El señor Resnais les echó un vistazo por encima y fijó el precio. Ella no discutió, cogió el dinero y se largó. Normalmente en casos así el vendedor regatea bastante, todo el mundo cree tener alguna joya, pero la señora parecía tener prisa por desprenderse de todos esos libros.</p>
<p>-¿Y había alguno de Morelli?</p>
<p>-Había varios –dijo-. De Víctor Morelli y de ese Mutt… Todos en un estado aceptable.</p>
<p>-¿Los podría ver? –pregunté ansioso.</p>
<p>-Claro. Algunos libros del lote están ya expuestos en la sección de libros de ocasión, sobre todo los de arte y ajedrez. Pero las novelas y los de Morelli todavía están en los cajones.</p>
<p>Fui con ella tras un mostrador, en el suelo había varias cajas de fruta con libros. La chica, Núria, entonces lo recordé, fue rebuscando entre las cajas e iba dejando en la mesa varios libros cuyos títulos reconocí al instante con creciente estupor: <em>“Utopías”</em>, <em>“El Caso Duchamp”</em>,  <em>“Cantor’s Hell”</em>, <em>“La Séptima Trompeta”</em>, <em>“La Conspiración”</em>, <em>“Crónicas del Destierro” </em>y <em>“La Urdimbre Celeste”</em>, los dos últimos de R. Mutt.</p>
<p>Faltaba uno: <em>“Psychomid: A Chronicle”</em>. Se lo hice saber a Núria.</p>
<p>-Pues… creo que también estaba. Un momento…</p>
<p>Núria siguió buscando entre las cajas sin encontrar nada más.  Al cabo de un momento se dirigió al ordenador y tecleó el título.</p>
<p>-¡Vaya! Se lo han llevado hoy mismo –dijo-. Este lote lo clasifiqué yo, así que lo más seguro es que lo haya vendido el señor Resnais… Lo siento.</p>
<p>-Me los llevo todos –dije antes de que el señor Resnais, o alguien más, diera la voz de alarma.</p>
<p>Las obras completas, a excepción de un título, de Víctor Morelli y R. Mutt me costaron poco menos de treinta euros. Mientras pagaba y daba las gracias a la diligente empleada hice una última pregunta:</p>
<p>-Una cosa, ¿quién era la mujer que trajo los libros?</p>
<p>-No lo sé –dijo Núria-. Habló directamente con el señor Resnais. Yo estaba ocupada, pero si está interesado puede preguntarle a él mañana. Esta tarde no está… Sí que sé que era una señora de unos cincuenta años más o menos. Vino con un chico que le ayudaba con los cajones.</p>
<p>Los libros de Víctor Morelli:</p>
<p>Todos los volúmenes publicados por <em>Hippomenes Sequens</em> guardaban el mismo y simple formato: libros pequeños encuadernados en rústica, con tapas blancas y el mismo diseño de portada, dibujos geométricos imitando composiciones de Mondrian o Kandinsky y el título con tipografía de máquina de escribir. Habían elegido una curiosa clasificación, Mondrian para los ensayos (<em>“Utopías”</em> y <em>“Cantor’s Hell”</em>) y Kandinsky para las novelas (<em>“El Caso Duchamp”</em>, <em>“La Séptima Trompeta”</em> y <em>“La Conspiración”</em>).</p>
<p>En cuanto a los libros de Mutt, eran ediciones de <em>Atalanta Fugiens</em>, idénticas al ejemplar que ya poseía de <em>“Crónicas del Destierro”.</em></p>
<p>Estaba claro que Víctor Morelli no era dado a publicar contundentes volúmenes repletos de páginas, los ensayos eran cortos, poco más de cien, y con las novelas se había estabilizado con el formato de las doscientas. Un tipo sistemático.</p>
<p>Lo primero que hice fue consultar los ISBN’s. Mis dos ejemplares de <em>“Utopías”</em> tenían el mismo, y fraudulento, número, los restantes libros de <em>Hippomenes Sequens</em>, como supuse, tenían igualmente números falsos. Víctor Morelli la había tomado con la misma editorial de reconocido prestigio, todos los ISBN’s correspondían a antologías de poetas ingleses, una marca de fábrica: Donne, Milton, Pope, Shelley y Blake.</p>
<p>Me pasé toda una semana enfrascado en la lectura de los libros de Morelli, casi desatendiendo mis obligaciones en la universidad, olvidando las soluciones singulares del <em>Flujo de Ricci</em>, y dando por perdido definitivamente mi matrimonio. Opté por una lectura sistemática y cronológica: “<em>El Caso Duchamp”</em>, <em>“Cantor’s Hell”</em>, <em>“La Conspiración” </em>y<em> “La Séptima Trompeta”</em>. Doy a continuación una breve sinopsis de todos ellos:</p>
<p><em><span style="text-decoration:underline;">El Caso Duchamp (1985)</span></em></p>
<p>En un primer momento <em>“El Caso Duchamp”</em> fue el volumen que más me sorprendió. Se trataba de un relato autobiográfico, escrito en primera persona y protagonizado por el propio Víctor Morelli. En sus poco menos de doscientas páginas Morelli hacía una crónica novelada de su periodo parisino, 1974-1979. Lo leí con avidez sin saber siquiera si lo que estaba contando era cierto.</p>
<p>Morelli hace uso de la narración múltiple, construyendo una trama usando retales y fragmentos, y consiguiendo que el propio Morelli, que aparece como narrador en sus dos primeros capítulos, consiga diluirse a medida que se suceden las páginas. Documentos, anotaciones de otros personajes, cartas, artículos periodísticos… van sustituyendo paulatinamente al narrador Morelli hasta su enigmática desaparición al final del libro.</p>
<p>El argumento es curioso: una organización secreta y bufonesca, autodenominada L.H.O.O.Q., llamada así en honor al célebre ready-made de Marcel Duchamp del mismo nombre de 1919 (una reproducción de la Gioconda a la que Duchamp le había añadido un bigote y perilla, y el enigmático acrónimo L.H.O.O.Q.), se dedica al robo y la falsificación de obras artísticas y rarezas bibliográficas. La organización está dirigida por un tal Jean van Hoonerth, un holandés de carácter mefistofélico y luciferino, Morelli es invitado a formar parte del grupo por mediación de Sigfrido Robledo, un español exiliado en París experto falsificador, y junto a una extravagante colección de timadores, personajes inclasificables y extraños iluminados, L.H.O.O.Q prospera y hace dinero. Sin embargo todo se tuerce a partir de 1977, sus miembros se toman con demasiada seriedad el carácter secreto de L.H.O.O.Q., y lo que empezó siendo una peculiar broma empieza a adquirir tintes macabros y siniestros. Conjuras, peligrosas afinidades, un extraño misterio relacionado con el propio Marcel Duchamp y acontecimientos inexplicables que hacen preguntarse por la consistencia de la misma realidad. Todo salta por los aires cuando uno de sus miembros, Pierre Menard, aparece asesinado.</p>
<p>Pero tendré ocasión de hablar largo y tendido del <em>Caso Duchamp </em>en este informe. Baste decir que ya se trate de realidad o ficción, los acontecimientos descritos en sus páginas, algunos de los cuales es posible rastrearlos en las páginas de sucesos, dibujan una inquietante imagen de Víctor Morelli.</p>
<p><em><span style="text-decoration:underline;">Cantor’s Hell (1987)</span></em></p>
<p>El Infierno de Cantor. El título hace inequívoca referencia a la famosa frase del matemático David Hilbert pronunciada en relación a la Teoría de Conjuntos enunciada por Georg Cantor a finales del siglo XIX. Según Hilbert, la teoría de Cantor debía ser <em>“el paraíso del que nadie podrá expulsarnos jamás”</em>. Y sin embargo la Teoría de Conjuntos es un paraíso repleto de monstruos.</p>
<p>El Infinito, ese resbaladizo y difuso concepto que ha atravesado la filosofía y la ciencia desde Anaximandro. Es complicado escribir una historia del Infinito, aunque sea breve, poco más de cien páginas, sin embargo Víctor Morelli lo intenta. Morelli hace un curioso y somero repaso a las concepciones del infinito a lo largo de la historia hasta llegar a la definitiva formalización del concepto que realiza Cantor en la Teoría de Conjuntos. Pero es aquí donde se opera un giro inesperado, como si el paraíso formal deviniera en infierno, Morelli se detiene en las paradojas y las <em>“monstruosidades”</em> que aparecen al confrontar el infinito con arquetipos de escala humana. Una huida hacia la locura, como la del propio Georg Cantor, preso de obsesiones pertinaces e infiernos personales.</p>
<p><em><span style="text-decoration:underline;">La Conspiración (1989)</span></em></p>
<p>Un día de Octubre de 1946 Ludwig Wittgenstein aparece salvajemente asesinado en sus habitaciones del <em>Trinity College</em> en Cambridge. Alguien le ha roto el cráneo con un atizador de hierro. Los hechos ocurren la noche inmediatamente posterior al célebre incidente entre Wittgenstein y Popper en la Sociedad de Ciencia Moral de Cambridge, donde un Wittgenstein visiblemente alterado por las afirmaciones de Popper enfatizaba su postura de manera amenazante atizador en mano. La acción trascurre en una Inglaterra irreconocible y fantástica, devastada e infectada por la neurosis apocalíptica de una guerra inminente. Un pasado posible de los muchos que pudieron ser y que quedaron arrinconados por el camino que definitivamente acabó tomando el tiempo. Cambridge abandonado y poblado por espectros, un estado al borde de la locura totalitaria, y un crimen, el de Ludwig, que queda aparentemente resuelto.</p>
<p>Veinte años después, uno de los protagonistas de los hechos, Charles Montag, vive exiliado en Bensalem, la metrópoli más importante de La Zona, un lugar indeterminado e imaginario, arquetipo de fantasías futuristas y propuestas utópicas. Felicidad soñada gracias a los psicofármacos y diversión estandarizada de la mano de la omnipresente televisión. En ese lugar, donde Montag creía haber marchado para enterrar su memoria, se verá forzado a revivir los acontecimientos que provocaron la muerte de Wittgenstein, y responder a una inquietante pregunta: ¿Qué es La Zona?</p>
<p><em><span style="text-decoration:underline;">La Séptima Trompeta (1993)</span></em></p>
<p>Un Apocalipsis cercano y posible. Todavía atenazado por la política de bloques en descomposición, el mundo sufre una conmoción que ni siquiera las dos grandes potencias son capaces de ocultar. Un enorme asteroide, el <em>Heracles</em>, del grupo de los <em>Apolos</em>, se acerca inexorablemente a la Tierra en una inequívoca trayectoria de colisión. Pero el inevitable y destructor encuentro no se producirá de inmediato, sino dentro de un plazo inquietante, veinticinco años. Tiempo suficiente como para que Víctor Morelli especule con las consecuencias que podría traer un acontecimiento semejante. Habrá gente que morirá antes del encuentro, a otros les sorprenderá en un crepúsculo del que quizá no esperen nada, y a los que no sean conscientes les tocará vivir la hecatombe en la madurez de sus vidas. Sentimientos y pareceres encontrados. <em>“La Séptima Trompeta”</em> es un ejercicio de simulación social. Es una novela coral donde varios relatos independientes se engarzan mediante el tema del asteroide, cubriendo un plazo de sólo dos años, y dejando totalmente en suspenso la resolución. Los protagonistas cubren todo el espectro social, desde grandes mandatarios hasta la gente corriente. En los años en los que transcurren los relatos, principios de los noventa, no hay remedio posible para el desastre, tan solo vagas y fantásticas promesas. Un Apocalipsis a plazo fijo, y sus consecuencias.</p>
<p>Y esos son los libros de Víctor Morelli.</p>
<p>Falta <em>“Psychomid: A Chronicle”</em>, cuyo argumento, o incluso existencia, a día de hoy, me es del todo desconocido.</p>
<p><a href="http://elbucle.files.wordpress.com/2009/12/whatisdada.jpg"><img class="aligncenter size-full wp-image-743" title="whatisdada" src="http://elbucle.files.wordpress.com/2009/12/whatisdada.jpg?w=500&#038;h=457" alt="" width="500" height="457" /></a></p>
<p>Víctor Morelli no es Stendhal, ni Kafka, tampoco Orwell ni Huxley, ni siquiera Chandler o Simenon. Su literatura no subirá a los altares, pero seguro que no arderá en los infiernos. Morelli hace guiños a autores consagrados y películas famosas, elabora tramas imaginativas y desconcertantes, combina elementos conocidos de la literatura de género; y usa todo ello como si fueran las piezas de un juego, una combinación donde la novedad reside en una imprevista ordenación de los elementos que el lector debe esforzarse por descubrir. Morelli es tan buen escritor como matemático, siempre le faltará esa chispa de talento que consigue que todo prenda en llamas.</p>
<p>En cuanto a <em>“La Urdimbre Celeste”</em>, libro publicado por R. Mutt, sigue las mismas pautas que <em>“Crónicas del Destierro”</em>, fiel a la ciencia-ficción pulp. Un futuro cercano en esta ocasión, viajes interplanetarios, explotaciones mineras en la Luna y estaciones espaciales soviéticas, todo ello sazonado con abundantes dosis de humor negro, acontecimientos fantásticos, y, cómo no, sexo.</p>
<p>Tras la lectura de los libros de Morelli mi intención fue averiguar quién había sido el propietario de los mismos, y en la medida de lo posible, cómo se había hecho con ellos. Mi única pista era la mujer que vendió los libros en la librería Resnais. Me presenté allí una semana después con la intención de hablar con el señor Resnais y pedirle información al respecto. No encontré a Núria por ninguna parte, tampoco al señor Resnais. Uno de los empleados a quién pregunté me dijo que no se encontraba allí, pero que podía dejarle un recado.</p>
<p>-La otra vez me atendió una chica –dije-. Creo que se llamaba Núria, ella me dijo que podía hablar con el señor Resnais.</p>
<p>-Núria no está –me dijo el dependiente en un tono seco.</p>
<p>-¿Tampoco viene hoy?</p>
<p>-No. No viene.</p>
<p>-¿Y no sabe cuando vendrá?</p>
<p>-Pues no creo que venga. Ya no trabaja aquí. Se ha ido.</p>
<p>-¿Se ha ido? Hace sólo una semana trabajaba aquí.</p>
<p>El dependiente se sentía incómodo, intentaba cortar la conversación y desviar el tema, con evidente torpeza.</p>
<p>-¿Se ha ido o la han despedido? –insistí</p>
<p>-Mire señor, si desea algo le puedo ayudar… pero no le voy a contestar a eso… Si quiere hablar con el señor Resnais me lo puede decir a mí.</p>
<p>-¿Y cuándo estará el señor Resnais?</p>
<p>-No lo sé. Suele venir todos los días, pero no tiene un horario fijo</p>
<p>-Entiendo.</p>
<p>Me marché. Como era evidente a Núria la habían despedido, y yo tenía la sospecha de que había sido por mi causa.</p>
<p>Con el tiempo me he preguntado si en aquel instante había traspasado ya alguna línea imaginaria, si me había colocado al otro lado de un horizonte de sucesos que haría imposible el retorno. ¿Pude olvidarlo todo? Olvidar a Víctor Morelli, arrinconarlo en algún lugar de mi biblioteca del que pronto me olvidaría, continuar con mi vida, mis estériles clases en la universidad, o seguir con la agonía de un matrimonio cuyo destino no era otro que una burda comedia, silenciosos reproches y miradas ausentes…</p>
<p>He acabado por convencerme de que cuando adquirí esos libros, cuando salí de la Librería Resnais, ya me encontraba al otro lado, una línea invisible me separaba irremisiblemente de mi vida anterior. Quizá pensar de esa forma me haya ayudado a no volverme loco. Lo que nunca he logrado responder es cuándo sucedió aquello. El momento exacto en el que pude echarme atrás.<br />
El Informe Morelli. Cap.1<br />
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		<title>El Informe Morelli (4)</title>
		<link>http://elbucle.wordpress.com/2009/12/11/el-informe-morelli-4-2/</link>
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		<pubDate>Fri, 11 Dec 2009 17:55:12 +0000</pubDate>
		<dc:creator>sebasfermat</dc:creator>
				<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>
		<category><![CDATA[Informe Morelli]]></category>

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La antigua carretera N-III es hoy una cicatriz seca y vieja, y su fatigado trazado hace tiempo que ha sido sustituido por la moderna autovía A3, sólo quedan algunos tramos transformados en olvidadas carreteras locales, y segmentos fantasmas que no conducen a ninguna parte. Cuando regresé de Madrid aquel día no pude evitar apartarme de [...]<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=elbucle.wordpress.com&blog=3558902&post=738&subd=elbucle&ref=&feed=1" />]]></description>
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<p>La antigua carretera N-III es hoy una cicatriz seca y vieja, y su fatigado trazado hace tiempo que ha sido sustituido por la moderna autovía A3, sólo quedan algunos tramos transformados en olvidadas carreteras locales, y segmentos fantasmas que no conducen a ninguna parte. Cuando regresé de Madrid aquel día no pude evitar apartarme de la autovía y dirigirme al Embalse de Contreras, en el tramo construido sobre la presa fue encontrado el coche de Rivero. Hoy está desierto.</p>
<p>Pueblos que sobrevivían gracias al tráfico entre Madrid y Valencia, bares, clubes de alterne, y hostales. Lugares de paso, de tránsito, que escondían burbujas de tiempo perdidas en un viaje apresurado, o en la repetida travesía del transportista. Hoy han quedado arrinconados, devueltos a su bucólico estado, localidades con encanto donde pasar un fin de semana y que suspiran por el inflado turista urbano.</p>
<p>Un coche de lujo abandonado en la cuneta llamaba mucho la atención. Alfredo Sanz parecía sugerir una emboscada: una llamada, Rivero que se marcha a Valencia, y alguien que le sigue como un depredador. ¿Un atraco? Quizá. Como aseguraba Alfredo, hacía demasiado tiempo de todo aquello.</p>
<p>¿Y Víctor Morelli?</p>
<p>Cuando le entrevisté Alfredo Sanz se apresuró a cortar de raíz una insinuación que yo ni siquiera había hecho. Era extraño, durante mi conversación intentó disimular un evidente resentimiento contra Morelli. Los celos del amigo abandonado por una mujer espectacular, o la desazón de saberse engañado. En cualquier caso  su <em>“vago y brumoso”</em> recuerdo de Víctor Morelli parecía fresco, daba detalles con demasiada precisión, aunque los intentara difuminar con olvidos más o menos fingidos. Tal y como me contó, Sanz había militado en pequeños partidos de izquierda durante la Transición, pero como pude comprobar, su recorrido había sido problemático, no había habido vuelta al redil sino una huida hacia la radicalidad que pudo provocar su expulsión de la universidad debido a una sanción. Luego el silencio, y una cátedra al final de su carrea, por los servicios prestados.</p>
<p>Una semana después recibí un e-mail de Alfredo Sanz.</p>
<p>Las observaciones de Alfredo Sanz, lejos de aclarar la situación, no hicieron más que enmarañarlo todo todavía más. En su e-mail contaba que había leído con atención –y creciente interés- el libro de Víctor Morelli, <em>“Utopías”</em>. Alfredo creía reconocer a su antiguo amigo en las líneas impresas en ese volumen de fraudulenta editorial, sin embargo tenía la vaga sensación de que quien escribió ese libro no acababa de encajar de manera perfecta en la imagen que él mismo tenía de Víctor Morelli. Alfredo Sanz lo atribuía al paso del tiempo, y a la necesidad de llenar los vacíos de la memoria con la propia imaginación.</p>
<p>Añadía que creía recordar alguna conversación con Morelli en la que éste había fantaseado con la idea de la desaparición, con la fascinación que le producía un anonimato total. No ser nadie ¿Era sincero Alfredo Sanz? En aquel momento creí que no.</p>
<p>Alfredo Sanz volvía a insistir en el incidente de Jorge Rivero, y relacionar la absurda partida de Morelli con su aparente ruptura con Ana Noguera. Por lo demás el e-mail de Alfredo Sanz no aportaba nada más, incluso dejada entrever un interés mal disimulado por el libro.</p>
<p>Autopistas, carreteras, huídas sin retorno. Y desapariciones.</p>
<p>Supongamos que nos colocamos al otro lado del anonimato. Olvidémonos de las motivaciones que nos han llevado allí, qué fue lo que nos indujo a traspasar la línea, la frontera de no retorno. Y ver la vida, el mundo que dejamos para no volver, dese ese otro lado.</p>
<p>Resulta tentador quizá pensar en esa idea. Ver la vida a la que uno ha pertenecido, tan sólo un momento antes, como un espectador, como voyeur tan vez. Saberse extraído de esa red causal de la éramos partícipes, huir de todo aquello que hemos puesto en marcha con nuestra desaparición inexplicable.</p>
<p>La pregunta no es tanto por qué alguna gente decide desaparecer sin causa que lo justifique, sino tal vez, qué es lo que hace que algunos logren ver esa frontera que nadie es capaz de adivinar.</p>
<p>Me vienen a la cabeza historias que se cuentan en estos casos:</p>
<p>Un día un alguien percibe, con la fuerza de una revelación, que todo aquello de lo que forma parte, su vida, no es más que algo ajeno, falso quizá. No se detiene siquiera a recomponer algo irreparable, allí mismo, sentado en la barra de un bar tomando el almuerzo, o en el taxi, o en el lavabo de su lugar de trabajo, él (o ella) decide poner fin a todo. Es en ese momento cuando se vislumbra esa frontera, el agujero que se cerrará de forma irremisible nada más lo cruce. Pero tiene que hacerlo ya, antes de que ese segundo de lucidez se borre para siempre, se desdibuje en una ocurrencia absurda que no le volverá a importunar. Y lo hace. Porque todo aquello que deja atrás ha dejado de formar parte de su vida, de manera súbita.</p>
<p>Él (o ella) desaparece de forma inexplicable.</p>
<p>Años después alguien logra dar con su rastro, en otra ciudad, en otro país tal vez. Diez, veinte, treinta años, o sólo cinco. Vive una nueva vida, otro trabajo, otra familia quizá, otro nombre y una nueva identidad. Él (o ella) trata de hacerte ver, a ti que le has encontrado, que no tuvo otra elección, que aquel día lo vio todo tan claro que le pareció imposible hacer otra cosa. ¿Por qué?, le preguntas, y él (o ella) contesta que lamenta el dolor causado, la falta de noticias, que todavía siente, como una herida que le quema el alma, el recuerdo de la gente a la que quiso, marido, mujer, hijos, padres… Pero no tuve elección, te dice, vi que aquello en lo que andaba metido no era mi vida, mi trabajo, mi familia, yo mismo…  Que todo aquello por lo que había luchado, que mi vida de la que me sentía satisfecho, ni siquiera me pertenecía, verlo todo como si fuera una inmensa broma de la que tú, hasta ese momento, no habías sido consciente. Saberse un juguete del azar, que nada motivó las decisiones más importantes de tu vida, salvo una conjunción absurda de circunstancias que podían haber sido otras, algo totalmente contingente. Entonces te sobreviene esa especie de pánico, te dice él (o ella) mientras te cuenta su historia sentado en la mesa de un café, o en el banco de un parque, sientes ese pánico incontrolable mientras te aferras con la mirada a la taza de café que estás tomando durante el almuerzo, o ves cómo esas imágenes que vuelan a otro lado de la ventanilla del taxi pierden la consistencia que las dotaba de sentido. Sientes  miedo, quisieras gritar, correr, y no puedes.</p>
<p>Y es entonces cuando ves esa puerta, le dices. Sí, te contesta él (o ella) sin mirarte a los ojos. Lo ves, lo percibes como una salvación, un milagro, y te das cuenta de que esa oportunidad no se va a volver a presentar jamás, ahí está. No lo piensas. Cuando lo has hecho, te das cuenta de lo fácil que ha sido todo. Y ves cómo se cierra esa puerta, estás sentado en el mismo sitio, en la barra de un bar, o meando en los lavabos del trabajo, pero ya estás al otro lado, todo huye a la velocidad de la luz, inalcanzable. Y te dices que tan solo bastaría volver al trabajo, o llamar a tu mujer, o a tu marido, y preguntarle cómo está, cualquier cosa, pero no lo puedes hacer, sientes cómo todo ha volado por los aires.</p>
<p>Entonces te encuentras sentado en el asiento de un tren, o un autobús, o quizá un avión, has comprado el pasaje con el poco dinero que llevabas encima. No piensas, actúas como un autómata. Ese pánico de hace un rato se ha convertido en un tobogán, en una espiral irresistible a la que te aferras. Y sientes que, por primera vez en tu vida, el tiempo te pertenece… No sé si me comprende…</p>
<p>Tú le dices que le has buscado porque otros te lo han pedido, que no te gusta hurgar en la vida de nadie pero que hay que arreglar ciertos asuntos, flecos que siempre quedan. Lo sé, contesta él (o ella), al final el pasado siempre te alcanza, no importa lo que uno corra, dice, o dice alguna otra frase parecida, sacada de alguna novela o película que ha visto. Te preguntas hasta qué punto todo lo que ha hecho no lo ha visto antes en el cine, o en la televisión. Te vas dándole un número de teléfono, una dirección. Intestas decirle algo, pero te callas.</p>
<p>Te callas, porque piensas que lo que le ibas a decir a él (o a ella) también lo sabe, y que no te lo ha confesado por vergüenza. Te vas de allí evitando que él (o ella) lo cuente, no sabiendo si has actuado bien, si quizás deberías haber dejado que terminara de hablar del todo, o dándole a entender que tú también lo sabes y que tratas de evitarle el mal trago de tenerlo que confesar, mostrándole así tu conmiseración.</p>
<p>Y le dejas a él (o a ella) sentado en la mesa de un café, en una ciudad extraña, te giras y todavía le ves mirando por la ventana, o removiendo con la cucharilla un café ya frío que no se tomará. Y no, no has querido decirle que después de todo, de su huida, de aquella ventana de oportunidad que vislumbró aquel día, hace años, ha vuelto al mismo sitio. Que tanto tiempo dando tumbos, huyendo por esa espiral, no ha servido para nada, que ahora se encuentra en el mismo lugar que aquel día, en otra ciudad quizá, con otros rostros, en otras circunstancias, pero en el mismo lugar. Ya no habrá más agujeros por donde escapar, nunca los hubo, o si los hubo no fueron sino bucles que tras una ilusión de movimiento le dejan a uno en el mismo sitio.</p>
<p>¿Era ese el caso de Morelli? Entonces todavía lo creía algo más prosaico.</p>
<p>¿Qué ocurrió en París entre 1974 y 1979? ¿A qué se dedicó Víctor Morelli?</p>
<p>Trabajaría, sin duda, probablemente en algún trabajo anodino, vegetaría en París o se dedicaría a aluna cosa más lucrativa. Abandonar las matemáticas puede ser la cosa más fácil o más difícil del mundo, sólo hay que tener un motivo lo suficientemente poderoso para ello, sobre todo si se navega en esa difusa franja que separa la mediocridad de la brillantez.</p>
<p>¿La escritura? Puede ser un sustitutivo, quizá. En aquellos meses todavía veía a Víctor Morelli como un joven desilusionado, un desencantado que decide exiliarse para dejar a su espalda un pasado que no podrá olvidar. Ana Noguera, Alain Grolek y sus frustradas aspiraciones como investigador, su previsible futuro como profesor universitario en España… demasiados lastres para alguien como Morelli. Es muy posible que su actitud inicial fuera esa… luego, vendría todo lo demás.</p>
<p>Segunda mitad de los setenta en París, noticias entresacadas de las páginas de sucesos:</p>
<p>El 16 de septiembre de 1975 muere Alain Grolek por ingestión de barbitúricos.</p>
<p>El 13 de diciembre de 1975 aparece asesinado en el metro de París Stefan Horowitz, uno de los alumnos predilectos de Grolek. Había desaparecido una semana antes. Caso sin resolver.</p>
<p>El 26 de diciembre de 1976, aniversario del nacimiento de Mao, <em>Action Révolutionnaire 10éme Assemblée </em>(AR-10), comete su primera “acción”. Jacques Noret, de cuarenta y dos años, profesor de filosofía en la Sorbona, es encontrado atado a una farola, completamente desnudo, rapado y amordazado, su cuerpo estaba cubierto de excrementos y presentaba evidentes signos de haber sido torturado, pero estaba vivo. Junto a él se encontró un documento reivindicativo justificando el “escarmiento” por revisionista.</p>
<p>El 23 de enero de 1977 se subasta en una galería parisina, #42 de Jackson Pollock. Una semana más tarde su nuevo propietario, una compañía aseguradora de Suiza, denuncia a la policía que la obra es una falsificación, pero inexplicablemente dos días después rectifica y pide disculpas públicamente por la acusación. #42 fue vendida de nuevo tres años más tarde a un coleccionista privado por un precio similar al de la compra.</p>
<p>5 de abril de 1977. Comienzan los <em>“Seis Días de Abril”</em>, o la <em>“Ofensiva de Action Révolutionnaire”</em>. Entre el martes cinco de abril y el domingo diez, <em>AR-10</em> se haría mundialmente famosa por el asesinato de un miembro del PSF, el intento de asesinato de un dirigente de la UDF y el secuestro del hijo de uno de los directivos más importantes de la petrolera <em>ELF</em>, que fue liberado previo pago de un rescate un mes más tarde.</p>
<p>15 de noviembre de 1978. Se dan a conocer en París unos diarios desconocidos, y bastante comprometedores, de Ludwig Wittgenstein, <em>“Diarios secretos de Cambridge”</em>. Todo un pelotazo. Los albaceas del legado de Wittgenstein acusan a Pierre Menard, el propietario de los manuscritos, de fraude. Sin embargo no se logra demostrar nada.</p>
<p>12 de enero de 1979. Salta el escándalo Menard. Pierre Menard, anticuario, bibliómano y descubridor de pequeños tesoros bibliográficos es acusado de falsificación, le llueven las denuncias por todas partes y es puesto en busca y captura. Desaparece.</p>
<p>14 de febrero de 1979. Isabelle Bordier, esposa del Laurent Degrenville adjunto en cuestiones económicas del Ayuntamiento de París, es detenida por servicios antiterroristas (DST) y acusada de ser la ideóloga de <em>Action Révolutionnaire 10éme Assemblée</em>. El escándalo obliga a dimitir a Degrenville y varios miembros del gobierno municipal próximos al alcalde. Sin embargo contra Degrenville no se recae ninguna acusación.</p>
<p>18 de marzo de 1979. Pierre Menard, o lo que queda de él, es encontrado muerto en el Sena. Una enorme maleta aparece varada en los márgenes del río, entre el <em>Pont de Sully </em>y el<em> Pont d’Austerlitz</em>. En su interior aparece el cuerpo primorosamente seccionado de Pierre Menard con una herida de bala en la sien. Caso sin resolver.</p>
<p>Noticias aparentemente inconexas, sin embargo la sombra de Víctor Morelli iba a planear, de alguna u otra forma, sobre todas ellas. Pero entonces yo todavía no sabía nada, seguía siendo todavía un juego.<br />
El Informe Morelli. Cap.1<br />
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		<title>L.H.O.O.Q. (miembros)</title>
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		<pubDate>Thu, 10 Dec 2009 18:46:50 +0000</pubDate>
		<dc:creator>sebasfermat</dc:creator>
				<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>
		<category><![CDATA[Caso Duchamp]]></category>

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Documento: Organigrama de la Organización L.H.O.O.Q. 
Reunido en sesión plenaria el Ilustre Colegio Oculto y Herético, acuerda la composición de los miembros de la Organización L.H.O.O.Q.
La Organización L.H.O.O.Q. asumirá de inmediato las competencias aprobadas en la Primera Sesión Plenaria del Ilustre Colegio y estará formada por diez miembros permanentes cuya identidad y atribuciones son las [...]<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=elbucle.wordpress.com&blog=3558902&post=729&subd=elbucle&ref=&feed=1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<div class='snap_preview'><br /><p><a href="http://elbucle.files.wordpress.com/2009/12/alfred-jarry-ubu-roi-200x277.jpg"><img class="aligncenter size-full wp-image-730" title="alfred-jarry-ubu-roi-200x277" src="http://elbucle.files.wordpress.com/2009/12/alfred-jarry-ubu-roi-200x277.jpg?w=200&#038;h=277" alt="" width="200" height="277" /></a></p>
<p><strong>Documento: Organigrama de la Organización L.H.O.O.Q. </strong></p>
<p>Reunido en sesión plenaria el Ilustre Colegio Oculto y Herético, acuerda la composición de los miembros de la Organización L.H.O.O.Q.</p>
<p>La Organización L.H.O.O.Q. asumirá de inmediato las competencias aprobadas en la Primera Sesión Plenaria del Ilustre Colegio y estará formada por diez miembros permanentes cuya identidad y atribuciones son las siguientes:</p>
<p><strong>1. Jean van Hoonerth</strong>. Gran Monarca, Ilustre Depositario del Legado de Faustroll, Sublime Comendador de la Locura Gödeliana, Patriarca del Rapto Orgiástico, Humilde Emisario de Su Serenísima el Gran Ubú… etc., etc., etc., y por supuesto, el Holandés Errante. Director de la Comisión de Lógica Bizarra y Taumaturgo Mayor del Ilustre Colegio.</p>
<p><strong>2. Pascal Bordier</strong> Pontífice Máximo de la Iconoclastia, Venerable Intérprete del Misterio Dadá. Director de la Comisión de Fastos y Nefastos.</p>
<p><strong>3. Isabelle Bordier</strong>. Sublime Geómetra de los Templos, Maestra Pitagórica, Imponderable Novia Desnudada por los Nueve Moldes. Directora de la Comisión Piranesiana (Cárceles e Invenciones).</p>
<p><strong>4. Sigfrido Robledo</strong>. Incomparable Embajador del Gran Duchamp, Gran Maestro de los Arcanos del Vidrio. Director de la Comisión para el Ready-Made Inconcluso.</p>
<p><strong>5. Pierre Menard</strong>. Venerable Mediador del <em>Doctor Universalis</em>, Caballero de las Mónadas Incomunicables. Director de la Comisión para la Reinstauración de Armonía Preestablecida.</p>
<p><strong>6. Laurent Degrenville</strong>. Gran Psicopompo de los Laberintos Burocráticos, Caballero de los Sellos Inviolables. Director de la Comisión de Dignidades y Parabienes.</p>
<p><strong>7. Torsvan Maruth</strong>. Supremo Hierofante de la Ocultación, Imponderable Depositario del Secreto. Director de la Comisión de Sombras y Ocultamientos.</p>
<p><strong>8. Víctor Morelli</strong>. Imponderable Arconte de la Banda de Möbius e Ilustre Depositario del Legado de Jayyam. Comisión de Bucles y Excepciones Topológicas</p>
<p><strong>9 y 10. Klaus Finch y Klaus Oberts, Klaus &amp; Klaus</strong>. Sublimes Turiferarios de los Templos, Ilustres Caballeros Guardianes. Comisión de Seguridad</p>
<p>¡HA, HA!<br />
<a href="http://www.safecreative.org/work/0912105096591" rel="cc:license"><img src="http://resources.safecreative.org/work/0912105096591/label/logo2-72" style="border:0;"></a></p>
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	</item>
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		<title>El Informe Morelli (3)</title>
		<link>http://elbucle.wordpress.com/2009/12/09/el-informe-morelli-3/</link>
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		<pubDate>Wed, 09 Dec 2009 17:05:18 +0000</pubDate>
		<dc:creator>sebasfermat</dc:creator>
				<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>
		<category><![CDATA[Informe Morelli]]></category>

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		<description><![CDATA[La noticia era la siguiente:
El domingo 24 de noviembre de 1974 Jorge Rivero, socio principal del prestigioso bufete de abogados de Madrid Rivero y Asociados, y esposo de Ana Noguera, abogada del mismo despacho, desapareció de forma trágica en la Carretera Nacional III a la altura del Embalse de Contreras.
El caso tuvo relativa resonancia en [...]<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=elbucle.wordpress.com&blog=3558902&post=725&subd=elbucle&ref=&feed=1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<div class='snap_preview'><br /><p>La noticia era la siguiente:</p>
<p>El domingo 24 de noviembre de 1974 Jorge Rivero, socio principal del prestigioso bufete de abogados de Madrid <em>Rivero y Asociados</em>, y esposo de Ana Noguera, abogada del mismo despacho, desapareció de forma trágica en la Carretera Nacional III a la altura del Embalse de Contreras.</p>
<p>El caso tuvo relativa resonancia en las páginas de sucesos durante algunos días. Un coche, un Mercedes SE de lujo, fue encontrado la noche del día 24 de Noviembre por una patrulla de la Guardia Civil en el tramo de la N-III situado junto al Embalse de Contreras en dirección a Valencia. Tenía la puerta del conductor abierta y la ventanilla derecha bajada; faltaba la documentación, el radio-casete y la batería estaba descargada. El coche pertenecía a Jorge Rivero, nada más se supo de él desde aquel día.</p>
<p>Jorge Rivero tenía una cita en Valencia al día siguiente y decidió ir en coche esa misma noche desde Madrid, según declararon en el bufete. Se barajó desde el principio la hipótesis de una agresión, o un robo, tal vez un suicidio. La Guardia Civil estuvo peinando la zona durante semanas, incluso unos buzos trataron de encontrar el cuerpo en el pantano, pero se tuvo que abandonar la búsqueda varias semanas después ante la falta de resultados. No había signos de lucha en el coche, ni testigos y las investigaciones tampoco condujeron a ninguna detención. Tras los primeros meses la desaparición de Jorge Rivero dejó de ser una prioridad para la comandancia provincial de la Guardia Civil, y con el tiempo el caso pasó a engrosar la lista de desapariciones sin resolver.</p>
<p>Según afirmaba mi informante Ana Noguera y Víctor Morelli habían sido amantes al menos desde 1973.</p>
<p>Así pues una relación peligrosa, una lamentable –quizá oportuna- desaparición, y Víctor Morelli que decide quitarse de en medio marchándose a París para estudiar con Grolek.</p>
<p>En un primer momento pensé que Morelli se había dedicado a escribir y que, por alguna extraña razón, habría autoeditado parte sus obras, dándoles incluso la pátina de publicaciones reales: una editorial imaginaria, ISBN’s ficticios… y uno de los ejemplares que termina, fruto del azar, en un puesto callejero de París. Misterio resuelto. O casi.</p>
<p>Consulté por curiosidad en la base de datos las publicaciones científicas de Morelli durante los años setenta y ochenta, no encontré ni una sola. Algo inaudito para alguien que hubiera estudiado con Alain Grolek, aunque solo fuera durante unos meses. El propio Grolek moría en septiembre de 1975 sin que nadie pudiera dar razón de las causas de su suicidio, vivía solo, apenas tenía parientes y muy pocos amigos. El 16 de septiembre de 1975 Grolek decidió tragarse un frasco de barbitúricos (<em>seconal</em>) en la habitación 212 del Hotel Mercure de París.</p>
<p>Demasiadas desapariciones relacionadas con un solo hombre, me dije, Víctor Morelli parecía no traer demasiada buena suerte.</p>
<p>Decidí dejar el tema ahí. Todo eso ocurría en el mes de abril de 2004, en junio tenía previsto asistir en la Complutense a un ciclo de conferencias sobre la demostración de Grigori Perelman de la <em>Conjetura de Poincaré</em> y postergué para entonces una visita a Alfredo Sanz, contacto que mi informante me aseguró que había conocido a Morelli y las circunstancias de la desaparición de Rivero. Ambos habían estudiado por las mismas fechas allí y habían sido amigos. Alfredo Sanz había acabado como catedrático en la Complutense.</p>
<p>¿Por qué esa insistencia personal en Morelli? Es difícil contestar a esa pregunta, al menos de forma que justificara mi interés en aquellos primeros meses. Podría decir que fue la enigmática dedicatoria de <em>“Utopías”</em>; o esa desconcertante ausencia del Morelli escritor de cualquier registro, aunque yo poseyera uno de sus libros. Sin duda podría esgrimir para justificarme las circunstancias de su –casi- huida, sin embrago sé que todo ello vino a posteriori. En un principio no tenía la más mínima intención de visitar a Alfredo Sanz, el motivo no era la falta de interés, sino la incapacidad para explicarle mi inusitado interés acerca de alguien que parecía haberse convertido en una sombra.</p>
<p>Morelli se convirtió en una fijación absurda en aquellos primeros meses, un juego inocente –así lo creía-, una diversión enigmática que calmaba el tedio… Entonces todo eran simulacros, ficciones.</p>
<p>Cito unas palabras del propio Morelli escritas en <em>“La Conspiración”</em>:</p>
<p><em>“¿Cuál es el valor de lo ilusorio? ¿Qué importancia damos a las ficciones que nosotros mismos construimos, o creemos construir? El hecho de que Cambridge tuviera cierto aire a casa encantada no se debe tanto a la presencia de esos ‘fantasmas’ de la conciencia o del pasado, como a la importancia que se da a lo ilusorio, al efecto que nuestras propias construcciones causan inadvertidamente. Experimentar aquello que nos pertenece y nos es propio como algo ajeno, sentirlo como lo otro. Ser participes de la falacia de la enajenación.”</em></p>
<p>A veces he pretendido encontrarme a mí mismo en la ilusoria figura de Morelli, quizá sea eso. Sin embargo tras ese nombre siempre hubo la certidumbre de algo fatal; recuerdos que acechan como espectros.</p>
<p><a href="http://elbucle.files.wordpress.com/2009/12/a3_embalse_de_contreras1.jpg"><img class="aligncenter size-full wp-image-726" title="A3_Embalse_de_Contreras" src="http://elbucle.files.wordpress.com/2009/12/a3_embalse_de_contreras1.jpg?w=600&#038;h=328" alt="" width="600" height="328" /></a></p>
<p>Alfredo Sanz era catedrático de Geometría en la Complutense en 2004, también fue amigo de Víctor Morelli. Tras mucho pensármelo, decidí citarme con él y preguntarle por Morelli. Un sábado de Junio de 2004, tomando un café y una tónica en una terraza de la Calle Bravo Murillo, y tras fusilarme a preguntas acerca de ese ruso loco de Perelman y de cómo había logrado extirpar las singularidades que producía el <em>Flujo de Ricci</em>, le hablé de Víctor Morelli.</p>
<p>Alfredo Sanz era una persona gruesa, algo maltratado por el paso del tiempo, sufría grandes arrugas que surcaban su frente y lucía una impoluta calva, pero seguía conservando una mirada inquisitiva y curiosa de ojos negros. Por supuesto que se acordaba de él, aunque de forma algo vaga –me dijo-, y no sin cierto resquemor. Habían sido colegas, y hasta cierto punto, amigos.</p>
<p>-Víctor, claro. Durante un tiempo fuimos amigos, buenos amigos, hasta todo el lío que tuvo con la mujer de hijo de puta de Jorge Rivero. Era buen matemático aunque no tanto como él creía. Y un mentiroso–me dijo.</p>
<p>-¿Mentía? –afirmé</p>
<p>-A veces.</p>
<p>Le conté la historia de <em>“Utopías”</em>, libro que había traído conmigo, le hablé de <em>Atalanta Fugiens</em> e <em>Hippomenes Sequens</em>,<em> </em>y de los libros que Morelli había publicado ahí. Acabé haciéndole partícipe de mi investigación y de mi sospecha de que Morelli hubiera podido publicar historias fantásticas bajo el seudónimo de R. Mutt. Alfredo tomó el libro y lo hojeó atentamente, estuvo varios minutos leyendo al azar páginas del mismo, y se detuvo igual de intrigado ante la dedicatoria firmada por el propio Morelli.</p>
<p>-Me suena –dijo Alfredo.</p>
<p>-¿El libro?</p>
<p>-No. La frase –contestó-. No lo recuerdo… pero ahora que la leo… no lo sé. Igual la he leído en alguna parte. Es curioso, ¿no?</p>
<p>-¿Y la firma?</p>
<p>-La firma es de Víctor.</p>
<p>-¿Sabía si Víctor Morelli escribía? –pregunté.</p>
<p>-No tenía ni la más remota idea de que Víctor se dedicara a escribir, aunque sólo fuera como afición –dijo Alfredo-. A mí no me contó nada, cuando le conocí sólo le interesaban las matemáticas, los espacios fibrados y la topología algebraica. Si se dedicó a escribir fue con posterioridad a su marcha a París.</p>
<p>-¿Qué pasó en  París? –pregunté intrigado.</p>
<p>-No lo sé.</p>
<p>-¿No estudió con Alain Grolek?</p>
<p>Alfredo Sanz sonrió, pareció esperar a le hiciera esa pregunta. Se acabó su tónica, y dijo sonriendo:</p>
<p>-Pues no.</p>
<p>-¿Qué quiere decir?</p>
<p>-Quiero decir que no se qué narices acabó haciendo en París. Estudiar en el Instituto Henri Poincaré con Alain Grolek no, desde luego. Aunque fingió hacerlo durante un año más o menos.</p>
<p>Podría decir que aquello que me contaba Alfredo Sanz me sorprendió, pero no, no fue así. En el fondo espera algo parecido. Algo debió de truncar la prometedora, y probablemente, anodina carrera académica de Víctor Morelli. ¿Su relación con la mujer de Rivero, quizá? ¿O había algo más? Alfredo Sanz prosiguió, parecía divertirle contarme aquello:</p>
<p>-De todo ello hace treinta años… demasiado tiempo. Recuerdo que la última vez que hablé con Víctor fue el 20 de noviembre de 1975.</p>
<p>-Vaya.</p>
<p>-Sí. Le llamé yo mismo y fue para decirle que Franco había muerto. Por entonces todos creíamos que seguía en el Instituto Poincaré… pero ni siquiera había ingresado.</p>
<p>»Empezó la tesis aquí, en la Complutense, era algo relacionado con Grolek, no me acuerdo… los Teoremas de Compactificación, creo, entonces estaban muy de moda. Se la dirigía el catedrático Tadeo Echegaray, un gran profesor… Pero después de un año quiso ir a París y que fuera el mismo Grolek quien le supervisara. Eso era picar muy alto, demasiado, había que ser bueno, realmente bueno para estudiar con Grolek, y no es que Morelli fuera mediocre pero le faltaba, no sé, ese instinto asesino que tiene la gente brillante. Supongo que me entiende.</p>
<p>-Si</p>
<p>-De todas formas inició los trámites para conseguir una beca en la Sorbona –continuó Sanz-. Y en 1974 anunció a todo el mundo que se la habían concedido. Se marchó en noviembre.</p>
<p>-Pero no se la concedieron –afirme.</p>
<p>-Víctor tenía un buen expediente, podía haber ido a estudiar a la Sorbona… pero no con Grolek. Alain Grolek sólo dirigía a los mejores.</p>
<p>»Nunca entendí por qué lo hizo. Si quería irse podía haberlo hecho, y Víctor no era presuntuoso, si Grolek no le aceptó pudo irse a cualquier otro sitio sin necesidad de fingir, ¿para qué fingir?</p>
<p>-Quizá fuera Ana Noguera.</p>
<p>-Ah, la señora de Rivero…  ¿Tanto le interesa Víctor?</p>
<p>-Pues… confieso que a medida que voy sabiendo cosas de su vida mi interés va en aumento…</p>
<p>-Bueno… ese es un tema delicado –me explicó Alfredo Sanz-. Recuerdo a Víctor como una persona fría, a veces podía resultar un poco distante, pero nunca fue alguien de trato difícil. Era el tipo de persona que nunca comienza una conversación… Pero Ana Noguera lo cambió todo. Le cambió. Lo cierto es que era una mujer capaz de hacer perder la cabeza a cualquiera.</p>
<p>Alfredo me contó que Ana Noguera había estudiado derecho en Estados Unidos, de buena familia, tenían excelentes contactos con la nueva clase que iba a dirigir el país en los próximos años. Se había casado con Jorge Rivero en octubre de 1968, el socio mayoritario de un prestigioso bufete de abogados de aquella época que había estado ligado a varios ministros de Franco.</p>
<p>-La historia… ya sabe, propia de aquellos años –contaba Alfredo Sanz-. Jorge Rivero vería en el matrimonio un trampolín para sus aspiraciones en los años próximos, y ella, bueno supongo que le querría. No lo sé, ya nadie se acuerda de Rivero. El caso es que cuando Víctor conoció a Ana el matrimonio era un desastre. El propio Víctor me lo contó… cuando ya se había enredado con Ana hasta las trancas.<em></em></p>
<p>-¿Cómo conoció a Ana Noguera?</p>
<p>-No tengo la menor idea –contestó Alfredo Sanz-. No era el tipo de ambientes en los que se moviera Víctor, aunque Víctor… no sé, podía ser imprevisible en según qué aspectos de su vida. Cuando me enteré ya era una relación peligrosa…</p>
<p>-¿Peligrosa?</p>
<p>-Si bueno, era Jorge Rivero, tenía mucha influencia… y la capacidad de hacerle la vida imposible a cualquiera, al menos a cualquiera como Víctor.</p>
<p>»Ana y Víctor se conocieron más o menos en el setenta y dos –continuó Alfredo-. Ana era diez años mayor, y bueno, era espectacular, la recuerdo como Ava Gadner, o algo así. Les vi en una ocasión un verano, en Valencia, donde Ana tenía una casa… en El Saler, creo recordar. A veces iban allí cuando no podían verse en Madrid. Yo era casi el único en la Facultad con el que hablaba de temas personales.</p>
<p>»Aquello no podía terminar bien, un conocido abogado franquista toreado por un tal Morelli, matemático. Para mí que aquel viaje de Rivero a Valencia no fue para entrevistarse con ningún cliente, como se puede figurar.</p>
<p>-¿Qué cree que paso?</p>
<p>-¿Con Rivero?&#8230; Le mataron, y probablemente arrojaron el cadáver al pantano… Y no intente hacer cábalas con Víctor. Rivero tenía demasiados enemigos, su bufete estaba metido en tramas de todo tipo, sobre todo negras. Después del 23 de febrero de 1981 se liquidó la sociedad, previo envío de maletines a Zurich, claro.</p>
<p>-¿Cómo sabe tanto sobre Rivero? –pregunté.</p>
<p>-Uno ha tenido cierto pasado político –ironizó-. Primero fui trotskista, luego maoísta y al final lo mandé todo a cagar, ahora sólo cuento batallitas de la Transición.</p>
<p>-¿Y a Morelli? ¿También le interesaba la política?</p>
<p>-¿A Víctor? –Alfredo Sanz sonrió-. Una vez le regalé una edición en ciclostil del <em>Libro Rojo</em> de Mao y me dijo que no había logrado leer más que unas pocas páginas, que le aburría ese chino inflado que no decía más que flatulencias. Casi le parto la cara. No le gustaba el Régimen, aunque creo que lo odiaba más por Rivero que por otra cosa, por lo demás las cuestiones políticas le traían completamente al fresco.</p>
<p>-¿Cree que se marchó a causa de Ana Noguera?</p>
<p>-Supongo que sí. En cualquier caso izo bien en largarse. Llegó un momento, en el setenta y cuatro, que Víctor dejó de contarme nada. La relación con Ana siempre fue tempestuosa, había días que ella no podía estar sin él y temporadas en que no quería verle, y en las que parecía haber solucionado sus problemas con Rivero. Hubo una vez que Víctor apareció por mi casa completamente borracho y diciéndome que no iba a volver a verla más, yo entonces vivía cerca de Atocha. A los pocos días ya estaban liados de nuevo.</p>
<p>»La relación duró dos años, supongo que fue de mal en peor. Después del verano del setenta y cuatro Ana Noguera dejó de existir, o al menos eso me hizo creer. Víctor se fue a Valencia en julio y yo me temí lo peor, pero vino cambiado. Volvía a ser el de antes, solo hablaba de Alain Grolek de su tesis y de irse a París. Cuando se enteró de la noticia de la desaparición de Rivero él estaba en Madrid aunque no le había visto desde hace días, estaba muy atareado con los preparativos del viaje. No dijo nada, se limitó a encogerse de hombros y decir que por fin la había diñado ese cabrón, opinión con la que estuve completamente de acuerdo. Nada más. A los pocos días se marchaba a París.</p>
<p>-¿Cómo era Víctor Morelli? –pregunté-. ¿Conserva alguna fotografía suya?</p>
<p>-¡Fotos! Ni siquiera se hizo la orla al terminar la licenciatura, no quiso. Supongo que alguna debe de haber, pero Víctor era alérgico a las fotografías, una autentica fobia… ¿Cómo era? Un tipo corriente, moreno, delgado, tenía los rasgos algo afilados, observador, durante los primeros años de universidad recuerdo que corría carreras de fondo, luego lo dejó.</p>
<p>-¿Qué le dijo en aquella última conversación en París?</p>
<p>-Ya casi no me acuerdo… Tenía su número de teléfono, le llamé y le dije que Franco había muerto, que había que celebrarlo, cosas así… Le pregunté por Alain Grolek, y me dijo que había sido un monstruo inalcanzable o algo así, que su muerte había sido todo un misterio. Ah, y que no pensaba volver a España, de momento.</p>
<p>»Poco después se supo todo. Ni Víctor estaba en la Sorbona ni mucho menos en el Instituto Poincaré. Era absurdo. Al final esas cosas se saben, y él había hecho creer durante todo un año a todos que estaba allí. Le volví a llamar poco después, pero me contestó una señora en francés diciéndome que allí no vivía ningún Víctor Morelli.</p>
<p>-¿No volvió a saber nada de él?</p>
<p>-Bueno, no –contestó-. Me envió una postal por navidad. Me dijo que lo de Grolek había sido una excusa, una estupidez, que había dejado las matemáticas y que ahora trabajaba en París… En realidad no me contó nada. Proponía volver a vernos en el verano, me dijo que ya me llamaría… Pero desde entonces no he vuelto a saber nada más de él… Ana Noguera consiguió dar con mi número, no sé cómo. Me llamó por esas fechas, la navidad del setenta y cinco, me pidió que le diera las señas de Víctor en París, pero qué le iba a decir… además, aunque las hubiera sabido no se las hubiese dado… Bueno, quizá mienta –dijo Alfredo al cabo de un momento-, sí se las hubiera dado, qué me importaba ya Víctor, o ella.</p>
<p>-¿No tenía familia? –pregunté.</p>
<p>-No tengo ni idea. Víctor había nacido en Madrid, pero su familia era de fuera, creo que de Valencia o Alicante. Él vivía con unos tíos en Madrid a los que no vi jamás… ¿Qué coño hacía en París, escribir? –me preguntó Alfredo Sanz</p>
<p>-No lo sé, supongo. Con el seudónimo de R. Mutt escribía historias demenciales… curiosas. Luego a partir de la mitad de los ochenta aparecería Víctor Morelli, o alguien con su nombre, aunque lo dudo. Son la misma persona… ¿Le suena el nombre de Sigfrid o Sigfrido Robledo?</p>
<p>-No lo he oído en mi vida, quién es, ¿un amigo de Víctor?</p>
<p>Me encogí de hombros.</p>
<p>-¿Y Roy van der Weyden? –insistí.</p>
<p>-Un pintor flamenco, creo. ¿También amigo de Víctor?&#8230; Sigo pensando en esa frase, la dedicatoria… Y de los libros de <em>Hippomenes Sequens</em>, ¿no hay ningún rastro?</p>
<p>-No que yo sepa –contesté-. Aunque aquí mismo hay una prueba –dije señalando <em>“Utopías”</em>.</p>
<p>-¿Qué le ha parecido? –me preguntó.</p>
<p>-Interesante… Cuadra con el Víctor Morelli que me ha descrito.</p>
<p>-Sé que no puedo pedírselo… pero me gustaría leer <em>“Utopías”</em>…<em> </em>En el Departamento hay una fotocopiadora, podríamos ir y fotocopiarlo, quizá yo logre encontrar algo. En cuanto a <em>“Crónicas del Destierro”</em> podría encontrarlo en alguna librería de viejo. Prometo escribirle con lo que encuentre.</p>
<p>Accedí. No tenía otra opción.</p>
<p>-¿Sabe? He oído que Grigori Perelman va a abandonar las matemáticas –dije-. Lo último que sé es que después de demostrar la <em>Conjetura de Poincaré</em> la Topología le importa una mierda, y los cargos académicos todavía menos.</p>
<p>-Y qué hará, ¿escribir?</p>
<p>-No. Desaparecerá.</p>
<p>Regresé a Valencia casi como partí. O quizá peor, sin saber quién era Víctor Morelli, un mar de preguntas, y un antiguo amigo que, treinta años después, tenía la memoria demasiado fresca, a pesar de que parecía haberse olvidado de Morelli. No había resuelto nada, sólo tenía una promesa de Alfredo y la vaga certeza de que un desengaño amoroso había abocado a Víctor Morelli a una identidad desconocida.<br />
El Informe Morelli Cap.1<br />
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