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Archivo para Enero 8, 2009

Dádivas

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Se suele decir que Wittgenstein empleo de manera desinteresada la herencia paterna en ayudar a artistas y escritores austriacos en dificultades. Es cierto que empleó 100,000 coronas a tal efecto, un cifra considerable, lo que no resulta tal claro son los motivos.

Durante su estancia en Noruega entre 1913 y 1914 a Wittgenstein le enviaban puntualmente la revista Die Fackel (La Antorcha), dirigida por la figura cultural más influyente de la Viena de entreguerras Karl Kraus, y que la propia hermana de Ludwig, Margarete, leía con avidez. Nadie que pudiera saber lo que pasaba en Viena (y pasaba mucho) podía jactarse de no leer Die Fackel. Fue en uno de sus números donde Wittgenstein leyó un artículo de un tal Ludwig von Ficker, que dirigía otra revista Der Brenner (El Incendiario) [todo ardía en Viena]. El caso es que a Wittgenstein le tuvo que impresionar Ficker, puesto que en julio de 1914, ya en Viena, le escribe comunicándole la intención de donarle nada menos que 100,000 coronas con la condición de que él mismo se encargue de distribuirlas a artistas y escritores en apuros económicos.

Primer matiz: Wittgenstein le encarga la terea a Ficker, al que no conocía, salvo por sus artículos, en lugar de hacerlo él mismo, o algún miembro de su familia, que conocía de sobra la vida cultural vienesa (Wittgenstein recordaría toda su vida las barbas de Brahms, que a veces tocaba en el palais Witt). No es un mecenas pues.

Como es natural Ficker se quedó estupefacto ante tal petición, que para su asombro, iba totalmente en serio. Creyó que era una broma, preguntó a conocidos:

-¿Wittgenstein?… Sí hombre, de los Wittgenstein de toda la vida

Cuando fue a visitarle a Viena, contaría Ficker, le dio la impresión de estar viendo al personaje de Aliosha, de Los Hermanos Karamazov. Fue el propio Ficker quien le presentaría a Adolf Loos, el cual tras unos minutos le espetaría a Wittgenstein: “¡Usted es yo!”.

Fricker hizo una lista preliminar: Rilke, Trakl, Dragallo, Kokoschka, Hauer… tanto cómo pudo dar de sí el dinero. A Wittgenstein no le interesaba prácticamente ninguno de los agraciados salvo Rilke, Trakl, y Loos. En una ocasión le dijo a Engelmann, que en una vez “había ayudado, sin tener la intención de hacerlo, a un tal Ehrenstein, cuyos libros eran una porquería”.

Como era de esperar las cartas de agradecimiento se sucedieron, a Wittgenstein le costaba verdadero trabajo leerlas, acabó diciéndole a Ficker: “la mayor parte de de ellas me resultan altamente desagradables. Hay un cierto tono degradante, casi de timo”.

Segundo matiz: Dese el principio Wittgenstein se preocupó de guardar las distancias con aquellos a los que iba destinado el dinero, trufada a veces de cierto desdén. Tampoco se sintió más orgulloso de haber ayudado a uno u otro, no opuso ninguna objeción a ninguno de los nombres que propuso Ficker.

¿Qué pretendía pues?

De nuevo aparece esa distancia, a menudo insalvable, entre el mundo que percibe Wittgenstein, o cree percibir, y las circunstancias. Entre lo que es, y lo que debería de ser. Ese exceso de expectativas de nuevo.

Supongo que Wittgenstein se vería en la necesidad, quizá porque admiró alguno de los escritos de Fricker, de donar tal cantidad de dinero; se creó una obligación basándose en sus propias expectativas y suposiciones, en la visión personal de cómo deberían de ser las cosas. La gratitud, la obsequiosidad, a veces impostada, pero también sincera, no la entendió, y tampoco la quiso aceptar.

Nunca pretendió ser un mecenas, tampoco un benefactor… lo que él pretendía era otra cosa. Siempre era otra cosa.

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