Violas los juramentos, te mofas de mi… y no contento con eso me haces partícipe de la comisión de un crimen, y me fuerzas a hacerlo público. Ahora sí que sé que corro peligro. Sí, ¿te sorprende Morelli? ¿Era eso lo que buscabas? ¿Tendré más noticias tuyas?… ¿Me dirás quien fue el asesino, el asesinado? ¿O tendré que ser yo quien lo averigüe?
Cómo me inicié en la Sociedad L.H.O.O.Q. (Por Víctor Morelli) (y 4)
París, 20 de noviembre de 1975.
Los tres entramos en el interior, al cruzar la puerta, Torsvan, no pudo evitar que la bolsa de deporte impactase con el portalón emitiendo un claro sonido metálico, sobresalto de todo el mundo, sobre todo de Torsvan y Robledo, que se miraron con inquietud. El portalón se cerró sonoramente y la oscuridad pareció cernirse sobre todos nosotros.
El portero encendió una luz, me encontré en un patio de suelo ajedrezado, una escalera de mármol subía a la derecha de la entrada, tenía los escalones ligeramente desgastados por el centro, al fondo, enfrentada a la puerta, había una cabina con una mesa y un pequeño flexo de luz azulada que apenas iluminaba, era el puesto del portero, y algo más cerca se encontraba la imponente puerta del ascensor, tenía un apresurado cartel colgado y escrito a mano con las palabras:
NO FUNCIONA
-Permítanme que me presente –dijo el portero-, mi nombre es Claude Floret, Comendador del Legado Patafísico, y su depositario, en espera de la venida de los grandes sátrapas que hagan que el Ilustre Colegio deje el actual estado de ocultación.
-Sigfrido Robledo, Incomparable Embajador del Gran Duchamp, Gran Maestro de los Arcanos del Vidrio. Director de la Comisión para el Ready-Made Inconcluso, Subcomisión para la finalización de las tablas en el ajedrez. Mi apadrinado, Víctor Morelli, propuesto para la Comisión de Bucles y Excepciones Topológicas, todavía no tiene grado, hoy es su ceremonia de iniciación.
-¡¿Qué?! –exclamé estupefacto.
-Torsvan Maruth, Supremo Hierofante de la Ocultación, Imponderable Depositario del Secreto. Director de la Comisión de Sombras y Ocultamientos. Subcomisión de los Automatismos Liberados y Cabezas Parlantes.
-Es un placer caballeros –dijo Claude Floret-, desgraciadamente el estado de ocultación del Colegio impide celebrar las habituales sesiones ordinarias y extraordinarias; pero si lo desean las instalaciones y departamentos del Colegio están a su disposición, aunque si quieren que les sea franco, las normas de acceso se han complicado de manera incongruentemente necesaria… Si me permiten, ¿se trata de una visita extraordinaria?
-Sí, claro –dijo Robledo.
-¿Qué coño pasa Robledo? –pregunté temiéndome lo peor.
-Sólo tienes que seguir la corriente –contestó Robledo.
-Y responder correctamente –repuso Torsvan.
El portero nos hizo una seña para que le siguiéramos. Atravesamos el patio ajedrezado con el único sonido de las piezas metálicas que guardaba Torsvan en la bolsa de deportes.
-Cómo ya sabrá antes tienen que firmar el registro –me explicó Floret.
-Yo no sé nada –protesté.
Claude Floret tenía una pequeña mesa de contrachapado iluminada por un flexo de bombilla azul, apenas una difusa burbuja de luz. Sobre ella había un pequeño tablero de ajedrez con una partida ya comenzada, un ejemplar de Le Figaro doblado por la mitad y una fotografía en un pequeño marco:
Era una reproducción de un cuadro de C.M. Coolidge, siete perros jugaban una partida de póker en toda regla, una mesa, tapete, fichas en juego, whisky, cervezas, y los buldogs haciendo trampas.
Sigfrido Robledo se fijó en el tablero de ajedrez:
-¿Cómo va la partida?
-¿Le gusta jugar? –preguntó Floret.
-No. Me gusta el ajedrez… como a usted.
-Torneo de Zagreb de 1970, Fisher contra Mimic, defensa siciliana. Fischer juega con negras y gana.
-Pues lo tiene muy mal –observó Robledo.
-Lo tiene condenadamente mal, puede contraatacar con la torre y la dama por el flanco izquierdo, pero no le va a servir de nada, está prácticamente muerto. Sin embargo gana, eso pone aquí.
-Bobby Fischer desaparecerá algún día, si no lo ha hecho ya –dijo Robledo-, se convertirá en un proscrito, como Salinger…
Claude Floret sacó de un cajón un libro de registro, lo abrió por el día veintiuno de noviembre de 1975, no había firmado nadie. Robledo y Torsvan firmaron con sus nombres anotando la hora, la una y media, yo procuré trazar un garabato ilegible y falso.
-Lamentablemente el ascensor no funciona –dijo Floret-. Tendrán que subir al ático a pie… ya conocen el camino.
El portero se sentó en su escritorio y se concentró en la partida de Fischer, ajeno por completo a nosotros.

Los tres comenzamos la ascensión por la inquietante escalera. Dos pequeñas columnas labradas en mármol la enmarcaban, de la columna de la izquierda partía la barandilla, y aguantaba sobre el capitel una esfera de cristal mate que debió contener alguna bombilla, la otra se fundía con la pared, casi absorbida por ella.
El primer tramo consistía en grandes peldaños de mármol combados en el centro, pero pronto la escalera giraba a la izquierda y penetraba en la oscuridad:
-¿Dónde está la luz? –pregunté.
-No hay ninguna luz –sentenció Torsvan a mi espalda.
-Pues no se ve un carajo –continué-. Si hay que subir los cinco pisos… ¿Tenéis algún mechero?
-No
-Hay que subir… y luego bajar –susurró Robledo-. Sólo hay que orientarse
Me asomé por el hueco de la escalera, arriba no parecía haber ninguna luz, quizá solo un débil resplandor en lo alto, el ático, pensé. Con la mano izquierda me aferré a la barandilla y comencé subir con precaución tanteando con los pies. Había que seguir un ritmo regular, fiarse de la disposición de los escalones, primero un pie y luego el otro, y subir un poco inclinado para protegerse de algún tropiezo. Al comienzo me costó, arrastraba el pie con temor en cada escalón hasta tocar el tope, pero al poco conseguí adoptar un ritmo regular. Al cabo de unos minutos había llegado al primer piso.
-¿Cómo vais? –pregunté.
No contestó nadie.
-¡Robledo! ¡Torsvan!
Me giré, tanteé con los brazos en la oscuridad, pero ni siquiera lograba oír nada. Me habían dejado solo.
«Hijos de puta», pensé, «seguro que han subido por el ascensor».
Tenían que haber bajado, en algún momento tendrían que haber dado media vuelta, pero concentrado en mi propia ascensión no lograba recordar el momento. Pensé en bajar, sólo era un piso, aunque el descenso parecía bastante más peligroso.
-¡Morelli! ¡Víctor Morelli!
Alguien me llamaba. La voz procedía de algún piso superior, y desde luego no era de Robledo ni de Torsvan.
-¿Quién es? –pregunté en medio de la oscuridad.
De nuevo el silencio. Pensé que pronto algún vecino abriría la puerta ante el intercambio de voces. Pasé mi mano la pared y palpé en busca de algún interruptor, lo encontré al cabo de un rato, pero como había supuesto no se encendió ninguna luz. Logré encontrar también el llamador del ascensor, nada. No supe qué hacer.
Una repentina corriente de aire me heló los huesos, sentí miedo. A la mañana siguiente tenía que estar en la biblioteca, a las nueve, sin falta, hacía dos días que no iba sin ninguna justificación y uno más supondría un despido, pensé en volver a mi agujero, dormir algo, y dejar al imbécil de Robledo con sus jueguecitos. Y sin embargo me quedé allí, en la oscuridad, aferrándome a la barandilla y tiritando de frío.
-¡Al a mierda! –exclamé.
Reanudé la marcha, eran cuatro pisos, y en el último parecía haber alguien. No pude proseguir peor, al comenzar a subir los escalones del segundo piso me tropecé, me caí de bruces contra los peldaños:
-¡Joder!
Me costó volver a encontrar el ritmo, fiarse de mis pies, de mis manos, concentrarme en la cadencia… Segundo piso, había tardado algo menos.
Justo en ese momento una puerta se abrió y una luz iluminó todo el descansillo, era un pasillo blanco, cuatro puertas de madera y el armario del ascensor. Frente a mí había una persona en el zaguán de su puerta, una mujer vestida de forma apresurada con una bata que cerraba con una de sus manos:
-¿A dónde va? –me preguntó abruptamente.
-Pues… si logro llegar, al ático. No funciona el ascensor.
-Son todos unos cerdos… Voy a avisar a la policía –dijo.
-Perdone…
-¿No tienen bastante con hacerlo en casa? ¿Tienen que venir a restregarnos su lujuria todas las noches?
-Sólo voy al ático…
-Ya sé dónde va –respondió la mujer- ¿Sabe? Esto es una casa decente, y muchos estamos ya hartos del lupanar que tienen montado allí arriba. ¿No vendrá acompañado?
-Pues venía con dos amigos…
-¡Cerdos! ¡Cerdos! ¡Cerdos! ¡Avisaré a la policía!
La mujer cerró la puerta con estrépito, y la oscuridad volvió a cernirse sobre la escalera. ¿Estaban Robledo y Torsvan en un lupanar?, me pregunté. Por otra parte una redada no me convenía en absoluto, con un empleo en aire mi permiso de residencia no lo aguantaría. Pero ya no podía volverme atrás, sólo tenía por delante dos pisos, y bajar resultaba ya una locura.
La ascensión se hizo más regular, había conseguido acostumbrarme a subir a ciegas, aferrándome a la barandilla y tanteando con los pies. En el tercero noté cierta humedad en el suelo, había un gran charco de agua, ¿alguien había dejado un grifo abierto? No se oía nada, tenía los calcetines empapados, si no venía la policía acabarían viniendo los bomberos. Pero ya comenzaba a vislumbrarse la claridad del ático, como si hubieran dejado la puerta abierta, o como si hubiera pequeño un fanal, igual que en los prostíbulos, pensé
El problema del agua se reducía al tercer piso, el cuarto estaba seco, pero hacía un calor húmedo y pegajoso que hacía del abrigo una molestia intolerable.
-Un piso más –susurré.
A mi espalda se abrió otra puerta. El descansillo del cuarto era distinto, sólo había dos puertas, el piso estaba descuidado, faltaban algunas baldosas de mármol, y obstaculizando la subida al ático habían colocado una piedra de buen tamaño, como un balón de fútbol.
-¿A dónde cree que va? –me dijo alguien a mi espalda.
-Al ático –respondí.
Era un hombre alto, calvo, con una espesa capa pilosa repartida por todo el cuerpo, vestido únicamente con unos calzoncillos y una camiseta, recién salido de la cama, gotas de sudor le perlaban la calva.
-Allí sólo encontrará problemas –dijo el hombre-. ¿Qué quiere, que mañana le encuentren en el Sena?
La imagen de la maleta de Robledo y Torsvan cruzó fugazmente por mi cabeza.
-Creí que era un lupanar –contesté intentando hacerme el simpático-. Sólo busco a dos amigos, creo han subido…
-¿Y por qué no usa el ascensor?
-No funciona.
-¿Cómo que no?
El hombre se acercó, estaba descalzo, pulsó el botón de llamada y un ruido mecánico de engranajes y poleas se oyó claramente, al cabo de unos segundos el ascensor había llegado.
-Escuche –dijo el hombre-, llevo despierto toda la noche y al ático no ha subido nadie, ni por la escalera ni por el ascensor. Será mejor que se marche. Sólo encontrará problemas, se lo aseguro.
Se podían ver algunas sombras en el zaguán de la puerta, entreví una figura femenina, expectante, impaciente…
-Gracias de todos modos. Pero ya que estoy aquí subiré.
-Como quiera… Ahí tiene el ascensor.
-Sólo es un piso –dije evitando la piedra
La puerta se cerró de un portazo. La oscuridad no era ya tan impenetrable, podían verse sombras, los peldaños como bultos informes… No era un fanal, sino la luz del interior del ático, habían dejado la puerta abierta, y no había nadie. Por supuesto era una invitación a entrar.
El suelo del ático era también una composición ajedrezada, como el del patio de entrada, había una cortina recogida, un largo pasillo, y al fondo una puerta que impedía ver más allá. Quise llamar a Robledo o a Torsvan, pero no se atreví. Avancé con sigilo. Sobre la puerta, en una especie de frontispicio, vi una espiral, era un grabado. Me asusté, me vi atacado por un mono furioso…. Pero no, sólo era una figura congelada en el tiempo por la pericia del taxidermista, sobre un pedestal pude reconocer a un babuino con un desproporcionado culo rosado. Y sobre una repisa un extraño artilugio, una especie de molinillo con tres rodillos. En aquel momento no fui consciente de tal concatenación de símbolos.

Parado frente a la puerta consulté mi reloj, las dos y cinco. Decidí llamar, esperé. Llamé de nuevo, pero no parecía haber nadie al otro lado. Pude haberme largado, era lo más sensato, ¿qué estaba haciendo allí? Era un intruso, podían incluso tomarme por ladrón, y desde luego nadie me había invitado a aquel sitio. ¿Un lupanar? No se oían voces, ni la callada algarabía de un prostíbulo, no había portero ni nadie que me dijera que debía marcharme. Sin embargo la puerta estaba abierta. El ascensor funcionaba, no tenía siquiera que bajar los cinco pisos tanteando peligrosamente. Mañana no podría ni moverme, volver a pie a la Rue des Tournelles, hacerme un tazón de Nescafé muy cargado, y esperar dos o tres horas pegado al despertador para estar a las nueve en la biblioteca, luego tendría que aguantar la bronca apocalíptica del señor Haffner, mi cabeza estaría tan apergaminada, tan reseca y cuarteada que me sería imposible pergeñar una excusa. Dos días, nada menos que dos días desaparecido. Con suerte no me despedirían. Pasaría seis horas en un estado catatónico, y confiando en que los automatismos de mi cuerpo lograsen llevar a cabo una tarea apenas creíble, luego podría al fin descansar, hundirme durante horas en una cama deshecha desde hacía días…
Desaparecer.
Pero no, el babuino me miraba fijamente ofreciéndome una grotesca mueca, una risa espasmódica, queriendo cortar de raíz toda esa cháchara interior en la que llevaba enredado todo un año, un año en el que no había pretendido ser alguien distinto de Oblómov, un hombre superfluo, intrascendente, permanente echado, ocioso, negándome a participar en esa interminable sucesión de segundos muertos, una vida, una ficción, una forma adherida, como diría Robledo.
Si hubiera habido alguna silla en ese pasillo me hubiera sentado esperando a que la noche se acabara. Decidí probar una vez más con la puerta. En esta ocasión, inexplicablemente, el picaporte cedió. Entré.
Nueve personas me esperaban formando un semicírculo, cuatro a cada lado y una en el centro. Había un pequeño altar al fondo, y frente al preboste del conciliábulo una columna de aproximadamente un metro con un par de objetos encima. El altar era simple, una gran espiral, igual a la anterior, una bicicleta bastante vieja y, colgada de la pared tapizada en terciopelo rojo, una urna con un revólver, como si fuera una reliquia incorrupta. Grandes cortinajes oscuros, velas, hachones y una lámpara en forma de candelabro en el techo. Olía a incienso.
Me fijé en los acólitos, todos vestían una túnica de color negro con múltiples condecoraciones y distinciones: emblemas, charreteras, bandas e insignias. A mi derecha pude distinguir a Sigfrido Robledo, parecía sonreír, Torsvan Maruth estaba a la izquierda, imbuido en su nueva dignidad estaba serio como un palo. A los demás no les había visto nunca, ni en las reuniones revolucionarias de Jacques ni en las noches de juerga con Robledo.
Había un tipo de mediana edad con el pelo peinado hacia atrás y cara de actor de Hollywood, Robert Mitchum, creí reconocer; otro más joven, pálido y aburrido; un tercero, tan alto como Torsvan, con evidentes ojeras y rostro achispado; un señor bajito de ojos de sapo; una mujer joven, de pelo lacio y rubio y la cara cubierta de pecas; y dos tipos casi idénticos, rechonchos pero taciturnos. El preboste adoptaba la actitud de mayor dignidad, era un hombre de unos cuarenta años, barba corta y cuidada, y ojos de un azul intenso. No había dejado de mirarme desde que entré en la sala.
-¡Víctor Morelli! –dijo el preboste.
Reconocí esa voz, era la que me había llamado desde la escalera.
-¡Víctor Morelli! –continuó-. ¿A qué has venido?
Oí una risa por lo bajo, era Robledo.
-Vengo… vengo a ser iniciado –dije haciendo caso del consejo de Robledo de seguir la corriente.
-¡Acércate Victor Morelli! –dijo el preboste.
Avancé dubitativo, noté como todo el cenáculo estaba pendiente de mí. Sobre la columna, que ahora comprobé que era de yeso, había una lata de carne de buey en conserva marca Crubellier y un pequeño volumen descuajeringado de Lautrémont.
-¿Quién te ha recibido? –continuó.
-Un portero, cuyos paramentos y dignidades no reconocí –contesté.
-¿Cómo has venido hasta aquí?
-Subiendo por las escaleras, el ascensor no funcionaba.
-¿A quién has visto?
-Me encontré con la Meretriz de Babilonia, una señora en bata, enfadada y escandalizada y que me amenazó cuando supo que me dirigía aquí. Luego me sorprendió el mismísimo Hades, transmutado en hombre vulgar, que me recriminó en calzoncillos mi presencia en su reino, y me advirtió de los males que recaerían sobre mi si franqueaba esta puerta. Me mostró los dos caminos.
-¿Y cuál elegiste?
-Superé el obstáculo de la Piedra… y subí los escalones.
-¿Quién acompaña a Víctor Morelli? –preguntó el preboste dirigiéndose al conciliábulo.
-¡Yo! –exclamó Sigfrido Robledo dando un paso al frente
-¡Y yo! –añadió Torsvan de la misma forma.
-Vosotros, miembros del Ilustre Colegio, ¿dais fe de que Víctor Morelli, aquí presente, merece estar entre nosotros?
-¡Yo doy fe! –dijo Robledo
-¡Y yo también! –repuso Torsvan
-¿Y cómo lo sabéis? –preguntó el preboste
-Ha superado las pruebas –dijo Robledo.
-Ha sorteado los peligros, obedecido fielmente nuestras indicaciones y atravesado él mismo, sin nuestra ayuda, la oscuridad –añadió Torsvan.
-¿Es eso cierto Víctor Morelli? –preguntó
-Subí los cinco pisos a ciegas solo… el ascensor….
-¡Ha superado el miedo!
-¡Y los prejuicios!
-¡Ha hecho oídos sordos a las maledicencias!
-¡Y encontrado el camino!
-¡Arrodíllate Víctor Morelli! –exclamó el preboste.
Sentí como el conciliábulo se cerraba a mi espalda, oí unas risas apagadas y el inconfundible sonido de unas botellas.
-¡HA HA!
-¡HA HA! –respondieron todos a coro
-Yo, Humilde Emisario de Su Serenísima el Gran Ubú, por el poder que me confieren mis dignidades, por el Gran Palotín, el Chápiro Verde, por la Orden de la Gran Gidouille, por los Grandes Sátrapas Ocultos, por la Inexorable Ley del Azar y el Perpetuo Clinamen, el Gran Babuino, y el Sublime Doctor Faustroll… Te pregunto, Víctor Morelli… ¿Juras solemnemente no revelar nada de cuanto has visto?
-Eh… Sí, juro
-¿Y guardar el secreto de todo lo que te acontezca de aquí en adelante?
-¡Lo juro!
-¡HA HA!
-¡HA HA! –gritaron todos.
-Y ahora, Victor Morelli, iniciado, repite conmigo:
Mirad, mirad el trituraperros girar
Mirad, mirad los sesos saltar
Mirad, mirad a los Bienpensantes saltar
¡Urra! El Cuerno por el Culo. Viva el padre Ubú.
El preboste recitó los versos con voz tonante y levantando los brazos hacia la espiral que tenía a su espalda. Yo, arrodillado e intentado imitar los gestos, procuraba repetirlo lo mejor que pude:
Mirad, mirad el trituraperros girar
Mirad, mirad los sesos saltar
Mirad, mirad a los Bienpensantes saltar
¡Urra! El Cuerno por el Culo. Viva el padre Ubú.
-¡Viva el Padre Ubú! ¡Viva el Doctor Faustroll!
-¡Viva el Padre Ubú! ¡Viva el Doctor Faustroll! –repetí
-¡Cuernoempanza! ¡Cuernoempanza!
-¡Cuernoempanza! ¡Cuernoempanza!
-Desde este instante Víctor Morelli forma parte del Ilustre Colegio Herético y Oculto y de la Sociedad L.H.O.O.Q. con los grados de… Imponderable Arconte de la Banda de Möbius e Ilustre Depositario del Legado de Jayyam. ¿Cuál será tu cometido? –preguntó.
No supe qué contestar, pero Robledo intervino:
-Comisión de Bucles y Excepciones Topológicas, Subcomisión de los Infinitesimales Zenonianos
-¡HA HA!
-¡HA HA! –respondieron todos a coro
Se oyó el descorche de una botella de champagne, el tapón impactó contra el techo
-Cada vez lo hacemos más abigarrado –dijo alguien.
-Es lo propio –contestó la mujer.
-La lata de buey… habrá que comérsela, ¿no? –apuntó Torsvan.

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