Wittgenstein at War (1)

Wittgenstein en Guerra, la “transmutación” del Tractatus.
Suele ser un lugar común hablar del “primer Wittgenstein” y el “segundo Wittgenstein”; o en relación al contenido del Tractatus, del “Wittgenstein lógico” y el “Wittgenstein místico”, enfatizando las diferencias como sin en el pensamiento de Wittgenstein se hubiera operado una trasmutación alquímica que hiciera incompatibles ambas posibilidades. Pero lo cierto es que bajo las evidentes diferencias existe una continuidad que hace posible el cambio, una misma sustancia que lo sustenta. Así, es imposible orientarse en la laberíntica caverna de las Investigaciones Filosóficas sin tener presente las constantes que también se encuentran en el Tractatus; o comprender a ese “Wittgenstein místico” sin entender que es una consecuencia de la lógica, de “su lógica”.
La motivación que impulsó al Wittgenstein ingeniero a dedicarse a la lógica fue la Teoría de los Tipos de Russell y Whitehead. Artificio técnico introducido en el edificio lógico de los Principia Mathematica con el objeto de salvar las paradojas que aparecían en la heurística de conjuntos empleada por Russell y Frege (muy distinta de la de Cantor, que es la que se usa hoy en día). Si para Russell un conjunto (o una clase, o concepto) era la extensión de un predicado, de cualquier predicado, aparecen sin remedio inconsistencias derivadas de posibles autorreferencias. Para salvar la consistencia hay que postular en la axiomática un mecanismo que lo evite, distinguiendo diferentes tipos o rangos de conceptos de manera que ningún concepto de un tipo dado es aplicable a conceptos de tipo igual o superior. La Teoría de los Tipos puede llegar a resultar complicada de usar cuando se empiezan a derivar teoremas lógicos, pero evita las paradojas; eso sí, arruina de forma implícita la primitiva pretensión del programa logicista: derivar la matemática de principios lógicos evidentes, la teoría de los tipos no es ni mucho menos evidente, y presupone la existencia de una serie infinita cuyo manejo queda establecido a priori (los distintos tipos), con todo lo que conlleva a la hora de hacer suposiciones previas. Russell suponía que la Teoría de Tipos sería eliminada con una reformulación de la lógica, una nueva lógica que hiciera de la teoría de los tipos algo superfluo. Ese era el problema que se propuso resolver Wittgenstein a partir de 1911.
La solución encontrada por Wittgenstein, perfilada entre 1912 y 1913, fue su distinción entre decir y mostrar. En un lenguaje lógico adecuado los “tipos” serían mostrados, sin necesidad de hablar de ellos. La lógica no dice nada, sino que únicamente muestra su sentido, y en este “sentido” debe estar implícita la distinción entre los diversos tipos de conceptos o de cosas. Esa distinción debería de ostentarse en el simbolismo, y no como Russell pretendía en los Principia, hacerla explicita en el formalismo como axioma. El símbolo lógico debe de mostrar por sí mismo el “tipo”, que comienza con el “hecho atómico” (sea éste lo que sea) convenientemente simbolizado; a partir de éste se construyen las proposiciones. Wittgenstein afinará este razonamiento en toda la parte del Tractatus que trata sobre la forma general de la proposición, y ventilará la Teoría de Tipos en tres proposiciones (3.331-3.333), considerándola, como preveía Russell, algo superfluo y carente de sentido, aunque en modo alguno de la forma que pretendía su maestro.
¿Pero cómo pudo Wittgenstein vincular su ética con esta idea sobre la cual gravita toda su lógica?

7 de agosto de 1914, Wittgenstein se alista como voluntario en el ejército austriaco.
Tras el cruce de ultimátums y telegramas que precedieron a la declaración de guerra entre las potencias europeas, se vive en todo el continente un ambiente de euforia desmedida, todo el mundo aguardaba con impaciente inconsciencia ese momento, la guerra es celebrada con algarabía, y las palabras de Marinetti en 1909 en su Manifiesto del Futurismo parecen resonar en todas las capitales europeas:
“Nosotros queremos glorificar la guerra —única higiene del mundo—, el militarismo, el patriotismo, el gesto destructor de los libertarios, las hermosas ideas por las que se muere y el desprecio por la mujer.”
Es difícil imaginar a Wittgenstein yendo en procesión a la oficina de reclutamiento cantado el himno nacional para no perderse una guerra que, en principio, iba a durar unas semanas, sin embargo, Wittgenstein fue a la guerra con la misma determinación que muchos europeos. Hay más de sentimiento personal que patriótico en la decisión de Wittgenstein, sobre todo hay una necesidad de ponerse a prueba, de afrontar el peligro y comprobar la autentica medida de su valía. De alguna manera creía que la experiencia que suponía la guerra, esa vida al límite, le fortalecería, buscaba algún tipo de respuesta que únicamente creía encontrar enfrentándose a la muerte: si el suicidio le había perseguido como un fantasma familiar, la muerte que podría encontrar en el frente le serviría para conjurarlo.
Al comienzo de sus diarios de guerra, que discurren entre 1914 y 1916, Wittgenstein anota:
“Ahora tengo la oportunidad de ser un ser humano decente, pues voy a estar cara a cara con la muerte”
Pide ser mandado al frente, pero sus expectativas se ven frustradas. Es destinado en calidad de soldado raso a un buque que patrulla sobre el Vístula, en la retaguardia. Pretendía enfrentarse a la muerte y se vio a bordo del Golpana, sin ver ni siquiera de lejos al ejército ruso.

Wittgenstein recordaría este primer periodo de la guerra con amargura y desesperación. Se ahoga en una ambiente rodeado de gente a la que desprecia y con la que no tiene nada en común (es el mundo que el Wittgenstein, de los Wittgenstein de toda la vida, no había visto hasta ahora), realiza tareas solitarias, como manejar el reflector por la noche. Únicamente encuentra consuelo en su diario, en el que alterna las entradas personales con las de lógica; en las cartas que consigue enviar, vía Suiza, a Pinsent, y en los pocos libros que lleva consigo, en particular uno: El Resumen del Evangélio de Tolstoi.
Es difícil estimar el tipo de influencia que este libro tuvo en Wittgenstein, que resultó decisivo es evidente, al menos desde una perspectiva personal, pero en la evolución posterior de su pensamiento, ¿fue fermento o catalizador? ¿Hubiera influenciado de la misma manera de no haberse encontrado en esa situación? Él mismo anota que fue lo único que le mantuvo con vida, la sombra del suicidio siempre presente. Junto a Los Evangelios también leyó en este periodo de frustración El Anticristo de Nietzsche, lecturas antitéticas que se entrecruzan.
En la parte personal del su diario Wittgenstein comienza a insistir en la necesidad de preservar su mundo interior, “su alma”; si esto es posible no importa lo que pueda ocurrir al exterior, ¿reconocemos aquí indicios de ese curioso solipismo presente en el Tractatus? Pero también deja constancia de las necesidades que le impone una sensualidad que no puede obviar, como las veces que se masturba.
Sin embargo las preocupaciones filosóficas durante este periodo todavía están centradas por completo en la lógica, así se lo hace saber a Frege, con quien podía mantener una correspondencia sin restricciones. Es en el otoño de 1914 cuando Wittgenstein da con una de las ideas centrales del Tractatus: la teoría pictórica, o figurativa, del lenguaje (la proposición es una figura de los hechos), que aparece en sus diarios a partir de septiembre. Pero sus avances en lógica se producen a oleadas, a días de trabajo se suceden otros completamente improductivos
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