Excepciones

¿Es posible un conocimiento construido a partir de excepciones? O formulado de otra manera, ¿es consistente una realidad en la que todas sus manifestaciones sean excepciones? Pero excepciones de qué regla. Esa es la cuestión puesto que la catalogación de algo como excepción depende del sujeto que conoce y que aplica una regla o un modelo, así que realmente, qué queremos decir cuando afirmamos que algo sólo consta de excepciones. ¿Estaremos retorciendo el lenguaje sin decir nada? Creo que no, aunque sea una manera peculiar de decir las cosas.
Otra cuestión epistemológica, ¿se puede hablar de realidad cuando es imposible hacer teorías o modelos de ella? Kant lo llamaba lo noumenico, algo que no era un fenómeno y que quedaba fuera de la intuición sensible, y por tanto de cualquier sistema de categorías, su presencia y realidad era en cambio algo incontrovertible, Kant y sus inevitables fugas metafísicas que era incapaz de taponar. Pero no hace falta irse tan lejos, el problema es otro, el océano de Solaris es un objeto físico, compuesto mor materia ordinaria, exactamente un coloide, algo fenómenico, sin embargo todo en él son excepciones, Solaris en una sucesión de acontecimientos irrepetibles, y por tanto cualquier intento de embridarlo en un modelo está destinado al fracaso, ¿podemos hablar de conocimiento en este caso?
Me gusta pensar en Solaris como si fuera un acontecimiento estocástico, una sucesión de fenómenos completamente aleatorios, pero de una aleatoriedad esencial, monstruosa, no identificable con azares “controlables” de tipo gaussiano. Solaris es pura potencialidad, pero si todo en él es posible, ¿dónde está la sorpresa? Es como un sistema lógico incoherente, todo se puede derivar de él. Snawt dice, refiriéndose a Solaris, que ante él la estupidez y la genialidad son igualmente eficaces (o ineficaces), para él, el reto perdido que supone Solaris hace que nos replanteemos el sentido de lo “cósmico” perdido tras siglos de civilización, esa enajenación que supone ver el cosmos como algo ajeno al hombre, un objeto de estudio.
Los antiguos griegos todavía conservaban ese sentido cósmico, su nervio puede sentirse en todos los presocráticos desde los atomistas a los pitagóricos, está presente en Parménides y en Heráclito. La Ciencia saca los pies del tiesto cuando empieza a preguntarse con insistencia por el ¿por qué? y desde luego cuando pregunta ¿para qué? Encerrados en nuestra cáscara de nuez evolutiva, inermes amalgamas basadas en la química del carbono (una posibilidad no necesaria), nuestra eternidad no es más que la que cifra la replicación de la molécula de DNA, y sin embargo nos embarcamos en la conquista del cosmos; pero no es contemplar algo nuevo lo que anhelamos, sino descubrir espejos que nos reflejen, ensanchar el espacio de lo humano, aun acosta de negar lo que desconocemos.
Dar cuenta del “cómo”, o incluso si eso no es posible del “qué”, eso es lo que pide Solaris, y posiblemente el límite del conocimiento no se reduzca sino a una sucesión de descripciones, es lo único que podemos hacer si no pretendemos negar la realidad. Una ciencia de la excepcionalidad, de la anomalía, de lo patológico; una ciencia sin modelos ni teorías, una ciencia del cómo, o del qué, quizá una galería de monstruos, única posibilidad de la solarística. Cuanto más se afina un modelo, menos ancho se convierte el campo de visión; y al contrario, cuando más amplios pretendemos ser, menos se debe confiar en los modelos.
Me pregunto si la solarística llegó a convertirse en algún tipo de patafísica o algo similar, el estudio de las soluciones imaginarias y las leyes que regulan las excepciones. Dr. Faustroll, solarista.
Snawt: “perdimos el sentidos de lo cósmico, Sísifo nunca se preguntó el ‘por qué’”
(Solariana, Sebastian Morelli. Atalanta Fugiens Ed.)
Y Morelli, ¿quién era? ¿Fue alguien como Kelvin, o quizá como Snawt? Yo me inclino a pensar que no es más que un espectro, un visitante más, pero, espectro de quién, a quién visita.