El Informe Morelli (2)
Todavía hoy en día intento persuadirme de que quise dejarlo ahí, de que encontrar la pista que me llevó hasta Víctor Morelli, o de quién se esconde tras ese nombre, fue fruto del azar, de un empecinamiento torpe y estúpido, un tropezar con una piedra que pude haber obviado. No fue así. Nunca lo fue. Sin embargo azar y necesidad no son sino caras de una misma moneda, maneras de armar un relato, torpes estratagemas para encadenar acontecimientos que en sí mismos no dicen nada, pero que terminan llevando al mismo sitio. ¿El azar? ¿Por qué no?
A las pocas semanas encontré una referencia que acabó por confundir más el asunto. Siguiendo la pista de las propuestas distópicas en el cine y la literatura logré dar con una bitácora en Internet dedicada la ciencia-ficción. En el sitio en cuestión, llamado “El Bosque de Birnam”, y mantenido por un autodenominado “Pirx” del que no se aportaba ninguna información, se daba cuenta de un poco conocido autor de culto llamado R. Mutt, evidentemente un seudónimo, que había escrito entre 1979 y 1983 una serie de relatos en español. Estaban adscritos a la bizantina corriente, “Pulp Sci-Fi”, significara lo que significase, y se agrupaban en dos series llamadas respectivamente “Crónicas del Destierro” y “La Urdimbre Celeste”. Habían sido publicados por una pequeña editorial de Barcelona, Atalanta Fugiens Editores y, como era de esperar, estaban totalmente descatalogados.
Evidentemente no se me pasó por alto la relación que pudiera haber entre Atalanta Fugiens e Hippomenes Sequens. Aunque quizá debiera hacer un pequeño alto y explicarlo.
En el año 1617 un tal Michael Maier, nacido en Kiel, médico y alquimista de cabecera del emperador Rodolfo II de Praga, publicó un famoso libro de contenido alquímico y simbólico que tituló con el longevo nombre de “Atalanta Fugienns, hoc est Emblemata Nova de Secretis Naturae Chymica, Accommodata partim oculis & intellectui, figuris….”. Libro hermético donde los haya, críptico y sólo apto para el iniciado. Está compuesto por cincuenta emblemas de difícil interpretación, todos ellos con connotaciones alquímicas, algo muy del gusto de los autores herméticos de la época. Como explica el propio Maier en el título: “emblemas para que los tengas ante los ojos, pero de ahí has de sacar la razón, las señales arcanas”. Cincuenta emblemas, acompañado cada uno por un titulo, un discurso explicativo y un epigrama, que a su vez es la letra de un composición musical, una fuga a tres voces.
La primera voz, Atalanta Fugiens (Atalanta que huye), representa al Mercurio, principio femenino alquímico y volátil; Hippomenes Sequens (Hipómenes persigue), la segunda, es el principio masculino, la virtud del azufre; y Pomun Morans (los frutos que demoran), la tercera, es la Sal o fuego secreto, el tercer principio alquímico capaz de unir al mercurio y al azufre para formar la piedra filosofal.
Todo gira en torno al mito de Atalanta, la veloz y bella corredora a quien el oráculo le advirtió de los peligros de casarse (¡brillante la predicción de la sibila!). Para ahuyentar a los pretendientes les retaba a una carrera, si lograban vencerla accedería a sus demandas, pero si perdían, cosa que ocurría siempre, Atalanta les rebanaba el cuello. Eran tales las aptitudes atléticas de Atalanta que llevaba un cinturón de donde colgaban las cabezas de todos aquellos que se habían atrevido a retarla. Hipómenes fue algo más listo que el resto, consultó a Afrodita antes de retar a Atalanta y ésta le dio tres manzanas de oro que Hipómenes debía arrojar durante la carrera. Así lo hizo. Atalanta fascinada ante el brillo de las manzanas se entretuvo el tiempo suficiente como para que Hipomenes ganara aquella carrera y que así ella cediera ante las demandas amorosas de Hipómenes. Como era de esperar la predicción del oráculo se confirmó, la pareja consumó su unión en un templo abandonado de la diosa Cibeles; ésta, furiosa por la profanación, convirtió a ambos en los dos leones que tiran de su carro.
¿Que cómo pueden interesar a un matemático las preocupaciones de la legión de alucinados que a principios del XVII se arrojaban libelos a la cabeza, asegurando la posesión del saber último? No contestaré a esa incómoda pregunta, quienes me han pedido que elabore este informe me han exigido que me ciña a los hechos, y así lo haré.
No fue difícil dar con el rastro de R. Mutt, ni de su editorial, Atalanta Fugiens. Aunque como autor oculto el tal Mutt existía, y sus recopilaciones de relatos habían sido efectivamente publicadas por una editorial real que había logrado subsistir hasta 2001, fecha en la que dejó de funcionar por quiebra técnica.
Hacerse con alguno de los libros de Mutt editados en Atalanta Fugiens ya fue más complicado. Como era de suponer estaban más que descatalogados desde hacía tiempo, y me costó adquirir uno de ellos en una librería de viejo. Un delgado volumen descuajeringado y en bastante mal estado. Las publicaciones de Atalanta Fugiens no eran gran cosa, pequeños libros de bolsillo que podían ser leídos en el metro, el autobús o en la cama; podían ser doblados estrujados, y una vez leídos, olvidados. Personalmente ese tipo de publicaciones me encantan.
Algo menos de doscientas páginas. Quince relatos cortos de lo en el argot se denomina “ciencia-ficción pulp”. Confieso que me divertí leyéndolos en un fin de semana, aunque mi criterio como lector haya quedado, a partir de este momento, seriamente en entredicho.
La “ciencia-ficción pulp” es la serie “B” de la ciencia-ficción, si se me permite esa expresión. Aventuras más que fantásticas donde debe haber profusión de elementos sobrecogedores, terroríficos, abracadabrantes, buenas dosis de humor irónico y una generosa porción de sexo, o incluso pornografía. Es lo más opuesto a la ciencia-ficción clásica, no hay preocupación alguna por la verosimilitud, la anticipación científica o las especulaciones metafísicas. No hay hondos calados humanos ni significados por descubrir. A lo sumo una socarrona sátira social a lo Jonathan Swift, nada más. Es sólo pulp.
Resumiré la línea argumental de “Crónicas del Destierro” como ejemplo:
La acción arranca en el planeta Tierra en el año 2979. Los dos protagonistas, Viktor Limerol y Sigfrid Bolerdo, se ven envueltos en un enojoso asunto con una muerte de por medio, la traición de una mujer, Betsy, y la persecución consiguiente tanto de la policía interplanetaria como de su antiguo socio en cuestiones de delictivas, el maligno Roy van der Weyden, que les creen culpables de la muerte del individuo, alguien llamado M., que no es sino el miembro del grupo de van der Weyden encargado de custodiar un objeto valioso del que no se aclara nada. Ambos no tienen otra posibilidad de escapar más que haciendo uso del Hacedor de Gusanos del profesor Werner Groelink, un sistema capaz de crear agujeros de gusano transitables a cualquier lugar o tiempo del universo, en principio previamente especificado, aunque con la desagradable particularidad de ofrecer un margen de error nunca del todo controlable.
Viktor y Sigfrid, como buenos socios que son, realizan el primero de los viajes juntos a un lugar llamado Fjordland, planeta helado en la constelación de Cygnus. Pero desde ese momento sus respectivas huidas discurren separadas. Naturalmente tanto la policía como Roy van der Weyden también disponen del Hacedor de Gusanos y la huida se convierte en una persecución.
Cada relato es una historia autónoma protagonizada por Viktor o Sigfrid, historias donde abundan, como no podía ser de otra manera, el humor negro, la fantasía absurda, las paradojas temporales y el sexo, tanto entre humanos como entre alienígenas, o en cualquier otra variante bizarra.
Como el lector habrá podido adivinar, si me he detenido en el argumento del libro de Mutt ha sido por dos razones que le resultarán evidentes.
La primera, como es obvio, es que Viktor Limerol no es más que el anagrama de Víctor Morelli. En cuanto a Bolerdo es también fácil reconvertirlo en un apellido español, Robledo. Werner Groelink hace inequívoca referencia a Alain Grolek, eminente matemático que se suicidó en 1975 y del que tendré ocasión de hablar en relación a la biografía de Víctor Morelli. Roy van der Weyden es el famoso pintor flamenco del XVI, y Betsy… bueno, Betsy nunca he logrado saber quién era. En cuanto al resto, el libro está plagado de referencias similares que en su momento, cuando leí el libro, se me escaparon en su mayor parte.
La segunda de las razones quizá la haya advertido el lector especializado. Si bien el término “Agujero de Gusano” es algo antiguo, no hay ninguna referencia en la literatura científica a los agujeros de gusano como medio teórico de conectar dos puntos del espacio-tiempo hasta 1988 (Kip Thorne). Hasta entonces los viajes en la ciencia-ficción se hacían recurriendo al hiperespacio, fuera lo que fuera, o a la más cómoda tele-trasportación. Lo curioso es que R. Mutt (o Víctor Morelli) hace una plausible descripción de lo que es un agujero de gusano tal y como Kip Thorne lo describía a finales de los ochenta. La conclusión me pareció desconcertante, o bien Mutt no escribió “Crónicas del Destierro” en la fecha indicada por la editorial, algo absurdo, o bien el tal Mutt sabía muchas cosas.
Pero aquello no demostraba con absoluto grado de certeza que R. Mutt y Víctor Morelli fueran la misma persona. Había similitudes de estilo, pero poco más podía concluirse, aunque la alusión a Víctor Morelli por parte de R. Mutt resultaba ya toda una provocación. Como es de suponer aquel hallazgo espoleó aún más si cabe mi interés por el esquivo Víctor Morelli. Recurrí a los archivos de la universidad.
Si Morelli había estudiado en Madrid y París debía de haber algún tipo de constancia documental. Por edad tuvo que hacerlo a finales de la década de los sesenta, le encomendé la tarea a un amigo (no debo decir su nombre) del departamento de Administración de la universidad. Al cabo de unos días me enteré de que efectivamente un tal Víctor Morelli Álvarez había estudiado en la Universidad Complutense desde 1968 hasta 1973, año en que comenzó el doctorado en el Departamento de Topología y Análisis. En noviembre de 1974 Morelli abandona la Complutense, en principio para seguir su doctorado en La Sorbona bajo la dirección del gran Alain Grolek, una oportunidad excepcional, pero mi informante me remitía a una noticia del diario ABC de ese mismo mes. Una noticia aparecida en la sección de sucesos.
El Informe Morelli Cap.1















