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Archivo para Enero 9, 2009

Rouge

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“Pienso en bisontes y ángeles, en el secreto de los pigmentos perdurables, en los sonetos proféticos, en el refugio del arte. Y ésta es la única inmortalidad que tú y yo podemos compartir, Lolita”

Vladimir Navokov. Lolita.

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El Otro

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¿Quién es El Otro, ese objeto del deseo?

Lo que distingue a Kelvin y a ese simulacro de Harey, que él mismo ha creado mediando el océano de Solaris, no es la distinta composición físico-química de ambos, ni la imposibilidad de la existencia de Harey fuera del influjo de Solaris, ni la incorruptibilidad de esa supercopia de materia extravagante que causa su inmortalidad; sino el drama que supone para esa Harey revivida no poder encontrar ese otro ilusorio que busca con desesperación.

Kelvin ve siempre a Harey como algo ajeno, sin embargo es una proyección de su propia memoria. Al comienzo con rechazo, con miedo, porque ella es un fantasma que aparece de improviso para recordarle un pasado del que se ha empeñado en huir, yéndose a millones de kilómetros de distancia, escondiéndose en un pozo del que no tiene la más mínima intención de salir, enterrándose en vida en el pudridero abandonado de Solaris. Como Lutero, que arrojó el tintero ante la aparición del diablo, Kelvin la factura en una cápsula en órbita alrededor de Solaris. Sin embargo “ellos” siempre vuelven.

Harey es un fantasma sí, pero también es otra cosa, y esa otra cosa es la posibilidad que encuentra Kelvin de redimirse, de negar el pasado y el tiempo, aunque sea en el reducido espacio de una estación orbital muerta y olvidada, en realidad no es algo muy distinto a la propia muerte. En cualquier caso Kelvin comienza siendo presa de la ilusión de Solaris: ver aquello que no es sino parte de uno mismo como lo otro.

Al contrario que Kelvin, Harey no logra verse ni si quiera a sí misma como algo distinto del propio Kelvin. Mirándose al espejo ella le pregunta: “En cuanto cierro los ojos me olvido de mi rostro. ¿Tú te conoces?”, él responde: “como cada persona”, y Kelvin no miente. Harey no tiene memoria, no sabe quién es y siente que toda su existencia no es más que parte de la vida de Kelvin, es capaz de darse cuenta de que ella misma apenas es un recuerdo materializado, parte de un pasado olvidado que no le pertenece, su única posibilidad es huir de él, a pesar de que le ama, sabe que no es sino una proyección, algo fallido quizá. ¿Y no sería esa certidumbre, reproducida ahora en forma de simulacro, lo que hizo que la verdadera Harey decidiera tomar aquel camino cegado? Preguntas sin respuesta, o no.

A pesar de todo Kelvin logra zafarse gracias a ese amor fou de la ilusión de Solaris. Porque reconociendo ese amor por Harey, por ese simulacro, haciendo de ese fantasma el objeto amado, no hace sino incorporarlo a su propia persona. En el fondo no amamos sino a nosotros mismos, a esa proyección que de nosotros vemos en la persona amada. De esta forma reconoce así que ese otro que Kelvin ve en Harey no es más que él mismo. El amor siempre resulta un desapego narcisista.

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Quienes sí caen en la falacia de Solaris son Snawt y sobre todo Sartorius, el héroe trágico de la ciencia. Sartorius no ve en los “visitantes” sino cosas ajenas, materializaciones con las que no cabe ningún tipo de vínculo emocional porque no son personas, son simplemente objetos, negándoles por tanto cualquier relación consigo mismo, algo que no le atañe, salvo como desafío intelectual, un objeto de estudio como pudiera serlo un cuásar. Y sin embargo, sus “visitantes” son parte de sí, son el propio Sartorius. Pero nada se aclara y todo permanece velado por el misterio porque tras todo está ese océano de Solaris que nadie consigue descifrar.

Tras lo ilusorio siempre se encuentra el sentido de lo trágico, del misterio. O dicho de otra forma, el vacío. Tras la máscara nunca hay nadie.

Paralelismos que aparecen de manera inadvertida: Kelvin en “Solaris”, y Scottie Ferguson en “Vértigo”.

Scottie ama, o cree amar a Madelein, es decir a una muerta, a algo que no existe. Judy aparece también como una posibilidad de redención: él no pudo evitar su fingida muerte en el campanario. Sabe que Judy no es Madelein, pero la re-crea, hace de ella un simulacro de Madelein, que no ha sido sino otro simulacro.

Casi la tiene, casi es ella. En esa escena en el pequeño apartamento de Judy, cuando se ha ultimado la transformación, Scottie está a punto de romper a llorar, Madelein aparece de nuevo a través de una luz fantasmal. Sin embargo todo es una ficción, Scottie no posee a Judy, que ya no existe, ni a Madelein, que no existió jamás, y la luz fantasmal que parece traer a Madelein de la muerte, no es sino el reflejo filtrado de un cartel de neón.

Lo que todos intuimos cuando contemplamos esa escena, es que el propio Scottie lo sabe, y a pesar de todo llega hasta el final; decide apurar la copa del engaño hasta las heces porque en el fondo es la única manera de poseer a Madelein, algo que él mismo ha creado desde el mismo instante en que la vio en aquel restaurante.

El Otro siempre es un simulacro, por eso nos anclamos a él. El Otro siempre soy Yo.

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