Archivos para Diciembre 2008

30
Dic
08

Rouge

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“Ella dudó sin embargo cuando llegó al siguiente hotel. La silueta en chapa pintada de una ninfa que tenía fácilmente diez metros de altura ofrecía una flor blanca; Echo Courts, proclamaba su letrero encendido a pesar del sol”

Thomas Pynchon. La Subasta del Lote 49

30
Dic
08

Berton

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El Informe Berton marcó el curso de la solarística, hizo de ella un círculo vicioso, algo cegado e incomprensible, una ciencia muerta que fue paulatinamente abandonada. Como suele suceder en estos casos, los especialistas hicieron con el testimonio de Berton lo único que podían hacer: negarlo. Si la solarística pretendía seguir siendo una ciencia, en ella no cabía de ninguna manera el informe del capitán Berton.

La historia es leída por Kelvin en la estación de Solaris, en un libro que ningún científico se atrevería a leer. Snawt le recomienda esa lectura tras recibir Kelvin la primera “visita”, en él se narra la declaración del capitán Berton en misión exploratoria al océano de Solaris. Tarkovski hace de la declaración de Berton el centro de toda esa primera parte que todavía transcurre en la Tierra.

Berton, viejo amigo del padre de Kelvin, quiere mostrar a ambos la grabación de su declaración antes de que Kelvin parta para Solaris. Un Berton más joven narra ante una comisión de expertos los inexplicables sucesos de los que fue testigo mientras volaba sobre el océano de Solaris. A Berton le resulta difícil volver a visionar las imágenes de aquella comparecencia que significó el fin de su carrera, casi nadie le creyó; pero quiere convencer a Kelvin de la necesidad de mantener la Estación de Solaris en activo, y no desmantelarla tras años de investigaciones infructuosas.

Lo que Berton vio en su vuelo, sin embargo, no fue algo inexplicable. .

La ciencia intenta resolver problemas, elabora teorías de la realidad, pero los hechos pueden contradecir las teorías: nos encontramos entonces con las anomalías, las excepciones. Cuando una teoría es asediada por múltiples excepciones pide a gritos ser sustituida, o mejorada. Las teorías evolucionan, o cambian de manera radical, proporcionando nuevos esquemas conceptuales que den cabida a las excepciones, o que las eliminen al no considerarlas como tales. Las nuevas teorías se ponen a prueba, se “usan” y aparecen nuevas excepciones. Así funciona la ciencia, el dominio de lo inexplicable es asediado continuamente sin que pueda agotarse jamás.

En matemáticas sucede algo parecido, constantemente se resuelven problemas que requieren técnicas y teorías diferentes, las cuales plantean nuevos problemas, y así sucesivamente.

Pero, ¿qué hacer con aquello que no puede encontrar lugar, con algo que no puede ser catalogado siquiera como excepción? ¿Qué hacer con algo en sí mismo intratable? Simplemente guardar silencio, o negarlo. En la ciencia y las matemáticas hay áreas que se van abandonando paulatinamente, no porque no planteen problemas, sino porque no se encuentran expectativas de resolución ni posibilidad de avance, dejan de interesar.

Sin embargo, hablar de límites en la ciencia siempre resulta paradójico. Poner límites al conocimiento es negarlo, al menos metodológicamente. Como reconoce el único comisionado que da algún tipo de verosimilitud a la declaración de Berton, admitir que existen límites es contradictorio (si sabemos dónde está el límite por qué pararnos ahí), y además paraliza la empresa científica. A pesar de todo el Informe Berton fue visto, de forma implícita, como un límite por los científicos.

Berton vio cosas que no sólo eran inexplicables, sino que eran intratables, así que su testimonio fue ridiculizado y tachado de alucinatorio. Berton, dijeron, fue víctima de extrañas afectaciones en la zona cortical del cerebro producidas por la atmósfera de Solaris, tuvo alucinaciones que explican todo aquello que vio; explicación científica, y tranquilizadora. En aquella época los especialistas en solarística todavía creían que Solaris era un objeto de estudio, y no al contrario. Siempre resulta desazonador saberse el estudiado.

(Extracto de “Solariana”, Sebastian Morelli)

29
Dic
08

Pinsent

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“Nuestras relaciones han sido caóticas, pero me alegro de que hayan existido: y estoy seguro de que él también ser alegra”

Anota David Pinsent en su diario el 8 de octubre de 1913, poco después de que Wittgenstein partiera para Noruega, a su exilio voluntario. Esperaba encontrarse con él en el verano siguiente, pero no volvieron a verse jamás, la Guerra puso fin a esa extraña amistad. Pinsent moriría en un accidente de aviación en mayo de 1918, había decidido servir como piloto de pruebas al haber sido declarado no apto para el servicio militar activo.

David Pinsent había ingresado en Cambridge en 1910 con una beca para estudiar matemáticas, su lectura de los Principa de Russell le hizo un asiduo de las tertulias que éste organizaba en sus dependencias del Trinity; fue allí donde conoció a Wittgenstein en mayo de 1912. Una relación caótica, es cierto, pero también inevitablemente asimétrica.

Wittgenstein se atormentaba ante su falta de popularidad en el Trinity, era un austriaco impetuoso y trágico que desentonaba con estridencia en el ambiente snob, pedante y rebelde, pero por supuesto very polite, del Cambridge de aquella época. Pinsent también vio en Wittgenstein un austriaco impetuoso, pero les unió su muta sensibilidad musical, ambos interpretaban canciones de Schubert, Pinsent al piano y Wittgenstein silbando la letra.

Fue una constante en la vida de Wittgenstein su incapacidad para leer las relaciones personales desde fuera, de ponerse en el lugar del otro, de forma que terminaba interpretándolas de manera distinta a como eran en realidad, malinterpretándolas; esa torpeza emocional marcó toda su amistad con Pinsent. “Mi primer y único amigo” dijo Wittgenstein de él, sin embargo Pinsent se sentía a gusto en el ambiente cosmopolita de Cambridge, que fomentaba las amistades múltiples de diversa naturaleza; no fue su único amigo, sino a lo sumo su mejor amigo durante el tiempo que le trató. Pinsent admiraba sinceramente a Wittgenstein, era el favorito de Russell y creía firmemente que estaba destinado a realizar una tarea capital en la lógica, le abrumaba su obsequiosidad, pero también su irritabilidad, y su “habitual estado neurótico”, que aparecía a causa de nimiedades que el propio Pinsent lo lograba entender. Celos, a veces, pero también ese temor de Wittgenstein a que los acontecimientos le superasen, siempre acuciado por urgencias emocionales e intelectuales de todo tipo.

Hubo siempre un exceso de expectativas por parte de Wittgenstein o dicho de otra forma, una aspiración a ver en su relación con Pinsent algo mucho más profundo (o elevado) de lo que en realidad era. Su primer viaje juntos, a Islandia, viajando a cuerpo de rey con los gastos pagados por Wittgenstein, Pinsent lo recordaría como “el viaje más glorioso que había realizado nunca”, a pesar de los constantes cambios de humor de Wittgenstein, éste en cambio diría que “había disfrutado tanto como es posible hacerlo entre dos personas que no son nada el uno para el otro”; exceso de expectativas, puesto que fue el propio Wittgenstein quien propuso ilusionado el viaje.

Planearon su segundo viaje en septiembre de 1913, “a Noruega o España” propuso Wittgenstein; ante la decepción de Pinsent fue Noruega, Wittgenstein buscaba un lugar de retiro, Pinsent vacaciones. Es en el curso de este viaje cuando se produce un cambio sustancial es sus relaciones: Pinsent deja de llamarle en sus diarios “Wittgenstein” o “Vittgenstein” y comienza a referirse a él como “Ludwig”. En algún momento dejó de ser el amigo excepcional y rico que Pinsent tenía en Cambridge para convertirse en algo distinto; pero de nuevo las expectativas no acaban de acoplarse.

Alejados de los turistas y casi de la civilización, retirados en un pequeño hotel en el interior de un fiordo, Pinsent se aburrió soberanamente, únicamente le distraían sus conversaciones con “Ludwig” y el piano del hotel. Rutina monacal: lógica, paseos a pie o en canoa, dominó por la noche, y alguna velada al piano. Wittgenstein escribiría en cambio a Russell: “Pinsent es un enorme alivio para mí. Hemos alquilado un bote de vela y con él vamos por el fiordo… o mejor dicho, Pinsent se encarga de la navegación y yo me siento al bote y trabajo”. Wittgenstein encontró una paz tan perfecta que decidió retirarse a Noruega a terminar su trabajo en lógica antes de que la muerte le alcanzase (otra de sus obsesiones de antes de la Guerra).

¿Sexo? Es difícil saber si hubo algún tipo de sexo entre ambos, en cualquier caso la homosexualidad de Wittgenstein es de difícil catalogación, sería algo así como una homosexualidad de tipo platónico. En esos años las opiniones de Witt al respecto están dominadas por Weininger, expuestas en “Sexo y Carácter”, para quien el “genio” está encarnado por el espíritu masculino, único capaz de “amar a su propia alma” y desprenderse así de la carnalidad para alcanzar el ideal ético. Pero el espíritu masculino, a diferencia del femenino, es capaz de elegir entre su destino o cubrirse de “feminidad” que según Weininger representa un estadio degradado, ausente de genio y de moralidad. En el plano individual ese “espíritu femenino” está representado por las mujeres o por hombres que eligen la carnalidad y el amor físico; en el colectivo su representante es “el judío”. Weininger, que era homosexual y judío, terminó suicidándose ante su doble “crimen”.

En cambio Pinsent hubiera podido vivir la posible homosexualidad con más naturalidad, entiéndase, con la naturalidad propia de Cambridge, fuera de los Colleges seguía resultando un crimen nefando. El grupo de los Apóstoles estaba dominado por relaciones a dos, a tres o a cuatro bandas que emponzoñaban y animaban sus reuniones; y en el King’s College acabó convirtiéndose casi en una pose snob que ponía en tela de juicio los preceptos morales de la época victoriana.

En definitiva, dos maneras radicalmente opuestas de experimentar esa amistad que va mucho más allá de la camaradería. Wittgenstein dominado por su desgarro trágico y Pinsent interesado, hechizado a veces, y fascinado con su singular amigo austriaco. Sin embargo entre ambos hubo una sincera amistad, tuviera el alcance que fuese.

(Apuntes para El Caso Russell)

28
Dic
08

Lógica Mística

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En “My Philosophical Development”, Bertrand Russell confiesa con la distancia que proporciona el tiempo: “Wittgenstein hizo de ella [la lógica], la base de un curiosa forma de misticismo lógico”. Toda la mordaz crítica que Russell hace del que fuera el causante del hechizo personal que duró hasta la publicación del Tractatus, podría sintetizarse en esa irónica expresión, demoledora en manos de alguien como Russell: “una curiosa forma de misticismo”.

Poco antes ya sentencia de forma categórica: “Las doctrinas de Wittgenstein influyeron en mí profundamente. He llegado a pensar que en muchos puntos llegué demasiado lejos al avenirme con él […]. Sus últimas doctrinas, tal y como aparecen en sus ‘Investigaciones Filosóficas’, no han influido en mí en absoluto.”

A pesar de todo Russell le dedica un capítulo entero del libro.

Existe una deriva, casi inevitable, en Wittgenstein que lleva a lo místico a través de la lógica; tal es así que, leyendo el Tractatus, uno se pregunta hasta qué punto la lógica es simplemente un pretexto para mostrar aquello que no se puede decir.

Técnicamente la lógica de Wittgenstein quedó estancada en la concepción de Frege, y posteriormente de Russell y Whitehead. El objetivo era dar con un simbolismo adecuado para la lógica, es decir, no un simbolismo de precisión sintáctica, sino también capaz de de adecuarse como un guante a la lógica, y que hiciera superfluos artificios cono la Teoría de Tipos de los Principia Mathematica de Russell y Whitehead. Una Ideografía perfecta.

Entre 1912 y 1914 Wittgenstein contó a Russell que la clave de todo era encontrar un lenguaje lógico, un simbolismo adecuado que expresarse de manera definitiva la lógica, que mostrase por sí mismo los diferentes tipos de cosas.

La realidad venía reflejada en la proposición y la estructura de la proposición (la forma lógica) era la estructura de la realidad (el hecho). De manera que el simbolismo era aquello que lograba construir la realidad, organizarla. Y si “el mundo es la totalidad de los hechos, no de las cosas” (TLP 1.1), el simbolismo es capaz dar forma al mundo.

El misticismo pitagórico afirmaba que todo era número, el misticismo del primer Wittgenstein afirma que todo es símbolo, y nada hay por encima de los símbolos, ni si quiera otros símbolos que simbolicen símbolos. Sin el símbolo el mundo es un golem del barro indiferenciado, únicamente el símbolo es capaz de darle vida.

El misterio de la palabra, del rabino Löw a Wittgenstein.

(Apuntes para El caso Russell)

26
Dic
08

Rouge

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“Pero debajo del infierno hay otro infierno,

igual que antes del paraíso había otro paraíso.”

Pier Paolo Pasolini. Teorema

Caro Diario. (Köln Concert. 5:07)


23
Dic
08

Rouge

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Y luego quedan los restos… consumidos y gastados; briznas de tiempo obsoletas que apenas significan ya nada.

Pedazos mostrencos que no puedes borrar, ni olvidar…

23
Dic
08

Iniciación

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 Vienés. Afectado profundamente de esa enfermedad capaz de transformar la afectación en arte, y la pretenciosidad en filosofía: el carácter de los vieneses de entreguerras. Karl Popper, otro vienés de entreguerras, condensaba ese carácter ejemplificándolo con la afirmación de que algo como el Tractatus Logico-Philosiphicus olía a café vienés, esos lugares por donde discurría la vida cultural de la ciudad. Sólo a un vienés de tertulia de café se le podía haber ocurrido algo tan pretencioso, ambicioso y a la vez tan ingenuo como la obra de Wittgenstein; era una maldad del ácido de Popper que criticó sin piedad al patricio Wittgenstein toda su vida, pero no era cierto. El Tractatus fue escrito en la miseria y la muerte de las trincheras del frente de Galiztia y en un campo de prisioneros. Pero llevaba algo de razón esa mordaz afirmación, hay algo de feliz genialidad, a veces ambiciosa, a veces ingenua, en todo aquello que surgió en esa Viena imposible que discurre entre los estertores del Imperio Austro-Húngaro y la anexión por el III Reich en 1938. Zweig, Musil, Schönberg, Loos, Klimt, Roth, Gödel, El Círculo… y tantos, y por supuesto, Witt.

A Russell le abrumaba ese exceso de seriedad del joven Wittgenstein, ese plus de exigencia ante la inevitabilidad del desastre que parecía presidir todas sus acciones, una suerte de estoicismo desaforado e incomprensible en la tradicional Inglaterra victoriana, o post victoriana. Russell, que conoció a Wittgenstein en un momento de crisis en su vida, se sentía desarmado ante esa exhibición de tragedia íntima que era capaz de mostrar su alumno, Intentaba convencerle de que si no escribía algo mediocre sería incapaz de escribir algo bueno, sin embargo esa recomendación sonaba a oídos de Wittgenstein como una ofensa. La Filosofía, la Lógica, se convirtieron para él en el último recurso posible, una religión desesperada antes de caer en el “abismo”. Se aplicó a ella con las urgencias de quien en su agonía cree con irracional fe en un fármaco milagroso.

Pero todo ello tuvo su iniciación, de no haberla pasado (y el juez más implacable fue él mismo), es probable que al igual que sus hermanos se hubiera suicidado. Podemos llamarlo carácter vienés; hoy no tendríamos dificultad para catalogarlo como una psicopatología leve, un trastorno de la personalidad.

Wittgenstein, el futuro ingeniero, cree ver en la Lógica y los fundamentos de las matemáticas ese “talento” que ansía poseer para expresar su “genio”. Se siente fascinado por la obra de Frege y Russell y resuelve responder a los problemas que no pudieron completar Whitehead y el mismo Russell en la monumental Principia Mathematica (por qué se hace necesario introducir algo tan artificial como la Teoría de Tipos para resolver las paradojas). Wittgenstein cree encontrar la respuesta definitiva. Ingenuidad, pretenciosidad, es cierto, pero también la certidumbre de que la aspiración a la mediocridad es algo moralmente inaceptable. Entre 1909 y 1911 se fragua en él el proyecto de escribir un libro definitivo, una obra cerrada que de fin a la monumental tarea de Frege y Russell en la Lógica, su vida parece depender de ello. Pero necesita la aprobación de alguien, necesita saber que realmente es alguien válido, con talento. Es esa conciencia de “estar de más” lo que a Wittgenstein le resulta insoportable; Viena se desmorona en una lenta agonía, y el genio parece ser la única respuesta admisible.

Acude en a Jena en el verano de 1911 para entrevistarse con Gottlob Frege. Frege es un anciano que vive casi en el anonimato sin el reconocimiento debido, de aquella entrevista Wittgenstein sale con más dudas y temores sobre sí mismo, y con la convicción de que sus ideas están todavía por madurar, pero con la certidumbre de que quizá tenga una última oportunidad antes de un final trágico. Frege le recomienda que si le interesa la Lógica acuda a estudiar con Russell en Cambridge. No hay constancia del trabajo que Witt. enseñó a Frege, pero éste debió ser lo suficientemente expeditivo como para que de aquello no quedara constancia.

Por otra parte hemos de considerar que a principios de siglo la Lógica Matemática era una disciplina poco menos que excéntrica, Frege nunca tuvo más de tres alumnos en sus clases, y Russell tampoco fue capaz de atraer a un número mayor en Cambridge

(Apuntes para “El Caso Russell”)

22
Dic
08

Alphaville (2)

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“El tiempo es la sustancia de la que yo estoy hecho. El tiempo es un río que me arrastra; pero yo soy el río. Es un tigre, que me desgarra; pero yo soy el tigre.”

Alpha 60. Alphaville, Jean-Luc Godard (1965)

Esa voz metálica y artificial de Alpha 60 puntea toda la historia como si fuera una narración en off. Es desagradable, forzada, pero de forma curiosa e inquietante terminamos por atender, y pensar en aquello que dice, como los aplicados alumnos que toman notas en las clases a las que asiste Natasha Von Braun. Acaso no sea más que un montón de palabras sin sentido, una composición estadística que parece sonar como erudita y que obedece a la precisa y aleatoria combinación de un algoritmo. Alpha 60 no tiene cara, ni aspecto mínimamente humano, en las secuencias en las que aparece no es más que un ventilador, o una gigantesca unidad central de control con sus cintas magnéticas y sus impresoras escupiendo papel continuo. Pero parece pensar… parece. Tal vez no sea más que un simulacro.

Lemmy Caution no pierde un solo segundo en esa cháchara pseudointelectual, a él lo único que le interesa de Alphaville es Natasha. Sin embargo, tras todo ese monólogo pretendidamente erudito, parece esconderse algo más que un mero artificio, quizá esa sensación la cause el contraste con aquellos a los que Alpha 60 dice velar. En el mundo de cosas de Allphaville, esa ciudad poblada por átomos, cifras y datos; sopa estadística que solo Alpaha 60 es capaz de calcular, el computador simula, o quizá sea, la única conciencia reconocible, el único yo, un solo sujeto que suple las vacías cabezas de los satisfechos habitantes de Alphaville.

Como después se preguntará Kubrick, ¿dónde termina la maquinaria de relojero y comienza la autonomía, el libre albedrío, y por tanto la conciencia? Temas candentes en aquellos años de computación oracular e incipiente. Las gigantescas computadoras eran metáforas de la propia dualidad.

En un momento Caution se ve obligado a responder ante Alpha 60, un interrogatorio en el que el computador intentará averiguar si Caution es quien dice ser: Ivan Johnson, reportero de Figaro-Pravda. Tras las primeras preguntas de tipo policial Alpha 60 comienza a interesarse por el sujeto que tiene frente a él, es distinto, diferente, tal vez se asemeja a él mismo. Escudándose en que es necesario realizar algunas preguntas de tipo test, le pregunta… le pregunta con curiosidad, y lo podemos intuir a pesar del tono insufriblemente artificial de su voz:

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-¿Cuál es el privilegio de la muerte?

-No morir más –contesta Caution

-¿Conoce qué es lo que ilumina la noche?

-La poesía

-¿Cuál es su religión?

-Creo en las inspiraciones de la consciencia

-¿Hay alguna diferencia entre los principios misteriosos del conocimiento y “eso” del amor?

-En mi opinión en el amor no hay misterios

-Está mintiendo –responde Alpha 60

-Tengo razones para mentir pero, ¿puede diferenciar las mentiras de las verdades?

-Está usted ocultando ciertas cosas, pero por el momento no puedo adivinar cuales.

Las pausas de Alpha 60 tras cada respuesta revelan interés, la posibilidad incluso de que ambos compartan alguna cosa: la conciencia de la propia limitación, la insuficiencia de la lógica, o la evidencia de la existencia de algo esencialmente inasible. Alpha 60 no ordenará por el momento la muerte de Caution, la opción más lógica, necesita más respuestas y le invitará incluso a visitar el propio corazón de Alphaville, es decir, él mismo.

Pero lo que Caution ve es el sueño de un monstruo solipista, la falsa imagen de objetividad que cree controlar y calcular Alpha 60; ve la pesadilla de un sujeto que sueña. Ni siquiera es el sueño de Von Braun que ya no significa nada en el entramado que dirige el computador, el científico buscado no es sino una pieza más. Von Braun le habla de una nueva raza de hombres, una estirpe que ya no siente, ni sueña, ni se poseen; nodos en una red lógica que creen vivir una vida racional y feliz, cosas en definitiva. Caution tiene orden de neutralizar o traer consigo a Von Braun, dispararle con el revólver ya no es nada.

Natasha, en cambio, todavía recuerda… recuerda haber nacido en un lugar llamado “Nueva” York, recuerda cosas que le sucedieron en su infancia, gente que le hizo reír o llorar. Se afana por dar forma en el inútil diccionario a todo eso que le invade ahora, todo lo que había perdido. Pero las palabras que busca no aparecen. Y al final Natasha recuerda qué significa el amor, aunque sea con palabras ajenas y pensamientos prestados:

… Todo por casualidad, todos las palabras sin pensamientos, sentimientos a la deriva…

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Alpha 60 ha decidido que Caution es una amenaza, no puede ser integrado así que su eliminación es una consecuencia lógica. Es detenido en una escena hilarante, los agentes de policía obligan a Natasha a contar un chiste, Caution se desternilla de risa, momento en el cual aprovechan para detenerle. El momento poético vivido minutos antes es roto de manera abrupta y desconcertante. Es llevado por última vez ante Alpha 60, solo resta la formalidad de una última entrevista, y Caution tiene el arma adecuada:

-Yo también tengo un enigma –le reta Caution

-¿Cuál es su secreto Mr. Caution? –pregunta el computador

-Algo que nunca cambia, noche o día. El pasado representa su futuro. Avanza en línea recta, hasta acabar comenzando en un bucle.

Como los tópicos del género se deben respetar Caution escapa a tiro limpio. Pero ha emponzoñado a Alpha 60 con un acertijo que acabará con él, puesto que resolverlo significa negar todo aquello que ha afirmado. Y es que Alpha 60 todavía cree que el mundo que él conoce y calcula, y se esfuerza por entender de manera lógica, es algo objetivo, distinto, algo que organiza de manera racional y eficiente. Pero tan solo es un sueño, y ni siquiera es el sueño de alguien: él es el sueño.

“un tigre que me desgarra; pero yo soy el tigre”

El tiempo, esa falacia en la que nos empeñamos en creer, no es más que la ilusión de algo, la falsa imagen de una sucesión que no existe fuera de nosotros. Ser sujeto consiste en darse cuenta de que la realidad es nuestra realidad, no el sueño de alguien que sueña, sino el sueño mismo, y el sujeto no es más que parte de ese sueño. El tiempo, como encadenamiento causal de los hechos, deja paso a la irreductibilidad de cada instante, de cada percepción, todos iguales, todos equivalentes: la eternidad. La resolución del enigma de Caution. Alpha 60 acaba encontrándolo, sabiendo que es su final, porque no le hace distinto de Caution o de cualquier ser que sienta y que termina sabiendo una verdad terrible: Saberse simulacro de uno mismo.

Alphaville perece, sus habitantes no son nada sin el computador, se arrastran por las paredes como juguetes estropeados. Y como en toda película de detectives el protagonista acaba llevándose a la chica en su coche, sabiendo que atrás dejan muchas cosas, viviendo el único instante que quizá les pertenece, el presente.

21
Dic
08

Alphaville (1)

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“A menudo la realidad es demasiado compleja para la comunicación oral. Sin embargo, la leyenda la envuelve en una forma que permite cubrirla con palabras”

Alpha 60. Alphaville, Jean-Luc Godard (1965)

La posibilidad de recorrer el espacio intergaláctico en un Ford Galaxy y llegar, ya de noche, a Alphaville.

Encontrar una sociedad distópica en el extrarradio de posmoderna arquitectura del París de los sesenta, construir una sátira futurista recurriendo a los tópicos más reconocibles del género negro, abundar en la eterna dialéctica entre la fría razón y la emoción…

Como bien dice la desagradable y metálica voz artificial del la computadora que gobierna la cuidad, la leyenda proporciona palabras allí donde el discurso objetivo no es posible, o simplemente está ya manido y gastado. “Alphaville” es una leyenda, una metáfora.

Imaginemos a un detective clásico afectado por todos los clichés posibles: tipo duro, de pocas palabras y atracción inexplicable, violento pero a la vez capaz de una ternura inesperada, justiciero pero fiel a un código moral noble… Subido en su Ford no se dirige a Poisonville para aclarar algún un caso, como haría un personaje sacado de una novela de Hammett, sino a un lugar situado en el espacio exterior llamado Alphaville.

Alphaville es una ciudad que en principio no parece distinguirse del París moderno de los años sesenta, todo el mundo habla en francés, y si no fuera por el singular comportamiento de sus habitantes creeríamos encontrarnos en una cuidad normal. Pero todo resulta distinto, extraño. Lemmy Caution, el detective (Eddy Constantine), es recibido en el hotel por una “seductricce” de nivel 3, cuyo trabajo es proporcionar placer a los clientes, eso sí, con la misma mirada lánguida y ausente que parece afectar a todos sus habitantes; en las habitaciones hay extrañas “biblias” consistentes en diccionarios de los que faltan palabras relacionadas con las emociones y la consciencia. La misión del agente Caution consiste en encontrar y neutralizar a un siniestro científico, el profesor Von Braun, y en averiguar qué ha sucedido con todos los predecesores suyos, que han muerto o desaparecido.

Alphaville resulta ser la Arcadia soñada por Von Braun, paradigma del científico megalómano, una tecnocracia hipertrofiada controlada por un implacable computador, Alpha 60, al que ha sido encomendada la organización de la sociedad. Planificación científicamente programada y en el que todo es esclavo de la probabilidad y el cálculo, porque qué otra cosa podría ser el bien sino la razón aplicada. Alpha 60 es el mítico demonio laplaciano, el calculador infalible, y al mismo tiempo es el símbolo de una sociedad totalmente objetivizada, cosificada, mero cálculo estadístico de trayectorias. El sueño de Von Braun hecho realidad consiste en haber amputado toda subjetividad de la sociedad, todo aquello que remita al sujeto, al libre albedrío… o a las emociones; solo el gran computador Alpha 60 es el gran solipista de Alphaville, el que observa, razona, y calcula. Pero precisamente en ello reside su debilidad. Simulacros.

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Quienes no se adaptan a tan racional forma de vivir, que encuentra la felicidad en un frasco de tranquilizantes, son inducidos al suicidio, o liquidados en espectáculos públicos que resultan tan delirantes como brutales: en una piscina los disidentes son ametrallados en el trampolín, y su cadáver es recogido por gráciles nadadoras que hacen piruetas ante el aplauso general. Se nos cuenta que alemanes, norteamericanos, y suecos son los más proclives a aceptar los nuevos modos de vida; y que de los ejecutados la proporción es de cincuenta hombres por cada mujer.

Atrapados en esa red de de precisión lógica, que no puede significar sino el bien supremo, los habitantes de Alphaville tienen comportamientos extraños, neuróticos: dicen no cuando en realidad quieren afirmar algo, no logran expresar sus sentimientos, no tienen palabras para ello y ni siquiera son capaces de saber cuáles son. El contacto se reduce a una relación socialmente estandarizada sin roces, ni altercados; fluida, pero terriblemente fría; placentera, pero exenta de pasión. No hay lágrimas, ni emociones… sólo una perfecta coordinación social. Todo el mundo se despide con la misma anodina y absurda frase: “estoy muy bien, muchas gracias”

Las autoridades han dispuesto que Natasha Von Braun (Anna Kanina), hija de científico desaparecido, sea la guía (y espía) de Caution durante su estancia en la ciudad, sospechan de él, temen que sea un agente secreto.

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Esa esfinge, esa “preciosa esfinge”, cautivará a Caution, y ella verá en el rudo detective la posibilidad de una reminiscencia, el recuerdo de algo que tal vez conoció, sus propias emociones.

En una ocasión Caution le confiesa que está enamorado de ella

-¿Amor? ¿Qué es eso? –pregunta Natasha

-Esto –dice Caution acariciándola

-No… Yo sé que es esto, es la sensualidad

-No. La sensualidad es una consecuencia, no puede existir sin el amor

-Entonces… ¿qué es el amor?

(…)

19
Dic
08

Rouge

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“Déjame a mí el resto. Ya sé que es ‘peligroso’… quizá sea eso precisamente lo que me atrae”

(Arthur Schnitzler, Relato Soñado)

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