Rouge

Y luego quedan los restos… consumidos y gastados; briznas de tiempo obsoletas que apenas significan ya nada.
Pedazos mostrencos que no puedes borrar, ni olvidar…

Y luego quedan los restos… consumidos y gastados; briznas de tiempo obsoletas que apenas significan ya nada.
Pedazos mostrencos que no puedes borrar, ni olvidar…

Vienés. Afectado profundamente de esa enfermedad capaz de transformar la afectación en arte, y la pretenciosidad en filosofía: el carácter de los vieneses de entreguerras. Karl Popper, otro vienés de entreguerras, condensaba ese carácter ejemplificándolo con la afirmación de que algo como el Tractatus Logico-Philosiphicus olía a café vienés, esos lugares por donde discurría la vida cultural de la ciudad. Sólo a un vienés de tertulia de café se le podía haber ocurrido algo tan pretencioso, ambicioso y a la vez tan ingenuo como la obra de Wittgenstein; era una maldad del ácido de Popper que criticó sin piedad al patricio Wittgenstein toda su vida, pero no era cierto. El Tractatus fue escrito en la miseria y la muerte de las trincheras del frente de Galiztia y en un campo de prisioneros. Pero llevaba algo de razón esa mordaz afirmación, hay algo de feliz genialidad, a veces ambiciosa, a veces ingenua, en todo aquello que surgió en esa Viena imposible que discurre entre los estertores del Imperio Austro-Húngaro y la anexión por el III Reich en 1938. Zweig, Musil, Schönberg, Loos, Klimt, Roth, Gödel, El Círculo… y tantos, y por supuesto, Witt.
A Russell le abrumaba ese exceso de seriedad del joven Wittgenstein, ese plus de exigencia ante la inevitabilidad del desastre que parecía presidir todas sus acciones, una suerte de estoicismo desaforado e incomprensible en la tradicional Inglaterra victoriana, o post victoriana. Russell, que conoció a Wittgenstein en un momento de crisis en su vida, se sentía desarmado ante esa exhibición de tragedia íntima que era capaz de mostrar su alumno, Intentaba convencerle de que si no escribía algo mediocre sería incapaz de escribir algo bueno, sin embargo esa recomendación sonaba a oídos de Wittgenstein como una ofensa. La Filosofía, la Lógica, se convirtieron para él en el último recurso posible, una religión desesperada antes de caer en el “abismo”. Se aplicó a ella con las urgencias de quien en su agonía cree con irracional fe en un fármaco milagroso.
Pero todo ello tuvo su iniciación, de no haberla pasado (y el juez más implacable fue él mismo), es probable que al igual que sus hermanos se hubiera suicidado. Podemos llamarlo carácter vienés; hoy no tendríamos dificultad para catalogarlo como una psicopatología leve, un trastorno de la personalidad.
Wittgenstein, el futuro ingeniero, cree ver en la Lógica y los fundamentos de las matemáticas ese “talento” que ansía poseer para expresar su “genio”. Se siente fascinado por la obra de Frege y Russell y resuelve responder a los problemas que no pudieron completar Whitehead y el mismo Russell en la monumental Principia Mathematica (por qué se hace necesario introducir algo tan artificial como la Teoría de Tipos para resolver las paradojas). Wittgenstein cree encontrar la respuesta definitiva. Ingenuidad, pretenciosidad, es cierto, pero también la certidumbre de que la aspiración a la mediocridad es algo moralmente inaceptable. Entre 1909 y 1911 se fragua en él el proyecto de escribir un libro definitivo, una obra cerrada que de fin a la monumental tarea de Frege y Russell en la Lógica, su vida parece depender de ello. Pero necesita la aprobación de alguien, necesita saber que realmente es alguien válido, con talento. Es esa conciencia de “estar de más” lo que a Wittgenstein le resulta insoportable; Viena se desmorona en una lenta agonía, y el genio parece ser la única respuesta admisible.
Acude en a Jena en el verano de 1911 para entrevistarse con Gottlob Frege. Frege es un anciano que vive casi en el anonimato sin el reconocimiento debido, de aquella entrevista Wittgenstein sale con más dudas y temores sobre sí mismo, y con la convicción de que sus ideas están todavía por madurar, pero con la certidumbre de que quizá tenga una última oportunidad antes de un final trágico. Frege le recomienda que si le interesa la Lógica acuda a estudiar con Russell en Cambridge. No hay constancia del trabajo que Witt. enseñó a Frege, pero éste debió ser lo suficientemente expeditivo como para que de aquello no quedara constancia.
Por otra parte hemos de considerar que a principios de siglo la Lógica Matemática era una disciplina poco menos que excéntrica, Frege nunca tuvo más de tres alumnos en sus clases, y Russell tampoco fue capaz de atraer a un número mayor en Cambridge
(Apuntes para “El Caso Russell”)