La Jetée

“Nada diferencia los recuerdos de los momentos habituales. Solo más tarde se dan a conocer cuando muestran sus cicatrices”
Chris Marker. La Jetée 1962.
Pero creer que el tiempo da lugar a cicatrices acaso sea una ilusión, salvo que creamos que el tiempo sea un remedo de nuestro deseo.
A menudo me he preguntado qué diferencia existe entre el recuerdo de un hecho vivido y una ensoñación; entre la memoria y el deseo. Siempre he creído que el tiempo acaba fijando como cicatrices, como dice el narrador de La Jetée, aquello que ocurrió y que forma parte de nuestra memoria; sin embargo me he sorprendido al descubrir lo paciente que puede ser la propia memoria al tejer falsos recuerdos, me asombra la minuciosa tarea que despliega nuestra voluntad cuando se empeña en hilar, a partir quizá de las fibras de lo ya vivido, recuerdos ficticios que no responden sino a las demandas de nuestro deseo; y que no dudamos en hacer pasar por que ha sido.
El protagonista, H., superviviente de un Apocalipsis Nuclear que ha convertido a los vencedores en los señores de un “imperio de ratas” en los subsuelos, es elegido como cobaya en una serie de experimentos que pretenden aprovechar la única vía de supervivencia posible para la humanidad: el Tiempo.
Su mérito: la fuerza con la que se aferra a un recuerdo de su niñez, ocurrido pocos años antes de la gran catástrofe. La imagen de la cara de una mujer, una mañana de domingo en el embarcadero del aeropuerto de Orly, luego… los gritos, la confusión; supo ese día que había visto por primera vez a un hombre morir. Pero H. se pregunta si la imagen de esa mujer es un recuerdo real o el deseo de un recuerdo que él mismo ha tejido momentos antes de la tragedia.
H. es la cobaya perfecta, viajar en el tiempo es como nacer de nuevo en un mundo extraño, sólo aquellos que se aferran a un tiempo distinto del presente son capaces de aguantarlo, como H.
Sin sofisterías tecnológicas ni aparatos extraños, sino aprovechando los resquicios topológicos de la mente, H. es obligado primero a viajar al pasado, en busca de ese recuerdo que atesora como lo más valioso. Y lo encuentra. Ella no tiene nombre, él tampoco; pero ambos viven un presente ficticio por las calles de un París que ya no existe, recuperando aquello gracias a lo cual logró sobrevivir.
Pero es solo una prueba. Sus experimentadores deciden enviarle al futuro, en busca de un remedio que evite el fin de la humanidad. Un cierre causal paradójico, pero coherente. H. cumple su misión, pero para sus captores H. ya no tiene ningún valor, espera entonces la muerte.
Sin embargo H. tiene una última oportunidad de volver al pasado, de revivir de nuevo ese recuerdo en el embarcadero de Orly, aquel domingo por la mañana.
Y allí está ella, tal y como la recordaba. Hay un niño mirando la escena; es el propio H. Pero alguien le detiene antes de que se encuentre con la mujer, H. cae muerto, le han seguido desde ese futuro subterráneo y destruido. La coherencia del Tiempo ha de ser salvada, y el pasado cegado. El hombre que vio morir H. de pequeño aquel domingo, es él mismo.

El recuerdo y el deseo del recuerdo pueden ser indistinguibles. Solo el tiempo es capaz de diferenciarlos. La memoria y la identidad parecen animadas por esa afilada flecha del tiempo. Sin embargo el Tiempo que recorre La Jetée, es un Tiempo circular, en bucle; por tanto un falso tiempo, un tiempo inexistente donde pasado y futuro pierden cualquier tipo de significación. Y es entonces cuando nos preguntamos por la veracidad de los recuerdos del protagonista, por la verdadera identidad de alguien que no existe, que no ha existido jamás.
Comenzar de nuevo un “bucle”. No importa el punto elegido, siempre se acaba llegando al lugar inicial.