12
Ene
09

Wittgenstein at War (2)

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Wittgenstein en Guerra, la “transmutación” del Tractatus.

Nuevo destino, pero igual que el anterior, alejado del frente. Dese comienzos de 1915 Wittgenstein es nombrado encargado de un taller de reparación de maquinaria en Cracovia, sus superiores deciden aprovechar su pasado como ingeniero y ahorrarle las penalidades de la primera línea, pero lejos de hacerle un favor el cambio deprime todavía más a Wittgenstein. En el Golpana podía realizar tareas en solitario y dedicarse a sus reflexiones, ahora debe tratar con gente a la que desprecia, supervisar el trabajo de otros e imponer su criterio a personas de superior graduación que, naturalmente, no tenían intención de obedecerle. La situación se vuelve insufrible para Wittgenstein, tiene varias crisis nerviosas, pide insistentemente ser enviado al frente, y llega a solicitar que le releven de sus funciones por incompetente. Quizá fue el momento que más cerca estuvo del suicidio.

“No puedo seguir así”, escribe el 17 de febrero. “Situación inalterable”, la anotación se sucede durante días junto a “No he trabajado” (en lógica).

Sólo una carta de David Pinsent logra sacarle del marasmo en el que se encuentra. La situación se suaviza en primavera, parece haberse acostumbrado a su trabajo en el taller (se le permitió llevar el uniforme de ingeniero) y la correspondencia con Pinsent le anima a seguir con su trabajo filosófico. El problema que le ocupa es el siguiente:

“El gran problema alrededor del cual gira todo lo que escribo es: ¿Existe en el mundo un orden a priori, y si es así, en qué consiste?”

Esa estructura buscada por Wittgenstein son los hechos atómicos. El mundo para Wittgenstein estará compuesto por hechos, y no por cosas, lo cual es consecuencia de su teoría figurativa del lenguaje: si el lenguaje es una figura de la realidad, es decir, si la realidad está reflejada en el lenguaje (y para Wittgenstein esa “copia” es exacta, no aproximada), la realidad compartirá la misma estructura; el análisis de la proposición coincide con el análisis de la realidad y si deben existir proposiciones básicas, existirán hechos “atómicos”. Pero un hecho atómico no es algo contingente (de la misma forma que lo son las proposiciones básicas del lenguaje), por tanto las relaciones de las cosas que lo determinan ya vienen prefiguradas, y esa estructura de las cosas que interviene en el hecho atómico es la estructura de la realidad. Una estructura a priori.

Es curioso como este razonamiento, sintetizado en la segunda proposición del Tactatus (El mundo es la totalidad de los hechos, no de las cosas), llevó a Wittgenstein a una sorprendente forma de idealismo: la realidad no son las cosas, sino las relaciones entre las cosas. De ahí al solipismo solo hay un paso.

En mayo Wittgenstein recibe una carta de Russell, éste le comunica que ha sido incapaz de entender las notas sobre lógica que dictó a Moore en Noruega, y que espera “de todo corazón” que después de la guerra se lo explique de palabra. A Wittgenstein no le sorprende, ya en Noruega, y antes en Cambridge, le suponía un auténtico esfuerzo “hacerse entender”. Hay siempre presente en Wittgenstein una tensión nunca resuelta entre su negativa a expresar algo de manera imprecisa y su creencia en la imposibilidad esencial de poder decirlo todo. Esa paradoja le llevará a decir en el prólogo del Tractatus que: “Quizás este libro sólo puedan comprenderlo aquellos que por sí mismos hayan pensado los mismos o parecidos pensamientos a los que aquí se expresan.” Es decir, debe de existir previamente una afinidad que supere la incapacidad del lenguaje de alcanzar aquello que está más allá de él. “Lo que puede ser dicho puede ser dicho claramente”, pero lo que el lenguaje no puede decir, debe de ser mostrado, entendido sin necesidad de palabras. Es la filosofía oracular, como la catalogaría Popper.

En cualquier caso, Wittgenstein en su carta de respuesta a Russell, le escribe:

“Ahora me temo que lo que he escrito recientemente sea más incomprensible […] Los problemas se vuelven más y más lapidarios, y el método ha cambiado drásticamente”

El libro en ciernes comienza a sobrepasar los límites de la lógica.

proto-tractatus

En julio Wittgenstein está ingresado en un hospital presa de una crisis nerviosa como resultado de un accidente en el taller. Le escribe a Ficker, el gestor de su donativo, que se queja de la situación de privaciones por la que pasa en su unidad, y le recomienda que lea Los Evangelios de Tolstoi, libro del que no se separa. Tras la convalecencia vuelve al taller (ahora en Sokal), y reanuda su trabajo, y la correspondencia con Russell. En el otoño de 1915 le comunica su intención de escribir un libro, el contenido lo tiene prácticamente ultimado, y quiere que sean Russell y Frege los primeros que lo lean antes de que pueda ser publicado. Son meses relativamente tranquilos en el frente, la época de las ofensivas ha pasado y la guerra se alarga.

Es muy posible que de haberse decidido Wittgenstein a escribir el libro en ese momento, el Tractatus hubiera sido un extraño libro de lógica que sería recordado por el empleo de la noción de tautología y las tablas de verdad, hubiera sido encuadrado dentro de la corriente del “Atomismo Lógico” que defendió Russell durante un tiempo, y solo los especialistas en el tema lo mencionarían.

Entre finales de 1915 y los primeros meses de 1916 Wittgenstein trabaja en el libro, y mantiene largas conversaciones sobre filosofía y literatura (Tolstoi y Dostoievski) con Max Bieler, un médico de la Cruz Roja, el amigo que le faltó en el primer año de la guerra.

Pero todo va a cambiar.

En marzo de 1916 la situación en el frente comienza a moverse y los superiores de Wittgenstein deciden por fin acceder a sus demandas, es destinado a una unidad de artillería cerca de la frontera rumana, a primera línea de combate. La guerra comienza para Wittgenstein.

Le deja a Bieler la mayoría de sus pertenencias, tiene la completa seguridad de que no va a volver. Únicamente lleva consigo a su inseparable Tolstoi y Los Hermanos Karamazov de Dostoievski.

(…)


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