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Archivo para Diciembre 2008

Genio y carácter

Diciembre 19, 2008 sebasfermat Deja un comentario

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“La medida del genio es el carácter –aun cuando el carácter en sí no constituye el genio-. El genio no es ‘talento y carácter’ sino carácter que se manifiesta en la forma de un talento especial”

L. Wittgenstein. Aforismos. Cultura y Valor

¿Hablamos de carácter forjado en el Palais Wittgenstein o de Genio Vienés? Aunque también es posible reformular la pregunta al contrario. Todos los Wittgenstein tuvieron talento, y desde luego el suficiente “carácter” como para desafiar la todopoderosa figura paterna.

El pequeño Ludwig se quedó conmocionado ante la visión del “genio” de su propio hermano mayor Hans. Una noche, despertado por las notas del piano que arrancaba furioso su hermano de madrugada, se levantó, y espiando en lo alto de la escalera vio a Hans bañado en sudor y completamente arrebatado interpretando una pieza que él mismo había compuesto. Hans Wittgenstein se opuso a la voluntad paterna de seguir una carrera al frente de los negocios de la familia, huyó a Estados Unidos con la intención de convertirse en un compositor de éxito, talento no le faltaba. Se arrojó desde una embarcación en Chesapeake Bay en 1903.

No fue el único suicidio en la familia Wittgenstein, su hermano Rudolf se suicidó en Berlín tomando cianuro en 1904. Al igual que Hans, había abandonado la casa familiar ante la oposición del patriarca, Karl Wittgenstein, a su deseo de hacer carrera en el teatro. En su carta de despedida se atormentaba por sus “dudas acerca de su pervertida inclinación”. Una “inclinación” que no dejaría también de atormentar a Ludwig

Kurt Wittgenstein, sin duda el hijo con menos talento, se pegó un tiro al final de la Primera Guerra Mundial cuando las tropas que estaban bajo su mando se negaron a obedecerle.

Carácter pues.

Solo Paul y Ludwig sobrevivieron a la pulsión autodestructiva que parecía afectar a los hijos varones de Karl, aunque en el caso de Ludwig, con dificultades.

Las hijas, en cambio, supieron adquirir un espíritu de auto conservación, que llevó a incluso a Hermine Wittgenstein a solicitar un certificado de “cambio de categoría racial” en 1938 tras el “Anschluss” austriaco, y que consiguió previo desembolso de dinero. Intelectualmente no estaban peor dotadas que sus hermanos: Helene fue una intérprete de piano incluso mejor que Paul, y Margarete, la influencia más notable de Ludwig en la familia si exceptuamos aquella visión de su hermano Hans, fue una precoz defensora de las ideas de Freud, que la psicoanalizó en una ocasión.

Sin embargo los primeros años del joven Ludwig están presididos por la búsqueda constante de ese talento especial que haría manifestarse su carácter. Oscilando entre el apremio de autenticidad, que vivió como un desgarro, y la voluntad de no defraudar a su padre, quiso encontrarlo primero en la ingeniería, con escaso éxito y mediocres resultados. Luego vendría la Lógica y por último la Filosofía, aunque entendiendo ésta como una exigencia de vida, más que conocimiento, es decir, entendiéndola como carácter.

El “Enigma Wittgenstein” consiste en entender que su “genio” siempre ha sido un talento fagocitado por el carácter. O un talento intentando abrirse camino a través del carácter.

Quizá quien mejor lo entendió fue Bertrand Russell. Después de la publicación del “Tractatus” dejaron prácticamente de tratarse.

(Apuntes para “El Caso Russell”)

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La Jetée

Diciembre 17, 2008 sebasfermat Deja un comentario

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“Nada diferencia los recuerdos de los momentos habituales. Solo más tarde se dan a conocer cuando muestran sus cicatrices”

Chris Marker. La Jetée 1962.

Pero creer que el tiempo da lugar a cicatrices acaso sea una ilusión, salvo que creamos que el tiempo sea un remedo de nuestro deseo.

A menudo me he preguntado qué diferencia existe entre el recuerdo de un hecho vivido y una ensoñación; entre la memoria y el deseo. Siempre he creído que el tiempo acaba fijando como cicatrices, como dice el narrador de La Jetée, aquello que ocurrió y que forma parte de nuestra memoria; sin embargo me he sorprendido al descubrir lo paciente que puede ser la propia memoria al tejer falsos recuerdos, me asombra la minuciosa tarea que despliega nuestra voluntad cuando se empeña en hilar, a partir quizá de las fibras de lo ya vivido, recuerdos ficticios que no responden sino a las demandas de nuestro deseo; y que no dudamos en hacer pasar por que ha sido.

El protagonista, H., superviviente de un Apocalipsis Nuclear que ha convertido a los vencedores en los señores de un “imperio de ratas” en los subsuelos, es elegido como cobaya en una serie de experimentos que pretenden aprovechar la única vía de supervivencia posible para la humanidad: el Tiempo.

Su mérito: la fuerza con la que se aferra a un recuerdo de su niñez, ocurrido pocos años antes de la gran catástrofe. La imagen de la cara de una mujer, una mañana de domingo en el embarcadero del aeropuerto de Orly, luego… los gritos, la confusión; supo ese día que había visto por primera vez a un hombre morir. Pero H. se pregunta si la imagen de esa mujer es un recuerdo real o el deseo de un recuerdo que él mismo ha tejido momentos antes de la tragedia.

H. es la cobaya perfecta, viajar en el tiempo es como nacer de nuevo en un mundo extraño, sólo aquellos que se aferran a un tiempo distinto del presente son capaces de aguantarlo, como H.

Sin sofisterías tecnológicas ni aparatos extraños, sino aprovechando los resquicios topológicos de la mente, H. es obligado primero a viajar al pasado, en busca de ese recuerdo que atesora como lo más valioso. Y lo encuentra. Ella no tiene nombre, él tampoco; pero ambos viven un presente ficticio por las calles de un París que ya no existe, recuperando aquello gracias a lo cual logró sobrevivir.

Pero es solo una prueba. Sus experimentadores deciden enviarle al futuro, en busca de un remedio que evite el fin de la humanidad. Un cierre causal paradójico, pero coherente. H. cumple su misión, pero para sus captores H. ya no tiene ningún valor, espera entonces la muerte.

Sin embargo H. tiene una última oportunidad de volver al pasado, de revivir de nuevo ese recuerdo en el embarcadero de Orly, aquel domingo por la mañana.

Y allí está ella, tal y como la recordaba. Hay un niño mirando la escena; es el propio H. Pero alguien le detiene antes de que se encuentre con la mujer, H. cae muerto, le han seguido desde ese futuro subterráneo y destruido. La coherencia del Tiempo ha de ser salvada, y el pasado cegado. El hombre que vio morir H. de pequeño aquel domingo, es él mismo.

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El recuerdo y el deseo del recuerdo pueden ser indistinguibles. Solo el tiempo es capaz de diferenciarlos. La memoria y la identidad parecen animadas por esa afilada flecha del tiempo. Sin embargo el Tiempo que recorre La Jetée, es un Tiempo circular, en bucle; por tanto un falso tiempo, un tiempo inexistente donde pasado y futuro pierden cualquier tipo de significación. Y es entonces cuando nos preguntamos por la veracidad de los recuerdos del protagonista, por la verdadera identidad de alguien que no existe, que no ha existido jamás.

Comenzar de nuevo un “bucle”. No importa el punto elegido, siempre se acaba llegando al lugar inicial.

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