Alphaville (2)

“El tiempo es la sustancia de la que yo estoy hecho. El tiempo es un río que me arrastra; pero yo soy el río. Es un tigre, que me desgarra; pero yo soy el tigre.”
Alpha 60. Alphaville, Jean-Luc Godard (1965)
Esa voz metálica y artificial de Alpha 60 puntea toda la historia como si fuera una narración en off. Es desagradable, forzada, pero de forma curiosa e inquietante terminamos por atender, y pensar en aquello que dice, como los aplicados alumnos que toman notas en las clases a las que asiste Natasha Von Braun. Acaso no sea más que un montón de palabras sin sentido, una composición estadística que parece sonar como erudita y que obedece a la precisa y aleatoria combinación de un algoritmo. Alpha 60 no tiene cara, ni aspecto mínimamente humano, en las secuencias en las que aparece no es más que un ventilador, o una gigantesca unidad central de control con sus cintas magnéticas y sus impresoras escupiendo papel continuo. Pero parece pensar… parece. Tal vez no sea más que un simulacro.
Lemmy Caution no pierde un solo segundo en esa cháchara pseudointelectual, a él lo único que le interesa de Alphaville es Natasha. Sin embargo, tras todo ese monólogo pretendidamente erudito, parece esconderse algo más que un mero artificio, quizá esa sensación la cause el contraste con aquellos a los que Alpha 60 dice velar. En el mundo de cosas de Allphaville, esa ciudad poblada por átomos, cifras y datos; sopa estadística que solo Alpaha 60 es capaz de calcular, el computador simula, o quizá sea, la única conciencia reconocible, el único yo, un solo sujeto que suple las vacías cabezas de los satisfechos habitantes de Alphaville.
Como después se preguntará Kubrick, ¿dónde termina la maquinaria de relojero y comienza la autonomía, el libre albedrío, y por tanto la conciencia? Temas candentes en aquellos años de computación oracular e incipiente. Las gigantescas computadoras eran metáforas de la propia dualidad.
En un momento Caution se ve obligado a responder ante Alpha 60, un interrogatorio en el que el computador intentará averiguar si Caution es quien dice ser: Ivan Johnson, reportero de Figaro-Pravda. Tras las primeras preguntas de tipo policial Alpha 60 comienza a interesarse por el sujeto que tiene frente a él, es distinto, diferente, tal vez se asemeja a él mismo. Escudándose en que es necesario realizar algunas preguntas de tipo test, le pregunta… le pregunta con curiosidad, y lo podemos intuir a pesar del tono insufriblemente artificial de su voz:

-¿Cuál es el privilegio de la muerte?
-No morir más –contesta Caution
-¿Conoce qué es lo que ilumina la noche?
-La poesía
-¿Cuál es su religión?
-Creo en las inspiraciones de la consciencia
-¿Hay alguna diferencia entre los principios misteriosos del conocimiento y “eso” del amor?
-En mi opinión en el amor no hay misterios
-Está mintiendo –responde Alpha 60
-Tengo razones para mentir pero, ¿puede diferenciar las mentiras de las verdades?
-Está usted ocultando ciertas cosas, pero por el momento no puedo adivinar cuales.
Las pausas de Alpha 60 tras cada respuesta revelan interés, la posibilidad incluso de que ambos compartan alguna cosa: la conciencia de la propia limitación, la insuficiencia de la lógica, o la evidencia de la existencia de algo esencialmente inasible. Alpha 60 no ordenará por el momento la muerte de Caution, la opción más lógica, necesita más respuestas y le invitará incluso a visitar el propio corazón de Alphaville, es decir, él mismo.
Pero lo que Caution ve es el sueño de un monstruo solipista, la falsa imagen de objetividad que cree controlar y calcular Alpha 60; ve la pesadilla de un sujeto que sueña. Ni siquiera es el sueño de Von Braun que ya no significa nada en el entramado que dirige el computador, el científico buscado no es sino una pieza más. Von Braun le habla de una nueva raza de hombres, una estirpe que ya no siente, ni sueña, ni se poseen; nodos en una red lógica que creen vivir una vida racional y feliz, cosas en definitiva. Caution tiene orden de neutralizar o traer consigo a Von Braun, dispararle con el revólver ya no es nada.
Natasha, en cambio, todavía recuerda… recuerda haber nacido en un lugar llamado “Nueva” York, recuerda cosas que le sucedieron en su infancia, gente que le hizo reír o llorar. Se afana por dar forma en el inútil diccionario a todo eso que le invade ahora, todo lo que había perdido. Pero las palabras que busca no aparecen. Y al final Natasha recuerda qué significa el amor, aunque sea con palabras ajenas y pensamientos prestados:
… Todo por casualidad, todos las palabras sin pensamientos, sentimientos a la deriva…

Alpha 60 ha decidido que Caution es una amenaza, no puede ser integrado así que su eliminación es una consecuencia lógica. Es detenido en una escena hilarante, los agentes de policía obligan a Natasha a contar un chiste, Caution se desternilla de risa, momento en el cual aprovechan para detenerle. El momento poético vivido minutos antes es roto de manera abrupta y desconcertante. Es llevado por última vez ante Alpha 60, solo resta la formalidad de una última entrevista, y Caution tiene el arma adecuada:
-Yo también tengo un enigma –le reta Caution
-¿Cuál es su secreto Mr. Caution? –pregunta el computador
-Algo que nunca cambia, noche o día. El pasado representa su futuro. Avanza en línea recta, hasta acabar comenzando en un bucle.
Como los tópicos del género se deben respetar Caution escapa a tiro limpio. Pero ha emponzoñado a Alpha 60 con un acertijo que acabará con él, puesto que resolverlo significa negar todo aquello que ha afirmado. Y es que Alpha 60 todavía cree que el mundo que él conoce y calcula, y se esfuerza por entender de manera lógica, es algo objetivo, distinto, algo que organiza de manera racional y eficiente. Pero tan solo es un sueño, y ni siquiera es el sueño de alguien: él es el sueño.
“un tigre que me desgarra; pero yo soy el tigre”
El tiempo, esa falacia en la que nos empeñamos en creer, no es más que la ilusión de algo, la falsa imagen de una sucesión que no existe fuera de nosotros. Ser sujeto consiste en darse cuenta de que la realidad es nuestra realidad, no el sueño de alguien que sueña, sino el sueño mismo, y el sujeto no es más que parte de ese sueño. El tiempo, como encadenamiento causal de los hechos, deja paso a la irreductibilidad de cada instante, de cada percepción, todos iguales, todos equivalentes: la eternidad. La resolución del enigma de Caution. Alpha 60 acaba encontrándolo, sabiendo que es su final, porque no le hace distinto de Caution o de cualquier ser que sienta y que termina sabiendo una verdad terrible: Saberse simulacro de uno mismo.
Alphaville perece, sus habitantes no son nada sin el computador, se arrastran por las paredes como juguetes estropeados. Y como en toda película de detectives el protagonista acaba llevándose a la chica en su coche, sabiendo que atrás dejan muchas cosas, viviendo el único instante que quizá les pertenece, el presente.